{"id":31506,"date":"2015-05-08T07:30:18","date_gmt":"2015-05-08T05:30:18","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/?p=31506"},"modified":"2016-07-26T17:21:25","modified_gmt":"2016-07-26T15:21:25","slug":"panegirico-de-san-vicente-de-paul-14-de-marzo-de-1785","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/vincentians.com\/es\/panegirico-de-san-vicente-de-paul-14-de-marzo-de-1785\/","title":{"rendered":"Paneg\u00edrico de San Vicente de Pa\u00fal (14 de marzo de 1785)"},"content":{"rendered":"<p><strong><a href=\"https:\/\/i0.wp.com\/vicencianos.org\/wp-content\/2011\/03\/San-Vicente-10.jpg\"><img data-recalc-dims=\"1\" loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"size-medium wp-image-31507 alignright\" src=\"https:\/\/i0.wp.com\/vicencianos.org\/wp-content\/2011\/03\/San-Vicente-10-268x300.jpg?resize=256%2C287\" alt=\"\" width=\"256\" height=\"287\" \/><\/a><\/strong><em>Pronunciado en presencia de Luis XVI, en Versalles, el d\u00eda 4 de marzo de 1785, por el abate Maury<\/em><\/p>\n<p>Rey Luis XVI dispuso que el orador repi\u00adtiese este discurso en su presencia.<\/p>\n<p><em>Erit vas in honorem, utile Domino, <\/em><br \/>\n<em>ad omne opus bonum paratum.<\/em><\/p>\n<p>Ser\u00e1 un vaso de honor \u00fatil al Alt\u00edsimo,<br \/>\npreparado para toda suerte de obras bue\u00adnas. (II Tim., 11.)<\/p>\n<p>SE\u00d1OR:<\/p>\n<p>Bendito sea para siempre este d\u00eda, consagrado por nues\u00adtro ministerio a la gloria inmortal del sacerdocio de Jesu\u00adcristo; este d\u00eda feliz, en el cual la piedad proverbial de Vues\u00adtra Majestad ha querido aprovecharse del elogio de uno de los m\u00e1s grandes bienhechores de la humanidad doliente, y en el que nos gloriamos de poder celebrar a un buen ciuda\u00addano en presencia de un gran Rey. Merced a los nuevos honores que entre nosotros va a recibir de la Majestad del Trono, gozara de hoy en adelante de toda su merecida ce\u00adlebridad este hombre sencillo y virtuoso, a quien la Religi\u00f3n tributa el honor de los altares, y hacia el cual un Monarca idolatrado, y por cierto digno de serlo, llama solemnemente las miradas de su siglo y de la posteridad, colocando la estatua del hijo de un labrador en el templo de la gloria nacional.<\/p>\n<p>Pero es, hermanos m\u00edos, el paneg\u00edrico de San Vicente de Pa\u00fal, o el elogio del Cristianismo en su acci\u00f3n, lo que vais a oir? La Sagrada C\u00e1tedra deber\u00e1 hoy satisfacer la obligaci\u00f3n del reconocimiento de todos los desgraciados hacia un sacerdote pobre que fue su mejor y mayor amigo. No podemos, pues, anunciaros de un golpe el sublime objeto moral que en esto se propone nuestro ministerio. Vengo a poneros delante, en la historia de un humilde ciudadano, el consolador espect\u00e1culo de todo el bien que un parti\u00adcular puede hacer a sus pr\u00f3jimos, sin otro recurso que su virtud y las bendiciones del Cielo sobre todas sus empresas. He aqu\u00ed el esp\u00edritu de esta vida santa, de la cual debo trazar la imagen.<\/p>\n<p>Llegados al t\u00e9rmino de su carrera, observar\u00e9is con miradas de admiraci\u00f3n y de ternura un medio siglo todo lleno de obras de beneficencia, el cual habr\u00e9is recorrido conmigo, y entonces podr\u00e9is medir con respetuosa sorpresa el espacio que ha llenado la caridad de un hombre.<\/p>\n<p>De esta suerte, vosotros, hermanos m\u00edos, gozar\u00e9is del bien que hizo San Vicente de Pa\u00fal, viendo aparecer vuestros ojos todas estas instituciones de caridad. Es necesario, en efecto, que, para que su alabanza sea cual merece, se parezca al alma de este grande hombre, que derramaba alrededor suyo toda clase de bienes; y que a su semejanza llene de contento todos los corazones sensibles d\u00e1ndole nueva vida en este discurso.<\/p>\n<p>Pero al comenzar el elogio del hombre m\u00e1s rico en obras de beneficencia que jam\u00e1s se haya visto en el mundo, este hombre que la mano de la Divina Providencia condujo por caminos tan extraordinarios a la gloria tan singular de ser, seg\u00fan la expresi\u00f3n del Ap\u00f3stol, \u00fatil al mismo Dios, no \u00a0ser\u00e1 dem\u00e1s el preveniros, hermanos m\u00edos, advirti\u00e9ndoos que no es a San Vicente a quien en estos momentos deben dirigirse vuestros primeros homenajes, sino a la Religi\u00f3n de Jesucristo, \u00fanica que puede levantar al hombre a tan emi\u00adnente grado de virtud. Por lo tanto, nos interesamos ante todo en su favor, convirtiendo a ella todos los afectos de amor y de reconocimiento que van a levantarse en vuestros corazones. El esp\u00edritu de esta Religi\u00f3n es lo que venimos a profundizar, no menos que a celebrar su gloria, probando, por el ejemplo de San Vicente de Pa\u00fal, que ella forma dignos ciudadanos en todos los pa\u00edses y bajo toda clase de gobiernos.<\/p>\n<p>Para concretarnos en un asunto tan vasto, no trataremos de hacer fijar vuestras miradas sobre alguna de las virtudes que han sido comunes a San Vicente y a los dem\u00e1s santos, aunque \u00e9l las haya pose\u00eddo todas en grado el m\u00e1s heroico; tampoco a los solos m\u00e9ritos que le son propios, y que le distinguen de los dem\u00e1s. Tampoco os exigimos que escuch\u00e9is con inter\u00e9s su elogio; pues todos sus rasgos son tales, que no pueden menos de impresionar los corazones verda\u00adderamente sensibles. Ni mucho menos intentamos excitar con los vanos discursos de la elocuencia, vuestra admiraci\u00f3n por \u00e9l, sino con la simple relaci\u00f3n de los hechos. S\u00f3lo ne\u00adcesitamos de vuestra confianza, y solamente debemos preveniros contra la duda que acompa\u00f1a la admiraci\u00f3n. Nada tiene que hacer el arte en semejante discurso, sino s\u00f3lo ha\u00adcer veros\u00edmil la verdad; relacionar la cadena de ciertos hechos hist\u00f3ricos con los designios del Cielo; acercar las calamidades a las instituciones de que fueron causa; siendo bas\u00adtante, para conseguir nuestro intento, que se nos escuche y se d\u00e9 entero cr\u00e9dito a nuestras palabras.<\/p>\n<p>La vida de San Vicente de Pa\u00fal ofrece, en efecto, un no interrumpido tejido de hechos tan extraordinarios, que temer\u00edais o\u00edr una ficci\u00f3n, si esta c\u00e1tedra de la verdad no garantizase al Ministro de la palabra. Aqu\u00ed es donde la admirable caridad cristiana es llevada hasta el m\u00e1s elevado grado de evidencia y de hero\u00edsmo. Acordaos bien, herma\u00adnos m\u00edos, que no os diremos nada en nuestro discurso que no haya sido garantizado por pruebas las m\u00e1s incontrasta<sup>\u00ad<\/sup>bles, y que vuestros padres vieron todo lo que vosotros vais a o\u00edr; pues el hombre que queremos daros a conocer, no vivi\u00f3 all\u00e1 en tiempos muy lejanos ni en pa\u00edses extranjeros, sino en medio del \u00faltimo siglo, en el seno de la capi\u00adtal de este Imperio, que es todav\u00eda, \u00a1y ojal\u00e1 lo sea para siempre! el teatro principal de sus obras de beneficencia. Y San Vicente ha sido tal, que esta solemnidad, bien puede decirse, no es la fiesta particular de un habitante del Cielo, sino la fiesta universal de la Providencia misma, manifestada por los m\u00e1s claros prodigios, y, por decirlo as\u00ed, imitada por los m\u00e1s \u00fatiles monumentos.<\/p>\n<p>Deteng\u00e1monos pues a considerarle bajo este doble aspecto, tan admirablemente glorioso para un simple mortal. Veremos con igual admiraci\u00f3n en Vicente de Pa\u00fal: la obra de la Providencia, primera parte; el instrumento de la Providencia, segunda parte. <em>Erit vas in honorem, utile Domino,<\/em> <em>ad omne opus bonum paratum. <\/em>Imploremos la asistencia del Esp\u00edritu Santo, por medio de la intercesi\u00f3n de la Sant\u00edsima Virgen. <em>Ave Mar<\/em><em>\u00ed<\/em><em>a.<\/em><\/p>\n<h2><strong>Primera parte<\/strong><\/h2>\n<p>Recorriendo la vida de San Vicente de Pa\u00fal, me parece hermanos m\u00edos, descorrerse, de momento en momento, como por grados, el velo con que la Providencia oculta los designios que tiene sobre sus escogidos. Seguid, pues, con atenci\u00f3n esta r\u00e1pida mirada sobre los sucesos que ella ha tan milagrosamente preparado, y su acci\u00f3n os parecer\u00e1 visible y palpable.<\/p>\n<p>Mirad primero c\u00f3mo nace este hombre a quien llamaba para grandes cosas; miradle nacer, hacia mediados del siglo diez y seis, en el obscuro lugar de Puy, en el centro de las landas de Burdeos, en la choza de un pobre campe\u00adsino, del que es el sexto hijo, de un trabajador, que, para servirnos de la expresi\u00f3n de un escritor antiguo, traer\u00e1 un d\u00eda su nombre de su hijo, as\u00ed como los otros hijos lo traen de sus padres, y que le ocupa en su m\u00e1s tierna edad, como en otro tiempo a David, en la guarda de reba\u00f1os.<\/p>\n<p>\u00a1Qu\u00e9 preludios, hermanos m\u00edos! \u00a1De qu\u00e9 otra manera mejor hubiera podido manifest\u00e1rsenos en la primera p\u00e1gina de su historia la mano de la Divina Providencia para hacer brillar m\u00e1s sus prodigios! Por lo com\u00fan esta grosera educaci\u00f3n, o mejor dicho, esta absoluta carencia de toda educaci\u00f3n, parece se\u00f1alar, sin la menor duda, los destinos de un pobre operario que debe vivir con el trabajo de sus manos y morir en la obscuridad.<\/p>\n<p>Pues c\u00f3mo le introducir\u00e1 la Providencia de una manera insensible en sus caminos? S\u00f3lo por las virtudes de su estado, m\u00e1s propias de su edad, y la bondad de coraz\u00f3n con que este nuevo zagal atrae hacia s\u00ed las miradas de su familia. Por una vocaci\u00f3n anticipada y ostensible, hermanos m\u00edos, es como este pobre ni\u00f1o se manifiesta ya tan misericordioso, que no duda experimentar voluntariamente el ri\u00adgor del hambre para remediar la de los pobres que encuentr\u00ada, y a los cuales distribuye su pan cuotidiano en medio de los campos. Al encontrarle repetidas veces su padre ejerci\u00adtando tan prematura caridad, prev\u00e9 que su hijo tendr\u00e1 entra\u00f1as de misericordia, e infiere que tan caritativos senti\u00admientos no pueden ser sino efecto de la gracia de Dios, que quiere hacerle pastor de almas. Obedece presto a la Providencia, que parece, con estos sucesos, explicar sus desig\u00adnios, y entonces, llev\u00e1ndole por un camino por donde no hab\u00eda llevado a los otros hijos, crey\u00f3 que a \u00e9ste deb\u00eda distinguirle con la gracia de la educaci\u00f3n.<\/p>\n<p>As\u00ed es como San Vicente entr\u00f3 en la carrera eclesi\u00e1stica por el ejercicio anticipado de las obras de caridad, que son la deuda, no menos que la gloria, de nuestro ministerio. Dios, impaciente ya, por decirlo as\u00ed, de tener un tal Minis\u00adtro, bendice en seguida su vocaci\u00f3n, de la que \u00e9ste hab\u00eda dado las muestras, y recoge en sus im\u00e1genes vivientes las primicias de tan santo destino. Los adelantos de este zagal, que hab\u00eda aprendido a leer a fines de su tercer lus\u00adtro, son tan r\u00e1pidos, que a los veinticinco a\u00f1os de edad se le juzga digno de la unci\u00f3n sacerdotal, para pastor del pueblo santo, como si no hubiese perdido en la guarda del ganado de su padre la mitad de sus primeros a\u00f1os. <em>Tullit <\/em><em>me de ovibus patris mei, et unxit me pascere gregem <\/em><em>populi, <\/em>(Reg., IX)<\/p>\n<p>Pero \u00bfcu\u00e1l ser\u00e1 la influencia del Cielo que va a ejercer sobre su naci\u00f3n y sobre su siglo este joven sacerdote, que no parece sino que s\u00f3lo est\u00e1 destinado a ocupar su vida y terminar sus d\u00edas a doscientas leguas de la capital de Francia, dedicado a las m\u00e1s humildes funciones del ministerio pastoral? Ya la opini\u00f3n misma que de su virtud se va extendiendo, parece que le quiere desviar de sus destinos. Vicente de Pa\u00fal es entonces nombrado por su Obispo Cura del rico curato del Thil, en la Di\u00f3cesis de Dax; pero felizmente sucede que se le disputa su posesi\u00f3n delante de los Tribunales, y la delicadeza de su conciencia no le permite asegurarse de un beneficio por medio de un proceso. Renunci\u00f3, pues, persuadido de que la Providencia no le llamaba a \u00e9l, puesto que le suscitaba un competidor. Y en efecto, no se equivoc\u00f3; pues Vos, \u00a1oh Dios m\u00edo! ten\u00edais sobre \u00e9l designios muy diferentes. Yo os doy gracias, Se\u00f1or, en nombre de la humanidad entera, por haber apartado sus primeros pasos de un retiro en que su humildad le habr\u00eda sepultado para siempre.<\/p>\n<p>Este favor de lo Alto no fue concedido para \u00e9l, sino su siglo, hermanos m\u00edos; y Dios no le aparta de una tierra de olvido, que hubiera sido muy cara a su coraz\u00f3n, sino para ponerle inmediatamente a la prueba la m\u00e1s terrible. Vicente de Pa\u00fal, oyendo la s\u00faplica de sus pobres padres, parte de la Guyena para ir a recoger en Provenza una pobre sucesi\u00f3n de familia; y en su vuelta de Marsella por Narbona, cae en manos de un pirata, que le conduce esclavo a T\u00fanez. Vendido por tres veces en el mercado p\u00fablico a hombres que \u00e9l mismo llamaba con sentimiento <em>enemigos de <\/em><em>naturaleza humana, <\/em>condenado sucesivamente a los m\u00e1s duros trabajos y a los m\u00e1s b\u00e1rbaros tratamientos, pasa tres a\u00f1os enteros en tan dura esclavitud, sin prever el t\u00e9rmino de ella, sin ser conocido de persona alguna, sin que se supiese por su propia familia lo que le hubiese sucedido. Dios parece que le hab\u00eda dejado olvidado entre las abrasadoras arenas del \u00c1frica; pero este aparente sue\u00f1o de la Providen\u00adcia va a terminar bien pronto. Envi\u00e1ndole a esta escuela tan ruda de la adversidad, el Cielo tiene sus miras, que se manifestar\u00e1n adelante. Cuando el Eterno se digne aliarse, por decirlo as\u00ed, con el tiempo para madurar y desenvolver sus adorables designios, ser\u00e1 necesario que nosotros, mortales impacientes e ignorantes, aguardemos hasta el momento en que \u00c9l pase a obrar, para comprenderle, y m\u00e1s a\u00fan para osar juzgarle.<\/p>\n<p>\u00bfCu\u00e1l ser\u00e1 el libertador que la mano del Omnipotente suscitar\u00e1 para romper sus cadenas? \u00a1Libertadores, hermanos \u00a0m\u00edos! No hay otros para \u00e9l que el ascendiente de su virtud \u00a0y el m\u00f3vil secreto de la Providencia. El \u00faltimo de sus amos, \u00a0y el m\u00e1s cruel de todos, es un ap\u00f3stata que detesta la Religi\u00f3n de Jesucristo, de que vilmente ha renegado. La paciencia de Vicente de Pa\u00fal, su mansedumbre, su resignaci\u00f3n, \u00a0su ardor por el trabajo, que endulza con continuas oraciones, suavizan poco a poco aquel coraz\u00f3n duro. Conversa frecuentemente con su esclavo, que, por sus virtudes, le cambia pronto en un hombre digno de derramar l\u00e1grimas, y por su instrucci\u00f3n, en un cristiano capaz de los m\u00e1s heroicos sacrificios. La verdad, que Vicente de Pa\u00fal sabe hacerle amable y sensible, esclarece y turba su conciencia. Este hombre, antes tan hosco y bravo, se hace poco a poco tratable, y tan d\u00f3cil a la voz del nuevo Ap\u00f3stol, cargado de sus cade\u00adnas, y se aficiona tanto a \u00e9l, que no s\u00f3lo consiente en darle libertad, sino \u00a1cosa incre\u00edble! en seguirle y escaparse con \u00e9l. Parten de noche sobre su d\u00e9bil esquife, puestos a merced de las olas, sin br\u00fajula y sin piloto, bajo la protecci\u00f3n de la Providencia paternal, que Salviano llama <em>el gran piloto del Universo; <\/em>y as\u00ed atraviesan el Mediterr\u00e1neo, llegando felizmente a Aguas Muertas. \u00a1Ciertamente ella es, Dios m\u00edo! \u2014 podemos decir a la letra aqu\u00ed con Salom\u00f3n; \u2014 s\u00f3lo vuestra Providencia gobierna esta barquilla en su camino y abre a Vicente de Pa\u00fal, privado de los socorros del arte, un camino en medio de los mares. <em>Tua pater, <\/em><em>Providentia gubernat , quoniam dedisti et&#8230; in mari viam <\/em><em>etiam si sine arte adeat&#8230; mare. <\/em>(Sap., XIV, 3.)<\/p>\n<p>Apenas desembarcado sobre las costas de Francia, Vicente de Pa\u00fal, impaciente por socorrer a sus hermanos que ha dejado en las mazmorras de T\u00fanez y de Argel, mira alrededor suyo buscando protecci\u00f3n, y se dirige por fin a la persona m\u00e1s poderosa de la comarca; anda a exponer sus males al Legado, de Avi\u00f1\u00f3n y lamenta la causa de sus infortunios de una manera tan conmovedora y elocuente que el Prelado Montorio se interesa por \u00e9l con gran empe\u00f1o. Aqu\u00ed es donde, hermanos m\u00edos, donde se renueva esta cadena de la Providencia, que parec\u00eda haber\u00a0 roto la gracia. <em>Mis pensamientos no son como vuestros pensamientos<\/em>, dijo el Eterno a los mortales, que, temerarios, quieren sondear la profundidad de sus caminos. Vicente de Pa\u00fal no buscaba en Montorio sino protecci\u00f3n para sus compa\u00f1eros de cautividad; y, sin embargo, encuentra en \u00e9l un protector que se le adhiere y le lleva a Roma, y habla de \u00e9l con tanto entusiasmo en esta capital de las naciones, que el Embajador de Enrique IV, el mejor de los hombres grandes, quiere verle y tenerle en su compa\u00f1\u00eda. El Cardenal de Ossat, tan profundo en el arte de conocer a los hombres, del cual dec\u00eda el Papa Sixto V que <em>para escapar de su saga\u00ad<\/em><em>cidad era necesario, no s<\/em><em>\u00f3<\/em><em>lo abstenerse de hablar en su presencia<\/em><em>, sino aun de pensar, <\/em>este Cardenal, pues, juzga luego al joven Sacerdote franc\u00e9s digno de su confianza m\u00e1s \u00ednti\u00adma, le asocia a sus negociaciones, le vuelve a su patria y le encarga una importante comisi\u00f3n cerca del buen Rey. Enrique <em>el Grande, <\/em>despu\u00e9s de haber conversado varias veces con Vicente de Pa\u00fal, concibi\u00f3 grande estima por \u00e9l, hasta el punto de declarar a la Corte la resoluci\u00f3n que ten\u00eda de elevarle al Episcopado, cuando el m\u00e1s execrable de los parrici\u00addas hizo hu\u00e9rfanos a nuestros padres e hizo derramar a toda la Francia torrentes de l\u00e1grimas, que no ha podido secar el transcurso de cerca de dos siglos.<\/p>\n<p>He aqu\u00ed, hermanos m\u00edos, a Vicente de Pa\u00fal, despu\u00e9s de tan lamentable desastre, en medio de la capital, sin apoyo de la nueva corte, sin bienes, sin padres, abandonado a la Providencia sola, que se lo reserva enteramente para la ejecuc\u00adi\u00f3n de sus designios. Mas, lejos de recurrir hacia sus primeros resplandores de prosperidad, que habr\u00edan podido tentar su ambici\u00f3n y enga\u00f1ar su inexperiencia, se esmera \u00a0en apartarse del camino por donde le quer\u00eda llevar la fortuna, para seguir gustoso caminos m\u00e1s obscuros, y se entrega al servicio de los pobres en el nuevo hospital de la Caridad. All\u00ed es donde la Providencia le prepara entre sus enfermos, mediadores y apoyos. Los instruye, los guarda, les consuela de sus males, ya que no puede socorrerles, les asiste sin descanso con el celo de un hombre que se compadece y que, viendo padecer a sus semejantes, participa de sus angustias, y siente la virtuosa necesidad de consolarles para endulzar los padecimientos de su mismo coraz\u00f3n. Aquellos desgraciados, enternecidos por los cuidados paternales que todos los d\u00edas les prodigaba, no sab\u00edan c\u00f3mo manifestarle su agradecimiento. El Cardenal B\u00e9rulle, llevado de su piedad, y m\u00e1s a\u00fan por la Providencia misma, fue un d\u00eda a visitarlos. Al presentarse este personaje en medio de ellos, como el \u00e1ngel de la caridad, se levanta de todos los lechos de dolor un concierto de bendiciones que le re\u00adcomiendan este Sacerdote misericordioso y caritativo. El Cardenal, sobrecogido de un vivo respeto hacia este hombre virtuoso, que se humilla y quiere ocultarse para sus\u00adtraerse a tan imprevistos homenajes, recibe los votos de aquellos pobres enfermos y se encarga de satisfacer su deuda; y al d\u00eda siguiente, de Capell\u00e1n del hospital, Vicente de Pa\u00fal pas\u00f3 a ser Capell\u00e1n limosnero de la Reina Margarita de Valois, que adem\u00e1s le dio el nombramiento de la abad\u00eda de Chaume.<\/p>\n<p>\u00a1Oh, Dios m\u00edo! yo no desesperar\u00e9 de sus destinos en la desgracia, que eleva al alma, cuando no consigue envilecerla; pero vuestra Providencia parece apartarse de \u00e9l en la prosperidad, prueba no menos terrible para la juventud que dif\u00edcil a la misma virtud s\u00f3lida. Si no le anima otro deseo que la ambici\u00f3n, podr\u00e1, sin duda, alimentar en adelante su ociosidad con el pan del Santuario. \u00bfQu\u00e9 se puede esperar, en efecto, para la Iglesia de Jesucristo y para la sociedad de un esclavo, elevado tan bruscamente por la carrera de la fortuna? \u00bfQu\u00e9 se puede esperar, hermanos m\u00edos? Que se vuelva pobre. Pues esto es lo que quiere la Providencia, que parece teme exponerle a muchos peligros, \u00a0dej\u00e1ndole por largo tiempo abundar en riquezas, mientras que labra sus virtudes en el silencio, y su divina voluntad se va cumpliendo por momentos.<\/p>\n<p>Vicente de Pa\u00fal, que ha sabido soportar con \u00e1nimo m\u00e1s arduos reveses, no puede aguantar una ociosa opulencia; as\u00ed que cede voluntariamente su cargo y su abad\u00eda. \u00bfY quer\u00e9is conocer cu\u00e1l fue el motivo de estos dos sacrificios? Hab\u00eda o\u00eddo decir al Cardenal B\u00e9rulle que la Parroquia de Chatill\u00f3n era tan pobre que, despu\u00e9s de haber sido renunciada sucesivamente por tres titulares durante un mismo a\u00f1o, no pod\u00eda ya encontrarse quien se encargara de su Cura pastoral. Este era suficiente motivo para hacersela desear, y, en efecto, esta Parroquia tan pobre y abandonada es la que \u00e9l pide y prefiere a todas las m\u00e1s ping\u00fces. No teme que se le niegue su posesi\u00f3n por alg\u00fan proceso, pues seguramente no habr\u00e1 para ella \u00e1vidos competidores que se la disputen. La Providencia, que le hab\u00eda formado \u00a0sin darse \u00e9l cuenta, quiere mostrarle de cerca la miseria que domina en el campo, la influencia de los buenos pastores, los infortunios y los abusos, que debe remediar un d\u00eda; a\u00fan no est\u00e1 completamente maduro, seg\u00fan la voluntad del Alt\u00edsimo, para cumplir sus vastos designios; entretanto \u00a0\u00e9l tiene por conveniente huir y ocultarse en la humildad de sus virtudes; mas, cuando llegue el momento destinado en el Cielo, mis designios se cumplir\u00e1n\u2014dice el Eterno\u2014y mi voluntad se ejecutar\u00e1 en toda su extensi\u00f3n. <em>Consilium meum <\/em><em>et omnis voluntas mea fiet. <\/em>(Isai., XLVI, 1\u00ba).<\/p>\n<p>Apenas se hab\u00edan pasado seis meses desde que Vicente de Pa\u00fal ejerc\u00eda el ministerio parroquial en Chatill\u00f3n con un ardor y suceso prodigiosos, que ya hab\u00eda ganado la confianza de los pobres por los socorros que hab\u00eda conseguido en favor de la indigencia; la confianza de los ricos por su amor ilustrado, constante y discreto del bien, que gana al ministerio pastoral las almas caritativas; hab\u00eda regenerado las buenas costumbres entre su reba\u00f1o, terminado 42 procesos, alejado las discordias de los t\u00e9rminos de su Parroquia; \u00a0finalmente, hab\u00eda instituido en provecho de todas las clases \u00a0necesitadas los felices ensayos de las obras de caridad que veremos fundarse m\u00e1s adelante. As\u00ed se forma para \u00a0las grandes empresas de beneficencia, observando con su mirada llena de celo las necesidades de los pobres, los abusos de la caridad falsa y los recursos del ministerio pastoral. As\u00ed muestra a la Dombe admirada, para usar aqu\u00ed de sus mismos t\u00e9rminos, <em>c<\/em><em>\u00f3<\/em><em>mo un buen Sacerdote es <\/em><em>una gran cosa. <\/em>\u00c9l goza ya del bien que ha hecho y del bien que medita. Espera vivir y morir en el ejercicio de estos ministerios, tanto m\u00e1s queridos de su esp\u00edritu cuanto m\u00e1s desea encontrarse cerca de los desgraciados; en fin, dej\u00f3 una idea tan elevada de su santidad, que ya desde entonces sus parroquianos predec\u00edan un\u00e1nimemente su futura canonizaci\u00f3n, seg\u00fan han asegurado jur\u00eddicamente en su declaraci\u00f3n preliminar, al incoar su causa.<\/p>\n<p>De pronto la autoridad para \u00e9l sagrada del Cardenal B\u00e9rulle, que se desenvuelve con la m\u00e1s constante perseve\u00adrancia, o mejor diremos, los decretos del Cielo, de los cuales se dice \u00e9l formalmente int\u00e9rprete y que se descu\u00adbren de una manera casi insensible, arrancan a Vicente de Pa\u00fal de las l\u00e1grimas de sus ovejas queridas, separ\u00e1ndole de su ministerio p\u00fablico para consagrarle, no obstante su repugnancia e inquietudes, a la educaci\u00f3n de los hijos del Marqu\u00e9s de Gondi, General de las galeras. <em>\u00a1<\/em><em>General de las <\/em><em>galeras! <\/em>Insisto sobre esta palabra, pues la providencia tiene sus destinos.<\/p>\n<p>Vicente de Pa\u00fal presidi\u00f3 la educaci\u00f3n del famoso Carde\u00adnal de Retz, que tan tarde se supo aprovechar de las lecciones y ejemplos de tal maestro. Mas cuando el disc\u00edpulo llegue a sentarse, aun siendo joven, en la sede de Par\u00eds, os explicar\u00e1 el secreto de Dios, autorizando durante su episcopado todos los establecimientos de Vicente de Pa\u00fal.<\/p>\n<p>No temamos, pues, hermanos m\u00edos, que al aceptar Vicente un empleo que el destino de sus disc\u00edpulos hace tan importante a la Iglesia, se aparte de su camino. Tambi\u00e9n ahora la constante vigilancia de su caridad le descubre medios de hacer bien y de ejercitar su celo. Pas\u00f3 con 4ua disc\u00edpulos durante la mayor parte del a\u00f1o en el castillo de Montmirel. All\u00ed, los recuerdos de su infancia le inspiran, como al buen profeta Am\u00f3s; le inspiran una oculta tenden\u00adcia a ense\u00f1ar la Religi\u00f3n, \u00fanica moral del pueblo, a los habi\u00adtantes del campo, de cuyas fatigas hab\u00eda participado durante la primera \u00e9poca de su existencia. Le era, sin duda, muy na\u00adtural convertirse en ap\u00f3stol de sus hermanos; y su coraz\u00f3n se encontraba entre ellos como en familia. Desde luego con\u00adsagra a su instrucci\u00f3n todos los momentos que puede qui\u00adtar al sue\u00f1o. Anda con ellos los largos surcos que el arado va haciendo para no apartarlos de su trabajo, siendo \u00e9sta la escuela experimental de su elocuencia apost\u00f3lica, por medio de la cual le veremos dominar la capital del reino. As\u00ed es como, d\u00f3cil a las inspiraciones del Cielo, Vicente de Pa\u00fal, guiado en todos sus pasos por el \u00e1ngel de la Provi\u00addencia, el cual no le descubrir\u00e1 su secreto, como al joven Tob\u00edas, hasta que se hayan cumplido los designios de Dios, entra en la carrera de las misiones, nuevo g\u00e9nero de bien en que la Providencia quiere formarle, y que bien pronto adquirir\u00e1 un sorprendente y saludable desarrollo, gracias a su ejemplo y a sus instituciones admirables.<\/p>\n<p>Mas ya sea porque su humildad le alarme, por la venera\u00adci\u00f3n que le profesa aquella ilustre familia, ya sea porque el ardiente celo que le devora se encuentra demasiado restrin\u00adgido dentro de las paredes de aquella casa, ya sea que le espante la prodigiosa fortuna que le parece aguardar, ya sea, en fin, <em>que <\/em><em>\u00e9<\/em><em>l ceda a los movimientos que le inspiran los profundos pensamientos<\/em><em> bajados del Cielo<\/em>, seg\u00fan expresi\u00f3n \u00adde Bossuet, para huir de los grandes, de que cree no recibe sino disgustos, huye del resplandor de sus virtudes, huye del peligro que presentan las riquezas, y huye tan lejos que su renombre no podr\u00e1 seguirle.<\/p>\n<p>M\u00e1s \u00bfcu\u00e1l es el retiro que va a elegir? Durante los tres a\u00f1os que acaba de pasar en la casa del General de las galeras, Vicente de Pa\u00fal visitaba frecuentemente en la capital los infelices condenados a las cadenas, que la Providencia parec\u00eda haberle aproximado para pon\u00e9rselos al alcance de su celo. Su vista le ha conmovido tan profundamente, que no puede tener oculta su compasi\u00f3n; parte, pues, sin comu\u00adnicar su designio, para ir a misionar a las chusmas de galeo\u00adtes de Marsella. Sabemos de \u00e9l mismo, hermanos m\u00edos, que, para mover a aquellos hombres endurecidos en el vicio, besaba sus cadenas, les asist\u00eda en todas sus necesidades, y que a fuerza de mansedumbre, de ternura y de caridad, <em>lleg<\/em><em>\u00f3<\/em><em> bien pronto, <\/em>seg\u00fan el testimonio aut\u00e9ntico del se\u00f1or Obispo de Marsella, a <em>hacer, de aquella madriguera <\/em><em>de <\/em><em>todos los vicios, un templo donde no se o<\/em><em>\u00ed<\/em><em>an m<\/em><em>\u00e1<\/em><em>s que las ala\u00ad<\/em><em>banzas de Dios, salidas de aquellas bocas, antes dedicadas a <\/em><em>la blasfemia<\/em>.<\/p>\n<p>Sin embargo, entre aquellos forzados que somete de co\u00adraz\u00f3n a la Providencia, se encuentra uno que por su deses\u00adperaci\u00f3n se resiste. Es un hombre joven, condenado por las leyes fiscales a tres a\u00f1os de prisi\u00f3n en las galeras, in\u00adconsolable por la miseria en que deja a su mujer e idolatra\u00addos hijos. Vicente de Pa\u00fal, no pudiendo enjugar sus l\u00e1gri\u00admas, quiere romper sus cadenas, y aprovech\u00e1ndose de la obscuridad en que se ha ocultado para ejercitar toda su ai diente caridad, solicita y obtiene la libertad de aquel infortunado por un medio que la imaginaci\u00f3n no osar\u00eda sospe\u00adchar; y a ejemplo del ilustre Obispo de Nola, San Paulino, que por romper las cadenas de un esclavo de \u00c1frica se reduce voluntariamente a la esclavitud, Vicente de Pa\u00fal se pone en el lugar de aquel joven forzado.<\/p>\n<p>El hero\u00edsmo de la virtud, hermanos m\u00edos, tiene algo de inveros\u00edmil, sobre todo para nosotros, que no vivimos en aquellos tiempos de santidad tan heroica, en que tan supl\u00ed mes sacrificios eran muy comunes en nuestra santa Religi\u00f3n, fundada sobre un rasgo parecido del divino Redentor, que se hizo hombre para rescatar al g\u00e9nero humano. Santa y verdaderamente fraterna caridad de los primeros tiem\u00adpos del Cristianismo, \u00bfen qu\u00e9 te has convertido? \u00a0Conoce\u00admos a muchos entre vosotros, \u2014 dec\u00eda el Papa San Cle\u00admente; \u2014 s\u00ed, conocemos a muchos, que se han ofrecido y puesto en cautividad por desatar las cadenas de sus her\u00admanos, y que se han condenado a la esclavitud para sustentarlos con el precio de su libertad: <em>Multos inter vos <\/em><em>cognovimus qui se ipsos in vincula conjecerunt, ut alios re\u00addimerent. Multi se ipsos in servitutem dederunt, ut, accepto precio sui, alios cibarent\u00bb. <\/em>Vicente de Pa\u00fal hab\u00eda sido re\u00adservado para recibir de Dios, en estos \u00faltimos tiempos, tina de esas almas primitivas, escapadas de los primeros siglos de la Religi\u00f3n cristiana. Nuestro abyecto ego\u00edsmo, admirado de un arranque de tan elevada caridad, no en\u00adcontrando ya en el secreto de nuestro coraz\u00f3n el persua\u00adsivo testimonio de una emulaci\u00f3n tan generosa, no estima ya bastante a los hombres, ni nos deja tampoco estimarnos a nosotros mismos cual se merece, para elevarnos en nuestros d\u00edas a la persuasi\u00f3n de semejante sacrificio. Los sacrificios de un grande car\u00e1cter nos humillan demasiado para poderlos conciliar con la idea que tenemos tan estre\u00adcha de la virtud, que no es sino la vergonzosa medida de nuestros sentimientos.<\/p>\n<p>Mas la prueba de este hecho tan extraordinario, del cual o debemos juzgar, sobre todo, seg\u00fan nuestras actuales leyes de polic\u00eda, la prueba de este hecho aut\u00e9ntico, sin el cual bien pronto ver\u00e9is que toda la vida de Vicente de Pa\u00fal ser\u00eda inexplicable, esta prueba es discutida y tratada en el proceso de su canonizaci\u00f3n. Y no es durante el entusiasmo de la juventud, sino a sus cuarenta a\u00f1os, cuando Vicente de de Pa\u00fal se baj\u00f3 a este sublime exceso de humildad y de caridad en favor del m\u00e1s abyecto de sus hermanos. \u00a1Vedle, pues, cat\u00f3licos, confundido con los forzados, cargado de ca\u00addenas, agarrando el remo con una mano, bajo la humi\u00adllante apariencia de una v\u00edctima de las leyes, pero v\u00edctima voluntaria de la caridad! \u00a1Cu\u00e1n grande, cu\u00e1n augusto es en su misma humillaci\u00f3n! \u00a1Oh, Dios m\u00edo! \u00a1Contemplad desde lo alto del Cielo este espect\u00e1culo digno de vuestras miradas; y que todos los coros de los \u00c1ngeles os bendigan en este momento, por tener, entre los tesoros de vuestra misericordia, recompensas eternas para pagar tan gran sacrificio! Honrados hierros, sagrados trofeos de la caridad, \u00a1l\u00e1stima que no est\u00e9is suspendidos en las b\u00f3vedas de este santo templo, como uno de los mejores monumentos de la gloria del Cristianismo; pues adornar\u00edais dignamente los alta\u00adres dedicados a Vicente de Pa\u00fal, recordando a la sociedad los ciudadanos que le da la Religi\u00f3n de Jesucristo; y la vista de estas cadenas, justamente reverenciadas como un objeto de culto p\u00fablico, animar\u00eda de siglo en siglo a nuestro minis\u00adterio a formar otros semejantes!<\/p>\n<p>\u00bfPuede a\u00f1adirse alguna cosa a esta acci\u00f3n tan grande? S\u00ed, hermanos m\u00edos, es el cuidado tan exquisito que tuvo durante su vida de ocultarla a los que le trataban. Jam\u00e1s este hombre, cuyas dolencias atestiguaban hasta su muerte este heroico y doloroso ofrecimiento; jam\u00e1s este hombre que sin cesar repet\u00eda, en la corte de los Reyes, que era hijo de un pobre labrador y que hab\u00eda guardado ovejas du\u00adrante su infancia; jam\u00e1s habl\u00f3 de tan excelente acto de su vida, que, sin embargo, no se atreve a negar. No respond\u00eda sino por una dulce sonrisa, y los ojos humildemente inclinados, cuando se le tra\u00eda a su memoria este recuerdo, reflej\u00e1ndose en su rostro la alegr\u00eda involuntaria que se escapaba a su esp\u00edritu con el solo nombre de forzados. En un primer desahogo de su coraz\u00f3n, hab\u00eda confiado viste secreto por escrito a un amigo suyo. Supo en su anciani\u00addad que se conservaba su carta. Desde aquel momento hizo lo indecible para recobrarla. Seguramente no hubiera podido tomar m\u00e1s precauciones para ocultar el mayor de los cr\u00edmenes. La persona de confianza que escrib\u00eda lo que \u00e9l dictaba, hizo felizmente in\u00fatiles sus instancias, a\u00f1adiendo: <em>si la carta que os pide contiene alguna alabanza acerca de <\/em><em>\u00e9<\/em><em>l<\/em><em>, guardaos de remit<\/em><em>\u00ed<\/em><em>rsela, pues la quemar<\/em><em>\u00ed<\/em><em>a. <\/em>As\u00ed es como ha sido necesario casi siempre salvar su gloria de su hu\u00admildad, siempre inflexible, que se esforzaba en abismarle en el anonadamiento.<\/p>\n<h2><strong>Segunda parte<\/strong><\/h2>\n<p>Publicado este sacrificio tan heroico, Vicente de Pa\u00fal deja a Marsella, y muy contento por encontrar un refugio contra la p\u00fablica admiraci\u00f3n que le persigue, este humilde h\u00e9roe del Cristianismo corre a ocultarse gozoso y a dete\u00adner su importuna reputaci\u00f3n en la obscuridad del curato de Clichy. \u00bfD\u00f3nde vas a esconderte, h\u00e9roe sublime, hu\u00adyendo de la Providencia? Vedle, hermanos m\u00edos, apar\u00adtarse del sendero al cual el Cielo le llama; pero Dios, que sigue sus pasos, le volver\u00e1 pronto a su camino. El General Gondi, instruido de cuanto hab\u00eda pasado en las galeras y de su hu\u00edda, se apresura a informar de ello al Rey; y Luis XIII, para dar m\u00e1s realce al triunfo de Vicente de Pa\u00fal en el mismo lugar de su humillaci\u00f3n, le nombra Capell\u00e1n general de las galeras. El Superior General de su Congregaci\u00f3n goza todav\u00eda de este t\u00edtulo, de esta dignidad, como la m\u00e1s preciosa herencia de su gloria. Hay en esta recompensa no s\u00e9 qu\u00e9 de antiguo y de grande que eleva el alma y la penetra de ternura.<\/p>\n<p>Pero Vicente de Pa\u00fal \u00bfse limitar\u00e1 a los solos ministerios de este puesto, que ciertamente ha merecido bien? No, hermanos m\u00edos, esto no bastar\u00eda para la actividad de su celo. La Providencia tiene sobre \u00e9l otras miras, y se apresura a abrir una nueva carrera al genio de la caridad, que se manifiesta en \u00e9l con tanto brillo, por la imprevista donaci\u00f3n que le atrae su elevada nombrad\u00eda, de la rica casa de San L\u00e1zaro, donaci\u00f3n que \u00e9l rehusa durante un a\u00f1o entero, <em>para asegurarse mejor, <\/em>seg\u00fan dec\u00eda, <em>de la voluntad <\/em><em>de la Providencia.<\/em><\/p>\n<p>Luego que \u00e9l prob\u00f3 as\u00ed la voluntad de Dios, antes de aceptar tan s\u00f3lida fundaci\u00f3n, este digno Ministro de Jesu\u00adcristo, dotado en un grado muy eminente del don de ha\u00adblar bien de Dios, regenera en la capital las costumbres p\u00fablicas, abriendo gratuitamente, cada a\u00f1o, a m\u00e1s de veinte mil hombres de todos los estados y condiciones, la puerta de los ejercicios espirituales, tan saludables, y cuyo uso est\u00e1 todav\u00eda vigente entre las gentes del campo y en nuestros ej\u00e9rcitos. Este infatigable conquistador de las almas dio, en pocos a\u00f1os, hasta trescientas misiones. Mas luego se convence de que el fruto que \u00e9l pudiera hacer en el reino no ser\u00eda estable si no estaba sostenido por el minis\u00adterio pastoral. El santuario no le presentaba sino esc\u00e1nda\u00adlos, que desconfiaba de poder remediar. Dirige entonces sus deseos sobre la generaci\u00f3n que se est\u00e1 formando, y encami\u00adna hacia los designios de la Providencia su influjo para con la casa del General Gondi. Propone al Cardenal de Par\u00eds su intento de reanimar el esp\u00edritu eclesi\u00e1stico en su vasta Di\u00f3cesis, modelo de todas nuestras iglesias, y este Prelado no cree poder secundar mejor una empresa de tanta importancia sino prescribiendo, como condici\u00f3n indispensable para recibir los sagrados \u00f3rdenes, la obligaci\u00f3n de ha\u00adcer ejercicios bajo la direcci\u00f3n de Vicente de Pa\u00fal. Presi\u00addiendo as\u00ed a la instrucci\u00f3n de los nuevos eclesi\u00e1sticos, esperanza del santuario, siente la necesidad de prolongar la educaci\u00f3n sacerdotal. Esta idea luminosa, cuyas venta\u00adjas deben envidiar todas las clases de la sociedad a los ministros de la Religi\u00f3n, le muestra a la vez el fin y el camino, Luego, con el establecimiento de los Seminarios en la capital y en todo el reino, Vicente de Pa\u00fal cumpli\u00f3 el deseo tan fecundo y tan apremiante del Concilio de Trento, consiguiendo regenerar el Clero de Francia, que, gracias a esta inmortal instituci\u00f3n, llega a ser el primer Clero de Europa.<\/p>\n<p>Entonces fue cuando, desplegando este esp\u00edritu sacer\u00addotal, de que el Cardenal de B\u00e9rulle fue en Francia el pri\u00admer motor, Vicente de Pa\u00fal, secundado por una legi\u00f3n de \u00e9mulos, inflamados de su celo, sale de su obscuridad con este acompa\u00f1amiento de santos Sacerdotes que, marchando sobre sus huellas, se extienden por todo el reino, para pro\u00adpagar sus beneficios y su gloria, admirando todos a la vez este \u00faltimo siglo por el genio creador de las fundaciones, <em>d<\/em><em>\u2018<\/em><em>utinadas<\/em><em>\u2014<\/em><em>son <\/em>sus mismas palabras\u2014a <em>hacer circular abundantemente por el santuario la savia del antiguo sacer\u00addocio, <\/em>y se se\u00f1alaron a porf\u00eda por monumentos util\u00edsimos a la Religi\u00f3n no menos que a la sociedad, cuyos intereses son siempre inseparables: los Almer\u00e1s, los Olier, los Tronson, los Bernard, los Eudes- Mezerai, los Bordaise.<\/p>\n<p>Me complazco en verle a \u00e9l mismo a la cabeza de su Se\u00adminario, teniendo por disc\u00edpulos a Bossuet de Meaux, Abelli de Rodez, Perochel de Boulogne, Gode\u00e1n de Vence, Pavi\u00adllon d&#8217;Aleth, Vialard de Chalons, y form\u00e1ndose una colo\u00adnia de cooperadores que perpetuar\u00e1n para siempre sus trabajos. He aqu\u00ed su escuela, estos son sus frutos.<\/p>\n<p>As\u00ed es como, inspirando en todas partes la admiraci\u00f3n y la confianza, y asoci\u00e1ndose sin designio alguno, s\u00f3lo para I momento, una reuni\u00f3n de excelentes Sacerdotes, que .1 anima de su esp\u00edritu, Vicente de Pa\u00fal crea, casi sin advertirlo, su <em>Congregaci<\/em><em>\u00f3<\/em><em>n de la Misi<\/em><em>\u00f3<\/em><em>n, <\/em>recomendada igualmente por el sufragio de los Sumos Pont\u00edfices que por la estimaci\u00f3n de los reyes y por la veneraci\u00f3n de los pueblos. Para hacerla acreedora para siempre a un nombre tan apost\u00f3lico por el ministerio del celo en continua acci\u00f3n, manda una numerosa colonia de hijos suyos a las misiones extranjeras, a extender el imperio de Jesucristo, desafiando Ritualmente y en la obscuridad todos los horrores de la proscripci\u00f3n, de la esclavitud, del hambre, de la peste y del martirio en las regiones m\u00e1s lejanas y m\u00e1s b\u00e1rbaras del globo. Pero santamente ambicioso de sobrevivir a s\u00ed mismo en su patria, obliga por un voto especial a todos los miembros de la Congregaci\u00f3n, de la que \u00e9l es el Jefe, a dar constantemente misiones en el interior de Francia, en favor de las clases m\u00e1s humildes de la sociedad, en las que la Religi\u00f3n sola es una fuerza verdaderamente popu\u00adlar para la conciencia, porque a ella sola es dado asentar bases inconmovibles, y es la misma un resorte inquebran\u00adtable para la moral p\u00fablica. Vicente de Pa\u00fal es, bajo todos conceptos, el hombre del pueblo. El pueblo es propiamente la familia de su coraz\u00f3n y el patrimonio de su celo apos\u00adt\u00f3lico. En consecuencia, quiere que sus cooperadores se le parezcan y sean eminentemente, como \u00e9l, los Sacerdotes del pueblo, consagr\u00e1ndoles desde luego a instruir, a consolar, a santificar a estos pobres habitantes del campo, entre los cuales ha nacido, y despu\u00e9s para sostener las admirables instituciones, las unas por medio de las otras, formando en los Seminarios P\u00e1rrocos para toda la Francia.<\/p>\n<p>El proyecto, que tan felizmente llev\u00f3 a cabo, de dar a este imperio ese cuerpo admirable de dignos pastores, quiero decir, esos cuarenta y cinco mil excelentes ciudadanos, en uno de los mejores pensamientos que el celo del bien p\u00fablico haya jam\u00e1s inspirado. Me asocio con confianza al homenaje de Luis XIV, admirable en especial por su tino en la elecci\u00f3n de las personas, el cual quiso que la familia espiritual de Vicente de Pa\u00fal fuese a hacer respetar la Religi\u00f3n en Versalles por su desinter\u00e9s, ejerciendo para siempre, con exclusi\u00f3n de otros, las importantes funciones del ministerio pastoral. \u00a1Gracias mil le sean tributadas! Las esperanzas del gran Rey no salieron fallidas. Los hijos no han degenerado, en esta regi\u00f3n corruptora, del celo apost\u00f3lico y de la simplicidad de su Padre. Establecidos en la corte desde hace siglo y medio, estos virtuosos Misioneros se muestran constantemente dignos, por su primitivo fervor, de servir de modelo a todos los pastores de este vasto reino.<\/p>\n<p>Tantas empresas y tan felices sucesos llevaban as\u00ed todos los d\u00edas el renombre de Vicente de Pa\u00fal del santuario hasta la corte de los Reyes, donde se afecta muchas veces ala\u00adbar el bien, para persuadir que se le ama. Luis XIII, lle\u00adgado al t\u00e9rmino de su decrepitud, en la flor de su edad, ve su sepulcro pronto a abrirse. Tiene el \u00e1nimo, propio de su descendencia, de despegarse del trono y de la vida; pero siente la necesidad, tan urgente para un Rey a quien la muerte va a presentar ante el supremo tribunal, de un po\u00adderoso mediador para con Dios, para reanimar su confianza un momento tan terrible. Un mes antes de su muerte, ocupado en los pensamientos de la eternidad, se acuerda, en su lecho de dolor, del hero\u00edsmo cristiano del Misionero forzado. Pues \u00e9ste es el hombre de Dios a quien su veneraci\u00f3n le designa para asistirle en su \u00faltima hora. Aparta pronto de su lado al depositario ordinario de los secretos de su conciencia, y pone su alma entre las manos de Vicente de Pa\u00fal, que la llenar\u00e1 de paz y de esperanza.<\/p>\n<p>Mirad, hermanos m\u00edos, a este Ap\u00f3stol de los pueblos, que de repente es llamado, como un \u00e1ngel de misericordia, para compadecer y fortalecer un Rey agonizante. Vedle presentar de este lado de la tumba la Religi\u00f3n consoladora que viene a endulzar los horrores de una prolongada agon\u00eda. Al lado de tan conmovedor espect\u00e1culo, vedle tomar al heredero, a\u00fan joven, en sus brazos, instruirle en su fe y sus deberes, llorando juntamente con \u00e9l cerca del lecho de muerte, para penetrar m\u00e1s adentro en el coraz\u00f3n y en conciencia del padre, en presencia de aquellos misera\u00adbles restos de toda grandeza humana, donde s\u00f3lo Dios queda de pie, ense\u00f1ar todos los d\u00edas a Luis XIV, todav\u00eda ni\u00f1o<strong>, <\/strong>y que se acordar\u00e1 frecuentemente, los principios del Evangelio, que tambi\u00e9n son el verdadero C\u00f3digo de la humanidad. Luis XIII no hace sino derramar l\u00e1grimas de compunci\u00f3n, de resignaci\u00f3n y de amor en el seno del amigo de Dios. Pero antes de entregar entre sus brazos su \u00faltimo aliento, es necesario que este Pr\u00edncipe cumpla los designios de la Providencia, al enviarle tal Ministro. Me parece oirle, reanimando su apagada voz, pedir las bendi\u00adciones del Cielo sobre las primicias del glorioso reinado de su sucesor, exhortando a la Reina a confiar a este santo Sacerdote la elecci\u00f3n de los sagrados pastores que durante su regencia haya de dar a los pueblos. Ana de Austria no duda un momento en obedecer a esta voluntad sagrada, y nombra a Vicente de Pa\u00fal presidente de su consejo de con\u00adciencia; le conf\u00eda, con admiraci\u00f3n de su corte, este empleo tan importante para las costumbres, los estudios, los ser\u00advicios, las recompensas eclesi\u00e1sticas, y quiere que este mismo instituidor de los Seminarios, que ha sabido tan bien formar los Obispos, sea en especial encargado del cuidado de su elecci\u00f3n.<\/p>\n<p>\u00a1Oh Vicente de Pa\u00fal, que te has sometido tan pronto a la Providencia en los reveses! no le resistas ahora, cuando Ella te condena a la prosperidad. \u00bfPuedes dudar acaso que tu elevaci\u00f3n sea obra suya? Tu desinter\u00e9s sufrir\u00e1 esta prueba sin alteraci\u00f3n. Elev\u00e1ndote del polvo a tan alto lugar en el estado lev\u00edtico para que t\u00fa coloques en \u00e9l a otros, seg\u00fan les corresponda, Dios quiere que tu ministerio re convierta en una \u00e9poca de gloria inmortal para el Clero de tu Patria. Pues t\u00fa has sido el modelo, s\u00e9 tambi\u00e9n la regla. Acabas de demostrar a Francia que un nuevo linaje de ins\u00f3lita y poderosa emulaci\u00f3n crea y desarrolla en ella las virtudes y los talentos propios de cada ministerio, bajo un Gobierno que sabe justamente apreciarlos. Obedece a la voz del Cielo que te llama, y, como favorito de la Providencia, vas a medirte por, segunda vez con la fortuna.<\/p>\n<p>Adelante, pues. A un alma como la tuya, seguramente no podr\u00e1 embriagar el poder. \u00bfQui\u00e9n sabe, te diremos como Mardoqueo a Ester la afortunada, si Dios no te conf\u00eda tan importante autoridad para que, aunque solo, te opongas a los des\u00f3rdenes de la minoridad de Luis XIV? <em>Quis <\/em><em>novit<\/em><em> utrum idcirco ad regnum veneris, ut in tali tempore <\/em><em>parareris. <\/em>(Esther.,IV,14).<\/p>\n<p>Vicente de Pa\u00fal obedece \u00fanicamente a los impulsos del celo que le anima; por consiguiente, no hay por qu\u00e9 temer, pues, que desde la primera vez que se presenta delante de la Regente del Reino protesta formalmente que no aceptar\u00e1, ni para s\u00ed ni para su Congregaci\u00f3n, gracia alguna eclesi\u00e1stica. Siempre se conserva fiel a esta promesa, viviendo en una honrosa necesidad, mientras que por sus manos se repar\u00adten los abundantes tesoros del santuario, y \u00e9l se presenta durante diez a\u00f1os al Consejo del Rey con la misma senci\u00adllez que en las misiones de la aldea. Su poder aumenta la autoridad y la influencia de sus virtuosos ejemplos. A \u00e9l se debe que comenzara una regularidad severa, la extensi\u00f3n de los estudios, la asociaci\u00f3n preparatoria al gobierno pastoral para los llamados al Episcopado, y el esp\u00edritu eclesi\u00e1stico que distingue a la Iglesia de Francia. Sus elecciones, con que se form\u00f3 el primer Clero de Luis XIV, honran para siempre su ministerio, y basta recordar cu\u00e1les fueron los Prelados de su tiempo, para juzgar de su discreci\u00f3n y de sus principios.<\/p>\n<p>Llevado a la corte por la Providencia, Vicente de Pa\u00fal no se aficiona a ella. Durante las revueltas de la Fronde, en que la intriga ha dejado entre nosotros de degenerar en facci\u00f3n, va, sin temor del resentimiento del Cardenal Ma\u00adzarino, a pedir y volver a pedir la paz a San Germ\u00e1n Laye en favor de esta capital, siempre no menos f\u00e1cil a enga\u00f1ar que terrible en sus desarreglos. Pronto se difunde el ruido de su desgracia por todo Par\u00eds; mas apenas se desvanece con su vuelta, sus amigos acuden a felicitarle a San L\u00e1zaro. \u00bfY quer\u00e9is conocer toda la energ\u00eda de la humildad cristiana? Escuchad su respuesta:\u2014\/Pluguiese a <em>Dios<\/em><em>\u2014<\/em><em>dijo<\/em><em>\u2014<\/em><em>que la nueva hubiese sido cierta! pero<\/em><em> un miserable como yo no merece<\/em><em> este favor.<\/em><\/p>\n<p>\u00bfY cu\u00e1l es, pues, este favor que le parece tan importante y tan apetecible? \u00bfEs, por ventura, el fin de su cautividad en T\u00fanez, o es el t\u00e9rmino de su martirio en las galeras, de que Vicente de Pa\u00fal habla con tan impaciente elocuencia? No, hermanos m\u00edos: es del humilde y ardiente deseo que le atormenta de no estar m\u00e1s al frente del Consejo del Rey. As\u00ed es como la Providencia no cesa de violentar la hu\u00admildad de Vicente de Pa\u00fal y como le conduce por la mano, a trav\u00e9s de los m\u00e1s tristes desastres, al principal de todos los ministerios eclesi\u00e1sticos. Todos los medios de que ella se sirve para elevarle son para \u00e9l otros tantos actos de virtud. Hace que nazca en la indigencia y su educaci\u00f3n es una especie de prodigio. Apenas le saca de esta primera obscuridad, cuando en seguida le env\u00eda a la esclavitud du\u00adrante tres a\u00f1os enteros. Despu\u00e9s le coloca por breve tiempo a la vista de Enrique IV; cinco meses en el Hospi\u00adtal de la Caridad; tres a\u00f1os en la casa de Gond\u00ed; seis meses en Chatill\u00f3n; muchos a\u00f1os en los Seminarios o en las mi\u00adsiones; un mes cerca del lecho de Luis XIII.<\/p>\n<p>Todos los instantes de su vida estaban se\u00f1alados y contados por la Providencia, que le preparaba desde sus primeros a\u00f1os a estos elevados destinos por medio de tantas pruebas. <em>Dios comenz<\/em><em>\u00f3<\/em><em> al fin a manifestarse, <\/em>seg\u00fan expresi\u00f3n de los libros santos, y le destin\u00f3 para que distribuyendo todas las prelac\u00edas del Reino. Cambiemos los nombres, hermanos m\u00edos: no es ya Vicente de Pa\u00fal al que vemos en todo esto; es Jos\u00e9, que guard\u00f3 los reba\u00f1os de su padre Jacob, fue vendido a los ismaelitas, llevado cautivo, librado de la servidumbre por el auxilio del Cielo y colocado cerca del trono de Fara\u00f3n para repartir las gracias del Rey de Egipto.<\/p>\n<p>La historia de un hombre verdaderamente c\u00e9lebre terminar\u00eda con lo dicho y aparecer\u00eda dignamente cumplida. Mas la de San Vicente de Pa\u00fal principia aqu\u00ed precisamente. Es ya un vaso de honor preparado por el Alt\u00edsimo toda clase de obras buenas; y desde aqu\u00ed fue necesario q mediante una lucha, sostenida con la ayuda de la Providencia, opusiese al presente prodigios a prodigios, que satisficiese para con los infortunados la deuda que le impon\u00edan, ya los males tan instructivos, ya una elevaci\u00f3n tan impre\u00advista; fue menester que las maravillas de la segunda mitad de su vida hiciesen resplandecer las admirables intenciones del Cielo en las pruebas de la primera, y que, desarrollando a la vez toda la actividad de una grande alma, todo el valor del amor paciente del bien, toda la sabidur\u00eda del genio de la experiencia, todas las industrias del celo, todos los pro\u00addigios de la caridad, acabase, por una gloriosa semejanza, de justificar el or\u00e1culo de San Pablo, que le hemos aplica\u00addo, tom\u00e1ndose \u00fatil a los designios del Se\u00f1or: <em>Erit vas in honorem <\/em><em>utile Domino, ad omne opus bonum paratum. <\/em>Este es el objeto de la segunda parte de mi discurso.<\/p>\n<h2><strong>Tercera parte<\/strong><\/h2>\n<p>Cantad un himno, podemos decir aqu\u00ed con el profeta Isa\u00edas, cantad un himno en honor de la Providencia, voso\u00adtros, pobres y desgraciados, que habit\u00e1is en el polvo! <em>Expergiscimini et laudate, qui habitatis in pulvere. <\/em>Os anunciamos un amigo, un protector, un padre. Y vosotros, hermanos, que, colocados en los primeros puestos de sociedad, cre\u00e9is tan dif\u00edcil el poder hacer bien a vuestros semejantes, bajad y ved c\u00f3mo de la clase m\u00e1s obscura sale modelo m\u00e1s perfecto de los bienhechores de la humani\u00addad. \u00a1Dichoso destino de Francia! En medio de las revolu\u00adcio de la Fronde, Vicente de Pa\u00fal funda en su capital establecimientos m\u00e1s grandes de caridad, del mismo ido que un siglo antes, en medio de la anarqu\u00eda de las guerras civiles, Miguel del Hospital daba sus mejores leyes a este Imperio. Ved, pues, un Sacerdote de Jesucristo, que no se se\u00f1al\u00f3 por alguna elocuente obra en favor de los desgraciados, y a quien el nombre mismo de beneficencia fue desconocido, pero que se mostr\u00f3 tal, ya por sus obras ben\u00e9\u00adficas, ya por la influencia de sus virtudes, que no se puede recordar sin asombro lo que hubiera sido de esta capital de nuestro imperio si \u00e9l no hubiera existido, ni pensar, sin conmoverse de ternura, en el alto grado de prosperidad a que llegar\u00eda, si Dios le diese cada siglo un ciudadano seme\u00adjante. <em>Pas<\/em><em>\u00f3<\/em><em>, <\/em>como Jesucristo, <em>su vida sobre la tierra ha\u00ad<\/em><em>ciendo bien a los necesitados. <\/em>Pasaba, en favor de los indi\u00adgentes, los l\u00edmites de la Providencia. Sus cuidados paterna\u00adles en favor de los desvalidos ten\u00edan el ardor y las r\u00e1pidas efusiones de una pasi\u00f3n violenta, pero con aquella tenaz constancia que s\u00f3lo es propia de la virtud. Amaba de tal modo a sus hermanos, que vino la caridad en \u00e9l a ser mu\u00adcho m\u00e1s activa que lo haya podido ser jam\u00e1s el amor des\u00adordenado en cualquiera de los mortales. Vino a ser el h\u00e9roe inmortal del pueblo cristiano, pareciendo destinado del Cielo para mostrar a la tierra esta Religi\u00f3n patri\u00f3tica, genio del bien para crear, como la impiedad es el genio del mal para destruir.<\/p>\n<p>Lo primero de todo, sin entrar en la enumeraci\u00f3n de sus limosnas particulares, de las cuales es imposible a la Religi\u00f3n desarrollar su inmenso cuadro, observad, herma nos m\u00edos, que, desde su primer establecimiento, Vicente de Pa\u00fal dese\u00f3 imitar de alguna manera la eternidad de la Providencia, por la estabilidad de socorros que asegur\u00f3 para los desgraciados. Todo el bien que hizo subsiste todav\u00eda, pudiendo decir de \u00e9l, con Salom\u00f3n, que est\u00e1 firme\u00admente apoyado en el Alt\u00edsimo: <em>Stabilita sunt bona allius <\/em><em>in Domino. <\/em>(Eccles., XXXI, II).<\/p>\n<p>Siendo P\u00e1rroco de Chatill\u00f3n fund\u00f3 una Asociaci\u00f3n caritativa, compuesta de lo m\u00e1s escogido de su reba\u00f1o, para que cuidase del consuelo de los pobres y de la buena distribuci\u00f3n de las limosnas. Pero eran tales las bendiciones con que el Se\u00f1or coronaba sus virtudes, que cada una de sus obras llegaba a ser un establecimiento p\u00fablico para la Religi\u00f3n. Y, en efecto, <em>este peque<\/em><em>\u00f1<\/em><em>o arroyuelo <\/em>se torn\u00f3 muy pronto en <em>gran <\/em>r\u00edo, seg\u00fan la expresi\u00f3n de los libros san\u00adtos. La Cofrad\u00eda para los enfermos, fundada por Vicente en Chatill\u00f3n, sirvi\u00f3 de cuna a ese admirable establecimiento de las <em>Hijas de la Caridad, <\/em>cuyos servicios respeta nuestro siglo como uno de los m\u00e1s hermosos t\u00edtulos de la Religi\u00f3n, y de las cuales la misma Inglaterra ha pedido, en nuestros d\u00edas, que se le manden colonias de Francia.<\/p>\n<p>Vicente de Pa\u00fal, <em>que ten<\/em><em>\u00ed<\/em><em>a fe, <\/em>seg\u00fan dec\u00eda, <em>en las buenas y <\/em><em>en las malas razas, <\/em>exige, sin embargo, que no se admita en dicho Instituto m\u00e1s que aspirantas, escogidas de familia reprensible desde muchas generaciones, y que no se consienta jam\u00e1s la relajaci\u00f3n, en este orden de <em>pruebas, <\/em>de <em>pruebas <\/em><em>de virtud<\/em><em>. <\/em>Desterr\u00f3 de sus queridas Hijas la ociosidad, empleando todos sus momentos en bien de los desgraciados y llenando su vida toda entera de aquel conjunto de celestiales virtudes que exige el servicio de los enfermos.<\/p>\n<p>No les impuso otros deberes m\u00e1s que el alivio y consuelo de la humanidad paciente. <em>No tendr<\/em><em>\u00e9<\/em><em>is<\/em> &#8211; les dice en su Regla- <em>otros monasterios que las casas de los pobres, otros <\/em><em>claustros que las calles de los pueblos y las salas de los hos<\/em><em>pitales, otra clausura que la obediencia, otro velo que la<\/em><em> modestia. Mi intenci<\/em><em>\u00f3<\/em><em>n es <\/em><em>\u2014<\/em><em> a<\/em><em>\u00f1<\/em><em>ade <\/em><em>\u2014<\/em><em> que trat<\/em><em>\u00e9<\/em><em>is a todo enfermo<\/em> <em>como una madre tierna cuida de su hijo <\/em><em>\u00fa<\/em><em>nico.<\/em> Llev\u00e1bale su caritativa previsi\u00f3n hasta ordenar formalmente que <em>procurasen alegrar y regocijar a los enfermos si se encontraban muy afligidos por sus males.<\/em><\/p>\n<p>Con el fin de prevenir y fortalecer a estas humildes siervas de los pobres contra la tristeza y disgusto que las podr\u00edan inutilizar, cans\u00e1ndose de su estado, dispuso este sabio legislador, deseoso de conservar en este heroico Instituto el ardor del celo siempre nuevo, que no se las admitiese a la emisi\u00f3n de los santos votos sino despu\u00e9s de cinco a\u00f1os en\u00adteros de prueba, y que, aun entonces, no los hiciesen m\u00e1s que por un a\u00f1o, y que anualmente los renovasen, sin remi\u00adtir nada de su primitivo fervor, aumentando delante de Dios y de los hombres el m\u00e9rito de su primera consagraci\u00f3n. Animado por sus resultados, Vicente de Pa\u00fal generaliza las funciones de estos \u00e1ngeles visibles de la Providencia, les exige virtudes tan grandes como las necesidades p\u00fablicas, y las juzga aptas para poner en sus manos todas sus obras ben\u00e9ficas. Estas, dignas Hijas de tan buen Padre, animadas de su esp\u00edritu, sirven de madre a los hu\u00e9rfanos; se consa\u00adgran a la educaci\u00f3n de los ni\u00f1os; asisten a los enfermos, viudas, ancianos, prisioneros, forzados y a los soldados he\u00adridos; investigan todos los males de la especie humana, para que no quede ninguno sin remedio; luchan sin cesar contra todos los desastres que se originan de la indigencia, o de la edad, o de las enfermedades, accidentes, vicios y cr\u00edmenes de sus semejantes; cuentan las virtudes m\u00e1s preciosas para la humanidad en el ejercicio de las funciones ordina\u00adrias de su estado, y cumplen con santa alegr\u00eda el ministerio de la caridad, el m\u00e1s repugnante a la naturaleza, pero el mas honroso a los ojos de la Religi\u00f3n, lo mismo en las ciudades que en las aldeas, en las galeras como en las c\u00e1rceles, y en los tugurios medio ignorados como en los asilos p\u00fablicos.<\/p>\n<p>Igualmente, en medio de la decadencia universal de las \u00d3rdenes religiosas, el Cielo, que protege visiblemente a las Hijas de San Vicente de Pa\u00fal para introducir por todas partes su tierna inocencia entre su justicia y las miserias humanas, no cesa de multiplicar sus establecimientos, y consiguientemente sus saludables servicios en toda Europa. Es la familia bienhechora de la Providencia, que se conserva y derrama por todas partes, para justificar por la boca do los desgraciados esta oraci\u00f3n, cuya profundidad no puede conocer el hombre m\u00e1s que por el sentimiento, cuando ella le aproxima a Dios por una adopci\u00f3n tutelar, para conso\u00adlarle en sus angustias: <em>\u00a1<\/em><em>Padre nuestro que est<\/em><em>\u00e1<\/em><em>s en los Cielos! <\/em>Verdaderamente; \u00a1pobrecitos desvalidos! Vosotros ten\u00e9is un Padre en el Cielo, puesto que tantas Madres cari\u00f1osas os lo representan en la tierra. Bendecid, pues, sin cesar aqu\u00e9l que, d\u00e1ndoos su caritativa existencia, os ha reinte\u00adgrado en vuestra filiaci\u00f3n divina. Por los cuidados mater\u00adnales de las virtuosas Hijas de Vicente de Pa\u00fal, que \u00e9l mismo llam\u00f3 con gran acierto <em>Hijas de la Caridad, <\/em>vos\u00adotros reconoc\u00e9is la paternidad de Dios, recogiendo todos los d\u00edas de sus manos una parte de su herencia.<\/p>\n<p>La vida activa y laboriosa, que es el alma de este pre\u00adcioso Instituto, se ofrece sin cesar a las miradas de Vicente de Pa\u00fal como la esencia de la caridad. Su gran m\u00e1xima fue introducir siempre la virtud en el ejercicio de las obras de misericordia. <em>Es necesario amar a Dios <\/em><em>\u2014<\/em> dec\u00eda muy a menudo\u2014con <em>el sudor de nuestra frente.<\/em><\/p>\n<p>Desde que sus misiones le dejaron alg\u00fan tiempo de re\u00adposo en la capital, vino a ocuparle otro g\u00e9nero de obras de caridad. Los pobres estaban siempre presentes a su cora\u00adz\u00f3n, y un dolor continuo le urg\u00eda para consolarlos. Obser\u00advad: \u00e9l ha recorrido durante cuarenta a\u00f1os un largo curso de tribulaciones, experiencias y pruebas; y durante esta Larga carrera reflexionaba sobre esas \u00e9pocas instructivas para aprender sus lecciones, y ahora, con los tesoros de caridad en la mano, va en busca de todos los g\u00e9neros de infortunio, de los cuales fue \u00e9l testigo o v\u00edctima.<\/p>\n<p>Vicente de Pa\u00fal se acordaba haber visto otras veces en el <em>Hospital de la Caridad <\/em>el modelo de los cuidados que la Religi\u00f3n debe a la humanidad doliente; y en un coraz\u00f3n como el suyo, semejante espect\u00e1culo no ser\u00e1 ni est\u00e9ril para la Providencia, ni in\u00fatil para los desvalidos. Para tomar alg\u00fan descanso a la vuelta de las misiones, se va a observar, como tutor de los pobres de Jesucristo, lo que pasa en los hospitales. El <em>Hotel Dieu, <\/em>donde es m\u00e1s nece\u00adsaria su influencia, abre desde luego una espaciosa carrera a su celo; pero conoce la necesidad de moderar su ardor para que sea m\u00e1s eficaz. Me parece verlo diligente en tomar durante algunos meses todas las precauciones de humildad, deferencia y respeto que pod\u00edan conducirle a practicar el bien que meditaba. Despu\u00e9s de haber preparado de este modo los caminos de la Providencia, entra, al fin, como en triunfo, con su Asociaci\u00f3n en el <em>Hotel Dieu <\/em>de la capital, que puede justamente llamarse el Hospital de toda Francia. Poco tiempo le bast\u00f3 para establecer, al menos durante muchos a\u00f1os, el esp\u00edritu de orden, vigilancia, econom\u00eda, humanidad y piedad verdadera, que es el alma de todas las obras ben\u00e9ficas. Por una parte multiplica los socorros, y por otra corrige los abusos. Advierte con dolor que por un estatuto antiguo de este Hospital estaban obligados todos los enfermos indistintamente a presentarse, poco despu\u00e9s de su ingreso, al tribunal de la Penitencia. Vicente de Pa\u00fal, animado de celo puro e ilustrado, este hombre virtuoso, en el cual era tan viva la fe, y del cual eran tan amados los intereses del Cielo, quit\u00f3 en nombre de la Religi\u00f3n dicha obligaci\u00f3n odiosa, que ella desaprueba; dispuso que la confesi\u00f3n fuese libre y voluntaria, e hizo cesar toda coacci\u00f3n religiosa en un establecimiento que estaba abierto por su instituci\u00f3n a todas las creencias, lo mismo que a todos los pueblos.<\/p>\n<p>Los nuevos recuerdos de su pasada vida sugirieron a Vi\u00adcente de Pa\u00fal nuevos designios de beneficencia. No se limi\u00adta, hermanos m\u00edos, a la capital, ni s\u00f3lo a nuestras provin\u00adcias, para hacer sensible la Providencia a sus conciudada\u00adnos. Estuvo cautivo en Berber\u00eda: este digno israelita sr acuerda, por lo tanto, de la cautividad de Babilonia, y trabaja, como otro Zorobabel, para reparar los males de la esclavitud. Despu\u00e9s de haber destinado 112.000 libras al rescate de sus sucesores de infortunio; despu\u00e9s de haber ocurrido a la m\u00e1s desconsoladora de las privaciones, abrien\u00addo para ello un despacho general y gratuito de correspon\u00addencia con sus familias en la casa de San L\u00e1zaro; despu\u00e9s de haber dotado un espacioso Hospital para ellos en Argel, funda socorros permanentes para la redenci\u00f3n de cautivos, y los destina para que haya siempre colonias de Misioneros para consolarlos y conservar su fe, esperando que pueda pagarse su rescate. Fue m\u00e1rtir de la caridad en las galeras; fund\u00f3 en esta capital, en la puerta de San Bernardo, un Hospicio particular para los forzados, a los cuales libr\u00f3 para siempre de los calabozos de la Conserjer\u00eda, y en Marsella les prepar\u00f3 un Hospital con 30o camas. As\u00ed, pues, San Vicente convert\u00eda sus antiguos males en provecho de la hu\u00admanidad, y satisfac\u00eda solemnemente a la Providencia en el tiempo de su prosperidad inesperada.<\/p>\n<p>El esp\u00edritu del Se\u00f1or descans\u00f3 sobre este hombre compa\u00adsivo para consolar a todos los que lloran. <em>Spiritus Domini <\/em><em>yer me, ut consolarer omnes lugentes<\/em>. El espect\u00e1culo del dolor ejerce poderosa influencia sobre su alma. Este hombre, tan severo y duro para consigo mismo, es el m\u00e1s tierno para las miserias y males de sus hermanos. Cada necesitado es para \u00e9l, no s\u00f3lo un semejante, sino tambi\u00e9n un antiguo compa\u00f1ero de sufrimiento, y aun una misma cosa con \u00e9l. Luego que se le expon\u00edan las necesidades de los pobres, su atenci\u00f3n e inter\u00e9s pon\u00edanse en vela. No pro\u00adrrump\u00eda en gritos repentinos de fingida y est\u00e9ril sensibili\u00addad; no se excitaba a l\u00e1grimas hip\u00f3critas, ni afectaba esa ternura estudiada que mendiga los aplausos exagerando la compasi\u00f3n. Pero por m\u00e1s dominio que ejerciera sobre s\u00ed mis\u00admo, sobre todo para ocultar sus virtudes, se descubr\u00eda en los varios aspectos de su rostro un hombre penetrado de dolor<strong>, <\/strong>que profundamente sent\u00eda los males que le refer\u00edan. La vista, el nombre s\u00f3lo de los pobres, le causaba un s\u00fabito estremecimiento, y excitaba aquellos sentimientos de misericordia de que se hallaba henchido. La edad no dis\u00adminuy\u00f3 en nada tan tierna compasi\u00f3n; as\u00ed es que la ancia\u00adnidad, que para el com\u00fan de los hombres es tiempo de des\u00adcanso e indiferencia, vino a ser la \u00e9poca m\u00e1s laboriosa de su vida; su coraz\u00f3n no envejec\u00eda con \u00e9l. Diferente del hombre del tiempo, que se reconcentra en s\u00ed mismo a pro porci\u00f3n que se acerca al fin de sus breves d\u00edas, m\u00e1s all\u00e1 de los cuales no extiende sus destinos, el hombre de la eterni\u00addad, Vicente de Pa\u00fal es un viajero en tierra de peregrinaci\u00f3n, y lejos de aflojar y decaer, redobla su fervor al aproxi\u00admarse al t\u00e9rmino de su carrera.<\/p>\n<p>Vedle c\u00f3mo se apresura a colmar de caritativas obras el resto de una vida pronta a terminarse. Ten\u00eda ya la edad de cincuenta y cinco a\u00f1os cuando dio principio a los establecimientos p\u00fablicos; y por un nuevo prodigio, todos los esplendorosos raudales de su caridad est\u00e1n incluidos en estos treinta \u00faltimos a\u00f1os de su vida; y todav\u00eda se ilustraba m\u00e1s con repetidos ensayos, sometiendo todos sus pro\u00adyectos a largas experiencias. Dios nuestro Se\u00f1or le dot\u00f3 de una admirable paciencia en los negocios, que le aseguraba un feliz resultado. Si encontraba obst\u00e1culos en su marcha, lejos de querer superarlos por su nombrad\u00eda, se pon\u00eda del lado del Cielo, cuya obra meditaba en el silencio; callaba ante la contradicci\u00f3n, considerando si ven\u00eda de Dios o de los hombres. Confiaba tan poco en sus luces, que su humildad tomaba sin esfuerzo la actitud de dudar No desist\u00eda, pero difer\u00eda; buscaba la verdad, investigaba el bien con el examen concienzudo de sus planes, y no la victoria. Toda clase de lucha se hallaba en oposici\u00f3n directa con su coraz\u00f3n, lo mismo que con sus m\u00e1ximas. Dejaba que el tiempo fuese venciendo la resistencia de los esp\u00edritus. Esperaba con tranquilidad, pero con toda la constancia de su celo siempre prudente, los momentos se\u00f1alados por el Ser Supremo. Sin combatir, triunfaba de todo; y como si visiblemente marchase en pos de Dios, en sus empresas no precipitaba obra alguna, <em>por miedo, <\/em>seg\u00fan dec\u00eda, <em>de adelantarse a la Providencia. <\/em>Un ejemplo par\u00adticular os har\u00e1 palpable, hermanos m\u00edos, este m\u00e9todo de prudencia en la pr\u00e1ctica del bien.<\/p>\n<p>Vicente de Pa\u00fal encontr\u00f3 en esta capital cuarenta mil mendigos sin hogar, sin pan, sin costumbres; multitud es\u00adpantosa que Enrique IV y Sully hab\u00edan igualmente deses\u00adperado poderla dispersar o socorrer. Pero Vicente de Pa\u00fal, que apoyado en la fe de su experiencia dec\u00eda sin cesar <em>que <\/em><em>los tesoros de la Providencia son inagotables, y que la des\u00ad<\/em><em>confianza deshonraba a Dios, <\/em>Vicente de Pa\u00fal no se inti\u00admid\u00f3 a vista de los cuarenta mil necesitados. El Cielo fa\u00advorece de una manera particular estas obras de beneficen\u00adcia. Todo cuanto hizo prospera y sigue subsistiendo: <em>Omnia <\/em><em>quaecumque faciet prosperabuntur. <\/em>El entusiasmo de la caridad inflama su valor, y se siente poderoso con la protecci\u00f3n de la Providencia, la que le daba seguridad, porque se dirig\u00eda siempre por sus inspiraciones; y as\u00ed nunca dudaba de la asistencia del Cielo cuando emprend\u00eda algo en favor de los desvalidos. <em>Demos s<\/em><em>\u00f3<\/em><em>lo principio al bien, y Dios lo conclu<\/em><em>ir<\/em><em>\u00e1<\/em><em>. <\/em>Animado del gusto antiguo para las grandes em\u00adpresas, propone por ende la fundaci\u00f3n de un <em>Hospital ge\u00ad<\/em><em>neral <\/em>para abolir la mendicidad en esta capital tan populosa, destinando suficientes recursos para las verdaderas necedades. Vicente de Pa\u00fal se halla solo en esta empresa y, sin embargo, se atreve a llevar a cabo un tan arduo proyecto. Hay que bajar los ojos con asombro en torno de \u00e9l, delante del sublime valor de su caridad. El Ayuntamiento de Par\u00eds, asustado por tal proposici\u00f3n, le contesta que la eje\u00adcuci\u00f3n de su proyecto es imposible, y que los pobres son muy corrompidos para vivir en paz en un asilo com\u00fan. A esta dificultad, que se la cree insuperable, Vicente de Pa\u00fal se detiene, pero no se arredra por eso. Sabe con cu\u00e1nta facilidad argumentan contra todo, por desgracia, los hom\u00adbres prevenidos, y con qu\u00e9 orgullosa prontitud les irrita la contradicci\u00f3n. <em>Tem<\/em><em>\u00ed<\/em><em>a<\/em>&#8211; seg\u00fan \u00e9l dec\u00eda con gran delicadeza\u2014 <em>atraer enemigos a los desgraciados, si se apresuraba mu\u00ad<\/em><em>cho en quererlos servir. <\/em>Quiere convencer a su siglo con la evidencia del bien, y as\u00ed cambia de conducta sin mudar de intento. Para mejor conseguir el objeto que se propone, apela de la opini\u00f3n p\u00fablica a los acontecimientos, y res\u00adponde a las conjeturas con incontrastables hechos.<\/p>\n<p>Desde hac\u00eda mucho tiempo estaba penetrado de compa\u00adsi\u00f3n para con los artesanos, a los cuales la debilidad privaba del recurso del trabajo y los somet\u00eda a los males de la ancia\u00adnidad e indigencia juntamente. Pens\u00f3 entonces apoyarse en la autoridad de la experiencia, hecha con ellos, para acome\u00adter una primera prueba, cuyos resultados pudiesen confirmar la opini\u00f3n p\u00fablica. Recogi\u00f3 por de pronto, a manera de ensayo, pues una obra de caridad llama y engendra otra; recogi\u00f3, repito, una colonia de trescientos ancianos de ambos sexos y los coloc\u00f3 en el hospital del <em>Nombre de J<\/em><em>es<\/em><em>\u00fa<\/em><em>s <\/em>que fund\u00f3 al efecto. Los penetra desde luego de<\/p>\n<p>aquellos principios religiosos que hacen que, adem\u00e1s del testigo severo que cada hombre encuentra en su conciencia, reconozca en el Cielo otro no menos \u00edntimo y m\u00e1s inexorable todav\u00eda, que debe ser su juez. Les declara que \u00e9l los har\u00e1 siempre responsables de la suerte de los pobres de la capital, y que \u00e9l les pedir\u00e1 cuenta en el tribunal de Dios de la caritativa experiencia que va a emprender en su favor. El hospital del <em>Nombre de Jes<\/em><em>\u00fa<\/em><em>s, <\/em>fundado as\u00ed por \u00e9l bajo la garant\u00eda de la conciencia de sus favorecidos, vino a ser muy pronto, por la sabidur\u00eda previsora de sus reglamentos, un modelo perfecto de uni\u00f3n y caridad cristiana. El ejemplo habl\u00e9 entonces y obr\u00f3 una revoluci\u00f3n s\u00fabita en los esp\u00edritus; la humanidad gan\u00f3 dos veces su causa, a saber: en el tribunal de la opini\u00f3n y en el del sentimiento interior de todos los corazones. La posibilidad de poner orden en el recept\u00e1culo de todas las miserias humanas, qued\u00f3 demostrada por el hecho, que desminti\u00f3 a todos esos sofistas cobardes. Se estableci\u00f3 la polic\u00eda en toda la capital, y vi\u00f3se libre para siempre de aquella multitud de pobres errantes y vaga\u00adbundos de que se hallaba infestada desde el origen de la monarqu\u00eda. Abundan los socorros de todas clases; un concierto universal de bendiciones proclama el feliz &#8216;\u00e9xito conseguido por el h\u00e9roe del Cristianismo. Vicente de Pa\u00fal, m\u00e1s poderoso que los Reyes, sostenido por el ascendiente de su virtud sobre la opini\u00f3n p\u00fablica y por toda la auto\u00adridad de sus ben\u00e9ficas obras, funda el hospital general de la <em>Salpetriere <\/em>y asegura la dotaci\u00f3n de este espacioso edificio de la Providencia, en el cual se recibir\u00edan perpetuamente seis mil desgraciados. Todos los restantes ya no ser\u00edan m\u00e1s que un conjunto de vagabundos que, vi\u00e9ndose priva\u00addos de los recursos inmorales de una ociosa mendicidad, se dispersar\u00edan por s\u00ed mismos, seg\u00fan \u00e9l hab\u00eda previsto y anunciado. Muy halag\u00fce\u00f1o es recordar que, para ejecutar tan gran empresa, Vicente de Pa\u00fal convirti\u00f3 en alguna ma\u00adnera las piedras en pan. Se le hab\u00edan dado seiscientas mil libras para edificar su iglesia de San L\u00e1zaro; cambi\u00f3, pues, el destino de esta cantidad y la emple\u00f3 en el hospital de la <em>Salpetr<\/em><em>i<\/em><em>\u00e9<\/em><em>re.<\/em><\/p>\n<p>Despu\u00e9s de la realizaci\u00f3n de empresa tan admirable, este fervoroso emprendedor de las obras de caridad no dej\u00f3 entibiar su celo, y no descansaba de sus trabajos sino con nuevos trabajos. Socorrido de este modo Par\u00eds, volvi\u00f3 sus miradas a las provincias. La Lorena hab\u00eda sido desolada por veinte a\u00f1os de guerra: el hambre y la epidemia causaron grandes estragos; los campos estaban cubiertos de cad\u00e1veres que propagaban la muerte por todas partes, esperando el asilo del sepulcro. La Picard\u00eda y la Champa\u00f1a sufr\u00edan los mismos desastres. Los Diputados de estas desgraciadas provincias acudieron a Par\u00eds. Pero \u00bfa qui\u00e9n pens\u00e1is se dirigieron? \u00bfPor ventura a un hombre c\u00e9lebre por su opulencia, a los grandes sabios del siglo, a los administradores del Estado, o al mismo Soberano? No, hermanos m\u00edos; acudieron a este humilde Sacerdote que la voz p\u00fablica les hab\u00eda anunciado en el interior de sus provincias, y como ellos dec\u00edan elocuentemente, <em>al intendente de los negocios de Dios.<\/em><\/p>\n<p>La presencia de este hombre santo, a semejanza de los altares del Todopoderoso, consolaba ante todo a los infortunados que le rodeaban. Y despu\u00e9s, cuando se pod\u00eda creer exhausto por los establecimientos p\u00fablicos, sustentaba los hospitales, monasterios, trabajadores y soldados. Su caridad, conforme a la imagen de los libros sagrados, <em>es como <\/em><em>un r<\/em><em>\u00ed<\/em><em>o de bendiciones que reparte por todas partes la abun<\/em><em>dancia. <\/em>No se limitaba a dar socorros moment\u00e1neos. Durante diez a\u00f1os envi\u00f3 a estas provincias desoladas treinta mil libras cada mes, medicamentos, carros cargados de<br \/>\npan, simientes, instrumentos para labrar la tierra, ganado, ornamentos de iglesia y vestidos para veinte mil hombres de todos estados. Sus liberalidades fueron de tal modo prodigiosas, que al terminar dichas calamidades la metr\u00f3poli de Reims, deseosa de satisfacer al reconocimiento de los pueblos con un homenaje extraordinario, mand\u00f3 hacer una procesi\u00f3n general para pedir al Cielo la conservaci\u00f3n de Vicente de Pa\u00fal, y que derramase sobre el salvador de tres provincias las m\u00e1s abundantes gracias.<\/p>\n<p>Aqu\u00ed, hermanos m\u00edos, al considerar esta inmensidad de obras ben\u00e9ficas, me represento a San Vicente de Pa\u00fal como el \u00e1ngel tutelar de la Francia. \u00a1Ah! reconozco con la m\u00e1s tierna admiraci\u00f3n que ha llegado a realizarse entre nos\u00adotros el hermoso ideal de la caridad cristiana en la vida este grande hombre. Lejos de rebajar su gloria la obscuridad de su origen, me veo como obligado en este momento a aplicarle la misma cuesti\u00f3n que los jud\u00edos ultimo entre s\u00ed al ver las maravillas de Jesucristo; \u00ab\u00bfEs por ven\u00adtura el hijo de un artesano el que obra tan grandes cosas? <em>Nonne hic est fabri filius? <\/em>(Math., XIII, 55.)<\/p>\n<p>\u00bfEs, pues, el hijo de un labrador \u00e9ste que durante la guerra de la Fronde salva por dos veces esta capital del saqueo, entregando a \u00e9l dos veces su casa de San L\u00e1zaro y manteniendo en ella durante cinco meses a dos mil pobres todos los d\u00edas;<sub>;<\/sub> el que abre un asilo para las v\u00edctimas de la seducci\u00f3n, y establece para ellas la <em>Magdalena del Templo<\/em><em>; <\/em>el que funda el hospital tan \u00fatil para los hu\u00e9rfanos?<br \/>\nEs \u00e9ste el restaurador de todas las comunidades consagradas al alivio de los desgraciados, de las hospitalarias de Nuestra Se\u00f1ora de Par\u00eds, de las de Mirami\u00f3n, de las de Santa Genoveva, de las Hermanas del Buen Pastor, de las de la Cruz y de la Providencia? <em>Nonne hic est fabri filius? <\/em>\u00bfEs el hijo de un labrador \u00e9ste que provee a todas las miserias humanas de este Reino; que, despu\u00e9s de haber asegurado en un lugar el alivio y sustento de los desvalidos, se dirige a otras partes para socorrer a los necesitados que le esperan, sin examinar si le acompa\u00f1ar\u00e1 la buena fama, sin dejar la menor se\u00f1al de vanidad en sus buenas obras, sin poner su nombre a algunos de sus establecimientos, sin exigir de los hombres la gloria como recompensa de sus trabajos y beneficios? <em>Nonne hic est fabri filius?<\/em><\/p>\n<p>\u00bfEs el hijo de un labrador \u00e9ste que, despu\u00e9s de haber trabajado eficazmente en la reforma conservadora de las d\u00edas de Santa Genoveva, de Grammont y de los Premonstratenses, va a erigir en Borgo\u00f1a el famoso Hospital de <em>Santa <\/em><em>Reina, <\/em>para que dos veces al a\u00f1o cuatrocientos pobres se aprovechen de aquellas aguas saludables que hasta entonces s\u00f3lo hab\u00edan servido para los enfermos que viv\u00edan en la opulencia?<\/p>\n<p>\u00bfEs \u00e9ste el que, no olvidando en sus cuidados morales y compasivos hacer toda clase de bienes, abri\u00f3 casas de re\u00adclusi\u00f3n y refugio para la correcci\u00f3n de la juventud disoluta, y hospicios saludables para los infortunados que han per\u00addido el uso de la raz\u00f3n? \u00bfEs \u00e9ste quien con lo superfluo de sus liberalidades y desterrando de este Reino el lujo de la caridad, funda recursos anuales y perpetuos para las gene raciones y calamidades que todav\u00eda no exist\u00edan, para las granizadas, inundaciones e incendios? <em>Nonne hic est fabri <\/em><em>filius?<\/em><\/p>\n<p>\u00bfEs el hijo de un labrador quien en el curso de una vida de cerca de un siglo no vive un solo d\u00eda para s\u00ed; el que consagr\u00e1ndose todo entero al alivio de sus semejantes, trabaja sin descanso para el bien de su patria y para la dicha del mundo; que sin limitarse a una clase de desgraciados<sup>,<\/sup> a una comarca particular, a una edad, abraza en su caridad inmensa todos los desgraciados, todas las generaciones<sup>,<\/sup> todas las edades, todos los pa\u00edses, todos los siglos, y el que no hallando el presente bastante capaz para contener su coraz\u00f3n, se ocupa de antemano en el porvenir, llama ante su caridad a toda la posteridad doliente y va, por decirlo as\u00ed, a esperarla de lejos para sojuzgarla, vencerla y socorrer la con sus larguezas magn\u00edficas? <em>Nonne hic est fabri filius?<\/em><\/p>\n<p>\u00bfEs, finalmente, el hijo de un labrador a quien no bastan esta capital y este imperio para satisfacer la necesidad inmensa que tiene de consolar a los desgraciados, para quien todo hombre que padece en el mundo viene a ser amigo, hermano e hijo querido, que env\u00eda limosnas <strong>y <\/strong>Misioneros a Polonia, a las islas H\u00e9bridas, a Berber\u00eda, Madagascar, socorros continuos a los cristianos maronitas<strong>, <\/strong>oprimidos por los turcos, a los cat\u00f3licos ingleses, perseguidos por Cromwell? \u00bfEs el hijo de un labrador, o la misma Providencia? <em>Nonne hic est fabri filius?<\/em><\/p>\n<p>Me detengo, hermanos m\u00edos, y os oigo proseguir con el pueblo jud\u00edo: \u00bfd\u00f3nde hallaba, pues, tan prodigiosos recursos? <em>Nonne hic est fabri filius? Unde ergo huic omnia <\/em><em>ista?<\/em> Os oigo preguntarme con admiraci\u00f3n: \u00bfc\u00f3mo es posible que un hombre obscuro, pobre, aislado, haya distribuido socorros, dotado establecimientos capaces de asombrar a un Ministro del Rey y a un mismo Soberano? Me parece que me pregunt\u00e1is de qu\u00e9 manantial inagotable sacaba tantos tesoros, o si hab\u00eda recibido del Cielo el don de los milagros. No, hermanos m\u00edos; nada sobrenatural se ha\u00adlaba en sus medios. Debemos se\u00f1alar como una gloria suya, en la historia de sus obras caritativas, esta instructiva carencia de milagros, como el Evangelio tuvo cuidado de manifestar en la vida de San Juan Bautista: <em>Quia Yoannes signum <\/em><em>fecit nullum. <\/em>No tenemos, pues, que presentaros aqu\u00ed otro prodigio m\u00e1s que el mismo Vicente de Pa\u00fal; pero un hombre de tal car\u00e1cter y de una beneficencia tan activa y fecunda, es m\u00e1s extraordinario que un milagro de primer orden en la historia de la Religi\u00f3n.<\/p>\n<p>\u00bfCu\u00e1les fueron sus medios? Sus medios, hermanos m\u00edos, fueron, en primer lugar, la fuerza irresistible de su ejemplo, que obraba en el alma de sus pros\u00e9litos, haci\u00e9ndoles otros tantos cooperadores animados de su esp\u00edritu. Para formar concepto del ascendiente constante de un hombre sencillo y sinceramente virtuoso, que se le encontraba m\u00e1s grande cuanto m\u00e1s se acercaba uno a \u00e9l, era necesario verle en el interior de su casa; se extra\u00f1ar\u00e1, sin darse cuenta de ello, todo cuanto le rodea, por la ingenuidad de un alma siem\u00adpre grande y la familiaridad de una virtud siempre heroica, siendo bastante a todas las necesidades por una actividad incansable, y llevando tras s\u00ed todos los corazones por la sencillez de sus acciones y de su car\u00e1cter. Era necesario verle siempre inalterable en la serenidad de su feliz natural, no retraerse de ninguna obra buena, paciente constantemente para sobrellevar a los desvalidos, lo cual con frecuencia es m\u00e1s dif\u00edcil y meritorio que socorrerles, y excitado sin tregua por su hermosa alma y excelente Co z\u00f3n a prestar a sus semejantes con amor todo g\u00e9nero de servicios que se hallan en la l\u00ednea o en la analog\u00eda de la caridad. Era menester verle poco satisfecho de tantas lar\u00adguezas y buenos oficios, que no dejaban descanso alguno a sus caritativos cuidados; era menester verle c\u00f3mo invitaba dos veces al d\u00eda y convidaba a su mesa a los dos primeros pobres que llamaban a la puerta; coloc\u00e1ndolos en el lugar m\u00e1s honroso y sirvi\u00e9ndoles \u00e9l mismo con el respeto m\u00e1s tierno, costumbre digna de los mejores siglos de la caridad cristiana, y que, religiosamente practicada por sus suceso\u00adres, se observa al presente en su casa de San L\u00e1zaro. Era necesario verle, antes de sus comidas, dirigir al Cielo en alta voz una oraci\u00f3n de reconocimiento por aquellos buenos labradores cuyo trabajo ha producido el pan que le iba alimentar, era preciso verle en su vejez, cuando fue obligado por el Arzobispo de Par\u00eds a que aceptase de la Reina Regente un carruaje, tan necesario para la actividad de su celo y de sus trabajos, al cual llamaba su ignominia; era necesario verle c\u00f3mo se humillaba al usarlo, sirvi\u00e9ndole de consuelo al tener que servirse de \u00e9l, el poder conducir todos los d\u00edas a su lado, llev\u00e1ndolos a sus moradas a los hospitales, a los ancianos, necesitados y pobres enfermos que encontraba en el camino.<\/p>\n<p>Estos medios consistieron en la opini\u00f3n p\u00fablica, que le dio la fama de Santo, y fueron causa del gran movimiento que quer\u00eda comunicar a toda la Naci\u00f3n. Una beneficencia filos\u00f3fica s\u00f3lo se hubiera se\u00f1alado por los sistemas, proyectos o libros. Era necesario que \u00e9l prometiese el Cielo como punto de apoyo de esta poderosa palanca del amor del bien que su caridad destinaba para levantar la Francia entera.<\/p>\n<h2><strong>Cuarta parte<\/strong><\/h2>\n<p>Era preciso que el amor del bien, que quer\u00eda comunicar a su siglo, estribase en la caridad sobrenatural, que tiene sus ra\u00edces en la fe, para hacer que produzcan ciento por uno los g\u00e9rmenes sagrados, bajo el sol f\u00e9rtil de la Religi\u00f3n. Era menester que \u00e9l probase y excitase toda la energ\u00eda de los principios y sentimientos religiosos para unirse a aquella multitud de cristianos caritativos que le suministrar\u00edan tantos m\u00e1s tesoros cuantos la Religi\u00f3n sugiere a la bene\u00adficencia, combinada con la eternidad, la energ\u00eda y aun con los mismos c\u00e1lculos del ego\u00edsmo. Estos establecimientos, justamente contados entre las maravillas de esta capital, ser\u00e1n, por consiguiente, el triunfo eterno de la Religi\u00f3n, que sola puede explicar su origen y multitud, sola los ha imaginado, sola los ha dotado, sola los ha conservado bajo su guardia tutelar, como el patrimonio inagotable de la paciente humanidad, marc\u00e1ndolos todos con el signo sa\u00adgrado de la Cruz, que es el gran sello creador y conserva\u00addor de las obras del Cristianismo.<\/p>\n<p>Estos medios est\u00e1n en la confianza universal que inspira a sus contempor\u00e1neos, y la cual le proporciona el canal de todas las limosnas, en un siglo donde el lujo no hab\u00eda usur\u00adpado todav\u00eda los sacrificios de la beneficencia cristiana. \u00a1Ah! qui\u00e9n temer\u00eda confiar sus buenas obras a este hombre de la Providencia, que llevaba la delicadeza hasta sacrificar los intereses mismos de los pobres, antes que exponerlos a ser ingratos a sus bienhechores? Los hijos de un hombre rico, que le hab\u00eda escogido por depositario de sus obras de caridad, vinieron a parar en la miseria. Vicente de Pa\u00fal tiene noticia de ello, y luego va a buscarlos, entreg\u00e1ndoles, como si les perteneciera, un legado de ocho mil libras de renta que hab\u00eda recibido de su padre hac\u00eda doce a\u00f1os. Se le pregunt\u00f3 si quer\u00eda perderlo todo restituyendo las limos\u00adnas tan necesarias a sus establecimientos: <em>S\u00ed, sin duda \u00adle respondi\u00f3 \u2014quisiera perderlo todo, y voluntariamente todo, antes que perder la virtud del reconocimiento.<\/em><\/p>\n<p>Estos medios consisten en el imperio de la persuasi\u00f3n, con la cual este Ap\u00f3stol de la Providencia expon\u00eda las nece\u00adsidades de los pobres a los grandes del mundo, de manera que no pod\u00edan resistirse a sus s\u00faplicas pat\u00e9ticas. Cuando fund\u00f3 la <em>Salpetriere fue a <\/em>implorar la caridad de la Reina, la cual se excus\u00f3 con lo malos que eran los tiempos, dici\u00e9n\u00addole que no ten\u00eda cosa alguna que dar.\u00bfY <em>vuestros dia\u00ad<\/em><em>mantes, se<\/em><em>\u00f1<\/em><em>ora? <\/em><em>\u00bf<\/em><em>Por ventura hay necesidad de ellos siendo <\/em><em>Reina?<\/em><em>\u2014<\/em><em>Ana <\/em>de Austria se desprendi\u00f3 de sus diamantes y se los entreg\u00f3, mand\u00e1ndole guardar secreto acerca de este sacrificio.\u2014No\u2014exclam\u00f3 San Vicente de Pa\u00fal,\u2014no <em>puedo <\/em><em>guardarlo; debo practicar el bien, y es necesario, para el <\/em><em>inter<\/em><em>\u00e9<\/em><em>s de los pobres, que un ejemplo tan grande de caridad <\/em><em>sea conocido de todo el Reino.<\/em><\/p>\n<p>Estos medios son, en fin, esta memorable asociaci\u00f3n de caridad, que Vicente de Pa\u00fal form\u00f3 casi insensiblemente y mantuvo en su derredor por espacio de veinte a\u00f1os, y que ostenta todav\u00eda a nuestra piadosa y reconocida admiraci\u00f3n uno de los espect\u00e1culos m\u00e1s tiernos que nuestro ministerio puede ofrecer a las almas sensibles. Este es, hermanos m\u00edos, el m\u00e1s fecundo de sus medios, y su elocuencia es la que plante\u00f3 esta confederaci\u00f3n santa en favor de la humanidad, Vicente de Pa\u00fal reun\u00eda, pues, todas las semanas, en su iglesia de San L\u00e1zaro, a los ciudadanos m\u00e1s opulentos de la capital, para conseguir la uni\u00f3n de todo el Reino mediante un generoso consorcio de la caridad. El objeto de estas reuniones era deliberar con ellos sobre las necesidades de Par\u00eds y las calamidades de las provincias, y juntar en un tesoro com\u00fan lo superfluo de los grandes propietarios del Estado para atender a las miserias p\u00fablicas, Todos los que deseaban hacer bien a los hombres, <em>sectatores bonornm operum, <\/em>Pont\u00edfices, Pr\u00edncipes, ricos de todas las categor\u00edas, ven\u00edan a colocarse a su lado <em>para seguir <\/em>\u2014dec\u00eda el ilustre primer Presidente Mateo Mole\u2014los <em>movimientos de un esp<\/em><em>\u00ed<\/em><em>ritu tan <\/em><em>puro como las <\/em><em>\u00f3<\/em><em>rdenes de la Providencia. <\/em>No sabr\u00e9 dar lugar en este discurso a tantos nombres inmortales, escritos en el libro de la vida. Mas no puedo pasar en silencio a Ana de Austria, la Reina de Polonia, la Princesa de Conti, la Du\u00adquesa de Aiguill\u00f3n, el General de Gondi, el Mariscal Faber, la virtuosa viuda de Le Gras, hija de Marillac, la cual cito con honor en medio de todos estos grandes hombres, y que lleg\u00f3 a ser la primera Superiora de las Hijas de la Caridad, cuyo h\u00e1bito visti\u00f3, despu\u00e9s de haber puesto en manos de Vicente de Pa\u00fal m\u00e1s de dos millones de limosnas.<\/p>\n<p>Al frente de estos protectores de la humanidad do\u00adliente, veo un hombre que ha recibido del Cielo el don de la elocuencia y la m\u00e1s profunda sensibilidad, elocuente a fuerza de alma y de virtud, fecundo en pensamientos del coraz\u00f3n, y por lo mismo, igualmente sublime y popular en sus discursos, dotado del m\u00e1s extraordinario valor de esp\u00edritu, de la concepci\u00f3n de las m\u00e1s grandes empresas y de gran paciencia en aprovecharse de las circunstancias, aun las m\u00e1s insignificantes, de imaginaci\u00f3n atrevida y de juicio recto, de prudencia consumada para discernir los tiempos oportunos, escoger el verdadero punto de llevar a cabo los proyectos m\u00e1s \u00fatiles y de levantar establecimientos duraderos; en fin, de un celo ardiente e inquebrantable, de persuasi\u00f3n tan atractiva que somet\u00eda todas las opinio\u00adnes a sus sentimientos, de talento todav\u00eda m\u00e1s feliz y sin\u00adgular para abrasar los corazones en el fuego divino, en el cual \u00e9l mismo se consum\u00eda. Este hombre lo animaba todo, propon\u00eda las obras de caridad, discut\u00eda los medios, indicaba los recursos, remov\u00eda los obst\u00e1culos, conservando la vez relaciones con el gobierno, con los ricos y con los desgraciados. Su mirada abarcaba todas las provincias; velaba sin cesar por la patria; se hallaba presente a todas las calamidades; atend\u00eda a todas las desgracias con sus limosnas; conduc\u00eda, por medio de su elocuencia, a sus oyentes al centro de los desastres p\u00fablicos, los introduc\u00eda en aquel torbellino de caridad que le rodeaba; les llenaba de terror; les obligaba a deshacerse en l\u00e1grimas; les quitaba de alg\u00fan modo su alma para darles la suya; y este hombre de la Providencia es Vicente de Pa\u00fal, el cual, a semejanza del Hijo de Dios, desde el centro de esa confederaci\u00f3n de obras de beneficencia y uni\u00f3n de almas caritativas, parece que pronuncia una voz que llega hasta las extremidades del reino: <em>Venid todos los que sufr<\/em><em>\u00ed<\/em><em>s y est<\/em><em>\u00e1<\/em><em>is necesitados, <\/em><em>y yo os consolar<\/em><em>\u00e9<\/em><em>. <\/em><em>\u00a1<\/em><em>He <\/em>ah\u00ed sus medios, he ah\u00ed sus prodigios!<\/p>\n<p>Podr\u00eda ser, hermanos m\u00edos, que mirarais esta pintura fiel como una cosa fingida por la imaginaci\u00f3n, si no os aduj\u00e9\u00adramos alg\u00fan ejemplo de estas reuniones de caridad de las que fue motor \u00fanico San Vicente de Pa\u00fal. Pero, por des\u00adgracia, para manifestaros uno de los m\u00e1s hermosos rasgos de su vida, es necesario descubrir uno de los m\u00e1s enormes esc\u00e1ndalos de la humanidad. En las plazas p\u00fablicas de esta capital se expon\u00edan a la venta los ni\u00f1os abandonados al nacer; compr\u00e1banlos a vil precio los pobres, sirvi\u00e9ndoles como instrumentos de l\u00e1stima para excitar la compasi\u00f3n p\u00fablica. Puedo aseguraros sin miedo que la suerte de estas criaturas inocentes no hab\u00eda llamado la atenci\u00f3n del Gobierno desde la fundaci\u00f3n de la Monarqu\u00eda. Fue preciso que un pobre Sacerdote viniese entre nosotros para servirles de padre, para poner su caridad como contrapeso a la inmensa carga de la licencia, y restablecer en los derechos naturales a esos ni\u00f1os sin familia, recogidos bastante tarde en el seno de la Religi\u00f3n. Los antiguos legisladores creyeron asegurarles protecci\u00f3n suficiente, permitiendo educarlos a t\u00edtulo de esclavos; \u00a1como si no se les pudiera conservar la vida sino priv\u00e1ndoles de la libertad en su propia patria! Veamos, pues, hermanos m\u00edos, si el celo sacerdotal ser\u00e1 en esto de mayor eficacia que el poder de los Reyes.<\/p>\n<p>Cierto d\u00eda, a la vuelta de sus misiones, Vicente de Pa\u00fal, a quien me atrever\u00e9 a llamar el \u00e1ngel visible de la Provi\u00addencia, encontr\u00f3 bajo las murallas de Par\u00eds uno de esos ni\u00f1os entre las manos de un mendigo, que se empleaba en desfigurarle los miembros. Sobrecogido de horror, corre con la intr\u00e9pida confianza de la virtud, que siempre se im\u00adpone al crimen: <em>\u00a1<\/em><em>B<\/em><em>\u00e1<\/em><em>rbaro\/<\/em><em>\u2014<\/em><em>le <\/em>grita \u2014 <em>tu figura me ha <\/em><em>enga<\/em><em>\u00f1<\/em><em>ado; desde lejos me pareciste hombre. <\/em>Y al instante arr\u00e1ncale su v\u00edctima, la coloca entre sus brazos, atraviesa las calles de Par\u00eds invocando la compasi\u00f3n p\u00fablica, reune en su derredor la gente, les cuenta lo que acaba de ver, llama la Religi\u00f3n en auxilio de la naturaleza, <em>y <\/em>rodeado de este pueblo contristado e indeciso, que le sigue sin com\u00adprender sus proyectos, se dirige a la calle de Saint-Landry, donde se reun\u00edan estas desgraciadas v\u00edctimas. All\u00ed, este pa\u00addre de los hu\u00e9rfanos dio un ejemplo elocuente: escoge doce ni\u00f1os que los coloca aparte, los bendice, declarando que \u00e9l se cuidar\u00eda de su subsistencia; y \u00e9sta fue su primera exhor\u00adtaci\u00f3n en favor de estos infelices. Al instante llama a sus fieles cooperadoras, les expone la urgente necesidad de salvar a estos ni\u00f1os, y fueron socorridos. Pero se aument\u00f3 tanto el n\u00famero, que la caridad perdi\u00f3 el \u00e1nimo y estuvo determinada a desistir. Todas aquellas grandes almas que tan generosamente le ayudaran hasta entonces, acudieron a decirle que era absolutamente necesario renunciar a tal obra de misericordia; mas cuando todo parec\u00eda abandonarle, le quedaba su confianza en la Providencia; mira amorosamente al Cielo, de donde jam\u00e1s vino la desesperaci\u00f3n a su coraz\u00f3n magn\u00e1nimo. Y precisamente porque era rechazado de todas partes, <em>lleg<\/em><em>\u00f3<\/em><em> en fin el turno de Dios <\/em><em>Nuestro Se<\/em><em>\u00f1<\/em><em>or,<\/em><em>\u2014<\/em> como \u00e9l dec\u00eda, <em>\u2014<\/em><em>la Providencia va a empe<\/em><em>zar a obrar; <\/em>por eso esperaba, o, mejor dicho, hablando como David, que emplea cinco veces una expresi\u00f3n de mucha confianza en uno de sus salmos, <em>sobreesperaba <\/em>en el Se\u00f1or: <em>in verbum tuum supersperavi.<\/em><\/p>\n<p>Ninguna cosa le ayudaba ni le abat\u00eda en los solitarios sobresaltos de sus pensamientos caritativos. Le hemos visto solo, en otra parte, contra la opini\u00f3n p\u00fablica de la ca\u00adpital; le vemos solo, al presente, en medio de tantos hu\u00e9r\u00adfanos, contra la muerte, a la cual esta precoz e inmensa presa parec\u00eda estar destinada. Todos los peligros de estos ni\u00f1os oprim\u00edan su coraz\u00f3n, y su caridad se los hac\u00eda como propios. A su vista experimentaba aquella compasi\u00f3n, m\u00e1s bien, aquella comunicaci\u00f3n de sufrimientos que hac\u00eda decir a San Pablo: <em>\u00bf<\/em><em>Quis infirmatur et ego non infirmor? <\/em>La compasi\u00f3n que le conmov\u00eda le mudaba en un hombre nuevo, a quien la urgencia de la necesidad y del peligro no le permit\u00eda condescender m\u00e1s, como otras veces, a los expedientes dilatorios. No era entonces aquel promotor del bien p\u00fablico, antes tan t\u00edmido y moderado ante las dificul\u00adtades que se opon\u00edan a sus fundaciones caritativas; era el \u00e1ngel impetuoso de la misericordia, que se lanzaba en me\u00addio de las contradicciones para luchar contra la pusilani\u00admidad de los ricos, rode\u00e1ndoles de inmensidad de cunas, dispuestas a convertirse en ata\u00fades. Dios le dio, como al profeta Isa\u00edas, <em>una lengua sabia para sustentar, con <\/em><em>el po\u00ad<\/em><em>der<\/em><em>\u00ed<\/em><em>o <\/em><em>de la palabra, todas estas criaturas que iban a <\/em><em>fallecer<\/em>. Cierto d\u00eda instaba a aquellas almas t\u00edmidas que ten\u00edan poca fe: <em>\u2014<\/em><em>No os pido m<\/em><em>\u00e1<\/em><em>s que un d<\/em><em>\u00ed<\/em><em>a solo; la Providencia <\/em> <em>nos inspirar<\/em><em>\u00e1<\/em><em> alguna resoluci<\/em><em>\u00f3<\/em><em>n saludable.<\/em><\/p>\n<p>Convoc\u00f3 para el d\u00eda siguiente una reuni\u00f3n extraordina\u00adria. Hizo colocar en el Santuario, entre los brazos de las Hijas de la Caridad, a quinientas de esas pobres criaturas, cuyos lamentos quiere hacerles sentir y patrocinar por \u00fal\u00adtima vez su causa; se presenta animado del m\u00e1s vivo inte\u00adr\u00e9s con que orador alguno lo haya hecho jam\u00e1s, y con un coraz\u00f3n tan encendido en caridad, que igualaba a toda la energ\u00eda del amor maternal. Vosotros, hermanos m\u00edos, vais a oir a \u00e9l mismo. Va a mezclar sus sollozos con sus vagi\u00addos. Quiere excitar y recoger r\u00e1pidamente entre sus oyen\u00adtes arranques irresistibles de caridad, los primeros movi\u00admientos de conmiseraci\u00f3n, que siempre son nobles y generosos; y dirigi\u00e9ndose al momento al sexo compasivo que le rodeaba, les habl\u00f3 en estos t\u00e9rminos, los cuales procurar\u00e9 repetir sin cambiar una sola letra: \u2014 \u00abEa, pues, se\u00f1oras; la compasi\u00f3n y la caridad os han hecho adoptar por hijos a estas tiernas criaturas. Vosotras hab\u00e9is venido a ser sus madres seg\u00fan la gracia, desde el instante en que sus madres seg\u00fan la naturaleza las abandonaron: veamos ahora si vosotras quer\u00e9is abandonarlas tambi\u00e9n. Dejad por un momento de ser sus madres para erigiros en jueces de ellas: su vida y su muerte est\u00e1n en vuestras manos: voy a recoger las opiniones y los votos. Ya se acerca el momento de pronunciar su sentencia, y de saber si en adelante ya quer\u00e9is tener misericordia de estas inocentes criaturas. Vedlas delante de vosotras. Vivir\u00e1n si continu\u00e1is prodigandoles vuestros cuidados, y al contrario, morir\u00e1n infaliblemente si vosotras las abandon\u00e1is\u00bb.<\/p>\n<p>La elocuencia no nos ofrece rasgo m\u00e1s pat\u00e9tico, ni que jam\u00e1s haya obtenido m\u00e1s excelente resultado.<\/p>\n<p>Las l\u00e1grimas y los gritos de misericordia son los que responden a Vicente de Pa\u00fal. En esta misma reuni\u00f3n, formada con la determinaci\u00f3n de abandonar absolutamente a ni\u00f1os exp\u00f3sitos, se reunen por primera vez para la fundaci\u00f3n de su hospicio, votado por aclamaci\u00f3n, hasta 40.000 libras de renta, siendo este ejemplo de humanidad imitado al momento en todo el Reino y en la Europa entera.<\/p>\n<p>\u00a1Ah, infortunados ni\u00f1os, d\u00e9biles seres, deplorables dejos de multitud tan innumerable! vosotros, cuya vida es un mi\u00adlagro de la Providencia y un beneficio continu\u00f3 del h\u00e9roe de la caridad, pobres ni\u00f1os, hu\u00e9rfanos desde el nacer, \u00bfd\u00f3nde est\u00e1is? Mi coraz\u00f3n os busca en este templo, como testimonios m\u00e1s elocuentes de la gloria de San Vicente de Pa\u00fal. Quisiera en este momento veros reunidos en tropel en mi derredor, como lo estuvisteis en torno de \u00e9l el d\u00eda en que tan felizmente os asegur\u00f3 vuestra subsistencia, y procla\u00admarle, en medio de vuestras bendiciones, protector inmortal de la infancia abandonada \u00a1Ah! si encontraseis al descono\u00adcido que os di\u00f3 la vida, y oyeseis por vez primera llama- ros con el dulce nombre de hijos, vuestros corazones con\u00admovidos palpitar\u00edan al momento bajo sus manos paterna\u00adles. \u00a1Ah hijos de la Providencia! ved sobre nuestros altares a vuestro Padre. No solamente le deb\u00e9is vuestro culto, sino toda la ternura de una filial piedad. \u00a1Ah! \u00bfD\u00f3nde est\u00e1is? Hablad en mi lugar, hablad. Vuestra inocente lengua le alabar\u00e1 m\u00e1s elocuentemente que mis palabras: ella balbu\u00adcir\u00e1 su nombre querido y pondr\u00e1 dignamente el fin a su elogio. <em>Ex ore infantium et lactentium perfecisti lauden. <\/em>(Salm. VIII, v. 13)<\/p>\n<p>Pero \u00bfqu\u00e9 digo? No, no es un hombre a quien se tributa la alabanza: a solo Dios es a quien pertenecen el honor y el tributo de nuestras acciones de gracias, por el presenta inestimable que ha hecho a la Francia d\u00e1ndole un pastor, un esclavo, un pobre Sacerdote, que concibi\u00f3 y ejecut\u00f3 su designio tan grande de misericordia: <em>Gratias Deo super <\/em><em>inenarrabile dono ejus. (II, <\/em>ad Cor., IX, v.13).<\/p>\n<p>\u00a1Ah! este precioso don de la Providencia se nos va a arrebatar! El Padre de los pobres va a heredar en el Cielo todo el bien que les ha hecho sobre la tierra. Mas \u00bfqu\u00e9 veo? su beneficencia le sigue. Desde su tumba asiste a\u00fan a los desgraciados: y, seg\u00fan la expresi\u00f3n del Ap\u00f3stol, habla todav\u00eda despu\u00e9s de su muerte. <em>Defunctus adhuc loquitur.<\/em><\/p>\n<p>(Ad Hebreos, X, V, 4). La asociaci\u00f3n de la caridad se re\u00fane en torno de su ata\u00fad. Todav\u00eda subsiste el movimiento que imprimi\u00f3 en todas aquellas almas compasivas, y parece que presta nuevas fuerzas al sentimiento de que estaban po\u00adse\u00eddos todos los corazones. Despu\u00e9s de sus exequias, la Princesa de Conti recuerda a las se\u00f1oras que este virtuoso hombre no tuvo tiempo para poner en ejecuci\u00f3n el pro\u00adyecto que hab\u00eda concebido de abrir en esta capital un asilo para los hu\u00e9rfanos de los artesanos pobres, y les pregunta haber si quer\u00edan impedirle esta pena m\u00e1s all\u00e1 de la tumba, pena<strong><em>, <\/em><\/strong><strong><em>\u2014<\/em><\/strong> dijo elocuentemente <em>&#8211;capaz de amargarle todo el gozo del Cielo. <\/em>A estas palabras, sin deliberaci\u00f3n alguna, deciden un\u00e1nimemente que deben prestarle este tributo de veneraci\u00f3n. El acta de fundaci\u00f3n del Hospital de hu\u00e9rfanos se redact\u00f3 y extendi\u00f3 sobre su tumba, como la m\u00e1s digna oraci\u00f3n f\u00fanebre de Vicente de Pa\u00fal, cumpli\u00e9ndose as\u00ed el or\u00e1culo del Ap\u00f3stol: <em>Erit vas in honoren, utile Domino,ad<\/em> <em>omne opus bonum paratum.<\/em><\/p>\n<h2><strong>Quinta y \u00faltima parte<\/strong><\/h2>\n<p>Todos los contempor\u00e1neos de Vicente le alaban y ben\u00addicen a porf\u00eda, cuando a la edad de 85 a\u00f1os, precedida de una vida sin tacha, y del tesoro inmenso de sus ben\u00e9ficas y santas obras, fue a recibir de mano del Supremo Juez la corona de justicia. Mas \u00a1qu\u00e9 corona, Dios m\u00edo! si prometis\u00adteis, en el exceso de vuestro amor, no dejar sin recompensa un solo vaso de agua fr\u00eda dado en vuestro nombre a un ne\u00adcesitado, \u00bfqu\u00e9 felicidad, qu\u00e9 <em>peso de gloria eterna<\/em> reser\u00advar\u00e9is para tantas excelentes obras de misericordia? Ved delante de Vos a este bienhechor de vuestros hijos, a este hombre admirable que hab\u00e9is creado a vuestra semejanza, digno heredero de vuestras promesas, rico acreedor de vuestro celestial tesoro, que en vuestros miembros vivos os ha vestido, os ha alimentado y os ha abierto tan gran n\u00fa\u00admero de asilos en este Reino, que sin duda permanecer\u00e1n hasta la consumaci\u00f3n de los siglos; ved, finalmente, a ese hombre que, a imitaci\u00f3n del Salvador, sufri\u00f3 pruebas muy terribles y tom\u00f3 parte, seg\u00fan la doctrina de San Pablo, en todos los males de sus hermanos, para ejercitarse por su pro\u00adpia experiencia en una compasiva misericordia! <em>Debuit per <\/em><em>omnia fratribus similari, ut misericors fieret. <\/em>(Hebr., II, v. 17).<\/p>\n<p>Pero si no nos es dado comprender el grado de felicidad de que goza en el Cielo Vicente de Pa\u00fal, podemos por lo menos apreciar las alabanzas y homenajes a que se ha he\u00adcho acreedor por sus virtudes en la tierra.<\/p>\n<p>San Francisco de Sales, al confiarle el gobierno de sus Monasterios de la Visitaci\u00f3n, que administr\u00f3 durante cua\u00adrenta a\u00f1os, declar\u00f3 <em>que no conoc<\/em><em>\u00ed<\/em><em>a en la Iglesia de Dios un <\/em><em>Sacerdote m<\/em><em>\u00e1<\/em><em>s sabio, m<\/em><em>\u00e1<\/em><em>s prudente ni m<\/em><em>\u00e1<\/em><em>s santo que Vi\u00ad<\/em><em>cente de Pa<\/em><em>\u00fa<\/em><em>l. <\/em>El Cardenal de Richelieu, que no honraba f\u00e1cilmente a ninguno con su amistad, le hab\u00eda dicho en presencia de toda la Corte: \u2014 <em>La envidia que yo tengo de <\/em><em>vuestra virtud es mucho mayor que la que otros puedan <\/em><em>tener de mi cr<\/em><em>\u00e9<\/em><em>dito. <\/em>El Pr\u00edncipe de Cond\u00e9 fue a felicitar a la Regente a la vista de todos, por haberle confiado el nombramiento de las dignidades eclesi\u00e1sticas. Finalmente, cuando este santo Sacerdote hizo reedificar la iglesia Ca\u00adtedral de Dax, el Cabildo de esta ciudad, persuadido, m\u00e1s de diez a\u00f1os antes de su muerte, de su canonizaci\u00f3n futura, deliber\u00f3, por un acto p\u00fablico, que se reservara en el recinto de su nuevo templo un espacio libre para levantar en \u00e9l, m\u00e1s tarde, una capilla en honor de San Vicente de Pa\u00fal, y este monumento ha sido erigido.<\/p>\n<p>\u00d3yese cuarenta y cinco a\u00f1os despu\u00e9s de su muerte un grito universal de amor y de reconocimiento para dedi\u00adcarle altares. El primer Pr\u00edncipe de Conti hab\u00eda dado la se\u00f1al a la Europa, lament\u00e1ndose, en medio de sus fune\u00adrales, <em>que la Francia y la Religi<\/em><em>\u00f3<\/em><em>n acababan de perder un hombre que pose<\/em><em>\u00ed<\/em><em>a todas las virtudes. <\/em>Luis XV, a la cabeza de nueve Soberanos, pide su canonizaci\u00f3n, y la solicita, seg\u00fan dice, como \u00fatil a toda la Iglesia, y gloriosa a sus Estados. Al obtenerla Luis XV se apresur\u00f3 a celebrar la acci\u00f3n m\u00e1s heroica de Vicente de Pa\u00fal, ordenando al Can\u00adciller de Aguesseau poner en libertad de cadenas a doce forzados, condenados a galeras perpetuas en Marsella. El primer presidente Lamoign\u00f3n, honra inmortal del Senado franc\u00e9s, Magistrado que, seg\u00fan el testimonio del sublime Bourdaloue, <em>se entreg<\/em><em>\u00f3<\/em><em> enteramente al servicio y bienestar <\/em><em>de los pueblos<\/em>, <em>atestigua que Vicente de Pa<\/em><em>\u00fa<\/em><em>l se distingui<\/em><em>\u00f3<\/em><em> po<\/em><em>r una sabidur<\/em><em>\u00ed<\/em><em>a y por una caridad digna de los Ap<\/em><em>\u00f3<\/em><em>stoles<\/em><em>: y que en los grandes negocios, no pudieron jam<\/em><em>\u00e1<\/em><em>s aventajarle<\/em><em> los primeros genios del siglo. <\/em>El Parlamento y el Ayuntamiento de Par\u00eds a\u00f1aden a los m\u00e1s gloriosos elogios de esta capital contiene treinta y cinco establecimientos p\u00fablicos creados o restaurados por su celo. Bossuet escribe al Sumo Pont\u00edfice <em>que asistiendo en su juventud a las ins<\/em><em>trucciones de Vicente, su primer maestro, se sent<\/em><em>\u00ed<\/em><em>a tan <\/em><em>movido, que cre<\/em><em>\u00ed<\/em><em>a o<\/em><em>\u00ed<\/em><em>r hablar al mismo Dios. <\/em><em>\u00a1<\/em>Qu\u00e9 disc\u00edpu\u00adlo, hermanos m\u00edos! \u00a1Qu\u00e9 juicio y qu\u00e9 homenaje! Fenel\u00f3n, Flechier, m\u00e1s de ochenta Obispos dirigen a Roma los mismos testimonios y las mismas instancias. Todos los partidos se re\u00fanen para honrarle. Los Generales de las \u00d3rdenes y especialmente el de la Dominicana, del Oratorio, de la Doctrina Cristiana, las Congregaciones de Santa Genoveva, de San Mauro, rogaron al Jerarca de la Iglesia que inscribiera su nombre en el n\u00famero de los Santos. El pueblo, no s\u00f3lo le alaba, sino que le invoca. Tres Asambleas del Clero, presididas por el Cardenal Noailles, declaran al Papa <em>que no <\/em><em>les es posible contener por m<\/em><em>\u00e1<\/em><em>s tiempo la piedad de los fie\u00ad<\/em><em>les, que le tributan un culto p<\/em><em>\u00fa<\/em><em>blico.<\/em><\/p>\n<p>As\u00ed es conducido Vicente de Pa\u00fal a los altares por ma\u00adnos de estos hombres eminentes. Me parece veros a todos, hermanos m\u00edos, en este momento extender tambi\u00e9n las vuestras para elevarle. Roma entrega a la prensa esta co\u00adlecci\u00f3n de elogios jur\u00eddicos, por decirlo as\u00ed, en donde brilla todo el esplendor de una excelente vida. Todo concurre a realzar el triunfo de su causa; el Cardenal de Polignac hace la relaci\u00f3n; Benedicto XIV, el inmortal Pr\u00f3spero Lambertini, tan esclarecido y concienzudo en esta materia, era entonces Promotor de la Fe, y este juez temible de la opini\u00f3n se cons\u00adtituye el m\u00e1s ardiente protector de su culto.<\/p>\n<p>A todos estos testimonios, s\u00f3lo faltaba el de un \u00e1ngel. Me equivoco, hermanos m\u00edos, es uno m\u00e1s elocuente toda v\u00eda: es el de un pobre, de un anciano, de un galeote que hab\u00eda visto a Vicente de Pa\u00fal en las galeras, y que, interro\u00adgado en el Hospital de Marsella sobre las virtudes de este santo Sacerdote, respondi\u00f3 con admiraci\u00f3n: \u2014 \u00bb \u00a1C\u00f3mo \u00bfquieren ustedes que se le canonice? \u00a1Quia! Jam\u00e1s lo permitir\u00e1 el Sr. Vicente: era demasiado humilde\u00bb \u2014 Oy\u00f3 el Cielo esta santa emulaci\u00f3n. El Sumo Pont\u00edfice hace quemar incienso ante la imagen del h\u00e9roe de la caridad, y as\u00ed la Religi\u00f3n, llena de reconocimiento, le tributa toda la gloria que de \u00e9l hab\u00eda recibido..<\/p>\n<p>\u00a1A\u00fan hay, pues, equidad sobre la tierra! \u00a1A\u00fan hay corazones reconocidos para con los bienhechores de la huma\u00adnidad! \u00a1Ah! Nuestra patria y nuestro siglo se honran como nunca de este concierto solemne de justicia! Pero, \u00bfqu\u00e9 digo? \u00bfy podremos, hermanos m\u00edos, apropiarnos esta gloria? \u00a1Ingrata posteridad de una generaci\u00f3n m\u00e1s justa! Nos\u00adotros no hemos tomado parte en estos transportes de recono\u00adcimiento, no hemos repetido estos transportes de admira\u00adci\u00f3n y de amor. Apenas hab\u00eda mostrado este mismo pueblo tanto entusiasmo por Vicente de Pa\u00fal, cuando dej\u00f3 caer su nombre en el olvido. \u00a1 Oh! si me fuera permitido en esta so\u00adlemnidad el mezclar mi amargo llanto con tan dulces re\u00adcuerdos, me lamentar\u00eda de que, como en la \u00e9poca en que vivi\u00f3 el Santo, se esforzaba la fama para ensalzar a hom\u00adbres mucho menos dignos de la admiraci\u00f3n p\u00fablica, mien\u00adtras que ninguno abri\u00f3 su boca para celebrar al mejor ciudadano de la Francia; me quejar\u00eda de que el franc\u00e9s que hizo tantos servicios a la naci\u00f3n, casi no es conocido hoy en su patria ingrata; de que no se conserve su memoria en la clase misma de los desgraciados, que le son los m\u00e1s deudores; de que no goce hoy entre nosotros, como En\u00adrique IV, de una reputaci\u00f3n popular, y de que una parte de los que me escuchan se admiren de hechos tan recientes y sublimes; me quejar\u00eda, en fin, de ver tan poco extendido en la capital un culto que debiera ser dominante y apreciado especialmente de los amigos de la Religi\u00f3n y de la hu\u00admanidad; y, gimiendo por tal exceso de injusticia y de !gratitud, exclamar\u00eda: Locura de la opini\u00f3n, gloria humana, resp\u00f3ndeme: \u00bfcu\u00e1les son los hombres que t\u00fa celebras, y cu\u00e1les los que olvidas?<\/p>\n<p>Pero me he equivocado, hermanos m\u00edos; la naci\u00f3n no es culpable. \u00bfC\u00f3mo los grandes escritores del siglo de Luis XIV han podido ver edificar en torno suyo tantos monumentos necesarios, ver establecerse en Par\u00eds una polic\u00eda tutelar, ver rivalizar la beneficencia de un hombre con la Providencia, sin consignar un tal fen\u00f3meno del genio de la caridad, sin participar de esta gloria celebr\u00e1ndola, sin proferir en sus escritos el nombre del ciudadano a quien se deben tantos prodigios? \u00a1Ah! \u00bfEs acaso necesario que las cenizas de los hombres grandes est\u00e9n fr\u00edas m\u00e1s de un siglo, para que se haga o\u00edr la voz de la verdad y de la justicia? \u00a1Oh Fenel\u00f3n, Fenel\u00f3n! t\u00fa, que le tributaste un testimonio tan glorioso, solicit\u00e1ndole la gloria de los altares; t\u00fa, cuya persuasiva elocuencia fue tan digna de alabarle, apenas tocabas el se\u00adgundo lustro cuando \u00e9l baj\u00f3 a la tumba. \u00a1Ahl si t\u00fa hubieras sido testigo de sus creaciones caritativas, tu alma se hubiera identificado con la suya, tu voz se hubiera dejado o\u00edr en medio del silencio de la ingratitud, y tu genio virtuoso hubiera satisfecho la deuda de tus conciudadanos.<\/p>\n<p>Mas \u00a1qu\u00e9 digo! \u00a1Perd\u00f3n, sagradas paredes de templo, perd\u00f3n! Vosotras mismas lo reprobar\u00edais, en nom\u00adbre de Vicente de Pa\u00fal, si estimando en mucho esas ala\u00adbanzas, frecuentemente enga\u00f1osas cuando se desean, y m\u00e1s falaces a\u00fan cuando se obtienen, terminara con ellas el elogio de un Santo que, unido solamente con Dios, no busc\u00f3 jam\u00e1s las miradas de los hombres en sus buenas obras. \u00bfY por qu\u00e9 he de echar de menos en \u00e9l este humo de reputaci\u00f3n?<\/p>\n<p>\u00c9l ten\u00eda colocadas sus esperanzas en un lugar m\u00e1s elevado, confiando sus virtudes a una Religi\u00f3n que, despu\u00e9s de haberlo coronado en el Cielo, viene a erigirle altares en nuestros templos. Ella se gloriar\u00e1 eternamente de haber dado al mundo un hijo de un labrador, con quien no puede competir rival alguno en beneficencia entre todos los alumnos del P\u00f3rtico y del Liceo.<\/p>\n<p>Es preciso que la incredulidad, confusa y humillada por la relaci\u00f3n de tantas obras de misericordia, tribute homenaje al Cristianismo. Este gran hombre pertenece a la Religi\u00f3n de Jesucristo; no ha salido de la escuela de Jesucristo bienhechor m\u00e1s liberal de la humanidad; el esp\u00edritu de Jesucristo es quien ha producido todas estas maravillas siempre presentes a nuestros ojos, para honra inmortal de la caridad cristiana; y nosotros ponemos a los pies de Jesucristo todos estos t\u00edtulos de gloria, fundados sobre el conocimiento del g\u00e9nero humano.<\/p>\n<p>\u00a1Oh Vicente de Pa\u00fal, grande hombre, gran Santo! Amad sin cesar a la naci\u00f3n que os ha visto nacer, en recompensa del celo que nuestros Soberanos han mostrado siempre por vuestra gloria. Veo en el trono de los Borbones una sucesi\u00f3n no interrumpida de amor y veneraci\u00f3n hacia Vos; Enrique IV os quiso elevar al Episcopado; Luis XIII hizo que se os confiara el nombramiento de las prelaturas; Luis XIV pidi\u00f3 vuestra canonizaci\u00f3n; Luis XV la prosigui\u00f3, la obtuvo, la consagr\u00f3 por un acto solemne de clemencia; y Luis XVI, digno sucesor de tan buenos Reyes, os erige hoy una estatua en su palacio. Vuestro elogio es una reparaci\u00f3n<br \/>\np\u00fablica, y harto diferida, que nosotros debemos a vuestra memoria; o mejor, es una p\u00fablica satisfacci\u00f3n que nosotros le ofrecemos en este d\u00eda en nombre de Francia, en nombre<br \/>\nde nuestro siglo y en nombre de los siglos venideros. Efectivamente, el d\u00eda de la justicia ha llegado por fin para Vos: hoy acaba nuestra ingratitud; un recuerdo de universal agradecimiento va a suscitarse hoy al salir de este templo vista de vuestras instituciones caritativas. Hace m\u00e1s de siglo que las piedras de esta ciudad no cesan de hablar<br \/>\nde vuestros establecimientos p\u00fablicos, y solamente hoy nuestra indiferencia adormecida va a comprender su elocuente lenguaje. No, no; la Religi\u00f3n, que ha sido la \u00fanica que ha conservado la justicia hasta este momento para con Vos, no llamar\u00e1 en vano nuestra atenci\u00f3n sobre el autor de tantas maravillas que nos rodean y echan en cara nuestra ingratitud. A vista de estos vastos hospitales que Vos hab\u00e9is creado, de estos hospicios de todas clases que hab\u00e9is abierto a las miserias humanas, de este asilo de la infancia abandonada, templo amado y sagrado de una caridad verdaderamente maternal, en donde la Religi\u00f3n reemplaza a la naturaleza y donde cada cuna es para Vos un altar; en vista, en fin, de estas incansables sirvientas de los pobres que encontramos por todas partes, como otros tantos \u00e1ngeles visibles de la Providencia, cuyas prodigiosas misericordias diariamente dispensan a los desgraciados; todos estos espect\u00e1culos, antes inanimados para la mayor\u00eda de los habitantes de esta capital, excitar\u00e1n en todos los corazones el m\u00e1s vivo inter\u00e9s. Las calles y las plazas p\u00fablicas de esta corte recibir\u00e1n de repente nuevo aspecto, y ser\u00e1 para nosotros un curso instructivo y persuasivo de moral y de beneficencia, en donde encontraremos a cada paso, con la historia de la caridad, en augustos monumentos, vuestra edificante vida en acci\u00f3n, vuestro elogio en bendiciones universales y vuestros magn\u00edficos t\u00edtulos de gloria en fundaciones, dignas de la Providencia, que nos mostrar\u00e1n, de edificio en edificio, cu\u00e1les son los grandes bienes que puede obrar en un gran Estado la fecunda alianza de la Religi\u00f3n con la humanidad. Nosotros no tendremos ya motivo de ruborizarnos por ignorar el nombre del hombre prodigioso a quien la sociedad debe tantos beneficios; y puede ser que, proclam\u00e1ndole con amor, admiraci\u00f3n y reconocimiento, hagamos que almas generosas envidien los obsequios de nuestro culto y de nuestros afectos, para crearle entre nosotros, de siglo en siglo, nuevos \u00e9mulos e imitadores. S\u00ed, gran Santo, h\u00e9roe inmortal de la caridad, padre com\u00fan de los desgraciados, yo lo anuncio con confianza al pie de vuestros altares: el sentimiento de la naci\u00f3n cristianisima me da pruebas de vuestra reputaci\u00f3n. Todos Ios franceses que nazcan en las generaciones siguientes, informados en adelante del reconocimiento que os debe este imperio, no proferir\u00e1n m\u00e1s vuestro nombre querido sin derramar l\u00e1grimas. Oigo ya las bendiciones de la posteridad en torno de vuestras estatuas, y pronto el entusiasmo de vuestros panegiristas se convertir\u00e1 en opini\u00f3n p\u00fablica. Influid, pues, siempre con vuestra intercesi\u00f3n en el Cielo por la dicha del pueblo franc\u00e9s que hab\u00e9is amado tanto durante vuestra vida. Mostraos a\u00fan, despu\u00e9s de vuestra muerte, \u00e1ngel tutelar de la Providencia. Proteged desde lo alto de las moradas eternas los establecimientos que hab\u00e9is formado, y que son tan necesarios en una naci\u00f3n donde el esp\u00edritu p\u00fablico ha deca\u00eddo tanto. Suscitad, con vuestro valimiento para con Dios, sucesores que os hagan revivir con sus ejemplos. Comunicad a nuestras almas una centella de aquella caridad de que estabais abrasado. Prestadnos esa voz persuasiva que penetraba en el coraz\u00f3n del rico endurecido; que repet\u00eda en los palacios de los reyes los gemidos de la miseria abandonada; que reun\u00eda a vues\u00adtro alrededor todas las personas sensibles y compasivas, y manifestaba visiblemente la acci\u00f3n de la Providencia por toda la Francia; en fin, despu\u00e9s de haber procurado, a ejemplo vuestro, hacer todo el bien posible para con los desgraciados, iremos a gozar con vos de la justa recom\u00adpensa en el seno de la eterna misericordia. As\u00ed sea.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Pronunciado en presencia de Luis XVI, en Versalles, el d\u00eda 4 de marzo de 1785, por el abate Maury Rey Luis XVI dispuso que el orador repi\u00adtiese este discurso en su presencia. 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