{"id":402233,"date":"2019-04-26T08:42:34","date_gmt":"2019-04-26T06:42:34","guid":{"rendered":"http:\/\/vincentians.com\/es\/?p=402233"},"modified":"2019-03-17T12:59:34","modified_gmt":"2019-03-17T11:59:34","slug":"san-vicente-collet-21","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/vincentians.com\/es\/san-vicente-collet-21\/","title":{"rendered":"San Vicente (Collet) 21"},"content":{"rendered":"<p>Por este principio, aprovechaba con una santa impetuosidad todas las ocasiones de devolver al Clero su antiguo esplendor; y estas ocasiones eran frecuentes, ya que no hab\u00eda casi nadie que no se dirigiera a \u00e9l. Pedro Colombes habiendo querido establecer en su Parroquia, que era la de S. Germain l\u2019Auxerrois, una Comunidad de Sacerdotes, que pudieran servir de modelo a los dem\u00e1s, la puso bajo la direcci\u00f3n de nuestro Santo, quien redact\u00f3 sus Reglamentos, y quien ense\u00f1\u00f3 a los que est\u00e1n encargados en el mismo Ministerio que un\u00a0 Sacerdote de Parroquia est\u00e1 en peligro de perecer si no sabe construirse para s\u00ed mismo una soledad interior y reparar sus fuerzas que la disipaci\u00f3n y el comercio del mundo no pueden por menos de debilitar.<\/p>\n<p>Tantos y tan importantes asuntos no permit\u00edan casi al hombre de Dios alejarse de Par\u00eds: asimismo \u00e9l ni sal\u00eda apenas m\u00e1s que por la orden del los Poderes\u00a0 Seculares o Eclesi\u00e1sticos. Sucedi\u00f3 pues que para obedecer al Obispo de Beauvais hizo Vicente en el mes de abril un viaje a su Di\u00f3cesis y visit\u00f3 por segunda vez el Monasterio de las Ursulinas establecidas en la Ciudad Episcopal. No sabemos al detalle lo que pas\u00f3 en esta visita, que fue m\u00e1s larga que la primera. Pero sabemos por otra parte que el ministerio que ejerc\u00eda en esta clase de ocasiones iba casi siempre acompa\u00f1ado de gracias y de bendiciones espirituales; que pose\u00eda sobre todo el gran talento de calmar las penas interiores; y que con frecuencia, al igual que su divino Maestro, no necesit\u00f3 m\u00e1s que una palabra para devolver la paz a las conciencias m\u00e1s agitadas. No hac\u00eda todav\u00eda dos a\u00f1os que se hab\u00eda experimentado en Troies, a donde se hab\u00eda visto obligado a ir para asuntos de su Congregaci\u00f3n y donde libr\u00f3 en un instante de una tentaci\u00f3n tan larga como importuna a una Religiosa, que desde hac\u00eda varios a\u00f1os no ten\u00eda ni reposo ni consuelo. Es un hecho importante del que hablaremos en otra parte -en el Libro IX con m\u00e1s extensi\u00f3n-.<\/p>\n<p>No era solamente a personas fatigadas por esta clase de pruebas, a quienes las visitas de Vicente de Pa\u00fal resultaban provechosas: hubiera sido muy dif\u00edcil hallar en su tiempo a un hombre m\u00e1s id\u00f3neo que \u00e9l para hacer caminar a las almas consagradas a Dios por los caminos de la m\u00e1s sublime perfecci\u00f3n. Las que en este g\u00e9nero daban lecciones a las dem\u00e1s, se consideraban felices de recibir las suyas. Uno de los motivos que determin\u00f3 a la m\u00e1s ilustre Se\u00f1ora de Chantal a ir a Par\u00eds en 1641 fue el provecho que esper\u00f3 sacar de las conferencias, que deb\u00eda tener con \u00e9l. Ella hab\u00eda cre\u00eddo el a\u00f1o anterior que le podr\u00eda ver en Annecy, a donde deseaba el Obispo que se trasladase para ordenar los asuntos del Seminario. Ella le escribi\u00f3 en unos t\u00e9rminos, que daban a entender una viva y santa impaciencia: pero las necesidades de los ni\u00f1os abandonados, que le ocupaban ya -por 1648-, no le permitieron hacer este viaje. De manera que esta entrevista tan ardientemente deseada por una parte y por otra no pudo tenerse hasta quince meses despu\u00e9s. La Se\u00f1ora de Chantal se desquit\u00f3 ampliamente. El S. Sacerdote la vio varias veces en el Monasterio de la calle S. Antonio, del que era Superior. Ella recibi\u00f3 sus consejos sobre la direcci\u00f3n particular y sobre la de su Orden; y se sent\u00eda feliz confesando con mucha gratitud que las luces y los consejos de este gran Siervo de Dios le hab\u00eda servido de gran ayuda; son los t\u00e9rminos del sr Abate Marsolier en su Historia de esta venerable Madres.<\/p>\n<p>Los bienes espirituales con los que Dios llen\u00f3 a su Sierva por intermedio de nuestro Santo fueron para ella gracias de preparaci\u00f3n a su \u00faltimo sacrificio. Hacia tiempo que estaba madura para el Cielo, y apenas hab\u00edan transcurrido cinco semanas de su partida de Par\u00eds, cuando ella acab\u00f3 con una muerte muy santa su vida, que hab\u00eda pasado en el ejercicio de la piedad Cristiana y Religiosa. Dios revel\u00f3 a su Siervo su muerte y su gloria en una visi\u00f3n, que tiene algo de la grandeza y de la majestad de las de los antiguos Profetas. Como \u00e9ste es un punto muy delicado y muy glorioso a la memoria de la Se\u00f1ora de Chantal, le volver\u00e9 a traer con todas sus circunstancias someti\u00e9ndole, no a la decisi\u00f3n de aquellos falsos cr\u00edticos, que rechazan cuanto combate sus prejuicios, sino al juicio de la santa Iglesia Romana, que se siente actualmente interesada en ello; y que en el asunto de la Beatificaci\u00f3n de esta perfecta religiosa, no dejar\u00e1 de examinarlo con su prudencia ordinaria. La cosa sucedi\u00f3 pues de esta manera.<\/p>\n<p>Cuando Vicente se enter\u00f3, por las noticias p\u00fablicas, de que la Madre de Chantal estaba en las \u00faltimas, se puso de rodillas para pedir a Dios por ella. Como era perfectamente humilde y no ve\u00eda m\u00e1s que manchas en sus acciones m\u00e1s santas, comenz\u00f3 por hacer un acto de contrici\u00f3n de sus propios pecados. Apenas hubo terminado, cuando vio un peque\u00f1o globo como de fuego, que se elevaba de la tierra y que fue a unirse en la Regi\u00f3n superior del aire a otro globo m\u00e1s grande y m\u00e1s luminoso; estos dos globos que, tras su reuni\u00f3n, no formaron m\u00e1s que uno solo, se elevaron m\u00e1s alto y se perdieron en un tercero, que era infinitamente m\u00e1s vasto y m\u00e1s brillante que los otros. En el tiempo que el santo Sacerdote estaba muy ocupado con esta visi\u00f3n, una voz interior le dijo de una manera muy clara que el primer globo era el alma de la Madre de Chantal; el segundo, la del Bienaventurado Obispo de Ginebra, y el tercero la Esencia divina; y que estas dos grandes Almas, despu\u00e9s de reunirse se hab\u00edan fundido en Dios su soberano Principio, y como abismadas en su inmensidad.<\/p>\n<p>Vicente supo algunos d\u00edas despu\u00e9s que Dios hab\u00eda tenido a bien disponer de su Sierva y llamarla a s\u00ed. Como las revelaciones particulares est\u00e1n sometidas a la ilusi\u00f3n y resultan tambi\u00e9n m\u00e1s sospechosas a las personas verdaderamente prudentes, que a las que tienen menos piedad y luces, el santo Hombre, sin contar demasiado con lo que hab\u00eda visto, sigui\u00f3 la ruta ordinaria y quiso pedir por la Se\u00f1ora de Chantal. Es cierto que la hab\u00eda tenido siempre por una muje<em>r realizada en toda clase de virtudes y como un alma de las m\u00e1s santas que hubiera conocido nunca en la tierra; <\/em>son sus propias expresiones: pero ignoraba que, si bien S. Agust\u00edn atribuy\u00f3 a las virtudes de su incomparable Madre la justicia que les era debida, \u00e9l hab\u00eda rezado y mandado rezar por ella, por si acaso se le hubiera escapado alguna palabra por poco contraria que fuera a la santidad de los Mandamientos del Evangelio; sab\u00eda adem\u00e1s que, seg\u00fan este gran Doctor, la vida m\u00e1s saludable ser\u00eda bien de lamentar si Dios la juzgara con la severidad de su justicia. \u00c9l sigui\u00f3 pues el mismo Plan, y lo sigui\u00f3 por los mismos motivos. Se crey\u00f3 haber advertido en las \u00faltimas conversaciones que hab\u00eda mantenido con esta digna Religiosa ciertas palabras <em>que parec\u00edan tener algo de pecado venial, <\/em>y pens\u00f3 celebrando la Misa, y en el segundo Memento, donde se pide por los Muertos que seria bueno encomendarla a Dios. En el mismo momento tuvo por segunda vez la visi\u00f3n que hab\u00eda tenido ya: los mismos globos, la uni\u00f3n del primero con el segundo y de estos dos con el tercero, se presentaron otra vez a \u00e9l, pero a todo ello se uni\u00f3 un sentimiento tan vivo y una convicci\u00f3n tan perfecta de la felicidad eterna de esta santa Mujer que desde aquel tiempo no le fue posible pensar en ella sin represent\u00e1rsela como rodeada de la gloria de las almas bienaventuradas.<\/p>\n<p>Vicente, seg\u00fan su m\u00e9todo ordinario, no habr\u00eda hablado nunca de algo que pod\u00eda redundar en su honor, si hubiera podido suprimirlo, sin causar da\u00f1o alguno a la persona que era objeto de ello. Adem\u00e1s, se trataba de examinar si el \u00c1ngel de las tinieblas, parra enga\u00f1arle, no se hab\u00eda transformado en \u00c1ngel de la luz. Es lo que le comprometi\u00f3 a abrirse al sr Arzobispo de Par\u00eds, a quien relat\u00f3 el asunto como hab\u00eda ocurrido. Habl\u00f3 tambi\u00e9n de ello con un Religioso Barnabita \u2013el R. P. Mauricio-, que conoc\u00eda las operaciones de Dios. Uno y otro le respondieron que esta visi\u00f3n estaba se\u00f1alada con caracteres, que el Esp\u00edritu Santo era su autor, y que pod\u00eda sin dudarlo tenerlo como una revelaci\u00f3n que Dios hab\u00eda tenido a bien hacerle de la felicidad de una persona a la que \u00e9l hab\u00eda estado tan perfectamente unido. Solamente despu\u00e9s de estas sabias precauciones, habl\u00f3 el santo Sacerdote de ello a algunas Religiosas de la Visitaci\u00f3n, quienes, abrumadas por la p\u00e9rdida, que toda la Orden acababa de sufrir, ten\u00edan necesidad de este consuelo.<\/p>\n<p>Para guardar la memoria, y tal vez con el pensamiento que su relato podr\u00eda un d\u00eda contribuir a dar a las dem\u00e1s la misma idea, que \u00e9l ten\u00eda de las virtudes y de la santidad de la Madre de Chantal, Vicente hizo con ello una especie de Proceso-Verbal, que subsiste hoy. Comienza por el elogio de\u00a0 la Se\u00f1ora de Chantal. El santo Sacerdote dice que hace veinte a\u00f1os que Dios le hab\u00eda hecho la gracia de conocerla y que ella hab\u00eda tenido a bien honrarle con una perfecta confianza, sea por escrito, sea de viva voz en los diferentes periodos que hab\u00eda pasado en Paris; Que siempre la ha considerado como un modelo de todas las virtudes; Que sobre todo estaba llena de fe, <em>aunque se hubiese sentido tentada toda su vida de pensamientos contrarios;<\/em> Que el amor a Dios, la confianza en sus misericordias, la humildad, la mortificaci\u00f3n, la obediencia, el celo por la santificaci\u00f3n de su Orden, y por la salvaci\u00f3n del pueblo pobre, se hallaban en ella en un grado soberano; Que ella supo aliar con tentaciones espantosas y penas interiores que la fatigaban sin cesar, una envidiable fidelidad a la pr\u00e1ctica de las virtudes Cristianas y Religiosas, una solicitud prodigiosa por la perfecci\u00f3n de todas sus Hijas, y ese aire de calma y de serenidad, tan necesario a las personas en empleos importantes. A\u00f1ade que no duda ni de su felicidad eterna, ni que Dios manifieste un d\u00eda su santidad, <em>como oigo que est\u00e1 sucediendo en algunos lugares del Reino.<\/em><\/p>\n<p>Aqu\u00ed es donde Vicente sit\u00faa la visi\u00f3n de los globos; s\u00f3lo habla en tercera persona, y con tan buena fe que propone en dos palabras todo cuanto puede contribuir a establecer o a destruir la realidad. Lo que podr\u00eda hacer en contra es, a su parecer, que quien ha tenido la visi\u00f3n, y que por otro lado preferir\u00eda morir a cometer un enga\u00f1o, est\u00e1 tan lleno de estima, tan convencido de la santidad de la Se\u00f1ora de Chantal qu no lee nunca sus Cartas sin verter l\u00e1grimas, persuadido como est\u00e1 de que es Dios quien le ha inspirado los sentimientos que en ellas se contienen; de donde resulta, dice tambi\u00e9n, que una visi\u00f3n que tiende a manifestar su gloria podr\u00eda ser una consecuencia de este prejuicio favorable, y por consiguiente un efecto de la imaginaci\u00f3n. Lo que por el contrario puede hacerla ver como verdadera es, a\u00f1ade \u00e9l, que esta visi\u00f3n es la \u00fanica que la persona de quien se trata, haya tenido nunca en su vida, aunque haya visto morir a gente, cuya eminente santidad le era particularmente conocida.<\/p>\n<p>Se ve a la primera cu\u00e1l de estos dos motivos se impone al otro. Se puede decir que cada vis\u00f3n lleva su prueba consigo. Cuando el santo Sacerdote tuvo la primera, ignoraba la muerte de la Se\u00f1ora de Chantal: cuando tuvo la segunda, crey\u00f3 que por raz\u00f3n de una especie de falta, de la que \u00e9l hab\u00eda sido testigo, ella pod\u00eda <em>estar en el Purgatorio, <\/em>y necesitar oraciones. En una y otra situaci\u00f3n un hombre tan prudente no habr\u00eda podido verla en la gloria, si Dios no se lo hubiera dado a conocer.<\/p>\n<p>La feliz muerte de la Fundadora de las Hijas de la Visitaci\u00f3n nos obliga a hablar aqu\u00ed de los servicios que Vicente de Pa\u00fal se esforz\u00f3 por dar a esta santa Orden. Hemos dicho en otro lado que S. Francisco de Sales no hab\u00eda cre\u00eddo poder confiar en mejores manos como las del Siervo de Dios esta preciosa Obra de su piedad. Las grandes esperanzas de este perfecto Obispo quedaron justificadas con un \u00e9xito todav\u00eda m\u00e1s grande. Para conservar el esp\u00edritu de fervor y de regularidad, sin el cual las personas consagradas a Dios, caen en la languidez, y muy pronto tras una funesta insensibilidad, Vicente realiz\u00f3 un gran n\u00famero de visitas a los Monasterios de Par\u00eds y de S. Denis. Atento a cortar de ra\u00edz todo lo que pod\u00eda introducir el m\u00e1s peque\u00f1o relajamiento y ten\u00eda el talento de llevar a la m\u00e1s s\u00f3lida perfecci\u00f3n, pero lo hac\u00eda con un estilo tan humilde, tan prudente, tan lleno de caridad, que estas dignas Religiosas se daban cuenta del Esp\u00edritu de Dios, del que estaba inundado.<\/p>\n<p>Por bien que se encontrara a Comunidad cuando comenzaba la visita, siempre andaba mejor cuando la conclu\u00eda. El olor de su piedad subsist\u00eda, y subsist\u00eda de una manera tan actuante y tan eficaz, que se la ve\u00eda redoblada en fervor en todos los ejercicios. Adem\u00e1s que no era por discursos estudiados, ni por m\u00e1ximas nuevas, ni por los principios de una espiritualidad exagerada como el santo hombre alcanzaba lo que quer\u00eda. Su grande y su \u00fanica Regla era llevar a todas las Religiosas en general y a cada una en particular a mirar como una verdadera gracia la de su vocaci\u00f3n; a llevar una vida conforme al esp\u00edritu de su Instituto; a mantenerse por el esp\u00edritu de Fe\u00a0 tan recomendado en la Ley nueva; a estimar de modo especial sus Reglas y todos los Preceptos o hasta todos los Consejos que en ellas se encierran. A eso es donde se dirig\u00edan los consejos que les daba; y no dudaba de que unas Hijas que fueran fieles a las pr\u00e1cticas de sus Constituciones de que no vivieran en la perfecci\u00f3n de su Estado. Daba grandes elogios a las Obras de su Fundador y a los Escritos y a las Respuestas de la piadosa Fundadora. Pero en estos elogios la boca no hablaba sino de la plenitud del coraz\u00f3n. La lectura de unos y de otros le afectaba tan profundamente que produc\u00eda en \u00e9l una impresi\u00f3n sensible, y le enternec\u00eda <em>hasta las l\u00e1grimas.<\/em><\/p>\n<p>Como para lograr que el bien subsista, se necesita apartar los obst\u00e1culos, el Siervo de dios alejaba de las Casas, de las que era Superior, todo lo que hubiera podido hacer entrar en ellas el esp\u00edritu de los hijos del siglo. Ni los desprecios que tenia que aguantar, ni las p\u00e9rdidas que ten\u00eda que temer, le debilitaron nunca en este particular. Se neg\u00f3 siempre con una santa y generosa firmeza a permitir la entrada de estos Monasterios a Damas de la m\u00e1s alta condici\u00f3n, e incluso a Princesas, que se lo ped\u00edan, para contentar la curiosidad o para satisfacer una devoci\u00f3n mal entendida. No exceptu\u00f3 de la Regla m\u00e1s que a aquellas, que a t\u00edtulo de Bienhechoras, ten\u00edan derecho a ser exceptuadas. As\u00ed, para no causar perjuicio, ni gracias importunas, reuni\u00f3 varias veces a las Superioras y a las Religiosas m\u00e1s antiguas; quiso saber exactamente las perdonas que estaban o no estaban en caso de excepci\u00f3n. La Reina hab\u00eda parecido desear que una de sus Damas de honor pudiera retirarse a una de las Casas de la Orden: un sacerdote Cortesano habr\u00eda dado los primeros pasos; Vicente hizo todos sus esfuerzos para esquivar el golpe, y sin faltar al respeto que ten\u00eda\u00a0 para esta augusta Princesa, le hizo ver con buenos ojos que la persona por la que se interesaba se decidiera por otra parte. Porque este Director verdaderamente iluminado tem\u00eda, y ten\u00eda raz\u00f3n para temer que el aire o el esp\u00edritu del mundo entrara en el Claustro con estas mujeres, que a menudo est\u00e1n llenas de \u00e9l; y que el trato que convendr\u00eda tener con ellas, en parte por urbanidad y en parte por necesidad, ense\u00f1ara a unas Hijas, a quienes la gracia ha preservado,\u00a0 muchas cosas que les son m\u00e1s que in\u00fatiles, reabriera las heridas de aquellas que han sido menos inocentes, y les inspirara poco a poco aquellas actitudes blandas, aquellas consideraciones superfluas, de las que ciertas devotas del siglo no se privan siempre: las que llevan con bastante frecuencia, y casi sin darse cuenta, la vanidad en triunfo hasta en la Casa de Dios y que no se desprenden de ellas\u00a0 ni siquiera en sus ejercicios de piedad.<\/p>\n<p>Por lo dem\u00e1s, cuando el santo Sacerdote negaba esta clase de gracias, las negaba en su propio y privado nombre. Tomaba sobre s\u00ed todo lo que la severidad de su conducta ten\u00eda de odioso; nunca se descaraba \u00e9l en las Religiosas; es decir, que se situaba en las dificultades para sacarlas de ellas. En toda otra ocasi\u00f3n, trataba de estar de acuerdo con ellas: \u00e9l no decid\u00eda nada extraordinario, ni siquiera nada que tuviera alguna trascendencia, sin escuchar el parecer de las Superioras, y a veces de las Consejeras. Pero las consultaba menos de lo que lo hac\u00eda con Dios, el Or\u00e1culo supremo de la verdad. Por eso han notado ellas que no respond\u00eda a sus dudas sino despu\u00e9s de recogerse interiormente y de recibir del Esp\u00edritu de sabidur\u00eda y de consejo las respuestas que deb\u00eda dar: las comenzaba de ordinario con estas palabras: <em>In nomine Domini, <\/em>que le eran muy familiares y por las que quer\u00eda dar a entender que no deseaba otra cosa m\u00e1s que conformarse en todo a las miras y a los designios de la Providencia.<\/p>\n<p>Ser\u00eda producir un da\u00f1o a la memoria de este gran Hombre suprimir los testimonios de gratitud y de justicia que le han tributado, como a porf\u00eda, los diferentes Monasterios de la Visitaci\u00f3n. Ser\u00eda tambi\u00e9n causar un da\u00f1o a la virtud de estas santas Religiosas: es necesario tener mucha, para percibirla en los dem\u00e1s y alabarla con tanto gusto y discernimiento.<\/p>\n<p>\u201cS<em>u direcci\u00f3n, <\/em>dicen las Religiosas de la Ciudad de S. Denis<em>, nos ha parecido siempre\u00a0 extraordinariamente desinteresada. En todos los asuntos que trataba, no ten\u00eda otras miras que la gloria de Dios. Una vez que reconoc\u00eda la voluntad de este soberano Maestro, se aferraba a ella con una voluntad inquebrantable. Su m\u00e1xima y su palabra era que era preciso en todo caminar al lado de la Providencia.<\/em><\/p>\n<p><em>En los consejos que daba sobre los asuntos que se le propon\u00edan, hemos advertido que trataba con tanta prudencia, claridad, profundidad que ninguna circunstancia escapaba a su vista. Esto lo hemos visto en algunos asuntos muy oscuros y extremadamente embarullados, sobre los que hab\u00edamos consultado in\u00fatilmente a Directores de Religi\u00f3n muy esclarecidos y a Doctores muy capaces. Por fin, recurrimos a nuestro digno Superior, y nos escribi\u00f3 sobre ello con tanta claridad, solidez y penetraci\u00f3n, que nos dio los medios de salir de all\u00ed con facilidad, y sin interesar ni a nuestra Comunidad, ni a la caridad del pr\u00f3jimo. Es lo que nos hizo decir a varias de nosotras que un hombre, cuyo discernimiento era tan justo, deb\u00eda tener el Esp\u00edritu de Dios.<\/em><\/p>\n<p><em>Nos hemos quedado siempre satisfechas con su direcci\u00f3n. Encontr\u00e1bamos en \u00e9l una gran plenitud del Esp\u00edritu Evang\u00e9lico; un celo circunspecto, pero poderoso y abrasado de la gloria de Dios; una firmeza dulce, pero inquebrantable en mantener la observancia de nuestras Reglas; una gran atenci\u00f3n en informarse de lo que en ellas se conten\u00eda, y de los sentimientos que hab\u00edan tenido en cada art\u00edculo nuestro \u00a1Bienaventurado Padre, y nuestra digna Fundadora. Jam\u00e1s se sirvi\u00f3 de su autoridad para establecer alg\u00fan cambio; estuvo siempre atento a darles firmeza, a confirmarlas, y a hacernos fieles a lo que parec\u00eda sin importancia, como a lo que era m\u00e1s importante.<\/em><\/p>\n<p><em>Ya hemos visto, y lo pudimos ver sin mucha edificaci\u00f3n, preferir a todas las consideraciones humanas y a sus intereses particulares la observancia exacta de nuestra clausura, y negar con firmeza la entrada de nuestra casa a personas poderosas, cuya calidad y fortuna hubieran podido ser, para \u00e9l y para nosotras, un recurso y un gran apoyo: pero todas las vanas esperanzas del siglo le dec\u00edan menos que la incomparable felicidad de nuestra soledad.<\/em><\/p>\n<p><em>En sus visitas no se ahorraba ni cuidado ni esfuerzo, para que nos fueran provechosos. Se comportaba con mucha exactitud, paz y atenci\u00f3n. Su bondad y dulzura respiraban el Esp\u00edritu de Dios. Escuchaba a la \u00faltima novicia de la casa con tanta paciencia, como si se tratara de la m\u00e1s antigua profesa.<\/em><\/p>\n<p><em>Para reconocer y advertir nuestros defectos, nos hac\u00eda entrar en juicio con Dios, y con nosotras mismas, eran sus t\u00e9rminos. Nos dec\u00eda que las faltas m\u00e1s ligeras eran grandes respecto de la espera de Dios y de los designios que ten\u00eda sobre nosotras. Sin embargo preparaba con tanta caridad los esp\u00edritus para las reprimendas que se ve\u00eda obligado a hacer que se sintiera m\u00e1s bien la unci\u00f3n de sus palabras que el dolor de la correcci\u00f3n. A pesar de esta extrema mansedumbre, \u00e9l se convert\u00eda en fuego, y parec\u00eda adoptar un nuevo esp\u00edritu cuando se trataba de alguna falta cometida en el Oficio divino. Hablaba entonces con tanto vigor y fuerza que imprim\u00eda en nuestros corazones el respeto y temor de Dios con rasgos que parec\u00edan no deberse borrar jam\u00e1s. Quer\u00eda que fu\u00e9ramos exactas en todas las Ceremonias, que no descuid\u00e1ramos ni una sola, y que record\u00e1ramos que, si Dios en el Antiguo Testamento fulmin\u00f3 con maldiciones a los que transgrediesen sus Preceptos,\u00a0 tambi\u00e9n fulmin\u00f3 a los que faltaban a las ceremonias prescritas por la Ley. Nos ordenaba a menudo leer nuestras Reglas, nuestros Directorios, y todo lo que se refiere a nuestro Instituto: mas para que estas lecturas no fuesen ni secas ni est\u00e9riles, nos recomendaba hacerlas con la disposici\u00f3n de los hijos de Israel, quienes escuchando al regresar de su cautividad la lectura de la palabra de Dios, se sent\u00edan invadidos por el dolor y derramaban l\u00e1grimas a la vista de sus faltas y de su infidelidades.<\/em><\/p>\n<p><em>No hac\u00eda nunca la visita sin exhortarnos con frecuencia a la uni\u00f3n, pero a esta uni\u00f3n de corazones, por medio de la cual se somete una, incluso en las cosas indiferentes, a los sentimientos de las Superioras; nos respetamos, nos avisamos mutuamente; se da la preferencia al parecer de las m\u00e1s Antiguas, acostumbr\u00e1ndose a honrar en su persona a quien se llama el anciano de d\u00edas. Cuando reprend\u00eda de alg\u00fan defecto contrario a la caridad, invocaba sobre nosotras aquel esp\u00edritu de dulzura y de apoyo, que fue tan plenamente el car\u00e1cter de nuestro Santo Fundador. Nos ense\u00f1aba a honrar con nuestro silencio aquel silencio adorable que el Verbo divino guard\u00f3 por tanto tiempo en la tierra. Quer\u00eda que nos di\u00e9ramos a \u00e9l\u00a0 por la pr\u00e1ctica de una perfecta obediencia a Dios, a nuestras Reglas, y a nuestras Superioras; a\u00f1adiendo que, como hab\u00edamos hecho voto de obediencia, nos tocaba a nosotras dejarnos dirigir.<\/em><\/p>\n<p><em>Nos prescrib\u00eda hacer, despu\u00e9s de cada visita, un breve extracto de lo mejor y de lo m\u00e1s \u00fatil y que se hab\u00eda dicho y hecho, y leerlo de vez en cuando en el Cap\u00edtulo: porque, dec\u00eda \u00e9l,\u00a0 esta lectura atrae la gracia de Dios, lo hemos reconocido por experiencia; y cuando rele\u00edamos el compendio de sus visitas, el Esp\u00edritu de renovaci\u00f3n se difund\u00eda sobre nosotras y entr\u00e1bamos con naturalidad en las disposiciones de fervor y de recogimiento, en las que nos hab\u00edan puesto.<\/em><\/p>\n<p><em>Conduc\u00eda las casas, de las que estaba encargado, a un gran desprendimiento y a una perfecta abnegaci\u00f3n, ense\u00f1\u00e1ndoles a evitar el brillo, la estima de las criaturas, y el trato con los seculares. Con este fin nos hac\u00eda gustar de la felicidad que tenemos de estar fuera de Par\u00eds, y por eso menos expuestas a las amistades de las personas del gran mundo.<\/em><\/p>\n<p><em>Nos aconsejaba entregarnos a la lectura de los escritos de nuestro Bienaventurado Padre; mortificar esta curiosidad inquieta que quiere leerlo todo y saberlo todo, y sobre todo abstenernos, bien de la lectura de los libros, bien del trato con las personas incluso espirituales, que pod\u00edan ser sospechosas de las opiniones peligrosas de la \u00e9poca.<\/em><\/p>\n<p><em>Abundando en este esp\u00edritu de abnegaci\u00f3n, cuando fue abatido el muro com\u00fan, que nos separa de las Reverendas Madres Ursulinas, quiso que rechaz\u00e1ramos, con toda la honradez posible, a aquellas de sus Religiosas que ten\u00edan parientes entre nosotras, tener trato con ellas, seg\u00fan el permiso que les hab\u00eda sido otorgado por su Superior: nos dijo bien claro que una Virgen consagrada a Dios est\u00e1 muerta al mundo y no debe ya conocer parientes en la tierra.<\/em><\/p>\n<p><em>Nos hablaba poco; pero nos dimos cuenta que, por la eficacia del Esp\u00edritu de Dios, que hablaba en \u00e9l, y por la justa estima que la santidad de su vida le atra\u00eda, una sola de sus palabras hac\u00eda m\u00e1s efecto en nosotras que sermones enteros; y una Hermana nos dijo que, habiendo tenido la suerte de confesarse a \u00e9l, a prop\u00f3sito de una pena que la fatigaba, \u00e9l le dijo tan s\u00f3lo cuatro palabras, pero tan justas, que eran precisamente las que ella necesitaba; lo que le llam\u00f3 la atenci\u00f3n y la satisfizo a la vez. Dijo a otra, aconsej\u00e1ndole el santo ejercicio de la presencia de Dios, que desde que se hab\u00eda entregado a \u00e9, hab\u00eda intentado no hacer nada en particular que no hubiera querido hacer en una plaza p\u00fablica; ya que, seg\u00fan dec\u00eda, la presencia de Dios debe hacer en nuestros esp\u00edritus m\u00e1s impresi\u00f3n que la vista de todas las criaturas juntas.<\/em><\/p>\n<p><em>Por lo que se refiere a la caridad, entre un gran n\u00famero de ejemplos que podr\u00edamos contar, le vimos hacia el final de su vida, cuando se ve\u00eda abrumado de enfermedades y asuntos, exponer su salud, emplear su tiempo que le era tan precioso, y hacer varios viajes hasta aqu\u00ed, a fin de apartar a una pobre Tourri\u00e8re del plan que ten\u00eda de ser dispensada de su voto para casarse. Este santo Hombre, persuadido de que en este cambio hab\u00eda peligro para su salvaci\u00f3n, le hablaba en unos t\u00e9rminos tan impresionantes, que hubieran sido capaces de ablandar un coraz\u00f3n de acero.<\/em><\/p>\n<p><em>Trataba con tanta circunspecci\u00f3n las materias que se refieren a la caridad, que nunca dec\u00eda la menor palabra que pudiera interesarle de alguna forma. Y cuando era necesario descubrir alg\u00fan defecto del pr\u00f3jimo, para estar bien seguro de la verdad, una vez descubierta, hac\u00eda valer todo lo bueno que pod\u00eda haber en la persona en cuesti\u00f3n, con tanta habilidad que borraba de alg\u00fan modo todas las impresiones malas que se hab\u00eda visto obligado a o\u00edr.<\/em><\/p>\n<p><em>No se pod\u00eda, sin mucha satisfacci\u00f3n, ver la conducta que observaba al tratar los asuntos que se le propon\u00edan. Dedicaba a su examen todo el tiempo necesario. Su ecuanimidad inalterable le daba una presencia de esp\u00edritu que lo comprend\u00eda todo.<\/em><\/p>\n<p><em>Ten\u00eda para toda clase de personas una deferencia y un respeto extraordinarios. Su cuidado en hablar bien de todo el mundo igualaba al que tuvo siempre de\u00a0 en despreciarse a si mismo, en publicar que era un pecador, y en envilecerse en todo momento, para gloria de Dios y edificaci\u00f3n del pr\u00f3jimo. Su caridad se multiplicaba con los enfermos y las personas afligidas. Su buen coraz\u00f3n sab\u00eda acomodarse a las debilidades del cuerpo y del esp\u00edritu, y \u00e9l pod\u00eda decir con toda verdad con S. Pablo que se hac\u00eda todo a todos para ganarse para Jesucristo a los fuertes y a los d\u00e9biles<\/em>\u201d.<\/p>\n<p>Tal es en sustancia, y casi en sus propios t\u00e9rminos, el glorioso testimonio que han tributado a este gran Hombre las Hijas de la Visitaci\u00f3n de la Ciudad de S. Denis. A \u00e9l acompa\u00f1aremos el de las Religiosas de la misma Orden, establecidas en la capital, ya s\u00e9 que existen muchos lectores cuya \u00e1vida e impaciente curiosidad no pide m\u00e1s que hechos: pero no es justo preferir este mal gusto al de tantos otros que prefieren instruirse. Y no dudo de que aquellos, que la Providencia ha cargado con la importante direcci\u00f3n de las V\u00edrgenes consagradas a Dios, aprendan con gusto el m\u00e9todo que sigui\u00f3 un Santo cuyo trabajo ha fructificado el ciento por uno.<\/p>\n<p>\u201c<em>Podemos asegurar con certeza, <\/em>dicen estas Reverendas Madres<em>, que nos sucedi\u00f3 varias veces en el tiempo de sus Visitas, o pronto despu\u00e9s, algo casi milagroso. Desde que empez\u00f3 a prestarnos este oficio de caridad, liber\u00f3 casi en un momento a una de nuestras Hermanas\u00a0 de una pena de esp\u00edritu tan violenta, que pasando a su cuerpo, la situaba fuera de la posibilidad de prestar ning\u00fan servicio al Monasterio; y su curaci\u00f3n fue tan perfecta que ha ejercido despu\u00e9s, con gran \u00e9xito, durante varios a\u00f1os, el cargo de Superiora y de Maestra de novicias\u201d.<\/em><\/p>\n<p>Este humilde Siervo de Dios ha expresado en varias ocasiones m\u00e1s el don muy particular que hab\u00eda recibido de Dios para iluminar, consolar y pacificar a las almas m\u00e1s afligidas. Se ha visto varias veces a Religiosas, hartas de penas y de tentaciones molestas, recobrar por completo la calma y la paz, al comunicarse con este caritativo Padre. S\u00f3lo en \u00e9l, la Madre H\u00e9l\u00e8ne-Ang\u00e9lique l\u2019Huillier, probada por dios con sufrimientos interiores, que el nombre de agon\u00eda no expresa lo suficiente, pod\u00eda hallar el remedio de sus males. Se dirig\u00eda con todo el celo posible al alivio de aquellas que se encontraban en una situaci\u00f3n tan penosa; y en una ocasi\u00f3n, en la que se tem\u00eda molestarle demasiado, respondi\u00f3 que no hab\u00eda asunto alguno que le pareciera tan importante como el de servir a un alma a la que Dios pon\u00eda en esta clase de pruebas. Tambi\u00e9n se sent\u00eda afligido cuando sus propias enfermedades le imped\u00edan ir a ver y consolar a las Religiosas enfermas que le ped\u00edan. Su compasi\u00f3n por las personas que sufr\u00edan no se limitaba a sentimientos est\u00e9riles. Hac\u00eda todos sus esfuerzos para suavizar sus males. Exhortaciones tiernas y animadas, oraciones fervientes, palabras propias para recrear santamente, todo se pon\u00eda por obra. Una Hermana de las sirvientes, cuya virtud estimaba, hall\u00e1ndose un d\u00eda muy enferma, y en acceso de una fuerte fiebre, le dijo que estar\u00eda muy contenta de morirse. Hermana m\u00eda, le replic\u00f3, todav\u00eda no ha llegado el momento. Hizo sobre ella una se\u00f1al de la Cruz, y al mismo instante ya no tuvo m\u00e1s fiebre ni dolor.<\/p>\n<p>Como \u00e9l hab\u00eda atravesado por casi todos los estados de la vida, y la enfermedad, la humillaci\u00f3n, y diversos g\u00e9neros de tentaciones hab\u00edan probado uno tras otro su virtud, para consolar a aquellos que se hallaban en el mismo caso, les dec\u00eda con bastante frecuencia que hab\u00eda habido penas parecidas a las suyas, que Dios le hab\u00eda librado de ellas, y que \u00e9l les dar\u00eda la gracia que hab\u00eda tenido a buen darle a \u00e9l. Tened pues paciencia, a\u00f1ad\u00eda, conformaos con la voluntad del Se\u00f1or, serv\u00edos de tal y tal remedio y todo ir\u00e1 bien.<\/p>\n<p>Otra Hermana que, como aquella de quien acabamos de hablar, era del rango de las sirvientes, al consultarle sobre una tentaci\u00f3n que le daba mucho trabajo, le dio por esta confesi\u00f3n, ocasi\u00f3n de confesar que Dios le hab\u00eda puesta a \u00e9l mismo durante varios a\u00f1os en una prueba parecida a la suya; y como hab\u00eda que hacer ver a esta Hermana turbada en extremo que la tentaci\u00f3n no es un pecado cuan se resiste, como hab\u00eda hecho ella hasta entonces, a\u00f1adi\u00f3 que la suya no hab\u00eda sido materia de Confesi\u00f3n para \u00e9l. Le recomend\u00f3 el secreto sobre lo que acababa de decirle, porque uno de sus primeros cuidados fue siempre ocultar las gracias que Dios le hab\u00eda dado, y no hablar nunca de ello. Aprovechaba en recompensa todas las ocasiones de humillarse, y le encantaba cuando se presentaba alguna. As\u00ed habi\u00e9ndole dicho un d\u00eda una buena Hermana del servicio que ten\u00eda el esp\u00edritu demasiado r\u00fastico para aplicarse a las cosas espirituales, y que en su Regi\u00f3n hab\u00eda estado empleada en guardar los ganados de su padre. Hermana m\u00eda, le respondi\u00f3 \u00e9l, \u00e9se es el primer oficio que yo tuve: pero con tal que ello sirva para humillarnos, as\u00ed seremos m\u00e1s aptos para el servicio de Dios<\/p>\n<p>Quer\u00eda que se temiera mucho y que se evitara con cuidado todo lo que pudiera conducir a entrar en ciertas intrigas contra el gobierno de las Madres Superioras: pretend\u00eda que son estas peque\u00f1as camarillas las que han debilitado la regularidad en muchas Casas Religiosas. Por eso, cuando una o varias Hermanas se quejaban a \u00e9l de la Superiora, examinaba con cuidado si estas quejas, en lugar de ser el efecto del celo, no eran el de un descontento muy humano, y el de la inquietud natural. Si despu\u00e9s de una madura discusi\u00f3n, ve\u00eda que la Superiora era culpable, la reprend\u00eda en particular, y cortaba el mal: pero en ese caso incluso, no se pon\u00eda al lado de las descontentas, excusaba a sus Madres en cuanto se lo permit\u00eda la justicia, y les procuraba aquel grado de estima y de autoridad, sin el cual las personas que est\u00e1n en los puestos nunca\u00a0 llegar\u00e1n a nada\u201d.<\/p>\n<p>Recomendaba sobre todas las cosas a las Casas de Par\u00eds y a todas las que hab\u00edan fundado tener cuidado de que los Eclesi\u00e1sticos, que las frecuentaban no estuvieran contagiados por las opiniones nuevas: <em>Ya que, <\/em>dec\u00eda \u00e9l<em>, los que est\u00e1n dentro de una mala doctrina no buscan m\u00e1s que difundirla, y no obstante no se declaran al principio: son como lobos que se cuelan solapadamente en el Redil para asolarlo y perderlo.<\/em> Debido a este consejo, la Madre Ang\u00e9lique l\u2019Huillier, Superiora del primer Monasterio de Par\u00eds, rechaz\u00f3 una suma considerable, que una Dama de condici\u00f3n ofrec\u00eda a la Comunidad para que la permitieran retirarse a ella y para permitir que algunas Jansenistas vinieran de vez en cuando a hablarle a la Reja.<\/p>\n<p>Cuando alguna Religiosa, o varias a la vez, le ped\u00edan su bendici\u00f3n, se pon\u00eda de rodillas, se recog\u00eda interiormente para anonadarse a los ojos de Dios y a los suyos propios. La impart\u00eda luego pero deseando sobre todo que Dios juntara la suya, y que la hiciese llegar a las personas y a los oficios. Las palabras que empleaba entonces eran afectivas, piadosas, conmovedoras y propias para animar.<\/p>\n<p>Aunque gozara de extrema mansedumbre, era sin embargo firme en reprender las faltas de alguna importancia, pero su firmeza estaba regulada por la prudencia y por la sapiencia, y no daba consejos ni al azar ni buenos para todo. Aguardaba la hora y el momento, en que la correcci\u00f3n pod\u00eda producir su efecto. Le propusieron un d\u00eda mortificar a una hermana que merec\u00eda serlo, pero cuyo esp\u00edritu no se encontraba bastante tranquilo para sacar provecho; \u00e9l respondi\u00f3 con estas palabras muy simples: <em>No se da sin gran necesidad Medicina a los que tienen la fiebre. <\/em>Hac\u00eda practicar en este punto a los dem\u00e1s lo que practicaba \u00e9l mismo. Quer\u00eda que las Superioras hiciesen una regla de no reprender nunca sino con circunspecci\u00f3n y caridad. En cuanto a \u00e9l, tomaba tales medidas, cuando se ve\u00eda obligado a poner penitencias, que se contentaba con ver que \u00e9l habr\u00eda sentido menos pena en cumplirlas que en imponerlas.<\/p>\n<p>Encontr\u00f3 un d\u00eda a algunas Religiosas, que al abrigo del esp\u00edritu de santa libertad, censuraban a las m\u00e1s exactas y fieles a la observancia de sus Reglas: \u00e9l las sac\u00f3 muy pronto de este error, d\u00e1ndoles a entender que la santa libertad no consiste en tomarla o en dejarla, sino en llevar sin cesar esta perfecta mortificaci\u00f3n, que hace al alma due\u00f1a de sus deseos y superior a sus pasiones.<\/p>\n<p>Ten\u00eda una habilidad maravillosa para humillar a las personas altaneras, y eso como cosa de recreo, y sin que ellas le dieran demasiada importancia: pero su celo no se desplegaba nunca con m\u00e1s vigor como contra aquellas que hab\u00edan desobedecido en cosas de importancia. Reprim\u00eda su orgullo con tanta fuerza, que se sent\u00edan como aniquiladas. <em>\u00a1Ay! Qu\u00e9 ser\u00e1 de nosotras, <\/em>se preguntaban a s\u00ed mismas<em>, qu\u00e9 ser\u00e1 de nosotras cuando Dios, el d\u00eda de su temible Juicio, nos reproche nuestras faltas, cuando la palabra de un hombre nos aterra, y nos reduce a nada.<\/em> <em>\u00a0<\/em><\/p>\n<p>Su compasi\u00f3n por las enfermedades del pr\u00f3jimo, cualquiera que fuesen, era algo prodigiosa, y aunque su presencia inspirara un gran respeto, este respeto no obstante abr\u00eda los corazones en lugar de encerrarlos. Nadie pose\u00eda como \u00e9l el talento de infundir la confianza, y la dificultad unida a la confesi\u00f3n de las m\u00e1s humillantes debilidades se desvanec\u00eda cuando se trataba de descubr\u00edrselas: las soportaba con bondad y las excusaba como una madre tierna excusa las de su hijo.<\/p>\n<p>A estas disposiciones que deb\u00edan considerarse como la expresi\u00f3n del sentimiento general de las misiones que hemos nombrado, a\u00f1adiremos el testimonio de una de las Superioras de la misma Orden cuyas luces y capacidad fueron universalmente estimadas en su tiempo. Advierte en primer lugar que, para no caer en la repetici\u00f3n, prefiere callarse a repetir <em>cosas admirables, de las que toda la tierra <\/em>ha sido testigo, y honrar el silencio que ha visto en mil encuentros guardar a nuestro santo Sacerdote, y que tantas veces ha sido el objeto de admiraci\u00f3n de sus Hermanas; ya que ella dice en dos palabras, que la ha impresionado siempre la profundidad de su esp\u00edritu, que ella apenas se separaba de \u00e9l sino con un sentimiento de la peque\u00f1ez del suyo, que le hac\u00eda conocer la desproporci\u00f3n del uno con el otro, y que finalmente por la grandeza de las luces que ella percib\u00eda en \u00e9l, sin que \u00e9l mismo las viera, le parec\u00eda que ella era la criatura m\u00e1s pobre y m\u00e1s incapaz de todo bien del mundo.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de repetir lo que acabamos de relatar, bien sobre la respetuosa confianza que este gran Siervo de Dios inspiraba, bien sobre el don que ten\u00eda de calmar las conciencias, o bien sobre su ayuda y su firmeza, ella a\u00f1ade que, cuando el santo hombre se ve\u00eda obligado a hacer la correcci\u00f3n a las que la hab\u00edan merecido, \u00e9l manten\u00eda la balanza justa en extremo, o cuando la hacia inclinarse m\u00e1s de un lado que del otro, era siempre hacia el de aquellas dos grandes virtudes, que fueron siempre tan queridas a su coraz\u00f3n, la humildad y la caridad. <em>Me he inclinado, dice para concluir, insensiblemente a caer en las repeticiones que quer\u00eda evitar, y todo por la abundancia de mi coraz\u00f3n, que conserva hacia este santo Padre m\u00e1s estima, amor y respeto de lo que se puede expresar ni imaginar.<\/em><\/p>\n<p>No ser\u00e1 dif\u00edcil creer que Hijas de un discernimiento exquisito y que hallaban en el Hombre de Dios recursos, que les hubiera costado mucho encontrar en otras partes, fuesen sumisas en extremo a su direcci\u00f3n. Sin embargo se vieron m\u00e1s de una vez en peligro de perderle. Como el primer Monasterio de Par\u00eds fue origen de otros tres, y Vicente avanzaba en edad, y la confianza p\u00fablica que crec\u00eda de d\u00eda en d\u00eda, multiplicaba a ese ritmo sus ocupaciones y sus problemas, y como la direcci\u00f3n de una Casa Religiosa, cuando se quiere realizar como es debido, exige mucho tiempo y dedicaci\u00f3n, Vicente, quien no la hab\u00eda aceptado m\u00e1s que por obediencia, hizo varios intentos para desprenderse de ella, y las cosas fueron tan lejos, que una vez se vio libre absolutamente. Cartas m\u00faltiples, s\u00faplicas urgentes, intervenciones de un n\u00famero de personas de primera clase, todo fue in\u00fatil; nada le movi\u00f3. Pero se dirigi\u00f3 contra \u00e9l una bater\u00eda que no se esperaba. El Arzobispo de Par\u00eds, aunque conociera tan bien como otro cualquiera, que este venerable Anciano, no ten\u00eda tiempo ni para respirar, le pidi\u00f3 que continuara a unas Hermanas tan dignas de sus cuidados los servicios que les hab\u00eda prestado hasta entonces con tantas bendiciones. El santo Sacerdote, para quien la voz de los Pont\u00edfices de la Iglesia de Dios fue siempre la voz de Dios mismo, se vio forzado a obedecer; pero a fin de que su ejemplo no tuviera otras consecuencias y que sus Misioneros pudieran entregarse por entero a las funciones que son propias de su Instituto, traz\u00f3 un Reglamento por el cual se les manda abstenerse de la direcci\u00f3n y de la frecuentaci\u00f3n de las Religiosas.<\/p>\n<p>\u00c9l mismo extrem\u00f3 este Reglamento todo lo que pudo, y en una coyuntura en la que no le faltar\u00edan razones plausibles para derogarlo. El Obispo de Escitia le pidi\u00f3 y mand\u00f3 que le pidieran que tuviera a bien que sus Sacerdotes de Toul dirigieran a las Hijas de S. Domingo <em>\u00a0<\/em><\/p>\n<p>que, debido al mal estado de la Lorena, no encontraban sino con dificultad Gu\u00edas capaces de dirigirlas bien. El Santo se defendi\u00f3 con todo el respeto, pero al mismo tiempo con toda la firmeza posible, y por miedo a que el Superior de esta Casa mal asentada cediese a las instancias de un Prelado, a quien la Congregaci\u00f3n deb\u00eda mucho, le dio orden de ir a echarse a sus pies para conjurar la tormenta. Es cierto que \u00e9l mismo cedi\u00f3 despu\u00e9s, pero fue s\u00f3lo cuando no pudo resistir m\u00e1s sin ofender a Dios; es decir cuando <em>la guerra, la peste y el<\/em> <em>hambre<\/em> hubieron acabado o dispersado a todos los que habr\u00edan podido cumplir este oficio; oficio, dice \u00e9l en una Carta, que la Providencia hace muy poco que me ha puesto en las manos<em>, del que por nada del mundo deben encargarse los Misioneros como contrario a su vocaci\u00f3n, y de peligrosas consecuencias.<\/em><\/p>\n<p>Va pues contra la Letra de la Ley, dada por este sabio Superior, lo que uno de sus m\u00e1s dignos Sucesores \u2013el sr. Joly- acept\u00f3 hacia el final del siglo pasado \u2013en 1691- la direcci\u00f3n de la Casa Real de S. Cyr; pero esta fundaci\u00f3n era presentada por manos tan respetables y tan respetadas en todo el Universo que no conven\u00eda ir en contra. Adem\u00e1s, la Religi\u00f3n, la piedad, la uni\u00f3n de los corazones, la humildad unida a la elevaci\u00f3n de los sentimientos, el celo m\u00e1s atento y\u00a0 m\u00e1s infatigable en la educaci\u00f3n de una Nobleza preciosa, que extendida por todas las partes del Reino, debe llevar a todas partes el buen olor de Jesucristo: todas estas virtudes, que hacen de la casa de S. Luis un modelo, que pueden imitar las Casas m\u00e1s regulares, demuestran de rechazo que las Reglas m\u00e1s sabiamente establecidas est\u00e1n sujetas a excepciones que Dios mismo autoriza.<\/p>\n<p>La muerte de la Madre de Chantal y los santos lazos que Vicente de Pa\u00fal mantuvo con ella y con sus hijas nos han apartado un poco; pero era justo que una Orden que ocup\u00f3 siempre un lugar tan distinguido en el coraz\u00f3n de nuestro Santo, tuviera uno considerable en su Historia. Nosotros vamos a reemprender el hilo con el relato de una muerte, a la que un Padre tan tierno no pudo dejar de ser muy sensible. Fue la de Luis de Breton, -ocurrida el 17 de octubre de 1641- aquel piadoso y sabio Sacerdote a quien hab\u00eda enviado a Roma tres a\u00f1os ante. El trabajo de las misiones que desempe\u00f1aba con mucho \u00e9xito en la Di\u00f3cesis de Ostia acab\u00f3 con \u00e9l al fin: los Religiosos de la orden Tercera de S. Francisco de As\u00eds le dieron una sepultura honrosa en su Iglesia, de la cual fue trasladado despu\u00e9s a la de Nuestra Se\u00f1ora de los Milagros. El Vicegerente de Roma y los Cardenales Barberin y Lanti, el primero de los cuales era sobrino de Urbano VIII, que reinaba entonces, y el segundo De\u00e1n del sacro Colegio, le honraron con sus l\u00e1grimas.<\/p>\n<p>Trad. M\u00e1ximo Agust\u00edn<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por este principio, aprovechaba con una santa impetuosidad todas las ocasiones de devolver al Clero su antiguo esplendor; y estas ocasiones eran frecuentes, ya que no hab\u00eda casi nadie que no se dirigiera a \u00e9l. &#8230; <a href=\"http:\/\/vincentians.com\/es\/san-vicente-collet-21\/\" class=\"more-link\">Read More<\/a><\/p>\n","protected":false},"author":5,"featured_media":401146,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"rs_blank_template":"","rs_page_bg_color":"","slide_template_v7":"","_jetpack_newsletter_access":"","_jetpack_dont_email_post_to_subs":false,"_jetpack_newsletter_tier_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paywalled_content":false,"_jetpack_feature_clip_id":0,"_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":"","jetpack_publicize_message":"","jetpack_publicize_feature_enabled":true,"jetpack_social_post_already_shared":true,"jetpack_social_options":{"image_generator_settings":{"template":"highway","default_image_id":0,"font":"","enabled":false},"version":2},"jetpack_post_was_ever_published":false},"categories":[5],"tags":[],"class_list":["post-402233","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-vicente-de-paul"],"yoast_head":"<!-- This site is optimized with the Yoast SEO plugin v27.9 - https:\/\/yoast.com\/product\/yoast-seo-wordpress\/ -->\n<title>San Vicente (Collet) 21 - Somos Vicencianos<\/title>\n<meta name=\"robots\" content=\"index, follow, max-snippet:-1, max-image-preview:large, max-video-preview:-1\" \/>\n<link rel=\"canonical\" href=\"https:\/\/vincentians.com\/es\/san-vicente-collet-21\/\" \/>\n<meta property=\"og:locale\" content=\"es_ES\" \/>\n<meta property=\"og:type\" content=\"article\" \/>\n<meta property=\"og:title\" content=\"San Vicente (Collet) 21 - Somos Vicencianos\" \/>\n<meta property=\"og:description\" content=\"Por este principio, aprovechaba con una santa impetuosidad todas las ocasiones de devolver al Clero su antiguo esplendor; y estas ocasiones eran frecuentes, ya que no hab\u00eda casi nadie que no se dirigiera a \u00e9l. ... 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