{"id":39107,"date":"2021-02-12T07:55:29","date_gmt":"2021-02-12T06:55:29","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/blog\/2011\/06\/vida-de-san-vicente-de-paul-libro-tercero-capitulo-11-seccion-4\/"},"modified":"2020-12-13T11:45:22","modified_gmt":"2020-12-13T10:45:22","slug":"vida-de-san-vicente-de-paul-libro-tercero-capitulo-11-seccion-4","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/vincentians.com\/es\/vida-de-san-vicente-de-paul-libro-tercero-capitulo-11-seccion-4\/","title":{"rendered":"Vida de san Vicente de Pa\u00fal: Libro Tercero, Cap\u00edtulo 11, Secci\u00f3n 4"},"content":{"rendered":"<p><strong>Amor respetuoso a los Prelados de la Iglesia<\/strong><\/p>\n<p>Hemos visto ya en el Libro segundo algunos servicios que el Sr. Vicente ha tratado de prestar a los Sres. Obispos en diversas ocasiones; y tambi\u00e9n hemos aludido, al comenzar este Cap\u00edtulo, el gran amor y el singular respeto que ha tenido a sus sagradas personas. Pero debemos confesar que todo lo que hemos dicho acerca de ellos y todo lo que podremos decir a\u00fan es muy poco en comparaci\u00f3n de lo que hay sobre eso en realidad; y que no disponemos de palabras suficientes para expresar c\u00f3mo era la veneraci\u00f3n, el respeto y el amor que el Sr. Vicente sent\u00eda por los Prelados de la Iglesia, a quienes reconoc\u00eda y honraba como los Lugartenientes de Jesucristo en la tierra y los Sucesores de los Ap\u00f3stoles. Por eso, hemos pensado que no pod\u00edamos hacer cosa mejor en esta Secci\u00f3n que escucharle hablar a \u00e9l en persona, y explicarnos sus sentimientos acerca de este asunto. Sacaremos de algunas cartas, las primeras que han llegado a nuestras manos entre un grand\u00edsimo n\u00famero de otras que escribi\u00f3 en diversos momentos a varios Prelados. Solamente reproduciremos algunos p\u00e1rrafos de ellas.<\/p>\n<p>Un Obispo de mucho m\u00e9rito, que actualmente est\u00e1 ante Dios y que hab\u00eda sido elevado a dicha dignidad por mediaci\u00f3n del Sr. Vicente, le dio a conocer los primeros frutos de sus trabajos en su Iglesia. El Sr. Vicente le felicit\u00f3 con estas palabras: <em>\u00ab\u00bfQui\u00e9n no reconocer\u00e1 que Dios ha bendecido manifiestamente a la di\u00f3cesis de N., al darle un Obispo que trae la paz a las almas en esos lugares donde desde hace cien a\u00f1os no se ha o\u00eddo hablar ni de Obispos ni de visitas? Si es as\u00ed, Monse\u00f1or, \u00bfpodr\u00e9 apreciar bastante a su persona y rendirle los debidos respetos? \u00bfNo tendr\u00e9 que reconocer que es usted un Obispo realmente dado por Dios, un Prelado de gracia, un hombre muy apost\u00f3lico, que ha dado a conocer a Jesucristo a los pueblos m\u00e1s desolados? \u00a1Que sea siempre bendito su santo Nombre, y le conserve a usted largos a\u00f1os, para recompensarle, finalmente, con una eternidad gloriosa, reconocido en el cielo, en medio de ese gran n\u00famero de almas bienaventuradas, que habr\u00e1n entrado en aquel lugar glorioso por medio de usted y que ver\u00e1n en usted a su segundo salvador, despu\u00e9s de Jesucristo!\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>Otro Obispo, quer\u00eda dejar su di\u00f3cesis, porque, dec\u00eda, se reconoc\u00eda incapaz de gobernarla. Suplic\u00f3 al Sr. Vicente varias veces que le buscara un buen sucesor. Y \u00e9ste le respondi\u00f3 en los t\u00e9rminos siguientes: <em>\u00abSus cartas, Monse\u00f1or, me han encontrado tan lleno de respeto por su sagrada persona y de deseos de obedecerle, que me atrevo a decir que casi he tenido continuamente ante mi vista el mandato que me ha dado. No encuentro nunca a la persona que usted sabe, sin que le diga una palabra sobre este asunto. Sin embargo, s\u00e9 muy bien, Monse\u00f1or, que est\u00e1 usted tan por encima de lo que se imagina ser, como la monta\u00f1a sobre el valle. Pero como no puedo servirle a su gusto m\u00e1s que haciendo lo que usted desea, procurar\u00e9 hacerlo en esta ocasi\u00f3n como en todas las dem\u00e1s\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>Escribiendo a otro Prelado, que tambi\u00e9n ten\u00eda el prop\u00f3sito de dejar su Obispado, por cierto inconveniente, y queriendo disuadirle de ello, vean en qu\u00e9 t\u00e9rminos le habla: <em>\u00abNo puedo, Monse\u00f1or, expresarle el dolor que siento por su indisposici\u00f3n. Dios, que me ha puesto en manos de usted, le dar\u00e1 a conocer todo el cari\u00f1o que siento por cuando le afecta. Lo que me consuela es que su enfermedad tiene remedio, y que tiene esperanzas de curaci\u00f3n. Yo ya he sentido otras veces ese mismo ataque, teniendo un dedo de la mano totalmente insensible; pero, al poco tiempo, aquello fue pasando. Quiera Dios, Monse\u00f1or, conservarle para el bien de su di\u00f3cesis, a prop\u00f3sito de lo cual he sabido que usted hab\u00eda pensado dejarla. Si fuera digno de ser escuchado al exponerle mi parecer, me tomar\u00eda la libertad de decirle que har\u00eda usted bien en dejar las cosas tal como est\u00e1n, no sea que Dios vea mal esos deseos de retirarse. Porque, \u00bfd\u00f3nde encontrar\u00e1 usted a un hombre que siga sus pasos, y que contin\u00fae con su misma forma de gobernar? Si pudiera usted encontrar alguno, en hora buena; pero, no veo que esto sea posible en las circunstancias actuales. Adem\u00e1s, Monse\u00f1or, no tiene usted m\u00e1s dificultades en su episcopado que las que tuvo San Pablo en el suyo, y, sin embargo, \u00e9l sostuvo su carga hasta la muerte. Ninguno de los Ap\u00f3stoles se despoj\u00f3 de su apostolado, ni abandon\u00f3 el ejercicio y las fatigas m\u00e1s que para ir a recibir la corona en el cielo\u00bb.<\/em><\/p>\n<p><em>\u00abSer\u00eda para m\u00ed una temeridad, Monse\u00f1or, proponerle estos ejemplos, si Dios, que lo elev\u00f3 a usted a la dignidad suprema no le invitara tambi\u00e9n a seguirle, y si la libertad que me tomo no procediera del gran respeto y del incomparable afecto que Nuestro Se\u00f1or me ha dado por su sagrada persona\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>Un Prelado muy bueno le hab\u00eda propuesto por carta unas veinte dificultades notables, y le preguntaba su parecer. El comenz\u00f3 la respuesta que le remiti\u00f3 en estos t\u00e9rminos: <em>\u00ab\u00a1Ah Monse\u00f1or! \u00bfC\u00f3mo se le ha ocurrido tratar de tantos asuntos tan importantes con un pobre ignorante como yo, abominable delante de Dios y de los hombres, por los innumerables pecados de mi vida pasada y por tantas miserias, que me hacen indigno del honor, que me hace usted, y que, ciertamente, me obligar\u00edan a callarme, si no me ordenara usted hablar? He aqu\u00ed, pues, mis pobres pensamientos sobre los puntos que encierran sus dos cartas, y que le propongo con todo el respeto que le debo y con toda la sencillez de mi coraz\u00f3n\u00bb. \u00abLa mejor manera de empezar es agradaci\u00e9ndole a Dios todas las gracias que le ha concedido, rog\u00e1ndole que se glorifique El mismo por medio del mejor \u00e9xito de las funciones a las que usted se dedica con tanto celo y asiduidad, que no hay m\u00e1s que decir\u00bb, etc<\/em><\/p>\n<p><em>\u00abCreo que no le desagradar\u00e1 saber que su hermano, el Sr. Abad, se ha ido a hacer unos d\u00edas de Ejercicios Espirituales en nuestra casa de Richelieu. El Superior me ha dicho que ha edificado mucho a aquella peque\u00f1a Comunidad con su devoci\u00f3n, su prudencia y su modestia, y que, incluso, ha hecho con tanto gusto los Ejercicios, que les ha prometido pasar con ellos las fiestas de Navidad. Como s\u00e9 muy bien, Monse\u00f1or, que no desea usted nada tanto como ver a sus parientes acercarse a Dios, he querido hacerle part\u00edcipe de esta alegr\u00eda, que no ha sido peque\u00f1a para m\u00ed, al ver que al mismo tiempo que usted trabaja por servirle fielmente en su di\u00f3cesis, El auxilia y perfecciona a su familia\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>Respondiendo a otro Prelado que le hab\u00eda propuesto unas dificultades parecidas: <em>\u00abRecib\u00ed la carta \u2014<\/em>le dice<em>\u2014 que me hizo el honor de escribirme. La he le\u00eddo y rele\u00eddo, Monse\u00f1or, no para examinar las cuestiones que usted me propone, sino para admirar el juicio que usted da sobre ellas, donde aparece algo muy superior al esp\u00edritu humano, porque solamente el Esp\u00edritu de Dios que reside en su sagrada persona es capaz de armonizar la justicia y la caridad hasta el punto que usted se propone observarlas en este asunto. No me queda m\u00e1s que dar gracias a Dios, como lo hago, por las santas luces que le ha dado y por la confianza con que se digna usted honrar a su in\u00fatil servidor\u00bb<\/em><\/p>\n<p><em>\u00abLas cosas que me propone est\u00e1n tan por encima de mis alcances, que no puedo ni siquiera pensar sin gran confusi\u00f3n en los consejos que usted me pide. No dejar\u00e9, sin embargo, de obedecerle, dici\u00e9ndole\u00bb, etc<\/em><\/p>\n<p>El Sr. Vicente, viendo a un Prelado muy bueno enzarzado en un pleito, sinti\u00f3 mucha pena por el afecto que le ten\u00eda; y como un d\u00eda tratara de sacarlo de semejante problema por v\u00eda de acuerdo, le escribi\u00f3 sobre ello, y termin\u00f3 su carta con estas palabras: <em>\u00abEn nombre de Dios, Monse\u00f1or, perd\u00f3neme, si me meto en esos asuntos aqu\u00ed, sin saber si le van a agradar los pasos que he dado. Quiz\u00e1 no est\u00e9 usted satisfecho de mi actuaci\u00f3n; pero no hay remedio, ya que lo que hago es s\u00f3lo por el excesivo cari\u00f1o que le tengo y por el deseo de verlo libre de las preocupaciones y cuidados que puedan causarle estos molestos asuntos, a fin de que pueda entregarse usted con mayor tranquilidad de esp\u00edritu al gobierno y a la santificaci\u00f3n de la di\u00f3cesis. Le ofrezco para ello a Dios mis pobres oraciones\u00bb, etc<\/em><\/p>\n<p><em>\u00abPero hay una cosa, Monse\u00f1or, que me aflige mucho, y es que se le ha descrito en el Consejo como un Prelado amigo de litigar, de forma que esta impresi\u00f3n se ha grabado hondamente en los esp\u00edritus. Por lo que a m\u00ed toca, admiro a Nuestro Se\u00f1or Jesucristo, que conden\u00f3 los procesos y que, sin embargo, quiso sufrir uno y lo perdi\u00f3. No dudo, Monse\u00f1or, de que si usted emprende alguno, ser\u00e1 para defender y sostener su causa. De ah\u00ed proviene que conserve usted una gran paz interior en medio de todas las contrariedades provenientes de fuera, ya que solamente piensa en Dios y no en el mundo; procura agradar \u00fanicamente a su Divina Majestad, sin preocuparse de lo que digan los hombres. Le doy gracias por ello a su Divina Bondad, ya que se trata de una gracia, que solamente se encuentra en las almas que est\u00e1n \u00edntimamente unidas a El. Pero tambi\u00e9n he de decirle, Monse\u00f1or, que esta enojosa opini\u00f3n del Consejo podr\u00e1 perjudicarle en este caso e impedir que le concedan lo que pide\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>La propuesta de arreglo contenida en esta carta no fue agradable al buen Prelado, el Sr. Vicente no se desanim\u00f3 por eso, antes al contrario, le escribi\u00f3 nuevamente en los t\u00e9rminos siguientes: <em>\u00abLe suplico muy humildemente, Monse\u00f1or, que me soporte una vez m\u00e1s, si me atrevo a proponerle un arreglo. S\u00e9 muy bien que no duda usted que es el afecto de mi coraz\u00f3n y el deseo de servirle el que as\u00ed me lo hace esperar: pero usted podr\u00eda ver mal que, dada mi escasa inteligencia y a pesar de saber que no acept\u00f3 usted la primera propuesta que le hice, me atreva a hacerle una m\u00e1s. No lo hago esta vez por m\u00ed mismo, sino por orden de su se\u00f1or abogado relator; he ido a verle hace dos d\u00edas para encomendarle el asunto de usted y declararle el cuidado admirable que tiene Dios de usted y, por medio de usted, de su di\u00f3cesis. Entonces \u00e9l me respondi\u00f3 que era su humilde servidor y una de las personas del mundo que m\u00e1s le estima y venera, y que con ese esp\u00edritu me rogaba que le indicara a usted que, si tiene confianza en \u00e9l, salga amigablemente de ese litigio. Me ha indicado varias razones para ello, y entre otras, que es conveniente para un Prelado tan ilustre como usted terminar los asuntos por este camino, sobre todo, por estar relacionados estos asuntos con su clero, cuyo esp\u00edritu est\u00e1 siempre preparado para la revuelta y con deseos de amargarle toda la vida. Y como \u00e9l (abogado) conoce el ambiente que hay en el Consejo, tiene miedo de que hagan algunas averiguaciones, ya que muchos de quienes lo componen, al desconocer la vida santa que usted lleva y las rectas intenciones que le hacen obrar de esa forma, podr\u00edan pensar que hay en ese asunto algo que desdice de la paciencia y de la mansedumbre convenientes a la dignidad de usted\u00bb. \u00abLe suplico muy humildemente, Monse\u00f1or, que perdone mi atrevimiento y que considere lo que le he dicho como si no viniera de m\u00ed, sino, m\u00e1s bien, del abogado relator, que es uno de los m\u00e1s sabios de este siglo y uno de los mejores jueces del mundo: acuden m\u00e1s clientes a \u00e9l que a los primeros Magistrados, porque todo el mundo se cree afortunado por tenerlo de abogado. Le ruego a Dios que tenga a bien devolver la paz a su Iglesia y la tranquilidad a su esp\u00edritu. Ya sabe cu\u00e1nto poder tiene usted sobre m\u00ed y el afecto especial que Dios me ha dado por servirle; as\u00ed pues, si usted me juzga digno de contribuir en algo al mismo, ya sabe su Divina Bondad que trabajar\u00e9 en ello con todo mi coraz\u00f3n\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>Un santo Prelado se tom\u00f3 la molestia, durante los Ejercicios de los Ordenandos, de darles una conferencia diariamente. El Sr. Vicente se congratul\u00f3 por ello en estos t\u00e9rminos: <em>\u00abLe agradezco muy humildemente, Monse\u00f1or, el honor que ha hecho usted a su seminario, al animarlo con su apreciada presencia y con sus paternales instrucciones durante la ordenaci\u00f3n. Y le doy gracias a Dios por el favor que ha concedido a los que han tenido la dicha de o\u00edrle y de ver en su fuente el esp\u00edritu eclesi\u00e1stico. Espero que se acordar\u00e1n de ello toda su vida, y que el fruto durar\u00e1 siglos enteros\u00bb.<\/em><\/p>\n<p><em>\u00abPor lo dem\u00e1s, Monse\u00f1or, recib\u00ed la carta con que usted me honr\u00f3, con gran alegr\u00eda de mi parte, por tratarse de una carta suya, y con mucho dolor, al saber lo que ocurri\u00f3 en el s\u00ednodo. En esto admiro por un lado la Providencia de Dios, que ejercita de este modo la virtud de uno de sus m\u00e1s grandes servidores, y por otro lado, el buen uso que hace usted de estas pruebas. Ruego a su Divina Bondad, que le d\u00e9 cada vez m\u00e1s fuerzas para resistirlas, a fin de que por su paciencia llegue al cabo de sus santas intenciones para confusi\u00f3n de quienes se han atrevido a interponerse en su camino\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>Ciertas personas le causaron un mal servicio ante el Rey a un Obispo, como si fuera poco cuidadoso en desempe\u00f1ar su cargo. Ante eso Su Majestad se hab\u00eda visto obligado a manifestarle su queja por medio de una carta privada, que le escribi\u00f3. El Sr. Vicente se enter\u00f3 del hecho, y tambi\u00e9n de cu\u00e1n afligido estaba aquel buen Prelado, y trat\u00f3 de consolarlo con una de sus cartas. En ella le habla en estos t\u00e9rminos: <em>\u00abHe recibido, Monse\u00f1or, un gran disgusto por el que le han dado a usted con la carta (me lo han dicho) que le han escrito desde la Corte, lo cual me ha sorprendido much\u00edsimo. Me gustar\u00eda estar en el sitio, en que pudiera dar mis razones para justificaci\u00f3n de usted. Le ruego que crea que intentar\u00e9 hacerlo, cuando Dios me d\u00e9 los medios para ello, de la misma manera que hasta ahora he procurado demostrar, en todas las ocasiones y los lugares, la estima y la reverencia, que siento por su sagrada persona, y que va aumentando continuamente dentro de m\u00ed siempre que considero el favor que les concede a los pobres misioneros, emple\u00e1ndolos en la instrucci\u00f3n y en la salvaci\u00f3n de sus pueblos, y la felicidad y el contento, que ellos sienten bajo su direcci\u00f3n\u00bb.<\/em><\/p>\n<p><em>\u00abEnrojezco de verg\u00fcenza, Monse\u00f1or \u2014<\/em>dice escribiendo a un Arzobispo sobre otro asunto<em>\u2014 cada vez que leo la \u00faltima carta que me hizo el honor de escribirme, e incluso cada vez que pienso en ella, al ver hasta qu\u00e9 punto Su Excelencia se rebaja ante un pobre porquero de nacimiento y un desgraciado anciano lleno de pecados, y a la vez, experimento una pena grande, por haberle dado motivos para llegar hasta all\u00ed. Cuando me tom\u00e9 la confianza de indicar a Su Excelencia, que no ten\u00edamos posibilidades de darle los hombres que nos ped\u00eda, puede pensar, y con raz\u00f3n, que no ha sido por falta de respeto o de sumisi\u00f3n ante sus deseos, sino por pura impotencia para obedecerle en esta ocasi\u00f3n. Le suplico muy humildemente que nos conceda seis meses de plazo. Nos ver\u00edamos sumamente consolados, si pudi\u00e9ramos darle antes esta satisfacci\u00f3n, pero no quiere Dios que lo podamos hacer. En nombre de Dios, Sr. Arzobispo, tenga la bondad de excusar nuestra pobreza y tenga la bondad de reservar su viaje a Par\u00eds para otra ocasi\u00f3n mejor y m\u00e1s importante. Ser\u00eda para m\u00ed una bendici\u00f3n de Dios poder recibir una vez m\u00e1s la de Su Excelencia, pero sentir\u00eda una pena inconcebible, si viniera ac\u00e1 a fatigarse por un asunto imposible de resolver. Ya sabe que no hay nadie en el mundo m\u00e1s dispuesto a recibir sus mandatos que nosotros, y yo, particularmente, sobre quien Dios le ha concedido un poder soberano\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>Y escribiendo a otro Arzobispo acerca del asunto de algunos de sus diocesanos, que hab\u00edan sido llevados cautivos a Berber\u00eda: <em>\u00abRecib\u00ed su carta, Monse\u00f1or \u2014<\/em>le dice<em>\u2014 con el respeto y la reverencia debida a uno de los mayores y mejores Prelados de este Reino, y con unos grandes deseos de obedecerle en todo cuanto le plazca ordenarme. Doy gracias a Dios por la devoci\u00f3n, que siente en librar a sus pobres diocesanos, que se encuentran cautivos. Har\u00e1 usted una obra de caridad muy grande y muy agradable a Dios, si los saca del peligro inminente de perderse en que se encuentran, y les dar\u00e1 un hermoso ejemplo a los dem\u00e1s Prelados, haciendo que vuelvan al redil las pobres ovejas descarriadas, que se hallan en ese mismo peligro en gran n\u00famero. Y para cooperar en ello por nuestra parte y obedecerle en lo que usted desea, enviaremos de buena gana a algunos de nuestros Sacerdotes para obtener ese rescate. Escribo con fecha de hoy a los c\u00f3nsules de T\u00fanez y de Argel, indic\u00e1ndoles que nos env\u00eden pasaportes, a fin de que puedan ir seguros seg\u00fan las \u00f3rdenes que usted me manda\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>Como el Sr. Vicente estaba encantado al ver la Iglesia provista de buenos y virtuosos Prelados, tem\u00eda, a su vez, que el celo de algunos les adelantara su muerte, y privaran a la Iglesia de los servicios, que le prestaban; por eso, les animaba a que velasen por su salud. Pero un virtuoso Obispo le contest\u00f3, que no quer\u00eda cuidarse, y que deseaba morir en el trabajo. Veamos en qu\u00e9 t\u00e9rminos este santo Sacerdote reconoce su error al tenerle compasi\u00f3n, para que se cuidara, y le felicita por su celo y por su fervor en el cumplimiento de su ministerio: <em>\u00abEs cierto, Monse\u00f1or, que he deseado su moderaci\u00f3n, pero ha sido para que dure su trabajo, y para que el exceso con que continuamente se enfrenta con sus obligaciones no prive tan pronto a su di\u00f3cesis y a toda la Iglesia de los bienes incomparables, que usted les proporciona. Si este deseo no est\u00e1 en conformidad con los impulsos que le inspira su celo, no me extra\u00f1a, ya que los sentimientos humanos que estoy mostrando me apartan demasiado de ese estado eminente al que le ha elevado a usted el amor de Dios. Todav\u00eda soy demasiado sensual, mientras que usted est\u00e1 por encima de la naturaleza; y tengo tantos motivos para llenarme de confusi\u00f3n por mis faltas, como para dar gracias a Dios, como hago, por las santas disposiciones que le da a usted. Le suplico con toda humildad, Monse\u00f1or, que Le pida para m\u00ed si no unas disposiciones semejantes, al menos una partecita de las mismas, o aunque s\u00f3lo sean las migajas que caen de su mesa\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>Antes de acabar este Cap\u00edtulo, introduciremos aqu\u00ed una carta muy digna de anotarse, que el Sr. Vicente escribi\u00f3 a un virtuos\u00edsimo Prelado, quien, cuando vio que la enfermedad contagiosa iba creciendo en diversos sitios de su di\u00f3cesis, hab\u00eda sentido la inspiraci\u00f3n de ir en persona a asistir a los apestados. Sin embargo, antes de comprometerse, hab\u00eda querido consultar al Sr. Vicente. Recibi\u00f3 de \u00e9l la siguiente respuesta, que contiene varios consejos que podr\u00edan ser \u00fatiles en ocasiones parecidas:<\/p>\n<p><em>\u00abNo me siento, Monse\u00f1or, \u2014<\/em>le dice<em>\u2014 capaz de expresarle la aflicci\u00f3n que siento por la enfermedad que amenaza a su ciudad, ni la confusi\u00f3n que me inspira la confianza con que usted me honra. Le pido a Dios con todo mi coraz\u00f3n, que aparte esa plaga de los pueblos de su di\u00f3cesis, y que me haga digno de responder en Su esp\u00edritu a lo que usted me ordene. As\u00ed pues, Monse\u00f1or, mi humilde opini\u00f3n es que un Prelado que se halle en esa situaci\u00f3n, debe mantenerse en la posibilidad de atender a las necesidades espirituales y temporales de toda su di\u00f3cesis durante esa aflicci\u00f3n p\u00fablica, sin encerrarse en un lugar, ni ocuparse en ninguna otra tarea que le quite el medio de atender a otras actividades, sobre todo, porque no es Obispo de esa ciudad solamente, sino que lo es de toda su di\u00f3cesis, en cuyo gobierno debe repartir sus atenciones, de forma que no se detenga en un lugar particular, a no ser que sea imposible atender a la salvaci\u00f3n de las almas de aquel sitio por medio de p\u00e1rrocos o de otros eclesi\u00e1sticos, porque, en ese caso, creo que estar\u00eda obligado a exponer su vida por la salvaci\u00f3n de esa gente y encomendar a la adorable Providencia de Dios el cuidado de todos los dem\u00e1s lugares. As\u00ed es como est\u00e1 haciendo uno de los m\u00e1s grandes Prelados de este Reino, que es Monse\u00f1or N., quien ha preparado a sus p\u00e1rrocos, para que se expongan por la salvaci\u00f3n de sus feligreses y, cuando la enfermedad incide sobre un lugar, se traslada all\u00ed para ver si el p\u00e1rroco permanece donde debe, para animarle en su resoluci\u00f3n, y, finalmente, darle consejos y los medios convenientes para asistir a sus feligreses. Hace esas visitas sin exponerse a visitar directamente a los enfermos, y luego se vuelve a su casa, pero dispuesto a exponerse en el caso de que no pudiera atender por medio de otros a las necesidades de una parroquia. Y si San Carlos Borromeo procedi\u00f3 de otra manera, parece que fue por cierta inspiraci\u00f3n de Dios, o porque el contagio estaba solamente en la ciudad de Mil\u00e1n\u00bb.<\/em><\/p>\n<p><em>\u00abPero, como resulta dif\u00edcil hacer en una di\u00f3cesis grande lo que se hace f\u00e1cilmente en otra m\u00e1s peque\u00f1a, parece que ser\u00e1 conveniente que usted tenga a bien visitar los barrios por los que ahora est\u00e1 la enfermedad, para animar a sus p\u00e1rrocos, o, si se lo impidiera alguna incomodidad, o el peligro de caer prisionero en estos tiempos de guerra, podr\u00eda enviar al arcediano, o a falta suya, a otros eclesi\u00e1sticos, que visitaran esos barrios para ese mismo fin; y apenas sepa que la enfermedad ha entrado en un alg\u00fan lugar, env\u00ede un eclesi\u00e1stico, para que d\u00e9 \u00e1nimos al p\u00e1rroco, y preste alguna asistencia corporal a los apestados. Cuando la Reina de Polonia se enter\u00f3 de que el contagio hab\u00eda llegado a Cracovia, y que las casas de los apestados se cerraban apenas hab\u00eda alguno contagiado de la enfermedad, con lo que tanto los sanos como los enfermos sufr\u00edan all\u00ed de hambre y de fr\u00edo, se decidi\u00f3 a enviar all\u00ed una cantidad notable de dinero por medio de dos Misioneros, que recibieron la orden de proporcionar alimentos a las casas apestadas, aunque sin exponerse al contagio. Hab\u00eda, adem\u00e1s, algunos religiosos, que se expon\u00edan para la administraci\u00f3n de los sacramentos; y, por este medio, esta buena Reina, aunque no haya detenido, s\u00ed que ha disminuido en mucho los estragos causados por la enfermedad, consolando much\u00edsimo a aquella ciudad, que es tambi\u00e9n la capital del Reino. Y como la ciudad de Varsovia, en donde actualmente residen los Reyes, se ha visto afectada por la misma enfermedad, uno de nuestros Sacerdotes me dice, que ella ha dado la misma orden, y que tambi\u00e9n est\u00e1 asistiendo a los apestados de aquella ciudad un Sacerdote y un Hermano de la Misi\u00f3n\u00bb.<\/em><\/p>\n<p><em>\u00abLa pobre gente del campo, afligida por la peste, se ve de ordinario, abandonada y con una gran escasez de alimentos. Ser\u00e1 una cosa de su piedad, Monse\u00f1or, atender a eso, enviando limosnas a todos esos lugares y poni\u00e9ndolas en manos de buenos sacerdotes que las distribuyan, y les hagan repartir pan, vino y un poco de carne, que esa pobre gente ir\u00e1 a recoger en los sitios y a las horas que se les indiquen. Y si no se puede estar seguro de la rectitud del p\u00e1rroco, convendr\u00e1 encargar de esta misi\u00f3n a otro p\u00e1rroco o vicario cercano, o a algunas buenas personas seglares de la parroquia, que puedan hacerlo; es f\u00e1cil encontrar a alguna en todas partes, que sea capaz de ocuparse de esta misi\u00f3n caritativa, sobre todo, cuando no es necesario tratar con los apestados. Espero, Monse\u00f1or, que si Dios quiere bendecir esta buena obra, Nuestro Se\u00f1or sacar\u00e1 de ella mucha gloria, usted mucho consuelo en vida y en la hora de la muerte, y sus decisiones una gran edificaci\u00f3n. Pero para hacer esto es absolutamente necesario que no est\u00e9 usted encerrado\u00bb.<\/em><\/p>\n<p><em>\u00abSus misioneros, Monse\u00f1or, me han dicho que Nuestro Se\u00f1or les da la disposici\u00f3n debida para exponerse a los apestados unos despu\u00e9s de otros, tanto con los enfermos de su barrio, como con los del resto de la ciudad, seg\u00fan lo requieran la obediencia y las necesidades. Les he escrito, Monse\u00f1or, que se pongan a sus \u00f3rdenes para ello; le suplico muy humildemente que disponga de nosotros seg\u00fan lo crea conveniente su incomparable bondad\u00bb.<\/em><\/p>\n<p><em>\u00abHay muchos religiosos, que se ofrecen de ordinario a asistir a los apestados. No dudo que tambi\u00e9n los habr\u00e1 en su ciudad, y quiz\u00e1s, Monse\u00f1or, encuentre usted bastantes para esta obra, no s\u00f3lo para la ciudad, sino tambi\u00e9n para enviar al campo, en lugar del arcediano y de los sacerdotes de los que le habl\u00e9 anteriormente. Vea usted, por el impreso que le env\u00edo adjunto, las \u00f3rdenes que ha dado el Sr. Arzobispo en esta di\u00f3cesis de Par\u00eds, para intentar remediar las innumerables calamidades, que nos invaden; quiz\u00e1s esto pueda darle alguna idea de c\u00f3mo podr\u00eda atenderse a sus pobres diocesanos\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>Este buen Prelado, en cuanto recibi\u00f3 esta carta, escribi\u00f3 estas palabras al Sr. Vicente: <em>\u00abDespu\u00e9s de haberle dado gracias por el ofrecimiento que usted ha querido hacerme de sus Sacerdotes, para exponerse, en caso de necesidad, al servicio de los apestados, le dir\u00e9 que, como trabajan \u00fatilmente por toda mi di\u00f3cesis, no quisiera exponerlos sin una necesidad extrema. Seguir\u00e9 sus consejos en todo. No estoy decidido a exponerme, excepto en el caso de que conozca que sea \u00e9sa la voluntad de Dios. Todo lo hab\u00eda dejado en suspenso hasta que he visto en su carta su parecer, y as\u00ed, no dar\u00e9 m\u00e1s vueltas a ese asunto, y har\u00e9 con much\u00edsimo gusto lo que usted me escribe\u00bb.<\/em><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Amor respetuoso a los Prelados de la Iglesia Hemos visto ya en el Libro segundo algunos servicios que el Sr. Vicente ha tratado de prestar a los Sres. 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