{"id":402227,"date":"2019-04-20T08:38:36","date_gmt":"2019-04-20T06:38:36","guid":{"rendered":"http:\/\/vincentians.com\/es\/?p=402227"},"modified":"2019-03-17T12:56:59","modified_gmt":"2019-03-17T11:56:59","slug":"san-vicente-collet-18","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/vincentians.com\/es\/san-vicente-collet-18\/","title":{"rendered":"San Vicente (Collet) 18"},"content":{"rendered":"<p><strong>Sumario<\/strong><\/p>\n<p><strong>\u00a0<\/strong><\/p>\n<p><em>-Horrible estado de la Lorena bajo el Duque Carlos IV. Furor de los Suecos que la devastan. Dificultad de socorrer a esta Provincia.<\/em><\/p>\n<p><em>-Nuestro santo se encarga de ello. Socorros llevados a la Ciudad de Toul, a la Ciudad de Metz, a la Ciudad de Verdun, a Nancy, a Bar-le-Duc.<\/em><\/p>\n<p><em>-Santa muerte de Germain de Monteuit que trabajaba all\u00ed: elogio de este Misionero por el Rector de los Jesuitas.<\/em><\/p>\n<p><em>-Pont-\u00e0-Mousson socorrido, as\u00ed como la Ciudad de S. Mihiel y la de Lun\u00e9ville.<\/em><\/p>\n<p><em>-Agradecimiento de los Loreneses. Vicente auxilia a los refugiados en Par\u00eds.<\/em><\/p>\n<p><em>-Procura un lugar de retiro a una Comunidad Religiosa. Extrema necesidad de varios Loreneses.<\/em><\/p>\n<p><em>-Vicente forma una Asamblea de Se\u00f1ores para ponerles remedio. Este remedio m\u00e1s dif\u00edcil a causa de la opresi\u00f3n de los Cat\u00f3licos de Inglaterra.<\/em><\/p>\n<p><em>-Retrato de Cromwel. Esfuerzos y generosidad del Santo. Ruega al Cardenal de Richelieu que d\u00e9 la paz. Sumas prodigiosas envidas a Lorena. Protecci\u00f3n de Dios sobre el que las llev\u00f3<\/em><\/p>\n<p><em>-Santas ocupaciones de la Congregaci\u00f3n. El Obispo de Ginebra la establece en Annecy. Erecci\u00f3n de los Seminarios mayores. Medios que el Santo quiere que se usen para lograr que triunfen los Seminarios. Cree que no se ha de dispensar a nadie. Ocupaciones de los que all\u00ed trabajan. Frutos que nacen de los Seminarios, en Par\u00eds, en Breta\u00f1a, en el Querci.<\/em><\/p>\n<p><em>-Confesi\u00f3n del sr Alain de Solminihac. Vicente predice que el sr de Arenthon ser\u00e1 obispo de Annecy.<\/em><\/p>\n<p><em>-Hace la visita a las Ursulinas de Beauvais. <\/em><\/p>\n<p><em>-Madame de Chantal viene a Par\u00eds. Su muerte, revelaci\u00f3n de su gloria; elogio de esta Dama. Servicios prestados a su Orden por el Santo.<\/em><\/p>\n<p><em>-Idea que tuvieron de Vicente las Hijas de Santa Mar\u00eda, tanto de la Ciudad de S. Denys en Francia, como de la Capital.<\/em><\/p>\n<p><em>-Talento que emple\u00f3 para calmar las penas de esp\u00edritu y humillar la vanidad. Quiere dimitir del cargo de Superior de estas Damas. Ellas se oponen.<\/em><\/p>\n<p><em>-Proh\u00edbe a los suyos la direcci\u00f3n de las Religiosas.<\/em><\/p>\n<p><em>&#8211; Muerte de Luis le Breton.<\/em><\/p>\n<p><em>-La Congregaci\u00f3n de la Misi\u00f3n establecida en Roma. El Santo convoca una Asamblea general. Abdica de su cargo, forzado a continuar.<\/em><\/p>\n<p><em>-Muerte del Cardenal de Richelieu. Enfermedad de Luis XIII. Muere en los brazos de S. Vicente.<\/em><\/p>\n<p><em>-Consejo de Conciencia. Vicente es admitido bien a su pesar. Presenta al Consejo un plan de conducta. Mazarino se hace due\u00f1o de una parte de los asuntos. Rasgo de firmeza y de sabidur\u00eda de nuestro Santo. Avisos que da a un Capell\u00e1n que\u00a0 era tentado de prepararse el camino para Obispo. <\/em><\/p>\n<p><em>&#8211; Su conducta con respecto a un Religioso que ten\u00eda una idea parecida. Recorta diversos abusos. Su violencia contra la simon\u00eda.<\/em><\/p>\n<p><em>-Calumnia atroz contra el Santo, Dios la castiga. Servicios que presta al Episcopado. Termina con una discusi\u00f3n sobre el Obispado de S. Pablo de Leon.<\/em><\/p>\n<p><em>-Traslado del Obispado de Maillezais a la Rochelle. Celo del Santo contra los Hugonotes. Sus correcciones al sr de Mol\u00e9 a prop\u00f3sito de las apelaciones como abusos. Sus idea sobre el uso de las Censuras.<\/em><\/p>\n<p><em>-Servicios que prest\u00f3 a los Can\u00f3nigos Regulares de Santa Genoveva, de Chancelade, de Pr\u00e9montr\u00e9, etc., a\u00a0 la Congregaci\u00f3n de S. Maur, a la Orden de S. Antonio, etc. Lo que hizo por las Comunidades de Hijas. Tormentas que su firmeza levanta.<\/em><\/p>\n<p><em>-Su conducta sobre las dimisiones de Abad\u00edas. Restablece la paz en los Monasterios de la Perrine y del Estival. Disipa una secta de Iluminados, manda proscribir los duelos y desterrar la indecencia de la comedia.<\/em><\/p>\n<p><em>-Nobleza y generosidad de sus sentimientos. Rechaza una suma de cien mil libras.<\/em><\/p>\n<p><em>-Sus talentos para el Consejo de los Reyes. Principios de estos talentos. La Congregaci\u00f3n se establece en Marsella y en Sedan. Peligrosa enfermedad del Santo. Uno de sus Sacerdotes ofrece su vida por la de \u00e9l.<\/em><\/p>\n<p><em>-Proyecto de una Misi\u00f3n en Babylone. Sentimiento del Cardenal de la Rochefoucaut sobre la residencia de los Superiores.<\/em><\/p>\n<p><em>&#8211; Seminarios de Saintes y del Mans. Fundaci\u00f3n en T\u00fanez. Elogio de Luis Gu\u00e9rin y de Juan le Vacher.<\/em><\/p>\n<p><em>-Cat\u00f3licos de Irlanda perseguidos por Cromwel, ayudados por S. Vicente. . Sacerdotes llamados al orden, desgracia del sr Olier, conducta del Santo en esta ocasi\u00f3n. Asunto de S. M\u00e9en, y sus consecuencias. Estima y caridad mutua de los contendientes. Raro desinter\u00e9s del santo Sacerdote.<\/em><\/p>\n<p><em>-Proyectos de Misi\u00f3n en Sal\u00e9 y en Babylone. Oposici\u00f3n del sr d\u2019Horgni. Sabia r\u00e9plica del Santo. Misiones en Irlanda. Consejos impartidos a los son enviados all\u00ed.<\/em><\/p>\n<p><em>-Vicente se asocia a los trabajos de sus Sacerdotes. Servicios prestados a las Hijas de la Povidencia, a las J\u00f3venes Hu\u00e9rfanas, a las Hijas se Santa Genoveva, a las Hijas de la Cruz. Dos reflexiones sobre este particular.<\/em><\/p>\n<p><em>-La Congregaci\u00f3n se establece en G\u00e9nova, y por qui\u00e9nes. Elogio del Cardenal Durazzo. Vicente pierde a dos excelentes Sujetos.<\/em><\/p>\n<p><em>\u00a0<\/em><\/p>\n<p><em>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;-<\/em><\/p>\n<p><strong>\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0<\/strong><\/p>\n<p>Aunque S. Vicente de Pa\u00fal nos haya dado hasta ahora pruebas de la virtud m\u00e1s exacta y de la caridad m\u00e1s extensa, es preciso sin embargo confesar que la carrera que ha completado en una edad ya avanzada, es tan grande que tiene algo de prodigiosa. Que se olvide pues, si se puede, todo cuanto ha hecho durante m\u00e1s de cuarenta a\u00f1os, vamos a encontrar todav\u00eda en \u00e9l con qu\u00e9 ponerle en paralelo con los hombres de misericordia que han honrado a la Iglesia en sus m\u00e1s hermosos d\u00edas. La compasi\u00f3n por los miserables y el celo por la salvaci\u00f3n de los pecadores van a formar aqu\u00ed, como en otras partes, su primer car\u00e1cter; pero como las ocasiones estar\u00e1n m\u00e1s presentes que nunca, lo veremos tambi\u00e9n cumplir de la manera m\u00e1s distinguida y m\u00e1s admirable el glorioso nombre de Padre de los desdichados, que todo su siglo le ha dado. Las ayudas que dar\u00e1 a la miseria y a la indigencia no se limitar\u00e1n ni a algunas familias, ni a algunas Parroquias, ni a una clase particular de pobres: se extender\u00e1n a vastas Provincias, y en estas Provincias tendr\u00e1n por objeto a las personas consagradas a Dios, como a los Seculares, a los Nobles como a la gente del Pueblo, a aquellos que hasta entonces hab\u00edan vivido en la abundancia como a aquellos a quienes la bajeza de su condici\u00f3n hab\u00eda dispuesto m\u00e1s a sufrir. Todos estos diferentes estados constituir\u00e1n el campo de su caridad, porque todos ser\u00e1n golpeados por la mano de Dios y reducidos por ella a la m\u00e1s humillante necesidad.<\/p>\n<p>La Lorena y el Ducado de Bar fueron el primer campo que se abri\u00f3 a su celo. Estas dos Provincias en otro tiempo tan pobladas, tan f\u00e9rtiles y tan abundantes, ten\u00edan por Soberano, desde hac\u00eda trece a\u00f1os, a Carlos IV. Pr\u00edncipe valiente, intr\u00e9pido, \u00e1vido de gloria, bastante fuerte como para dar inquietud a sus vecinos, demasiado d\u00e9bil para sostenerse contra a ellos, siempre presto a buscar acomodos y m\u00e1s presto todav\u00eda a romperlos. Un h\u00e9roe de esta hechura ten\u00eda todo lo que era necesario para desolar sus propios Estados, y apenas pod\u00eda contar con la protecci\u00f3n del Dios de los Ej\u00e9rcitos, sobre todo desde que, cansado de su Esposa, a quien deb\u00eda la Corona, hubiera contra\u00eddo un segundo y escandaloso matrimonio con la Princesa de Cantecroix.<\/p>\n<p>Fue durante el tiempo, en que estaba muy ocupado en este criminal proyecto cuando la Lorena se convirti\u00f3 en Teatro de horror. Los Imperiales, los Franceses, los Espa\u00f1oles, los Suecos, los Loreneses mismos, si bien naturalmente Ciudadanos, la devastaban uno tras otro y a veces todos a la vez. El que la defend\u00eda apenas la cuidaba m\u00e1s que el que era su m\u00e1s cruel enemigo. El Duque de Veymar, a la cabeza de las Tropas de Suecia, a las que la diversidad de Religi\u00f3n volv\u00eda m\u00e1s furiosas, fue el que m\u00e1s la machac\u00f3. Se dice que llevaba en sus Estandartes a la Lorena bajo la figura de una mujer, cortada a hacha de la cabeza a los pies, y rodeada de soldados, que en una mano ten\u00edan una espada cortante y en la otra una antorcha encendida. Si este hecho es verdad, nunca figura alguna de este g\u00e9nero ha sido mejor cumplida. Los suecos, ya dispersos en sus cuarteles, ya reunidos en corporaci\u00f3n, se conduc\u00edan en esta regi\u00f3n desafortunada algo as\u00ed como se conduce un le\u00f3n enfurecido en un corral que ha forzado. No respetaban ni lo sagrado ni lo profano. No se olvidaban ni de las crueldades ni de las violencias. Ninguna seguridad para la pureza de las V\u00edrgenes, ni siquiera en el seno de los Monasterios; ning\u00fan viajero en los grandes caminos, ni reba\u00f1os en los campos, ni descanso de un hombre que dorm\u00eda al lado de otro, con el justo miedo a ser degollado por \u00e9l para servir de alimento.<\/p>\n<p>Una parte de las ciudades, de los burgos y de los pueblos estaban desiertos, los otros estaban reducidos a cenizas. Aquellos, de los que el Soldado no se hab\u00eda podido apoderar, sufr\u00edan todo lo que la peste y el hambre tienen de m\u00e1s terrible; sus habitantes l\u00edvidos, macilentos, desfigurados, se sent\u00edan felices cuando pod\u00edan comer en paz la hierba y las ra\u00edces del campo. La bellota y los frutos salvajes se vend\u00edan corrientemente en el mercado como alimento del hombre. Los animales muertos, las carro\u00f1as m\u00e1s infectas se buscaban con avidez, o m\u00e1s bien con una especie de rabia. Una madre se asociaba a otra para comerse con ella a su propio hijo, con promesa de pagarle con la misma moneda. Se colg\u00f3 a la puerta de Nancy a un hombre convencido de matar a su hermana por un pan de suministro. Todo lo que las hambres de Samaria y de Jerusal\u00e9n tuvieron de m\u00e1s terrible lo era menos todav\u00eda que lo que se vio entonces. No sabemos si durante el sitio de la ciudad santa los ni\u00f1os hayan devorado a los que les hab\u00edan dado la vida: estos horrores estaban reservados a la Lorena, no nos atrever\u00edamos a referirlos si no tuvi\u00e9ramos delante de los ojos a autores contempor\u00e1neos, que nos han transmitido el funesto recuerdo. Es lo que hizo decir al Padre Caussin, que viv\u00eda entonces, y que era Confesor de Luis XIII, que la Lorena era el \u00fanico pa\u00eds del mundo, que hubiera dado al Universo un espect\u00e1culo m\u00e1s horrible que el del \u00faltimo sitio de Jerusal\u00e9n: <em>Sola Lotharingia Jerosolymam calamitate vincit.<\/em><\/p>\n<p>Las ciudades de las que se hab\u00eda apoderado el Rey, o que estaban ya bajo su dominio como Nancy. Bar-le-Duc, Toul, Pont-\u00e0-Mousson, Metz, Verdun, y otras, respiraron por alg\u00fan tiempo m\u00e1s; pero al fin siguieron el destino del resto de la Provincia: \u00e9sta es la situaci\u00f3n que acabamos de describir; y en la \u00e9poca a la que nos ha llevado nuestra Historia, estaban tambi\u00e9n reducidas a la extremidad.<\/p>\n<p>Era muy dif\u00edcil llevarles ayuda. Cinco ej\u00e9rcitos, que manten\u00eda Francia entonces, consum\u00edan una parte de los auxilios que la caridad hubiera dedicado, en tiempos menos tormentosos, a las necesidades de los pobres. Todos se quejaban como suele hacerse en las calamidades p\u00fablicas. Estaban aterrados por el presente y el futuro no ofrec\u00eda nada qua pudiera tranquilizar. As\u00ed estaban las cosas, cuando Vicente, animado por el esp\u00edritu, del que estaba lleno el primer Sacerdote de la Ley antigua, se coloc\u00f3 entre los vivos y los muertos; detuvo el incendi\u00f3, que devoraba a la multitud; llev\u00f3 a cabo con tanto orden como valor las obras espirituales y corporales de misericordia\u00a0 en los lugares en que las reglas de la humanidad no eran ya conocidas; y enarbol\u00f3 el Estandarte de la caridad, en un Pa\u00eds donde la justicia no ten\u00eda ya fuerza, donde la autoridad leg\u00edtima era tenida en nada, donde las leyes de los soberanos no emit\u00edan m\u00e1s que un sonido d\u00e9bil e impotente.<\/p>\n<p>El Siervo de Dios encendi\u00f3 mediante el fuego de su discurso y sus mismas l\u00e1grimas\u00a0 el esp\u00edritu de compasi\u00f3n que necesitaba ser reanimado. Puso en movimiento a las piadosas Damas de su Asamblea, acudi\u00f3 a la Duquesa de Aiguillon y hasta a la Reina, aunque no tuviera motivos de estar contenta con la regi\u00f3n a favor de la cual se acud\u00eda a ella. \u00c9l dio siempre el primer ejemplo de una santa y generosa liberalidad. Prefiri\u00f3 de alguna manera ver sufrir a los de su Congregaci\u00f3n que ver sufrir por m\u00e1s tiempo a los pobres de Jesucristo. Desde los tiempos del sitio de Corbie, hab\u00eda retirado a los suyos un peque\u00f1o entrem\u00e9s en la mesa, que se hab\u00eda dado hasta entonces, y que no se ha recuperado a\u00fan: ero en el tiempo de las desgracias de la Lorena redujo a su Comunidad al pan moreno: <em>Este es, <\/em>dec\u00eda a sus Sacerdotes, <em>el tiempo de la penitencia, ya que dios aflige a su pueblo, es por nosotros que somos sus Ministros, una obligaci\u00f3n de estar al pie de los Altares para llorar sus pecados: pero es preciso que hagamos algo de m\u00e1s, y debamos sacrificar para su ayuda una parte de nuestro alimento ordinario. <\/em>Sus hijos no murmuraban, porque \u00e9l segu\u00eda con m\u00e1s rigor que nadie la ley que impon\u00eda a los otros.<\/p>\n<p>Los trabajos que se dio el santo Sacerdote no fueron infructuosos. Se vio poco\u00a0 a poco en situaci\u00f3n de salvar la vida y a menudo el honor a los habitantes de veinticinco ciudades, y de un n\u00famero infinito de burgos y de pueblos que estaban muy apurados. Aliment\u00f3 a una multitud de gente hambrienta; hizo para un mont\u00f3n de enfermos, que con frecuencia dorm\u00edan en las plazas p\u00fablicas, toda clase de ayudas que pod\u00edan esperar de la caridad m\u00e1s sensible, Procur\u00f3 ropas a aquellos que no las ten\u00edan; es decir (pues\u00a0 pod\u00eda haber equivocaciones) no s\u00f3lo a un n\u00famero prodigioso de la hez del pueblo de toda edad y de todo sexo; pero tambi\u00e9n a cantidad de j\u00f3venes de clase, que estaban a punto de perecer en m\u00e1s de un sentido; a cantidad de Religiosos, cuyos Monasterios hab\u00edan sido saqueados; a cantidad de V\u00edrgenes consagradas a Dios, que estaban tan desfiguradas como aquellas de las que habla Jerem\u00edas; que, en su mayor parte, no ten\u00edan ni velos ni calzados, y que, cubiertas de harapos igualmente rid\u00edculos y extra\u00f1os, hab\u00edan anunciado hasta entonces\u00a0 a toda Europa el exceso de su aflicci\u00f3n y de su pobreza.<\/p>\n<p>Como una sabia econom\u00eda en el manejo de las limosnas es uno de los mejores medios de que se pueda servir para el trato con los que las han dado y hacerlas \u00fatiles a los que las reciben, Vicente tom\u00f3 en la distribuci\u00f3n, que le encargaron hacer, todas las medidas de una prudencia consumada. Envi\u00f3 a doce de sus Misioneros llenos de celo y de inteligencia a diferentes lugares de la regi\u00f3n, les asoci\u00f3 a cinco Hermanos de la Congregaci\u00f3n, que ten\u00edan secretos contra la peste y que conoc\u00edan la Medicina y la Cirug\u00eda. Les puso en las manos un largo y sabio Reglamento, por medio del cual no pod\u00edan ofender ni a los obispos, ni a los Gobernadores, ni a los Magistrados. Les prescribi\u00f3 que consultaran a los P\u00e1rrocos o, cuando no los hab\u00eda, cosa que pasaba a menudo, a las personas m\u00e1s cualificadas de los lugares que visitaban, a fin de evitar la sorpresa y de proporcionar los auxilios a las necesidades y a la situaci\u00f3n de aquellos a quienes deb\u00edan aplicarse. Aunque las Damas de su Asamblea se presentaran incondicionalmente a \u00e9l y le dejasen una libertad completa de disponer a su gusto de las grandes sumas que le pon\u00edan en las mano, no hizo nunca nada sin escucharlas: a menudo incluso quer\u00eda recibir por s\u00ed mismo o por otros las \u00f3rdenes de la Reina, para seguir en todo la intenci\u00f3n de los bienhechores y evitar toda sospecha de acepci\u00f3n de personas.<\/p>\n<p>Siguiendo este plan es como supo contentar a todo el mundo y sobre todo a los pobres, naci\u00f3n con frecuencia intratable, casi siempre dispuesta a los murmullos y a las quejas, raramente tan ocupada en el bien que se les hace como el que se imagina que se les podr\u00eda todav\u00eda hacer. Es verdad que el santo ardor que supo comunicar a las mejores familias de Par\u00eds, las condujo a realizar durante cerca de veinte a\u00f1os esfuerzos que la posteridad tendr\u00e1 dificultades en creer: pero como el mal era casi universal, y en el m\u00e1s alto grado que se pueda imaginar, era necesario, si se me permite expresarme a s\u00ed, multiplicar con la atenci\u00f3n y el buen orden auxilios que, aunque muy considerables en s\u00ed mismos, no dejaban de ser con mucho inferiores a las necesidades que se quer\u00edan cubrir.<\/p>\n<p>Aunque en materia de miseria y de indigencia, el detalle se resienta por necesidad de la bajeza del asunto, no podemos as\u00ed y todo sacrificar a la delicadeza de ciertos lectores el relato de un n\u00famero de particularidades, que son tan propias para edificar la caridad como pesadas a la imaginaci\u00f3n.<\/p>\n<p>La Ciudad de Toul fue la primera que experiment\u00f3 las bondades de Vicente de Pa\u00fal. Sus Misioneros que, como lo hemos dicho en otra parte, ten\u00edan ya all\u00ed una Fundaci\u00f3n, le enviaron ese mismo a\u00f1o &#8211; diciembre de 1638-\u00a0 un Certificado de Jean Midot Doctor en Teolog\u00eda, Gran Arcediano, Can\u00f3nigo, Vicario General durante la vacante de la Sede Episcopal, y Consejero en el Parlamento de Metz. Daba fe en \u00e9l, <em>De que los Sacerdotes de la Misi\u00f3n continuaban desde hac\u00eda unos dos a\u00f1os, con mucha edificaci\u00f3n y caridad, aliviando, vistiendo, alimentando y medicando a los pobres; en primer lugar, <\/em>dice \u00e9l,<em> a los enfermos, de los que han retirado a sesenta a su Casa, y un centenar que est\u00e1n alojados en los arrabales. En segundo lugar, a muchos otros pobres vergonzantes reducidos a una gran necesidad, y refugiados en esta ciudad, a los cuales dan limosna. Y en tercer lugar, a varios pobres soldados, de vuelta de los Ej\u00e9rcitos del Rey heridos y enfermos, que se retiran tambi\u00e9n a la Casa de dichos Sacerdotes de la Misi\u00f3n y al Hospital de la Caridad, donde les dan alimento y trato: por cuyas acciones caritativas, dem\u00e1s comportamientos, la gente de bien queda grandemente edificada. En testimonio de lo cual, hemos formado y hecho contrafirmar, etc.<\/em><\/p>\n<p>Este certificado fue seguido de otros dos, que dieron las Religiosas Dominicas de las dos casas de Toul. En ellos hac\u00edan justicia a la caridad que los Misioneros hab\u00edan ejercido tanto con dos Regimientos Franceses, que hab\u00edan sido maltratados cerca de Gondreville por las Tropas de Jean de Wert; como con su propia casa, a la que daban desde hac\u00eda dos a\u00f1os y medio todos los socorros de la caridad m\u00e1s atenta: <em>De esta manera, <\/em>contin\u00faan las Damas del gran Convento, <em>nosotras podemos decir y decimos con toda la Di\u00f3cesis de Toul: Bendito sea Dios que nos ha enviado a estos \u00c1ngeles de paz en un momento tan calamitoso para el bien de esta ciudad y el consuelo de su pueblo, <\/em>y para nosotras en particular, <em>a quienes han hecho y hacen todav\u00eda caridades de sus bienes todos los d\u00edas, d\u00e1ndonos sustentos, le\u00f1a, frutas, socorriendo as\u00ed nuestra necesidad. Nuestro sentimiento interior nos empuja a emitir este testimonio; lo que hacemos de todo coraz\u00f3n. A 20 del mes de diciembre de 1639.<\/em><\/p>\n<p>Habr\u00edamos estado en disposici\u00f3n de producir un mayor n\u00famero de declaraciones parecidas, si la humildad de nuestro Santo no lo hubiera impedido por alg\u00fan tiempo. Habiendo querido saber sus Sacerdotes de \u00e9l si era conveniente que exigieran otras ciudades a las que deb\u00edan llevar los mismos auxilios, les respondi\u00f3 <em>que har\u00edan bien en no pedir m\u00e1s; que bastaba que Dios conociera sus buenas obras, y que los pobres fuesen socorridos, sin querer producir otros testimonios. <\/em>Cambi\u00f3 de idea con el tiempo, para adelantarse a las murmuraciones y hasta la sombra de sospecha. As\u00ed se ver\u00e1 pronto que los monumentos\u00a0 de fuerza parecida no nos faltan; y que Dios ha sabido publicar en los tejados lo que su Siervo quer\u00eda primero enterrar en el secreto de su humildad.<\/p>\n<p>Mientras que estos dignos Ministros de la caridad de Vicente de Pa\u00fal, llevaban a cabo en Toul y alrededores todos los deberes de la misericordia, los que el santo Sacerdote hab\u00eda enviado a partir de abril a las dem\u00e1s ciudades de Lorena o de las fronteras, trabajan con el mismo ardor. Los hab\u00eda ya en Verdun, en Metz y en varios lugares m\u00e1s.<\/p>\n<p>La Ciudad de Metz era una de las m\u00e1s afectadas. La concurrencia de pobres que la asediaban en el interior y en el exterior ten\u00eda algo de terrible. Era como un ej\u00e9rcito de desgraciados de toda edad y sexo que llegaba a veces a cuatro y cinco mil personas. Todas las ma\u00f1anas se hallaban diez o doce muertos, sin contar los que, sorprendidos aparte, se convert\u00edan en presas de los animales carn\u00edvoros, pues los lobos furiosos eran a\u00fan una de las plagas, con que her\u00eda Dios a este pueblo desafortunado. Acostumbrados a alimentarse de cad\u00e1veres, se vengaban con los vivos por lo que les faltaba por parte de los muertos. Atacaban en plano d\u00eda. Hac\u00edan pedazos, devoraban a las mujeres y a los ni\u00f1os. Los burgos y los pueblos estaban infestados en todo tiempo; entraban incluso durante la noche a las ciudades por las brechas de las murallas, y se llevaban todo cuanto pod\u00edan atrapar.<\/p>\n<p>As\u00ed era la situaci\u00f3n de Metz: pero esto no era m\u00e1s que parte de sus desgracias. El honor de sus V\u00edrgenes m\u00e1s puras estaba en peligro. El hambre, madre de todos los excesos, estaba a punto de llevar a varias Comunidades Religiosas a romper sus claustros, en un tiempo en que las murallas m\u00e1s fuertes eran un muro demasiado d\u00e9bil contra la licencia. Todos los recursos estaban cerrados. El Parlamento, al que el hambre, la guerra y las carreras de los enemigos daban alarmas continuas, se hab\u00eda visto obligado, desde el a\u00f1o precedente, a retirarse a Toul. Se hubiera necesitado un Obispo de los primeros siglos para detener, o al menos para disminuir, el curso de tantas desgracias. Henri de Bourbon, hijo natural de Enrique IV, lo era entonces sin ser Sacerdote. Sus Abad\u00edas de S. Germain-des Pr\u00e9s, de F\u00e9camp, de los Valles de Cernai, de Tyron, de Bomport, y de la Valasse, parec\u00edan colocarle en situaci\u00f3n de hacerlo: pero este Pr\u00edncipe, que se cas\u00f3 doce a\u00f1os despu\u00e9s, ten\u00eda al parecer obligaciones m\u00e1s urgentes que las de aliviar a su pueblo .Vicente hizo lo que el Pastor no hac\u00eda. Despach\u00f3 con toda diligencia a algunos de sus Sacerdotes, para conservar la vida de unos, el honor de otros y tratar de salvarlos a todos. Las cosas cambiaron pronto de rostro, y Metz comenz\u00f3 a respirar un poco. Los Maestros Consejeros y los Trece de la ciudad tambi\u00e9n recibieron un auxilio muy oportuno; pero como en contaban en su misma extensi\u00f3n razones para temer que no continuar\u00eda, escribieron por ello a Vicente en el mes de octubre del a\u00f1o 1640. Su carta, como todas las que recibi\u00f3 entonces el S. Sacerdote, es menos un agradecimiento por el pasado que una petici\u00f3n para el porvenir. Aunque escrita hace un siglo, merece encontrar un hueco aqu\u00ed. La traeremos pues sin cambiar nada.<\/p>\n<p><em>Se\u00f1or, <\/em>le dec\u00edan, <em>nos hab\u00e9is obligado tan estrechamente al socorrer, como la hab\u00e9is hecho, a la indigencia y a la necesidad extrema de nuestros pobres, mendigos, vergonzantes y enfermos, muy particularmente de los Monasterios pobres de las Religiosas de esta Ciudad, que ser\u00edamos ingratos, si permaneci\u00e9ramos m\u00e1s tiempo sin expresaros el profundo sentimiento que tenemos: al poder aseguraros que las limosnas que hab\u00e9is enviado hasta ahora no pod\u00edan estar mejor repartidas ni empleadas que con nuestros pobres, que son aqu\u00ed en gran n\u00famero, y en particular a favor de las Religiosas, que se ven desprovistas de todo socorro humano; unas no disfrutando de sus peque\u00f1as rentas desde la guerra, y las otras no recibiendo ya nada de las personas acomodadas de esta Ciudad, que les daban limosnas, porque se les han quitado los medios. Lo cual nos obliga a suplicaros, y lo hacemos con toda la humildad, Se\u00f1or, que quer\u00e1is continuar tanto para con dichos pobres como para con los Monasterios de esta Ciudad, las mismas ayudas que hab\u00e9is prestado hasta ahora. Es un asunto de gran m\u00e9rito para quienes hacen una obra tan buena, y para vos, Se\u00f1or, que la llev\u00e1is a cabo, la administr\u00e1is con tanta prudencia y tino, con lo que conseguir\u00e9is una gran mansi\u00f3n en el cielo, etc.<\/em><\/p>\n<p>La Ciudad de Verdun pod\u00eda contar, menos que la de Metz con las limosnas de Fran\u00e7ois de Lorraine, de donde era Obispo a la saz\u00f3n. Este Pr\u00edncipe, que hab\u00eda entrado sin vocaci\u00f3n en el Estado Eclesi\u00e1stico, hab\u00eda amargado a Francia al excomulgar a todos aquellos que, por orden suya, trabajaban en la Ciudadela de Verdun. Habi\u00e9ndole obligado un golpe tan atrevido a retirarse a Colonia, \u00e9l sigui\u00f3 con su humor guerrero, y a la cabeza de algunas Tropas, vino a atacar a su Ciudad Episcopal. Si no logr\u00f3 quit\u00e1rsela al Rey, debi\u00f3 naturalmente\u00a0 lograr hacerla m\u00e1s pobre todav\u00eda de lo que era antes. Asimismo, aunque la miseria fue menos que en Metz, ya que la poblaci\u00f3n de pobres fue menos considerable, ten\u00eda sin embargo una muy grande necesidad de las limosnas que Vicente le envi\u00f3. Sus Sacerdotes que residieron all\u00ed durante tres a\u00f1os al menos, le conformaron en 1641 que durante todo ese tiempo hab\u00edan dado pan cada d\u00eda a quinientos o seiscientos pobres, y por lo menos a cuatrocientos; que preparaban todos los d\u00edas sopa y carne a cincuenta o sesenta enfermos y a algunos dinero para otras necesidades; que asist\u00edan a unos treinta pobres vergonzantes; que daban a cualquier hora pan a cantidad de gente del campo, y a otros de paso que llegaban pidiendo limosna; y que en fin proporcionaban ropa a quienes no la ten\u00edan.<\/p>\n<p>Como el santo Sacerdote sab\u00eda muy bien que el tiempo de las calamidades p\u00fablicas es, en los planes de Dios, un tiempo de misericordia y que entre los que se olvidan de ello en la prosperidad, hay muchos que se vuelven sinceramente a \u00e9l en la tribulaci\u00f3n, hab\u00eda prescrito a sus Misioneros tener cuidado del alma, a medida que se ocupaban de la salud del cuerpo. Todos trabajaban en ello con una santa emulaci\u00f3n; y si sus trabajos tuvieron en todas partes tantos \u00e9xitos como en Verdun, debieron recibir grandes consuelos. Uno de estos virtuosos Sacerdotes escribi\u00f3 a Vicente que sus Cohermanos y \u00e9l no se cansaban de admirar la paciencia invencible de los moribundos y de los enfermos; y que la sumisi\u00f3n a las \u00f3rdenes de dios era tan plena y tan perfecta que iba m\u00e1s all\u00e1 de toda expresi\u00f3n: \u00a1O<em> Se\u00f1or, <\/em>dec\u00eda en su Carta, <em>cu\u00e1ntas almas van al cielo por la pobreza! Desde que estoy en Lorena, ha asistido a m\u00e1s de mil pobres en la muerte, que parec\u00edan estar bien dispuestos a ello\u2026 Ellos son intercesores para los que les hicieron bien.<\/em><\/p>\n<p>Aquellos a quienes la ciudad de Nancy les hab\u00eda ca\u00eddo en suerte, no estaban ni menos santamente ni menos continuamente ocupados; daban todos ls d\u00edas pan y sopa a cuatrocientos o quinientos pobres que, si bien con salud, no pod\u00edan ganarse con qu\u00e9 vivir, porque no hab\u00eda ni cosechas ni cosechadores; los reun\u00edan cada d\u00eda para\u00a0 darles instrucciones conmovedoras, y la vista de una multitud de muertos y de moribundos los hizo tan eficaces que muchos de ellos se confesaban y comulgaban casi todos los d\u00edas.<\/p>\n<p>Respecto de los enfermos, lograron que los recibieran en un gran n\u00famero en el hospital de S. Juli\u00e1n, al que dieron ropas y dinero, porque no estaba en condiciones de atender a los gastos. Recibieron en su propia casa a los que no pod\u00edan encontrar sitio en el Hospital; los alimentaron con cuidado, vendaron sus heridas y sus \u00falceras. Como hab\u00eda por lo general treinta, cuarenta y cincuenta enfermos m\u00e1s alojados aqu\u00ed y all\u00e1 por la Ciudad, hicieron distribuirles cada d\u00eda pan, sopa y carne.<\/p>\n<p>Asist\u00edan a dos clases de pobres vergonzantes. A unos, en n\u00famero de cincuenta, eran de un clase media; otros,\u00a0 unos treinta, eran gente de clase, en parte Eclesi\u00e1sticos, en parte Seglares. Se daba a los primeros cierta cantidad de pan a la semana; a los otros se les daba dinero todos los meses, seg\u00fan su nacimiento y sus necesidades.<\/p>\n<p>Enterados de que hab\u00eda en la ciudad un gran n\u00famero de madres pobres, cuyos hijos que se encontraban todav\u00eda en la lactancia se encontraban en peligro de perecer, tuvieron con ellos un cuidado especial: les dieron no s\u00f3lo pan y sopa como a los dem\u00e1s pobres, sino tambi\u00e9n dinero y harina.<\/p>\n<p>Hicieron vendar a los enfermos y heridos, que no pod\u00edan vendarse por s\u00ed mismos; pagaron a los Cirujanos y las medicinas; hicieron con sus propias manos gran n\u00famero de Curas, que no les costaban mucho, y que aliviando con pocos gastos a una parte de estos desafortunados, les dejaban el medio de aliviar a los dem\u00e1s. Finalmente distribuyeron ropa y vestidos a todos los pobres que no ten\u00edan.<\/p>\n<p>Como tantos bienes diferentes habr\u00edan acabado pronto con los fondos, necesitaban una gran econom\u00eda y la econom\u00eda en este campo ten\u00eda todo lo que se necesita, no digo para herir la delicadeza, sino para revolucionar la naturaleza. As\u00ed, para distribuir las limosnas que llegaban\u00a0 y para practicar a le vez lo que la caridad Cristiana tiene m\u00e1s dif\u00edcil; al suministrar ropa propia para esta cantidad de miserables, tomaban sus camisas sucias y a menudo llenas de miseria, las hac\u00edan blanquear y repasar, a veces hasta seis o siete docenas, y continuaban distribuy\u00e9ndolas a quienes las necesitaban: las que no val\u00edan ya para nada serv\u00edan para hacer hilas para las heridas y las \u00falceras. Yo s\u00e9 una vez m\u00e1s que un detalle circunstanciado cuesta a la imaginaci\u00f3n; pero \u00bfpor qu\u00e9 habr\u00eda de de tener verg\u00fcenza en contar lo que Dios no se averg\u00fcenza de inspirar a sus amigos m\u00e1s tiernos y m\u00e1s privilegiados? Por muchos deseos que tuviera el santo Sacerdote de socorrer al mismo tiempo todas las partes de la Lorena y del Barrois, ello no le fue posible. Los primeros auxilios que hab\u00eda enviado subieron tan alto que agotaron desde un principio su casa, a la que castigaba siempre la primera y las de un n\u00famero de Damas caritativas, que eran su fuente y su asilo cuando se trataba de la necesidad de los pobres. No fue pues hasta finales del mismo a\u00f1o cuando envi\u00f3 a sus Sacerdotes a Bar-le-Duc, y algunos meses despu\u00e9s a S. Mihiel, y a Pont-\u00e0-Mousson.<\/p>\n<p>Los que fueron enviados a Bar fueron recibidos con gran bondad por los RR. PP. Jesuitas, quienes los alojaron en su casa. Se encontraron en esta Ciudad con unos ochocientos pobres, habitantes o extranjeros. Estos \u00faltimos dorm\u00edan, en su mayor parte durante los rigores del invierno, en el pavimento de las encrucijadas y delante de las puertas de las Iglesias o de los Burgueses. All\u00ed era donde, sobrados de miserias y de enfermedades, consumidos por el hambre y por el fr\u00edo, esperaban y recib\u00edan la muerte casi a cada instante. Les daban, como en todas las dem\u00e1s partes, alimento y ropas, y en pocos d\u00edas vistieron a doscientos sesenta, que estaban reducidos a una desnudez afrentosa. Se puso al Hospital, d\u00e1ndole cada mes una suma fija, en estado de recibir al mayor n\u00famero de enfermos, pero como de \u00e9stos hab\u00eda unos ochenta que lo eran m\u00e1s que el resto, los Misioneros se encargaron por completo de su subsistencia, y les proporcionaron\u00a0 cada d\u00eda los alimentos necesarios.<\/p>\n<p>Uno de los gastos m\u00e1s caros fue el que se vio obligado a hacer\u00a0 para recibir a los transe\u00fantes, quienes no hallando recursos ni en el campo, que no se cultivaban ya ni en las Ciudades, cuyo acceso les estaba prohibido casi siempre, se retiraban a Francia en grupos. Los Misioneros ocupados en Toul y en Nancy los dirig\u00edan a los de Bar que se ocupaban de ellos durante se estancia, y les daban alg\u00fan dinero para continuar el viaje. No hablo de la santa generosidad con la que estos dignos Alumnos de Vicente de Pa\u00fal vendaban todos los d\u00edas a m\u00e1s de veinte personas atacadas de una agalla espesa y corrosiva, que asqueaba a todo el mundo. Esta enfermedad era por entonces com\u00fan en toda la Lorena; y los de Bar que con un remedio soberano que les hab\u00edan ense\u00f1ado la extirparon poco a poco, no hicieron en este punto sino lo que hac\u00edan sus Hermanos extendidos por los otros cantones de esta Provincia.<\/p>\n<p>Pero por grandes que fueran en s\u00ed mismos los bienes de que hablamos, los que estos mismos Sacerdotes hicieron en Bar, en el orden de la gracia y de la salvaci\u00f3n, los superaron en mucho. Difundieron por todas partes, con la ayuda de Dios, el esp\u00edritu de dolor y de compunci\u00f3n. Ense\u00f1aron a los pueblos a llorar, no sus desgracias temporales, sino sus pecados, que hab\u00edan sido la causa de todo. Todo el mundo se esforz\u00f3 por volver a la gracia con Dios. La multitud que ten\u00eda a estos dignos Misioneros, como los Egipcios a Jos\u00e9, que los preservaba del hambre, acudi\u00f3 a ellos con rapidez extraordinaria, y quiso inoportunamente no deber la vida del alma m\u00e1s que a aquellos que le hab\u00edan conservado la del cuerpo. Uno solo de estos laboriosos Ministros de la Penitencia oy\u00f3 en el espacio de un mes m\u00e1s de ochocientas Confesiones m\u00e1s o menos generales; y tuvo el consuelo de alimentar con el Pan de los Fuertes a una parte de aquellos a quienes tantas veces hab\u00eda distribuido un pan terrestre y com\u00fan. Pero finalmente la naturaleza sucumbi\u00f3, estos dos Sacerdotes fueron atacados de una enfermedad violenta. Germain de Montevit -de la Di\u00f3cesis de Coutance, que se hallaba en una edad en la que no se consulta bastante, fue arrancado &#8211; el 19 de enero de 1640- por la fuerza del mal: y la Congregaci\u00f3n perdi\u00f3 a un hombre, que a la edad de 28 a\u00f1os, le daba grandes esperanzas. Fue enterrado en la Iglesia del Colegio de los Jesuitas. El R. P. Roussel, que era entonces Rector del Colegio, escribi\u00f3 sobre \u00e9l a Vicente en estos t\u00e9rminos:<\/p>\n<p>\u201c<em>Os hab\u00e9is enterado de la muerte del sr de Montevit, que hab\u00edais enviado aqu\u00ed. Ha sufrido mucho en su enfermedad, que ha sido larga; y puedo decir sin mentir que nunca he visto una paciencia tan fuerte y tan resignada como la suya. Nunca le hemos o\u00eddo decir ni una sola palabra que diera a entender la menor impaciencia: de todos sus discursos se desprend\u00eda una piedad que no era nada com\u00fan. El M\u00e9dico nos ha dicho muchas veces que no hab\u00eda tratado nunca a un enfermo m\u00e1s obediente y m\u00e1s sencillo. Ha comulgado con frecuencia durante su enfermedad, aparte de las dos veces que ha comulgado en forma de Vi\u00e1tico. Se delirio de ocho d\u00edas completos no le impidi\u00f3 con todos los sentidos la Extremaunci\u00f3n; le abandon\u00f3 cuando recibi\u00f3 este Sacramento, y le volvi\u00f3 inmediatamente despu\u00e9s de d\u00e1rselo. En fin se ha muerto como lo deseo yo y como pido a Dios morir. Los dos Cap\u00edtulos de Bar honraron su cortejo, como tambi\u00e9n los PP. Agustinos: pero lo que m\u00e1s honr\u00f3 su entierro fueron seiscientos o setecientos pobres que acompa\u00f1aron su cuerpo cada uno con un Cirio en la mano y que lloraban tan fuerte como si hubieran estado en el cortejo de su padre. Los pobres le deb\u00edan es te agradecimiento; hab\u00eda contra\u00eddo esta enfermedad curando sus males y aliviando su pobreza; estaba siempre entre ellos y no respiraba otro aire que su mal olor. O\u00eda sus Confesiones con tanta asiduidad, por la ma\u00f1ana y por la tarde, que no pude nunca lograr de \u00e9l que se diera una sola vez el descanso de un paseo. Le hemos mandado enterrar junto al Confesionario, donde contrajo su enfermedad y donde recogi\u00f3 los m\u00e9ritos de los que goza ahora en el Cielo. Dos d\u00edas antes de morir, su compa\u00f1ero cay\u00f3 enfermo de una fiebre continua que le ha tenido en peligro de muerte durante ocho d\u00edas; ahora est\u00e1 bien de salud. Su enfermedad ha sido efecto de un exceso de trabajo y de una asiduidad demasiado grande entre los pobres. La v\u00edspera de Navidad estuvo veinticuatro horas sin comer y sin dormir; no dej\u00f3 el confesionario m\u00e1s que para decir la Misa. Vuestros Se\u00f1ores son tratable y muy d\u00f3ciles en todo, menos en los consejos que se les dan para que se tomen alg\u00fan descanso. Creen que sus cuerpos no son de carne o que su vida no debe durar m\u00e1s que un a\u00f1o. En cuanto al Hermano, es un joven muy piadoso: ha servido a estos dos Sacerdotes con toda la paciencia y asiduidad que los enfermos m\u00e1s dif\u00edciles\u00a0 hubieran podido exigir. Tengo el honor de ser, etc<\/em>.\u201d<\/p>\n<p>El P. Roussel hab\u00eda quedado tan impresionado del celo invencible del sr de Montevit, que incluido la Historia en el Diario de su Rectorado; como lo atestigu\u00f3 el P. Aubri Ministro del Colegio de Bar en 1706 mediante un Certificado -11 de julio- en el que declara aut\u00e9ntica la carta edificante que acabo de traer aqu\u00ed.<\/p>\n<p>Vicente no hab\u00eda podido hacer nada hasta entonces por la Ciudad de Pont-\u00e0-Mousson. Hasta el mes de mayo de 1640, sus Sacerdotes no llevaron las primeras limosnas. Por acostumbrados que estuvieran a las miserias de la Lorena, quedaron asustados por las que este triste cant\u00f3n ofrec\u00eda a sus ojos. Se encontraron all\u00ed con cuatrocientos o quinientos pobres, que en su mayor parte ven\u00edan del campo y tan desfigurados que parec\u00edan menos que hombres esqueletos d\u00e9bilmente animados, l\u00e1nguidos, extenuados hasta no poder siquiera tomar alimentos, y muchos se murieron mientras com\u00edan. Hab\u00eda adem\u00e1s un centenar de enfermos, cincuenta o sesenta de pobres vergonzantes, Religiosas en una necesidad extra\u00f1a, y algunas personas de clase, que sent\u00edan doblemente el peso de la miseria y de la pobreza.<\/p>\n<p>Los cuatro P\u00e1rrocos de la ciudad dieron a los Sacerdotes de la Misi\u00f3n una lista exacta de\u00a0 los m\u00e1s urgentemente necesitados. Se socorri\u00f3 a todos sin excepci\u00f3n. Les dieron incluso herramientas a los que estaban bastante decididos y bastante fuertes\u00a0 para trabajar en los bosques. Iban por grupos. Un hombre solo correr\u00eda peligro, porque merodeaba una cantidad de lobos, que se emboscaban y atacaban con furia. El miedo a estos animales feroces bloqueaba en sus propias casas a un gran n\u00famero de mujeres y ni\u00f1os de las Aldeas vecinas. Un buen P\u00e1rroco advirti\u00f3 a los Misioneros y se ofreci\u00f3 a llevar los auxilios que se le quisieran confiar. Le entregaron una suma de dinero, por medio de la cual se encarg\u00f3 de dar de comer a aquel pueblo abandonado. No se necesitaba menos que un Sacerdote, y un Sacerdote lleno de valor para penetrar en aquellas espantosas viviendas. El hambre all\u00ed causaba estragos; el Proceso-Verbal realizado por la autoridad del Ordinario, hace menci\u00f3n de un ni\u00f1o que, acerc\u00e1ndose a algunos j\u00f3venes algo mayores que \u00e9l, fue hecho trozos y devorado \u00e1vidamente.<\/p>\n<p>Trad. M\u00e4ximo Agustin<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Sumario \u00a0 -Horrible estado de la Lorena bajo el Duque Carlos IV. Furor de los Suecos que la devastan. 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