{"id":402237,"date":"2019-04-28T08:29:10","date_gmt":"2019-04-28T06:29:10","guid":{"rendered":"http:\/\/vincentians.com\/es\/?p=402237"},"modified":"2019-03-17T13:00:11","modified_gmt":"2019-03-17T12:00:11","slug":"san-vicente-collet-22","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/vincentians.com\/es\/san-vicente-collet-22\/","title":{"rendered":"San Vicente (Collet) 22"},"content":{"rendered":"<p>Su muerte ocurr\u00eda en un momento tanto m\u00e1s triste, porque el asunto de la Establecimiento de los Misioneros, que la Duquesa de Aiguillon quer\u00eda fundar en Roma, todav\u00eda no hab\u00eda concluido. Vicente le puso, como sol\u00eda hacer, en las manos de la Providencia, y se decidi\u00f3 por adorar los designios de Dios. Y al perder al sr le Breton, dice en una Carta que escribi\u00f3 alg\u00fan tiempo despu\u00e9s, -al sr Codoing- del 19 de noviembre de 1641, <em>hemos perdido mucho seg\u00fan el mundo. Varias personas me comunican de sus trabajos y bendiciones que Nuestro Se\u00f1or daba, pero teni\u00e9ndolo todo en cuenta, me parece que este santo Hombre har\u00e1 m\u00e1s en el Cielo de lo que hizo en la tierra, <\/em>que nos obtendr\u00e1 las gracias que necesitamos y que si Dios nos quiere en Roma, \u00e9l har\u00e1 con sus plegarias que se logre este Establecimiento<em>, a no ser que los pecados de Vicente, que es el peor de todos los hombres del mundo, lo impidan.<\/em><\/p>\n<p>Los pretendidos pecados de Vicente no lo impidieron. Los Sacerdotes, de los que reemplaz\u00f3 al a\u00f1o siguiente a este querido difunto, consumaron este asunto poco tiempo despu\u00e9s de su llegada. El m\u00e1s joven de ellos, llamado Jean Mart\u00edn, nativo de Par\u00eds, adquiri\u00f3 tanta reputaci\u00f3n que, cuando en 1729 se imprimi\u00f3 en Roma el Compendio Cronol\u00f3gico de la Vida del Bienaventurado Vicente de Pa\u00fal, exist\u00eda todav\u00eda en esta primera Ciudad del Mundo un gran n\u00famero de personas respetables que se sent\u00edan felices por haberle conocido y que daban a su ciencia, a su celo, a la bondad de su natural, testimonios que no pod\u00edan ser sospechosos.<\/p>\n<p>El santo Padre encarg\u00f3 a estos Sacerdotes dar misiones, formar a los Ordenandos y visitar los Hospitales. El progreso en todas partes fue el mismo; y esta Colonia naciente produjo otros que dan en Italia dos Provincias considerables a la Congregaci\u00f3n. Vicente, para moderar la actividad Francesa, dio a estos Se\u00f1ores consejos llenos de sabidur\u00eda. Les dijo que el esp\u00edritu de Italia es contenido y circunspecto; que all\u00ed les gustan las personas que contemporizan, que caminan paso a paso; y que est\u00e1n muy en guardia contra las que van demasiado a prisa \u2013Carta del 20 de junio de 1642-. Uno de estos mismos Sacerdotes habi\u00e9ndole insinuado que, para entrar en el esp\u00edritu de los Cardenales, ser\u00eda conveniente dar las primeras Misiones en sus tierras. <em>Vuestro plan, Se\u00f1or<\/em>, le respondi\u00f3 este perfecto Siervo de Dios<em>, me parece humano, Oh, Jes\u00fas! Dios nos guarde de hacer nunca ninguna cosa por este principio &#8211;<\/em>5 de agosto de 1642-. No nos ha sucedido m\u00e1s que una vez en esos lugares dar una misi\u00f3n por un motivo m\u00e1s o menos parecido, y result\u00f3 bastante mal. Se atuvieron a estas sabias m\u00e1ximas: las ovejas m\u00e1s enfermas se curaron las primeras; y un celo sabiamente distribuido edific\u00f3 m\u00e1s a la Curia de Roma de lo que lo habr\u00edan podido hacer unas diligencias afectadas.<\/p>\n<p>Dios recomendaba con estas bendiciones de todo g\u00e9nero la caridad de su Siervo, que crec\u00eda todos los d\u00edas: ya que fue por aquel mismo tiempo cuando, para honrar las humillaciones de aquel que siendo rico se hizo pobre por nosotros, comenz\u00f3 el d\u00eda de Navidad a sentar comer a su lado a dos pobres ancianos, enfermos, y a veces bastante repugnantes. Les serv\u00edan antes que a \u00e9l y antes que a la Comunidad. Vicente los trataba con mucho respeto, y no les hablaba nunca sin descubrirse. Sus Sucesores han seguido su ejemplo, y de doce pobres tomados en un vecindario donde no faltan, hay cada d\u00eda dos que, por turno, comen al lado del Superior General, y le advierten que debe ser el Padre de los indigentes, como lo fue aqu\u00e9l cuyo lugar ocupa.<\/p>\n<p>Dios multiplicaba la Familia de Vicente de Pa\u00fal: as\u00ed las misiones que sus hijos comenzaron en Italia, casi nada m\u00e1s besar los pies de S. Padre, no fueron estorbo para las de Francia. Se dieron ese mismo a\u00f1o de 1642 en las Di\u00f3cesis de Par\u00eds, de Chartres, de Sens, de Soissons y de Senlis. El santo Sacerdote animaba a los Obreros, y se un\u00eda a ellos, cuando pod\u00eda escaparse. Hizo la visita a los que trabajaban en Richelieu y all\u00ed se encontr\u00f3 con diecisiete de sus Sacerdotes, y con cinco o seis Cl\u00e9rigos, que roturaban todo aquel cant\u00f3n. Estos Se\u00f1ores habr\u00edan querido aprovecharse por m\u00e1s tiempo de su presencia, pero los asuntos de todo orden le reclamaban en otra parte. A penas estuvo de regreso en Par\u00eds, cuando se vio obligado a partir para Beauvais donde visit\u00f3 por tercera vez el Monasterio de las Ursulinas.<\/p>\n<p>Estos viajes, cuyo \u00fanico motivo eran los intereses de Dios y de la Iglesia, no se aven\u00edan\u00a0 bien con un proyecto que se hab\u00eda formado hac\u00eda tiempo y que crey\u00f3 al fin poder ejecutar sobre finales del mismo a\u00f1o. Aunque su congregaci\u00f3n no tuviera todav\u00eda m\u00e1s que diez Fundaciones, comprendida la de Roma, convoc\u00f3 a una peque\u00f1a Asamblea general. La Apertura tuvo lugar el 13 del mes de octubre. Se hicieron varios Reglamentos dignos de la sabidur\u00eda de los que la compon\u00edan. Los m\u00e1s importantes son \u00e9stos, 1\u00ba que se trabajara en formar un Cuerpo de Reglas comunes, por medio de las cuales se pudiera llevar la uniformidad a todas partes; 2\u00ba Que el Superior General no podr\u00eda pedir pr\u00e9stamos sobre todo de importancia, si no fuera para el bien de la Congregaci\u00f3n, y ello con el consejo de sus Asistentes; 3\u00ba Que si, por desgracia, le sucediera caer en ciertas faltas escandalosas, ser\u00eda depuesto y dimitido. Los otros Art\u00edculos que se refieren al modo de actuar despu\u00e9s de la muerte del General, bien para gobernar la Congregaci\u00f3n durante la vacante de su puesto, como para la elecci\u00f3n del Sucesor.<\/p>\n<p>Hasta entonces todo parec\u00eda lo mejor del mundo y todos contaban con volver a sus casas, con todo el consuelo, que proporciona a unos Hijos bien nacidos el placer de haber visto al mejor de los Padres; cuando Vicente, que nunca hab\u00eda causado tristeza a nadie, lo hizo a toda la Asamblea. Este gran Siervo de Dios, persuadido del todo de que no hab\u00eda nadie en la Congregaci\u00f3n que no fuera m\u00e1s apto para gobernarla que \u00e9l, se puso de rodillas delante de sus Sacerdotes, y despu\u00e9s de pedirles muy humildemente perd\u00f3n de las faltas que \u00e9l cre\u00eda haber cometido durante el tiempo de su Generalato, les suplic\u00f3 con una voz entrecortada por los suspiros, que se procediera a una nueva elecci\u00f3n. Se retir\u00f3 en el mismo momento para dejarles la libertad de la elecci\u00f3n, ratificando por adelantado al que juzgaran m\u00e1s id\u00f3neo.<\/p>\n<p>La deliberaci\u00f3n\u00a0 no tard\u00f3 en concluir, los pareceres no se dividieron. Apenas se recobraron de la sorpresa, que deb\u00eda causar un procedimiento semejante, cuando enviaron al santo Sacerdote Diputados para decirle que la Asamblea tendr\u00eda mucho cuidado en no aceptar su dimisi\u00f3n; y que le suplicaba que volviera a ocupar su lugar, para terminar los asuntos que quedaban. Estos Diputados le buscaron durante un buen rato; \u00e9l se hab\u00eda retirado a una Capilla que da a la Iglesia, y all\u00ed, prosternado a los pies del Hijo de Dios, le suplicaba con l\u00e1grimas que pusiera a la cabeza de su peque\u00f1a Compa\u00f1\u00eda a un hombre que fuera seg\u00fan su coraz\u00f3n. Al fin lo encontraron, pero por muchas razones que se pudieron alegar, por mucha insistencia que se le pudo hacer, sigui\u00f3 constantemente aferrado a su primer sentimiento. Protest\u00f3 que no era ya el Superior y suplic\u00f3 a su vez que quisieran sustituirle por otro.<\/p>\n<p>Al o\u00edr esto, los que compon\u00edan la Asamblea salieron juntos para rogarle que sacrificara su inclinaci\u00f3n a las necesidades de la Compa\u00f1\u00eda, volviera a tomar un empleo, que hasta entonces hab\u00eda llevado tan acertadamente. El humilde Vicente les dijo todo lo que crey\u00f3 m\u00e1s propio para hacerles cambiar de idea: ellos tampoco se quedaron atr\u00e1s haciendo todos los esfuerzos que pudieron para hacerle cambiar de idea a \u00e9l. Como este combate que no se basaba en otra cosa que en la virtud de los dos partidos, segu\u00eda y no avanzaba un paso, estos Se\u00f1ores exclamaron como al un\u00edsono: <em>Vos quer\u00e9is pues que procedamos a la elecci\u00f3n de un Superior. <\/em>Vicente que se crey\u00f3 escuchado, les urgi\u00f3 de nuevo. <em>Pues bueno<\/em>, replicaron ellos<em>, es a vos mismo a quien elegimos, y pod\u00e9is contar con que mientras quiera Dios conservaros en la tierra no tendremos a ning\u00fan otro. <\/em>El santo Sacerdote hizo nuevas tentativas, pero al final viendo que no prosperaban m\u00e1s que las primeras, baj\u00f3 la cabeza, y recogi\u00f3 la carga que Dios le pon\u00eda en los hombros. Pidi\u00f3 a la Asamblea la ayuda de sus oraciones, y les asegur\u00f3 que aqu\u00e9l era el primer Acto de obediencia, que cre\u00eda rendirle. La Compa\u00f1\u00eda le prometi\u00f3 no olvidarle nunca ante Dios, y renov\u00f3 por propia iniciativa la protesta de obediencia que le hab\u00eda hecho.<\/p>\n<p>Fue por entonces cuando los Misioneros para permanecer en el bien, y estar seguros de no mirar hacia atr\u00e1s, se consagraron con un voto simple a trabajar toda su vida en la Congregaci\u00f3n, en las funciones de su Instituto, que todas se reducen a la salvaci\u00f3n del pobre pueblo. Esta obligaci\u00f3n es en un sentido la m\u00e1s importante de las que se imponen unos Sacerdote, a quienes su Ordenaci\u00f3n compromete ya a la castidad, que son tenidos por pobres cuando, con el consentimiento general o particular de sus Superiores, hacen de sus bienes patrimoniales o Eclesi\u00e1sticos el uso que todo buen Sacerdote est\u00e1 obligado a hacer, y que finalmente bajo una direcci\u00f3n cuidadosa, podr\u00edan vivir siglos enteros, sin recordarles nunca la promesa que hicieron de obedecer. Por lo dem\u00e1s, este compromiso de estabilidad no se hizo al principio m\u00e1s que con el simple permiso del Arzobispo de Par\u00eds; y s\u00f3lo algunos a\u00f1os despu\u00e9s qued\u00f3 ratificado por la Santa Sede y homologado en el Parlamento. Sin embargo Vicente de Pa\u00fal, que hab\u00eda recibido falsas alarmas, hab\u00eda mandado examinar en Roma en 1641 si el voto simple de estabilidad puede convenir a Sacerdotes Seculares: ya que aunque tuviera hacia el Estado Religioso un respeto muy sincero y profundo, le consider\u00f3 siempre como incompatible con el Plan de su Congregaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Ella perdi\u00f3 algunos meses despu\u00e9s a un poderoso Protector en la persona de Armand-Jean Duplessis, Cardenal Duque de Richelieu. Este Ministro, que tantas veces hab\u00eda hecho temblar a Europa y que, por la superioridad de su genio, se hab\u00eda mantenido durante ocho a\u00f1os en un puesto, en el que al mismo Rey no le gustaba, vio por fin llegado el momento temible, que ni la P\u00farpura Romana, ni las Ligas, ni los Tratados, ni todo el Refinamiento de la Pol\u00edtica pod\u00edan alejar. Se ha advertido m\u00e1s de una vez que el curso de esta Historia que \u00e9l hab\u00eda estimado siempre mucho la virtud y el Instituto de nuestro S. Sacerdote. Nombr\u00f3 muchas veces en las Prelaturas a aquellos de quienes le daba el Siervo de Dios un buen testimonio. Confi\u00f3 la direcci\u00f3n espiritual de la ciudad, que lleva su nombre, a los Hijos de Vicente de Pa\u00fal. Pensaba colocar all\u00ed a veinte de sus Sacerdotes, cuando se vio atacado del golpe que se lo llev\u00f3. No hac\u00eda mucho tiempo que hab\u00eda dado a nuestro Santo mil escudos para suplir la pensi\u00f3n de un n\u00famero de Eclesi\u00e1sticos, que estaban en Par\u00eds en el Seminario de la Misi\u00f3n. \u00c9l continu\u00f3 en estos buenos sentimientos hasta la muerte; y por Acta de \u00faltima voluntad dej\u00f3 a la casa, que hab\u00eda establecido en Richelieu, sumas considerables.<\/p>\n<p>Luis XIII no sobrevivi\u00f3 seis meses a su Ministro. No hac\u00eda a\u00fan cuatro a\u00f1os cuando este Pr\u00edncipe, a quien la herej\u00eda por un lado y la Casa de Austria por el otro hab\u00edan dado ocupaci\u00f3n durante casi todo su Reinado, ve\u00eda la muerte avanzar hacia \u00e9l paso a paso. Al fin, le amenaz\u00f3 desde m\u00e1s cerca en el mes de abril. Una fiebre lenta y un debilitamiento que crec\u00eda de un d\u00eda al otro, hicieron sentir al Rey que su \u00faltima hora no estaba lejos. Despu\u00e9s de tomar las medidas m\u00e1s propias para apartar los problemas los problemas inseparables de una minor\u00eda, que deb\u00eda ser larga, y no quiso pensar ya m\u00e1s que en los asuntos de la Eternidad.<\/p>\n<p>Como los Cortesanos son entonces d\u00e9biles recursos, y los m\u00e1s hombres de bien no sirven demasiado en estas ocasiones, este Religioso Pr\u00edncipe mand\u00f3 llamar a Vicente de Pa\u00fal a S. Germain-en-Laie, donde le hab\u00eda atacado la enfermedad. El Santo, para inspirarle confianza, y al mismo tiempo para anunciarle la muerte, que una pol\u00edtica mal entendida oculta, tanto como le es posible, al esp\u00edritu y a los ojos de los Grandes del siglo, le dijo al abordarle: Se\u00f1or, quien teme a Dios se encontrar\u00e1 bien en los \u00faltimos momentos: <em>Timenti Dominum bene erit in extremis. <\/em>Este comienzo no sorprendi\u00f3 a un Rey acostumbrado desde hac\u00eda mucho a nutrirse de las m\u00e1s hermosas m\u00e1ximas de la Escritura; \u00e9l respondi\u00f3 concluyendo el Vers\u00edculo: <em>Et in die defunctionis suae benedicetur.<\/em><\/p>\n<p>Vicente pas\u00f3 esta primera vez alrededor de ocho d\u00edas en la Corte; estaba con frecuencia con Su Majestad, y este Pr\u00edncipe, que encontraba en \u00e9l palabras de salvaci\u00f3n y de vida, le escuchaba con una satisfacci\u00f3n particular. El santo Sacerdote, para recordarle indirectamente sus obligaciones y las faltas que hab\u00eda podido cometer, le recordaba las gracias que Dios le hab\u00eda concedido. Dos cosas parecieron ocuparle m\u00e1s: La conversi\u00f3n de los Protestantes, que hab\u00eda sido siempre uno de sus principales objetivos, y para la cual\u00a0 tom\u00f3 a\u00fan nuevas medidas, de las que hablaremos m\u00e1s adelante; y la denominaci\u00f3n a las Dignidades Eclesi\u00e1sticas, de las que se tiene por un honor durante la vida, que cuesta a veces bien caro a la muerte. Fue en esta ocasi\u00f3n cuando este Pr\u00edncipe exclam\u00f3: <em>\u00a1Oh\u00a0 Se\u00f1or Vicente, si Dios me devolviera la salud, no nombrar\u00eda a nadie al Episcopado, que no hubiera pasado tres a\u00f1os con vos!<\/em><\/p>\n<p>Por lo dem\u00e1s, Vicente admir\u00f3, lo mismo que toda la Corte, el esp\u00edritu de piedad y de resignaci\u00f3n, del que estaba repleto este gran Pr\u00edncipe. Habl\u00f3 siempre, dice la Se\u00f1ora de Motteville, de la certeza de su muerte, como de algo indiferente, y del viaje de la Eternidad, como de un viaje agradable, que deb\u00eda hacer pronto. Lo mejor que se encontraba a veces en su salud no le hizo cambiar de idea. No se vio ya en \u00e9l m\u00e1s que a una v\u00edctima, que iba a caer a los pies del Amo soberano de los Reyes. Con estos sentimientos al ver desde su C\u00e1mara las Torres de la Iglesia de S. Denis, donde sus cenizas deb\u00eda reunirse, despu\u00e9s de su muerte, a las de sus Predecesores, dec\u00eda alguna vez: <em>Yo no saldr\u00e9 de aqu\u00ed, m\u00e1s que para ir all\u00e1.<\/em><\/p>\n<p>Vicente se tranquiliz\u00f3 con estas buenas disposiciones; y al recobrarse un poco Su Majestad, el Siervo de Dios regres\u00f3 a Par\u00eds. Pero, habi\u00e9ndose disipado bien pronto la d\u00e9bil chispita de esperanza, que se hab\u00eda concebido, el Rey que se hab\u00eda encontrado bien en la primera visita del santo hombre, mand\u00f3 que le dieran la orden de presentarse al punto en S. Germain, para asistirle en sus \u00faltimos momentos. Vicente no le perd\u00eda casi de vista durante los \u00faltimos d\u00edas de su vida, Le ayud\u00f3 a elevar su esp\u00edritu y su coraz\u00f3n a Dios, a formar interiormente Actos de dolor de sus pecados, de confianza en las misericordias del Se\u00f1or, de sumisi\u00f3n a su voluntad santa; y de todas las virtudes cuyo ejercicio es m\u00e1s capaz de preparar bien a este \u00faltimo y \u00fanico momento, del que depende la Eternidad. Si a veces le ve\u00eda con espanto, tambi\u00e9n le contemplaba con la firmeza de un Rey muy Cristiano; y cuando su m\u00e9dico le declar\u00f3 que no le quedaba ya m\u00e1s que un poco tiempo de vida, junt\u00f3 las manos y volviendo sus ojos hacia el Cielo: \u00a1<em>Pues bien! Dios m\u00edo<\/em>, dijo sin sombra de alteraci\u00f3n, <em>\u00a0yo consiento, y de todo coraz\u00f3n.<\/em> Algunos minutos despu\u00e9s, expir\u00f3 en los brazos de nuestro Santo. Fue el 14 de mayo, d\u00eda en el que hab\u00eda ascendido al Trono.<\/p>\n<p>Vicente, quien vio a la Reina sumida en el dolor, e incapaz de recibir consuelo de parte de los hombres, se esforz\u00f3 en procur\u00e1rselo de parte de Dios. \u00c9l parti\u00f3 ese mismo d\u00eda para Par\u00eds, a fin de organizar oraciones a Dios por Sus Majestades. Se tuvo al d\u00eda siguiente en la Iglesia de S. L\u00e1zaro un Servicio solemne por el descanso del alma del difunto Rey. Cada Sacerdote ofreci\u00f3 los divinos Misterios con la misma intenci\u00f3n: pero al rezar por Luis XIII, no se olvid\u00f3 a la Reina, que iba a entrar en una Regencia cuyos problemas podr\u00edan en caso de necesidad servir de modelo a las Regencias m\u00e1s turbulentas.<\/p>\n<p>Como Vicente hizo, durante los primeros a\u00f1os de la Regencia, una gran figura y mucho m\u00e1s grande de lo que hubiera querido, y tom\u00f3 parte en las desgracias del Ministro, y que al in su historia se halla ligada a los acontecimientos de aquel tiempo: yo no puedo dispensarme de dar en dos palabras una idea general de la direcci\u00f3n que guard\u00f3 Ana de Austria, cuando tom\u00f3 las riendas del gobierno.<\/p>\n<p>Esta Princesa, quien hab\u00eda sufrido casi tanto como los dem\u00e1s bajo el imperio del Cardenal de Richelieu, estaba dispuesta a apartar de los negocios a todos aquellos a quienes se pod\u00eda tener como criaturas de este Ministro. Jules Mazarini que, desde el sitio de Cazal\u00a0 -26 de octubre de 1630-, donde hab\u00eda sabido detener y encantar, por as\u00ed decirlo, a dos Ej\u00e9rcitos preparados para la batalla, hab\u00eda encontrado el medio de insinuarse en los favores de Richelieu, y de obtener el Capelo de Cardenal \u2013en 1641-, se consideraba como uno de los que deb\u00edan ser sacrificados los primeros, y \u00e9l mismo publicaba ya que iba a volver a Italia; el sr de Beringhen y Vicente de Pa\u00fal pararon este golpe cada uno a su modo; Beringhen diciendo a la Reina, que no se pod\u00eda pasar sin Mazarino, que ten\u00eda el secreto de los asuntos; y Vicente por un principio general, predicando a esta Princesa la obligaci\u00f3n de perdonar a sus enemigos. El Cardenal fue pues conservado en su puesto; y este hombre h\u00e1bil, suave, espiritual, laborioso se hizo tan necesario, que separ\u00f3 poco a poco a los concurrentes, y no tuvo menos autoridad bajo Luis XIV de la que el sr de Richelieu hab\u00eda tenido bajo el Reinado precedente.<\/p>\n<p>A estos primeros pasos la Regente a\u00f1adi\u00f3 otro que mortific\u00f3 infinitamente a nuestro santo Sacerdote. Ana de Austria, que ten\u00eda mucha piedad, estableci\u00f3 un Consejo Eclesi\u00e1stico, en el que se deb\u00edan examinar los asuntos que pertenec\u00edan a la Religi\u00f3n, y las buenas o malas cualidades de de los que pod\u00edan aspirar a las Dignidades de la Iglesia. Mazarino, el Canciller S\u00e9guier, Charton Gran Penitenciario de Par\u00eds y Vicente de Pa\u00fal fueron aquellos en los que puso los ojos la Reina para formar este Consejo, del que fue nombrado Jefe, seg\u00fan lo cuenta la Se\u00f1ora de Motteville, el santo Hombre.<\/p>\n<p>Una dignidad que le daba un rango considerable en la Corte, y que no pod\u00eda dejar de procurarle los falsos homenajes de un n\u00famero de gentes aspirantes a los bienes del Santuario, le atraves\u00f3 de dolor y de confusi\u00f3n. Hizo todas las instancias que pudo para verse libre: pero la Reina, que desde hac\u00eda mucho tiempo conoc\u00eda su virtud y su capacidad, no se las acept\u00f3 nunca. Se volvi\u00f3 hacia Dios cuando vio que no pod\u00eda conseguir nada de parte de los hombres, y confes\u00f3 a una persona de confianza que, desde el d\u00eda en que conoci\u00f3 esta funesta noticia, no hab\u00eda celebrado la santa Misa sin pedirle la gracia de volver a su primera condici\u00f3n. La deseaba con tanto ardor que, con ocasi\u00f3n de una viaje que se vio obligado a hacer, corri\u00f3 el rumor que hab\u00eda ca\u00eddo en desgracia en la Corte, dijo a un Eclesi\u00e1stico de sus amigos, que vino a \u00e9l para felicitarle por la falsedad de esta noticia: <em>\u00a1Ah! quiera Dios que sea verdadera: pero un miserable como yo no es digno de este favor.<\/em><\/p>\n<p>No fue m\u00e1s escuchado por Dios de lo que lo hab\u00eda sido de los hombres. La Providencia quiso darle como espect\u00e1culo al mundo, a los hombres y a los \u00c1ngeles. Y esto durante m\u00e1s de diez a\u00f1os haciendo que su virtud brillara, que su humildad triunfara de los fr\u00edvolos aplausos del siglo, sin alterarse su paciencia y su equidad nunca en medio de las p\u00e9rdidas, de las aflicciones y de los golpes que la envidia, la injusticia y la malignidad se esforzaron por causarle. Su firmeza en defender los intereses de Dios y de su Iglesia fue superior a todo lo que se llama respeto humano. En este gran teatro fue donde m\u00e1s brill\u00f3 su inviolable fidelidad al servicio del Rey, su respeto profundo por los Obispos, su amor por todas las \u00d3rdenes de la Iglesia, su tierna caridad por todas las Comunidades, Religiosas o Seculares. Su Congregaci\u00f3n fue la \u00fanica de la que se olvid\u00f3., y aunque estuviera en la fuente de la que manaban los favores, la Reina tuviera para \u00e9l cierta consideraci\u00f3n, el Cardenal Mazarino le hubiera amado desde el tiempo del sr Richelieu, y que finalmente hubiera podido pedir muchas gracias que no pareciesen tener repercusi\u00f3n, \u00e9l no pens\u00f3 siquiera en abrir la boca, y no la abri\u00f3 en efecto nunca, ni para s\u00ed ni para los suyos.<\/p>\n<p>Se dio perfecta cuenta de que, determinado como estaba a no dar su voto m\u00e1s que al verdadero m\u00e9rito, iba a crearse una multitud de enemigos poderosos, y que muy pronto se expondr\u00eda a la contradicci\u00f3n m\u00e1s amarga: pero \u00e9l se sentir\u00eda bien compensado, si hubiera podido separar del Santuario a los que no estaban llamados a \u00e9l m\u00e1s que por los manejos, la avaricia y la ambici\u00f3n. Lo malo, y este pensamiento le atravesaba el coraz\u00f3n, es que no pod\u00eda razonablemente esperarlo. El Cardenal Mazarino, que estuvo pronto en condiciones de volar con sus propias alas, y que antes del fin del a\u00f1o \u2013en diciembre- fue nombrado Primer Ministro, este Cardenal, digo, y Vicente de Pa\u00fal ten\u00edan m\u00e1ximas tan opuestas que se hubiera dicho que hab\u00edan estudiado dos Evangelios diferentes. Mazarino ten\u00eda como amigos de Dios a los que eran los suyos, y cre\u00eda que, cuando se le pod\u00eda servir, se pod\u00eda servir a la Iglesia. Vicente juzgaba del \u00e1rbol por los frutos, ten\u00eda por reglas de las verdaderas cualidades de un Obispo, las que son prescritas por S. Pablo y por los Concilios; y aunque valorara en su justo precio el nacimiento y no dudara en absoluto que un hombre de calidad pudiera, cuando tiene virtud, hacer m\u00e1s bien que otro cualquiera, y que \u00e9l hubiera dicho m\u00e1s de una vez seg\u00fan un antiguo, que cincuenta ciervos conducidos por un le\u00f3n valen m\u00e1s que cincuenta leones conducidos por un ciervo, estaba sin embargo muy lejos de creer que la nobleza de la sangre fuese el \u00fanico m\u00e9rito necesario en un Prelado, y que uno es todo lo necesario para gobernar el reba\u00f1o de Jesucristo, cuando es o hijo o pariente de un hombre que toma ciudades, y que gana batallas.<\/p>\n<p>Fue pues con este germen de oposici\u00f3n como estos dos hombres entraron en el Consejo Eclesi\u00e1stico. Vicente hab\u00eda convenido con la Regente, antes que nada,\u00a0 que \u00e9l no se encontrara en la Corte m\u00e1s que cuando Su Majestad tuviera a bien llamarlo. Fue un toque de prudencia, que le situ\u00f3 en disposici\u00f3n de velar por su Congregaci\u00f3n, y que le liber\u00f3 de una cantidad de gente que le importunaba ya por raz\u00f3n de asuntos que no eran de su competencia.<\/p>\n<p>El santo Sacerdote iba al Consejo con el mismo equipo con el que iba a instruir a la gente del campo. No lesionaba la educaci\u00f3n pero menos a\u00fan lesionaba la sencillez. Nunca se puso Sotana nueva para ir al Louvre; nunca se aprovech\u00f3 de las consideraciones, que la Reina ten\u00eda con \u00e9l. Un solo pensamiento pareci\u00f3 ocuparle y fue el de hacerse m\u00e1s despreciable, a medida que se vio m\u00e1s honrado. <em>\u201cPido a Dios, dec\u00eda en una ocasi\u00f3n, que me tengan por insensato, para que no me empleen m\u00e1s en esta especie de comisi\u00f3n, y tenga tiempo de<\/em> <em>hacer penitencia\u201d.<\/em><\/p>\n<p>Las distinciones le causaban m\u00e1s pena que el placer que producen a los m\u00e1rtires de la ambici\u00f3n. Habiendo querido el Pr\u00edncipe de Cond\u00e9 en los comienzos de favor hacerle sentar a su lado; <em>Vuestra Alteza<\/em>, le dijo<em>, me hace demasiado honor al querer aguantarme en su presencia, ser\u00e1 entonces porque ignora que soy hijo de una pobre aldeana.<\/em> Las costumbres de la buena vida, le replic\u00f3 este sabio Pr\u00edncipe, son la verdadera Nobleza del hombre. <em>Moribus et vita nobilitatur homo. <\/em>\u00c9l a\u00f1adi\u00f3 que no era cosa de hoy cuando se reconocieron\u00a0 sus m\u00e9ritos. No obstante, para juzgarlo mejor, hizo caer la conversaci\u00f3n sobre alg\u00fan punto de controversia. Vicente habl\u00f3 de ello con tanta claridad y precisi\u00f3n, que el Pr\u00edncipe se vio obligado a hacerle una especie de reprimenda. \u201c<em>Y bueno, Se\u00f1or Vicente, exclam\u00f3, vos dec\u00eds y predic\u00e1is en todas partes que sois un ignorante, y as\u00ed y todo resolv\u00e9is en dos palabras una de las dificultades m\u00e1s grandes que nos sea propuesta por los Religionarios(Prot.)\u201d<\/em> Le pidi\u00f3 luego la aclaraci\u00f3n de algunas dudas, que se refer\u00edan al Derecho Can\u00f3nico, y habiendo quedado tan contento de \u00e9l sobre esta materia, como lo hab\u00eda sido sobre la otra, pas\u00f3 al Apartamento de la Reina y la felicit\u00f3 por la elecci\u00f3n que hab\u00eda hecho de un hombre tan capaz de ayudarla en lo referente a los bienes y las materias Eclesi\u00e1sticas.<\/p>\n<p>Desde los primeros Consejos, en los que el santo Hombre asisti\u00f3, llev\u00f3 seg\u00fan su m\u00e9todo ordinario, a la Reina y a los que compon\u00edan la Asamblea, a tomar un n\u00famero de resoluciones, que sirvieran como Reglas para la disposici\u00f3n de los Beneficios. Las redujo a seis que nosotros referiremos aqu\u00ed, y que todas fueron aprobadas por el Consejo.<\/p>\n<p>1\u00ba. La Reina no otorgar\u00e1 ninguna pensi\u00f3n sobre los Obispados o Arzobispados sino en el \u00fanico caso permitido por el Derecho; es decir cuando el Titular, despu\u00e9s de servir por largo tiempo a la Iglesia, dimita voluntariamente de su Obispado, por enfermedad, ancianidad u otras razones pertinentes.<\/p>\n<p>2\u00ba. Su Majestad no ordenar\u00e1 ninguna expedici\u00f3n de Patentes para las Abad\u00edas, sino para aquellos que, aparte de todas las dem\u00e1s cualidades requeridas, hayan cumplido los dieciocho a\u00f1os: diecis\u00e9is para los Prioratos y Canonicatos de las Iglesias Catedrales, y catorce para las Colegiales.<\/p>\n<p>3\u00ba. No se otorgar\u00e1 ninguna Patente para los Devolutivos que no se hayan examinado, y los Documentos de los que pretenden servirse los Devolucionados, y los Certificados de vida, costumbres y capacidad, que se ver\u00e1n obligados a presentar; y en caso de que no puedan justificar que tienen las cualidades necesarias para obtener los Beneficios que persiguen, se dar\u00e1n a otros, a quienes no les falten estas mismas cualidades, el derecho y los medios de perseguir el Devolutivo.<\/p>\n<p>4\u00ba. No se otorgar\u00e1 ni Coadjutor\u00eda ni Reservas para los Abades Comanditarios.<\/p>\n<p>5\u00ba. No se har\u00e1 expedir ninguna Patente de Obispado por muerte, Coadjutor\u00eda, o parecido, sino para los que hayan sido ordenados Sacerdotes, por lo menos un a\u00f1o antes.<\/p>\n<p>6\u00ba. No se otorgar\u00e1 ninguna Coadjutor\u00eda de las Abad\u00edas de Mujeres, sino en el caso que se sepa con certeza que se observa la Regla en estas Abad\u00edas; y que las Religiosas profesas para ser coadjutoras, hayan alcanzado la edad de 23 a\u00f1os y lleven cinco a\u00f1os de Profesi\u00f3n.<\/p>\n<p>Todo lo cual dio lugar al tercer art\u00edculo, que acabamos de escribir, y que concierne a los Devolutivos, fue la indigna y desdichada avidez de ciertos Eclesi\u00e1sticos que, deseando enriquecerse con los bienes de la Iglesia, al precio que fuese, y sin poder lograrlo por caminos rectos, se serv\u00edan de la v\u00eda oblicua de los Devolutivos. Maravillaban con sus cr\u00e9ditos y argucias, los Titulares leg\u00edtimos, y los forzaban al fin o a cederles sus Beneficios o a redimirse por un arreglo, de su injusta vejaci\u00f3n. Vicente obtuvo del Consejo que no se expidiera Patente alguna\u00a0 para los Devolutivos, sin haber examinado de antemano si los motivos que serv\u00edan de base a los Devoluntarios eran Can\u00f3nicos. \u00c9l fue encargado de este examen; y aunque tuviera una justa balanza, hizo excluir a una parte de estas sanguijuelas, a las que todo lo que pod\u00eda engordarlas parec\u00eda leg\u00edtimo. Con esta sabia precauci\u00f3n, ahog\u00f3 una infinidad de Procesos en su nacimiento, y mantuvo en sus Beneficios a un gran n\u00famero de virtuosos Eclesi\u00e1sticos, y de buenos Pastores que, sin la ayuda de este caritativo Protector, se habr\u00edan visto obligados en muchos casos para esquivar en las argucias de estos piratas, a abandonar a sus reba\u00f1os, y a pasarse meses, a veces a\u00f1os enteros en solicitar Procesos\u00a0 en diversos Tribunales, e incluso a aguantar con frecuencia una confusi\u00f3n que no se hab\u00edan merecido.<\/p>\n<p>Si el Plan del Siervo de Dios se hubiera seguido en los dem\u00e1s Art\u00edculos, como lo fue en<\/p>\n<p>\u00c9ste, todo hace pensar que todas las \u00d3rdenes de la Iglesia de Francia habr\u00edan recobrado poco a poco su antiguo esplendor: por lo menos es cierto, como dice el ilustre sr de F\u00e9n\u00e9lon en su Carta a Clemente XI que no se habr\u00edan visto en el Episcopado a ciertas personas que no han edificado mucho. Pero era dif\u00edcil que las cosas marchasen largo tiempo con tan buen pie. La Reina que no estaba hecha a los asuntos, y que desconfiaba demasiado de sus fuerzas, se dio pronto cuenta que Mazarino le era necesario; \u00e9l mismo tambi\u00e9n se dio cuenta, al menos lo igual que ella: as\u00ed el Consejo de conciencia no subsisti\u00f3 en toda su integridad m\u00e1s que el tiempo que necesit\u00f3 este Ministro para afirmar su autoridad. Una vez que estuvo bien cimentada, y no tard\u00f3 en estarlo, dispuso de las Abad\u00edas y de los Obispados vacantes, casi como le pareci\u00f3 bien, para el servicio del Rey y para el suyo propio. Aunque nuestro Santo fuera muy modesto y muy mesurado en sus consejos y que, cuando hab\u00eda dicho cuanto su conciencia y sus luces le compromet\u00edan a decir, se quedara tan tranquilo como si se hubiera dado mucha consideraci\u00f3n a sus palabras; no obstante, como seg\u00fan refiere una de las favoritas de la Regente, el Cardenal encontraba en <em>\u00e9l a un hombre todo de una pieza, que nunca hab\u00eda pensado en ganarse las simpat\u00edas de la gente de la Corte, <\/em>y a quien todos los Ministros del Universo no hubieran podido hacerle dar un paso en falso, para evitar ver su propuesta desaprobada, procur\u00f3 hacerse el due\u00f1o de las nominaciones m\u00e1s importantes.<\/p>\n<p>La Reina acudi\u00f3 a \u00e9l por alg\u00fan tiempo, pero poco a poco abri\u00f3 los ojos; reconoci\u00f3 que hab\u00eda seguido demasiado a la ligera sus consejos sobre el importante cap\u00edtulo de los Obispados, y en lo sucesivo a penas entreg\u00f3 algunos sin consultar en particular con nuestro santo Sacerdote. A pesar de estas precauciones, uno y otra fueron enga\u00f1ados m\u00e1s de una vez por la falsa virtud de los que aspiraban a las Prelaturas; y esta Princesa lo fue todav\u00eda m\u00e1s, cuando en la ausencia, o durante las enfermedades del Santo, hizo Promociones sin consultarle. Veamos un ejemplo que ser\u00e1 un honor eterno para el Siervo de Dios.<\/p>\n<p>Encontr\u00e1ndose la Corte fuera de Par\u00eds una vez, el Cardenal Mazarino escribi\u00f3 a Vicente de Pa\u00fal una carta, que estaba pensada en estos t\u00e9rminos: <em>Se\u00f1or, estas l\u00edneas son para deciros que Monse\u00f1or X habiendo despachado aqu\u00ed para pedir a la Reina a favor de su Se\u00f1or hijo el Obispado de N. que est\u00e1 vacante desde hace unos d\u00edas, ella se lo ha concedido muy a gusto porque tiene las cualidades requeridas para ser provisto, y porque su Majestad se ha sentido feliz al encontrar una ocasi\u00f3n tan favorable de reconocer en la persona del hijo los servicios del padre, y el celo que tiene por el bien del Estado. La Reina me ha prometido escribiros ella misma, y yo lo he querido hacer antes, con el fin de que pod\u00e1is verle y que le deis las instrucciones y las luces que juzgu\u00e9is que le son necesarias para desempe\u00f1ar bien esta funci\u00f3n, etc. <\/em><\/p>\n<p><em>\u00a0<\/em>Esta carta confundi\u00f3 al Santo. Por un lado sent\u00eda in gran respeto a las \u00f3rdenes de Su Majestad y de su primer Ministro, y por otro sab\u00eda muy bien que el Eclesi\u00e1stico en cuesti\u00f3n no era id\u00f3neo para desempe\u00f1ar el puesto, al que acababa de ser nombrado. Como este nombramiento no era cosa suya, habr\u00eda podido con toda raz\u00f3n liberarse de la comisi\u00f3n, que se le daba. No obstante las necesidades de una gran Di\u00f3cesis que hab\u00eda sido descuidada durante mucho tiempo por los Obispos precedentes, causaron tanta impresi\u00f3n en su esp\u00edritu, y se sinti\u00f3 tan afligido de ver a un hombre, que no ten\u00eda otro m\u00e9rito que el de sus Antepasados, puesto a la cabeza de un pueblo numeroso, que necesitaba de un Pastor lleno de celo, ejemplar y amante de la residencia, que crey\u00f3 tener que hacer un esfuerzo para parar este golpe.<\/p>\n<p>Nada resultaba m\u00e1s dif\u00edcil; todos los caminos estaban cerrados por el lado de la Corte que, para que no se pudiera volver atr\u00e1s, hab\u00eda despachado la Patente de nombramiento inmediatamente. Tom\u00f3 pues otro partido, y se puede decir que s\u00f3lo un Santo devorado por el celo de la Casa de Dios puede tomar uno semejante. Se fue a casa del padre de quien hab\u00eda sido nombrado, y sin temor a perder a un antiguo amigo, se atrevi\u00f3 a expresarle las eminentes virtudes que pide el Episcopado, y cu\u00e1n desprovisto estaba su hijo de ellas; y de estos principios ya tan abrumadores de por s\u00ed, sacar esta consecuencia m\u00e1s abrumadora todav\u00eda, que estaba obligado a devolver a la Corte la Patente, que hab\u00eda recibido, si no quer\u00eda exponer su persona, la de su hijo, y tal vez de su familia entera a la indignaci\u00f3n de Dios, y a las consecuencias funestas que una mala promoci\u00f3n lleva consigo con demasiada frecuencia.<\/p>\n<p>Un cumplido tan diferente de los que este Se\u00f1or comenzaba a recibir por la nueva Dignidad de su hijo debi\u00f3 parecerle algo sorprendente. Sin embargo, como ten\u00eda un fondo de piedad, y estimaba desde hac\u00eda tiempo la virtud del santo Hombre y no pod\u00eda dudar que una advertencia tan penosa a la naturaleza fuera efecto de una caridad bien depurada, le escuch\u00f3 con atenci\u00f3n; lleg\u00f3 incluso a agradecerle los consejos que le daba y le prometi\u00f3 pens\u00e1rselo seriamente. El Siervo de Dios regres\u00f3 a su casa algunos d\u00edas despu\u00e9s para otros asuntos, y fue recibido con estas palabras: \u00a1Oh Se\u00f1or! Oh Se\u00f1or Vicente, \u00a1qu\u00e9 malas noches me hab\u00e9is hecho pasar! Le expuso luego el estado de su Casa y de sus Asuntos, su edad avanzada, el n\u00famero de sus hijos, la obligaci\u00f3n en que se ve\u00eda de dotarlos antes de morir. A\u00f1adi\u00f3 que su hijo tomar\u00eda consigo a virtuosos y sabios Eclesi\u00e1sticos que le ayudar\u00edan a cumplir con su Cargo, y concluy\u00f3 con todos estos motivos que no cre\u00eda tener que perder la ocasi\u00f3n de colocarle, que se presentaba.<\/p>\n<p>Vicente, que ya en la primera conversaci\u00f3n hab\u00eda respondido por adelantado a estas razones de carne y de sangre, no le habl\u00f3 m\u00e1s, y abandon\u00f3 este asunto a la Providencia. Dios habl\u00f3 bien pronto con una voz m\u00e1s fuerte que la de su Siervo, y la muerte que se llev\u00f3 al nuevo Prelado muy poco tiempo despu\u00e9s de su consagraci\u00f3n, no dej\u00f3 a su padre m\u00e1s que el disgusto amargo de haber preferido, para nada, sus propios intereses a los intereses de Dios. Tan verdad es esta m\u00e1xima, muy familiar para nuestro Santo, que un edificio, del que Dios no es el Arquitecto, no puede subsistir por mucho tiempo,<\/p>\n<p>A pesar de estas sorpresas, que son m\u00e1s inevitables en la Corte que en otras partes, Esprit Fl\u00e9chier Obispo de N\u00eemes estaba persuadido m\u00e1s de 45 a\u00f1os despu\u00e9s de la muerte de Vicente de Pa\u00fal de que el Clero de Francia deb\u00eda a nuestro santo Sacerdote su esplendor y su gloria.<\/p>\n<p>Nada aflig\u00eda m\u00e1s al Hombre de Dios que las prisas, por no decir el furor con el que se esforzaban entonces para ascender a las Prelaturas. Solicitudes importunas, dimisiones de grandes Abad\u00edas, promesas de Pensiones, todo estaba a la orden del d\u00eda. El Santo, que por otra parte era muy reservado en sus palabras, no pudo por menos de decir un d\u00eda a una persona de confianza que tem\u00eda mucho que este tr\u00e1fico condenable atrajera la maldici\u00f3n de Dios sobre el Reino. Pero no se content\u00f3 con gemir delante de Dios, hizo, y realiz\u00f3 constantemente todos los esfuerzos para impedirlo. Jam\u00e1s el respeto humano, ni las desgracias que le amenazaban, ni la vista de aquellos hombres, poderosos y orgullosos, que no se olvidan con facilidad de que los han herido, ni otras mil consideraciones semejantes pudieron ablandarle. La gloria de Dios le impresionaba m\u00e1s que toda otra cosa; o m\u00e1s bien era el \u00fanico resorte de todas sus acciones y de su conducta. Como sus miras eran puras en extremo, habr\u00eda querido que todos las tuvieran parecidas. Bien persuadido con S. Bernardo de que aquel por quien se solicita un Beneficio debe ser sospechoso, y el que se atreve a pedirlo por s\u00ed mismo est\u00e1 ya juzgado, no pod\u00eda ni aprobar, ni permitir adelantarse a la llamada de Dios, y menos todav\u00eda que se la supusiera donde no estaba.<\/p>\n<p>Un Capell\u00e1n del Rey, que adem\u00e1s era muy hombre de bien, solicitado por su familia a exponer los dilatados servicios, que hab\u00eda hecho, y a ponerse en movimiento para obtener un Obispado, se dej\u00f3 llevar poco a poco, y crey\u00f3 al fin que, si no hablaba,, por s\u00ed mismo o por sus amigos, se olvidar\u00edan de \u00e9l. Sin embargo, al darse cuenta de que un paso de esta naturaleza no sol\u00eda tener suerte con la humildad y la modestia Eclesi\u00e1sticas y que era m\u00e1s seguro para su salvaci\u00f3n ponerse en las manos de Dios y seguir el curso de la Providencia, lleg\u00f3 a encontrarse en un estado de duda y de perplejidad, del que le costaba salir. Para no dar pasos en falso, escribi\u00f3 a nuestro Santo, y le pidi\u00f3 que tuviera a bien trazarle el camino, por el que deb\u00eda caminar.<\/p>\n<p>Vicente que, cuando se presentaba la ocasi\u00f3n no dejaba de ayudar a los buenos Eclesi\u00e1sticos y que deseaba en particular que \u00e9ste por unas prisas peligrosas no se hiciera indigno de los planes de Dios, le escribi\u00f3 con el fin de hacerle entrar en este orden de indiferencia, o m\u00e1s bien de sumisi\u00f3n, del que parec\u00eda separarse un poco, y del que, para mejor ir a su prop\u00f3sito, supone con acierto que no ha salido. La respuesta del S. Sacerdote contiene m\u00e1s o menos, que ha recibido la Carta con todo el respeto que le debe, y con una perfecta estima de las gracias, con las que ha llenado su coraz\u00f3n; que como es este mismo Dios, \u00fanico que ha podido ahogar en \u00e9l el deseo de la elevaci\u00f3n, deseo que es muy natural al hombre, ser\u00e1 tambi\u00e9n \u00e9l quien continuar\u00e1 d\u00e1ndole la fuerza de mantenerse inviolablemente en los verdaderos principios; que sigui\u00e9ndolos seguir\u00e1 las Reglas de la Iglesia, que no permiten a quienquiera que sea elevarse a s\u00ed mismo a las Dignidades y menos todav\u00eda a las Prelaturas Eclesi\u00e1sticas; que imitar\u00e1 al Hijo de Dios, que siendo Sacerdote Eterno y el Deseado de todas las naciones, ha esperado las \u00f3rdenes de su Padre, para entrar en las funciones de su Sacerdocio; que con una conducta tan humilde y tan desinteresada, dar\u00e1 la edificaci\u00f3n a su siglo, en el que por desgracia ejemplos tan puros son bastante raros, y muy poco seguidos. <em>Tendr\u00e9is, Monse\u00f1or, <\/em>contin\u00faa Vicente<em>, tendr\u00e9is el consuelo, si es del agrado de Dios un d\u00eda llamaros a este divino Empleo, de tener una vocaci\u00f3n segura, porque no ser\u00e9is introducido en \u00e9l por medios humanos. Ser\u00e9is ayudado por estas gracias especiales, que van unidas a una vocaci\u00f3n leg\u00edtima; y que os llevar\u00e1n a dar frutos\u2026 dignos de la Eternidad, como los dan los Obispos que no han dado ning\u00fan paso para serlo, y cuya persona y conducta bendice Dios manifiestamente. Finalmente, Monse\u00f1or, no os reprochar\u00e9is nada en la hora de la muerte el haberos cargado con el peso de una Di\u00f3cesis, que por entonces parec\u00eda insoportable. <\/em>El Santo acab\u00f3 dando\u00a0 nuevamente gracias a Dios por las buenas disposiciones, en que ha puesto a este Eclesi\u00e1stico, inspir\u00e1ndole no dar ning\u00fan paso para imponerse a s\u00ed mismo una carga tan peligrosa, y dice que su tranquilidad en este punto, es una gracia que no se puede estimar lo suficiente.<\/p>\n<p>No s\u00e9 si fue por entonces cuando Vicente se vio obligado a dar una lecci\u00f3n casi semejante a un hombre, de quien la hubiera recibido mejor en otra ocasi\u00f3n. Este es el hecho. Un Religioso c\u00e9lebre dentro y fuera de su Orden, y quien uniendo un gran celo a una gran virtud, hab\u00eda predicado con \u00e9xito en los primeros p\u00falpitos del Reino, escribi\u00f3 una Carta bastante larga a nuestro santo Sacerdote, en la que le expon\u00eda sus largos trabajos, la austeridad de la Regla, la disminuci\u00f3n de sus fuerzas y el miedo que ten\u00eda de no poder continuar por mucho tiempo los servicios, que hab\u00eda tratado hasta entonces de prestar a la Iglesia. A\u00f1ad\u00eda que no obstante hab\u00eda hallado un car\u00e1cter, por medio del cual cre\u00eda estar en condiciones de trabajar todav\u00eda \u00fatilmente, que para ello era suficiente que la Corte le hiciera Sufrag\u00e1neo del Arzobispado de Reims; y que dispens\u00e1ndole a dignidad de Obispo del ayuno, y de las dem\u00e1s austeridades de su Orden, \u00e9l dosificar\u00eda sus fuerzas y continuar\u00eda predicando con m\u00e1s vigor y fruto; que le suplicaba, como amigo suyo, que le dijera lo que pensaba; que contaba con que si este pensamiento fuera de su gusto, \u00e9l tuviera a bien ayudarle a obtener el nombramiento el Rey; y que estaba seguro de verse ayudado por personas, que ten\u00edan en la Corte cr\u00e9dito y autoridad.<\/p>\n<p>Un hombre menos sincero que Vicente de Pa\u00fal, habr\u00eda prometido maravillas, y no habr\u00eda hecho nada: pero el santo Sacerdote, cuya rectitud igualaba a la penetraci\u00f3n, hizo creer a este buen Religioso que la hermosa idea que le encantaba no era m\u00e1s que una tentaci\u00f3n del enemigo; por eso despu\u00e9s de mostrarle la estima, que hac\u00eda de su Orden y de su persona en particular; despu\u00e9s de felicitarle por los talentos que hab\u00eda recibido de Dios para anunciar el Evangelio; despu\u00e9s de recordarle la edificaci\u00f3n que hab\u00eda dado hasta entonces\u00a0 a una gran parte del Reino y a su Comunidad, entra en materia y le doce en sustancia, que no duda que, si hubiera sido llamado por Dios a la prelatura, no lo habr\u00eda conseguido; pero que habiendo dado a conocer la Providencia por el buen \u00e9xito con que ella hab\u00eda honrado sus empleos y su conducta, que ella le quer\u00eda en el estado que hab\u00eda abrazado, no hab\u00eda posibilidad de que ella quisiera sacarle de all\u00ed: que si Dios le destinaba al Episcopado, encontrar\u00eda con toda seguridad los medios de llegar, sin que \u00e9l diera paso alguno. <em>Pero, <\/em>a\u00f1ade Vicente<em>, al presentaros vos mismo, parece que habr\u00eda algo que decir, y que vos no tendr\u00edais raz\u00f3n para esperar las bendiciones de Dios en un cambio, que no puede ser deseado ni buscado por un alma verdaderamente humilde como la vuestra.<\/em><\/p>\n<p>A estas razones sacadas del inter\u00e9s personal de este Religioso, el santo sacerdote a\u00f1adi\u00f3 otras, sacadas de las necesidades de la Comunidad, y del inoportuno ejemplo, que no dejar\u00eda de causar con su conducta. Le hizo entender que al privar a su Orden de un hombre, que la sostiene con sus ejemplos, que la acredita con su erudici\u00f3n, y que es una de sus principales columnas, le producir\u00eda un mal considerable; que al abrir esta puerta dar\u00eda ocasi\u00f3n a otros o de esforzarse por salir de su retiro o al menos de disgustarse por los ejercicios de la penitencia; que, como \u00e9l, ellos hallar\u00edan pretextos para suavizar estos rigores saludables: <em>Ya que, contin\u00faa \u00e9l, la naturaleza se cansa de las austeridades, y si la consultamos, dir\u00e1 que es demasiado, que hay que cuidarse para vivir m\u00e1s tiempo, y para servir a Dios m\u00e1s, en lugar de lo que dijo Nuestro Se\u00f1or: Quien ama su alma la perder\u00e1, y quien la odia la salvar\u00e1. Sab\u00e9is mejor que yo, mi Reverendo Padre, prosigue el Siervo de Dios, todo lo que se puede decir sobre ello, y no me propondr\u00eda\u00a0 en escribiros mi pensamiento, si vos no me lo hubierais ordenado. Perro quiz\u00e1s vos no os preocup\u00e1is por la Corona que os espera: \u00a1Oh Dios, qu\u00e9 hermosa ser\u00e1! Hab\u00e9is hecho ya tantas cosas para ganarla felizmente, y tal vez no os quede mucho que hacer; se necesita perseverancia en el camino, en el que hab\u00e9is entrado, y que conduce a la vida. Ya hab\u00e9is superado las mayores dificultades, deb\u00e9is pues armaros de valor y esperar que dios os conceda las gracias de superar las menores. Si me cre\u00e9is, cesar\u00e9is por un tiempo los trabajos de la Predicaci\u00f3n, con el fin de restablecer vuestra salud. Est\u00e1is a\u00fan en condiciones de prestar muchos servicios a Dios y a vuestra Religi\u00f3n, que es una de las m\u00e1s santas y edificantes que hay en la Iglesia de Jesucristo, etc.<\/em><\/p>\n<p>Trad. M\u00e1ximo Agust\u00edn<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Su muerte ocurr\u00eda en un momento tanto m\u00e1s triste, porque el asunto de la Establecimiento de los Misioneros, que la Duquesa de Aiguillon quer\u00eda fundar en Roma, todav\u00eda no hab\u00eda concluido. 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