{"id":34676,"date":"2020-08-14T08:50:29","date_gmt":"2020-08-14T06:50:29","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/blog\/2011\/05\/vida-de-san-vicente-de-paul-libro-segundo-capitulo-11-seccion-1\/"},"modified":"2020-08-01T09:50:26","modified_gmt":"2020-08-01T07:50:26","slug":"vida-de-san-vicente-de-paul-libro-segundo-capitulo-11-seccion-1","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/vincentians.com\/es\/vida-de-san-vicente-de-paul-libro-segundo-capitulo-11-seccion-1\/","title":{"rendered":"Vida de san Vicente de Pa\u00fal: Libro Segundo, Cap\u00edtulo 11, Secci\u00f3n 1"},"content":{"rendered":"<p>SOCORROS PROPORCIONADOS POR EL SR. VICENTE A LAS PROVINCIAS ARRUINADAS POR LA GUERRA<\/p>\n<p><strong>Socorros prestados a Lorena<\/strong><\/p>\n<p>Se puede decir sin exagerar, que vamos a ver en este cap\u00edtulo y en los dos siguientes, pues en ellos se habla de las asistencias prestadas a un n\u00famero casi innumerable de personas reducidas a extrema necesidad por la desgracia de las guerras, una obra maestra de caridad, que hasta el momento no ha tenido nada semejante. Las historias antiguas ciertamente nos facilitan ejemplos diversos de las miserias extremadas causadas por el azote de la guerra: nos representan las ruinas y la desolaci\u00f3n de ciudades, de Provincias y de Monarqu\u00edas enteras; pero no leemos en ninguna, que, entre el terror y los des\u00f3rdenes de los ej\u00e9rcitos y en medio de las violencias y el bandidaje de los soldados, se haya encontrado el medio de practicar toda clase de obras de misericordia espirituales y corporales con una organizaci\u00f3n, una habilidad, un valor y hasta con una seguridad, no solamente con algunas personas particulares, sino tambi\u00e9n con pueblos enteros; ni tampoco en una ocasi\u00f3n pasajera, o durante algunos d\u00edas, sino durante una larga serie de a\u00f1os; y que, durante todo ese tiempo se haya hecho triunfar a la caridad en los mismos sitios, en donde la justicia no ten\u00eda ya ni fuerza, ni donde la autoridad leg\u00edtima era reconocida, y donde las leyes y las \u00f3rdenes de los soberanos eran pisoteadas.<\/p>\n<p>Ciertamente debemos confesar que nunca se ha llevado a la pr\u00e1ctica cosa parecida en todos los siglos pasados, o que, si se ha hecho algo similar, los historiadores no han hablado de ello, porque quiz\u00e1 les cost\u00f3 creerlo a\u00fan vi\u00e9ndolo con sus propios ojos, o porque temieron que se tomara como hip\u00e9rbole lo que pon\u00edan por escrito. Pero lo que vamos a referir aqu\u00ed ha sido tan p\u00fablico y tan manifiesto por haber estado expuesto durante varios a\u00f1os ante los ojos y el conocimiento de un grand\u00edsimo n\u00famero de personas que dan testimonio de ello, que no tenemos motivos para temer que se lo pueda poner en duda. Y si quedara alguna persona incr\u00e9dula que quisiera llevar la contraria, las Provincias enteras se levantar\u00edan contra ella, y le opondr\u00edan a miles de personas que todav\u00eda se reconocen, a\u00fan hoy en d\u00eda, deudores de la conservaci\u00f3n de su vida y de todo lo que les puede ser m\u00e1s querido que su misma vida, a las caritativas asistencias que les han prestado.<\/p>\n<p>Sin embargo, quien ha concebido el primero, por inspiraci\u00f3n de Dios, esos grandes proyectos; quien ha comenzado, continuado y sostenido durante tan largos a\u00f1os esas empresas caritativas; y quien ha suscitado, alentado y animado con el mismo esp\u00edritu de caridad de la que \u00e9l estaba lleno, a todas las personas que han respondido y cooperado en esas obras maravillosas, ha sido el gran Vicente de Pa\u00fal. Dios le quiso comunicar una luz, una fuerza y una gracia tan abundante, que, despu\u00e9s de haberla emprendido con tanto \u00e1nimo, ha conducido felizmente a su culminaci\u00f3n una obra que parec\u00eda estar por encima de todo el ingenio y de todo el poder de los hombres.<\/p>\n<p>Comenzaremos este cap\u00edtulo por Lorena, que fue la primera en sentir los ataques de la guerra, y que se vio reducida a una desolaci\u00f3n extraordinaria por la violencia de aquel azote. Esta Provincia era en otro tiempo una de las m\u00e1s pobladas, de las m\u00e1s f\u00e9rtiles y de las m\u00e1s pr\u00f3speras de toda Europa: ten\u00eda buenos Pr\u00edncipes, y los Pr\u00edncipes ten\u00edan s\u00fabditos fieles, y se ten\u00edan entre s\u00ed un afecto rec\u00edproco, cosa que no se encuentra ordinariamente en otras naciones. Desde hac\u00eda mucho estaba disfrutando de una paz completa, tanto interna como externa, con todas las ventajas que acompa\u00f1an a una larga prosperidad. Pero como la abundancia de bienes y de placeres temporales son m\u00e1s propios para apegar los corazones de los hombres a la tierra, que para elevarlos al cielo, y como es muy dif\u00edcil que entre las facilidades y las comodidades de la vida no se den muchos vicios y pecados, la Providencia divina, queriendo purificar esta tierra con las aguas de la tribulaci\u00f3n, empez\u00f3 a hacerle sentir, desde el a\u00f1o 1635, las tres plagas, si no a la vez, al menos una despu\u00e9s de la otra, a saber, la peste, la guerra y el hambre. Con ellas qued\u00f3, casi toda la Provincia cubierta como de un diluvio que parec\u00eda inundarla. Y, efectivamente, un grand\u00edsimo n\u00famero de los habitantes fueron arrebatados por esos torrentes despiadados y casi todos los dem\u00e1s corrieron el mismo peligro. Y los eclesi\u00e1sticos, los nobles y los principales del pueblo que pudieron escapar, fueron a buscar en otra parte el mantenimiento para su vida, al no poderla conservar en sus propias casas. La desolaci\u00f3n lleg\u00f3 a tal extremo, que, despu\u00e9s de que la mayor parte de los que quedaron en su tierra, se vieron obligados a alimentarse con la carro\u00f1a medio podrida de los animales, tambi\u00e9n ellos se vieron reducidos a ser pasto de las fieras carniceras, y observaron como corr\u00edan por todos los lados los lobos hambrientos, que descuartizaban y devoraban a mujeres y ni\u00f1os que encontraban un poco aislados, incluso en pleno d\u00eda y a la vista de todo el mundo; y varias de esas pobres criaturas fueron arrancadas muy heridas de sus garras y medio muertas, y las llevaron a los Hospitales de las ciudades, en los que los Sacerdotes de la Misi\u00f3n las hicieron curar. Los lobos estaban tan enviciados con los cuerpos humanos, que iban de d\u00eda a los pueblos y las aldeas y entraban en las casas abiertas, y de noche en las ciudades por las brechas de las murallas, y se llevaban a mujeres, ni\u00f1os y todo lo que pod\u00edan arrebatar.<\/p>\n<p>Como Dios no se olvida nunca de su misericordia, ni en medio de las m\u00e1s rigurosas ejecuciones de su Justicia en esta vida, queriendo dar alg\u00fan consuelo y alivio a aquel pueblo afligido, suscit\u00f3 el esp\u00edritu del Sr. Vicente, quien, en cuanto se enter\u00f3 de la desolaci\u00f3n de aquella pobre Provincia, qued\u00f3 vivamente conmovido, y acudi\u00f3, cual otro Mois\u00e9s, a la oraci\u00f3n, diciendo a Dios: <em>\u00ab\u00bfPor qu\u00e9, Se\u00f1or, se enciende tu furor contra este pueblo afligido? Haz, te ruego, cesar tu venganza\u00bb. etc. E impulsado por un esp\u00edritu de compasi\u00f3n y de caridad, se ofreci\u00f3 a su Divina Majestad, para contribuir todo lo que pod\u00eda al alivio y al consuelo de aquella pobre gente, reducida a la miseria m\u00e1s extrema. Poco tiempo m\u00e1s adelante la Divina Providencia le envi\u00f3 una persona que le llev\u00f3 alguna cantidad para emplearla en aquella buena obra. El Sr. Vicente la mand\u00f3 inmediatamente a los Sacerdotes de su Congregaci\u00f3n, que resid\u00edan en la ciudad de Toul, en Lorena. Y aquellos caritativos misioneros empezaron cuanto antes a usarla en alojar, alimentar y medicinar a los pobres enfermos, que estaban tumbados por las calles. Inmediatamente hizo salir a otros Sacerdotes y Hermanos de la casa de San L\u00e1zaro, para que fueran a prestar los mismos servicios en otras ciudades de Lorena, y, especialmente, en Metz, Nancy, Barle Duc, Pont\u00e0Mousson, SaintMichel, Luneville, etc.<\/em><\/p>\n<p><em>He aqu\u00ed un certificado de la ayuda, que hizo prestar, en primer lugar, a los pobres de la ciudad de Toul, fechado el mes de diciembre de 1639 \u00abJuan Midot, doctor en teolog\u00eda, gran arcediano, can\u00f3nigo y vicario general de Toul, con la sede episcopal vacante: Certificamos y damos fe, que los Sacerdotes de la Misi\u00f3n residentes en esta ciudad contin\u00faan, desde hace unos dos a\u00f1os con mucha edificaci\u00f3n y caridad, aliviando, vistiendo, alimentando y medicinando a los pobres: Primero, a los enfermos; de \u00e9stos han llevado a su casa a sesenta, y a unos cien los han albergado en los arrabales. Segundo, a muchos otros pobres vergonzantes reducidos a gran necesidad y refugiados en esta ciudad, a quienes dan limosna. Y en tercer lugar, a muchos soldados pobres, que vuelven de los ej\u00e9rcitos del Rey heridos y enfermos, que se retiran tambi\u00e9n a la casa de los susodichos Sacerdotes de la Misi\u00f3n y al Hospital de la Caridad, donde les dan de comer y los atienden\u00bb.<\/em><\/p>\n<p><em>\u00abDe todas esas obras caritativas y de las dem\u00e1s atenciones la gente de bien ha quedado muy edificada\u00bb.<\/em><\/p>\n<p><em>\u00abEn testimonio de lo cual hemos firmado y hecho refrendar, y sellar\u00bb, etc<\/em><\/p>\n<p>Los Sacerdotes de la Misi\u00f3n que resid\u00edan en Toul enviaron ese certificado al Sr. Vicente, y le preguntaron si tratar\u00edan de conseguir certificados parecidos de las otras ciudades, adonde ir\u00edan a llevar una ayuda parecida. Les respondi\u00f3 as\u00ed: <em>\u00abQue har\u00edan bien en no pedirlos; que bastaba con que s\u00f3lo Dios conociera sus obras y que los pobres fueran aliviados, sin querer conseguir otros testimonios\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>Las mismas asistencias se prestaron a la ciudad de Metz, donde la pobreza era inconcebible, y la afluencia de pobres, extraordinaria. Su n\u00famero era tan grande, tanto dentro como fuera de la ciudad, que, a veces, ante las puertas (de la ciudad) hab\u00eda hasta cuatro y cinco mil personas de toda edad y sexo, y por las ma\u00f1anas de ordinario se encontraban con diez o doce muertos. Las j\u00f3venes mayorcitas estaban en evidente peligro de abandonarse antes que de dejarse consumir, y varias comunidades religiosas estaban a punto de romper su clausura para buscar con qu\u00e9 vivir.<\/p>\n<p>El Sr. Vicente, cuando le advirtieron aquella extrema necesidad, envi\u00f3, en cuanto pudo, a los suyos para conservar la vida a unos y el honor a las obras, y para tratar de salvarlos a todos. He aqu\u00ed una carta que los Sres. Regidores Municipales de la ciudad de Metz escribieron sobre este asunto al Sr. Vicente, el mes de octubre del a\u00f1o 1640:<\/p>\n<p><em> \u00abNos ha obligado usted tan estrechamente al remediar, como ha remediado, la indigencia y la extrema necesidad de nuestros pobres mendigos, vergonzantes y enfermos y, sobre todo, de los monasterios pobres de las religiosas de esta ciudad, que ser\u00edamos unos ingratos, si tard\u00e1ramos m\u00e1s tiempo en testimoniarle nuestra gratitud, pudiendo asegurarle que las limosnas que usted ha enviado a nuestra ciudad no pod\u00edan ser mejor distribu\u00eddas ni repartidas que entre nuestros pobres, que aqu\u00ed son tan numerosos, y especialmente entre las religiosas, que se ven desamparadas de toda ayuda humana, ya que unas no pueden gozar de sus rentas desde la guerra, y otras no reciben nada de las personas acomodadas de esta ciudad, que antes les daban limosna, y que ahora se han quedado sin blanca. Esto nos obliga a suplicarle, como lo hacemos con toda humildad, que siga usted enviando los mismos socorros que hasta ahora ha mandado, tanto para los mencionados pobres como para los monasterios de esta ciudad. Esto ser\u00e1 una ocasi\u00f3n de adquirir grandes m\u00e9ritos para cuantos hacen esta obra buena, y para usted, se\u00f1or, que lleva la direcci\u00f3n de este asunto, administr\u00e1ndolo con tanta prudencia y rectitud, con lo cual adquirir\u00e1 usted una buena paga en el cielo\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>Los misioneros residentes en Verd\u00fan escribieron al Sr. Vicente,<\/p>\n<p><em>\u00abQue ten\u00edan durante los a\u00f1os 1639, 40 y 41, a veces, hasta quinientos o seiscientos pobres, y en otras ocasiones, por lo menos cuatrocientos en la ciudad, que alimentar. Los misioneros les distribu\u00edan el pan diariamente, y separaban a los peque\u00f1os de los mayores, para poder instruirlos con mayor fruto\u00bb.<\/em><\/p>\n<p><em>\u00abQue daban a cincuenta o sesenta enfermos potaje y carne todos los d\u00edas, y a algunos, dinero para otras necesidades\u00bb.<\/em><\/p>\n<p><em>\u00abQue asist\u00edan a unos treinta pobres vergonzantes\u00bb.<\/em><\/p>\n<p><em>\u00abQue muchos pobres campesinos y otros transe\u00fantes ven\u00edan a pedirles limosna, y que les daban pan a todas horas\u00bb.<\/em><\/p>\n<p><em>\u00abQue vest\u00edan a los desnudos, y daban calzado a los m\u00e1s necesitados\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>Uno de esos misioneros escrib\u00eda cierto d\u00eda al Sr. Vicente, que lo que los hab\u00eda edificado y consolado mucho era la paciencia admirable y la resignaci\u00f3n incre\u00edble que hallaban en los enfermos y en los moribundos:<\/p>\n<p><em>\u00ab\u00a1Se\u00f1or! dec\u00eda \u00a1Cu\u00e1ntas almas van al cielo por la pobreza! Desde que estoy en Lorena, he atendido a m\u00e1s de mil pobres moribundos, que parec\u00edan que estaban, todos ellos, perfectamente bien preparados, \u00a1Cu\u00e1ntos intercesores tienen los bienhechores en el cielo!\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>He aqu\u00ed c\u00f3mo se hac\u00eda la distribuci\u00f3n en Nancy a varias clases de pobres durante los a\u00f1os de los que hemos hablado m\u00e1s arriba.<\/p>\n<p>1. A los que gozaban de buena salud, en n\u00famero de cuatrocientos o quinientos, se les daba todos los d\u00edas pan y potaje. Tambi\u00e9n todos los d\u00edas se les daba instrucci\u00f3n, y as\u00ed se les preparaba para confesarse y comulgar casi todos los meses; y los misioneros alojaban por caridad a una parte de los pobres en la casa donde ellos resid\u00edan.<\/p>\n<p>2. Acog\u00edan en su casa a muchos enfermos, los alimentaban y les hac\u00edan las curas.<\/p>\n<p>Adem\u00e1s de esos enfermos, procuraron que acogieran a otros en el Hospital de San Jos\u00e9; all\u00ed les enviaron ropa blanca y dinero, pero antes de mandarlos al Hospital, les hac\u00edan confesarse y comulgar. De ordinario, hab\u00eda treinta, cuarenta y cincuenta enfermos m\u00e1s acogidos aqu\u00ed y all\u00ed en la ciudad, y diariamente les mandaban pan, potaje y carne.<\/p>\n<p>3. Atend\u00edan a dos clases de enfermos vergonzantes: unos eran de condici\u00f3n media en n\u00famero de unos cincuenca, adem\u00e1s les proporcionaban cierta cantidad de pan por semana. Los otros eran personas de categor\u00eda, tanto eclesi\u00e1sticos como laicos, muy necesitados y vergonzantes en n\u00famero de treinta, m\u00e1s o menos; y a \u00e9stos les daban cierta cantidad de dinero cada mes, seg\u00fan su condici\u00f3n y las necesidades de cada uno.<\/p>\n<p>4. Tuvieron un cuidado particular de muchas pobres madres nodrizas, y les daban dinero, harina, pan y potaje.<\/p>\n<p>5. Hac\u00edan curar a los enfermos y a los heridos; pagaban a los cirujanos y los remedios, y hasta sol\u00edan disponer de algunos remedios secretos, que les hab\u00edan ense\u00f1ado para hacer muchas de las curas, que les costaban poco y que no dejaban de proporcionar un gran alivio a los pobres.<\/p>\n<p>6. Distribu\u00edan ropa blanca y vestidos a todos los pobres que no los ten\u00edan. A medida que les daban camisas, les recog\u00edan las suyas, que estaban sucias, para hacerlas lavar y llegaron a aprovechar a veces hasta seis o siete docenas que serv\u00edan para otros.<\/p>\n<p>No podemos presentar aqu\u00ed las cartas m\u00e1s conmovedoras que el Sr. Vicente recib\u00eda por entonces de aquella Provincia desolada, tanto sobre la extrema aflicci\u00f3n de los pueblos, como sobre las incomparables asistencias que les dio, porque esas cartas no se las guardaba, sino que las enviaba a diversos sitios para excitar a los ricos a compasi\u00f3n con el relato de tantas miserias, y para consolar tambi\u00e9n a los bienhechores con los felices efectos de sus limosnas, y los bienhechores, a su vez, se las comunicaban a otros. Veamos lo que un virtuoso eclesi\u00e1stico escribi\u00f3 al Sr. Vicente a prop\u00f3sito de esta materia:<\/p>\n<p><em>\u00abHe visto dice las cartas que vienen de Lorena, que usted las ha enviado al Sr. N., y \u00e9l me las ha ense\u00f1ado. Tengo que confesarle que no las he podido leer sin l\u00e1grimas, y en tal abundancia, que me he visto obligado a suspender varias veces la lectura. Alabo a nuestro buen Dios por la Providencia paternal que tiene sobre sus criaturas, y le ruego que contin\u00fae derramando sus gracias sobre los Sacerdotes que est\u00e1n consagrados a esa obra divina. S\u00f3lo me queda lamentarme al ver a esos Obreros caritativos que ganan el cielo, y lo hacen ganar a tantos otros, mientras yo, por mi miseria, no hago m\u00e1s que arrastrarme por la tierra como un animal in\u00fatil\u00bb, etc<\/em><\/p>\n<p>Los primeros Sacerdotes de la Misi\u00f3n que fueron a Pont\u00e0Mousson, el mes de mayo del a\u00f1o 1640, escribieron al Sr. Vicente que hab\u00edan dado limosnas a cuatrocientos o quinientos pobres tan desfigurados, que nunca hab\u00edan visto gente m\u00e1s digna de compasi\u00f3n; que en su mayor parte eran campesinos, tan agotados y d\u00e9biles, que se mor\u00edan hasta cuando estaban comiendo; que los cuatro p\u00e1rrocos de la ciudad les hab\u00edan dado una lista de enfermos y de pobres vergonzantes m\u00e1s dignos de l\u00e1stima; que hab\u00edan visitado a los enfermos, y hab\u00edan hallado a varios en estado ag\u00f3nico; que hab\u00eda religiosas muy necesitadas; que en algunas aldehuelas de los alrededores de la ciudad los lobos devoraban a las personas, pero eso no imped\u00eda que algunas personas vinieran por pan, particularmente ni\u00f1os de diez o doce a\u00f1os; y que a un p\u00e1rroco bueno y caritativo, que se hab\u00eda ofrecido a llevarles algunas limosnas, le hab\u00edan dado dinero para que los alimentara.<\/p>\n<p>En esa ciudad hab\u00eda siempre, de ordinario, unos cien enfermos y cincuenta o sesenta vergonzantes, adem\u00e1s de algunas personas de calidad muertas de hambre. Los misioneros los asistieron a todos en la forma que hemos dicho que hac\u00edan en otros sitios: daban vestidos y ropa blanca a muchos, especialmente a los enfermos, zapatos y herramientas a los que pod\u00edan trabajar, para que fueran al bosque a ganarse la vida.<\/p>\n<p>En fin, hicieron repartos ordinarios y diarios a varios centenares de otros pobres refugiados; y tanto a unos como a los otros les dieron una especie de misi\u00f3n para prepararlos a todos a hacer una buena confesi\u00f3n general, cosa que realizaron muy cristianamente.<\/p>\n<p>Los Sres. Alcalde, Regidores Municipales y Oficiales de Justicia y del Consejo de la ciudad de Pont\u00e0Mousson escribieron al Sr. Vicente en diciembre de 1640 una carta de agradecimiento por sus limosnas, y con razones acuciantes para obtener la continuaci\u00f3n de las mismas:<\/p>\n<p><em>\u00abEl temor de vernos dentro de poco privados de las limosnas que su bondad ha querido que se distribuyan a nuestros pobres nos obliga a recurrir a usted, se\u00f1or, para que haga el favor de seguir proporcion\u00e1ndoles, con tanto celo como hasta ahora, esos socorros, ya que su necesidad sigue siendo m\u00e1s aguda que nunca. Hace dos a\u00f1os que no se ha recogido la cosecha: la tropa destroz\u00f3 los trigales sin madurar; las continuas guarniciones lo han dejado todo hecho una pena; los que antes estaban bien acomodados, se ven ahora reducidos a la mendicidad. Son \u00e9stos otros tantos motivos, tan poderosos como ciertos, para conmover el afecto de su coraz\u00f3n, lleno de amor y de piedad, para que siga concediendo su benigna influencia sobre quinientos pobres, que morir\u00edan dentro de pocas horas, si, por desgracia, llegara a faltarles esa ayuda. Le suplicamos a su bondad que no soporte esos extremos, sino que nos d\u00e9 las migajas de lo que les sobra a otras ciudades; no solamente les dar\u00e1 una limosna a nuestros pobres, sino que los librar\u00e1 de las garras de la muerte y nos dejar\u00e1 a todos muy estrechamente obligados\u00bb, etc<\/em><\/p>\n<p>Por ese tiempo, uno de esos mismos Sacerdotes de la Misi\u00f3n hab\u00eda ido a la ciudad de SaintMihiel. He aqu\u00ed en qu\u00e9 t\u00e9rminos le escribi\u00f3 al Sr. Vicente en cuanto lleg\u00f3 a aquel sitio:<\/p>\n<p><em>\u00abApenas llegar, empec\u00e9 a repartir limosnas. Encontr\u00e9 tan gran cantidad de pobres que no pude darles a todos. Hay m\u00e1s de trescientos que se encuentran en suma necesidad, y otros trescientos m\u00e1s, en una situaci\u00f3n extrema. Se\u00f1or, se lo digo con toda sinceridad: hay m\u00e1s de cien que parecen esqueletos cubiertos de piel, tan horribles que, si Nuestro Se\u00f1or no me diera fuerzas, no me atrever\u00eda ni a mirarlos; tienen la piel como cuero amoratado, con la piel tan contra\u00edda, que se les ven los dientes totalmente secos y descubiertos, con los ojos y el rostro contra\u00eddo. Es la cosa m\u00e1s espantosa que puede uno imaginarse. Van buscando algunas ra\u00edces por el campo, que luego cuecen y se las comen. Recomiendo con todo inter\u00e9s estas grandes calamidades a las oraciones de nuestra Compa\u00f1\u00eda. Hay numerosas muchachas que se mueren de hambre; entre ellas hay no pocas j\u00f3venes, de las que tengo miedo que la desesperaci\u00f3n les haga caer en una miseria mayor a\u00fan que la temporal\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>En otra carta del mes de marzo del mismo a\u00f1o de 1640 le escribi\u00f3 al Sr. Vicente lo que sigue:<\/p>\n<p><em>\u00abHemos tenido en la \u00faltima distribuci\u00f3n de pan que hemos hecho, mil ciento treinta y dos pobres, sin contar a los enfermos, que son muy numerosos y a los que asistimos con el alimento y los remedios apropiados. Todos ellos rezan por sus bienhechores con tales sentimientos de gratitud, que muchos lloran de cari\u00f1o, incluso algunas personas ricas, que se han visto arruinadas. No creo que puedan perecer todas estas personas por las que se ofrecen a Dios tan frecuentes oraciones. Los se\u00f1ores de la ciudad alaban mucho estas limosnas, diciendo claramente que muchos habr\u00edan muerto sin esta ayuda, y publicando la obligaci\u00f3n que tienen con ustedes. Adjur\u00f3 un pobre suizo de su herej\u00eda luterana hace pocos d\u00edas, y despu\u00e9s de haber recibido los sacramentos muri\u00f3 muy cristianamente\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>El Sr. Vicente hab\u00eda enviado, a partir de ese mismo a\u00f1o, 1640, a uno de los m\u00e1s antiguos y principales Sacerdotes de su Compa\u00f1\u00eda a visitar a todos los misioneros ocupados en hacer los repartos en Lorena, tanto para revisar la organizaci\u00f3n y el empleo de las limosnas y de las Instrucciones, como, principalmente, para fijarse en las ciudades que ten\u00edan mayor necesidad de ayuda. He aqu\u00ed lo que ese Visitador le escribi\u00f3 desde SaintMihiel:<\/p>\n<p><em>\u00abLe puedo decir, se\u00f1or, cosas admirables de esta ciudad, que parecer\u00edan incre\u00edbles, si no las hubi\u00e9ramos visto. Adem\u00e1s de todos los mendigos, de los que le he hablado, la mayor parte de los habitantes de la ciudad, y, sobre todo, de la nobleza, sufren tanta hambre, que no se puede expresar ni imaginar. Y lo que es m\u00e1s de lamentar, es que no se atreven a pedir. Hay algunos que se deciden, pero otros preferir\u00edan morir. Y he estado hablando con personas de categor\u00eda que no hacen m\u00e1s que llorar\u00bb..<\/em><\/p>\n<p><em>\u00abHe aqu\u00ed otra cosa bien rara. Una mujer viuda, como no ten\u00eda m\u00e1s ni para ella ni para sus tres hijos, vi\u00e9ndose reducida a morir de hambre, desoll\u00f3 una culebra y la puso sobre las brasas para asarla y comerla, al no poder disponer de ninguna otra cosa; se lo hicieron notar a nuestro Cohermano que reside aqu\u00ed, y al ver aquello, pudo ponerle remedio\u00bb.<\/em><\/p>\n<p><em>\u00abNo muere ning\u00fan caballo en la ciudad de la enfermedad que sea, sin que lo arrebaten inmediatamente para comerlo; y s\u00f3lo hace tres o cuatro d\u00edas que encontraron a una mujer pidiendo limosna, con el delantal lleno de aquella carne infecta, y que daba a otros pobres a cambio de pedacitos de pan\u00bb.<\/em><\/p>\n<p><em>\u00abUna joven Se\u00f1orita ha estado durante varios d\u00edas dudando si vender lo que m\u00e1s quer\u00eda en el mundo para tener un poco de pan, y hasta ha buscado varias veces ocasi\u00f3n para ello. Sean dadas a Dios alabanza y gracias, porque no les hall\u00f3, y porque actualmente est\u00e1 fuera de peligro\u00bb.<\/em><\/p>\n<p><em>\u00abOtro caso muy de lamentar es que los sacerdotes, todos ellos gracias a Dios de vida ejemplar, sufren la misma necesidad y no tienen pan para comer, hasta el punto de que un p\u00e1rroco, que vive a media legua de la ciudad, se ha visto reducido a tirar del arado, enganchado con sus feligreses en lugar de los caballos. Se\u00f1or, \u00bfno es digno de lamentar ver a un sacerdote, a un p\u00e1rroco reducido a semejante estado? No hace falta ir a Turqu\u00eda para ver a los sacerdotes condenados a labrar la tierra, ya que ellos mismos lo hacen a nuestras puertas al verse obligados por la necesidad\u00bb.<\/em><\/p>\n<p><em>\u00abPor lo dem\u00e1s, se\u00f1or, Nuestro Se\u00f1or es tan bueno, que parece que ha distinguido a SaintMihiel con el esp\u00edritu de devoci\u00f3n y de paciencia, porque, en plena extrema indigencia de bienes temporales, sienten tal avidez por los espirituales, que en la catequesis se juntan, para escucharla, hasta dos mil personas. Eso es mucho para una poblaci\u00f3n peque\u00f1a, en la cual la mayor parte de las casas grandes est\u00e1n desiertas. Tambi\u00e9n los pobres son muy diligentes en asistir y en recibir los sacramentos. Toda la gente siente una gran estima por el misionero que est\u00e1 aqu\u00ed, el cual les instruye y los alivia; y se juzgan dichosos por haber hablado con \u00e9l. Tambi\u00e9n el misionero se ocupa con una gran caridad y mucho trabajo en su zona, y ha llegado a quedarse tan agotado por las confesiones generales y por la falta de alimento, que ha ca\u00eddo enfermo\u00bb.<\/em><\/p>\n<p><em>\u00abEstoy maravillado de c\u00f3mo con tan poco dinero como recibe de Par\u00eds ha podido hacer tantas limosnas, ya en general, ya en particular. Es ah\u00ed donde yo veo manifiestamente la bendici\u00f3n de Dios, que hace multiplicar el bien; y me he acordado de lo que dice la Sagrada Escritura acerca del man\u00e1: cada familia recog\u00eda una misma cantidad, y bastaba para todos, aunque fuera distinto el n\u00famero de personas que lo recog\u00edan. Aqu\u00ed estoy viendo una cosa parecida, porque nuestros sacerdotes que tienen m\u00e1s pobres no reparten menos y nunca les falta nada\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>Tambi\u00e9n traeremos aqu\u00ed una carta escrita al Sr. Vicente por los Sres. Lugarteniente, Preboste, Consejo y Gobernador de la misma ciudad el a\u00f1o 1543. En ella hablan en estos t\u00e9rminos:<\/p>\n<p><em>\u00abToda la corporaci\u00f3n de la ciudad de SaintMihiel y cada uno de sus miembros en particular le dan un mill\u00f3n de gracias por los cuidados y las preocupaciones que ha querido usted aceptar para su alivio, tanto con la distribuci\u00f3n de limosnas y la asistencia a los pobres enfermos y necesitados, como por haberles librado de una parte de la carga de nuestra guarnici\u00f3n. Le suplicamos muy humildemente que nos siga protegiendo y d\u00e1ndonos sus limosnas, de las que tiene m\u00e1s necesidad que nunca esta pobre y desolada ciudad. Por este medio seguramente viven en la actualidad una infinidad de personas que hubieran muerto sin \u00e9l, y si se les retira o se les acorta esta ayuda, necesariamente morir\u00e1n de hambre gran parte de los habitantes, o ir\u00e1n a otra parte buscando recursos. Todo esto sin hablar de lo que ha mandado distribuir entre los conventos, con lo que han podido subsistir en parte, y de su asistencia a otras personas vergonzantes, algunas de buena posici\u00f3n, que han recibido de los sacerdotes de usted atenci\u00f3n en las enfermedades y necesidades. Nunca podremos pedirle con suficiente insistencia que contin\u00fae concediendo su favor a tantos enfermos y necesitados, aparte de la gloria y el m\u00e9rito que alcanzar\u00e1 usted ante Dios\u00bb, etc<\/em><\/p>\n<p>Los pobres de Bar-le-Duc, tanto habitantes como refugiados, unos ochocientos m\u00e1s o menos, fueron a su vez bien asistidos en cuanto al cuerpo y en cuanto al alma.<\/p>\n<p>Eso alivi\u00f3 mucho a toda la regi\u00f3n, y particularmente a esa ciudad. En ella antes se ve\u00edan much\u00edsimos pobres, tumbados en la calle, en las encrucijadas, y ante las puertas de las iglesias y de los burgueses, que se mor\u00edan de hambre, de fr\u00edo, de enfermedad y de miserias. Uno de los Sacerdotes de la Misi\u00f3n escribi\u00f3 al Sr. Vicente el mes de febrero de 1640 que, cada vez que repart\u00eda pan, necesitaba dar ropas a veinticinco o treinta pobres, y a\u00f1adi\u00f3:<\/p>\n<p><em>\u00abDesde hace poco he vestido en total a doscientos sesenta. Pero no puedo decirle, se\u00f1or, a cu\u00e1ntos otros he vestido espiritualmente por medio de la confesi\u00f3n y de la Sagrada Comuni\u00f3n. S\u00f3lo en el espacio de un mes he podido contar m\u00e1s de ochocientos. Y espero que, durante esta cuaresma, todav\u00eda lo haremos con m\u00e1s. Todos los meses entregamos al Hospital un dobl\u00f3n y medio para los enfermos que enviamos; y, como entre ellos hay unos ochenta que est\u00e1n m\u00e1s enfermos que los dem\u00e1s, les damos potaje, carne y pan\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>El Visitador enviado por el Sr. Vicente, que pas\u00f3 por Bar el mes de julio de 1640, le escribi\u00f3 desde aquel lugar en concreto lo que sigue:<\/p>\n<p><em>\u00abEn primer lugar, todas las semanas, nuestros misioneros reparten ropa a un gran n\u00famero de pobres, especialmente camisas: recogen las viejas para hacerlas lavar y arreglar, y que sirvan para otros; o bien, las cortan en tiras para curar a los heridos y llagados\u00bb.<\/em><\/p>\n<p><em>\u00abEn segundo lugar, ellos mismos se dedican a curar aqu\u00ed a muchos enfermos de ti\u00f1a; antes hab\u00eda aqu\u00ed, habitualmente, veinticinco, y todav\u00eda quedan doce. Esta enfermedad es muy com\u00fan en toda Lorena, pues en las dem\u00e1s ciudades tambi\u00e9n hay en proporci\u00f3n, y en todas partes, gracias a Dios, son cuidados con mucha caridad y mucho esmero, de forma que todos logran curarse con cierto remedio muy eficaz que han aprendido nuestros Hermanos\u00bb.<\/em><\/p>\n<p><em>\u00abY en tercer lugar, nuestros sacerdotes de aqu\u00ed han hecho unos gastos muy considerables, pero muy \u00fatiles, para recibir a los pobres transe\u00fantes, ya que nuestros misioneros que est\u00e1n en Nancy, en Toul y en otros lugares les mandan con frecuencia grupos de pobres para que los env\u00eden a Francia, ya que esta ciudad es la puerta de Lorena, y ellos les proporcionan v\u00edveres y alg\u00fan dinero para el viaje\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>De dos Sacerdotes de la Misi\u00f3n que asist\u00edan a los pobres de BarleDuc, uno de ellos muri\u00f3 en el trabajo, y el otro qued\u00f3 gravemente enfermo. He aqu\u00ed lo que el R. P. Roussel, rector del Colegio de la Compa\u00f1\u00eda de Jes\u00fas de esa ciudad en la que ellos resid\u00edan, escribi\u00f3 al Sr. Vicente el mismo a\u00f1o de 1640 en estos t\u00e9rminos:<\/p>\n<p><em>\u00abYa conoce usted la muerte del misionero, Sr. de Montevit C. M., a quien usted hab\u00eda enviado aqu\u00ed. Sufri\u00f3 mucho en su enfermedad, que fue muy larga, y puedo decirle con toda verdad que no he visto jam\u00e1s una paciencia tan grande y tan resignada como la suya. Nunca le o\u00edmos decir una sola palabra que denotara la menor impaciencia. Todas sus conversaciones reflejaban una piedad poco com\u00fan. El m\u00e9dico nos dec\u00eda con frecuencia que nunca hab\u00eda tratado a un enfermo tan obediente y tan sencillo. Comulg\u00f3 muchas veces en su enfermedad. Adem\u00e1s de las dos veces que comulg\u00f3 bajo la forma de vi\u00e1tico. Su delirio de ocho d\u00edas completos no le impidi\u00f3 recibir la Extremaunci\u00f3n con plena conciencia, que recobr\u00f3 cuando se le administraba este sacramento, y volvi\u00f3 a perderla inmediatamente. En fin, muri\u00f3 como a m\u00ed me gustar\u00eda, y como le pido a Dios que me lo conceda\u00bb.<\/em><\/p>\n<p><em>\u00abLos dos cabildos de Bar asistieron a su entierro, as\u00ed como tambi\u00e9n los PP. Agustinos. Pero lo que m\u00e1s honr\u00f3 sus exequias fueron los seiscientos o setecientos pobres que acompa\u00f1aron su cuerpo, todos con una vela en la mano, llorando con tanta pena, como si asistiesen al funeral de su propio padre. Los pobres le demostraron de esta forma su gratitud por haber contra\u00eddo la enfermedad al curar sus males y al aliviarles en su pobreza. Siempre se le ve\u00eda con ellos, y no respiraba m\u00e1s aire que su mal olor. O\u00eda sus confesiones con tanta asiduidad por la ma\u00f1ana y despu\u00e9s de comer, que nunca pude conseguir de \u00e9l que se tomara el descanso de venir una sola vez a pasear. Lo hemos hecho enterrar junto al confesonario, donde contrajo su enfermedad y donde hizo buen acopio de los m\u00e9ritos de que ahora goza en el cielo\u00bb.<\/em><\/p>\n<p><em>\u00abDos d\u00edas antes de su muerte, cay\u00f3 enfermo un compa\u00f1ero; ahora ya est\u00e1 bien. Su enfermedad se ha debido al trabajo excesivo y a su largo trato con los pobres. El d\u00eda antes de Navidad estuvo veinticuatro horas sin comer y sin dormir, ya que no dej\u00f3 el confesonario m\u00e1s que para ir a decir misa. Sus Se\u00f1ores (Sacerdotes) son muy d\u00f3ciles y asequibles en todo, excepto cuando se les aconseja que se tomen un poco de descanso. Se imaginan que su cuerpo no es de carne, o que su vida no tiene que durar m\u00e1s que un a\u00f1o\u00bb.<\/em><\/p>\n<p><em>\u00abEn cuanto al Hermano, se trata de un joven sumamente piadoso; ha servido a los dos sacerdotes con toda la paciencia y abnegaci\u00f3n que hubieran podido desear los enfermos m\u00e1s exigentes\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>No hablaremos aqu\u00ed de las dem\u00e1s ciudades, pueblos y aldeas de Lorena, que han sido asistidos con la misma caridad por los misioneros del Sr. Vicente, a quien ante Dios se le puede llamar con raz\u00f3n y justicia, Padre de los pobres, y Nutricio y Abastecedor de esta Provincia desolada; porque resultar\u00eda demasiado prolijo y enojoso. Aduciremos solamente una carta que los Sres. Oficiales y Miembros del Consejo de Luneville le escribieron sobre este mismo tema el a\u00f1o 1642 en estos t\u00e9rminos:<\/p>\n<p><em>\u00abSe\u00f1or: Desde hace varios a\u00f1os esta pobre ciudad se est\u00e1 viendo afligida por la peste, la guerra y el hambre, que la han dejado reducida a la situaci\u00f3n extrema en que ahora se encuentra. Y en vez de consuelo, no hemos recibido m\u00e1s que rigores de nuestros acreedores, y crueldad por parte de los soldados, que nos han quitado a la fuerza el poco pan que ten\u00edamos, de forma que parec\u00eda como si el cielo no tuviera m\u00e1s que dureza con nosotros, cuando uno de los hijos de usted en Nuestro Se\u00f1or lleg\u00f3 hasta aqu\u00ed cargado de limosnas, y templ\u00f3 mucho el exceso de nuestros males, haciendo que resurgiera nuestra esperanza en la misericordia del buen Dios. Ya que nuestros pecados fueron los que provocaron su c\u00f3lera, besamos humildemente la mano del que nos castiga, y recibimos as\u00ed los efectos de su divina Dulzura con unos sentimientos extraordinarios de gratitud. Bendecimos los instrumentos de su infinita clemencia, tanto a los que nos socorren con sus limosnas tan oportunas, como a los que nos las procuran y distribuyen, y, especialmente, a usted, se\u00f1or, de quien creemos que es, despu\u00e9s de Dios, el principal autor de tan gran bien. El misionero que usted nos ha enviado podr\u00e1 decirle con menos ego\u00edsmo que nosotros que estas ayudas han sido muy bien aplicadas a este lugar, en donde hasta los principales se han visto reducidos a la mayor miseria. El ha visto nuestro desamparo, y usted ver\u00e1 delante de Dios la eterna gratitud que le debemos por habernos socorrido en esta situaci\u00f3n\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>El misionero, que llevaba el dinero a Lorena, al volver de all\u00ed, hizo notar al Sr. Vicente, y el Sr. Vicente a las Damas de la Caridad, que un gran n\u00famero de muchachas de condici\u00f3n, y otras que no dispon\u00edan de ninguna habilidad manual, ni bienes, ni parientes que las pudieran ayudar a subsistir, estaban muy expuestas a la insolencia de los oficiales de las guarniciones. Ante eso, el Sr. Vicente con las Damas se decidi\u00f3 a ordenar a aquel misionero que trajera a Par\u00eds a todas las j\u00f3venes que quisieran evitar el gran peligro en que se ve\u00edan. El misionero dio a conocer el plan en todas las ciudades por las que pasaba; se le presentaron much\u00edsimas; y despu\u00e9s de escoger a las que estaban en mayor peligro, se llev\u00f3 en varias tandas a ciento sesenta, y sus gastos los coste\u00f3 \u00e9l durante todo el camino; y no contamos a un gran n\u00famero de ni\u00f1os que, cuando llegaron a Par\u00eds, los recibieron en San L\u00e1zaro, y que, posteriormente, fueron colocados de dom\u00e9sticos. Y las muchachas, por orden del Sr. Vicente, las llevaron donde la Srta. Le Gras, que las aloj\u00f3 en su casa.<\/p>\n<p>Muchas se\u00f1oras que las fueron a ver, comunicaron la noticia a todas las familias de Par\u00eds, para que, las que necesitaban de se\u00f1oritas de compa\u00f1\u00eda, o de criadas, se dirigieran a la virtuosa Se\u00f1orita Le Gras. Y por este medio, las j\u00f3venes quedaron colocadas en servicios honestos y garantizados de las desgracias a las que hab\u00edan estado expuestas por necesidad<\/p>\n<p>Hemos visto en otro lugar que, adem\u00e1s de las j\u00f3venes y los ni\u00f1os de los que acabamos de hablar, los misioneros residentes en Lorena sol\u00edan dar recursos a muchos hombres y mujeres para salir de su tierra e ir a Francia a ganarse la vida. La mayor parte de esa pobre gente ven\u00eda en grupos a Par\u00eds. All\u00ed el Sr. Vicente los acog\u00eda y atend\u00eda, no solamente en cuanto al cuerpo, sino tambi\u00e9n en cuanto al alma. Con el fin de prepararlos para una buena confesi\u00f3n general y a vivir cristianamente, los hizo reunir en la aldea de La Chapelle, a media legua de Par\u00eds, donde hizo que les dieran una misi\u00f3n el a\u00f1o 1641. Y como el a\u00f1o siguiente tambi\u00e9n llegaron otros grupos, tambi\u00e9n a \u00e9stos les hizo dar una misi\u00f3n parecida. Y unos y otros fueron preparados para servir o para trabajar en sus oficios.<\/p>\n<p>Entre los individuos que as\u00ed quedaron protegidos, hab\u00eda uno que era hermano de un can\u00f3nigo de Verd\u00fan. El can\u00f3nigo le hab\u00eda escrito que hab\u00eda dejado la residencia de su iglesia, porque s\u00f3lo le daba pan de dolor, y que despu\u00e9s se hab\u00eda dedicado, en el momento oportuno, a cultivar la tierra para tener con qu\u00e9 vivir, pero que, finalmente, el mucho trabajo y la poca comida le hab\u00edan dejado tan d\u00e9bil, que no pod\u00eda hacer nada, ni evitar la muerte, si no recib\u00eda pronto alguna ayuda. Y conclu\u00eda su carta con estos t\u00e9rminos:<\/p>\n<p><em>\u00abDe veras; no s\u00e9 d\u00f3nde buscar ayuda, si no es donde t\u00ed, hermano m\u00edo, que tienes la dicha de haber sido recibido y favorecido por uno de los m\u00e1s santos y m\u00e1s caritativos personajes de nuestro desafortunado siglo. Por medio de t\u00ed espero esa dicha del Sr. Vicente\u00bb, etc.<\/em><\/p>\n<p>Su esperanza no fue vana: porque este caritativo Padre de los pobres hizo que le prestaran la ayuda que necesitaba para salir de aquella necesidad extrema.<\/p>\n<p>Entre toda la gente que se refugi\u00f3 en Par\u00eds hab\u00eda un gran n\u00famero de personas nobles y otras de categor\u00eda importante, incluso familias totalmente arruinadas, que, por no estar acostumbradas a ganarse la vida, y menos a\u00fan a solicitarla, no pod\u00edan subsistir de ninguna manera. El Sr. Vicente trat\u00f3 de socorrerlas, no a base de las limosnas destinadas a Lorena, que \u00e9l enviaba fielmente para tantos millares de pobres como hab\u00edan quedado all\u00ed, sino gracias a una invenci\u00f3n que Dios le inspir\u00f3, que fue asociar para ese caritativo fin, algunos se\u00f1ores y otras personas de condici\u00f3n que resid\u00edan en Par\u00eds. Los reun\u00eda una vez al mes en San L\u00e1zaro; all\u00ed cotizaban, y \u00e9l tambi\u00e9n, para reunir entre todos una cantidad suficiente para el sostenimiento de aquella nobleza pobre. Cada mes se les hac\u00eda el reparto, seg\u00fan el n\u00famero y la necesidad de las personas y de las familias. Y as\u00ed lo hicieron durante siete u ocho a\u00f1os. S\u00f3lo decimos aqu\u00ed una palabra de pasada, porque ya hemos hablado con m\u00e1s amplitud sobre esta buena obra en el Libro primero.<\/p>\n<p>Ven\u00edan, de vez en cuando, desde Lorena a Par\u00eds personas de toda condici\u00f3n, por propia iniciativa, para solicitar la ayuda del Sr. Vicente. Eso da a entender que se le consideraba como el refugio universal de aquel pobre pa\u00eds. He aqu\u00ed en que t\u00e9rminos el R. P. Fournier, rector del Colegio de la Compa\u00f1\u00eda de Jes\u00fas de Nancy, le escribi\u00f3, a prop\u00f3sito de esto, el a\u00f1o 1653:<\/p>\n<p><em>\u00abSu caridad es tan grande que todo el mundo puede recurrir a ella. Aqu\u00ed todos lo consideran como el asilo de los pobres afligidos; por eso, muchos se me presentan para que yo les dirija a usted y, por este medio, puedan experimentar los efectos de su bondad. Ah\u00ed le env\u00edo estas dos personas, cuya virtud y calidad seguramente mover\u00e1n el coraz\u00f3n de usted para asistirles con su caridad\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>Un misionero hab\u00eda hallado en Saint-Mihiel a catorce religiosas benedictinas, que hab\u00edan llegado de Rambervilliers para instalarse all\u00ed, y no pod\u00edan subsistir a causa de la extrema escasez de la regi\u00f3n. Las llev\u00f3 a Par\u00eds por consejo del Sr. Vicente y de las Damas de la Caridad, para que las atendieran all\u00ed. Y Dios ha permitido que, con el tiempo, se hayan establecido en el arrabal de Saint-Germain, y all\u00ed, desde entonces, han difundido el buen olor de su santa vida, y han llevado mucha edificaci\u00f3n, no s\u00f3lo a ese arrabal, sino tambi\u00e9n a toda la ciudad de Par\u00eds. Han tomado el nombre de Religiosas del Sant\u00edsimo Sacramento.<\/p>\n<p>En Lorena, el a\u00f1o 1643, dejaron de repartir pan, potaje y carne. El Sr. Vicente hizo volver a Par\u00eds a la mayor parte de los misioneros que hab\u00eda enviado all\u00ed, porque quedaban ya pocos enfermos, y la pobre gente, al verse un poco desembarazada de los soldados, se puso a trabajar para ganarse la vida. Pero, no por eso cesaron las limosnas; las fueron enviando durante cinco o seis a\u00f1os m\u00e1s, para alivio de los m\u00e1s desgraciados. Y el Sr. Vicente procur\u00f3 que las extendieran a casi todas las dem\u00e1s ciudades de Lorena, como Ch\u00e2teau-Salins, Dieuze, Marsal, Moyen-Vic, \u00c9pinal, Remiremont, Mirecourt, Ch\u00e2tel-sur-Moselle, Stenay y Rambervilliers. Por ese medio no s\u00f3lo se atendi\u00f3 a un gran n\u00famero de pobres vergonzantes, de burgueses arruinados y de familias nobles, que, no pudiendo hacer valer sus bienes, estaban en una situaci\u00f3n deplorable, sino que se hizo subsistir a todas las comunidades religiosas, tanto de hombres como de mujeres, a las que todos los a\u00f1os se les distribu\u00eda limosnas considerables, reguladas seg\u00fan las necesidades de las casas; porque a unas les daban trescientas o cuatrocientas libras por trimestre, y a otras quinientas o seiscientas, seg\u00fan su n\u00famero y sus necesidades. El misionero dedicado a hacer el reparto recib\u00eda de cada casa el recibo correspondiente.<\/p>\n<p>Adem\u00e1s de esas cantidades, el Sr. Vicente hizo llevar a las ciudades arruinadas unas catorce mil varas de telas de varias clases, en diversos momentos, que hac\u00eda comprar en su mayor parte en Par\u00eds, para vestir a todos los religiosos y religiosas pobres, a la nobleza pobre y a muchas personas de honrada condici\u00f3n, y a familias enteras, que s\u00f3lo dispon\u00edan de ropa destrozada. Hasta la Reina se conmovi\u00f3 tanto ante la desnudez de aquellas personas, que les envi\u00f3 todos los cortinajes y telas del funeral, despu\u00e9s de la muerte del difunto Rey. Y la Se\u00f1ora Duquesa de Aiguillon hizo lo mismo. Entregaban a las casas religiosas piezas enteras de tela, para que se hicieran h\u00e1bitos seg\u00fan sus modelos; y a algunas les proporcionaban hasta velos y zapatos: tan necesitadas estaban de todo. Adem\u00e1s, en cada viaje vest\u00edan de ordinario a unas cien personas tanto hombres y muchachos, como muchachas y mujeres. Todav\u00eda hemos de se\u00f1alar, que los repartos de v\u00edveres, de dinero y de vestidos se estuvieron haciendo durante nueve o diez a\u00f1os, no s\u00f3lo en la mayor parte de las ciudades de Lorena, como hemos dicho, sino que adem\u00e1s los extendieron durante dos a\u00f1os, por orden de la Reina y bajo la gu\u00eda del Sr. Vicente, a unas cuantas ciudades arruinadas, que hab\u00edan sido conquistadas por el Rey, como Arras, Bapaume, Hesdin, Landrecy y Gravelines. Y por todas partes el misionero dedicado al reparto, iba de una parroquia a otra, y de casa en casa, acompa\u00f1ado de los p\u00e1rrocos, o de otros eclesi\u00e1sticos nombrados por ellos, para ayudarle a repartir los vestidos y las limosnas seg\u00fan las necesidades de cada uno, para que, haci\u00e9ndolo en presencia de ellos y por su consejo, no hubiera enga\u00f1o al escoger los pobres.<\/p>\n<p>Las cantidades que el Sr. Vicente hizo distribuir en esos dos pa\u00edses de Lorena y Artois ascienden bien hasta el mill\u00f3n quinientas mil, o mill\u00f3n seiscientas mil libras. Con ellas socorri\u00f3 a las necesidades extremas de veinticinco ciudades y sus alrededores, y de un gran n\u00famero de pueblos y aldeas. Esto fue, sin duda, un efecto particular\u00edsimo de la caridad infinita de Dios, de la que el coraz\u00f3n del Sr. Vicente estaba de tal manera abrasado, que hizo sentir sus ardores en favor de aquellos pueblos desgraciados al difunto Rey y a la Reina y a otras personas de condici\u00f3n y de virtud, en especial a las Damas de la Caridad de Par\u00eds, que \u00e9l hab\u00eda asociado para aquellas grandes obras. Y todas esas caritativas personas, enardecidas por el fuego divino que animaba el coraz\u00f3n y las palabras de aquel santo Sacerdote, le encargaron de todas las limosnas para que las hiciera distribuir seg\u00fan su sabia direcci\u00f3n. El lo llev\u00f3 todo a la pr\u00e1ctica muy gustosamente por medio de los misioneros, aunque nunca quiso distribuirlas, sino con el consejo de las mismas Damas de la Caridad, que sol\u00edan reunirse con \u00e9l. Y muchas veces recib\u00eda o enviaba a quien recibiera las \u00f3rdenes de la Reina, para que todo se hiciera seg\u00fan las intenciones de los bienhechores.<\/p>\n<p>Los frutos de las limosnas fueron, como hemos visto:<\/p>\n<p>1. conservar la vida y devolver la salud a un n\u00famero casi infinito de personas enfermas, fam\u00e9licas y escu\u00e1lidas por el hambre, por el fr\u00edo, por la desnudez y por toda clase de miserias.<\/p>\n<p>2. Instruirlas y prepararlas para recibir dignamente los sacramentos, y llevar una vida humana.<\/p>\n<p>3. Asistir a los moribundos para ayudarles a bien morir.<\/p>\n<p>4. Proteger de un naufragio vergonzoso a un grand\u00edsimo n\u00famero de j\u00f3venes honradas, que la necesidad hab\u00eda reducido a extrema necesidad.<\/p>\n<p>5. Finalmente, proporcionar medios a varias Comunidades religiosas para poder guardar la clausura, los votos y las Reglas, y para mantener el servicio divino en sus casas, porque sin esas ayudas, la mayor parte se habr\u00eda visto obligada a divagar por el mundo para tratar de mantenerse, no sin gran peligro de su conciencia.<\/p>\n<p>Esto se podr\u00eda corroborar f\u00e1cilmente por sus cartas, pero ser\u00eda cansar demasiado al lector contarle todas las cosas al detalle. Lo que hemos dicho es m\u00e1s que suficiente para darle el conocimiento que podr\u00eda desear.<\/p>\n<p>Solamente a\u00f1adiremos una cosa digna de menci\u00f3n, entre muchas otras bastante extraordinarias que Dios obr\u00f3 para favorecer el transporte de todas esas grandes cantidades de dinero, tanto a Lorena como al Artois, y de una ciudad a la otra. A saber: el misionero que las ha transportado, ordinariamente llevaba sobre s\u00ed de veinticinco a treinta mil libras de oro, nunca fue asaltado, aunque pasaba por entre los soldados que andaban recorriendo todo el pa\u00eds, ni por los ladrones, con quienes se encontr\u00f3 a menudo. Alguna vez sucedi\u00f3, que formando parte de convoyes que fueron atacados y asaltados, \u00e9l siempre se vali\u00f3 de medios para escaparse. En otra ocasi\u00f3n, yendo de viaje con personas particulares, se separ\u00f3 de ellas por una orden secreta de la Providencia; inmediatamente las otras fueron robadas, y \u00e9l no tuvo ning\u00fan percance. A veces tambi\u00e9n, yendo a trav\u00e9s de un bosque lleno de ladrones y de soldados en desbandada, en cuanto los o\u00eda o los ve\u00eda, echaba a un matorral, o al barro la bolsa, que habitualmente llevaba en una alforja llena de agujeros, como hacen los mendigos, y despu\u00e9s iba donde ellos, como un hombre que no les ten\u00eda miedo. A veces le registraban, y como no le encontraban nada, le dejaban marchar sin hacerle da\u00f1o; y cuando se hab\u00edan alejado ellos, volv\u00eda sobre sus pasos para hacerse con la bolsa. Una tarde se encontr\u00f3 con unos ladrones; lo llevaron a un bosque para meterle miedo, y como no le encontraron nada de lo que ellos buscaban, le preguntaron si no pagar\u00eda cincuenta doblones por su rescate; les respondi\u00f3 que si tuviera cincuenta vidas, no las podr\u00eda rescatar ni con un \u00abgros de Lorena\u00bb (una moneda de oro); y le dejaron marchar. En otra ocasi\u00f3n, estando en campo abierto, descubri\u00f3 a unos croatas, y s\u00f3lo tuvo tiempo para deshacerse de la alforja, y cubrirla con unas hierbas, dejando un palo a tres o cuatro pasos, para que le sirviera de se\u00f1al; y por ese medio conserv\u00f3 el dinero, aunque, al volver por la noche para buscarlo, no lo pudo hallar hasta la ma\u00f1ana siguiente. En fin, Dios le dio siempre una habilidad admirable, y le favoreci\u00f3 con una protecci\u00f3n especial para no caer en manos de los ladrones, o para librarse felizmente de ellos. La Reina, admirada por todo eso, le mand\u00f3 varias veces que le fuera a contar c\u00f3mo se las arreglaba para escapar, y disfrutaba oy\u00e9ndole las estratagemas inocentes de que se val\u00eda. Pero \u00e9l siempre ha reconocido y hecho p\u00fablico, que esa protecci\u00f3n de Dios sobre su persona, era efecto de la fe y de las oraciones del Sr. Vicente.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>SOCORROS PROPORCIONADOS POR EL SR. 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