{"id":400801,"date":"2017-06-15T08:48:35","date_gmt":"2017-06-15T06:48:35","guid":{"rendered":"http:\/\/vincentians.com\/es\/?p=400801"},"modified":"2017-04-23T18:49:55","modified_gmt":"2017-04-23T16:49:55","slug":"saint-cyran-viii","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/vincentians.com\/es\/saint-cyran-viii\/","title":{"rendered":"Saint-Cyran (VIII)"},"content":{"rendered":"<p><img data-recalc-dims=\"1\" loading=\"lazy\" decoding=\"async\" data-attachment-id=\"400787\" data-permalink=\"http:\/\/vincentians.com\/es\/saint-cyran-i\/orando-con-vicentedepaul-37-638\/\" data-orig-file=\"https:\/\/i0.wp.com\/vincentians.com\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/11\/2017\/04\/orando-con-vicentedepaul-37-638.jpg?fit=638%2C479\" data-orig-size=\"638,479\" data-comments-opened=\"1\" data-image-meta=\"{&quot;aperture&quot;:&quot;0&quot;,&quot;credit&quot;:&quot;&quot;,&quot;camera&quot;:&quot;&quot;,&quot;caption&quot;:&quot;&quot;,&quot;created_timestamp&quot;:&quot;0&quot;,&quot;copyright&quot;:&quot;&quot;,&quot;focal_length&quot;:&quot;0&quot;,&quot;iso&quot;:&quot;0&quot;,&quot;shutter_speed&quot;:&quot;0&quot;,&quot;title&quot;:&quot;&quot;,&quot;orientation&quot;:&quot;0&quot;}\" data-image-title=\"orando-con-vicentedepaul-37-638\" data-image-description=\"\" data-image-caption=\"\" data-medium-file=\"https:\/\/i0.wp.com\/vincentians.com\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/11\/2017\/04\/orando-con-vicentedepaul-37-638.jpg?fit=300%2C225\" data-large-file=\"https:\/\/i0.wp.com\/vincentians.com\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/11\/2017\/04\/orando-con-vicentedepaul-37-638.jpg?fit=638%2C479\" class=\"alignnone size-medium wp-image-400787 alignleft\" src=\"https:\/\/i0.wp.com\/vincentians.com\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/11\/2017\/04\/orando-con-vicentedepaul-37-638.jpg?resize=300%2C225\" alt=\"\" width=\"300\" height=\"225\" srcset=\"https:\/\/i0.wp.com\/vincentians.com\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/11\/2017\/04\/orando-con-vicentedepaul-37-638.jpg?resize=300%2C225 300w, https:\/\/i0.wp.com\/vincentians.com\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/11\/2017\/04\/orando-con-vicentedepaul-37-638.jpg?resize=100%2C75 100w, https:\/\/i0.wp.com\/vincentians.com\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/11\/2017\/04\/orando-con-vicentedepaul-37-638.jpg?resize=320%2C240 320w, https:\/\/i0.wp.com\/vincentians.com\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/11\/2017\/04\/orando-con-vicentedepaul-37-638.jpg?w=638 638w\" sizes=\"auto, (max-width: 300px) 100vw, 300px\" \/>PORT-ROYAL<\/p>\n<p>Port-Royal y Saint-Cyran son nombres inseparables. Henry de Montherlant, en su drama <em>Port-Royal, <\/em>minu\u00adciosamente enterado de este episodio de la historia del jansenismo, presenta a las religiosas fanatizadas por la memoria de Saint-Cyran. Esta es una de las constantes del drama de Montherlant. En la pieza dram\u00e1tica de \u00e9ste, Saint-Cyran llena de su esp\u00edritu descontento y de su fiebre ansiosa todo Port-Royal. Las religiosas a cada momento recuerdan la memoria del riguroso antiguo di\u00adrector de conciencias del convento; repiten sus m\u00e1ximas; las religiosas j\u00f3venes sobre todo invocan llenas de fe su celeste intervenci\u00f3n. Cristo es menos recordado que Saint-Cyran.<\/p>\n<p>Sor Ang\u00e9lica \u2014Ang\u00e9lica Arnauld d&#8217;Andilly\u2014 ma\u00adnifiesta a sus compa\u00f1eras propicias a la rebeld\u00eda, que ella se prepara a la persecuci\u00f3n ya inminente contra la comu\u00adnidad\u201e meditando los trances del calvario de Saint-Cyran, solemne advertencia con que t\u00e1citamente les invita a hacer otro tanto. A sor Ang\u00e9lica no se le ocurre en aquel trance evocar la agon\u00eda de Jes\u00fas en el huerto de Getseman\u00ed o el episodio del Cirineo.<\/p>\n<p>La direcci\u00f3n espiritual de Saint-Cyran fue omnipo\u00adtente. Nunca <em>se <\/em>insistir\u00e1 bastante acerca de la tremenda dictadura espiritual de este vasco totalitario. El vasco ama apasionadamente la libertad, siendo en el fondo totalitario. Porque una cosa es dominar monjas, que tampoco debe ser cosa demasiado f\u00e1cil, y menos trat\u00e1n\u00addose de religiosas corno las de Port- Royal, de temple excepcional; pero es que Saint-Cyran, adem\u00e1s, ejerci\u00f3 incontestablemente su dominio espiritual sobre hombres important\u00edsimos de su tiempo.<\/p>\n<p>Port-Royal des Champs, abad\u00eda de religiosas cistercienses en un peque\u00f1o valle a unos veinticinco kil\u00f3me\u00adtros al suroeste de Par\u00eds, es el foco principal de las doc\u00adtrinas jansenistas. La historia ele Port-Royal y la del jansenismo se confunden. Seg\u00fan la leyenda, el nombre de Port-Royal proviene de haberse refugiado el rey Fe\u00adlipe-Augusto durante una cacer\u00eda en una ermita bajo la advocaci\u00f3n de San Lorenzo sita en aquel paraje soli\u00adtario. La misma leyenda atribuye la fundaci\u00f3n del mo\u00adnasterio, o por lo menos esa intenci\u00f3n, al mismo rey.<\/p>\n<p>Pero las leyendas a menudo trasladan los sucesos en el tiempo y en el espacio, y a este doble cambio a\u00f1aden o quitan circunstancias que desfiguran la primitiva his\u00adtoria y por todas las trazas el caso se repite en la historia de los or\u00edgenes de Port-Royal.<\/p>\n<p>La verdadera fundaci\u00f3n del monasterio de Part-Royal se remonta al a\u00f1o 1204. Matilde de Garlande, espo\u00adsa de Mateo de Montmorency, que hab\u00eda partido dos a\u00f1os atr\u00e1s con las tropas de la cuarta Cruzada, fund\u00f3 el monasterio a la intenci\u00f3n&#8217; del regreso de su esposo y de acuerdo con Eudes de Sully, obispo de Par\u00eds. El lugar parece que se llamaba <em>Porrois, <\/em>top\u00f3nimo de la baja lati\u00adnidad referido a una espesura en un hond\u00f3n de aguas dormidas. El top\u00f3nimo originario ser\u00eda m\u00e1s tarde idealizado en la forma definitiva de Port-Royal.<\/p>\n<p>Pero a los fines de este estudio, la historia del famoso monasterio comienza en realidad el 5 de Julio de 5602, cuando Ang\u00e9lica Arnauld, ni\u00f1a de diez a\u00f1os y medio, aunque por su car\u00e1cter inteligente y dispuesto fuese lo menos ni\u00f1a que se puede ser a esos a\u00f1os, toma con bu\u00adlas de dispensa en raz\u00f3n a su edad, posesi\u00f3n del cargo de abadesa del monasterio. Seis meses m\u00e1s tarde, el abad de los Cistercienses la confirm\u00f3 solemnemente abadesa y le administr\u00f3 la primera Comuni\u00f3n. Detalles que re\u00advelan sin m\u00e1s la corrupci\u00f3n ambiente y la relajaci\u00f3n re\u00adligiosa de la \u00e9poca. Puede tambi\u00e9n imaginarse la situa\u00adci\u00f3n del mismo Port-Royal. A la memoria acuden los vergonzosos abandonos que un San Vicente de Paul tra\u00adt\u00f3 de colmar durante su vida.<\/p>\n<p>Dec\u00edase del confesor de las religiosas de Port-Royal, un benedictino de la reforma de San Bernardo, cazador impenitente, que no entend\u00eda el <em>Patei. <\/em>Era un ignorante en religi\u00f3n que no abr\u00eda otro libro que el breviario. Pero esto en cierto sentido es un elogio, porque de otros pod\u00eda decirse que ni conoc\u00edan el breviario siquiera. Durante treinta a\u00f1os s\u00f3lo se hab\u00eda predicado en Port-Royal ocho veces, en ocasi\u00f3n de excepcionales solemnidades de pro\u00adfesi\u00f3n religiosa. La biblioteca del convento \u00fanicamente conten\u00eda un libro, tambi\u00e9n el breviario. Se comulgaba de mes en mes y en las fiestas solemnes, exceptu\u00e1ndose la Purificaci\u00f3n porque siendo la \u00e9poca de carnaval se or\u00adganizaban mascaradas en el monasterio. Las mundanas religiosas vest\u00edan en el monasterio seg\u00fan la moda. No exist\u00eda clausura; en el convento penetraba quien quer\u00eda.<\/p>\n<p>Ang\u00e9lica Arnauld era hija de Antonio Arnauld, otro de los m\u00e1s influyentes amigos de Saint-Cyran, hom\u00adbre, lo mismo que San Ignacio de Loyola, de fundamen\u00adtales amistades. Arnauld, perfectamente situado en la Corte, obtuvo para su ni\u00f1a Ang\u00e9lica la abad\u00eda de Port-Royal, y para otra de <em>sus <\/em>hijas, m\u00e1s ni\u00f1a todav\u00eda, la de Saint-Cyr. Son detalles \u2014es preciso insistir acerca de esto\u2014 que ilustran acertadamente las costumbres de aquellos tiempos.<\/p>\n<p>Los Arnauld pertenec\u00edan a una vieja familia de ilus\u00adtres abogados y parlamentarios sutil\u00edsimos originaria de Auvernia. Antonio Arnauld, padre de Ang\u00e9lica, tuvo en su matrimonio veinte hijos, de los que s\u00f3lo diez sobrevivieron. El mayor de todos, Roberto Arnauld d&#8217;Andilly, ya mencionado anteriormente como uno de los m\u00e1s \u00edntimos amigos de Saint-Cyran, ser\u00eda el padre del marqu\u00e9s de Pomponne, ministro del Rey Sol.<\/p>\n<p>Ang\u00e9lica Arnauld hac\u00eda el n\u00famero tres de los hijos de Antonio Arnauld; el sexto fue obispo de Angers; cinco hermanas de Ang\u00e9lica, viudas o v\u00edrgenes, tomaron el h\u00e1bito en Port-Royal, y el menor, Antonio, el <em>Grande Arnauld, <\/em>nacido, en 1612, vendr\u00eda a ser uno de los jefes morales del jansenismo. Este Antonio Arnauld, te\u00f3lo\u00adgo, formidable dial\u00e9ctico y polemista, trabajador tenaz, con el esp\u00edritu inquebrantable de los Arnauld, es el ri\u00adguroso autor de <em>LA Frecuente Comuni\u00f3n, <\/em>el r\u00edgido cuanto funesto libro que en realidad cerrar\u00eda los sagrarios al pueblo creyente.<\/p>\n<p>Pocas personas fueron en su trayectoria humana m\u00e1s tenazmente perseguidas por la curiosidad hist\u00f3rica que Ang\u00e9lica Arnauld. Su tempran\u00edsima profesi\u00f3n religiosa no fue obst\u00e1culo a una educaci\u00f3n sumamente mundana. Mujer de gran amor propio, conoc\u00eda los autores paga\u00adnos, y viv\u00eda en su esp\u00edritu los grandes personajes de la Antig\u00fcedad cl\u00e1sica.<\/p>\n<p>La vida de Port-Royal ofrec\u00eda muchos motivos de distracci\u00f3n a la jovenc\u00edsima abadesa; abadesa simb\u00f3li\u00adca y honoraria, pero sin mengua de la efectividad de su cargo. Pronto la acometi\u00f3 el fastidio, y Ang\u00e9lica Arnauld lleg\u00f3 a deliberar el abandono del monasterio, cuya direcci\u00f3n se le hac\u00eda insoportable, para ya otra vez en el mundo contraer matrimonio. Una grave en\u00adfermedad le impidi\u00f3 llevar a t\u00e9rmino esta resoluci\u00f3n. Ten\u00eda entonces quince o diecis\u00e9is a\u00f1os. Sus padres, en\u00adtonces, la trasladaron en litera a su palacio de Par\u00eds, ro\u00adde\u00e1ndola de afecci\u00f3n tanto como de lujo y comodidades, atenciones que contribuyeron a exaltar m\u00e1s que nunca las mundanas inclinaciones de Ang\u00e9lica Arnauld, re\u00adsuelta decididamente al abandono del monasterio.<\/p>\n<p>Pero como su padre entrara en sospechas, un d\u00eda pre\u00adsent\u00f3 a Ang\u00e9lica un documento orden\u00e1ndole violenta\u00admente que lo firmara. Ella obedeci\u00f3 llena de despecho, adivinando a trav\u00e9s de una lectura furtiva del papel que se trataba de una ratificaci\u00f3n de sus votos. Tambi\u00e9n estos procedimientos brutales que pisoteaban la libertad, entraban en las costumbres de entonces.<\/p>\n<p>Ang\u00e9lica Arnauld volvi\u00f3 por lo tanto a su monaste\u00adrio, resignada m\u00e1s que otra cosa. Sin embargo, la cari\u00ad\u00f1os\u00edsima acogida de las religiosas, la conmovi\u00f3 profun\u00addamente. La convalecencia sigui\u00f3 su curso durante el invierno, y a la cuaresma del ario siguiente, Ang\u00e9lica solicit\u00f3 de una religiosa, la se\u00f1ora de Jumeaiville, a quien la madre de la joven abadesa hab\u00eda encargado de vigi\u00adlarle discretamente, un libro de devoci\u00f3n. Esta lectu\u00adra, aliada con la predicaci\u00f3n de un capuchino, monje mediocre, bastante desarreglado por cierto, que a su pa\u00adso por Port-Royal solicit\u00f3 hablar a las religiosas y des\u00adarrollando el tema de la humildad de Jes\u00fas al nacer en un establo, alcanz\u00f3 a mover el coraz\u00f3n de la religiosa, fueron el comienzo de una profunda crisis en el alma de aquella joven superiora a la fuerza.<\/p>\n<p>Ang\u00e9lica penetr\u00f3 decidida no s\u00f3lo en el camino de su propia reforma personal, sino tambi\u00e9n en el de la reforma del monasterio a ella encomendado, con ardi\u00admiento muchas veces indiscreto, porque su salud, re\u00adsentida de nuevo, exigi\u00f3 que otra vez volviese a la ca\u00adsa paterna para rehacerse.<\/p>\n<p>No obstante su regreso al monasterio no result\u00f3 tan melanc\u00f3lico como la vez primera. Ang\u00e9lica Arnauld retorn\u00f3 esta vez como a la mansi\u00f3n a\u00f1orada. Port-Ro-yal iba a ser famoso bajo el cetro, lleno de car\u00e1cter, de la hija de Antonio Arnauld, el cual si en un principio dirig\u00eda en realidad de verdad al monasterio, hasta el ex\u00adtremo de que excluy\u00f3 de \u00e9l a los capuchinos por com\u00adpleto, tuvo que ceder ante los prop\u00f3sitos de Ang\u00e9lica, decidida a la m\u00e1s rigurosa austeridad.<\/p>\n<p>La hija de Arnauld, sobreponi\u00e9ndose a las murmu\u00adraciones, impuso adem\u00e1s de una pobreza estricta, las maceraciones, las oraciones nocturnas, el uso de un bur\u00addo h\u00e1bito y la clausura rigurosa de Port-Royal, sin ex\u00adceptuar de ella ni a su mismo padre, todopoderoso con\u00adsejero civil del monasterio. El tremendo car\u00e1cter de An\u00adg\u00e9lica Arnauld consigui\u00f3 imponerse al autoritarismo de su padre en una jornada pat\u00e9tica, un triunfo moral dig\u00adno de un drama si la escena no hubiese acobardado a los artistas. Ni las s\u00faplicas m\u00e1s cari\u00f1osas, ni las m\u00e1s indig\u00adnadas protestas, ni las m\u00e1s furiosas amenazas consiguie\u00adron romper la f\u00e9rrea determinaci\u00f3n de la madre Ang\u00e9\u00adlica Arnauld, y su padre tuvo que volver a Par\u00eds sin conseguir sus prop\u00f3sitos de penetrar en Port-Royal.<\/p>\n<p>A\u00f1os m\u00e1s tarde la misma madre de Ang\u00e9lica Arnauld, despu\u00e9s de la muerte de su marido, profesar\u00eda como religiosa en Port-Royal, lo mismo que fueron tam\u00adbi\u00e9n religiosas seis de sus hijas. Madame Arnauld, des\u00adpu\u00e9s de oir un serm\u00f3n en una entr\u00e1tica, se ech\u00f3 conmo\u00advida a los pies de su hija para venir a ser la hermana Catalina de Santa Felicitas. Desde entonces llam\u00f3 Ma\u00addre a su hija Ang\u00e9lica, lo mismo que a In\u00e9s, otra hija suya auster\u00edsima por cierto, una de esas personas aman\u00adtes de la austeridad por el gusto de la misma austeridad que alternaba con su hermana el cargo de abadesa. En cuanto a sus otras hijas religiosas, Madame Arnauld las llamaba hermanas, d\u00e1ndoles siempre trato de prefe\u00adrencia por haberle ellas antecedido en la profesi\u00f3n re\u00adligiosa.<\/p>\n<p>No quiero comentar esta brutal inversi\u00f3n de afectos en la madre y en las hijas. Prefiero contenerme. S\u00f3lo a\u00f1adir\u00e9 que, al menos bajo mi modesto punto de vista de hombre de la calle incapaz de remontarse a semejan\u00adtes alturas espirituales, alg\u00fan impulso sano se me su\u00adbleva \u00edntimamente con violencia al considerar las rela\u00adciones de esta madre viuda religiosa con sus hijas reli\u00adgiosas viviendo dentro de un mismo monasterio.<\/p>\n<p>Lo mismo que alg\u00fan otro impulso parecido protesta asimismo violentamente al considerar la prohibici\u00f3n del estado mayor jansenista al menor de los Arnauld, de visitar a su madre moribunda, alegando que este per\u00admiso tan humano, l\u00f3gico y archinatural, \u00abconced\u00eda de\u00admasiado a la naturaleza\u00bb.<\/p>\n<p>La madre Ang\u00e9lica Arnauld no s\u00f3lo reformar\u00eda su propio monasterio, sino que se entreg\u00f3 a la labor de la reforma de los monasterios cercanos que a la verdad harto lo necesitaban. Una labor ingrata, ejercida a ve\u00adces en novelescas circunstancias, que pondr\u00eda a prueba el car\u00e1cter excepcional de la resuelta religiosa, a quien los monasterios femeninos cistercienses llamaban un\u00e1\u00adnimemente la Teresa de la Orden femenina Cistercien\u00adse.<\/p>\n<p>La reforma de uno de estos monasterios, el de Maubuisson, emprendida por Ang\u00e9lica, ofreci\u00f3 por cierto a San Francisco de Sales ocasi\u00f3n para conocer a esta mu\u00adjer de acero. Ella escribir\u00eda luego que la vista del santo obispo de Ginebra, en cuyo rostro, seg\u00fan dec\u00eda, apare\u00adc\u00eda Dios verdaderamente visible, le produjo un gran deseo de comunicarle la conciencia. Francisco de Sales visit\u00f3 tres o cuatro veces a Ang\u00e9lica Arnauld en Maubuisson, y a instancias de ella march\u00f3 asimismo a Port-Royal, sobre todo para consolar a In\u00e9s Arnauld, afligida por las responsabilidades de su cargo de abadesa adjun\u00adta en ausencia de su hermana. Francisco de Sales, ad\u00admirado del esp\u00edritu de las religiosas, no escatim\u00f3 <em>sus <\/em>elogios a Port-Royal.<\/p>\n<p>El obispo de Ginebra puso adem\u00e1s a Ang\u00e9lica Arnauld en relaci\u00f3n con Madame de Chantal, juntamen\u00adte con quien aqu\u00e9l fundara la orden femenina de la Vi\u00adsitaci\u00f3n, que di\u00f3 tanto impulso a la devoci\u00f3n del Sa\u00adgrado Coraz\u00f3n de Jes\u00fas. Las devociones fundamentales no nacen y toman vida merced a impulsos caprichosos, y la menci\u00f3n al Sagrado Coraz\u00f3n <em>se <\/em>hace sitio de modo natural en esta evocaci\u00f3n de Saint-Cyran y de su, fre\u00adcuentemente, de puro rigoroso, inhumano sentido reli\u00adgioso.<\/p>\n<p>Porque el Sagrado Coraz\u00f3n de Jes\u00fas, pese al deplora\u00adble sentido de su representaci\u00f3n iconogr\u00e1fica manifesta\u00addo por tantos mediocres artistas o por tantos fabricantes de \u00f1o\u00f1as im\u00e1genes, es ante todo, el coraz\u00f3n de Dios conmovido a la vista de los hombres que El ama infi\u00adnitamente y definitivamente. El Sagrado Coraz\u00f3n es, con un rostro humano, el Dios Amor que bajo unos rasgos apacibles, cordialmente nos invita a tratar de comprender el misterio incomprensible de Dios. El Sa\u00adgrado Coraz\u00f3n es, en definitiva, resumen viviente del cristianismo.<\/p>\n<p>Port-Royal bajo la direcci\u00f3n de Francisco de Sales, hubiera seguido bien distinta ruta de la que tom\u00f3 bajo la direcci\u00f3n espiritual de Saint-Cyran. Aqu\u00e9l es el hom\u00adbre de la efusi\u00f3n, el afectuoso siempre dispuesto a salir al balc\u00f3n de la sana imaginaci\u00f3n. Francisco de Sales es un escritor que hace gala de sencillez. Su estilo es tra\u00adsunto de su finura y suavidad, de su alegr\u00eda cort\u00e9s. Sa\u00adles es el antitriste por excelencia; su alma rebosa ale\u00adgr\u00eda constantemente.<\/p>\n<p>Francisco de Sales alienta los prop\u00f3sitos de la madre Ang\u00e9lica Arnauld, pero previni\u00e9ndola para resultados muy lejanos. \u00bfAdivin\u00f3 en ella la impaciencia, fatal para la vida espiritual? El obispo de Ginebra, propenso a ver el bien m\u00e1s que el recuerdo del mal, es un poeta que conforta, tranquiliza y consuela las almas.<\/p>\n<p>Cuando Ang\u00e9lica Arnauld escribe a Francisco de Sales manifest\u00e1ndole el temor que ella siente de que su fervor y atenci\u00f3n no sean duraderos, el obispo de Gi\u00adnebra la contesta sabia y l\u00f3gicamente: \u00abServid hoy bien a Dios, y ma\u00f1ana Dios proveer\u00e1\u00bb. Sales aplicaba a la vida espiritual el precepto evang\u00e9lico que manda aban\u00addonar los cuidados al Padre que atiende con amor a los pajarillos y a las flores del campo.<\/p>\n<p>Francisco de Sales, alumno de los jesuitas lo mismo que Saint-Cyran y Jansenio, es afectuoso, expansivo, op\u00adtimista, un amante de los s\u00edmbolos de la Naturaleza, -un hombre que rebosa salud mental y realiza el precep\u00adto evang\u00e9lico de hacerse ni\u00f1o, un creyente asombrado de los medios de salvaci\u00f3n y, sobre todo, de las venta\u00adjas de la Redenci\u00f3n.<\/p>\n<p>El obispo de Ginebra ama a la Virgen con ternura conmovedora. Saint-Cyran la ama tambi\u00e9n tern\u00edsimamente, no en vano es autor de una Vida m\u00edstica de Nuestra Se\u00f1ora, pero se hace una idea de la Virgen sugerida asimismo por el temor. Saint-Cryan, inspirado probablemente en el cap\u00edtulo VI del Cantar de los Can\u00adtares, habla e insiste acerca de la <em>grandeur terrible de la Vierge. <\/em>Cada hombre habla el lenguaje de su tiem\u00adpo, y Saint-Cyran no se exime de esta regla. El bayon\u00e9s considerando as\u00ed a la Virgen Mar\u00eda, dice verdad en cierto sentido, pero a una Madre \u2014a la Madre\u2014 con Dios en los brazos no se le puede aplicar el adjetivo te\u00adrrible. Saint-Cyran ten\u00eda debilidad por el adjetivo te\u00adrrible.<\/p>\n<p>\u00bfFue Saint-Cyran quien contagi\u00f3 esta forma de pen\u00adsar a su tierra vasca? Cuando <em>Kitolis, <\/em>el heroico pesca\u00addor de <em>Kresala, <\/em>la novela vasca del presb\u00edtero don Do\u00admingo de Aguirre, termina su conmovedor relato de la nocturna cat\u00e1strofe mar\u00edtima ocurrida una antev\u00edspera de Navidad y promete no olvidarse nunca de rezar el Ave Mar\u00eda y la Salve al volver a salir al mar, incons\u00adcientemente est\u00e1 rodeando a la Virgen de rasgos ven\u00adgativos. <em>Kitolis <\/em>perdi\u00f3 en la cat\u00e1strofe a su mismo hijo, todav\u00eda un ni\u00f1o a quien \u00e9l, su padre, aferrado desespe\u00adradamente con una mano a la zozobrada lancha, apre\u00adtaba contra su pecho para prestarle calor, y sin embargo, en la invernal noche interminable, pereci\u00f3 de fr\u00edo. <em>Kitolis <\/em>relaciona t\u00e1citamente el impresionante episodio con su olvido aquella vez de rezar el Ave Mar\u00eda y la Sal\u00adve al cruzar la barra para hacerse a su duro oficio.<\/p>\n<p>En la postura del pescador laten sin duda muy com\u00adplejas motivos, hay en ella una casu\u00edstica fetichista, pero en lo m\u00e1s hondo aparece tambi\u00e9n el temor reverencial hacia la Virgen Mar\u00eda.<\/p>\n<p>Y no obstante, dudo mucho que exista ning\u00fan otro pueblo en el mundo que cante a la Virgen Mar\u00eda con acentos m\u00e1s viriles y al propio tiempo m\u00e1s enternece\u00addores que el pueblo vasco. Hay que oir cantar a ese pueblo al final del acontecimiento social que en tierra vasca constituye anualmente las funciones de la no\u00advena a la Inmaculada Concepci\u00f3n.<\/p>\n<p>Pero contin\u00faa. Es Sainte-Beuve mismo quien observa la insistencia de Jansenio acerca de la condenaci\u00f3n de los ni\u00f1os muertos sin bautismo. Jansenio opina que los reci\u00e9n nacidos muertos sin bautismo son condenados a penas sensibles, a fuego inclusive. Este pensamiento de la condenaci\u00f3n de las almas sin culpa personalmente imputable, que concibe con ese esp\u00edritu de vengativo esbirro a Dios nuestro Se\u00f1or, ser\u00eda una de las m\u00e1s -b\u00e1r\u00adbaras formas de ofenderle, sobre todo a la luz de la doc\u00adtrina del Sagrado Coraz\u00f3n. Para una infinidad de pa\u00addres de familia, esta odiosa opini\u00f3n de Jansenio ser\u00eda literalmente la desesperaci\u00f3n, de no existir el recurso de indignarse contra semejante atrocidad, imaginada como todas las atrocidades, al margen del coraz\u00f3n.<\/p>\n<p>Saint-Cyran, el \u00edntimo de Jansenio y su m\u00e1s directo inspirador, representa todo lo contrario del esp\u00edritu de San Francisco de Sales. El bayon\u00e9s no es escritor. Es una cabeza teol\u00f3gica carente de la complicada gimnasia mental a que, sobre todo en ciertas \u00e9pocas, obliga el penoso ejercicio de escribir para la gente. Adem\u00e1s es duro, sistem\u00e1tico, enamorado de la casu\u00edstica, escrupuloso, severo, triste, tembloroso. Nicole dec\u00eda de \u00e9l que era una tierra muy f\u00e9rtil, pero f\u00e9rtil en espinas y zarzas. Como infinidad de <em>vascos <\/em>excepcionales en el esp\u00edritu, Saint-Cyran, adem\u00e1s, es un hombre oto\u00f1al: Al decir de Sainte-Beuve, las flores de primavera le des\u00adplacen porque pasan demasiado pronto y porque en su mayor parte se pierden sin dar frutos. El bayon\u00e9s pre\u00adfiere lo avanzado del oto\u00f1o aunque entonces no se ven en los \u00e1rboles m\u00e1s que hojas secas y marchitas. Sainte Beure a\u00f1ade que \u00e9ste es un hieroglifo de su talento, que dio frutos en vez de flores.<\/p>\n<p>Tambi\u00e9n San Ignacio era hombre oto\u00f1al; el hijo menor de la casa de Loyola se determin\u00f3 a cambiar de vida un oto\u00f1o. Pero el oto\u00f1o y la visi\u00f3n reiterada de sus melanc\u00f3licos paisajes desde su alta ventana de convaleciente, no paralizaron el alma de San Ignacio, sino que lo animaron a la m\u00e1s radical y la m\u00e1s animosa de las resoluciones. \u00a1Pobre del vasco que no sepa enderezar su temperamento oto\u00f1al hacia una primavera riente y prometedora! \u00a1Pobres sobre todo quienes caen bajo la \u00f3rbita de esta clase de vascos oto\u00f1ales!<\/p>\n<p>Port-Royal vino a ser bajo la direcci\u00f3n de Saint-Cyran un monasterio animado por un pensamiento mucho m\u00e1s viril del conveniente a un convento de mujeres. Este esp\u00edritu, introducido por Saint-Cyran, explica la p\u00fablica enemistad existente entre Port-Royal y la Orden de la Visitaci\u00f3n, que respond\u00eda al esp\u00edritu de San Francisco de Sales.<\/p>\n<p>Julien Green se hace eco con admiraci\u00f3n en <em>su Journal, <\/em>de las frases que se dec\u00edan en las oraciones de Port-Royal, frases, seg\u00fan \u00e9l dice, de grandeza pascaliana : <em>\u00abSoyez plus fort pour nous sauver que nous ne sornmes pour nous perdre\u00bb: <\/em>\u2014Se\u00f1or, sed para salvar\u00adnos m\u00e1s fuerte de lo que nosotros lo somos para perder\u00adnos\u2014. El trazo es definitivo y alumbra claramente aquella religi\u00f3n de temblor, empe\u00f1ada siempre en ver en todo la malicia y nunca la humana fragilidad.<\/p>\n<p>Hay que hacer no obstante a Jansenio la justicia de haber desaconsejado a su amigo la direcci\u00f3n de Port-Royal. Cuando Saint-Cyran, despu\u00e9s de oponer largo tiempo a las religiosas una resistencia puramente t\u00e1ctica, para hacerse m\u00e1s de rogar, imagina ya las l\u00edneas directrices de su gobierno espiritual y consulta a Jansenio, \u00e9ste le contesta que la direcci\u00f3n de un monasterio femenino no har\u00e1 m\u00e1s que complicarle la vida. Pero el bayon\u00e9s no escucha el sensato consejo de su amigo, y Port-Royal penetra en la \u00f3rbita totalitaria de aqu\u00e9l.<\/p>\n<p>La turbulenta historia posterior de Port-Royal est\u00e1 inserta en la ciega afecci\u00f3n que las religiosas profesaron a Saint-Cyran, consider\u00e1ndolo como indiscutible maes\u00adtro espiritual y hasta canoniz\u00e1ndole en el recuerdo como un verdadero m\u00e1rtir. Henry de Montherlant acierta al subrayar habilidosamente a lo largo de su drama con trazos de fanatismo esa idol\u00e1trica obsesi\u00f3n de las re\u00adligiosas.<\/p>\n<p>En la gran batalla jansenista, la feroz guerra civil de ideas entablada en torno de las proposiciones de Jansenio en su <em>Augustinus <\/em>\u2014el libro concebido en Bayona y que apareciera en Lovaina el a\u00f1o 1640 como un grue\u00adso infolio en tres tomos contenido en un volumen de intencionada y aparatosa portada\u2014 Port-Royal del Santo Sacramento, la fundaci\u00f3n parisina a donde las religio\u00adsas del viejo Port-Royal se trasladaron por justificados motivos de salubridad, es un reducto donde siempre <em>se <\/em>adivina la presencia activa o la memoria apasionada de Saint-Cyran.<\/p>\n<p>El bayon\u00e9s hab\u00eda ya muerto, pero su recuerdo ali\u00admentaba la fr\u00eda y fiera resistencia de las religiosas de Port-Royal neg\u00e1ndose con orgullosa tenacidad, jug\u00e1n\u00addoselo todo a una sola carta, a la firma del <em>Formulario <\/em>condenando la doctrina de las cinco proposiciones de Cornelio Jansenio contenidas en el <em>Augustinus. <\/em>La bre\u00adve f\u00f3rmula de esta condenaci\u00f3n hab\u00eda sido aprobada por el papa Alejandro VII y declarada obligatoria por la Asamblea del clero franc\u00e9s. \u00abYo condeno con el cora\u00adz\u00f3n y con la boca la doctrina de las cinco proposiciones de Cornelio Jansenio, contenidas en su libro titulado <em>Augustinus.\u00bb<\/em><\/p>\n<p>Alejandro VII, siendo cardenal Chigi, hab\u00eda sido uno de los comisarios encargados por Inocencio X de revisar las cinco proposiciones. Este papa hab\u00eda tambi\u00e9n condenado las proposiciones de Jansenio como blasfematorias, imp\u00edas e injuriosas a la misericordia divina, porque en resumen, dicho sea en t\u00e9rminos breves y ase\u00adquibles al hombre de la calle, las cuatro primeras soste\u00adn\u00edan que el hombre s\u00f3lo peca porque le falta la gracia, y como en nada puede contribuir a que reciba la gracia, su eterna salvaci\u00f3n o su eterna condenaci\u00f3n no depende en modo alguno de su propia voluntad, sino solamente de la eterna predestinaci\u00f3n de Dios. A su vez, la quinta proposici\u00f3n, desoladora y trist\u00edsima, afirmaba que Cris\u00adto no muri\u00f3 por todos los hombres, pues si hubiese muerto por todos, hubiera adquirido gracia para todos. En resumidas cuentas, seg\u00fan esta angustiosa doctrina, Cristo, a quien los jansenistas representaban crucificado con los brazos alargados, hacia arriba, rehuyendo la tie\u00adrra, nunca con los brazos extendidos en ancho por el amor, Cristo, en definitiva, no derram\u00f3 su sangre por todos los hombres.<\/p>\n<p>De Port-Royal se apoder\u00f3 el v\u00e9rtigo de la resisten\u00adcia a toda costa y hasta el fin, ocurriera lo que ocurrie\u00adse, sin aceptar la menor componenda, que tambi\u00e9n fue\u00adron pol\u00edticamente ofrecidas, porque la pol\u00edtica tuvo in\u00adnumerables interferencias en la cuesti\u00f3n contribuyendo a envenenarla m\u00e1s y m\u00e1s.<\/p>\n<p>Sostienen algunos que de vivir Saint-Cyran, se hu\u00adbiese por fin sometido; pero la verdad es que su esp\u00ed\u00adritu, el secreto placer de la cat\u00e1strofe, peculiar en mu\u00adchos vascos, planeaba en el monasterio parisino. Porque al fin sobrevino la cat\u00e1strofe.<\/p>\n<p>Hardouin de Per\u00e9fixe, arzobispo de Par\u00eds, intim\u00f3 la obediencia a las religiosas, extremando para conseguirlo todos los medios de conciliaci\u00f3n, rechazados absoluta\u00admente por aquellos \u00e1ngeles de soberbia. Una de las ve\u00adces Per\u00e9fixe, a quien las religiosas comparaban con Diocleciano, cometi\u00f3 el error de rogarles el sometimiento para as\u00ed agradar al Rey, lo que naturalmente produjo el efecto de exaltar la oposici\u00f3n.<\/p>\n<p>El arzobispo marchando en persona al convento, a donde con anterioridad bah\u00eda comisionado a Bossuet, tambi\u00e9n sin resultado, interrog\u00f3 una por una a las reli\u00adgiosas. El di\u00e1logo con la abadesa, la madre Ang\u00e9lica de San Juan, la sucesora de Ang\u00e9lica Arnauld, muer\u00adta de amargura, tuvo perfiles de incre\u00edble violencia. \u00abPuras como \u00e1ngeles, soberbias como demonios\u00bb, dicen que exclam\u00f3 Hardouin de Per\u00e9fixe. Las religiosas de Port-Royal, ya en los linderos del iluminismo, jugaban al martirio.<\/p>\n<p>Y el cap\u00edtulo concluye por donde empez\u00f3. Porque el episodio est\u00e1 dramatizado por Henry de Montherlant y rio precisamente con efectos hostiles a las religiosas de Port-Royal, sino todo lo contrario, encendiendo en rebeld\u00eda a los espectadores, lo cual es facil\u00edsimo porque la misma escena ayuda extraordinariamente a ese efec\u00adto. Tambi\u00e9n aqu\u00ed est\u00e1 presente el esp\u00edritu de Saint-Cyran.<\/p>\n<p>El d\u00eda 26 de agosto de 1664, Hardouin de Per\u00e9fixe, acompa\u00f1ado de agentes de polic\u00eda y soldados, penetr\u00f3 en Port-Royal de Par\u00eds, y en medio de un silencio mor\u00adtal, entrecortado de sollozos, procedi\u00f3 de orden del Rey a ejecutar la orden de disoluci\u00f3n de la comunidad de Port-Royal. Los agentes y soldados disolvieron la co\u00admunidad trasladando a las religiosas a diversos conv\u00e9n-tos.<\/p>\n<p>Pero tampoco fue este el fin. Al saqueo de Port-Ro-yal, verificado por los soldados, y a la demolici\u00f3n del monasterio, sigui\u00f3 m\u00e1s tarde otro episodio mucho m\u00e1s lamentable: la profanaci\u00f3n del cementerio del convento en donde reposaban personajes que, como Racine, eligieron aquel lugar para repos\u00f3 de sus huesos. Los restos de Racine pudieron apresuradamente ser puestos en lugar seguro, pero en general los perros hambrientos ayudaron a la macabra labor de los profanadores a suel\u00addo. Con raz\u00f3n Franlois Mauriac ha podido llamar a Luis XIV: <em>d\u00e9terreur de nonnes, <\/em>desenterrador de mon\u00adjas.<\/p>\n<p>Jos\u00e9 de Arteche<\/p>\n<p>Au\u00f1amendi<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>PORT-ROYAL Port-Royal y Saint-Cyran son nombres inseparables. Henry de Montherlant, en su drama Port-Royal, minu\u00adciosamente enterado de este episodio de la historia del jansenismo, presenta a las religiosas fanatizadas por la memoria de Saint-Cyran. 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