{"id":26910,"date":"2014-03-02T06:58:13","date_gmt":"2014-03-02T05:58:13","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/?p=26910"},"modified":"2016-07-26T09:44:35","modified_gmt":"2016-07-26T07:44:35","slug":"retrato-del-sr-pouget-sacerdote-de-la-mision-ii","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/vincentians.com\/es\/retrato-del-sr-pouget-sacerdote-de-la-mision-ii\/","title":{"rendered":"Retrato del sr. Pouget, sacerdote de la Misi\u00f3n (II)"},"content":{"rendered":"<h2><strong>Cap\u00edtulo II<em>: Retrato del Sr. Pouget hacia 1930<\/em><\/strong><\/h2>\n<p><a href=\"https:\/\/i0.wp.com\/vicencianos.org\/wp-content\/2014\/03\/pouget_01.jpg\"><img data-recalc-dims=\"1\" loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignright size-medium wp-image-129409\" alt=\"Bolet\u00edn Informativo Noviembre-Diciembre 2011\" src=\"https:\/\/i0.wp.com\/vicencianos.org\/wp-content\/2014\/03\/pouget_01-294x300.jpg?resize=294%2C300\" width=\"294\" height=\"300\" \/><\/a>Hasta ahora me hab\u00eda servido para contar su historia de los informes reunidos y de sus recuerdos. Ahora ya me siento m\u00e1s c\u00f3modo. Me va a bastar con cerrar los ojos para volver a ver aquel rostro que contempl\u00e9 en todas sus facetas cambiantes, durante diez a\u00f1os, como el hombre del valle mira la monta\u00f1a a los pies de la cual trabaja. Nunca ech\u00e9 de menos no haberle conocido antes. Yo habr\u00eda sido demasiado joven y \u00e9l no bastante viejo: se necesitaba esta distancia extrema para querernos. Y no me habr\u00eda servido de gran provecho, si no hubiese conservado el pensamiento de que \u00e9l se apresuraba hacia \u00absu eternidad\u00bb y de que yo pronto lo iba a ver desaparecer. Y adem\u00e1s, se trata del rasgo especial de esta vida que no ha proyectado sus m\u00e1s bellos rayos hasta el final, como si hubiera conocido su primavera despu\u00e9s del oto\u00f1o. Hay esp\u00edritus que florecen muy temprano para despu\u00e9s consumirse. Otros, en cambio, andan penando, lejos de las miradas, sin producci\u00f3n aparente, y basta con una leve sacudida para que la tierra reciba su fruto.<\/p>\n<p>Una paloma, la brisa,<br \/>\nEl empuj\u00f3n m\u00e1s suave,<br \/>\nUn pensamiento que se ahonda<br \/>\nHar\u00e1n caer esa lluvia<br \/>\nEn la que postrarse de rodillas!<\/p>\n<p>Cuando conoc\u00ed al Sr. Pouget era ya parecido a esos viejos robles nudosos en los que uno admira ver aparecer en abril masas de peque\u00f1as hojas. Y sin duda el viejo roble se entristece a veces, los vientos le sacuden y se curba de manera que uno se cree que se va a partir. Pero se filtra el sol por sus ranuras y entonces uno no se cansar\u00eda de verle. Creo que los que frecuentaron al Sr. Pouget en sus \u00faltimos a\u00f1os vieron dibujarse en su mente esta imagen del roble tendido en la luz. En cuanto a sus ex alumnos, ellos nos contar\u00e1n si a los ochenta a\u00f1os hab\u00eda cambiado. No me decido a creerlo. Me imagino que hab\u00eda seguido siendo el mismo, solamente que \u00abhab\u00eda aprendido cosas por s\u00ed mismo\u00bb, seg\u00fan dec\u00eda \u00e9l y que hab\u00eda crecido hurgando el suelo que pisaba con sus ra\u00edces. Dec\u00eda tambi\u00e9n que el hombre era el due\u00f1o de su pensamiento y que, en muchos casos, ocurre otra cosa bien distinta, sobre todo entre los grandes; y dec\u00eda tambi\u00e9n que el fondo de la personalidad es que \u00abella se posee\u00bb: el tiempo transcurrido le hab\u00eda servido de ejercicio para poseer siempre m\u00e1s su primera naturaleza: entonces se reencontraba con ella en su pureza y, tal vez, podamos decir que fue \u00e9l mismo en la extrema ancianidad.<\/p>\n<p>Pas\u00f3 los \u00faltimos cuarenta y un a\u00f1os de su vida en una celda muy ordinaria de la casa madre de Par\u00eds en el n\u00famero 95 de la calle de S\u00e8vres. Esta casa, donde reside el superior general de la Congregaci\u00f3n de la Misi\u00f3n, se sit\u00faa en un distrito muy bullicioso de la margen izquierda; para fijar las ideas de un lector provinciano, recordaremos que est\u00e1 casi enfrente del comercio del Bon March\u00e9. Pero todo rumor humano viene a morir en el umbral de este edificio, que es un reducto de regularidad y de paz. La capilla de la casa se honra en conservar, en una urna de plata que se ilumina coronando el altar, en las circunstancias solemnes, el cuerpo de san Vicente de Pa\u00fal. La presencia m\u00edstica del ap\u00f3stol por excelencia de la caridad difunde, por pasillos y jardines, por locutorios y capillas calladas de la planta baja, cierto esp\u00edritu de benevolencia, de humanidad y de discreci\u00f3n. Muy cerca de all\u00ed, en la calle du Bac, est\u00e1 la colmena de donde salen cada a\u00f1o en batallones numerosos, con el h\u00e1bito de tela azul y sus alas temblando ligeramente al viento, las hermanas de san Vicente de Pa\u00fal, o m\u00e1s bien, seg\u00fan la humilde denominaci\u00f3n de su fundador, las \u00abHijas de la Caridad\u00bb; en su capilla se muestra el sill\u00f3n que la Virgen de la medalla milagrosa hab\u00eda escogido para aparecerse a Catalina Labour\u00e9. Sea dicho esto a manera de recordatorio y para situar en estos lugares espirituales, en su lugar exacto, la habitaci\u00f3n n\u00ba 104. El Sr. Pouget iba raras veces a la capilla conventual ya que dec\u00eda la misa abajo, en la \u00absala de las reliquias\u00bb, tan emotiva por sus recuerdos ensangrentados de los m\u00e1rtires de China, el beato Perboyre y el beato Clet. Y nunca iba a la calle du Bac, donde las hermanas, de las que desconfiaba un poco, no habiendo confesado nunca a ninguna mujer en su vida y conociendo mal el trabajo en esta porci\u00f3n aunque muy importante de la creaci\u00f3n. Pero, el sentirse rodeado por estos efluvios de caridad y de sacrificio, en este convento honrado por la Santa Sede y muy respetado tambi\u00e9n por el gobierno de la Rep\u00fablica, en este centro franc\u00e9s de las iniciativas de caridad, en este seminario de Misiones donde se formaban almas seg\u00fan el esp\u00edritu mismo del Evangelio, en una palabra, el vivir en medio de aquellos a quienes \u00e9l llamaba \u00ablos nuestros\u00bb en la mesa del \u00abMuy Respetable Padre\u00bb, esto, sin que lo sospechara, le produc\u00eda una paz y una seguridad superiores. Al menos, esto impresionaba a los visitantes, que respiraban en \u00e9l el esp\u00edritu del Sr. Vicente y que ve\u00edan irradiarse los m\u00e9todos de la caridad en lo que Pascal hubiese llamado las grandezas del esp\u00edritu.<\/p>\n<p>Los que llegaban a ver al Sr. Pouget no pueden olvidar esta habitaci\u00f3n parecida a las otras y que \u00e9l hab\u00eda marcado por todas partes con su sello. Al otro d\u00eda de su muerte, seg\u00fan esa ley de anonimato y de sucesi\u00f3n que constituye la austera grandeza de las \u00f3rdenes\u00a0 religiosas, los libros volvieron al fondo com\u00fan, los papeles fueron amontonados, atados con cuerda y guardados, &#8211; y lo m\u00e1s probable es que hermanos blanqueadores dieron a la pieza un nuevo rostro. Yo temer\u00eda ahora volverla a ver, y prefiero estas visitas interiores por las que s\u00f3lo el recuerdo me lleva.<\/p>\n<p>Esta habitaci\u00f3n era oscura, pobre e insalubre. Era oscura, porque un ciego teme la luz, que le quema en lugar de iluminarle. Era pobre, porque pose\u00eda el alma de un pobre y se figuraba los objetos a su imagen. Y era insalubre, porque profesaba y practicaba una higiene campesina que le llev\u00f3 a una edad muy avanzada, pero que nunca hab\u00eda admitido las virtudes de la corriente de aire; dec\u00eda con guasa que hab\u00eda en su habitaci\u00f3n \u00abmicrobios de longevidad\u00bb, a los que seg\u00fan su modo de pensar no hab\u00eda que buscarles las cosquillas. En cuanto al polvo, ese tributo inevitable de la existencia, que los criados tienen la misi\u00f3n de trasladar cada ma\u00f1ana, duraba con \u00e9l ocho d\u00edas tranquilos, apenas molestado cada semana por un hermano muy discreto y muy piadoso, que osaba abrir la ventana unos minutos. Es cosa segura que un escolar de Oxford o de Cambridge, que un ex\u00e9geta anglicano y hasta un profesor romano del Ang\u00e9lico se habr\u00eda extra\u00f1ado que se pudiese trabajar en este \u00abcuartucho\u00bb. Pero sus alumnos pertenec\u00edan en gran parte a la Escuela normal superior y, en esta \u00e9poca, el monasterio laico contrastaba todav\u00eda con la mayor parte de los conventos por su estado de vetustez. Algunos cuartos resultaban dif\u00edciles de habitar a consecuencia de goteras provisionales. Al menos, con el Sr. Pouget, se estaba al abrigo de los elementos.<\/p>\n<p>El color de los objetos es lo primero que conservo, y me inclinar\u00eda a creer que el color es el s\u00edmbolo de lo que queda de espiritual en las cosas. Comenzar\u00e9 pues por el color. Era sombr\u00edo. Los muebles, las paredes, los libros, el piso, el radiador, las cortinas, las mantas, las ropas, todo se hab\u00eda uniformado, cediendo uno al otro el exceso de su tinte, para confundirse en algo que no era ni verde, ni gris, ni casta\u00f1o, ni negro, aunque fuera a la vez acasta\u00f1ado, gris\u00e1ceo, verdoso; creer\u00eda uno hallarse en una pieza grata a Rembrandt. Sin duda los muebles eran menos sombr\u00edos que el encerado, y los libros verdes de la colecci\u00f3n Alcan no hab\u00edan podido llegar, bien a pesar de todos sus esfuerzos de descolorido, a la palidez exang\u00fce de un viejo Teubner; las franjas rojas de algunos libros de piedad lit\u00fargica, incluso espolvoreados de polvo y tiza, conservaban todav\u00eda un rosado difuso, y la sotana del Sr. Pouget, por gastada que estuviera, no estaba tan \u00abverdecida\u00bb como lo hubiera exigido\u00a0 la elocuencia parlamentaria de la \u00e9poca. Pero los objetos hab\u00edan tomado, cada uno seg\u00fan sus posibles y su vocaci\u00f3n, ese tinte requemado y terroso que es el del uso y de la pobreza.<\/p>\n<p>En este cuarto habitado por las sombras, la cabeza abombada del Sr. Pouget, \u00fanica masa p\u00e1lida y m\u00f3vil, fijaba la mirada del visitante; aun cuando los rayos no la acariciaran, conservaba una fosforescencia que iluminaba todo el resto, como la claridad lunar. Y cuando la luz penetraba con libertad, era atra\u00edda por este cr\u00e1neo en que los reflejos se suspend\u00edan tan bien, por esas \u00f3rbitas de las que iba expulsando la sombra, donde grababa esas pupilas que no la ve\u00edan. Acabo de hablar de Rembrandt, ya que ning\u00fan pintor ha dado a conocer mejor c\u00f3mo esa mezcla de la sombra y del claro, esa luz avarienta y oblicua forman el medio m\u00e1s propicio al pensamiento, que precisa al mismo tiempo de un poco de tinieblas para recogerse y tambi\u00e9n de un poco de claridad para recibir vida de algo que se le parezca.<\/p>\n<p>El Sr. Pouget no pod\u00eda ver todo eso. Su horizonte natural era una niebla, una neblina blanca. Con las vibraciones que impresionan un ojo sano, \u00e9ste fabrica manchas multicolores que el pensamiento limpia poniendo en ellas orden y distancia. Pero el ojo enfermo es incapaz de este trabajo y no fabrica m\u00e1s que el fastidio, una falsa claridad y sufrimiento. No reconoc\u00eda pues ya su habitaci\u00f3n con el ojo explorador, pero eso no le imped\u00eda conocerla. \u00c9l la exploraba con la mano, con las palmas abiertas que le serv\u00edan de parachoques, con golpecitos de bast\u00f3n amistosos. No ten\u00eda sin embargo ese olfato que adquieren a la larga los ciegos de nacimiento, a veces se perd\u00eda en esos seis metros cuadrados como en alta mar, y a veces me lo encontraba con un chich\u00f3n en la frente que era la se\u00f1al de que hab\u00eda calculado mal la direcci\u00f3n, atinado mal, de que hab\u00eda venido a darse contra un adversario, a saber la esquina de su alcoba.<\/p>\n<p>Y ya que hemos dado el color fundamental, vayamos a los detalles, digamos d\u00f3nde estaban los utensilios. Porque no vayamos a creer que nosotros la gente de pluma y de pensamiento nosotros no somos trabajadores como los que viven al aire libre y nos muestran sus instrumentos. Nosotros tambi\u00e9n tenemos esos \u00fatiles del pensamiento, esos compa\u00f1eros de nuestros cuerpos entregados a este ingrato trabajo, esos seres en los que hemos puesto nuestra imagen, como Yaveh en el barro de la tierra.<\/p>\n<p>Cerca de la ventana y por encima del radiador, formando una especia de reborde interior, hab\u00eda una plancha de madera que serv\u00eda de mesa y que permit\u00eda leer a plena luz. Este dispositivo hab\u00eda debido ser inventado por \u00e9l mismo, cuando su vista disminuy\u00f3. Como todo buen campesino, era chapucero, reparador, remendador, sab\u00eda usar de sus cosas al m\u00e1ximo y sacarle partido a todo lo que otro hubiese abandonado.<\/p>\n<p>Esta abertura por la que entraban la luz y el aire era para sus ojos temible, y por eso, aparte de la persiana exterior que se manejaba con una cuerda se hab\u00edan dispuesto unas cortinas de tela oscura que permit\u00edan tamizar la luz. Cuando sus ojos pod\u00edan prestarle a\u00fan alg\u00fan servicio, era all\u00ed a donde acud\u00eda, como una mariposa de noche y, la primera vez que yo le v\u00ed, contemplando una enorme Biblia hebrea del siglo XVII. Con dos peque\u00f1as lupas que se hab\u00eda hecho \u00e9l mismo en el gabinete de f\u00edsica y que colocaba una sobre otra, trataba de adivinar, m\u00e1s que de leer, el trazo general de una letra hebrea, y ello despertaba en su memoria d\u00f3cil todo un vers\u00edculo. La lentitud de este procedimiento era lastimosa, y cuando, al entrar, se le ve\u00eda inclinado sobre estas dos lupas y tratando de resolver por una cantidad incre\u00edble de deducciones e inferencias lo que una simple mirada le hubiese revelado al momento, uno ten\u00eda cierta idea de la diferencia que separa al conocimiento humano tan laborioso de la ciencia divina que es una visi\u00f3n.<\/p>\n<p>Delante de esta ventana es donde el Sr. Pouget ejecutaba a veces experimentos rigurosos para medir el grado de su agudeza visual, ya que con su avidez de matem\u00e1tico no quedaba satisfecho m\u00e1s que con cifras. Calculaba pues la distancia necesaria para intuir tal unidad de medida, y averiguaba que ten\u00eda un tres por ciento de vista normal, constataci\u00f3n que le gustaba a\u00f1adir al pie de sus cartas despu\u00e9s de la firma, como se hubiera hecho en un t\u00edtulo de can\u00f3nigo o en un privilegio: \u00abG. Pouget con no m\u00e1s del 1\/300 de vista.\u00bb Hecha la operaci\u00f3n, habiendo apreciado correctamente la profundidad de su miseria, volv\u00eda a sus trabajos sin volver a pensar en ello, y \u00e9l encontraba una especie de consuelo en la exactitud del resultado.<\/p>\n<p>A la derecha de la ventana hab\u00eda un armario.<\/p>\n<p>Este armario conten\u00eda sus ropas, los zapatos, la palangana, el jarr\u00f3n, un vaso de dientes, y tambi\u00e9n en un rinc\u00f3n disimulado, en una lata c\u00fabica (cuyas aristas de gustaba acariciar), una peque\u00f1a provisi\u00f3n de az\u00facar. \u00bfLe gustaba el az\u00facar? No lo s\u00e9. Lo que es cierto es que ten\u00eda una teor\u00eda sobre el poder nutritivo del az\u00facar, en particular sobre la acci\u00f3n del az\u00facar en la regeneraci\u00f3n de los m\u00fasculos, y esta persuasi\u00f3n le bastaba para querer tener siempre algo de az\u00facar en sus anaqueles. A veces, despu\u00e9s de una larga sesi\u00f3n de estudios, al caer de la tarde, y que iba a ser preciso cambiar la mesa de lugar, sent\u00eda la necesidad de ofrecerse un peque\u00f1o descanso, y dec\u00eda a su compa\u00f1ero con el acento del malhechor que propone un mal golpe: \u00abSi tom\u00e1ramos un trozo de az\u00facar&#8230;\u00bb Se iba entonces a buscar la lata c\u00fabica; \u00e9l os part\u00eda un trozo en dos, lo masticaba de prisa, y a\u00f1ad\u00eda: \u00abDevolved la lata al armario, no sea que nos sorprendan. La gente dir\u00eda que nos tratamos a cuerpo de rey.\u00bb Cuando ten\u00eda un verdadero dolor de cabeza, la cura era m\u00e1s radical. El medio azucarillo, en lugar de masticarlo, lo mandaba disolver en un poco de agua, moviendo la mezcla con el dedo: As\u00ed se formaba una poci\u00f3n que ten\u00eda la virtud de aliviar casi inmediatamente el dolor de cabeza. Yo admiraba el poder de la imaginaci\u00f3n cuando afirmaba: \u00abEs curioso c\u00f3mo alimenta el az\u00facar&#8230;\u00bb Ten\u00edamos cuidado en mantener esta provisi\u00f3n de az\u00facar, que era el \u00fanico punto por el que era accesible al placer. El Sr. Chevalier se preocupaba incluso de traer verdadero az\u00facar, az\u00facar de ca\u00f1a que ten\u00eda gusto a az\u00facar de cebada y que era bonito de ver con sus cristales.<\/p>\n<p>Cerca de esta ventana que no abandonaremos todav\u00eda, ya que era el foco de esta habitaci\u00f3n de ciego, hab\u00eda tambi\u00e9n un tablero negro muy gastado y de dimensiones considerables, pesado de llevar como un decorado de teatro. Sobre este tablero negro posado en el mismo suelo, sin carrito, y que por ello exig\u00eda inclinarse para escribir, no se ve\u00edan m\u00e1s letras hebraicas o s\u00edmbolos de \u00e1lgebra, raramente de lat\u00edn, nunca geometr\u00eda. Cuando el Sr. Pouget estaba atormentado por un problema matem\u00e1tico o cuando quer\u00eda recuperar un teorema que hab\u00eda dejado de parecerle evidente, entonces, con un mal trozo de tiza, llenaba el encerado de jerogl\u00edficos. O bien \u00e9l se recitaba hebreo, y transcrib\u00eda el resultado. O bien asimismo, se entregaba a alg\u00fan ejercicio de gran maniobra y, un d\u00eda que lo encontr\u00e9 acurrucado al pie del tablero cubierto de caracteres hebreos y como con aire de triunfo, dijo: \u00abAcabo de vestir el Magnificat\u00a0 y se presta a ello muy bien.\u00bb Lo que significaba que hab\u00eda investigado y hallado el texto arameo primitivo del que el griego de san Lucas es traducci\u00f3n. Pero bastante extra\u00f1o que el tablero recibiera mensajes tan notables. Se serv\u00eda de \u00e9l como de una agenda o un memento. Por ejemplo, anotaba en griego, para evitar las indiscreciones posibles, o misthos tou didaskalou? Lo que quer\u00eda decir que quer\u00eda preguntar a alg\u00fan visitante esperado alguna informaci\u00f3n sobre el sueldo de los maestros. Por lo general el tablero estaba cubierto de apuntes ilegibles que habr\u00edan ejercitado la paciencia de un Maspero; las l\u00edneas estaban escritas una encima de la otra, el ocho inclinado que indica el infinito figuraba con un aleph o un tsad\u00e9; el hebreo se sorprend\u00eda de hallarse as\u00ed mezclado con las matem\u00e1ticas.<\/p>\n<p>En el centro de la pieza, estaba la mesa. Una mesa de las m\u00e1s ordinarias pero bella por lo pulido del uso. Las peque\u00f1as mellas en los bordes, las ondulaciones de la madera, los imperceptibles repliegues de la superficie transmit\u00edan a las manos del Sr. Pouget agradables sensaciones, y le agradaba acariciar las orillas y los acantilados y los cabos de su mesa, primero de derecha a izquierda y luego de izquierda a derecha, como si tratase de experimentos sobre la g\u00e9nesis de la noci\u00f3n de espacio. Y, una vez llegado al \u00e1ngulo, exploraba el lado corto de su mesa, siguiendo una direcci\u00f3n perpendicular a la primera, y descubr\u00eda as\u00ed la segunda dimensi\u00f3n, yo ve\u00eda claramente que se complac\u00eda con esta sensaci\u00f3n de diferencia. Los ciegos pueden ense\u00f1arnos las riquezas del mundo sensible y qu\u00e9 gozo puede haber en lo palpable y qu\u00e9 diversidad en las m\u00e1s simples sensaciones: la vista nos abruma de riquezas, nos fascina y nos hace insensibles a la sinfon\u00eda siempre actual de las impresiones llegadas por el tacto. Y Maine de Biran ten\u00eda sus razones de alabar al ge\u00f3metra ciego y encontrarle superior. La mesa llevaba un caj\u00f3n, cuyo contenido estaba ordenado seg\u00fan un orden fijo y que era controlado de vez en cuando por el tacto explorador. Este caj\u00f3n conten\u00eda en particular el Ordo de los lazaristas y era en \u00e9l donde el Sr. Pouget mandaba inscribir con letras cabal\u00edsticas sus intenciones de misas. Este Ordo le ligaba a la vez a la Iglesia romana cuya liturgia indicaba, a su congregaci\u00f3n cuyos miembros y fiestas autorizadas le recordaba, por \u00faltimo a todas las intenciones de sus amigos que le hab\u00edan pedido una misa por un aniversario, por una fecha temida o querida. Pero se daba el caprichito de nunca servirse de este instrumento de c\u00f3mputo para enterarse del oficio propio del d\u00eda, y por ejemplo si la fiesta era doble o semidoble\u00a0 y si las v\u00edsperas eran de las primeras v\u00edsperas o de las segundas v\u00edsperas; se felicitaba cuando ten\u00eda la ocasi\u00f3n de hacer un c\u00e1lculo en una materia tan contingente. Y, del mismo modo que se paraba a veces en clase de f\u00edsica para decir a sus alumnos: \u00ab\u00bfY si cubic\u00e1ramos el sol?\u00bb, as\u00ed como le gustaba medir la distancia de un avi\u00f3n o de un rel\u00e1mpago fund\u00e1ndose en la velocidad del sonido, &#8211; as\u00ed, sabidas las leyes de ocurrencia y concurrencia, encontraba por s\u00ed mismo el orden de las fiestas, sin tener que servirse de lo que llamaba \u00e9l su peque\u00f1o \u00abasno-gu\u00eda\u00bb.<\/p>\n<p>En general, al entrar el visitante, se lo encontraba sentado sesudamente en la mesa, como el carpintero ante su banco, o el piloto a su tim\u00f3n, o mejor a\u00fan como el campesino empu\u00f1ando la esteva del arado. Quiero decir que era parecido\u00a0 a un obrero rudo, d\u00f3cil y preparado, a un artesano pleno de fuerza y de conciencia, mucho m\u00e1s que a un hombre de letras o a un profesor. Y lo que contribu\u00eda a dar esta impresi\u00f3n virgiliana era que la mesa estaba vac\u00eda, que no hab\u00eda ning\u00fan papel por all\u00ed, que no se ve\u00eda ni tinta, ni l\u00e1piz, ni pluma, sino s\u00f3lo una m\u00e1quina de escribir, cuyo golpeteo vacilante y tranquilo se o\u00eda.<\/p>\n<p>Esta m\u00e1quina era su apero de trabajo, y sent\u00eda por ella el afecto del agricultor hacia una m\u00e1quina agr\u00edcola. \u00c9l la respetaba, la cuidaba, la limpiaba, y sobre todo se negaba a admitir que pudiera envejecer ni romperse y, al igual que sus ropas o su breviario, la recompon\u00eda a toda costa. Nunca habr\u00eda querido gravar a la congregaci\u00f3n. La m\u00e1quina estaba pues en un estado obsoleto o inutilizable para un Franc\u00e9s (dispuso por largo tiempo de una m\u00e1quina espa\u00f1ola) o prestada por un amigo. Durante mucho tiempo se le vio un aparato singular: se le hab\u00eda roto el muelle. El Sr. Pouget hab\u00eda reemplazado el empuje de la energ\u00eda el\u00e1stica por la fuerza m\u00e1s constante todav\u00eda de la gravedad; hab\u00eda encargado al hermano carpintero un peque\u00f1o plano inclinado de madera que serv\u00eda de z\u00f3calo a la m\u00e1quina. \u00abYo utilizo la gravedad, dec\u00eda, ella no pide m\u00e1s que trabajar.\u00bb Y, cuando al final de cada l\u00ednea, forzaba al rodillo a remontar su pendiente, tocaba con el dedo por decirlo as\u00ed esta degradaci\u00f3n de la energ\u00eda que, como ya lo veremos, le parec\u00eda llena de sentido en la interpretaci\u00f3n del cosmos. La m\u00e1quina estaba tambi\u00e9n provista de una pieza de cart\u00f3n colocada perpendicularmente al plano del teclado y que lo divid\u00eda en dos partes iguales: esto serv\u00eda para guiar sus dedos y descubrir por el solo contacto el lugar de las letras. Dedico estas indicaciones a los aprendices, a los reparadores y a los constructores.<\/p>\n<p>La gran dificultad era que nunca pod\u00eda releerse, y que deb\u00eda componer su frase del todo en la cabeza antes de confi\u00e1rsela a sus dedos. Todo el trabajo de acabado, de tachones y retoques que el vidente hace en el papel, todos esos esbozos de futuro que formamos con la pluma, corrigi\u00e9ndonos y puli\u00e9ndonos, \u00e9l los deb\u00eda hacer interiormente: y, como era tan severo con la exactitud y sobrecargaba adrede su frase de incidentes y de ep\u00edtetos por amor a la l\u00ednea dentada de la verdad, constitu\u00eda para \u00e9l un trabajo agotador: \u00abYo me hundo\u00bb: exclamaba a veces.<\/p>\n<p>A esto hay que a\u00f1adir una prueba m\u00e1s pesada y que daba lugar a incidentes c\u00f3micos. El Sr. Pouget no dispon\u00eda de secretario, tampoco ten\u00eda porter\u00eda ni antec\u00e1mara; no se pod\u00eda librar de los visitantes, porque estaba ciego y solo; no pod\u00eda despedir a los inoportunos porque era muy bueno. Era pues molestado con frecuencia, sobre todo por la irrupci\u00f3n de sus penitentes, que eran en general sacerdotes muy atareados del clero parisiense. Cada molestia supon\u00eda una cat\u00e1strofe, ya que, una vez marchada la visita, no pod\u00eda volver a hacerse con el hilo de su discurso, y ver d\u00f3nde hab\u00eda quedado. Era preciso pues que esperara ayuda, como un n\u00e1ufrago sobre sus restos, o que, llevando la m\u00e1quina bajo el brazo como un reci\u00e9n nacido acudiera a un cohermano para pedirle ayuda. Pero a veces ten\u00edan lugar terribles sorpresas. Llegaba uno. Os ped\u00eda que le leyerais la p\u00e1gina que acababa de escribir. A pesar de la buena voluntad que uno pon\u00eda en complacerle o de evitarle toda molestia, hab\u00eda que confesarle que la p\u00e1gina estaba en blanco, perfectamente en blanco; apenas se lograba ver el perfil de las letras, como raspaduras: el rodillo de tinta estaba tan gastado o mal colocado que hab\u00eda trabajado para nada. Otras veces, hab\u00eda copiado un texto sobre otro impreso ya, y nadie pod\u00eda descifrar aquel palimpsesto. Entonces, al pensar en la cantidad de tiempo perdido, los rasgos del Sr. Pouget se alteraban, lanzaba un gemido y, durante un segundo, no parec\u00eda lejos de la desesperaci\u00f3n.<\/p>\n<p>A un metro cincuenta poco m\u00e1s o menos al suroeste de la mesa, en un repliegue debido al morro de la chimenea, hab\u00eda un reclinatorio que hac\u00eda de confesonario de circunstancias. Este reclinatorio era de madera. Sobre \u00e9l ten\u00eda algunos viejos libros de piedad, en particular su viejo totum: llamaba con este nombre a un breviario en un volumen, de \u00e9l se hab\u00eda servido siempre y lo hab\u00eda recogido de un difunto. Porque se sent\u00eda orgulloso de no haber producido nunca el menor gasto a la congregaci\u00f3n por la compra de un breviario.<\/p>\n<p>\u00c9l ve\u00eda en la costumbre de dividir los breviarios en cuatro tomos siguiendo las estaciones una invenci\u00f3n de los editores para llevarse el dinero de la pobre gente. Hay que decir que ten\u00eda bolsillos de una capacidad considerable, y que pod\u00eda esconder en ellos, durante el duro invierno, un calentador de gres. Manten\u00eda esta idea campesina que un bolsillo digno de tal nombre debe poder contener una botella, y era un juego, en tales condiciones, alojar en \u00e9l un breviario en un solo tomo. Junto al breviario hab\u00eda una estatua de la Virgen de madera pintada que se hab\u00eda tra\u00eddo de Maurines, su pueblo natal, en 1911. Un primo suyo \u00abamante de antiguallas\u00bb la hab\u00eda encontrado en un desv\u00e1n. Su t\u00eda centenaria hab\u00eda rezado con frecuencia delante de ella. Era, dec\u00eda \u00e9l, una virgen campesina, y en efecto ten\u00eda una ingenua expresi\u00f3n bonachona. El Sr. Pouget, sent\u00eda apego hacia pocas cosas, le ten\u00eda gran afecto. La virgen ten\u00eda sus admiradores. Un penitente arque\u00f3logo, al acusarse de sus pecados, hab\u00eda notado esta rara pieza y, una vez absuelto, le hab\u00eda pedido que se la vendiera. Como es natural el Sr. Pouget hab\u00eda rechazado una demanda sacr\u00edlega, pero se hab\u00eda sentido feliz al o\u00edr que su virgen ten\u00eda valor y que pod\u00eda dar cabida al pecado de la envidia.<\/p>\n<p>En el \u00e1ngulo opuesto al reclinatorio, se ha de notar la presencia, bajo un mapa descolorido de Francia de un gran sill\u00f3n de madera y de paja que era m\u00e1s solemne que c\u00f3modo. All\u00ed es donde el Sr. Pouget se sentaba despu\u00e9s de las comidas, cuando descansaba, quiero decir cuando pasaba revisi\u00f3n a alg\u00fan batall\u00f3n de sus recuerdos, o cuando se recitaba el oficio. Si se le sorprend\u00eda as\u00ed, y se entablaba conversaci\u00f3n, el visitante se sentaba en el reclinatorio como sobre la plancha de piedra de un umbral, y \u00e9l, ense\u00f1ando en su c\u00e1tedra, con los pies ligeramente extendidos hacia adelante, las dos manos coincidiendo por la punta de los dedos, el busto echado hacia atr\u00e1s, daba entonces la impresi\u00f3n de una fuerza en reposo, y nada hay tan dulce, nada tan tranquilizador como ver una fuerza que se recoge. Pero a veces se recog\u00eda y se inclinaba hacia delante, le deten\u00eda una dificultad y su cuerpo instalado en aquel sill\u00f3n os hac\u00eda pensar entonces en esas estatuas antiguas de san Pedro cuyas manos de bronce va a besar la gente.<\/p>\n<p>Creo que acabamos de dar la vuelta por el cuarto, y con todo nos hemos dejado los muebles tan importantes como las bibliotecas. Hab\u00eda en efecto tres bibliotecas, una enfrente de la chimenea, la otra (con cristales) a la izquierda de la ventana, y la tercera, digna de menci\u00f3n especial, a la izquierda del reclinatorio y de la virgen.<\/p>\n<p>La primera biblioteca conten\u00eda libros de ciencias: tratados de mec\u00e1nica, de f\u00edsica, de astronom\u00eda y de c\u00e1lculo. Aunque atra\u00eda la atenci\u00f3n, esta biblioteca era apenas usada: representaba al pasado, el estudio de esas ciencias f\u00edsicas que le hab\u00edan apasionado durante cincuenta a\u00f1os, que le apasionaban todav\u00eda, pero que palidec\u00edan ante otra luz, la de las ciencias religiosas, m\u00e1s pura \u00e9sta, ya que nos informa sobre el destino. Se hab\u00eda tamizado el polvo sobre los libros de ciencias, s\u00edmbolo de ese olvido, que no era por falta de indiferencia, sino el \u00edndice de una preocupaci\u00f3n m\u00e1s elevada.<\/p>\n<p>A la izquierda se abr\u00eda la biblioteca\u00a0 de cristal, muy dif\u00edcil de abrir ya que, habiendo entrado en desuso la cerradura, hac\u00eda falta un giro de la mano que s\u00f3lo conoc\u00eda el iniciado: entre par\u00e9ntesis, es la \u00fanica ventaja que tienen las cosas que se tambalean sobre los objetos nuevos. Esta biblioteca era la biblioteca filos\u00f3fica. Conten\u00eda en particular la Suma teol\u00f3gica que ocupaba el segundo estante y, al lado, una serie de cuadernos con res\u00famenes de esta misma Suma por el Sr. Pouget.<\/p>\n<p>En el piso de debajo se pod\u00edan ver algunos libros de filosof\u00eda, junto a la Revue d&#8217;Histoire et de Philosophie religieuses, algunas obras de filosof\u00eda moderna, como L&#8217;\u00c9volution cr\u00e9atrice, el \u00faltimo libro que bah\u00eda podido leer con sus ojos. Bajo esta biblioteca se extend\u00edan algunos estantes m\u00e1s t\u00edmidos y m\u00e1s humildes, los de los viejos \u00abcl\u00e1sicos\u00bb que el Sr. Pouget confiaba a su memoria: Virgilio, Horacio. Lafontaine. Moli\u00e8re con Le Misanthrope, Boileau con Le Lutrin; recreaciones inocentes que se permit\u00eda a veces y que ten\u00edan el don de hacerle re\u00edr. Quiz\u00e1s la poes\u00eda no ejerce toda su fuerza m\u00e1s que cuando se la toma en peque\u00f1as dosis como\u00a0 el elixir: aqu\u00ed tambi\u00e9n nos perdemos ante la abundancia: una f\u00e1bula de Lafontaine, algunos versos del Lutrin o de la Eneida bastaban al Sr. Pouget para evadirse a otro mundo.<\/p>\n<p>La biblioteca de cristal se abr\u00eda pocas veces. Representaba la tradici\u00f3n humana, los autores aprobados y los comentadores. No suced\u00eda lo mismo con la biblioteca del fondo, la que separaba la alcoba del reclinatorio, la que habr\u00eda visto al despertarse si hubiera podido ver. Esa conten\u00eda los libros de la tradici\u00f3n divina, las tropas fieles de la vieja guardia. Esos soldados de la guardia de Napole\u00f3n (los gru\u00f1ones) estaban siempre en formaci\u00f3n de batalla, listos para hacer fuego: all\u00ed hab\u00eda ediciones cr\u00edticas del Antiguo y del Nuevo Testamento, diccionarios, l\u00e9xicos, Eusebio, la Didaj\u00e9, Harnack, Schurer, etc. hab\u00eda sobre todo un Nuevo Testamento grecolatino encuadernado en negro que no dejaba su lugar m\u00e1s que para la mesa. Encima dormitaba una edici\u00f3n pobre, peque\u00f1a y polvorienta de Plat\u00f3n, de Fil\u00f3n y de Arist\u00f3teles, edici\u00f3n que el Sr. Pouget hab\u00eda comprado por cuatro perras chicas en los muelles del Sena y que, por eso mismo, ten\u00eda ante \u00e9l un valor infinito. El volumen que conten\u00eda el Timeo se abr\u00eda por s\u00ed mismo en la p\u00e1gina en la que se trata del demiurgo que llega a ordenar un mundo que, antes de \u00e9l, se mov\u00eda plemmele\u00f4s kai atokt\u00f4s; el De Anima de Arist\u00f3teles se romp\u00eda en el cap\u00edtulo del III libro, en el que se dice que el alma pat\u00e9tica est\u00e1 sujeta a la corrupci\u00f3n: o de pathetikos phthartos, se trataba de las dos enfermedades de estos grandes: el dualismo en Plat\u00f3n y el pante\u00edsmo en Arist\u00f3teles. Estos viejos libros se parec\u00edan a enfermos que ofrec\u00edan su debilidad a la luz cristiana para que viniera a perdonarlos y curarlos.<\/p>\n<p>En resumen, la celda del pensador conten\u00eda bastantes pocos libros. Muchos licenciados eran m\u00e1s ricos. Digamos que el Sr. Pouget pod\u00eda aprovecharse de la biblioteca de San L\u00e1zaro y que, en su \u00e9poca de salud, era hu\u00e9sped asiduo de la Biblioteca nacional. Pero distingu\u00eda los libros que uno consulta y lee, de los que uno se guarda siempre al alcance de la mano, como herramientas. Cada una de las obras que pod\u00eda llamar suyas representaba una adquisici\u00f3n dif\u00edcil o un hallazgo meritorio. Las hab\u00eda rele\u00eddo o mandado releer con tranquilidad: se puede decir con toda verdad que las pose\u00eda. Hojear, leer superficialmente, recorrer, es un arte que no conoc\u00eda y que, por suerte, nunca hab\u00eda tenido que aprender, no habiendo ejercido nunca esos oficios (tal el de candidato o de conferenciante) que exigen ostentaci\u00f3n y rapidez. No sab\u00eda qu\u00e9 cosa era sentirse apurado de tiempo. Cuando le\u00eda, avanzaba, como se labra, uniformemente, l\u00ednea por l\u00ednea, p\u00e1gina por p\u00e1gina, hasta el momento que dejaba la se\u00f1al y se llevaba el tesoro. He dicho que uno de sus escr\u00fapulos era el de no pedir nada a su congregaci\u00f3n, que estaba formada por pobres y para los pobres. Y, en este aspecto, nada le desanimaba. Cuando no pod\u00eda procurarse un libro que juzgaba importante, no hab\u00eda por qu\u00e9 preocuparse, se iba a la Nacional, y lo recopiaba. Tengo varias obras que hab\u00eda recopiado as\u00ed, con un cuidado meticuloso: una tiene m\u00e1s de trescientas p\u00e1ginas, muy apretadas, ya que tambi\u00e9n hab\u00eda que ahorrar papel. De esta forma, se hab\u00eda \u00abhecho\u00bb con un tratado de acentuaci\u00f3n griega, una gram\u00e1tica hebrea, un diccionario copto, la Pistis Sophia, la Didaj\u00e9 y cantidad de otros textos raros. Encontr\u00e9 tambi\u00e9n la copia amarillenta del c\u00e9lebre art\u00edculo titulado Introduction \u00e0 la M\u00e9taphysique, de Bergson.<\/p>\n<p>Hemos concluido con la celda n\u00ba 104. El lector habr\u00e1 encontrado sin duda esta descripci\u00f3n demasiado larga, pero su aburrimiento le ayudar\u00e1 a comprender el estado de impaciencia en que se hallaba el visitante, cuando esperaba al Sr. Pouget en su habitaci\u00f3n. Al Sr. Pouget, que era la actividad misma, le gustaba dejar su hogar, para que le leyeran alg\u00fan texto. Iba adonde los novicios, quaerens quem devoret, dec\u00edan aquellos religiosos j\u00f3venes llenos de malicia. Como era tan dif\u00edcil encontr\u00e1rselo en los recovecos de esta inmensa casa, y las leyes de sus desplazamientos sufr\u00edan cambios notables, lo m\u00e1s pr\u00e1ctico, cuando no se hab\u00eda visto su silueta al fondo de alg\u00fan pasillo, era tambi\u00e9n entrar en su escondrijo y esperarlo all\u00ed.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de meditar en esta alianza tan especial de la pobreza, de la ceguera y de la ciencia inscrita por todas partes en esta habitaci\u00f3n, despu\u00e9s de distraerse mirando a los estudiantes que paseaban por el jard\u00edn, despu\u00e9s de sacar por en\u00e9sima vez el reloj para calcular el retraso, el visitante habituado a la ac\u00fastica del Sr. Pouget pod\u00eda adivinar el paso arrastrado pero a\u00fan y todo muy seguro, un paso acompasado por golpecitos de bast\u00f3n en el enlosado o la pared.<\/p>\n<p>El Sr. Pouget conoc\u00eda la casa de memoria, como los ciegos, traduciendo el espacio en pasos con una precisi\u00f3n matem\u00e1tica, lo que le permit\u00eda bajar las escaleras tan a prisa como otro cualquiera. En terreno descubierto, avanzaba resueltamente en el vac\u00edo, una vez que se hab\u00eda asegurado por el c\u00e1lculo. El bast\u00f3n se limitaba a verificar sus inducciones sobre la presencia altamente probable aqu\u00ed de una pared y all\u00ed de una puerta, su puerta. Se o\u00eda girar la llave en la cerradura, y el Sr. Pouget entraba con presteza, como lo hac\u00eda todo (vita in motu, se repet\u00eda), luego se volv\u00eda para cerrar: entonces aparec\u00eda en la penumbra, recitando alguna oraci\u00f3n o alg\u00fan texto, llevando en la mano el libro que le hab\u00edan le\u00eddo. Como es natural, uno se presentaba, ya que nadie se atrev\u00eda a quedarse como testigo invisible a la manera del hombre de Wells, lo que a pesar de todo hubiera sido bien tentador, puesto que el hombre se abandona cuando est\u00e1 solo y sin el control de una mirada extra\u00f1a. Pero \u00e9l era tan natural que uno ten\u00eda todas las ventajas del hombre invisible, aun sabiendo que estabais all\u00ed. Ven\u00edan las presentaciones, y no era cosa rara que, sin entrar en materia ni ceremonia, os pusiera al corriente de sus \u00faltimas preocupaciones, os contara su \u00faltima comida y alg\u00fan incidente molesto de la digesti\u00f3n o echara mano de vosotros incontinenti pidi\u00e9ndoos verificar una palabra en el diccionario. La conversaci\u00f3n comenzaba a prop\u00f3sito de todo o de nada, y s\u00f3lo Dios sabe ad\u00f3nde pod\u00eda llevar. Poco importaba por lo dem\u00e1s que el visitante fuera un desconocido, le trataba siempre como a un viejo conocido, y le daba muestras de la misma simpat\u00eda que a sus compa\u00f1eros familiares. \u00abPablo\u00bb, \u00abJuan\u00bb, \u00abMarcos\u00bb, \u00abMateo\u00bb, es decir san Pablo, san Juan, san Marcos, san Mateo, &#8211; Pero entre viejos conocidos se pueden permitir estas intimidades.<\/p>\n<p>Uno de sus amigos se acuerda que en la primera visita y sin otro pre\u00e1mbulo, el Sr. Pouget le habl\u00f3 de Juan y de Pablo, como quien habla de los vecinos. Se retroced\u00eda en el tiempo a contrapelo y se entraba en otra especie de duraci\u00f3n y de compa\u00f1\u00eda.<\/p>\n<p>El Sr. Pouget era como el monta\u00f1\u00e9s. De estatura baja, pero aguerrido, s\u00f3lidamente armado y musculoso, hecho para el trabajo del suelo que exige agacharse y levantarse. Sus hombros soportaban una cabeza que hac\u00eda juego con el cuerpo pero que se inclinaba hacia adelante como bajo el efecto del peso del pensamiento. El per\u00edmetro de su cr\u00e1neo era de consideraci\u00f3n, y nunca hab\u00eda encontrado sombrero de su talla. Esta enorme cabeza, bastante bombeada en la frente hund\u00eda la parte baja de la cara que siempre permanec\u00eda a la sombra y como al abrigo de esta masa. Era calvo, mas aqu\u00ed y all\u00e1, en la nunca, en las sienes y cubriendo un poco sus orejas monumentales y muy arrugadas, se pod\u00edan ver hermosos cabellos rizados naturalmente y que siguieron negros hasta el final. Sol\u00eda llevar en los \u00faltimos tiempos un gorro redondo de tela negra, que hab\u00eda mandado hacer al hermano sastre despu\u00e9s de inventarlo, ya que era sim\u00e9trico, y alargado de un trozo que recubr\u00eda la sien y la ceja izquierdas para protegerlas del contacto del aire y del fr\u00edo. Lo cual contribu\u00eda a darle el aspecto de una criada, o de un explorador de las regiones polares. Con esta especie de toca, con su bufanda negra liada al cuello con un giro de la mano, sus anteojos protegidos igualmente en los lados por pedazos de tela negra, habr\u00eda producido una impresi\u00f3n extra\u00f1a y severa, si una sonrisa bonachona y de contento no hubiera llegado a descomponer este grave aparato. Apenas ofrec\u00eda hechuras propias de los eclesi\u00e1sticos, y la sotana conservaba siempre el aspecto de una ropa de labor: creo que nunca se puso el bonete hasta su lecho de muerte. \u00bfSe hab\u00eda mirado alguna vez\u00a0 al espejo? Un d\u00eda se le hab\u00eda o\u00eddo decir confidencialmente: \u00abYo no soy agraciado; tengo la nariz torcida (y era verdad), pero mi cabeza no est\u00e1 mal. Despu\u00e9s de todo, el cr\u00e1neo sirve para contener los \u00f3rganos del conocimiento\u00bb.<\/p>\n<p>El ojo derecho no exist\u00eda ya; el izquierdo ten\u00eda a\u00fan una mirada extraviada, la pupila flotaba en el vac\u00edo. Sus ojos no hablaban m\u00e1s, no alumbraban ya, no penetraban ya como antes, porque en las fotograf\u00edas eran como dos agujas, y \u00e9l mismo contaba que anta\u00f1o, cuando los fijaba en alguno, pod\u00eda hacerle bajar los p\u00e1rpados: as\u00ed lo hab\u00eda hecho un d\u00eda, cuando en el Colegio de Francia segu\u00eda un curso del viejo Renan, Sus ojos se hab\u00edan apagado por demasiada avidez y uso y con ellos se habr\u00eda apagado tambi\u00e9n su rostro, si no hubiera tenido otros \u00f3rganos para sustituir a su vista. Los ojos no s\u00f3lo reciben la luz, la devuelven tambi\u00e9n, o m\u00e1s bien, son un \u00f3rgano que posee de alguna manera luz y que puede conservarla, proyectarla en caricias impalpables. Pero en los ciegos, el alma utiliza otros lenguajes que, si son menos profundos y menos seguros, rivalizan en finura. As\u00ed los labios del Sr. Pouget se mov\u00edan siempre, hablaban mucho. Se distend\u00edan o se plegaban, se levantaban por la comisura esbozando una sonrisa, o bien os dibujaban en el centro una peque\u00f1a fuente de sombra como para un cuchicheo, o bien se doblegaban para manifestar la tristeza, o tambi\u00e9n daban paso a diversos ruidos y que eran un complemento de su lenguaje, ruidos intranscriptibles, hechos para expresar matices y extremos de su pensamiento sobre todo aquellos que la caridad no le daba derecho a decir: a falta de signos gr\u00e1ficos, no dejar\u00e9 constancia aqu\u00ed m\u00e1s que del \u00bfc\u00f3mo as\u00ed? que indicaba dif\u00edcil procedimiento, el pst&#8230; que la cosa no era del todo as\u00ed, el ta, ta, ta, tan, que quer\u00eda decir la desaprobaci\u00f3n frente a la aprobaci\u00f3n sistem\u00e1tica, y el \u00a1ay no! se\u00f1al de sorpresa con irritaci\u00f3n.<\/p>\n<p>El Sr. Pouget no hablaba solamente con los labios, tambi\u00e9n lo hac\u00eda con las manos, &#8211; esas manos que, entre los campesinos como entre los m\u00fasicos, expresan lo espiritual tan bien, a veces quiz\u00e1s mejor que el rostro. Porque el rostro est\u00e1 m\u00e1s controlado por la voluntad y conserva menos que la mano el h\u00e1bito del oficio. Aquellas manos serv\u00edan, como ya he dicho, para acariciar las aristas de la mesa o palpar con dulzura un libro; cuando buscaba un texto o una idea, las manos le serv\u00edan por as\u00ed decirlo, para domesticar el cerebro y proporcionarle el primer movimiento, bien sea picando el \u00edndice derecho con la u\u00f1a del pulgar izquierdo, bien golpeando la mesa como si fuera un teclado. En sus grandes momentos docentes, ten\u00eda las manos completamente abiertas, y las colocaba como para desvelar y rechazar el error, y entonces uno se trasladaba a esos bajorrelieves de los batientes de las catedrales que representan a Dios Padre separando el d\u00eda de las tinieblas.<\/p>\n<p>Era en esos momentos cuando produc\u00eda impresi\u00f3n, pero tampoco es preciso que, en un retrato, los instantes raros nos lleven a olvidarnos del hilo ordinario. La cara expresaba en general cierta mezcla de atenci\u00f3n, de gravedad y de candor, todo ello envuelto en una tenue red de padecimiento. Pasaba por momentos en que se sent\u00eda abrumado y languideciendo, ensordecido y acabado, pero nadie recobraba tan r\u00e1pido los \u00e1nimos como \u00e9l, de tal suerte que el trabajo era a la vez la causa y el remedio de su mal. La aplicaci\u00f3n le curaba del cansancio. Se necesitaba muy poco para devolverle la alegr\u00eda cuando estaba f\u00edsicamente triste. Cuando narraba alguna buena aventura de su comarca natal, o alguna de esas historias clericales que alegran a los esp\u00edritus sencillos, o alguna ingenuidad \u00abinefable\u00bb sacada de alg\u00fan viejo documento, alguna malicia tomada de Duchesne y que se purificaba al pasar por sus labios, entonces recorr\u00eda su rostro una claridad deliciosa y su sonrisa se parec\u00eda al encuentro furtivo de su mente con su coraz\u00f3n.<\/p>\n<p>El Sr. Pouget, seg\u00fan el humor, era diferente: se sabe que uno de cada dos d\u00edas viv\u00eda en una niebla de luz dif\u00edcil de soportar, y seg\u00fan que coincidiera en un d\u00eda malo o en uno bueno, ten\u00edamos a dos hombres muy opuestos. La amabilidad de la acogida variaba tambi\u00e9n con la categor\u00eda social a la que pertenec\u00eda el visitante: amigo de todos y esforz\u00e1ndose por hacerse todo a todos, ten\u00eda con todo sus preferencias, y yo hab\u00eda cre\u00eddo vislumbrar esta ley: en igualdad de condiciones sin embargo, como dicen los ge\u00f3metras, recib\u00eda a un militar mejor que a un civil, a un laico mejor que a un cl\u00e9rigo, y a un estudiante mejor que a un penitente. Si la ley es exacta, el que ten\u00eda la mayor probabilidad de ser rechazado era un cl\u00e9rigo que ven\u00eda a confesarse. Y, en cambio, quien pod\u00eda contar\u00a0 ser \u00a0acogido con efusi\u00f3n\u00a0 era un oficial o un soldado llegado para preguntar e instruirse: esto ocurr\u00eda a veces en tiempo pascual, de donde resultan las entrevistas interminables de las que hablaremos m\u00e1s tarde. Lo que justificaba estos favores era que \u00e9l cre\u00eda, con raz\u00f3n o sin ella, que los civiles, los cl\u00e9rigos y los penitentes disponen siempre de mucho tiempo libre; era asimismo que los soldados, los universitarios y los intelectuales estando implicados en el mundo y recibiendo de mil formas el asalto de la increencia moderna, necesitaban, a su manera de ver, de reavituallamiento s\u00f3lido y seguro que\u00a0 \u00e9l\u00a0 m\u00e1s que cualquiera otro era capaz de proporcionarles. En general, como ciego, no se fiaba del visitante, fuera quien fuera, ya que nunca se encontraba inactivo. Pero en el segundo instante, se mostraba tanto m\u00e1s dulce cuanto m\u00e1s duro hab\u00eda estado en el primero. Y le era tan dif\u00edcil la despedida como le hab\u00eda sido molesto acogerle. Hab\u00eda d\u00edas en que hablaba sin parar, yendo de esto a aquello y de aquello a esto, comentando, charlando, contando, recitando. Entonces, daba la impresi\u00f3n, y que se me perdone repetir la comparaci\u00f3n, de una monta\u00f1a vista bajo un cielo cambiante: d\u00edas de luz en las vertientes, y siempre esta impresi\u00f3n de poder y de una masa que ocupa casi todo el cielo. Pero era tambi\u00e9n capaz de montar en c\u00f3lera; yo no hablo aqu\u00ed de sus enfados c\u00f3micos a veces, como suced\u00eda cuando no encontraba los anteojos o el bast\u00f3n, hablo de la indignaci\u00f3n virtuosa que sale del fondo del alma ante el mal y sus triunfos. As\u00ed, cuando o\u00eda hablar de alg\u00fan proyecto contra la ley de Dios, y sobre todo contra la ley sin defensa de los peque\u00f1os, \u00e9l que era tan inclinado a la misericordia, era presa de una especie de turbaci\u00f3n sagrada que acentuaba los trazos de su cara y que daba al p\u00e1lido reflejo de su ojo vac\u00edo un no s\u00e9 qu\u00e9 de terrible.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Cap\u00edtulo II: Retrato del Sr. Pouget hacia 1930 Hasta ahora me hab\u00eda servido para contar su historia de los informes reunidos y de sus recuerdos. Ahora ya me siento m\u00e1s c\u00f3modo. 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Corno consecuencia de la publicaci\u00f3n por Jean Guit\u00adton de sus Di\u00e1logos con el padre Pouget, en los que volv\u00eda a la vida a aquel de quien hab\u00eda dise\u00f1ado en 1941 un inolvidable Retrato, una figura\u2026","rel":"","context":"En \u00abFormaci\u00f3n Vicenciana\u00bb","block_context":{"text":"Formaci\u00f3n Vicenciana","link":"http:\/\/vincentians.com\/es\/category\/formacion-vicenciana\/"},"img":{"alt_text":"P. Poug\u00e9t","src":"https:\/\/i0.wp.com\/vicencianos.org\/wp-content\/uploads\/2012\/12\/P.-Poug%C3%A9t.jpg?resize=350%2C200","width":350,"height":200},"classes":[]},{"id":29093,"url":"http:\/\/vincentians.com\/es\/retrato-del-sr-pouget-sacerdote-de-la-mision-final\/","url_meta":{"origin":26910,"position":3},"title":"Retrato del sr. Pouget, sacerdote de la Misi\u00f3n (Final)","author":"Francisco Javier Fern\u00e1ndez Chento","date":"19\/03\/2014","format":false,"excerpt":"Cap\u00edtulo VI: Los \u00faltimos d\u00edas del sr. Pouget \"Creo que se debe vivir como si no se tuviera que morir, dec\u00eda con frecuencia el sr. Pouget. Cuando se llega a viejo, hay que hacer todav\u00eda proyectos. Si se pierde la cabeza, entonces ya no hay nada que hacer. 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Signo de grandeza en ellos el poner tanto cuidado en borrar sus huellas, en permanecer en la os\u00adcuridad, como en otros\u2026","rel":"","context":"En \u00abFormaci\u00f3n Vicenciana\u00bb","block_context":{"text":"Formaci\u00f3n Vicenciana","link":"http:\/\/vincentians.com\/es\/category\/formacion-vicenciana\/"},"img":{"alt_text":"P. Poug\u00e9t","src":"https:\/\/i0.wp.com\/vicencianos.org\/wp-content\/uploads\/2012\/12\/P.-Poug%C3%A9t.jpg?resize=350%2C200","width":350,"height":200},"classes":[]},{"id":26829,"url":"http:\/\/vincentians.com\/es\/retrato-del-sr-pouget-sacerdote-de-la-mision-i\/","url_meta":{"origin":26910,"position":5},"title":"Retrato del sr. Pouget, sacerdote de la Misi\u00f3n (I)","author":"Francisco Javier Fern\u00e1ndez Chento","date":"01\/07\/2025","format":false,"excerpt":"Acude a la reuni\u00f3n de los ancianos, \u00bfque te encuentras con un sabio? j\u00fantate a \u00e9l. Si VI, 34. Introducci\u00f3n Cuando los azares de la vida nos han colocado frente a un gran ejemplo, ser\u00eda verdaderamente una falta de esp\u00edritu guardarse esta ense\u00f1anza para s\u00ed solo. 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