{"id":405220,"date":"2024-05-30T08:44:51","date_gmt":"2024-05-30T06:44:51","guid":{"rendered":"http:\/\/vincentians.com\/es\/?p=405220"},"modified":"2023-08-18T20:46:14","modified_gmt":"2023-08-18T18:46:14","slug":"manual-del-visitador-del-pobre-v","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/vincentians.com\/es\/manual-del-visitador-del-pobre-v\/","title":{"rendered":"Manual del Visitador del Pobre (V)"},"content":{"rendered":"<p>De las cualidades que debe tener el visitador del pobre<\/p>\n<p>Las cualidades necesarias para visitar con fruto al pobre se resumen todas en esta dulc\u00edsima palabra: <em>la caridad; <\/em>pero la caridad como la define San Pablo, la que nos se ensoberbe\u00adce, no es ambiciosa, no es envidiosa, no busca sus provechos, no se mueve a ira, no piensa mal, no se goza en la iniquidad, sino en la verdad; la que es paciente y benigna, la que todo lo sobrelleva, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta: la caridad que nunca fenece.<\/p>\n<p>He aqu\u00ed el divino ideal de la caridad, que han realizado los grandes santos, el modelo de perfecci\u00f3n que debemos tener siempre a la vista, para acercarnos a \u00e9l cuanto posible nos sea.<\/p>\n<p>Hay pobres de quienes tenemos mucho que aprender, que nos dan el ejemplo de las m\u00e1s dif\u00edciles virtudes&#8217;; otros necesitan lecciones, necesitan auxilio, para no perder el buen camino, o socorro para volver a \u00e9l. Veamos de qu\u00e9 medios hemos de valernos para ganar su coraz\u00f3n.<\/p>\n<p><em>Dulzura.- <\/em>El visitador del pobre ha de tener una inagota\u00adble dulzura; su misi\u00f3n es toda de paz y de amor; la violencia no le conducir\u00e1 nunca a resultados ventajosos. Podr\u00e1 intimidar a los que pretende corregir, podr\u00e1 obligarles a que tengan la apa\u00adriencia de las virtudes, impulsados por una mira interesada; pero la enmienda verdadera s\u00f3lo se consigue por medio de la persuasi\u00f3n. Para que el pobre nos crea, es preciso que se per\u00adsuada que le amamos, es preciso que nos ame: \u00e9l, m\u00e1s que otro alguno, atiende m\u00e1s que a las razones, al que las dice.<\/p>\n<p>Nuestro grande argumento, el que debe servir de base a todas nuestras exhortaciones, es el convencimiento \u00edntimo que tenga el pobre de que todo lo que le decimos es anima\u00addo del vehemente deseo de su bien espiritual y temporal: todo est\u00e1 perdido si ve nuestro amor propio a nuestras pasio\u00adnes a trav\u00e9s de nuestra d\u00e9bil caridad. Aunque tengamos que ser severos con el pobre, porque as\u00ed lo exija la justicia, la dureza que pueda haber en el fondo de nuestra resoluci\u00f3n no debe llegar nunca a la forma. Debemos mostrarnos como los afligidos ejecutores de una orden severa impuesta por la necesidad, y tener muy presente que el castigo pierde toda su eficacia si se ve que la pasi\u00f3n anima al que le impone. El pobre, a quien por incorregible retiramos nuestra limosna, o la de la sociedad a que pertenecemos, es todav\u00eda un herma\u00adno nuestro, un hijo del Dios que muri\u00f3 por \u00e9l como por nosotros, y no debemos desesperar nunca de corregirle. Hag\u00e1mosle comprender que, aunque no podamos darle socorro material, estar\u00e1n siempre con \u00e9l nuestra buena voluntad, nuestro deseo de verle mejor y m\u00e1s dichoso. \u00bfQui\u00e9n sabe si el melanc\u00f3lico recuerdo de este amigo desin\u00adteresado que con pena se apart\u00f3 de \u00e9l, porque \u00e9l lo quiso, quedar\u00e1 en su alma como una preciosa semilla, que cual\u00adquiera circunstancia puede hacer germinar? \u00bfQui\u00e9n sabe si el \u00faltimo d\u00eda que nos ve es el primero que empieza a com\u00adprender lo que para \u00e9l fuimos; si aprecia nuestro amor por el vac\u00edo que le deja; si este adi\u00f3s hasta la eternidad le hace pen\u00adsar en ella y estremecerse? Pero, aunque dejemos a un pobre, no le abandonemos por eso: sin que parezca que le busca\u00admos, procuremos encontrarle alguna vez; y si cualquier terrible desgracia le aqueja. que nos vea a su lado. El hom\u00adbre, sublime por sus aspiraciones y despreciable por sus ins\u00adtintos, es tal, que ni confiar ni desconfiar de \u00e9l se debe nunca absolutamente.<\/p>\n<p><em>Firmeza. \u2014 <\/em>La dulzura con el pobre debe ir acompa\u00f1ada de una razonable severidad; y esto aun para conservar el prestigio que debemos tener con \u00e9l y sin el cual no le podremos corre\u00adgir. La debilidad de car\u00e1cter mueve a desprecio y es escarneci\u00adda por los mismos que la explotan. \u00bfCu\u00e1les son los hijos inso\u00adlentes y poco cari\u00f1osos? Los hijos mimados. Cuando sea necesario, debemos doblar, romper si es preciso, la voluntad del pobre, no con la nuestra, sino con la de Dios, que haremos prevalecer con cristiana firmeza. No somos due\u00f1os, sino administradores de los bienes de todas clases que distribuimos a los pobres, y debemos llevarlos all\u00ed donde la necesidad y el m\u00e9rito sean mayores. Pensemos que lo que se da indebida\u00admente a uno se quita al que lo merec\u00eda; que la arbitrariedad en la distribuci\u00f3n de las limosnas es un poderoso argumento contra las asociaciones caritativas y un motivo que retrae de entrar en ellas a personas virtuosas, cuyo auxilio podr\u00eda ser muy eficaz. Esta arbitrariedad sirve tambi\u00e9n de pretexto: guar\u00add\u00e9monos bien de dar al ego\u00edsmo medios de disfrazarse.<\/p>\n<p><em>Exactitud.\u2014 <\/em>La exactitud en llevar los socorros, \u00a1es una cosa tan obvia, tan esencial! Es tan f\u00e1cil cumplir este deber y tan horrible olvidarle, que apenas se concibe que sea preciso hablar sobre esto a ninguna persona que voluntariamente se presenta para visitar al pobre. Hay una familia sumida en la miseria; la pobre madre no puede dar m\u00e1s que l\u00e1grimas a los extenuados hijos, que le piden pan, ni responder a sus ayes sino con los violentos latidos de su coraz\u00f3n. Se acusa la lenti\u00adtud de las primeras horas de la ma\u00f1ana en que se espera el socorro, luego m\u00e1s tarde se abre la ventana, se mira, se escucha, se esp\u00eda el menor ruido, se oye lo que suena&#8230;, llega la noche, la puerta se cierra, ya no hay esperanza. El que deb\u00eda llevar el consuelo a la desolada familia se ha ido a sus negocios, a sus placeres, \u00a1y el socorro guardado en su cartera nada dice a su coraz\u00f3n ni a su conciencia! Aquellos bonos son el pan del pobre, son su leg\u00edtima propiedad. Faltamos a la confianza que deposita en nosotros el que nos confi\u00f3 la santa misi\u00f3n de lle\u00advar consuelo al desdichado; cada hora, cada minuto que retar\u00addamos voluntariamente este consuelo, cometemos una especie de fraude, que tiene algo de sacr\u00edlego. \u00bfQui\u00e9n ser\u00e1 responsable de la desesperaci\u00f3n de aquella familia, que aguard\u00f3 en vano todo el d\u00eda el socorro que deb\u00edamos llevarle; de la blasfemia que formulan aquellos labios, del crimen que medita aquel coraz\u00f3n y tal vez consuma?&#8230; Nada nos dir\u00e1n los tribunales de los hombres, \u00a1pero compareceremos un d\u00eda ante Dios!<\/p>\n<p>El visitador del pobre no cumple su santa misi\u00f3n con mandar los bonos o cualquier otra clase de socorro, con dej\u00e1rselos a una vecina del necesitado a quien iba a visitar, o echarlos por debajo de su puerta: no son el principal bien que llevamos al pobre, sino, por el contrario, son en general el menor bien de los que podemos hacerle.<\/p>\n<p>La exactitud en llevar los socorros materiales es tan f\u00e1cil y faltar a ella es tan repugnante, que apenas parece necesario recomendarla; pero hay otra que, sin importar menos, corre m\u00e1s riesgo de ser olvidada, y lo es, en efecto, muchas veces. Si nos aproximamos un poco a ser lo que debemos, muy pronto lo somos todo para el pobre: nos conf\u00eda sus secretos, nos expone sus dudas, nos pide apoyo en sus tribulaciones y consejo en sus perplejidades. \u00abNo tengo en el mundo m\u00e1s que a Dios Nuestro Se\u00f1or y a usted, nos dice; usted es mi madre y mi padre\u00bb; y nos convierte en agente de todos sus negocios. El memorial para que un hijo enfermo sea llevado gratis a tomar ba\u00f1os, otro pidiendo tal o cual socorro, la pre\u00adtensi\u00f3n para que una ni\u00f1a entre en un asilo de la caridad, diligencias para buscar ocupaci\u00f3n al que carece de ella, para reclamar un derecho, para defenderse de una inculpaci\u00f3n calumniosa, para buscar un documento, sin el cual no se puede legitimar una uni\u00f3n il\u00edcita, etc\u00e9tera, etc., todo se enco\u00admienda a nuestro celo con una fe que nos obliga. Aunque no fu\u00e9ramos exactos por amor de Dios y del pr\u00f3jimo, parece que debemos serlo por delicadeza. \u00a1Es tan indigno burlar la confianza que en nosotros se deposit\u00f3!<\/p>\n<p>Si alguna vez nos olvidamos de cumplir exactamente los encargos del pobre, disimulemos la verdad sin pronunciar nunca la palabra <em>olvido: <\/em>\u00a1es tan dura de o\u00edr para el desdichado! \u00a1Olvidarse de lo que a \u00e9l le preocupa todos los momentos; olvi\u00addarse de lo que le mortifica tanto a su hijo, de lo que podr\u00eda ali\u00adviarle!&#8230; Excus\u00e9monos de un modo cualquiera y procuremos reparar nuestra falta: confes\u00e1rsela es causar al pobre una gran pena, producirle un cruel desenga\u00f1o; es dirigir un terrible golpe a nuestro prestigio, fundado todo en la gratitud y el amor.<\/p>\n<p>A veces decimos: El pobre abusa, tiene exigencias impertinentes, verdaderos caprichos de ni\u00f1o mimado. Dios bendiga desde el cielo, y los hombres respeten e imiten sobre la tierra, al visitador cuyos pobres tengan estas exigencias y estos caprichos; ellos quieren decir: <em>es tan bueno, que la desgra\u00adcia constituye para \u00e9l un derecho sin l\u00edmites. <\/em>iBienaventurado el fuerte, de quien abusa el d\u00e9bil que padece!<\/p>\n<p><em>Circunspecci\u00f3n. \u2014 <\/em>El visitador del pobre no s\u00f3lo debe ser bueno, debe parecer perfecto. Delante de los pobres, como delante de los ni\u00f1os, debemos medir nuestras palabras y hasta nuestros gestos, estar verdaderamente en escena y como si represent\u00e1semos un papel de mucha importancia, en que nada es indiferente. Nunca debemos decir nuestra opini\u00f3n sobre nada, hasta conocer perfectamente la del pobre que visitamos, ni tributar grandes elogios a las virtudes que tal vez finge; ni escandalizarnos altamente de los vicios que osten\u00adta; las acciones, nuestro poderoso argumento para convencer, han de serlo tambi\u00e9n para ser convencidos, y la reserva un poderoso auxiliar, porque el pobre no es reservado. Pero esta reserva debe estar suavizada por la caridad, para que no parez\u00adca suspicacia, y haga poner en guardia al que queremos cono\u00adcer; la circunspecci\u00f3n no es la seriedad ni el silencio. Midamos, pues, nuestras palabras de modo que no haya ninguna impru\u00addente y, si es posible, ninguna vaca.<\/p>\n<p>Cuando tratemos con personas de diferente sexo, seamos precavidos hasta la nimiedad, ya porque ser\u00eda insensata arro\u00adgancia creer superfluas las precauciones, que los m\u00e1s grandes santos juzgaron necesarias, ya porque las apariencias no pue\u00addan condenarnos nunca. Las apariencias, que son edificaci\u00f3n o esc\u00e1ndalo, importan mucho a todos, pero muy particularmen\u00adte a los individuos de una asociaci\u00f3n caritativa. La falta de un particular a \u00e9l s\u00f3lo perjudica; la del que pertenece a un cuerpo colectivo recae sobre la corporaci\u00f3n y Dios sabe el da\u00f1o que puede hacer, ya por los extraviados que impide corregir, ya por los virtuosos que retrae. Adem\u00e1s, el mundo, muy tolerante con los que le siguen, es severo en demas\u00eda con los que quieren corregirle y aun consolarle. Todas sus franquicias y privilegios llevan esta condici\u00f3n: <em>No ser\u00e1s mejor ni m\u00e1s grande que yo. <\/em>El que no la llena, puede prepararse, seg\u00fan los casos, a renunciar al fuero o a quedar fuera de la ley.<\/p>\n<p>Semejante conducta parece una injusticia incomprensible, muy propia para irritar a los que de ella son v\u00edctimas; y no obstante, nada les sucede que no sea muy natural, hasta cierto punto justo, <em>y <\/em>esto principalmente por tres razones.<\/p>\n<p>Primera. El mundo es absoluto en sus fallos y poco perspicaz en sus observaciones. No admite m\u00e1s que tres tipos. Los que le siguen, a los cuales. aunque no lo diga, tiene por muy medianos; los que se apartan de \u00e9l hacia el mal, que son <em>muy <\/em>malos, los que caminan por la senda del bien, que deben ser <em>muy <\/em>buenos: tiene una extraordinaria predilecci\u00f3n por el superlativo: de ah\u00ed el que no deteste la maldad ni res\u00adpete la bondad, sino cuando pasa ciertos l\u00edmites.<\/p>\n<p>Segunda. El mundo acaba por respetar lo que juzga res\u00adpetable, pero regatea cuanto puede este respeto, y esto por\u00adque nuestro amor propio, el de todos, se rinde lo m\u00e1s tarde que puede a tributar esta especie de homenaje, que quiere decir: <em>Vale m\u00e1s que yo.<\/em><\/p>\n<p>Tercera. Los que se apartan del mundo para hacerle bien, vales m\u00e1s que \u00e9l. Dios ha fortificado su voluntad, o ilu\u00adminado su entendimiento, con una fuerza y con una luz que no da al vulgo de las criaturas. Son elegidos. El se\u00f1or ha de pedir cuenta a cada uno seg\u00fan lo que le dio: \u00bfpor qu\u00e9 extra\u00ad\u00f1ar que el mundo pida mucho a los que por instinto com\u00adprende que han recibido m\u00e1s?<\/p>\n<p>Sean, pues, tolerantes los mejores, que el mundo quie\u00adre impecables, y, considerando que las exageradas exigencias de los pobres est\u00e1n disculpadas por la miserable naturaleza humana, y, apoyadas en parte por la raz\u00f3n, lejos de irritarse, procuren llegar al elevado blanco que se les fija. Las mismas ofensas son verdaderos homenajes: de nadie se exige mucho sin confesar t\u00e1citamente que se tiene de \u00e9l una alta idea.<\/p>\n<p><em>Celo.\u2014 <\/em>Nada hay en el celo que parezca obligatorio; en muchos casos puede tener apariencia de un lujo de compasi\u00f3n y, no obstante, es indispensable en el visitador del pobre. Colocado muchas veces entre la inercia del que necesita y la indiferencia del que puede dar, se ve precisado a importunar aqu\u00ed, a rogar all\u00e1, a reprender en otra parte; a luchar con los errores, con las pasiones, con el ego\u00edsmo; a olvidar tantos des\u00adenga\u00f1os sufridos; a imponer silencio al amor propio; a ser, seg\u00fan las circunstancias, dulce, severo, insinuante, flexible, pat\u00e9tico, jovial y grave; a inventar mil ingeniosos medios de llegar al santo objeto que se propone. Por ventura, \u00bfpodr\u00e1 hacer todas estas cosas sin ese entusiasmo del bien, sin esa imaginaci\u00f3n de la virtud, sin ese fanatismo de la caridad, que se llama celo? Seguramente que no. Si el celo nos falta, habr\u00e1 en los movimientos de la caridad cierta exactitud casi mec\u00e1ni\u00adca; cumpliremos con el reglamento de la asociaci\u00f3n piadosa, si pertenecemos a alguna; nadie podr\u00e1 reprendernos sino Dios y nuestra conciencia. Toda ley es esencialmente negativa, sobre todo en materia caridad. En sus art\u00edculos hallaremos lo que no debemos practicar s\u00f3lo en nuestro coraz\u00f3n. Cumpliendo materialmente con lo que se nos manda, sin dar lugar a que se formule una queja razonada contra nosotros, la familia con\u00adfiada a nuestro cuidado se hallar\u00e1 sin apoyo eficaz y sin con\u00adsuelo. Los que pertenecen a una asociaci\u00f3n caritativa deben tener cuidado de no ejecutar nada de lo que el reglamento proh\u00edbe; pero necesitan hacer mucho de lo que no puede mandar; ning\u00fan reglamento puede ser otra cosa que el esque\u00adleto de la caridad. En vano quiere tomar su nombre esa virtud falta de celo, que es un r\u00edo sin corriente, una flor sin aroma, una m\u00e1quina sin motor.<\/p>\n<p><em>Perseverancia. \u2014 <\/em>La perseverancia es una virtud tan necesa\u00adria como dif\u00edcil; llevamos la veleidad a todas las cosas y la mayor prueba de nuestra miseria es el poder del tiempo. Nuestros dolores, nuestras alegr\u00edas, nuestra c\u00f3lera, nuestra compasi\u00f3n, todo se gasta. El hombre de elevada raz\u00f3n, el m\u00e1s profundo fil\u00f3sofo, tiene una desgracia: se le hacen dos m\u00e1s poderosos argumentos, los m\u00e1s l\u00f3gicos; es in\u00fatil, padece cruel\u00admente. Pasa un a\u00f1o; se consuela de su pena, si acaso no la olvid\u00f3. iMiserable raz\u00f3n la del hombre, que, en su mayor altura, no puede competir con el sue\u00f1o de 365 noches!<\/p>\n<p>El tiempo, cuya mano se posa tan suave en la frente del que goza y tan inexorable sobre la del que sufre; el tiempo extingue o amortigua, no la divina llama de la caridad, pero s\u00ed los fuegos fatuos que muchas veces toman su nombre. Hay gran diferencia entre impresionarse con los males de nuestros hermanos y afligirse. Para primero basta imaginaci\u00f3n y se necesita coraz\u00f3n para lo segundo. Estudi\u00e9monos bien y, si no hay en nosotros m\u00e1s que impresionabilidad, pidamos a Dios vocaci\u00f3n verdadera, porque vocaci\u00f3n y alta vocaci\u00f3n necesita la pr\u00e1ctica de la caridad: confiemos nuestra limosna a los que supieren distribuirlas y no vayamos a dar el mal ejemplo de nuestra deserci\u00f3n. La caridad, para para que sea perseverante, necesita echar ra\u00edz muy profunda en nuestro coraz\u00f3n. Sonde\u00e9mosle bien antes de entrar en una asociaci\u00f3n caritativa: el que sale de ella por no haber llenado los deberes que impo\u00adne, no deja un puesto vac\u00edo, sino una brecha por donde entran la cr\u00edtica, la calumnia y el descr\u00e9dito.<\/p>\n<p>Si Dios nos ha elegido para instrumentos de su miseri\u00adcordia infinita, correspondamos dignamente a tan se\u00f1alado favor, hag\u00e1monos dignos de tan sagrado dep\u00f3sito, acredite\u00admos nuestra vocaci\u00f3n con nuestra perseverancia. Sin esta virtud nada podemos, nada somos para consolar al pobre, ni para corregirle: nuestro trabajo ser\u00e1 el del obrero que empie\u00adza muchas labores y jam\u00e1s concluye una. Seamos circuns\u00adpectos para ofrecer protecci\u00f3n a los desvalidos. Consultemos nuestros medios materiales y nuestro coraz\u00f3n, siempre peque\u00f1o, antes de ofrecernos a visitar un gran n\u00famero de familias. Si visitamos bien una, si la consolamos, si la corre\u00adgimos, si nos identificamos con ella, si perseveramos, a pesar de todos los obst\u00e1culos que el mundo nos oponga y de las pruebas que Dios nos env\u00ede, no hemos hecho en vano la peregrinaci\u00f3n de la vida. El m\u00e9rito no est\u00e1 en halagar nuestro amor propio con la protecci\u00f3n de un gran n\u00famero de personas, sino en la perseverancia de ser \u00fatiles a unas pocas.<\/p>\n<p>A veces nos desalienta la poca proporci\u00f3n que hay entre los escasos resultados que obtendremos y los medios que empleamos, como si Dios en la balanza de su divina justicia hubiera de arrojar nuestra buena fortuna y no nuestra buena voluntad. Adem\u00e1s, no somos exactos apreciadores del mal que evitamos ni del bien que hacemos. El bien y el mal van por el mundo como esos peque\u00f1os fragmentos de roca desprendidos de las altas monta\u00f1as cubiertas de nieve y que se convierten en masas enormes. \u00bfQui\u00e9n es capaz de calcular el da\u00f1o que se evita al evitar una falta, el bien que se hace al contribuir a una acci\u00f3n buena? Por ventura, \u00bfel mal y el bien no dejan en el alma una especie de levadura que hace fermentar en ella nues\u00adtros perversos instintos o nuestras nobles facultades? Cuando obramos mal, \u00bfno sentimos una especie de fascinaci\u00f3n, que nos impele a obrar peor? Cuando hacemos bien, \u00bfno nos sen\u00adtimos mejores y m\u00e1s dispuestos a la virtud? Y luego, \u00bfqui\u00e9n nos ha dicho el precio de una l\u00e1grima que se enjuga? iAh! iSi hemos sido desgraciados, debemos saber que es grande!<\/p>\n<p><em>Humildad. \u2014 <\/em>La humildad con los pobres es una virtud que nos ense\u00f1\u00f3 el divino Maestro y sin la cual no podemos corregirlos. La humildad no es m\u00e1s que el exterior de la cari\u00addad, la expansi\u00f3n de un amor sin l\u00edmites, que ninguna injus\u00adticia extingue, que ning\u00fan odio altera; tengamos ese amor y seremos humildes. No hay nada tan sublime como la humil\u00addad verdadera, que por amor de Dios se inclina ante el hom\u00adbre, que compadece al que la maltrata, que consuela al que la injuria, que perdona de rodillas&#8217;.<\/p>\n<p>La humildad tiene un gran poder cuando se ve en aque\u00adllos en quienes no puede parecer bajeza y por eso impresiona a los pobres cuando la observan en sus favorecedores. La soberbia en el d\u00e9bil es absurda, en el fuerte es vil. La sober\u00adbia humilla sin corregir; la humildad corrige sin humillar. La soberbia despierta el amor propio y nos dispone a defender nuestras faltas; la humildad habla al coraz\u00f3n y nos lleva a confesarlas. Cuanta m\u00e1s distancia ha puesto la fortuna entre el pobre y nosotros, m\u00e1s le impresiona nuestra humildad para con \u00e9l. Hay pocos tan insensibles o tan depravados que, por una especie de reacci\u00f3n, no se sientan movidos a incli\u00adnarse ante el que nunca los humilla.<\/p>\n<p>Pero lo m\u00e1s dif\u00edcil no es ser humildes con los pobres; su misma desdicha escuda nuestro amor propio: \u00a1los vemos tan abajo, que no creemos que puedan alcanzarnos sus ofensas! Nuestra humildad es una forma de la compasi\u00f3n. Nuestros iguales, los que tienen mejor posici\u00f3n, nuestros compa\u00f1eros o superiores, si pertenecemos a una asociaci\u00f3n caritativa: he aqu\u00ed escollos m\u00e1s temibles para nuestra humildad, que la soberbia del pobre. La suspicacia del amor propio nos har\u00e1 notar la frialdad del saludo en uno, el aire desde\u00f1oso del otro, la falta de franqueza en el de m\u00e1s all\u00e1. Nos parecer\u00e1 que nuestras recomendaciones no se atienden, mientras se escu\u00adchan otras; que nuestros pobres son los menos favorecidos, siendo los m\u00e1s necesitados. Notaremos que nuestros pobres talentos, nuestro m\u00e9rito, nuestra buena voluntad, pasan inadvertidos, confiando al cuidado de personas menos aptas encargos que deber\u00edamos nosotros desempe\u00f1ar. Llegaremos tal vez a tener por cierto que se nos desprecia de prop\u00f3sito y se nos humilla a sabiendas. El amor propio, que no hay dis\u00adfraz que no tome, se revestir\u00e1 con la sagrada t\u00fanica de la cari\u00addad, acusando en nombre de Dios a los que nos ofenden. Guard\u00e9monos de escucharle: la acrimonia de nuestras que\u00adjas debe revelarnos su verdadero origen. Pensemos que los otros valdr\u00e1n m\u00e1s de lo que suponemos y nosotros menos de lo que hemos imaginado. En corroboraci\u00f3n de ello nos bas\u00adtar\u00e1 recordar la exagerada idea que de su m\u00e9rito tienen las m\u00e1s de las personas que conocemos y c\u00f3mo se ciegan acerca de sus defectos. Por ventura, \u00bfnosotros seremos mejores apreciadores de nuestro propio valer? \u00bfPor qu\u00e9 raz\u00f3n? Pensemos tambi\u00e9n que los desdichados que queremos amparar, con serlo tanto, tienen quien los aventaje en esa terrible competencia de dolores, cuya escala parece infinita. Pensemos, en fin, que si realmente hay alguna parcialidad, debemos sufrirla humildemente por Dios, que recibir\u00e1 el sacrificio del amor propio como la mejor ofrenda que pode\u00admos llevarle. Si el hombre es d\u00e9bil e imperfecto, \u00bfc\u00f3mo sus obras no han de resentirse de su imperfecci\u00f3n y de su debi\u00adlidad? \u00bfHay raz\u00f3n, hay sentido com\u00fan siquiera, en exigir que en la asociaci\u00f3n a que pertenecemos las cosas pasen como si estuviera compuesta de santos y dirigida por \u00e1ngeles? Hemos de hacernos esta pregunta: \u00bfEs m\u00e1s el bien que se hace que el mal, en la asociaci\u00f3n que criticamos? Si la res\u00adpuesta es afirmativa, las injusticias que alegamos para no per\u00adtenecer a ella o para abandonarla, son pretextos del ego\u00edsmo, del amor propio, de la debilidad, de la soberbia, origen de tantos males.<\/p>\n<p>Para mejorar la suerte de nuestro pobre necesitamos a veces recurrir al auxilio de personas, cuya posici\u00f3n social <em>es muy superior <\/em>a la nuestra y nos irrita la dificultad de verlas, la necesidad de esperar en una antesala, la insolencia de un lacayo, la altaner\u00eda del se\u00f1or. Si somos buenos cristianos, poco nos costar\u00e1 ofrecer a Dios estas peque\u00f1as contrarieda\u00addes; pero, aun suponiendo que nuestra virtud es d\u00e9bil y tibia nuestra fe, apelando s\u00f3lo a la raz\u00f3n, debemos mirar con calma estos contratiempos, que est\u00e1n en la naturaleza de las cosas. \u00bfNo arrostramos por amor del pobre la suciedad de su habitaci\u00f3n, su fetidez, su mucho calor o su mucho fr\u00edo? Pues \u00bfpor qu\u00e9 no hemos de arrostrar al lacayo del rico y su ante\u00adsala y su vanidad? \u00bfPor qu\u00e9 hemos de darle m\u00e1s importancia que la que se da a una cosa desagradable que hay que sufrir, o un obst\u00e1culo que hay que vencer? Si al ver los defectos del pobre decimos para excusarle: \u00abiEs tan pobre!\u00bb, \u00bfpor qu\u00e9 a la vista de los del rico no hemos de decir: \u00abiEs tan rico!\u00bb? \u00bfNo hay escollos muy dif\u00edciles de evitar para los que est\u00e1n en lo m\u00e1s alto de la escala social, como para los que est\u00e1n en lo m\u00e1s bajo? En vez de irritamos contra los poderosos, demos gracias a Dios, que no nos ha puesto tan ca\u00eddos que se abru\u00adme nuestro coraz\u00f3n, ni tan levantados que se desvanezca nuestra cabeza: d\u00e9mosle gracias porque nos ha colocado en la situaci\u00f3n en que el entendimiento se ofusca menos y la virtud es m\u00e1s f\u00e1cil.<\/p>\n<p>Suceder\u00e1, tal vez, que la familia confiada a nuestro cuida\u00addo nada adelante en el camino de la virtud: en lugar de darla por incorregible, pensemos que acaso no hay en nosotros las dotes necesarias para corregirla; que no le inspiramos esa simpat\u00eda que, nacida del coraz\u00f3n, es el medio m\u00e1s seguro para llegar a \u00e9l, y entonces debemos pedir ser relevados por otra persona m\u00e1s apta. Este acto de humildad, lejos de reba\u00adjarnos, nos eleva; nunca el hombre parece tan grande como cuando confiesa su peque\u00f1ez, ni para nada se necesita m\u00e1s fuerza que para ser humilde.<\/p>\n<p>Concepci\u00f3n Arenal<\/p>\n<p>Bilbao 2009<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>De las cualidades que debe tener el visitador del pobre Las cualidades necesarias para visitar con fruto al pobre se resumen todas en esta dulc\u00edsima palabra: la caridad; pero la caridad como la define San &#8230; <a href=\"http:\/\/vincentians.com\/es\/manual-del-visitador-del-pobre-v\/\" class=\"more-link\">Read More<\/a><\/p>\n","protected":false},"author":5,"featured_media":405207,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"jetpack_post_was_ever_published":false,"_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":false,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":"","jetpack_publicize_message":"","jetpack_publicize_feature_enabled":true,"jetpack_social_post_already_shared":true,"jetpack_social_options":{"image_generator_settings":{"template":"highway","default_image_id":0,"font":"","enabled":false},"version":2}},"categories":[28],"tags":[],"class_list":["post-405220","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-formacion-vicenciana"],"yoast_head":"<!-- This site is optimized with the Yoast SEO plugin v26.3 - https:\/\/yoast.com\/wordpress\/plugins\/seo\/ -->\n<title>Manual del Visitador del Pobre (V) - Somos Vicencianos<\/title>\n<meta name=\"robots\" content=\"index, follow, max-snippet:-1, max-image-preview:large, max-video-preview:-1\" \/>\n<link rel=\"canonical\" href=\"http:\/\/vincentians.com\/es\/manual-del-visitador-del-pobre-v\/\" \/>\n<meta property=\"og:locale\" content=\"es_ES\" \/>\n<meta property=\"og:type\" content=\"article\" \/>\n<meta property=\"og:title\" content=\"Manual del Visitador del Pobre (V) - Somos Vicencianos\" \/>\n<meta property=\"og:description\" content=\"De las cualidades que debe tener el visitador del pobre Las cualidades necesarias para visitar con fruto al pobre se resumen todas en esta dulc\u00edsima palabra: la caridad; pero la caridad como la define San ... 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