{"id":26995,"date":"2014-03-03T06:53:20","date_gmt":"2014-03-03T05:53:20","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/?p=26995"},"modified":"2016-07-26T09:44:34","modified_gmt":"2016-07-26T07:44:34","slug":"retrato-del-sr-pouget-sacerdote-de-la-mision-iii","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/vincentians.com\/es\/retrato-del-sr-pouget-sacerdote-de-la-mision-iii\/","title":{"rendered":"Retrato del sr. Pouget, sacerdote de la Misi\u00f3n (III)"},"content":{"rendered":"<h2><strong>Cap\u00edtulo II<em>: Retrato del Sr. Pouget hacia 1930<\/em><\/strong> (cont.)<\/h2>\n<p><a href=\"https:\/\/i0.wp.com\/vicencianos.org\/wp-content\/2014\/03\/pouget_01.jpg\"><img data-recalc-dims=\"1\" loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignright size-medium wp-image-129409\" alt=\"Bolet\u00edn Informativo Noviembre-Diciembre 2011\" src=\"https:\/\/i0.wp.com\/vicencianos.org\/wp-content\/2014\/03\/pouget_01-294x300.jpg?resize=294%2C300\" width=\"294\" height=\"300\" \/><\/a>Ahora que hemos descrito su morada y su rostro, creo que habr\u00eda que hablar de su modo de ser, de su acogida, de su forma singular de recibir a la gente, las ideas y las cosas, de su forma de estar entre los hombres.<\/p>\n<p>El Sr. Pouget se molestaba con esos j\u00f3venes con prisas que ven\u00edan a \u00e9l para recibir una respuesta inmediata, como si fuera un or\u00e1culo o una m\u00e1quina autom\u00e1tica. Para decirlo todo, esta impresi\u00f3n de impaciencia era rec\u00edproca, y si no ten\u00eda el poder de adivinaci\u00f3n o una perfecta confianza, el que ven\u00eda a preguntarle sobre el punto que causaba su tormento se retiraba a veces sorprendido y decepcionado. No pocos subieron donde \u00e9l atra\u00eddos por su reputaci\u00f3n, y no volvieron nunca: ten\u00edan la sensaci\u00f3n de haber perdido el d\u00eda. En parte se deb\u00eda a que no ten\u00eda ninguno de esos defectos que constituyen el valor de un maestro: era a la vez el m\u00e1s torpe y el m\u00e1s perfecto de los iniciadores. Creo que no ser\u00e1 del todo in\u00fatil insistir en este punto: por el camino, nos proporcionar\u00e1 m\u00e1s de una observaci\u00f3n \u00fatil sobre el conocimiento humano y sobre la comunicaci\u00f3n de los esp\u00edritus.<\/p>\n<p>Por lo general, quien tiene una dificultad anda buscando una respuesta, como quien se ha cortado busca un vendaje. Cuando haya pegado el tafet\u00e1n a la herida para evitar que sangre, ya no pensar\u00e1 m\u00e1s en ello y la cicatriz se cerrar\u00e1. As\u00ed va la gente, cuando tiene una duda a un te\u00f3logo especialista quien, en un instante, os da la respuesta apropiada: despu\u00e9s de lo cual a\u00f1adir\u00e1 que la cosa se acab\u00f3, y que si queda todav\u00eda alguna molestia, ya desaparecer\u00e1 con el tiempo, puesto que os ha dado la respuesta oficial, la respuesta garantizada. En caso de que no tuviese efecto, ser\u00eda porque el enfermo tiene alguna debilidad interna como ser\u00eda una descomposici\u00f3n de los humores que impidiera la acci\u00f3n normal del vendaje; pero esto no puede ser culpa del remedio que ha sido aplicado seg\u00fan las reglas. La ense\u00f1anza com\u00fan de la religi\u00f3n en las escuelas lleva a hacernos pensar que a toda \u00abobjeci\u00f3n\u00bb corresponde una \u00abrespuesta\u00bb decisiva cuya forma adopta. O, si as\u00ed lo prefer\u00eds, la obra del apologista es hacer huecos que \u00e9l llama objeciones y obturarlos con esas piezas que llama respuestas: operaci\u00f3n tanto m\u00e1s c\u00f3moda, not\u00e9moslo, cuanto, habi\u00e9ndose fabricado el vac\u00edo seg\u00fan la idea de final pleno y reparador, estamos siempre seguros de que la respuesta recubrir\u00e1 la objeci\u00f3n con toda exactitud, nos quedamos tranquilos de antemano en ese sentimiento de seguridad. En cuanto a las objeciones que nacen de la consideraci\u00f3n atenta de la cosa en s\u00ed, varias mentes religiosas se inclinan a pensar que proceden de alguna malicia, de una falta de sencillez, de un contacto demasiado prolongado con el mundo y que no son en suma m\u00e1s que la sombra proyectada de nuestra resistencia a la luz. Se curar\u00e1n menos mediante el examen que mediante una buena higiene del alma, la cual consistir\u00e1 sobre todo en olvidarlas, en rezar, en fiarse ciegamente de las decisiones de la autoridad.<\/p>\n<p>Por otra parte, en las escuelas, la ense\u00f1anza invita a encontrar en cada materia un orden an\u00e1logo al de la geometr\u00eda y a reducirlo todo a \u00e9l. Si se abre S. Tom\u00e1s, Descartes, y hasta Pascal, se percibe siempre este esfuerzo por deducirlo todo de algunos principios simples. Es la ley de toda ciencia y de toda exposici\u00f3n, y esta ley ha extendido su acci\u00f3n incluso hasta el dominio de la ciencia religiosa: los tratados de teolog\u00eda, en esto, se parecen a la \u00c9tica de Spinoza: tienden tambi\u00e9n al orden geom\u00e9trico, como a su modelo ideal. Se trata siempre de pruebas y la exposici\u00f3n de los motivos toma la forma de demostraci\u00f3n.<\/p>\n<p>Al hacer estas advertencias, no estamos de ninguna manera criticando, ya que es pr\u00e1cticamente necesario que sea as\u00ed. No se ve bien lo que ser\u00eda de la apolog\u00e9tica, si no diera respuestas y si no reparara exactamente las brechas: y menos a\u00fan se ve una ense\u00f1anza did\u00e1ctica que no procediera seg\u00fan este orden natural y racional que va por delante de las consecuencias partiendo de los principios. Pero era preciso recordar este doble aspecto de la ciencia sagrada, tal y como se la presenta de ordinario a las mentes para explicar el estado de vacilaci\u00f3n en que se hallaba un estudiante, formado en las escuelas, cuando escuchaba al Sr. Pouget por primera vez.<\/p>\n<p>En apariencia, su ense\u00f1anza no conten\u00eda ni refutaci\u00f3n, ni demostraci\u00f3n. En otros t\u00e9rminos, cuando se le hab\u00eda expuesto una objeci\u00f3n, o se le hab\u00eda pedido una lecci\u00f3n, y que despu\u00e9s de dos horas de audiencia, de vuelta en casa, se examinaban los recuerdos o los apuntes, no se encontraban prima facie, ni respuestas, ni principios. Cuando preocupado por una cuesti\u00f3n confusa o capciosa, ven\u00edan a \u00e9l, despu\u00e9s de exponer el caso, parec\u00edan no haberlo entendido, y \u00e9l los proyectaba en un laberinto. El Sr. Pouget era parecido al ge\u00f3logo que, interrogado sobre la forma de un valle, hubiera reconstruido toda la historia de la cadena desde los tiempos primitivos. Me explicar\u00e9 con algunos ejemplos.<\/p>\n<p>Un d\u00eda ibais a preguntarle por la antig\u00fcedad del hombre y la diferencia entre los datos de la antropolog\u00eda y el c\u00f3mputo del G\u00e9nesis. Entonces, durante una hora os hablaba con gran precisi\u00f3n de la diferencia entre el hebreo masor\u00e9tico, el griego de los Setenta y el Pentateuco Samaritano. Todav\u00eda no hab\u00eda llegado el momento de encender su linterna dici\u00e9ndoos, como yo lo escribo aqu\u00ed, que tenemos tres textos diferentes del G\u00e9nesis: dos en hebreo y uno en griego; pero, al cabo de diez minutos, adivinabais que\u00a0 eso ya se presupon\u00eda por todo lo que \u00e9l os estaba haciendo ver. Luego os mostraba, a prop\u00f3sito de No\u00e9, de Thar\u00e9 y de Sem, que, en las listas geneal\u00f3gicas del G\u00e9nesis, estos tres personajes tienen la misma edad, en cualquiera de los documentos, cuando engendran a su sucesor.. Pero el griego de los Setenta a\u00f1ade, en las dos listas, cien a\u00f1os a la edad del patriarca antes de engendrar a su sucesor; el samaritano hace esta operaci\u00f3n en la segunda lista, el hebreo mismo a\u00f1ade cien a\u00f1os en la primera lista a Jared, Mathusalem y Lamech. Se da uno cuenta, por este dato, de la aridez de una discusi\u00f3n que exig\u00eda comparaciones extremadamente precisas y pacientes, introduciendo la matem\u00e1tica hasta en la historia, con gran regocijo del Sr. Pouget, que era por vocaci\u00f3n un f\u00edsico. Pero se adivina que el joven interrogador pod\u00eda preguntarse con alguna inquietud el lazo de esta medici\u00f3n con el problema de las relaciones de la ciencia y de la Biblia; el Sr. Pouget no siempre se lo dec\u00eda. Ya por causa de su rapidez de concepto, ya para hacer trabajar a la mente, ya por una especie de exquisito pudor, no presentaba las ideas intermedias, las articulaciones, el enunciado de los principios y de las consecuencias. En el caso presente hab\u00eda querido mostrar, con un ejemplo duro como las rocas, que la propia Biblia ense\u00f1aba la relatividad de sus genealog\u00edas. Puesto que los autores inspirados se corrigieron, puesto que uno de ellos ha parecido querer adaptar la cronolog\u00eda hebrea a otra cronolog\u00eda considerada en esta \u00e9poca como m\u00e1s autorizada (as\u00ed la cronolog\u00eda egipcia en el caso de los Setenta), es que la verdad de esta cronolog\u00eda no estaba garantizada por la inspiraci\u00f3n y no formaba parte de la ense\u00f1anza b\u00edblica. Por consiguiente, la ciencia era libre en la determinaci\u00f3n de la antig\u00fcedad del hombre. Pero, todo eso hab\u00eda que concluirlo. Un poco despu\u00e9s, el Sr. Pouget, abandonando las listas geneal\u00f3gicas, os hablaba como ge\u00f3logo de los tiempos terciarios: os explicaba que en aquella \u00e9poca se encontraba el cocotero en Londres, si me acuerdo bien, y la palmera en V\u00e9zelay; la \u00e9poca cuaternaria en cambio es la \u00e9poca de las invasiones glaciares: hac\u00eda un fr\u00edo intenso. Os preguntabais evidentemente si no se hab\u00eda olvidado otra vez del tema, y porqu\u00e9, despu\u00e9s de esta perorata sobre las genealog\u00edas, esta incursi\u00f3n en la geolog\u00eda. Luego os citaba de repente el vers\u00edculo 21 del cap\u00edtulo III del G\u00e9nesis y hab\u00eda que verificar en un Genesius voluminoso y polvoriento cu\u00e1l era el sentido preciso de los Kothn\u00f4th \u00f4r (vestidos de piel) con los\u00a0 que dijo que Yaveh Elohim revisti\u00f3 a Ad\u00e1n. La idea del Sr. Pouget era que, si el autor del G\u00e9nesis hab\u00eda representado a Ad\u00e1n desnudo en el primer cap\u00edtulo, y si ahora le pintaba cubierto de pieles de animales, \u00e9l no exclu\u00eda de ninguna manera la aparici\u00f3n de la humanidad en la era terciaria, y que, por consiguiente, no estaba quiz\u00e1s prohibido buscar en esos documentos tan antiguos ciertos recuerdos confusos sobre la prehistoria humana. Nuevo cambio, y ya estamos embarcados en una gram\u00e1tica hebrea, en la que buscamos el significado del art\u00edculo en hebreo: est\u00e1 claro que el art\u00edculo designa a veces un colectivo; por eso cuando se dice en el libro de los Cantares que la voz de la t\u00f3rtola se ha hecho o\u00edr en los campos: \u00bfqu\u00e9 demonios? Dice el Sr. Pouget, no hab\u00eda m\u00e1s que una sola t\u00f3rtola en los campos y, sin embargo, yo tengo aqu\u00ed el art\u00edculo. Y adem\u00e1s, en la introducci\u00f3n del G\u00e9nesis, cuando Elohim crea animales, dice (sin art\u00edculo) creemos hombre y, mirad tambi\u00e9n en G\u00e9nesis 2, ver\u00e9is claramente que aqu\u00ed hombre quiere decir toda la pareja. Os preguntabais de nuevo la raz\u00f3n de estos desarrollos gramaticales, y comprend\u00edais al punto que se nos daban para responder a una objeci\u00f3n posible: la Biblia hace vivir a Ad\u00e1n 930 a\u00f1os; y es mucho con relaci\u00f3n a nuestra duraci\u00f3n presente, pero es infinitamente poco para cubrir la duraci\u00f3n de las \u00e9pocas geol\u00f3gicas y el paso del terciario al cuaternario: ser\u00eda necesario que Ad\u00e1n fuera o pudiese ser un nombre colectivo. El Sr. Pouget quer\u00eda demostrar no ciertamente que la Biblia lo ense\u00f1aba as\u00ed, sino que ella no se opondr\u00eda a ello.<\/p>\n<p>Os llegabais para preguntarle sobre las pruebas de la existencia de Dios y os ve\u00edais obligados a escuchar un curso completo sobre la radioactividad o la degradaci\u00f3n de la energ\u00eda, sin que nunca se hablase de Dios. Llegabais a instruiros sobre el pecado original, y, al cabo de un rato, os hallabais inclinado sobre el art\u00edculo \u00abEpi\u00bb del diccionario griego franc\u00e9s de Bailly, en la secci\u00f3n del dativo, todo ello para estudiar el verdadero sentido del en \u00f4 pantes \u00eamarton que san Agust\u00edn, siguiendo aqu\u00ed al Ambrosiaster, tradujo falsamente por en quien (se trata de Ad\u00e1n) todos pecaron. \u2013 Otro ven\u00eda a hablarle de Jon\u00e1s o del Cantar, y se lo llevaba a un texto del Nuevo Testamento para examinar con cuidado los nueve textos, en los que la palabra didascalia ocurr\u00eda bajo la pluma de san Pablo, y en los que aparec\u00eda que ese t\u00e9rmino connotaba una ense\u00f1anza religiosa, buena o mala. Se le preguntaba sobre la Trinidad, se le enviaba a la gram\u00e1tica griega y al estudio del art\u00edculo, todo para mostrar que \u00abto pneuma\u00bb no ten\u00eda el mismo sentido que \u00abpneuma\u00bb, que la primera palabra designaba al Esp\u00edritu y la segunda un efecto del Esp\u00edritu. O tambi\u00e9n un joven prometido ven\u00eda a pedirle consejos, y entraba en profundidades sobre el cap\u00edtulo VII de la Primera Carta a los Corintios. El que le preguntaba sobre su vocaci\u00f3n no recib\u00eda respuesta y se ve\u00eda conducido a comparar vers\u00edculo por vers\u00edculo entre la an\u00e9cdota del joven rico en Mateo, luego en san Marcos&#8230;Har\u00eda falta un volumen entero para agotar la materia. Pero una vez, por un incidente, me viene la idea de que \u00e9l me hab\u00eda entregado su direcci\u00f3n: \u00abMe aferro a un punto, y me pongo a hacer piruetas.\u00bb<\/p>\n<p>Se ve que al practicar este m\u00e9todo, le suced\u00eda a veces que se perd\u00eda, se atascaba. A fuerza de tomar atajos, los emprend\u00eda a veces que no llevaban a ninguna parte. El gusto que experimentaba en los desv\u00edos le hac\u00eda perder el punto de vista, y se olvidaba de que sus alumnos ten\u00edan que preparar el programa de un\u00a0 examen o que su visitante no dispon\u00eda de tiempo infinito. El gusto que sent\u00eda por lo real era tal que se quedaba fascinado por los hechos como tantos otros lo hacen por las ideas: dado el juego normal de la inteligencia, esta tentaci\u00f3n es tan rara que nadie habr\u00eda querido apartarle de ella, y que siempre se ten\u00eda recelo en volverle a buen camino. Como la gente dotada de una memoria demasiado fuerte, el Sr. Pouget era tambi\u00e9n v\u00edctima de sus asociaciones, y quiz\u00e1s experimentaba la necesidad de dar aire a sus conocimientos, a fin de evitar que se marchitaran. Nadie negar\u00e1 que estaba amenazado de digresiones. Y no era cosa de la edad. Uno de sus antiguos alumnos refiere que \u00aben clase le suced\u00eda pasar as\u00ed de una ciencia a\u00a0 otra\u00bb y dar una lecci\u00f3n de f\u00edsica en teolog\u00eda o al rev\u00e9s: \u00abNos re\u00edamos un poco, dec\u00eda \u00e9l, pero no se perd\u00eda nada con ello.\u00bb Una tarea a la que no se adaptaba por naturaleza era la de examinador: cuando hac\u00eda una pregunta, la acompa\u00f1aba, a modo de pre\u00e1mbulos, con una cantidad de reflexiones y de ideas generales, liberando as\u00ed al candidato de la preocupaci\u00f3n de improvisar la respuesta: este deber, por sabio que uno sea, es siempre penoso, y hasta resulta impracticable cuando no se sabe. Uno de sus antiguos me ha dejado a este respecto una an\u00e9cdota sabrosa: al principio de una clase de Historia de la Iglesia, el Sr. Pouget hab\u00eda proclamado algo as\u00ed: me acusan de que no mando decir la lecci\u00f3n y tienen raz\u00f3n. Hoy voy a preguntar. \u2013 Vamos a ver, se\u00f1or G&#8230;., podr\u00eda decirme lo que se ha de pensar de tal hecho?&#8230; o mejor, hagamos bien la pregunta&#8230; Y ya lo ten\u00edamos lanzado en unas aclaraciones muy interesantes, pero durante tanto tiempo que la hora de finalizar la clase las interrumpi\u00f3. El Sr. Pouget ignora todav\u00eda que el seminarista a quien hab\u00eda \u00abpreguntado\u00bb estaba ausente.<\/p>\n<p>A pesar de estas digresiones, estos par\u00e9ntesis, esta lentitud, prestaba a aquellos que tuvieron la paciencia de o\u00edrle hasta el final un servicio inestimable. Muchos de sus alumnos han dicho que les ampliaba la mente, que \u00ababr\u00eda las ventanas para mirar fuera del apartamento y algo m\u00e1s lejos.\u00bb\u00a0 Pero eso no era nada, y los que hab\u00edan pasado por la formaci\u00f3n universitaria y ten\u00edan m\u00e1s ventanas que los j\u00f3venes seminaristas de san L\u00e1zaro, aquellos recib\u00edan de \u00e9l una lecci\u00f3n irremplazable.<\/p>\n<p>No exist\u00edan en \u00e9l esas ilusiones de conocimientos y esos recuerdos de conocimientos, fantasmas que abriga la mente y que le dan la idea de que sabe. \u00bfQu\u00e9 ser\u00eda de la mayor parte de los modernos, qu\u00e9 podr\u00edan decir si se les privara de las bibliotecas, de las revistas, y si se les hubiese prohibido este pensamiento por alusi\u00f3n, salido sin duda de la vida mundana y que ha pasado ahora a los peri\u00f3dicos, a las revistas y a los cursos? La alusi\u00f3n que produce la ilusi\u00f3n de que se sabe da la misma ilusi\u00f3n a quien os escucha; en todos los casos, ella le halaga, ya que estamos ansiosos de parecer, aun cuando s\u00f3lo sea en secreto y en un espect\u00e1culo muy interior.<\/p>\n<p>Habr\u00eda mucho que contar sobre este pensamiento por alusiones, por puntos de vista, por verosimilitudes que viene de nuestra cultura m\u00faltiple, de nuestro bagaje enciclop\u00e9dico y de una vida que se dirige a veces m\u00e1s al efecto que a la sustancia. \u00abLa imprenta nos ha vuelto charlatanes\u00bb, dec\u00eda el Sr. Pouget. Echaba de menos el tiempo en que se escrib\u00eda por voluntad y para decir algo y sobre un asunto consistente, el tiempo en que se pod\u00eda con todo rigor aprender un libro de memoria.<\/p>\n<p>\u00abLos Antiguos no ten\u00edan diccionario, dec\u00eda, Si hubieran sido pol\u00edgrafos, nos habr\u00edan inundado de libros. La Biblia est\u00e1 muy resumida como todos los libros de los Antiguos; con la imprenta en nuestros d\u00edas, nos tragamos montones de bazofia. \u00bfC\u00f3mo quiere que se pueda retener todo eso? \u00a0&#8211; Comprendo al Te\u00f3filo de Lucas que quer\u00eda un resumen[1]\n<p>Por el talante de su mente, as\u00ed como por su enfermedad, fue llevado a adoptar este m\u00e9todo antiguo y natural mal comprendido en nuestro tiempo, tan rico pero tan impaciente, y que consiste en conocer un objeto por una especie de contacto y de palpaci\u00f3n.<\/p>\n<p>\u00c9l que ten\u00eda una memoria tan poderosa, no ten\u00eda la memoria de la inteligencia: no parec\u00eda recordar m\u00e1s que hechos, jam\u00e1s conclusiones ni razonamientos. Un texto que hab\u00eda le\u00eddo cientos de veces, lo volv\u00eda a traducir con trabajo, como si fuera nuevo. Un razonamiento que le era familiar, lo volv\u00eda a construir delante de uno, no por preocupaci\u00f3n did\u00e1ctica, sino porque tal era el procedimiento ordinario de su pensamiento. Recordando todo lo que eran datos, olvidando todo lo que se hab\u00eda pensado, estaba pues siempre en la actitud del que es alumno: \u00abQu\u00e9 curioso, dec\u00eda, aprendo cosas de m\u00ed mismo! \u00a1Caramba!&#8230;He ido a buscar por todas partes.\u00bb Hab\u00eda adquirido muchos conocimientos, y sin embargo no ten\u00eda nada de adquirido. Ten\u00eda muchas certezas, y sin embargo lo pon\u00eda todo a discusi\u00f3n. Sab\u00eda, y sin embargo se pon\u00eda siempre en la actitud de quien tuviera que aprenderlo todo.<\/p>\n<p>Ah\u00ed estaba precisamente el secreto de esa fuerza de renovaci\u00f3n que pon\u00eda en todo. Hasta la extrema vejez, \u00e9l lo cuestion\u00f3 todo. \u00c9l se corrigi\u00f3. En ocasiones en que se hac\u00eda leer lo que hab\u00eda escrito el a\u00f1o precedente, nunca se encontraba satisfecho: hab\u00eda que tachar esto, a\u00f1adir eso, intercalar incidencias para precisar. Se retractaba seg\u00fan la etimolog\u00eda de tal palabra que, seg\u00fan \u00e9l, significaba: tratar de nuevo y no forzosamente condenar. Cuando ten\u00eda que haceros una advertencia sobre una exageraci\u00f3n o una impropiedad de lenguaje, a fin de no humillaros, a\u00f1ad\u00eda enseguida que era todav\u00eda m\u00e1s severo consigo mismo, y que teniendo la mente por ley progresar, no deb\u00eda nunca aprobar del todo sus expresiones antiguas. En su lecho de muerte, se planteaba problemas, y se trataba de problemas que cre\u00eda haber resuelto m\u00e1s de una vez. Pienso que con este modo de ver las cosas y esta perfecta indiferencia por la notoriedad, no se habr\u00eda resistido nunca a dar el visto bueno para imprimir algo, si el peso de la caridad, como dec\u00eda san Agust\u00edn, no le hubiera obligado a ello. Estas eternas vueltas a empezar le aseguraron una juventud constante, y lograron que no conociera nunca la decadencia. Maurice Legendre dec\u00eda bromeando: \u00abEl Sr. Pouget no envejece, rejuvenece\u00bb.<\/p>\n<p>Otro rasgo que se ha de apuntar aqu\u00ed es que el Sr. Pouget no ten\u00eda prisas por concluir, tan pocas que se dir\u00eda que ten\u00eda miedo de dar soluciones o respuestas. Cosa rara, hab\u00eda cuestiones fundamentales sobre las que parec\u00eda no tener consejos. Y aqu\u00ed es bien dif\u00edcil darse a entender, ya que en cualquier otro caso esta suprema duda estar\u00eda muy cercana al escepticismo. Pero en \u00e9l, era por el contrario una discreci\u00f3n en relaci\u00f3n con el misterio, un sentido de lo que hay de ficticio en la teor\u00eda, la preferencia concedida a una cuesti\u00f3n bien planteada sobre una soluci\u00f3n un poco falsa y, en total, el homenaje que la luz rinde a la sombra.<\/p>\n<p>Afirmaba tambi\u00e9n que, en muchas cuestiones, y sobre todo en aquellas que se refieren al infinito, existe necesariamente oscuridad al lado de la claridad: al forzar los l\u00edmites de esta claridad se arriesga infringir una disposici\u00f3n profunda de la naturaleza. En el terreno pr\u00e1ctico, ten\u00eda, seg\u00fan veremos, esa prudencia de la tierra que se ve en san Vicente de Pa\u00fal, y que ten\u00eda de su origen m\u00e1s a\u00fan que de su patr\u00f3n. Pero siempre se trataba del cuidado por evitar siempre la intervenci\u00f3n in\u00fatil del concepto y de seguir atento ante el ser.<\/p>\n<p>A este aspecto de su naturaleza a\u00f1\u00e1danse esos juicios limitativos que emit\u00eda sobre unos y otros y que eran parecidos a los del cultivador interrogado por su cosecha.<\/p>\n<p>En ellos se ver\u00e1 este estilo humilde y pleno de colorido cual es el de nuestras f\u00e1bulas, de Lafontaine, del soldado campesino y para decirlo de una vez\u00a0 de nuestra raza cuando se vuelve sobre s\u00ed misma y su savia.<\/p>\n<p>Un joven hab\u00eda querido presentarle a su prometida y le habr\u00eda gustado una palabrita de \u00e1nimo. El Sr. Pouget se limitaba a decir: \u00abYo creo que ella es razonable.\u00bb De un personaje de quien todos dec\u00edan que era un cristiano admirable, al cabo de diez minutos de conversaci\u00f3n, dec\u00eda escuetamente: \u00abEs un hombre tranquilo.\u00bb Despu\u00e9s de ver la catedral de Chartres: \u00abEs una bonita pieza, habla fuerte.\u00bb El mayor cumplido era: \u00ab\u00c9se es alguien con un valor moral no peque\u00f1o.\u00bb De un gran escritor: \u00abTiene, tiene pluma.\u00bb De un m\u00fasico un tanto sutil, cuando escrib\u00eda a religiosas contemplativas, me hab\u00eda dicho de paso el Sr. Pouget: \u00abPara hablar a las monjas, me comprende, hay que mostrase un gastr\u00f3nomo refinado.\u00bb De san Pablo exclamaba: \u00abTiene aletazos.\u00bb Del Cristo de los sin\u00f3pticos: \u00abHabla sencillamente y lo dice todo.\u00bb De un cr\u00edtico que razonaba mal y de manera flameada: \u00abEsto me recuerda a los tambores mayores de mi infancia. Diantre! que si iban majos con su doble decalitro.\u00bb A prop\u00f3sito de las almas piadosas pero perezosas, dec\u00eda: \u00abNo me gusta la gente que tiene siempre al Buen Dios en la boca.\u00bb Despu\u00e9s de ver un bonito paisaje: \u00abEso no me llena tanto como la Biblia.\u00bb Despu\u00e9s de cerrar a san Marcos: \u00abDespu\u00e9s de todo, el Evangelio es Cristo predicado al pueblo.\u00bb\u00a0 Y, en sus momentos de misticismo: \u00abAndo con el \u00e1nimo por los suelos. Pero otras veces vuelo muy alto. Me veo transportado no s\u00e9 hasta d\u00f3nde&#8230;\u00bb<\/p>\n<p>Se podr\u00eda llegar a creer que una ense\u00f1anza d\u00f3cil a la complejidad de las cosas, tan reservada en las conclusiones, dejaba tras s\u00ed un reguero de confusi\u00f3n y de problemas. Nada de eso, y en su lugar quedaba la impresi\u00f3n de una extraordinaria sencillez. No esa simplicidad siempre un tanto ficticia, que es la de la ciencia libresca, no esa simplicidad que tiende a la evidencia de los ge\u00f3metras como a su l\u00edmite y en la que Descartes ve\u00eda el ideal de todo conocimiento. Sino otra simplicidad, la que figura y simboliza la geometr\u00eda\u00a0 en el otro polo extremo: la simplicidad de la cosa, la simplicidad del hecho, la simplicidad de una fuente inagotable y l\u00edmpida. Decimos de un teorema que es simple, y lo decimos tambi\u00e9n de un ni\u00f1o: en este \u00faltimo sentido es en el que su ense\u00f1anza era simple. Lo era tanto que despu\u00e9s de probarla no se pod\u00eda ya encontrar satisfacci\u00f3n en los textos: uno ya se cre\u00eda artificial y sistem\u00e1tico. Todos han conocido esta confusi\u00f3n que se recibe ante una persona simple en extremo: se hab\u00edan preparado unas f\u00f3rmulas de acercamiento y de educaci\u00f3n, se hab\u00eda adoptado sin saberlo bien una actitud que tend\u00eda a agradar o a adular, y luego todo se esfuma. Se cre\u00eda uno natural, y se ve lleno de recovecos. Tal era el g\u00e9nero de purificaci\u00f3n que os procuraba una entrevista con el Sr. Pouget.<\/p>\n<p style=\"text-align: center\">&amp; &amp; &amp;<\/p>\n<p>Hab\u00eda, nos damos cuenta, muchos caracteres del campesino en el Sr. Pouget; esa tenacidad extraordinaria, ese gusto por el trabajo duro las vueltas a empezar, el amor de lo palpable, la necesidad de sopesar, de medir y de percatarse por s\u00ed mismo de todo, la dificultad en expresarse en lengua culta, el sentido del lenguaje concreto y conciso; &#8211; la habilidad campesina tambi\u00e9n, la que consiste parecer siempre derrotado por el trabajo, siendo as\u00ed que se sabe bien en el fondo c\u00f3mo es preciso hacerlo, la habilidad que consiste en parecer sin apariencia para dejar pasar las apariencias, la habilidad que consiste en simular verse aplastado por las necesidades para arrancar de los poderes condiciones mejores; los gru\u00f1idos que son como una canci\u00f3n; la manera de hablar de las mujeres con un poco de desprecio; el cuidado de contar, de ahorrar, de recoger y tambi\u00e9n de no dejarse perder nada, de reparar, de remendar, de hacer durar; el respeto a los grandes establecidos con la convicci\u00f3n \u00edntima de que no hay m\u00e1s grandeza que la interior; la impresi\u00f3n de que nada se tiene, que se est\u00e1 en las \u00faltimas, y siempre volver a empezar; la queja ante el trabajo sin aflojar nunca; ning\u00fan descanso sino trabajos nuevos; una independencia total y sin embargo una sumisi\u00f3n muy humilde a todos. Tambi\u00e9n habr\u00eda que apuntar esa lentitud en la decisi\u00f3n que se encuentra en san Vicente, costumbre del campesino para quien no existe el tiempo. El Sr. Pouget sent\u00eda horror por los que le apremiaban: iba a su paso, abr\u00eda su surco. Despu\u00e9s de una tarea pasaba\u00a0 a la siguiente; pero la idea de realizar un trabajo en un tiempo limitado o de entregar un trabajo a fecha fija, o de evitar una digresi\u00f3n cautivadora para mejor lograr el fin, o de tener que dar una decisi\u00f3n inmediata, esa idea no le era soportable: si hubiese hablado el lenguaje m\u00edstico habr\u00eda podido decir como san Vicente que las prisas eran una especie de sospecha que el hombre aceptaba contra Dios, ya que conduc\u00edan a \u00abadelantarse a la Providencia\u00bb.<\/p>\n<p>S\u00f3lo encuentro una nota por la que se sal\u00eda de la raza campesina: era su pobreza. No ten\u00eda el amor a la pobreza como una virtud que hubiera deseado y adquirido con esfuerzos sobre s\u00ed: no, era algo anclado en su naturaleza y tanto que \u00e9l no se sab\u00eda pobre, igualmente que no se sab\u00eda humilde. Ten\u00eda una especie de horror al dinero. Pon\u00eda en desprenderse de \u00e9l el mismo cuidado que otros ponen en amasarlo. A veces le ayudaba yo a hacer las cuentas. Su dinero se hallaba en un caj\u00f3n oculto a la vista y cuya llave guardaba en su caj\u00f3n usual, junto a las tijeras, al Ordo, y al veronal. Este caj\u00f3n, del que a\u00fan no he hablado, conten\u00eda lo que \u00e9l consideraba m\u00e1s precioso: algunas cartas de los suyos, recuerdos de Jean Bouvier y Jourdain, dos ex alumnos de J. Chevalier que hab\u00edan venido a consultarle al comenzar la guerra y que hab\u00edan dado la vida por Francia. Luego, junto a las cartas, o mejor encima, a la vista, estaba toda su fortuna, figurada por un viejo billete de diez francos bien colocado y que representaba la paga del mes, puesto que devolv\u00eda a la comunidad el dinero que le daban por las misas. Esta paga mensual daba lugar a c\u00e1lculos y a divisiones: el Sr. Pouget pensaba en la compra del az\u00facar, y del veronal, este remedio a veces necesario para asegurarle algunas horas de sue\u00f1o. El resto se iba en limosnas, o en suscripciones a algunas revistas de tercer orden que quer\u00eda mantener, como la de los antiguos alumnos de Saint-Flour. Cuando este desdichado billete de diez francos hab\u00eda desaparecido, cuando ya no quedaba en la caja fuerte m\u00e1s que el dinero de las misas que deb\u00eda decir, cuando hab\u00eda verificado que esta suma correspond\u00eda exactamente a las misas prometidas y se\u00f1aladas, en el margen de su Ordo, con ciertos signos cabal\u00edsticos, cuando hab\u00eda nivelado de esta forma su presupuesto y que, aparte de algunos escr\u00fapulos por el az\u00facar, hab\u00eda tranquilizado su conciencia, entonces mostraba una visible satisfacci\u00f3n al saber que sus finanzas se encontraban en tan buen estado. Hab\u00eda asimismo en este caj\u00f3n misterioso un portamonedas de cuero en forma de bolsa, con un cierre. Lo palpaba con suavidad, y hac\u00eda el inventario; luego se ve\u00edan aparecer en el extremo de sus dedos dos o tres monedas que desde la guerra ya no ten\u00edan curso legal. Y un d\u00eda que le hab\u00eda sorprendido acariciando este dinero, me declar\u00f3 con la mayor seriedad: \u00abTengo ah\u00ed tres francos de los que no puedo lograr desprenderme.\u00bb Si uno entra en ese momento y le ve arrodillado ante ese caj\u00f3n entreabierto, y con estas piezas en la mano que brillaban en la penumbra, creo que le tomar\u00eda por avaro. El Sr. Pouget era muy avaro, pero de pobreza.<\/p>\n<p>Esta avaricia tan extra\u00f1a se manifestaba en sus ropas que eran todas de pr\u00e9stamo.\u00a0 Prefer\u00eda llevar h\u00e1bitos que hab\u00edan pertenecido a cohermanos difuntos, sobretodo cuando hab\u00edan sido piadosos personajes, y su atuendo era como un cementerio, en que cada tumba hace revivir un fragmento de pasado. \u00abEsta muceta, dec\u00eda, perteneci\u00f3 al pobre (fulano de tal)&#8230;\u00bb En cuanto a su ropa interior, ten\u00eda el color terroso de los viejos campesinos. Habi\u00e9ndole cuidado mientras estaba enfermo, y habiendo asistido a las operaciones de desnudarse, puedo decir qu\u00e9 silueta m\u00e1s extra\u00f1a ofrec\u00eda en camisa, en pantal\u00f3n y en medias: un le\u00f1ador del bosque; sin la sotana, se hab\u00edan atravesado diez siglos y m\u00e1s, uno se cre\u00eda en plena Edad Media; y cuando se hab\u00eda puesto el gorro de algod\u00f3n puntiagudo y trasteaba as\u00ed por el cuarto con los tirantes reparados con cuerdas y el pantal\u00f3n con remiendos, podr\u00eda dar miedo, como un brujo en su antro. El hermano que le velaba en su \u00faltima enfermedad se hab\u00eda asustado de la pobreza de sus ropas: harapos, trapos inservibles.<\/p>\n<p>Los h\u00e1bitos que estaban en su armario (el armario del az\u00facar y la jofaina) habr\u00edan podido figurar en una exposici\u00f3n retrospectiva del traje eclesi\u00e1stico, y ten\u00edan ya ese tinte de las momias, esas formas tiesas de objetos colocados en vitrinas. Una palabra m\u00e1s aqu\u00ed en el cap\u00edtulo de los sombreros.<\/p>\n<p>El problema del sombrero era para \u00e9l insoluble. Med\u00eda 61 cm de cabeza: en el sombrerero no encontraba por tanto nunca sombrero de su talla. Que por eso no sea, dir\u00e9is, no ten\u00eda m\u00e1s que encargar un sombrero a medida. Pero el Sr. Pouget era pobre y quer\u00eda seguir as\u00ed. Nunca habr\u00eda permitido que su congregaci\u00f3n le encargara una teja, adem\u00e1s que ello habr\u00eda sido singularizarse y llamar la atenci\u00f3n sobre el per\u00edmetro de su cr\u00e1neo. Quedaba la soluci\u00f3n de andar mal cubierto, y pasaba por ello, a riesgo de que se hiciesen comparaciones entre zapateros y sombrereros, descorteses en los \u00faltimos. \u00abSe hacen zapatos a medida, no sombreros. Con todo, permitidme esto, la cabeza se lo merece m\u00e1s que los pies.\u00bb Ten\u00eda de esta forma, en su guardarropa, dos sombreros que no le ca\u00edan nada bien. Su preferido por la talla era un viejo sombrero de pelo, demasiado ancho y cubierto de un polvo venerable. Pero hab\u00eda que apartarle de esta tentaci\u00f3n: ya que este sombrero paleol\u00edtico habr\u00eda causado una sorpresa general. Tomaba entonces el otro, del tipo flojo, que s\u00f3lo le cubr\u00eda a medias y que llevaba en todo lo alto. En los \u00faltimos a\u00f1os, cuando sal\u00eda a la calle, acompa\u00f1ado de un amigo, presentaba una silueta muy curiosa. La gente se volv\u00eda a mirar a este anciano, avanzando con precauci\u00f3n, tanteando las bocas de gas con el bast\u00f3n, temiendo molestar y descubri\u00e9ndose por educaci\u00f3n la masa enorme de su cr\u00e1neo con el pelo rizado. Conoc\u00eda y le gustaba Par\u00eds que hab\u00eda recorrido en todas las direcciones, en especial en la imperial de los \u00f3mnibus, observatorio perfecto y cuyo lugar no ha podido ser reemplazado por nada. Le gustaba dar paseos a pie, tanto para demostrar a los dem\u00e1s como para demostr\u00e1rselo a s\u00ed mismo que, siendo como era ciego, ten\u00eda todav\u00eda las piernas fuertes. Una de sus coquetear\u00edas consist\u00eda en no tomar la diligencia reservada a los sacerdotes ancianos; cuando se iba a Gentilly, la casa de campo de San L\u00e1zaro, hac\u00eda todo el camino a pie, a buen paso, apoyado en el brazo de un joven.<\/p>\n<p>Esta pobreza se manifestaba, como lo hemos visto, en un terreno en el que parec\u00eda razonable que se deb\u00eda proscribir del todo, en la compra y uso de los instrumentos de trabajo. La concordancia de la ciencia y de la pobreza es algo dif\u00edcil: ya que, para saber, hay que tener y, cuando la orden de san Francisco se volvi\u00f3 hacia la ciencia, fue una necesidad que poseyera libros y renunciara al esp\u00edritu primitivo. Para apreciar sin exageraci\u00f3n esta pobreza, se ha de recordar que el Sr. Pouget, ya ciego, no pod\u00eda consultar mucho, que su m\u00e9todo consist\u00eda en trabajar en todos sentidos la tierra paterna sin hacer incursiones en los terrenos vecinos y por fin que ten\u00eda una memoria sorprendente. Pero hab\u00eda tambi\u00e9n en su desprendimiento algo voluntario: si recopiaba un diccionario o una gram\u00e1tica, no era s\u00f3lo para fijarlos mejor en su mente al confi\u00e1rselos a esta memoria visual (que, seg\u00fan \u00e9l, localiza, cosa que no hace la memoria auditiva o la memoria motriz), era tambi\u00e9n para someterse a las exigencias de la pobreza y a los inconvenientes que Cristo hab\u00eda querido conocer. Se serv\u00eda de papeles con los que se habr\u00edan podido fabricar cigarrillos de tan finos como eran, y con frecuencia escrib\u00eda en las dos caras del folio, cosa que hac\u00eda que sus trabajos fueran tan dif\u00edciles de leer. La tinta era vieja, el papel carb\u00f3n usado hasta el agotamiento. En todo se ve\u00eda este cuidado por ahorrar. Lo que le guiaba era haber vivido entre gente pobre; cuando su padre era aguador en Par\u00eds, el peque\u00f1o Guillermo hab\u00eda debido comprender la dignidad del dinero y su poder de compra y no hab\u00eda perdido nunca el h\u00e1bito de traducir el dinero en el lenguaje del trabajo, de la miseria y del hambre. \u00abPor qu\u00e9 no tomar el \u00f3mnibus, le dec\u00edan en otro tiempo, cuando se trataba de ir de Gentilly a San L\u00e1zaro.\u00a0 \u2013 Es porque, sabe, son tres reales, y eso representa mucho pan para un pobre\u00bb.<\/p>\n<p>A pesar de todas estas privaciones, se ve\u00eda demasiado rico. Ten\u00eda una cama, una mesa, un techo. Ten\u00eda el porvenir asegurado. \u00abHay d\u00edas, me dec\u00eda, en que sentir\u00eda tentaciones de quejarme. Despu\u00e9s de todo, soy viejo y los he visto crecer a todos: se podr\u00edan acordar de que soy ciego. Ha habido a\u00f1os atr\u00e1s en que habr\u00eda necesitado comprar un libro, y mis zapatos est\u00e1n my gastados&#8230; Entonces pienso en ese logion de Mateo, que por lo dem\u00e1s se encuentra tambi\u00e9n en Lucas&#8230; Mire, usted que es joven, vea en el Testamento gordo por san Mateo, en el cap\u00edtulo VIII, vers\u00edculo&#8230; espere&#8230; vers\u00edculo diecinueve o veinte: oi al\u00f4pekes p\u00f4l\u00e9ous \u00e9chousi&#8230; al\u00f4pex? La Vulgata lo ha traducido por vulpes, zorro. Me pregunto si no estar\u00eda mejor los chacales: veremos un poco&#8230; Kai ta peteina tou ouranou katask\u00e8n\u00f4seis, los chacales pues tienen sus guaridas y los p\u00e1jaros del cielo sus nidos; o de uios tou anthr\u00f4pou ouk ech\u00e9 ou t\u00e8n k\u00e8phal\u00e8n klin\u00e8, \u00bfes eso?&#8230; Pero el hijo del hombre no tiene donde reposar su cabeza. Ya sab\u00e9is lo duro que es dormir en el suelo, a la cabeza le gusta dormir sobre algo mullido. Sabe, cuando pienso en Cristo que no ten\u00eda casa propia, que era perseguido, siempre obligado a huir de un lugar a otro, me digo que todav\u00eda soy\u00a0 muy rico\u00bb.<\/p>\n<p>Al hablar de virtudes heroicas, se entiende por ello virtudes que superan en altura y constancia a las fuerzas comunes. Sin conocer bastante los recursos humanos y sobre todo lo com\u00fan de los verdaderos religiosos, no puedo decir si su pobreza llegaba al hero\u00edsmo. Pero, sabiendo lo que significa el trabajo intelectual, por haberlo practicado desde mi edad juvenil, puedo decir que durante los diez a\u00f1os que le conozco su forma de trabajar era verdaderamente prodigiosa.<\/p>\n<p>Hay que decir en primer lugar que no estaba de ninguna manera obligado en conciencia a trabajar, que hubiera podido muy bien pasar el tiempo en su celda en seguir viviendo; s\u00f3lo estaba obligado a guardar las reglas de su congregaci\u00f3n, y tambi\u00e9n, hall\u00e1ndose ciego, creo que habr\u00eda obtenido con facilidad el permiso de recitar cada d\u00eda la misma misa o de reemplazar el breviario por un rosario. Pues bien, como lo diremos al hablar inmediatamente sobre su memoria, este anciano ciego recitaba cada d\u00eda, ley\u00e9ndola en su cerebro, la misa del d\u00eda y la mayor parte del oficio. En cualquier caso no estaba obligado a trabajar con la cabeza a la edad que ten\u00eda: despu\u00e9s de sesenta a\u00f1os pasados en servir y sin tomar vacaciones nunca, ten\u00eda todo el derecho a un respiro y un descanso. Ahora pensemos en un ciego de ochenta a\u00f1os, sin ayuda, sufriendo de continuo de la vista que era tan sensible a la luz, molestado con frecuencia por cohermanos, penitentes, estudiantes que le tiranizaban, sin ning\u00fan descanso, recitando, rezando, componiendo en la cabeza lo que iba a pasar a la m\u00e1quina, escribiendo con letra grande, peque\u00f1os tratados y hasta grandes tratados para aquellos que sab\u00eda se encontraban en dificultades, otras veces sencillamente para s\u00ed mismo y para el avance de la ciencia sagrada, y eso buenamente y con naturalidad, como si fuera su estricto deber, se tendr\u00e1 una idea de esta extraordinaria aplicaci\u00f3n. Al acabar un peque\u00f1o trabajo, lo ataba con cuerdas para evitar que se escapasen las hojas y lo met\u00eda en su caj\u00f3n, sin preocuparse de la suerte que pod\u00eda correr: ten\u00eda la seguridad de que despu\u00e9s de su muerte todo ir\u00eda a parar a la papelera. Ya he dicho que no ten\u00eda ning\u00fan sentimiento de propiedad sobre sus trabajos. Era de una indiferencia absoluta en este aspecto, y estaba persuadido en su candidez de que los dem\u00e1s deb\u00edan experimentar los mismos sentimientos: despu\u00e9s de todo, si uno se propon\u00eda decir s\u00f3lo la verdad, importaba poco qui\u00e9n la sacara a la luz, y la firma de las obras deber\u00eda ser algo casi in\u00fatil, sobre todo entre los autores cristianos, o religiosos que han renunciado al esp\u00edritu de propiedad. El Sr. Pouget ten\u00eda sus sentimientos, lo que no le imped\u00eda cuidar en lo posible su estilo y escribir en una\u00a0 lengua que le era propia. Pero habr\u00eda lamentado que \u00abapareciese\u00bb uno de sus libros, y los que se han publicado con algunos ejemplares lo han sido bien a pesar suyo. Lo que no quer\u00eda decir que no deseaba difundir sus ideas y compartirlas con otros presentando pruebas rigurosas. Nada le habr\u00eda sorprendido que se las hubieran copiado y difundido, y hasta pienso que se habr\u00eda sentido dichoso al ver extendida la verdad y el \u00e9xito volar a alg\u00fan otro. La obra que escribi\u00f3 sobre los or\u00edgenes sobrenaturales de la Iglesia, hablaba de ella como si fuese la obra de otro. \u00abLa obra del Sr.- X&#8230;\u00bb, dec\u00eda, o tambi\u00e9n \u00abnuestra obra.\u00bb La palabra \u00abmi libro\u00bb no habr\u00eda pasado la barrera de sus labios. Y sin embargo a veces ten\u00eda un lapsus y se le escapaban frases como \u00e9sta: \u00abLa obra del Sr. X&#8230; de la que de hecho yo soy casi el autor total\u00bb.<\/p>\n<p>Ahora ha llegado el momento de decir unas palabras de lo que le cre\u00f3 una leyenda, y que impresionaba al visitante como una curiosidad natural, su gran memoria. Hab\u00eda yo o\u00eddo m\u00e1s de una vez decir a uno de sus cohermanos, medio riendo, medio en serio, que, desde Pico della Mirandola, no se hab\u00eda debido ver una memoria as\u00ed. Quitando todo ep\u00edteto peyorativo a la expresi\u00f3n, se habr\u00eda podido decir que pose\u00eda una memoria monstruosa, una memoria tal que, si no hubiese tenido una gran inteligencia y una entera posesi\u00f3n de s\u00ed, ella se la habr\u00eda merecido sin duda. Dejo a un lado todo lo que conoc\u00eda de las ciencias, por no haber tenido nunca suficiente capacidad para apreciarlo. Pero en historia y en historia religiosa, era capaz de contar la historia de un pontificado o de un reino, como si os hablara de un asunto de familia. Pienso que cuando hab\u00eda le\u00eddo una obra de historia con atenci\u00f3n, se sab\u00eda casi la materia. Pero lo m\u00e1s impresionante era lo que se sab\u00eda de memoria. Un d\u00eda, habiendo echado la cuenta, me dec\u00eda saberse l0 800 versos latinos y franceses. Otro d\u00eda, me lo encontr\u00e9 despu\u00e9s de repasar, seg\u00fan su c\u00f3mputo, 5 342 versos de Horacio y 4 575 de Virgilio (6 de marzo de 1928). En lat\u00edn, se sab\u00eda varios cantos de la Eneida, varios libros de las Ge\u00f3rgicas; en suma se puede decir que se hab\u00eda aprendido la mayor parte de Virgilio. En franc\u00e9s se recitaba principalmente a los cl\u00e1sicos: La Fontaine, Boileau y Moli\u00e8re. A este prop\u00f3sito dec\u00eda: \u00abun poco de arte no hace da\u00f1o en la vida. Antes, cuando ten\u00eda sufrimientos, me dec\u00eda: Ah! si tuviese un viol\u00edn.\u00a0 \u2013 Ahora, cuando estoy aburrido, me tomo una buena dosis de poes\u00eda, profana o sobre todo b\u00edblica: eso os coloca en un mundo superior. A pesar de no tener vista, he podido estudiar. Tengo cantidad de salmos en la cabeza, y todo el Nuevo Testamento.\u00bb<\/p>\n<p>Se sent\u00eda agradecido a los Antiguos por expresarse con concisi\u00f3n y f\u00f3rmulas que se graban. \u00abLos libros de los Antiguos eran cortos: uno se los pod\u00eda aprender. Mientras que hoy, vaya usted a meterse un libro en la cabeza\u00bb. Se adivina por ah\u00ed su primera tendencia ante lo que \u00e9l estimaba que era una obra maestra: poseerla aprendi\u00e9ndosela.<\/p>\n<p>Se sentir\u00eda uno inclinado a pensar que esta memoria era un don natural que un hada ben\u00e9fica hab\u00eda colocado en su cuna. Y no ser\u00e9 yo quien niegue que hubiese recibido una aptitud rara de observar y de retener, que deb\u00eda de consistir en la intensidad de la atenci\u00f3n m\u00e1s que en la fuerza de la retenci\u00f3n. Pero su memoria era la obra de su voluntad. La cuidaba con perseverancia hasta su edad avanzada. Pod\u00e9is todav\u00eda ver en nuestros campos a ancianos o ancianas que se imponen pesadas cargas in\u00fatiles contra el parecer de toda la familia; les demuestran que no est\u00e1 bien, que no es necesario y que ser\u00eda mejor descansar. Pero ellos hacen o\u00eddos de mercader, y tienen raz\u00f3n. Saben que, si se detuvieran un d\u00eda, se detendr\u00edan para siempre, y que el descanso ser\u00eda su muerte. Si el Sr. Pouget se hubiera parado de ponerse al d\u00eda, de repasar y si se puede decir de abrillantar sus recuerdos, se habr\u00eda acostado en la tumba. Este esfuerzo perpetuo e in\u00fatil de acordarse era el secreto de su higiene; su memoria era su fuerza, como la cabellera de Sans\u00f3n.<\/p>\n<p>La conservaba pues, con la paciencia de un mec\u00e1nico o de una avaro. Se hac\u00eda con frecuencia el inventario, lo m\u00e1s preciso posible. Se impon\u00eda tareas ficticias como si fuera su propio maestro: repasar Marcos, repasar Lucas. Y se impon\u00eda este repaso como la ocupaci\u00f3n principal: y llegaba hasta quejarse al modo que se queja el ni\u00f1o de un maestro demasiado exigente con las lecciones.<\/p>\n<p>\u00abMe aprendo a san Lucas, recito la Sabidur\u00eda, revisto de hebreo el libro de los Reyes. \u00bfSe da cuenta? Estoy reventado\u00bb. Habr\u00eda sentado mal si se le hubiera dicho que ese revent\u00f3n no le interesaba a nadie m\u00e1s que a \u00e9l.<\/p>\n<p>Cuando un visitante entraba sorprendi\u00e9ndole en esta continua composici\u00f3n de recitar en que se med\u00eda a s\u00ed mismo para s\u00ed mismo, era contratado al punto para hacer verificaciones. Entonces ten\u00edan lugar incidentes bien graciosos. Se recitaba hebreo y dudaba en una palabra. Se presenta un personaje. Lo requisa. El otro tiene que confesarle que, a pesar de su buena voluntad, sin saber ni letra de hebreo, no puede servirle de ninguna ayuda . Proven\u00eda de la alta Auvernia y conoc\u00eda muy bien el arte de saber escuchar como el arte de no querer entender. \u00abVamos a ver, le dec\u00eda, se\u00f1al\u00e1ndole le palabra en un gran libro; \u00bfc\u00f3mo est\u00e1 hecha esta letra? Supongo que tiene primero una gran asta como nuestra I may\u00fascula, luego que gira a la izquierda como una T may\u00fascula a la que se hubiese cortado el palo derecho.\u00a0 \u2013 Algo de eso hay, se\u00f1or Pouget.\u00a0 \u2013 Bueno, lo que yo esperaba. (Aparte.)\u00a0 Es un Caph final. \u2013 Y luego, la letra siguiente, \u00bfse parece a una puerta?\u00a0 &#8211; Ah! no, se\u00f1or Pouget, es como un pez\u00f3n peque\u00f1o. \u2013 Pero, \u00bfqu\u00e9 dice? Un peque\u00f1o pez\u00f3n&#8230;\u00bb Se ve por qu\u00e9 atajos andaban metidos. Este sistema no permit\u00eda avanzar mucho, y no conduc\u00eda m\u00e1s que a una certeza relativa. Pero \u00e9l no ten\u00eda nunca prisa, y le chiflaban las dificultades. Su m\u00e9todo era de lanzarse siempre en alta mar, arregl\u00e1rselas como pod\u00eda, enfrentarse a las cosas, abordar las dificultades, y desarmarlas con su testarudez.<\/p>\n<p>Su memoria se ejercitaba principalmente en la liturgia y en la Biblia. Aunque ciego, dec\u00eda el oficio del d\u00eda. Desde hac\u00eda tiempo se sab\u00eda el salterio como el Pater. Evitaba la leyenda del santo que no lograba aprenderse, compartiendo en este punto las ideas del Mons Duchesne quien dec\u00eda, seg\u00fan parece, \u00abmentiroso como un segundo nocturno\u00bb. Sab\u00eda sin embargo las historias de los viejos oficios romanos, santa Cecilia, santa Luc\u00eda y santa In\u00e9s. Cuando no pod\u00eda recitar la leyenda, la sustitu\u00eda por \u00abalgo de Escritura\u00bb. En la primera lecci\u00f3n del tercer nocturno, en lugar de decir despu\u00e9s del vers\u00edculo del Evangelio et reliqua, recitaba el Evangelio entero, creyendo que muchas veces vale m\u00e1s que su comentario.<\/p>\n<p>Las Homil\u00edas de san Le\u00f3n se acomodaban con mayor facilidad en su memoria que las de san Agust\u00edn. Mandaba leer los textos de la misa la v\u00edspera por la tarde, y era suficiente una palabra para ponerle en marcha: echaba pestes a veces contra la complicaci\u00f3n de las secretas o de las poscomunios, y le habr\u00eda sentado mal que se le dijera que las oraciones de la misa no est\u00e1n ah\u00ed para ser aprendidas de memoria o que la industria de los misales habr\u00eda periclitado si hubiera tenido muchos disc\u00edpulos. Pero ya sab\u00e9is lo que pensaba en sus adentros de los breviarios en cuatro tomos y de los bellos misales: y se preguntaba qu\u00e9 habr\u00eda pensado Cristo, de quien nos dice el Evangelio, en el cap\u00edtulo X de Mateo, que quer\u00eda a su misionero sin \u00abequipaje\u00bb y con el solo aparejo de la pobreza\u00bb. Era un espect\u00e1culo totalmente impresionante asistir a su misa: con las manos apoyadas en el libro, cuyo texto recitaba sin poderlo leer, con rapidez y como si estuviera leyendo, con mayor respeto de lo que le hab\u00eda costado.<\/p>\n<p>Del Antiguo Testamento, El Sr. Pouget hab\u00eda confiado a su memoria, en hebreo, en lat\u00edn, y a veces en griego, los primeros cap\u00edtulos del G\u00e9nesis, en particular los tres primeros. Tambi\u00e9n sab\u00eda en hebreo una gran parte de Job y el Cantar de los Cantares. Se sab\u00eda en griego y con toda exactitud el libro de la Sabidur\u00eda. Y naturalmente sab\u00eda largos pasajes de los otros libros: me limito a citar sus preferencias. En cuanto al Nuevo Testamento, estaba en posesi\u00f3n de todo el lat\u00edn, echando siempre en falta no hab\u00e9rselo aprendido en griego cuando joven. Hab\u00eda fijado en su memoria incluso la matem\u00e1tica de los vers\u00edculos; sab\u00eda, al menos en cuanto a los textos que \u00e9l cre\u00eda m\u00e1s importantes, que esto estaba en el vers\u00edculo tal y tal del cap\u00edtulo cual; muy raramente se equivocaba. Llegaba uno a darse cuenta de que simulaba no conocer la posici\u00f3n del vers\u00edculo, a fin de no abrumar al interlocutor por el bagaje de su ciencia y para pasar por el com\u00fan de los mortales.<\/p>\n<p>Pero hac\u00eda gala de toda su capacidad cuando se le presentaba una objeci\u00f3n, en particular cuando le le\u00edan un pasaje capcioso y falsamente impasible del \u00faltimo libro de los cr\u00edticos radicales. Entonces, por poco que se encontrara en forma, llov\u00edan los textos como balas. Aquello hac\u00eda pensar en efecto en un bombardeo que se preparaba y en el que los disparos, siempre precisos en extremo, pero al principio alejados del punto por la dispersi\u00f3n, ven\u00edan a cubrir exactamente el objetivo. Sabemos que, en su primera juventud, al Sr. Pouget le habr\u00eda gustado ser oficial de artiller\u00eda para repartir golpes, dec\u00eda \u00e9l, y \u00aba riesgo de recibirlos\u00bb. Y hab\u00eda claramente en su car\u00e1cter volc\u00e1nico algo del\u00a0 artillero, con una especie de satisfacci\u00f3n en combatir y en vencer por la precisi\u00f3n del c\u00e1lculo m\u00e1s que por la furia. Entonces se ve\u00eda c\u00f3mo la memoria estaba siempre a la disposici\u00f3n de su mente. Las municiones al alcance de la mano. No necesitaba, como la mayor parte de nosotros, ir a buscarlas en alg\u00fan libro, comentario o biblioteca. No necesitaba clasificarlas sistem\u00e1ticamente, ni darles a fuerza de referencias inglesas y sobre todo alemanas un aparato temible. Las citas pertinentes sal\u00edan de sus almacenes con su referencia exacta; y el pobre estudiante, si quer\u00eda agotarse anot\u00e1ndolas, ca\u00eda vencido por la rapidez. A veces llegaba la noche al campo de batalla cubierto ya de textos y de reflexiones, de refutaciones precisas, y \u00e9l era el \u00fanico que no se daba cuenta de las tinieblas, puesto que todo era noche para \u00e9l. Hab\u00eda sin embargo que decirle que era de noche, al no poder los ojos del vidente controlar ya al ciego. Pero tem\u00edamos interrumpir este surtidor y esper\u00e1bamos hasta el \u00faltimo momento. Porque, cuando le dec\u00edamos: \u00abSr. Pouget, no veo nada\u00bb, hab\u00eda que cambiar la mesa de lugar y llevarla junto a la l\u00e1mpara al otro lado de la pieza, y sabido es que no se ha de interrumpir nunca el trabajo de la mente cuando se realiza con facilidad. Repito que era una escena solemne esta batalla que segu\u00eda en la sombra. Entonces era cuando se pod\u00eda calibrar la ciencia del Sr. Pouget: cuando otro cualquiera hubiera pedido gracia y acusado ignorancia (\u00bfqu\u00e9 somos todos sin nuestros libros?) \u00e9l, pues se divert\u00eda, como la Sabidur\u00eda durante la creaci\u00f3n del mundo. Una sencillez antigua, ning\u00fan despliegue de saber raro, nada de poses, ni lecciones, ning\u00fan deseo de revancha, o de triunfo, sino hechos que estallaban como cohetes a vuestros ojos con algo de brutal y fulgurante.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Cap\u00edtulo II: Retrato del Sr. Pouget hacia 1930 (cont.) 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