{"id":25036,"date":"2015-02-21T01:23:51","date_gmt":"2015-02-21T00:23:51","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/blog\/25036\/sor-rosalia-rendu-parte-16-y-ultima\/"},"modified":"2015-02-21T01:23:51","modified_gmt":"2015-02-21T00:23:51","slug":"sor-rosalia-rendu-desmet-16-y-final","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/vincentians.com\/es\/sor-rosalia-rendu-desmet-16-y-final\/","title":{"rendered":"Sor Rosal\u00eda Rendu (Desmet) 16 y final"},"content":{"rendered":"<h2><strong>16. Las virtudes de sor Rosal\u00eda<\/strong><\/h2>\n<div id=\"attachment_28980\" style=\"width: 263px\" class=\"wp-caption alignright\"><a href=\"https:\/\/i0.wp.com\/vicencianos.org\/wp-content\/2009\/11\/rendu.jpg\"><img data-recalc-dims=\"1\" loading=\"lazy\" decoding=\"async\" aria-describedby=\"caption-attachment-28980\" class=\"size-medium wp-image-28980\" title=\"Sor Rosal\u00eda Rendu\" alt=\"Sor Rosal\u00eda Rendu\" src=\"https:\/\/i0.wp.com\/vicencianos.org\/wp-content\/2009\/11\/rendu-253x300.jpg?resize=253%2C300\" width=\"253\" height=\"300\" \/><\/a><p id=\"caption-attachment-28980\" class=\"wp-caption-text\">Sor Rosal\u00eda Rendu<\/p><\/div>\n<p>Dios es admirable en sus obras. Y lo es sobre todo en el bello trabajo interior que va realizando en las almas. Se complace en dotar a ciertas almas privilegiadas de talentos naturales maravillosos, a los que a\u00f1ade el esplendor de su gracia, el ornato de sus dones y un incremento de favores desti\u00adnados a exponer a su obra maestra a la admiraci\u00f3n de los hombres.<\/p>\n<p>Sor Rosal\u00eda fue una de esas obras maestras, que resultan sorprendentes porque superan nuestras medidas comunes. Dotada de una naturaleza vigo\u00adrosa y delicada a la vez, de un esp\u00edritu luminoso, de una voluntad en\u00e9rgica, de un coraz\u00f3n que palpitaba con acentos de la m\u00e1s exquisita sensibilidad, de un alma prudente e, incluso en medio de sus m\u00e1s sorprendentes audacias, d\u00f3cil a las consignas de la prudencia, ella aprendi\u00f3 desde sus m\u00e1s tiernos a\u00f1os, en la escuela de su cristian\u00edsima madre, a usar de todos estos dones al servicio del bien. Y Dios se complaci\u00f3 entonces en colmarla de beneficios y en hacer que prosperara su acci\u00f3n. De todo ello sali\u00f3 como resultado una obra verdaderamente grandiosa.<\/p>\n<p>Como hijos de Dios, todos tenemos que trabajar por el Padre de los cielos. Es imposible agradar a Dios si no se obra por \u00e9l. Hay que obrar con esp\u00edritu de fe. \u00ab<em>Sine fide impossibile est placere Deo\u00bb. <\/em>Se trata de algo elemental. Pero cuando ese esp\u00edritu de fe inspira y empapa toda una vida, la vida se vuelve luminosa, radiante; proyecta en cada momento a su alre\u00addedor reflejos del m\u00e1s all\u00e1. Y entonces nuestros caminos terrenos se ven un poco mejor iluminados por el esplendor de las cosas divinas.<\/p>\n<p>Este esp\u00edritu de fe es el que inspir\u00f3 tanta virtud en el alma de sor Rosa\u00adl\u00eda. En esta atm\u00f3sfera luminosa y bajo los c\u00e1lidos rayos de esta luz celestial se fueron desarrollando con magnificencia los g\u00e9rmenes de las virtudes que Dios hab\u00eda depositado en su pecho.<\/p>\n<p>\u00a1Realmente es admirable la floraci\u00f3n de virtudes cristianas en las almas vivificadas por la gracia! \u00a1Toda una visi\u00f3n de hermosura bajo la mirada de Dios! Esas flores espirituales, abiertas bajo la brisa de la vida divina, van mezclando y entrelazando armoniosamente los diversos matices de belleza en un trazado perfecto y en una perfecta pureza de l\u00edneas en esos jardines de Dios, trazados por El, y que tan bien supo admirar y describir el pr\u00ednci\u00adpe de la teolog\u00eda, santo Tom\u00e1s de Aquino.<\/p>\n<p>Sor Rosal\u00eda, como todos los cristianos, hab\u00eda recibido en el bautismo las tres grandes virtudes, las m\u00e1s bellas de todas, que nos permiten entrar en la intimidad de Dios: la fe, la esperanza y la caridad. <em>\u00abTria haec!\u00bb. <\/em>Gracias a ellas el cristiano sabe a d\u00f3nde va. Gracias a ellas sor Rosal\u00eda ir\u00eda confiada hacia un Dios que ella sab\u00eda que era maravilloso y paternal. Y adem\u00e1s ver\u00eda en cada uno de los hombres un hijo de Dios. Y lo mismo que Dios, tambi\u00e9n ella har\u00eda del pr\u00f3jimo el objeto de sus complacencias y derramar\u00eda sobre \u00e9l los tesoros de su caridad. Su amor al pobre no ser\u00eda m\u00e1s que una forma de su amor a Dios.<\/p>\n<p>En la irradiaci\u00f3n de estas tres grandes virtudes que fijan nuestras almas a Dios, hay otras cuatro que tienen como misi\u00f3n regular nuestras relaciones humanas: la prudencia, la fortaleza, la justicia y la templanza: son las llamadas \u00abvirtudes cardinales\u00bb, algo as\u00ed como \u00abgoznes\u00bb robustos sobre los que gira todo un sistema planetario de virtudes morales de menor envergadura; fuerzas grandiosas de una amplitud magn\u00edfica, que comunican su virtud a otros muchos sat\u00e9lites de peque\u00f1a o de mediana grandeza. Santo Tom\u00e1s va describiendo detalladamente toda esta riqueza: va enumerando por decenas esas virtudes que, por diversos t\u00edtulos, participan de la vida y de las fun\u00adciones de las cuatro virtudes cardinales. Utiliz\u00e1ndolas, sor Rosal\u00eda se fue haciendo un alma vigorosa y santamente audaz, paciente y perseverante, alegre y magn\u00e1nima, leal y justa, moderada en sus deseos, prudente en sus decisiones.<\/p>\n<p>Un alma modelada de esta forma es una obra maestra, un santuario de la sabidur\u00eda, en donde reinan, en el seno de la riqueza y de la variedad, el orden y la armon\u00eda. Y es tambi\u00e9n una fuerza, dispuesta a obrar maravi\u00adllas. Se trata de utilizar todos estos tesoros.<\/p>\n<p>En el seno de estos divinos esplendores conviene que destaquemos dos virtudes encantadoras, que ser\u00e1n las predilectas de sor Rosal\u00eda: la humildad y la sencillez, peque\u00f1as virtudes que se centran en la templanza, pero que al lado de la caridad, cuando \u00e9sta las toma como compa\u00f1eras de sus haza\u00ad\u00f1as, forman su mejor cortejo.<\/p>\n<p>Y se\u00f1alemos adem\u00e1s el tr\u00edo de la pobreza, la castidad y la obediencia, virtudes de altos vuelos, guardianas vigilantes de la salud de las almas, de su vigor y de su hermosura, garant\u00edas de orden y de armon\u00eda, auxiliares po\u00adderosas de la perfecci\u00f3n evang\u00e9lica.<\/p>\n<p>Y en el seno de todas estas riquezas el soplo del Esp\u00edritu Santo viene una vez m\u00e1s con sus dones a producir una exuberancia de vida, que facilita el ejercicio de todas las virtudes, asombrando a todos con las maravillas de sus poderosos impulsos inesperados. Y los frutos de ese mismo Esp\u00edritu de Dios: la paz, el gozo, la benignidad, la bondad, la mansedumbre, etc., vienen a embalsamar de suavidad, de perfume y de encanto el santuario de aquellas almas en las que se despliega toda esta vida.<\/p>\n<p>Tom\u00e1s de Aquino se entusiasmaba delante de esta visi\u00f3n de hermosura. Dios, por su parte, se empe\u00f1a incesantemente en multiplicar estos ejemplos en nuestro pobre mundo. Y continuamente los santos \u00e1ngeles del Se\u00f1or despliegan su celo en la protecci\u00f3n de semejantes tesoros.<\/p>\n<p>\u00bfQui\u00e9n no reconocer\u00e1, apenas eche una ojeada sobre la vida de sor Rosal\u00eda, una magn\u00edfica actuaci\u00f3n de todas estas energ\u00edas espirituales, depo\u00adsitadas por Dios en las almas? Inmediatamente se desprende de ella una impresi\u00f3n de excepcional esplendor.<\/p>\n<p>Entre tantas preciosas virtudes, \u00bfhabr\u00e1 habido alguna que haya perma\u00adnecido ociosa en este armonioso conjunto? Es in\u00fatil que nos pongamos a buscarla. Y no lo ser\u00e1 ciertamente esa indispensable virtud de la prudencia, que corr\u00eda tantos riesgos en una vida impulsada por tan admirable auda\u00adcia, y que a pesar de todo se muestra espl\u00e9ndida en sus afortunadas decisio\u00adnes, en sus pujantes iniciativas, en sus magn\u00edficos resultados, en medio de un clima de tempestades y de motines. En medio de tantas otras virtudes, igualmente hermosas, pero m\u00e1s apropiadas a las situaciones comunes, pode\u00admos admirar esta sabidur\u00eda, tan extra\u00f1a y tan meritoria, de la prudencia cristiana, que dirigi\u00f3 una vida tan hermosa, pero tan expuesta al peligro.<\/p>\n<h3>Esp\u00edritu de Fe, viva luz en la vida<\/h3>\n<p>Fue el esp\u00edritu de fe el que hizo brotar tanto esplendor. La fe ten\u00eda que ser muy viva en aquel alma privilegiada. Ya desde la m\u00e1s tierna infancia impregn\u00f3 hondamente su alma, en aquella c\u00e1lida atm\u00f3sfera de una familia cristiana y en medio de las circunstancias tr\u00e1gicas de la persecuci\u00f3n.<\/p>\n<p>Sor Rosal\u00eda, ni\u00f1a todav\u00eda, volv\u00eda un d\u00eda del campo con sus hermanitas. Llegaron delante de la iglesia. Quisieron entrar para saludar al Se\u00f1or. Pero la iglesia estaba cerrada. Las ni\u00f1as se pusieron de rodillas frente a la pared y, a trav\u00e9s de ella, le enviaron al Se\u00f1or su cari\u00f1oso saludo. Dios escucha a trav\u00e9s de las paredes. Y tambi\u00e9n a trav\u00e9s de las paredes env\u00eda sus ben\u00addiciones.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de convertirse en hija de la Caridad, sor Rosal\u00eda, que se levan\u00adtaba a las cuatro de la ma\u00f1ana, era siempre la primera en acudir a la capi\u00adlla, donde edificaba a todos con su actitud humilde y respetuosa.<\/p>\n<p>Siendo superiora, entre visita y visita, se la sorprend\u00eda a veces arrodi\u00adllada en su despacho: \u00abEs que as\u00ed -dec\u00eda- me resulta m\u00e1s f\u00e1cil ponerme en presencia de Dios\u00bb.<\/p>\n<p>En el coche sol\u00eda bajar las cortinillas de las ventanas, como san Vicente, para que nada pudiera distraerla de la presencia de Dios.<\/p>\n<p>El pensamiento en Dios le resultaba familiar. Los m\u00e1s sencillos conse\u00adjos sol\u00edan ir siempre apoyados en pensamientos sobrenaturales. Un d\u00eda le dijo a una hermana que estaba muy atareada en el trabajo del lavado de ropa: \u00abSin dejar su obra, puede hacer tambi\u00e9n usted un poco de oraci\u00f3n. Piense que nuestras almas tienen que estar tan blancas como esa espuma de jab\u00f3n, tan ligeras como ella, para elevarse hasta Dios, y que solamente lograremos dar a nuestras conciencias la limpieza y la pureza de esa ropa a base de lavarlas en las aguas de la penitencia\u00bb.<\/p>\n<p>Cuando iba a casa de alg\u00fan gran personaje para solicitar un servicio o una limosna, procuraba ante todo dirigirse al Esp\u00edritu Santo para que inclinase el coraz\u00f3n de aquellos bienhechores. Al entrar, dec\u00eda a sus religiosas, hay que empezar por agradecer los servicios que nos han prestado otras veces, para exponer a continuaci\u00f3n el motivo de la visita. Y les indi\u00adcaba a sus hermanas: \u00abNo sois vosotras las que pod\u00e9is obtener alg\u00fan resul\u00adtado. Es el Esp\u00edritu Santo el que dispone los corazones y los inclina al bien\u00bb.<\/p>\n<p>Ten\u00eda un sentimiento muy vivo de las realidades sobrenaturales que nos rodean y nos penetran. Viv\u00eda en compa\u00f1\u00eda de los santos \u00e1ngeles, sent\u00eda un gran respeto por su presencia y un gran agradecimiento por sus servicios. Cuando alguna hermana se mostraba un tanto ligera en sus movimientos, le hac\u00eda esta observaci\u00f3n: \u00abHermana, su \u00e1ngel de la guarda no es capaz de seguirle\u00bb. A otra, que se mostraba algo remisa en escribir una carta en favor de un pobre, le dijo un d\u00eda: \u00abVamos, hermana; es su \u00e1ngel de la guarda el que le tiende la pluma; no puede usted hacerle esperar\u00bb. Cuando entraba en el comedor para distribuir la sopa a los ancianos -a quienes ella llamaba \u00abmi corte celestial\u00bb- le dec\u00eda a la hermana que aquella sema\u00adna estaba encargada de ellos: \u00abHermana, saludemos a los \u00e1ngeles de esos buenos ancianos. Los \u00e1ngeles se sienten orgullosos de guiar a los pobres, en los que Dios reside. Y nosotros vamos a participar de su ministerio\u00bb. Le pa\u00adrec\u00eda que \u00abuna gran bendici\u00f3n rodeaba a su casa mientras que la sala se llenaba de los obreros que aguardaban el momento de comer\u00bb.<\/p>\n<p>Realmente \u00abla conversaci\u00f3n de sor Rosal\u00eda estaba en el cielo\u00bb. Y este pensamiento del cielo, mantenido habitualmente, le daba a su fisonom\u00eda y a su manera de actuar ciertos reflejos del m\u00e1s all\u00e1. Sus compa\u00f1eras dec\u00edan en cierta ocasi\u00f3n: \u00abCuando contemplamos a nuestra madre, ella nos hace pensar en la sant\u00edsima Virgen\u00bb.<\/p>\n<p>Sor Rosal\u00eda ten\u00eda una idea muy elevada de lo que es una casa de cari\u00addad. Es un santuario de Dios. All\u00ed no se puede hacer m\u00e1s que el bien. Durante un mot\u00edn, un oficial del ej\u00e9rcito regular que se hab\u00eda quedado solo en una barricada en medio de sus soldados muertos, huy\u00f3 de la batalla y se refugi\u00f3 en el patio de la casa de caridad. Los amotinados le hab\u00edan seguido y estaban ya a punto de fusilarle. Sor Rosal\u00eda pronunci\u00f3 entonces este her\u00admoso grito de fe: \u00ab\u00a1Aqu\u00ed <em>no se mata a nadie!\u00bb.<\/em><\/p>\n<h3>Las devociones de sor Rosal\u00eda<\/h3>\n<p>Practicaba las devociones s\u00f3lidas y sencillas de todo buen cristiano. Ten\u00eda sobre todo la devoci\u00f3n al deber, la devoci\u00f3n a \u00abla obra bien hecha\u00bb. Y ten\u00eda tambi\u00e9n la devoci\u00f3n de rezar por el papa, de rezar por la santa Iglesia.<\/p>\n<p>Y desde luego ten\u00eda tambi\u00e9n una gran devoci\u00f3n a la sant\u00edsima Virgen. Ya antes de 1830 hab\u00eda hecho, como todos los hijos de san Vicente, pro\u00adfesi\u00f3n de fe en la Inmaculada Concepci\u00f3n. Cuando explot\u00f3 en la iglesia el gran acontecimiento de las apariciones de la Virgen en la calle du Bac, pudo todos los meses ir all\u00e1 a rezar con todo recogimiento, asistiendo fielmente a las conferencias del padre director y repitiendo de todo coraz\u00f3n la invo\u00adcaci\u00f3n a la Inmaculada con los dem\u00e1s fieles. Le gustaba tambi\u00e9n visitar los dem\u00e1s santuarios parisinos dedicados a la sant\u00edsima Virgen. En nuestra Se\u00ad\u00f1ora de las Victorias iba a visitar al Coraz\u00f3n inmaculado de Mar\u00eda con el buen pueblo parisino que llenaba la iglesia. En San Severino, muy cerca de su casa, iba a visitar a nuestra Se\u00f1ora de la Esperanza. En 1853 la vemos acudir a varias peregrinaciones. Su madre estaba gravemente enferma. Desea arrancar a la muerte a aquella madre que tanto quer\u00eda y acude al coraz\u00f3n maternal de la Virgen a expresar su pena y su confianza. Con dos de sus compa\u00f1eras se dirige a nuestra Se\u00f1ora de las Victorias. Poco tiempo despu\u00e9s renueva sus s\u00faplicas ante otra imagen de la Virgen, esta vez en San Severino.<\/p>\n<p>Ante la sant\u00edsima Virgen demostraba tener un coraz\u00f3n verdaderamente filial y una gran confianza. Como un d\u00eda tuviera que consolar a uno de sus antiguos estudiantes que acababa de perder a su&#8217; mujer y que se sent\u00eda desamparado rodeado de numerosos hijos, le escribi\u00f3 una carta inspirada en un alto sentido sobrenatural y puso en manos de la sant\u00edsima Virgen aquella situaci\u00f3n tan penosa. Y el d\u00eda de la fiesta de la natividad de la Virgen, 8 de septiembre de 1853, le escribi\u00f3 a aquel pobre padre: \u00abTenga confianza en la sant\u00edsima Virgen. H\u00e1gala la <em>madre de sus hijos\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>Sor Rosal\u00eda no pod\u00eda dejar, en su apostolado tan activo y a veces tan dif\u00edcil, de utilizar la medalla que recientemente hab\u00eda tra\u00eddo a la tierra la misma Virgen Mar\u00eda y que iba a dar la vuelta al mundo para merecer en aquella extraordinaria expansi\u00f3n por <span style=\"text-decoration: underline\">toda. la<\/span> tierra el nombre de \u00abmeda\u00adlla milagrosa\u00bb. Durante los primeros momentos de devoci\u00f3n a la medalla milagrosa, he aqu\u00ed que sor Rosal\u00eda descubre en una pobre familia a dos ni\u00f1as de catorce y once a\u00f1os cuidando de su madre moribunda v casi aban\u00addonadas por completo de su padre. De todas formas, el padre y la madre conf\u00edan de buena gana sus hijas a la hermana para que se encargue ella de instruirlas.<\/p>\n<p>Aquella familia era israelita. Sor Rosal\u00eda piensa inmediatamente en la obra del padre Mar\u00eda-Teodoro Ratisbona. Le pide al se\u00f1or Aladel que se ponga al habla con dicho padre y que le pida que acoja a sus protegidas. Entre tanto, la madre les ha dado a las ni\u00f1as la medalla milagrosa, lo mis\u00admo que hab\u00eda hecho en Roma, con tanto \u00e9xito, el bar\u00f3n de Bussi\u00e9res con el joven Alfonso Ratisbona. Ella esperaba ver renovarse aquel milagro con la conversi\u00f3n de las ni\u00f1as. Entre tanto se las hab\u00eda confiado, con la pre\u00adciosa medalla, a una piadosa se\u00f1ora.<\/p>\n<p>El padre Mar\u00eda-Teodoro Ratisbona, cuando cont\u00f3 cuarenta a\u00f1os m\u00e1s tarde, en 1882 \u00f3 1883, los pasos que dio en esta ocasi\u00f3n el se\u00f1or Aladel, el 8 de agosto de 1842, para ponerse al habla con \u00e9l, observaba que \u00abla hermana de la Caridad que hab\u00eda servido de instrumento a la divina Virgen en aquellas circunstancias era sor Rosal\u00eda Rendu, la misma que desde su pobre casa de la calle de l&#8217;Ep\u00e9e-de-Bois de Par\u00eds hab\u00eda impreso durante largos a\u00f1os un movimiento tan pujante a la beneficencia cristiana\u00bb.<\/p>\n<p>Y arrastrado par su celo el padre Ratisbona escrib\u00eda a su hermano: \u00abEl se\u00f1or Aladel tiene que ser el encargado de dar la consigna a todas las hermanas de la Caridad de Francia; esas dignas hijas de san Vicente que penetran en todos los rincones en donde hay una miseria que aliviar, unos desgraciados que salvar, procurar\u00e1n traernos a los peque\u00f1os israelitas que la sant\u00edsima Virgen les haga encontrar\u00bb. Y un poco m\u00e1s adelante: \u00abLas dos primeras catec\u00famenas nos llegaron por medio del se\u00f1or Aladel y de una hermana de la Caridad: \u00a1qu\u00e9 augurio tan hermoso! La medalla milagrosa sigui\u00f3 ese mismo canal. Animo, \u00e1nimo. Los ne\u00f3fitos se multiplicar\u00e1n tan aprisa como las medallas; se ir\u00e1n atrayendo unos a otros, para mayor gloria de Dios v de nuestra buena Madre\u00bb.<\/p>\n<p>Sor Rosal\u00eda, lo mismo que sus compa\u00f1eras, no conoc\u00eda a la hermana que hab\u00eda recibido las confidencias de la sant\u00edsima Virgen. Pero conoc\u00eda la hermosa historia de la medalla y especialmente el milagro que seis meses antes hab\u00eda entusiasmado a los ambientes romanas, suscitando por todo el mundo las conversaciones piadosas y haciendo que se propagara la medalla m\u00e1s que nunca. Y sor Rosal\u00eda distribu\u00eda con gusto aquella medalla. Se ha\u00adb\u00eda convertido en uno de sus medios de apostolado.<\/p>\n<p>M\u00e1s que nunca experimentaba el poder de la sant\u00edsima Virgen. Cuando se qued\u00f3 ciega, multiplic\u00f3 sus oraciones a la Virgen. Le gustaba especial\u00admente rezar el rosario.<\/p>\n<p>El rosario, el evangelio, la Imitaci\u00f3n de Cristo: esos eran sus \u00ablibros\u00bb. El rosario era el libro de cada momento, el consuelo de sus largas horas de inactividad, su vinculaci\u00f3n f\u00e1cil con el cielo. Cuando ten\u00eda a su disposici\u00f3n a una ben\u00e9vola lectora, entonces acud\u00eda de buena gana al evangelio y a la Imitaci\u00f3n. Y saboreaba aquellas p\u00e1ginas. Cuando hab\u00eda alguna postulante en casa, era a ella a quien sol\u00eda pedirle ese favor. Un d\u00eda, a petici\u00f3n suya, una postulante le hab\u00eda le\u00eddo un cap\u00edtulo de la Imitaci\u00f3n. Lo hab\u00eda escu\u00adchado con verdadera fruici\u00f3n. Se recog\u00edan all\u00ed algunas palabras de nuestro Se\u00f1or. Sor Rosal\u00eda exclam\u00f3: \u00ab\u00a1Qu\u00e9 hermoso es!\u00bb. Y a\u00f1adi\u00f3: \u00ab\u00a1Qu\u00e9 dicha es poder abandonarse a \u00e9l!\u00bb. De buena gana habr\u00eda dicho como santa Luisa de Marillac, al hablar de esos libros: \u00abSe trata de algo muy necesario para las Hijas de la Caridad\u00bb.<\/p>\n<p>Con semejantes sentimientos no es extra\u00f1o que a sor Rosal\u00eda le gustase rezar por las grandes intenciones de la Iglesia. Mandaba que se rezase con frecuencia por el Santo Padre, a quien le est\u00e1 encomendada. Dios le hab\u00eda hecho vislumbrar los males que iban a caer sobre la Iglesia y entristecer a su Cabeza visible. Dec\u00eda de s\u00ed misma que todo aquello le causaba una tristeza mortal. \u00abVosotras ver\u00e9is todo eso, hermanas -a\u00f1ad\u00eda-. Pero yo ya no vivir\u00e9\u00bb.<\/p>\n<p>Tambi\u00e9n le gustaba rezar a san Vicente, procurando modelar su vida sobre la del santo; ten\u00eda continuamente en los labios algunas de sus m\u00e1xi\u00admas y recomendaciones. Por la noche se arrodillaba para rezar sus oraciones ante una imagen que representaba al santo llevado al cielo por los \u00e1ngeles. Aquella imagen era un recuerdo de sor Tardy, su antigua supe\u00adriora. Por ese motivo aquella imagen le resultaba doblemente apreciada.<\/p>\n<p>En efecto, sent\u00eda por sus superiores un religioso respeto. Siempre habla\u00adba de ellos con aut\u00e9ntica veneraci\u00f3n, d\u00e1ndoles se\u00f1ales de su afecto. En su rostro se reflejaban esos hermosos sentimientos, cuando les o\u00eda hablar.<\/p>\n<p>Ve\u00eda a Dios en ellos y no admit\u00eda en su presencia bromas ni palabras ligeras. Sus conferencias y sus circulares eran, para ella, cosas de las que no conven\u00eda hablar m\u00e1s que con mucha reserva y respeto.<\/p>\n<p>Sus superiores se vieron durante alg\u00fan tiempo inducidos a error respec\u00adto a ella; esta prueba le result\u00f3 muy penosa. Pero nunca dej\u00f3 que se lo notaran. \u00abNuestros superiores -dec\u00eda- son muy buenos, pero no pueden verlo todo&#8230; Tenemos que compadecer a nuestros superiores, ya que tienen mucho que hacer y una gran responsabilidad. Pidamos mucho por ellos\u00bb. Para la fiesta de aquellos superiores a los que veneraba se mostraba siempre muy generosa, mientras que en su propio caso practicaba una severa pobreza. En el barrio Mouffetard hab\u00eda muchos horticultores y re\u00adsultaba f\u00e1cil conseguir flores. Por eso el secretariado de la casa madre con\u00adfiaba a las hermanas de l&#8217;Ep\u00e9e-de-Trois el encargo de procurar los ramos para las fiestas. Las compa\u00f1eras de sor Rosal\u00eda se encargaban de ello v ha\u00adc\u00edan todo lo posible por traer ramos muy hermosos. Sor Rosal\u00eda nunca los consideraba suficientemente bellos. Nada era demasiado para los \u00abvenera\u00addos superiores\u00bb. Pero el d\u00eda de su propia fiesta no aceptaba para s\u00ed m\u00e1s que flores del jard\u00edn: un ramo de rosas, rodeado de reseda y de tomillo.<\/p>\n<p>Su esp\u00edritu de fe se revelaba tambi\u00e9n en su estima del sacerdocio, en los muchos servicios que hizo a los sacerdotes y a los seminaristas. Muchos le debieron su entrada en el seminario y la posibilidad de proseguir sus es\u00adtudios teol\u00f3gicos.<\/p>\n<p>Pero donde este esp\u00edritu de fe se mostr\u00f3 m\u00e1s esplendoroso fue en el extraordinario amor a los pobres que practic\u00f3 durante toda su vida la mi\u00adsericordiosa sor Rosal\u00eda. \u00a1Comprend\u00eda tan bien a los pobres! \u00a1Los quer\u00eda tanto! Y sobre todo, \u00a1les sirvi\u00f3 tanto!<\/p>\n<h3>Esperanza<\/h3>\n<p>La preciosa virtud de la fe, que proyecta sobre la vida presente estas luces bienhechoras, ilumina tambi\u00e9n, a trav\u00e9s de las sombras de la muerte, las misteriosas regiones del m\u00e1s all\u00e1. De esta manera ilumina la ruta a\u00e9rea de la esperanza y la anima, en su arduo vuelo, hacia las atractivas bellezas del para\u00edso.<\/p>\n<p>Sor Rosal\u00eda, a trav\u00e9s de los duros combates que ten\u00eda que sostener en la tierra y de sus dif\u00edciles victorias, emprend\u00eda esas batallas cotidianas con sobrenatural confianza. Aquel duro trabajo era la prenda mejor de su felicidad all\u00e1 arriba. Su confianza, sin embargo, no estaba exenta de temor, ciertamente; pero era un temor santo y noble. Un d\u00eda le dec\u00eda a una com\u00adpa\u00f1era que manifestaba por lo visto algo de presunci\u00f3n: \u00abPor mi parte, yo no veo m\u00e1s que dos cosas entre las cuales vivo: la justicia de Dios, por una parte, y los intereses de su gloria por otra\u00bb. \u00bfEl sentimiento de la justi\u00adcia de Dios? S\u00ed, pero al mismo tiempo la preocupaci\u00f3n por su gloria. Un te\u00admor que deja la puerta abierta al amor. \u00a1Hermoso y noble temor reveren\u00adcial, que se mantiene respetuosamente inclinado ante Dios, ante su gran\u00addeza, tomando conciencia de su propio deber y que, con prudente modestia, se dirige hacia Dios por el camino del cielo trabajando con todo entusiasmo por su gloria! \u00a1Santo temor de Dios! Don del Esp\u00edritu Santo. \u00abCastus timor\u00bb. Puro temor sin mezcla, que se olvida a veces de s\u00ed mismo para no pensar m\u00e1s que en Dios y que, totalmente abismado en la admiraci\u00f3n de las gran\u00addezas de Dios, descubre en \u00e9l una hoguera de amor tan inmensa que queda disminuido el temor de perderlo.<\/p>\n<p>En su profundo respeto a Dios, sor Rosal\u00eda, al servicio de este soberano Se\u00f1or, se consum\u00eda trabajando con todo ah\u00ednco por extender su reino. Heroicamente entregada a las obras de misericordia, su alma misericordio\u00adsa ten\u00eda confianza en la misericordia divina.<\/p>\n<p>Ciertamente, como todo lo que tiene vida, ella experimentaba el tem\u00adblor de la naturaleza ante el pensamiento de la muerte. \u00abTengo miedo a la muerte\u00bb, dec\u00eda. Pero el pensamiento de la misericordia divina y las prome\u00adsas de nuestro Se\u00f1or manten\u00edan su esp\u00edritu sereno en medio de los duros combates de la vida. Una noche tuvo un sue\u00f1o: \u00abMe vi -nos cuenta\u00ad ante el tribunal de Dios. Me recib\u00eda con gran severidad e iba a pronunciar mi condenaci\u00f3n, cuando de pronto me encontr\u00e9 rodeada de un mont\u00f3n de personas que llevaban botas viejas, zapatillas, gorras, que presentaban a Dios todas aquellas cosas y le dec\u00edan: Ella es la que nos ha dado todo esto. Entonces Jesucristo se volvi\u00f3 hacia m\u00ed y me dijo: En premio por todos esos trapos viejos, que has dado en mi nombre, yo te abro las puertas del cielo. \u00a1Entra en \u00e9l por toda la eternidad!\u00bb. Temor y confianza; all\u00ed es donde se revelaba el alma tan fina de sor Rosal\u00eda.<\/p>\n<p>\u00abLos que hayan amado mucho a los pobres -dec\u00eda san Vicente- no tendr\u00e1n miedo a la muerte\u00bb. Aunque el pensamiento de la muerte hiciera temblar a sor Rosal\u00eda, al final de su vida tuvo una muerte tranquila.<\/p>\n<p>La buena sor Melania, la m\u00e1s anciana de sus compa\u00f1eras, le dijo tam\u00adbi\u00e9n un d\u00eda con mucha prudencia, cuando intentaba defenderse con seve\u00adridad de los copiosos elogios que le promet\u00edan un buen sitio en el cielo: \u00abMadre, quiz\u00e1s tenga usted raz\u00f3n, pero cuando Dios la vea le dir\u00e1: \u00a1Ah\u00ed est\u00e1 una vieja sirvienta que lleva en mi casa m\u00e1s de cincuenta a\u00f1os! \u00a1No la dej\u00e9is fuera!\u00bb.<\/p>\n<p>Sor Rosal\u00eda quer\u00eda mucho a sor Melania. Y en aquella ocasi\u00f3n debi\u00f3 contestarle con una gran sonrisa.<\/p>\n<p>Por otra parte sor Rosal\u00eda sab\u00eda refugiarse en las grandes circunstancias bajo el manto de la sant\u00edsima Virgen. Su coraz\u00f3n tan sensible necesitaba el consuelo de este amparo maternal. Iba de buena gana a rezar al santuario de nuestra Se\u00f1ora de la Esperanza. A1 final de la calle Mouffetard, en di\u00adrecci\u00f3n de la Sorbona, en medio de un laberinto de callejuelas, est\u00e1 la her\u00admosa iglesia de San Severino. Las delicadezas de un arte refinado atraen hacia all\u00e1 a muchos artistas. Cerca de la Sorbona, estaba tambi\u00e9n al alcan\u00adce de aquellos queridos estudiantes que sol\u00edan frecuentar la casa de l&#8217;Ep\u00e9e\u00adde-Bois. \u00bfSe trataba acaso de un sentimiento de uni\u00f3n fraternal con ellos y para unir m\u00e1s \u00edntimamente sus oraciones a las oraciones de sus hijos? Lo cierto es que a sor Rosal\u00eda le gustaba aquella iglesia. Encontraba all\u00ed, en un rinc\u00f3n, una capilla con una Virgen, muy visitada por los peregrinos y que ten\u00eda el bonito nombre de nuestra Se\u00f1ora de la Santa Esperanza. La tradici\u00f3n atribu\u00eda a esta iglesia, ya desde muy antiguo, una especie de prioridad en la devoci\u00f3n a la Concepci\u00f3n Inmaculada de Mar\u00eda.Un d\u00eda P\u00edo IX, el papa de la Inmaculada, colocar\u00e1 sobre la cabeza de la Virgen de la Santa Esperanza la corona de oro de la Inmaculada. As\u00ed pues, sor Rosal\u00eda encontraba all\u00ed, ante la antigua estatua, el consuelo de la esperanza cristiana y el gozo de saludar a la Inmaculada.<\/p>\n<h3>La Caridad<\/h3>\n<p>La fe supera las monta\u00f1as; a veces incluso transporta las monta\u00f1as. La esperanza disipa de antemano todas las brumas de la muerte y vive las glorias de la resurrecci\u00f3n. La caridad, por su parte, pasa por encima de todos los intereses de este mundo; sacrifica sin piedad los intereses perso\u00adnales sobre el altar del Dios de amor.<\/p>\n<p>Sor Rosal\u00eda ten\u00eda en el coraz\u00f3n un gran amor de Dios. Se gastaba ince\u00adsantemente por su gloria. Amaba a Dios \u00abcon el sudor de su rostro y el cansancio de sus brazos\u00bb. Nunca descansaba. \u00abEl Se\u00f1or me llama\u00bb, dec\u00eda. Y corr\u00eda hacia \u00e9l cuando escuchaba la m\u00e1s peque\u00f1a llamada.<\/p>\n<p>Le causaban mucha pena las calamidades de la iglesia, que preve\u00eda. Todos se daban cuenta de que sufr\u00eda por las incomprensiones, los fallos, las defecciones que aflig\u00edan a la iglesia. Y sent\u00eda en su coraz\u00f3n el deseo de reparar en la medida de lo posible aquel deshonor que se comet\u00eda contra Dios.<\/p>\n<p>Sus servicios caritativos atend\u00edan a los cuerpos. Pero sent\u00eda m\u00e1s pre\u00adocupaci\u00f3n todav\u00eda por las almas, a las que deseaba rescatar y devolver a Dios.<\/p>\n<p>Este anhelo de que el mundo pudiera ser totalmente de Dios elevaba su esp\u00edritu, iluminaba su rostro, revelaba su fuego interior. Y su irradia\u00adci\u00f3n penetraba en las almas de quienes la trataban, haciendo que tambi\u00e9n ellos se empaparan de Dios.<\/p>\n<p>Y era tambi\u00e9n en Dios y por Dios como sor Rosal\u00eda amaba a sus po\u00adbres. Es verdad que su coraz\u00f3n tan sensible se apiadaba naturalmente de sus miserias y que su coraz\u00f3n podr\u00eda haberse limitado a ser \u00fanicamente un delicado sentimiento natural. Pero ella ve\u00eda y amaba tambi\u00e9n en ellos im\u00e1\u00adgenes de Dios, hermanos redimidos como ella por la sangre de Jesucristo y dotados consiguientemente de un valor incomparable. Y su amar se con\u00advert\u00eda entonces en un homenaje a todo lo que hab\u00eda en ellos de dones divi\u00adnos, de bendiciones divinas y de predilecci\u00f3n. Delicadezas humanas de un coraz\u00f3n excelente e inspiraciones sublimes del esp\u00edritu de fe se un\u00edan en su alma tan sensible y tan sobrenatural para encender en ella esa maravillosa hoguera de amor con aquellas llamas tan vivas y tan puras que proyectaban luz y calor sobre los pobres de Jesucristo.<\/p>\n<p>Cuando sor Rosal\u00eda estaba delante de sus pobres, practicaba el m\u00e1s absoluto olvido de s\u00ed misma y de sus intereses personales. Los amaba total\u00admente. Llena de compasi\u00f3n, se lamentaba con ellas, les consolaba, les aten d\u00eda, les daba toda su abnegaci\u00f3n, lloraba con ellos. Y cuando llegaba la ocasi\u00f3n, tambi\u00e9n sab\u00eda excusarles.<\/p>\n<p>Su caridad le inspiraba a veces frases inveros\u00edmiles.<\/p>\n<p>Un d\u00eda, sor Rosal\u00eda sali\u00f3 de su despacho para ir al examen particular y a comer. La sala de espera estaba vac\u00eda. Se introdujo en ella un pobre. Sor Rosal\u00eda hab\u00eda dejado por descuido sobre la mesa, en medio de diversos papeles, cierta cantidad de dinero. El visitante dej\u00f3 los papeles, tom\u00f3 el di\u00adnero y se fue. Cuando se dieron cuenta del robo, el ladr\u00f3n estaba lejos. Cualquier otra persona se habr\u00eda indignado. Sor Rosal\u00eda no se indign\u00f3. Estaba demasiado acostumbrada a defender a sus queridos pobres. Defendi\u00f3 tambi\u00e9n a \u00e9ste; y exclam\u00f3 con un suspiro: <em>\u00ab\u00a1Menos mal que no lo han <\/em>cogido!\u00bb.<\/p>\n<p>Sor Rosal\u00eda excusaba a sus queridos pobres ante todo y contra todo. A uno de ellos se le escap\u00f3 una vez una frase insolente. La gente se indign\u00f3 al o\u00edrlo. Sor Rosal\u00eda encontr\u00f3 la forma de excusarle: \u00abEsa pobre gente -dijo- <em>no conoce el valor de las palabras\u00bb. Y <\/em>tuvo el atrevimiento de a\u00f1adir: <em>\u00abEllos creen que os han hecho un cumplido. \u00a1Procurad dejarlos contentos!\u00bb. <\/em>\u00abAmemos a los pobres -dec\u00eda-. No les <em>acusemos. <\/em>Dicen que son pe\u00adrezosos y que est\u00e1n llenos de vicios y los dejan en manos de su pereza y de sus vicios. Am\u00e9moslos a pesar de sus defectos. Si nosotros hubi\u00e9semos pasa\u00addo lo que ellos, quiz\u00e1s ser\u00edamos peores\u00bb.<\/p>\n<p><em>\u00ab\u00bfSon violentos a veces? \u00a1Es que tienen hambre!\u00bb. <\/em>Sor Rosal\u00eda ve\u00eda siempre el lado bueno de las cosas y de las personas.<\/p>\n<p><em>Amaba <\/em>verdaderamente a sus pobres. Amaba a todos los desgraciados como a hijos de Dios. Durante la ocupaci\u00f3n de los aliados en 1814, un soldado ruso hab\u00eda sido condenado a muerte por una grave falta disciplinar. Se enter\u00f3 sor Rosal\u00eda, se dirigi\u00f3 al cuartel general y pidi\u00f3 audiencia. Intro\u00adducida ante el general, le pidi\u00f3 que hiciera gracia al condenado. Sorpren\u00addido, el general le pregunt\u00f3: \u00ab\u00bfPero es que conoce usted a ese hombre? \u00bfLo ama usted acaso?\u00bb. \u00abS\u00ed -respondi\u00f3 la hermana-, lo amo. <em>Lo amo como a uno de mis hermanos, redimido por la sangre de Jesucristo. Y <\/em>estoy dispuesta a dar mi vida por salvar la suya\u00bb. Hab\u00eda ganado la causa. El sol\u00addado obtuvo la amnist\u00eda.<\/p>\n<p>Sor Rosal\u00eda no pod\u00eda ver sufrir a un desgraciado sin sufrir con \u00e9l. Volaba a socorrerlo y ayudaba a su miseria. Pero de todas formas aquella vez hab\u00eda sido demasiado atrevida. Se dice que sor Rosal\u00eda, al volver a casa, se extra\u00f1\u00f3 ella misma de haber dado un paso semejante.<\/p>\n<p>El pobre -sor Rosal\u00eda acaba de decirlo- es un hijo de Dios. Ah\u00ed est\u00e1 el secreto de su grandeza. Esa debe ser la raz\u00f3n de nuestra estima, el resorte de nuestro amor. El pobre goza incluso del amar privilegiado de nuestro Se\u00f1or. El pobre goza de gran cr\u00e9dito ante nuestro Se\u00f1or. Cuando sor Rosa\u00adl\u00eda deseaba manifestar a alguien su agradecimiento sol\u00eda decir: \u00abMis <em>enfer\u00admos y mis ancianos rezar\u00e1n por usted\u00bb. <\/em>La oraci\u00f3n de sus pobres era la mejor recompensa.<\/p>\n<p>Sor Rosal\u00eda <em>pensaba continuamente <\/em>en ese tesoro que eran sus pobres. Donde est\u00e1 nuestro tesoro, all\u00ed est\u00e1 nuestro coraz\u00f3n.<\/p>\n<p>Se sent\u00eda acosada por el recuerdo de sus sufrimientos. Un d\u00eda que sus hermanas se re\u00edan llenas de buen humor durante la recreaci\u00f3n, les dijo: \u00abHermanas, son ustedes muy felices de poder re\u00edrse as\u00ed. Me alegro de ello. Pero yo siempre tengo ante mis ojos la miseria de los pobres. Ellos <em>son mi peso y mi dolor. <\/em>Como mi pan in\u00fatilmente, mientras ellos sufren. Y esto me quita toda satisfacci\u00f3n\u00bb.<\/p>\n<p>Por eso mismo algunas veces, mientras estaban comiendo, dejaba los cubiertos diciendo: \u00abHay algo que me sofoca y que me quita el apetito: la idea de que a muchos pobres les falta el pan\u00bb.<\/p>\n<p>Sor Rosal\u00eda <em>daba mucho <\/em>a sus pobres. Pero la miseria volv\u00eda a renacer continuamente y siempre era mayor que sus regalos.<\/p>\n<p>La se\u00f1ora Dannemarie, en su biograf\u00eda de la hermana, nos ha contado un acto heroico de aquel coraz\u00f3n caritativo. Estaba en su despacho. Una pobre mujer le narra a sor Rosal\u00eda la triste historia de sus miserias: \u00abLos ojos vivos de sor Rosal\u00eda adivinan algo que la mujer no le dice. \u00ab\u00bfTiene usted fr\u00eda?, le pregunta. No lleva usted nada debajo de esa ropa tan ligera. Espere un poco\u00bb. Y sor Rosal\u00eda vuelve con unas enaguas calientes \u00abLl\u00e9ve\u00adselas\u00bb, le dice. Aquel d\u00eda, a medida que pasaban las horas en aquella peque\u00ad\u00f1a habitaci\u00f3n sin fuego, el rostro de sor Rosal\u00eda iba palideciendo cada vez m\u00e1s. A su vez, ella empez\u00f3 a temblar de fr\u00edo. Se hab\u00eda privado ella misma de su ropa\u00bb.<\/p>\n<p>Daba mucho. Pero siempre ten\u00eda miedo de no dar bastante. Por eso segu\u00eda dando, y muchas veces de forma heroica a costa de su propia per\u00adsona. Practicaba heroicamente el <em>don de s\u00ed. <\/em>Daba sobre todo bondad, compasi\u00f3n, todas esas cosas buenas que llevaba en su coraz\u00f3n y que ten\u00eda siem\u00adpre cuidado de alimentar y enriquecer continuamente.<\/p>\n<p>Por aquellos d\u00edas tr\u00e1gicos de la revoluci\u00f3n de 1848 los motines hac\u00edan verdaderos estragos. Por el barrio los \u00e1nimos estaban exaltados y los co\u00adrazones enconados. Daba miedo la cara de algunas personas. \u00abCreo -dir\u00e1 un d\u00eda sor Rosal\u00eda- que, si alguien hubiera bajado por entonces al infierno, no habr\u00eda encontrado all\u00ed a un solo diablo; todos andaban sueltos por nuestras calles. \u00a1Nunca me olvidar\u00e9 de aquellas caras!\u00bb <sup>5<\/sup>.Tambi\u00e9n las her\u00admanas ten\u00edan miedo. Una de ellas exclam\u00f3: \u00ab\u00a1Qu\u00e9 malos son!\u00bb. Y sor Rosa\u00adl\u00eda saca del tesoro de su coraz\u00f3n inagotable de bondad esta frase tan hermosa: \u00abHija m\u00eda, un motivo m\u00e1s <em>para que nosotros seamos buenas\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>Y ellas fueron buenas ciertamente. \u00a1Ya lo creo! \u00a1Buenas hasta el he\u00adro\u00edsmo!<\/p>\n<p>No hay mayor prueba de amor que la de <em>dar la vida <\/em>por aquellos a los que se ama. Pues bien, sor Rosal\u00eda, en lo m\u00e1s recio de la revuelta, se acer\u00adcar\u00e1 hasta las barricadas a riesgo de caer bajo las balas. Su vida fue res petada. Pas\u00f3 indemne entre ellas. Dios quer\u00eda conservarla. Y muy cerca de la calle de l&#8217;Ep\u00e9e-de-Bois tuvo la dicha de detener la batalla.<\/p>\n<p>Sor Rosal\u00eda demostr\u00f3 la misma grandeza de alma y la misma caridad en otra circunstancia memorable. Era el a\u00f1o 1854. El padre de Ravignan estaba gravemente enfermo. Lo cre\u00edan ya perdido. Sor Rosal\u00eda ofreci\u00f3 su vida por \u00e9l. \u00abEl est\u00e1 destinado -dec\u00eda- a seguir haciendo mucho bien. Pero yo he hecho tan poco que creo que ser\u00eda una falta de caridad por mi parte no ofrecerme en su lugar\u00bb.\u00a1Buena persona sor Rosal\u00eda! Iba demasia\u00addo lejos. Pero los santos tienen estas hermosas exageraciones. Una vez m\u00e1s Dios se neg\u00f3 a aceptar el sacrificio de sor Rosal\u00eda. Todav\u00eda ten\u00eda que vivir otros dos a\u00f1os. Pero Dios, con su gran bondad, le concedi\u00f3 lo que ella -junto con toda la iglesia de Francia- estaba deseando: la salud de aquel gran misionero.<\/p>\n<p>Tocamos aqu\u00ed con la mano toda la grandeza de ideal que inspiraba la caridad de sor Rosal\u00eda. Frente a esta noble y generosa preocupaci\u00f3n por los intereses de Dios y de la santa Iglesia, no nos extra\u00f1amos de constatar ya en aquella vida tanta esplendidez y un impulso tan irresistible, tanta ale\u00adgr\u00eda y tanta limpieza de coraz\u00f3n.<\/p>\n<p>El puro amor de Dios y de su gloria actuaba en aquella alma insaciable. No acabar\u00edamos nunca de recordar todos los detalles de aquellas haza\u00ad\u00f1as de la caridad. El relato de su vida nos revela su continuo ejercicio en plena atm\u00f3sfera de fe. Se respira all\u00ed el aire vivificante del m\u00e1s puro cris\u00adtianismo.<\/p>\n<p>Estos esplendores de la caridad han podido hacer que se olviden en sor Rosal\u00eda otras virtudes que, sin embargo, ten\u00edan tambi\u00e9n en ella un esplen\u00addor excepcional. Mezclada con el mundo para llevarle, junto con los so corros materiales, el mensaje de Cristo, la vida de sor Rosal\u00eda trascurri\u00f3 m\u00e1s en el campo de batalla que en el oratorio de su casa. Pero en medio de la agitaci\u00f3n de la vida social, la infatigable obrera del Se\u00f1or necesitaba todas las virtudes que tienen por objeto las relaciones humanas, esas gran\u00addes virtudes cardinales, con todo el acompa\u00f1amiento de las virtudes anejas.<\/p>\n<h3>La virtud de la Prudencia<\/h3>\n<p>Ya hemos hablado de su prudencia en medio de las dificultades que rodeaban su apostolado. Pero toda la vida de sor Rosal\u00eda es una ilustraci\u00f3n de esta virtud indispensable. Enfrentada ya desde su ni\u00f1ez con las responsabilidades de la resistencia a los perseguidores, arrojada m\u00e1s tarde a aquel ambiente tempestuoso del barrio Mouffetard en medio de motines y re\u00advueltas, sor Rosal\u00eda dio el ejemplo maravilloso de un perfecto dominio que logr\u00f3 solucionar las situaciones m\u00e1s espinosas y de un sentido apost\u00f3lico que obtuvo maravillosos \u00e9xitos. En los momentos de mayor agitaci\u00f3n tuvo que resolver problemas muy delicados; y los resolvi\u00f3 con una prudencia, mezclada de audacia, que pudo ser discutida en alg\u00fan momento, pero que acab\u00f3 finalmente siendo admirada y considerada digna de la legi\u00f3n de honor.<\/p>\n<p>En el curso ordinario de la vida se impon\u00eda a los dem\u00e1s por su tacto as\u00ed como por el ascendiente de su virtud. Y gracias a esa prudencia lleg\u00f3 a verse el caso extraordinario de unos administradores que ven\u00edan, la v\u00edspera, de sus reuniones, a la calle de l&#8217;Ep\u00e9e-de-Bois a preguntar a sor Rosal\u00eda cu\u00e1l era la conducta que ten\u00edan que seguir. Sor Rosal\u00eda era su or\u00e1culo.<\/p>\n<p>Hay en todo ello una prudencia sorprendente que no puede menos de ser admirada. Porque supone por otra parte una vida de un car\u00e1cter deci\u00addido y de una limpieza magn\u00edfica. \u00abLa vida del esp\u00edritu -dec\u00eda hace poco Blondel- es siempre solidaria de la vida del ser. Para que una mirada sea limpia, es menester que el ojo sea puro y el organismo sano. En el ojo hay algo m\u00e1s que la luz; hay tambi\u00e9n sangre y vida\u00bb. Y del mismo modo en el alma hay una vida que repercute en el trabajo del esp\u00edritu. Pues bien, toda la vida de sor Rosal\u00eda lleva ese sello de salud moral, de grandeza, de noble\u00adza. Por tanto, no hemos de extra\u00f1arnos de su clarividente prudencia. La gran virtud de la prudencia, que ten\u00eda que gobernar en medio de los reinos agita\u00addos de este mundo, ten\u00eda su trono en el peque\u00f1o reino interior de un alma serena, totalmente sana, bien ordenada; en la paz es donde ella pod\u00eda go\u00adbernar a sus otras compa\u00f1eras, las virtudes de la fortaleza, la justicia y la templanza, para enfrentarse todas juntas con los tumultos de la vida.<\/p>\n<h3>La virtud de la Fortaleza<\/h3>\n<p>La virtud de la fortaleza, guiada por la prudencia cristiana, permiti\u00f3 a sor Rosal\u00eda emprender las acciones necesarias y soportar siempre las adver\u00adsidades. Fue valerosa y paciente.<\/p>\n<p>Con una admirable continuidad, d\u00eda tras d\u00eda, en su vida de comunidad, mantuvo una regularidad ejemplar. Habiendo asumido las responsabilidades de su cargo de superiora, <em>emprendi\u00f3 <\/em>valientemente toda clase de obras, algunas de ellas totalmente nuevas, que resultaban necesarias. Para ello logr\u00f3 formar un equipo perfecto de buenas obreras apost\u00f3licas, animando a sus compa\u00f1eras al apostolado, elevando sus almas, trasformando los ca\u00adracteres dif\u00edciles, haci\u00e9ndose toda para todas. Y soport\u00f3 con admirable paciencia las pruebas que se\u00f1alaron especialmente los \u00faltimos a\u00f1os de su vida. Entre tanto, en medio de las revoluciones, mostr\u00f3 una valent\u00eda poco com\u00fan, arrostrando los terribles deberes que le impon\u00eda la caridad en me\u00addio de los motines de su barrio tan dif\u00edcil. Y ella misma acudi\u00f3 a las barri\u00adcadas. \u00a1Qu\u00e9 locura! \u00a1Pero qu\u00e9 gesto de intrepidez! Expon\u00eda su vida, desde luego; pero daba una prueba suprema de amor y de fortaleza cristiana. Y Dios le dio la alegr\u00eda de ver c\u00f3mo la paz volv\u00eda a reinar entre los comba\u00adtientes, gracias a su intercesi\u00f3n.<\/p>\n<p>Aquel gesto hab\u00eda sido magn\u00edfico y sus consecuencias demostraron que no hab\u00eda hecho nada imprudente. La prudencia hab\u00eda desempe\u00f1ado all\u00ed con toda felicidad su papel de consejera; y la fortaleza hab\u00eda impulsado la virtud hasta el hero\u00edsmo.<\/p>\n<h3>La virtud de la Justicia<\/h3>\n<p>Este papel de consejera podr\u00eda resultar quiz\u00e1s m\u00e1s delicado en el terre\u00adno de la justicia. No es que sor Rosal\u00eda faltara ni mucho menos a sus obli\u00adgaciones de justicia. Sab\u00eda recordar muy bien a sus compa\u00f1eras, en las ocasiones oportunas, que les pagaban por dar clase y que por tanto falta\u00adr\u00edan a la justicia si no pusiesen el debido inter\u00e9s en darlas bien. Sab\u00eda re\u00adcordar igualmente a cierto joven, que se hab\u00eda llenado de deudas y que quer\u00eda sin embargo mostrarse generoso, que hab\u00eda que ser libre antes de ser liberal. Pero no siempre resultaba f\u00e1cil saber cu\u00e1l era la obligaci\u00f3n en medio de aquellas tempestades revolucionarias. Por eso pudo suceder muy bien que sor Rosal\u00eda tuviera que v\u00e9rselas en algunas ocasiones con la justicia de los hombres. Un prefecto de polic\u00eda tuvo que reprocharle en plena revo\u00adluci\u00f3n que hab\u00eda puesto trabas a las investigaciones policiales. Pero ya hemos o\u00eddo las magistrales respuestas que sor Rosal\u00eda dio a aquellos repro\u00adches y que, revelando toda su grandeza de alma, acabaron atray\u00e9ndole la admiraci\u00f3n de los mismos empleados de la justicia y le valieron la cruz de honor.<\/p>\n<p>La prudencia ten\u00eda realmente mucho que hacer en aquella vida tan ac\u00adcidentada. Pero lo cierto es que represent\u00f3 magistralmente su papel.<\/p>\n<h3>La virtud de la Templanza<\/h3>\n<p>Tambi\u00e9n en el terreno de la templanza el trabajo que realiz\u00f3 sor Rosal\u00eda fue muy hermoso. Su fuerza de sabidur\u00eda, de vigilancia, de dominio de s\u00ed misma, supo conducir su vida entre los dos escollos de una vida f\u00e1cil y de un excesivo rigor. Y esta sabidur\u00eda, vivida con una perfecta serenidad, dio a toda su vida un maravilloso encanto.<\/p>\n<p>Se trataba de tener bien dominadas aquellas fuerzas tan vidas de una naturaleza pujante, ardiente, espont\u00e1nea, de utilizar todas sus energ\u00edas sin verse esclava de sus violencias, de mantener las riendas de todas aquellas fuerzas dentro de un temperamento bien controlado. Para eso era menester desplegar una constante vigilancia en contra de los sobresaltos siempre posi\u00adbles de la fantas\u00eda. Sor Rosal\u00eda despleg\u00f3 entonces toda aquella robusta y sa\u00adna actividad, serena, dedicada a las m\u00e1s bellas tareas apost\u00f3licas, arrastran\u00addo hacia su hermoso amor a los pobres a todas las dem\u00e1s potencias de su alma, encadenadas con las cadenas de oro de la caridad, dando as\u00ed un magn\u00edfico empleo a sus impulsos de actividad. Esta actividad prudente y regulada, mortificando las tendencias capaces de comprometerlo todo en la obra tan hermosa de la prudencia, hac\u00eda reinar una paz perfecta en el reino de su esp\u00edritu.<\/p>\n<p>La actividad de sor Rosal\u00eda se desplegaba con una facilidad llena de encanto y con una gravedad que parec\u00eda ser la irradiaci\u00f3n divina de una presencia interior. En esta divina compa\u00f1\u00eda, ella vigilaba con todo esmero para que todo en su vida sirviese de veneraci\u00f3n al divino hu\u00e9sped de su alma. La visi\u00f3n de aquella piadosa e infatigable obrera de Dios, la visi\u00f3n de aquel rostro tranquilo, decidido, en\u00e9rgico, de aquella mirada reposada y penetrante, que se fijaba limpia y amorosamente en su objeto, incluso en medio de los m\u00e1s tr\u00e1gicos acontecimientos, la visi\u00f3n de aquellas dos manos colocadas una sobre otra en un gesto de descanso, favorable al pensamiento y a las decisiones robustas, todo aquello daba una impresi\u00f3n de modera\u00adci\u00f3n, de fuerza contenida, de dominio de s\u00ed misma, con vistas a la acci\u00f3n. Esta fuerza interior lo manten\u00eda todo en orden. Y aquel dominio perfecto resultaba asombrosamente natural.<\/p>\n<p>La naturalidad que reinaba en toda la vida de sor Rosal\u00eda y que la ha\u00adc\u00eda tan simp\u00e1tica en el seno de su enorme actividad, tanto en la compa\u00f1\u00eda de sus pobres como en la de los m\u00e1s ilustres personajes, podr\u00eda haber dado f\u00e1cilmente la impresi\u00f3n de una virtud f\u00e1cil, completamente natural, en donde no quedase mucho espacio para el esfuerzo y la mortificaci\u00f3n. Pero en realidad, la naturalidad y la mortificaci\u00f3n se compaginaban muy bien en ella. Sor Rosal\u00eda ten\u00eda el don de conjugar perfectamente estas dos cosas. Y hemos de creer que la mortificaci\u00f3n, tal como ella la practicaba, contri\u00adbu\u00eda a darle sobre esos sentimientos aquel perfecto dominio que le permit\u00eda ser tan libre, tan natural en sus movimientos.<\/p>\n<p>Por otra parte, cabe muy bien la posibilidad de ser mortificado sin tomar un aspecto austero.<\/p>\n<p>Se ha advertido en varias ocasiones que sor Rosal\u00eda no se mostraba nunca descuidada en su forma de ser y de vestir. Esto supone una gran vigilancia.<\/p>\n<p>Sab\u00eda mortificar cruelmente su vista cuando se presentaba la ocasi\u00f3n. Era muy modesta. Un d\u00eda, al volver de una hermosa ceremonia, le pregun\u00adtaron: \u00abHermana, \u00bfse ha fijado usted en esto, en aquello?\u00bb. \u00abNo\u00bb. Y sor Rosal\u00eda guard\u00f3 silencio. Insistieron: \u00abPero no es posible. \u00bfEs que estaba usted ciega?\u00bb. Sor Rosal\u00eda entonces, seguramente con una peque\u00f1a sonrisa, dijo esta frase que habla elocuentemente de su esp\u00edritu de mortificaci\u00f3n: \u00abTen\u00eda demasiadas ganas de verlo!\u00bb. Y se hab\u00eda guardado mucho enton\u00adces de ver lo que tanto le habr\u00eda gustado. \u00bfNo se cuenta tambi\u00e9n c\u00f3mo, en tiempos de san Vicente, una de las primeras hijas de la Caridad tuvo que pasar por medio del alegre espect\u00e1culo de las ferias, y c\u00f3mo iba repitiendo, con los ojos bajos y las manos en las mangas apretando su crucifijo, estas hermosas palabras: \u00abJes\u00fas m\u00edo, t\u00fa eres m\u00e1s hermoso que todo eso\u00bb.<\/p>\n<p>Este control de s\u00ed misma, ejercido habitualmente sobre su naturaleza humana, la preserv\u00f3 necesariamente de muchos fallos. De hecho, la vida de sor Rosal\u00eda se desarrollaba con una correcci\u00f3n perfecta que podr\u00eda hacer creer en que estaba libre de malas inclinaciones. No se le advert\u00eda nada de eso. No se lograba ver en ella ning\u00fan fallo.<\/p>\n<p>Sus compa\u00f1eras, que admiraban a su superiora v se sent\u00edan asombradas de semejante perfecci\u00f3n, se pusieron de acuerdo un d\u00eda en observar atenta\u00admente todos sus gestos y reacciones, con la secreta esperanza de poder con firmar por una especie de prueba negativa aquella sorprendente comproba\u00adci\u00f3n. Estaban convencidas de que aquella minuciosa investigaci\u00f3n conse\u00adguir\u00eda tan m\u00ednimos resultados que acabar\u00eda glorificando m\u00e1s su virtud.<\/p>\n<p>Y as\u00ed se hizo. No descubrieron en ella absolutamente nada que pudie\u00adra desmerecer en lo m\u00e1s m\u00ednimo de su virtud. Las tres investigadoras volvie\u00adron de su encuesta absolutamente vac\u00edas. La cosecha hab\u00eda sido nula.<\/p>\n<p>Podr\u00eda aplicarse muy bien a sor Rosal\u00eda aquella hermosa f\u00f3rmula que utiliz\u00f3 unos siglos antes san Francisco de Sales: \u00abLa forma de su vida era suave y amable. El fondo era severo. La serenidad, la igualdad de su ca\u00adr\u00e1cter ocultaban la pr\u00e1ctica de la m\u00e1s austera mortificaci\u00f3n\u00bb.<\/p>\n<p>Por otra parte, \u00bfacaso el cumplimiento de las obligaciones con toda perfecci\u00f3n no es la m\u00e1s segura de las mortificaciones? Se ha hablado de la \u00abmortificaci\u00f3n del fervor\u00bb, a saber, de ese \u00edmpetu continuo de un alma, dedicada a realizar su vida con toda perfecci\u00f3n, siempre despierta para el servicio de Dios, enderezando continuamente su esfuerzo en la alegr\u00eda de un buen servicio.<\/p>\n<p>El deber, bajo la forma de servicio a los pobres, estimulaba continua\u00admente a sor Rosal\u00eda. Hab\u00eda consagrado su vida a los pobres; deseaba darles todo su tiempo y no robar ni un solo esfuerzo a este hermoso servicio. Pues bien, los pobres llamaban continuamente a su puerta. Solamente por ese motivo estaba ya convencida de que no pod\u00eda tener ni un solo momento de descanso.<\/p>\n<p>Sin embargo, el descanso, sabiamente moderado, resulta necesario para todos. Y las compa\u00f1eras de sor Rosal\u00eda intentaban procurar este beneficio a su buena madre.<\/p>\n<p>Sor Rosal\u00eda acab\u00f3 aceptando lo que ella llamaba \u00abmi d\u00eda de campo\u00bb. Se trataba de bajar las peque\u00f1as escaleras que llevaban al huerto de la casa de socorro, e ir a coger una docena de frutos de un peral que era el \u00e1rbol m\u00e1s fecundo de aquel huerto. Llevaban ya varias semanas pensando en aquella excursi\u00f3n. \u00a1Nunca encontraban tiempo para ella! Por fin, una de las hermanas vio unos momentos libres, cogi\u00f3 de la mano a la buena madre, la arrastr\u00f3 al huerto. Estaban ya junto a las escaleras, cuando son\u00f3 la campanilla de la puerta. \u00abVoy a ver qui\u00e9n llama -dijo la compa\u00f1era-; entre tanto vaya usted bajando las escaleras\u00bb. \u00abNo, no -replic\u00f3 sor Rosa\u00adl\u00eda\u2014, volviendo sobre sus pasos-, es el Se\u00f1or quien me llama. No quiere que yo abandone ni un solo instante mi servicio\u00bb.<\/p>\n<p>\u00abEl Se\u00f1or me llama\u00bb. Sor Rosal\u00eda ten\u00eda una idea muy elevada de la acci\u00f3n de Dios en el mundo y en las almas. Ten\u00eda una fe muy viva en la Providencia. Las m\u00e1s peque\u00f1as se\u00f1ales de esa amable Providencia eran captadas inmediatamente por ella y regulaban su conducta. \u00ab\u00a1El Se\u00f1or me llama!\u00bb. No ocurre nada sin el designio de Dios. El sonido de la campana era la llamada de Dios. Acudir a la llamada de Dios val\u00eda mucho m\u00e1s que todas las distracciones y todos los \u00abd\u00edas de campo\u00bb.<\/p>\n<p>Sor Rosal\u00eda renunci\u00f3 para siempre a su \u00abd\u00eda de campo\u00bb.<\/p>\n<p>Y volvi\u00f3 a su puesto de trabajo. Se encadenaba de nuevo a su cadena de oro, ce\u00f1ida con un coraz\u00f3n alegre a su vida mortificada por amor a sus queridos pobres y a la gloria de Dios.<\/p>\n<p>Prudencia, fortaleza, justicia, templanza, las grandes virtudes cardinales, esto es, fundamentales, de las que todas las dem\u00e1s no son m\u00e1s que aspec\u00adtos m\u00e1s o menos modestos. Por ejemplo, la humildad, virtud modesta, pero que tiene su encanto dentro de su propia modestia. Por ejemplo la senci\u00adllez, virtud tambi\u00e9n encantadora, con su mirada humilde y pura, c\u00e1ndida\u00admente fijada siempre en Dios, hacia el que se elevan todos los homenajes y en quien se fijan todos los pensamientos.<\/p>\n<h3>Humildad y sencillez<\/h3>\n<p>La humildad y la sencillez son dos virtudes especialmente queridas para sor Rosal\u00eda y singularmente meritorias en el papel de primer plano que ella ten\u00eda que representar dentro de su barrio tan turbulento y tan simp\u00e1tico a la vez. Sus haza\u00f1as caritativas, realizadas modestamente, sin boato de ninguna clase, sin apariencias, de la forma m\u00e1s natural del mundo, daban a su caridad un encanto que aumentaba su atractivo y la hac\u00eda contagiosa.<\/p>\n<p>Sor Rosal\u00eda era ciertamente <em>humilde. <\/em>Hab\u00eda declarado al orgullo una guerra sin cuartel, en ella misma y en los dem\u00e1s. Persegu\u00eda sin piedad al amor propio. Para combatirlo utilizaba algunas expresiones de una energ\u00eda que contrastaba tremendamente con la moderaci\u00f3n habitual de su lenguaje. \u00abEs nuestro enemigo capital -dec\u00eda-. Buscadlo y lo encontrar\u00e9is en el fondo de todas las cosas. Se disfraza para enga\u00f1arnos y echarnos a perder. Pero es preciso que lo cojamos <em>del cuello y lo estrangulemos\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>Y en otra ocasi\u00f3n dec\u00eda: \u00abUn grano de amor propio basta para quitar el m\u00e9rito de una obra buena\u00bb\u00bb.<\/p>\n<p>Hac\u00eda observar con prudencia -ya que la humildad es la verdad \u00adque \u00abes una locura atribuirnos el \u00e9xito de algunas de nuestras empresas, puesto que se lo debemos al recuerdo de alg\u00fan pobre que habr\u00e1 rezado por nosotros o a la intervenci\u00f3n de alg\u00fan alma buena que no conocemos\u00bb.Y oigamos finalmente esta interesante reflexi\u00f3n de su alma bondadosa: \u00abPara impedir las ca\u00eddas tenemos que apoyarnos en estas dos muletas, la confianza en Dios y la desconfianza en nosotros mismos. Y si alguna vez caemos, tenemos que hacer como los ni\u00f1os cuando resbalan, dan con la nariz en el suelo, se ponen a llorar, miran a su madre y se consuelan con ello y se levantan\u00bb.<\/p>\n<p>Preocupada por mantener a sus compa\u00f1eras en la humildad, no les de\u00adjaba la ocasi\u00f3n de admirarse a s\u00ed mismas despu\u00e9s de un buen gesto. Inme\u00addiatamente ven\u00eda el correctivo lo.<\/p>\n<p>Por lo que a ella se refiere, se lamentaba con toda franqueza de la esti\u00adma con qua la rodeaban: \u00ab\u00a1No s\u00e9 en qu\u00e9 est\u00e1 pensando esta gente! -de\u00adc\u00eda-; los parisinos son as\u00ed: \u00a1venir a consultarme a m\u00ed, que no tengo ni sentido com\u00fan, ni inteligencia, ni formaci\u00f3n! No hago m\u00e1s que decirles que me dediqu\u00e9 a guardar animales en mi tierra; pero no logro convencerles. Son seguramente mis pecados los que han hecho que caiga sobre m\u00ed esta publicidad\u00bb.<\/p>\n<p>\u00abNo soy m\u00e1s que una mala losa de vidrio -dec\u00eda en otra ocasi\u00f3n-\u00ad<em>cuando se rompe, la sustituyen por otra que sea m\u00e1s bonita y m\u00e1s fuerte\u00bb. <\/em>Otra vez le dec\u00edan que una persona hab\u00eda hablado bien de ella; su contestaci\u00f3n fue clara: \u00abEst\u00e1 equivocado al hablar as\u00ed, pero m\u00e1s a\u00fan al pensar de esa manera\u00bb.<\/p>\n<p>Un d\u00eda recibi\u00f3 una carta llena de injurias de un individuo cuya mala conducta era la desesperaci\u00f3n de una honrada familia, a la que sor Rosal\u00eda se sent\u00eda muy unida: \u00abEl me conoce bien -fue su comentario-; as\u00ed es perfectamente como soy; ha hecho un retrato perfecto de m\u00ed\u00bb.<\/p>\n<p>No pod\u00eda soportar que los pobres la llamasen su \u00abbienhechora\u00bb. \u00abLla\u00admadme vuestra servidora -les dec\u00eda-, o vuestra amiga, o vuestra herma\u00adna. Eso es lo que realmente soy\u00bb.<\/p>\n<p>En su deseo de sacrificar su orgullo, se sent\u00eda dispuesta a mostrarse ge\u00adnerosa con quienes la trataban mal. Un d\u00eda, cuando escaseaban los recursos, se vio obligada a negar el dinero que le ped\u00eda una de las familias que asist\u00eda. \u00abBien, madre -le dijo una de sus hermanas que la conoc\u00eda bien-; puesto que no quiere usted dar diez francos a esa pobre mujer, le dir\u00e9 que la injurie y entonces le dar\u00e1 usted veinte\u00bb.<\/p>\n<p>\u00a1Qu\u00e9 revelaci\u00f3n! \u00a1Qu\u00e9 luz proyecta todo esto sobre los ardores com\u00adbativos de aquella alma sedienta de humildad y en lucha contra el orgullo que se empe\u00f1a en estropearlo todo!<\/p>\n<p>En efecto, sor Rosal\u00eda es la reina de su buen pueblo del barrio Mouffe\u00adtard. A todos les resulta simp\u00e1tica. La acogen como a una reina, la aprecian, le agradecen sus favores, la defienden cuando tienen que hacerlo. Todo le resulta bien. No cabe duda de que a veces le llegan algunos ecos de gente que no acaba de comprenderla y que la critica; es la parte inevitable de prueba que hay en cualquier vida. Pero ella se da cuenta de que todo su pueblo la quiere y de que les hace mucho bien. El orgullo corre peligro de adue\u00f1arse de ella.<\/p>\n<p>Pero tiene mucho cuidado de dejarse caer en la trampa. Sabe estar atenta. Delante de Dios, el \u00fanico que merece gloria y alabanza, adoptar\u00e1 prudentemente y con fidelidad la actitud sincera de la humildad. Ya que no puede ocultar sus beneficios -puesto que todo se hac\u00eda a plena luz del d\u00eda en aquel barrio tan singular, poblado de gentes sencillas y sinceras- se resignaba a aquella gloria y aceptaba su esplendor. Pero aprovechaba todas las ocasiones para rendir homenaje a la omnipotencia de Dios.<\/p>\n<p>Saber de esta forma, reconociendo lealmente la debilidad radical de la naturaleza, acoger con toda serenidad, como regalos de Dios, los \u00e9xitos y los fracasos, y dominar de la misma forma las alegr\u00edas y las penas, la felicidad y la prueba, ser due\u00f1a de s\u00ed misma, pasara lo que pasara, en la calma y en el dominio de s\u00ed misma, todo eso es la mejor demostraci\u00f3n de su noble sinceridad, que a\u00f1ade al valor de la humildad todos los encantos de la sencillez.<\/p>\n<p>En efecto, la sencillez conserva la mirada dirigida hacia Dios en todas las circunstancias. No ve nada m\u00e1s que a \u00e9l. Ese es su secreto. Y es tambi\u00e9n el secreto de sor Rosal\u00eda.<\/p>\n<p>Esta visi\u00f3n de Dios da una gran naturalidad a la vida. Cuando una de las j\u00f3venes compa\u00f1eras de sor Rosal\u00eda no se atrev\u00eda a hacer alguna cosa por timidez, ella le dec\u00eda: \u00ab\u00bfPero de qu\u00e9 tiene miedo? \u00bfNo habla usted en nombre de Dios?\u00bb. Y la mandaba actuar ante personas extra\u00f1as o la enviaba a hacer peticiones o reclamaciones a las oficinas administrativas. Con Dios y por Dios era l\u00edcito ser atrevido. Era \u00e9l el que representaba el papel debido.<\/p>\n<p>En contraposici\u00f3n, los hombres no tenemos ning\u00fan derecho a buscarnos a nosotros mismos y a resaltar nuestra presencia. \u00abSed como el agua limpia -dec\u00eda sor Rosal\u00eda- que corre sin ning\u00fan sabor ni color; y as\u00ed siempre\u00bb. Ciertamente no hemos de dejarnos llevar de ese sentimiento infantil de vanagloria o de orgullo mundano, para producir sensaci\u00f3n en los dem\u00e1s. Si hay que desplegar con generosidad todos los talentos y toda la destreza para servir a los dem\u00e1s y edificarlos, si hay que procurar desarrollar los talentos y la personalidad con esta intenci\u00f3n, si hay que saber buscar la satisfacci\u00f3n del \u00abtrabajo bien hecho\u00bb, hay que desterrar tambi\u00e9n el gusto por las soluciones baratas, por el vano placer de asombrar a la galer\u00eda.<\/p>\n<p>Por tanto, nadie tiene derecho a buscar las <em>apariencias. <\/em>Pero siempre hab\u00eda que estar en forma, perfectamente limpios y bien presentados. Sor Ro\u00adsal\u00eda daba ejemplo de ello. Los que la conoc\u00edan dec\u00edan a veces: \u00abEst\u00e1 siempre tan impecable y tan en forma que podr\u00eda ponerse en un escaparate\u00bb. Y a pesar de todo, siempre proced\u00eda sin aspavientos, sin finuras, sin precipitaci\u00f3n, dedic\u00e1ndose con sencillez a cualquier tarea, de cualquier clase que fuera, poniendo toda su sonrisa y su encanto en las cosas que quiz\u00e1s no ten\u00edan nada para hacer sonre\u00edr.<\/p>\n<p>Un d\u00eda se present\u00f3 entre los visitantes un pobre hombre desolado \u00a1Hab\u00eda perdido su caballo! Sor Rosal\u00eda podr\u00eda seguramente buscarle uno. Lo necesitaba para poder ganarse la vida. Ante aquella ins\u00f3lita petici\u00f3n, sor Rosal\u00eda no frunce el ce\u00f1o. Se ocupar\u00e1 del asunto. Apenas encuentra un <em>momento libre, va a buscar a un bienhechor: \u00abNecesito un cab0o\u00bb, le dice <\/em>sin remilgos. \u00abLa cosa es bien sencilla -le dice aquel hombre-. Vaya a mi cuadra y escoja el que m\u00e1s le guste\u00bb. Pero all\u00ed no hab\u00eda m\u00e1s que caballos de raza, pura sangre. No se pod\u00eda contar con ellos para tirar del carro o para labrar los campos. Lo que se necesitaba era un buen caballo de tiro. \u00abBien, vaya a comprarlo usted misma\u00bb. Estupendo. Y all\u00e1 va sor Rosal\u00eda, acompa\u00ad\u00f1ada de un buen tratante para asesorarla.<\/p>\n<p>Y todo el mundo pudo verla volviendo al barrio Mouffetard, radiante de alegr\u00eda, llevando al caballo de las riendas. \u00a1Una hermosa entrada triunfal por el barrio Moufetard!<\/p>\n<p>\u00bfNo se hab\u00eda visto tambi\u00e9n un d\u00eda al gran F\u00e9nelon, el ilustre arzobispo de Cambrai, volver del campo llevando de una cuerda a una vaca que se hab\u00eda escapado y extraviado por el campo, para devolv\u00e9rsela a su pro\u00adpietario?<\/p>\n<p>Un alma grande puede realizar con elegancia las m\u00e1s humildes tareas. \u00bfNo se dec\u00eda de san Felipe Neri que sab\u00eda limpiar los platos \u00abcon manos de cardenal\u00bb?<\/p>\n<p>\u00abNadie era tan sencilla como sor Rosal\u00eda -dir\u00e1 una de sus compa\u00f1e\u00adras-; hac\u00eda lo que hace todo el mundo; parec\u00eda como si fuera como todo el mundo; pero lo hac\u00eda todo con tanta perfecci\u00f3n que resultaba inimi\u00adtable\u00bb.<\/p>\n<p>Sor Rosal\u00eda hab\u00eda hecho los tres votos religiosos: pobreza, castidad y obediencia. Y hab\u00eda hecho tambi\u00e9n el cuarto voto que hacen todas las Hijas de la Caridad: el voto de servir a los pobres.<\/p>\n<p><em>;Servir a los pobres? <\/em>Ese fue, a los ojos de los hombres, el esplendor de su vida.<\/p>\n<p>En cuanto a los otros tres votos, dej\u00f3 ciertamente testimonios esplen\u00addorosos de su fidelidad. Viv\u00eda con pobreza en medio de los pobres. Su apre\u00adcio de la castidad le inspir\u00f3, para s\u00ed misma y para sus compa\u00f1eras, una se vera vigilancia en el empleo de las precauciones tradicionales que sirven de garant\u00eda y de defensa para esta delicada virtud. Adem\u00e1s, mantuvo en su vida y en la de sus compa\u00f1eras una intensa actividad caritativa, una inspira\u00adci\u00f3n apost\u00f3lica de una excepcional energ\u00eda, que creaba alrededor de sus almas un aire puro y vivificador. Por lo que se refiere a la obediencia, sor Rosal\u00eda fue en este terreno sencillamente heroica.<\/p>\n<p>La fidelidad renovada incesantemente a estos grandes votos de la vida religiosa daba a la vida de sor Rosal\u00eda un gran aire de elegancia y de belle\u00adza moral. Sus pobres la amaban por su bondad y por su generosidad, pero tambi\u00e9n por su dignidad de vida y por la calidad de su esp\u00edritu.<\/p>\n<h3>Pobreza<\/h3>\n<p>La pobreza que practicaba no le quitaba nada de su nobleza y distin\u00adci\u00f3n; lo \u00fanico que hac\u00eda era acentuar en medio de sus queridos pobres su benevolencia y su desinter\u00e9s. Todo era sencillo en la calle de l&#8217;Ep\u00e9e-de-Bois, en la casa, en los muebles, en la manera de vivir. \u00abProcurad ahorrar en todo lo que pertenece a los pobres -dec\u00eda-; Dios os colmar\u00e1\u00bb. Y se aho\u00adrraba para ellos. Por aquel \u00abbanco de la Providencia\u00bb pasaba mucho dine\u00adro. Pero sor Rosal\u00eda practicaba, para s\u00ed misma y para su casa, la m\u00e1s es\u00adtricta pobreza y el mayor desinter\u00e9s.<\/p>\n<p>Con frecuencia se recib\u00edan en su casa magn\u00edficos ramos de flores. Los floricultores, muy numerosos en aquel barrio, se complac\u00edan en recoger de sus arriates magn\u00edficas ofrendas para la buena madre. \u00a1Eran nreciosos! La buena madre los admiraba y les daba las gracias. Pero aquellos ramos es\u00adpl\u00e9ndidos volv\u00edan a servir de magn\u00edficas ofrendas e iban a mostrar su mag\u00adnificencia a casa de alg\u00fan magn\u00e1nimo bienhechor. En casa, incluso en la capilla, se contentaban con algunas flores modestas. \u00abEsos ramos tan bonitos son demasiado para nosotras\u00bb, dec\u00eda sor Rosal\u00eda. Y a\u00f1ad\u00eda sonriendo: \u00abTe\u00adnemos que colocarlos. Esto ser\u00e1 un buen negocio para los pobres\u00bb. Y los agraciados con aquellos hermosos regalos, muy impresionados por una aten\u00adci\u00f3n tan delicada, no dejaban de abrir su cartera en aquella ocasi\u00f3n Para expresar su agradecimiento.<\/p>\n<p>Sor Rosal\u00eda no guardaba nada para ella. Se despojaba de todo. Cuando muri\u00f3, no encontraron nada que dar de lo que le hubiera pertenecido. Lo hab\u00eda dado todo.<\/p>\n<p>Este austero esp\u00edritu de pobreza, esta vida sobria y vigorosa, prolongada d\u00edas y d\u00edas, a\u00f1os y a\u00f1os, formaba parte de la guardia robusta con que se rodea habitualmente la hermosa virtud de la castidad.<\/p>\n<h3>Castidad<\/h3>\n<p>\u00a1Delicada flor por la que velaba celosamente sor Rosal\u00eda! Los sentimien\u00adtos del coraz\u00f3n, lo mismo que las relaciones exteriores, deb\u00edan asegurar siempre, por su perfecta correcci\u00f3n y su nobleza, una parte en aquella guardia vigilante en torno a la que ha sido llamada \u00abla bella virtud\u00bb.<\/p>\n<p>Las relaciones con los extra\u00f1os ten\u00edan cine ser discretas. Los asuntos ten\u00edan que tratarse, incluso por parte de los se\u00f1ores eclesi\u00e1sticos, teniendo en cuenta que era \u00abla reverenda madre\u00bb. Eran muchas las personas que ven\u00edan a aquella casa. Las hermanas ten\u00edan c7ue introducirlas con todo respeto y retirarse a continuaci\u00f3n. Si se trataba de alg\u00fan asunto parroquial, de alg\u00fan enfermo que visitar o que atender, ten\u00edan siempre que exponer el caso a la madre.<\/p>\n<p>Sor Rosal\u00eda contaba mucho con la bendici\u00f3n de la obediencia, pero tambi\u00e9n con la virtud del impulso y de la alegr\u00eda en las almas, consagradas totalmente a la obra de Dios, para ayudarles a pasar inc\u00f3lumes por medio de todos los peligros. En el barrio Mouffetard no faltaban los peligros; pero sor Rosal\u00eda cubr\u00eda a sus hermanas con el manto de su oraci\u00f3n y expon\u00eda continuamente a sus ojos aquel ideal de belleza moral que era el suyo pro\u00adpio y del que sus hijas ten\u00edan que vivir en medio de los peligros del mundo.<\/p>\n<p>Hab\u00eda que guardar en el coraz\u00f3n aquel ideal en todo su esplendor y buscar incansablemente su realizaci\u00f3n a trav\u00e9s de un apostolado muy activo, manteniendo siempre el alma despierta y dispuesta a cualquier obra buena. Sor Rosal\u00eda era enemiga de las visitas in\u00fatiles; no quer\u00eda que nadie perdie\u00adra el tiempo y dejara ocioso su esp\u00edritu. El alma, para mantener su salud, tiene que estar siempre ocupada, y ocupada en algo hermoso y digno del servicio de Dios. No tiene que arrastrarse indecisa en la inutilidad y la ocio\u00adsidad; se ver\u00eda pronto atrapada por las tentaciones que la acechan.<\/p>\n<p>Todo era vida y actividad en la calle de l&#8217;Ep\u00e9e-de-Bois. Si por ventura alguna persona extra\u00f1a se imaginaba que iba a poder entretenerse in\u00fatil\u00admente con sor Rosal\u00eda y saborear el encanto de su compa\u00f1\u00eda de aquella hermana extraordinaria, probablemente se habr\u00eda visto despedido con muy amables palabras. De todos modos, habr\u00edan tenido necesidad de camuflar su inutilidad, porque para ser recibido en casa de sor Rosal\u00eda era preciso venir a pedir alguna ayuda o bien venir a ofrecerse a s\u00ed mismo para servir en algo. No se conoc\u00edan all\u00ed las visitas in\u00fatiles; se habr\u00edan visto pronto barri\u00addas por el gran soplo de actividad apost\u00f3lica que corr\u00eda a trav\u00e9s de toda la casa y que enardec\u00eda a todas las almas.<\/p>\n<p>Sor Rosal\u00eda predicaba a sus hijas un gran despego de las cosas de este mundo y daba ella misma ejemplo de \u00e9l. Pero hab\u00eda un sacrificio que no quiso imponerles nunca. Rodeada de compa\u00f1eras a las que la divina Providencia hab\u00eda hecho nacer en familias particularmente sanas y cristianas y a las que la vida de comunidad y de magn\u00edfico apostolado hac\u00eda sobera\u00adnamente felices, cre\u00eda plenamente en el beneficio de esta riqueza familiar y en el de este maravilloso soplo apost\u00f3lico vivificador. Por eso no negaba nunca a sus compa\u00f1eras el permiso para escribir a sus familias. Y como una de ellas, reci\u00e9n llegada, se creyera obligada a darle las gracias por ese favor, le respondi\u00f3: \u00abCr\u00e9ame, hermana, esta correspondencia no perjudicar\u00e1 a su perfecci\u00f3n. No somos nosotras las que hemos de imponer sacrificios a nues\u00adtros parientes cuando quieren saber algo de nosotras. Cuando se les escribe con frecuencia, se est\u00e1 menos preocupado que cuando se les escribe pocas veces\u00bb.<\/p>\n<p>Evidentemente, hab\u00eda que guardar cierta mesura en esta corresponden\u00adcia familiar. Sor Rosal\u00eda sab\u00eda muy bien dosificar los permisos, si alguien abusaba de ellos. Pero en su escuela pronto aprend\u00edan todas a ser prudentes y a encontrar por s\u00ed misma esa mesura.<\/p>\n<p>Personalmente, sor Rosal\u00eda escrib\u00eda muy frecuentemente a Confort. Quer\u00eda mucho a su madre y le deb\u00eda mucho. Y los miembros de su numero\u00adsa familia formaban un grupo tan vivo, tan servicial, tan distinguido en salud moral, en fortaleza cristiana, en uni\u00f3n fraternal, que era realmente edi\u00adficante mantener el trato con ellos. Escribir a Confort era con frecuencia enviar a aquellas tierras la expresi\u00f3n de una gratitud muy viva por los ser\u00advicios que le prestaban y la mejor ocasi\u00f3n para rumiar en el alma los bue\u00adnos sentimientos de admiraci\u00f3n por lo que hab\u00eda hecho y se segu\u00eda haciendo de bueno en su tierra, terminando aquella incursi\u00f3n al pa\u00eds natal en un ardiente y filial homenaje de alabanza a la bondad de Dios.<\/p>\n<p>El a\u00f1o en que se qued\u00f3 ciega no pudo escribirle ya a su madre, como de ordinario, para felicitarle por el nuevo a\u00f1o que iban a comenzar. Era la primera vez que faltaba a ello y tuvo por este motivo una gran pena. \u00a1Ten\u00eda un coraz\u00f3n tan tierno! Pero su \u00e1nimo hab\u00eda sido formado tan reciamente y se sent\u00eda tan vigorosamente apegado a su deber que pudo conservar en medio de sus m\u00faltiples obligaciones de estado toda la frescura de sus rela\u00adciones familiares. El renovado contacto con aquella excelente educaci\u00f3n fa\u00admiliar, lejos de hacerle olvidar sus deberes de estado, manten\u00eda su gratitud y no hac\u00eda m\u00e1s que estimular su abnegaci\u00f3n. Empapada por aquel aire puro y vivificador que era el recuerdo de su en\u00e9rgica y hermosa educaci\u00f3n, se alimentaba sin temor del mismo y hac\u00eda gozar de \u00e9l a las dem\u00e1s.<\/p>\n<p>Pero vigilaba con cuidado de la calidad de cualquier otro amor que entrase en las almas. El amor a la familia deb\u00eda ser una cosa tan pura, tan vigorosa, tan noble, tan desinteresada como el amor a los pobres, como el amor a las compa\u00f1eras, como el amor al deber, como el amor a la san\u00adt\u00edsima Virgen, como el amor de Dios.<\/p>\n<h3>Obediencia<\/h3>\n<p>El coraz\u00f3n de sor Rosal\u00eda pertenec\u00eda irrevocablemente a Dios. Desde hac\u00eda mucho tiempo estaba acostumbrada al sacrificio, incluido el sacrificio m\u00e1s duro de todos, el de la voluntad personal. Se hab\u00eda entregado tan decididamente a Dios que, sin vacilaci\u00f3n de ning\u00fan g\u00e9nero, los obst\u00e1culos m\u00e1s duros con que tropezaba en su camino eran arrostrados alegremente y su\u00adperados con un impulso vigoroso. En estas condiciones la obediencia, sin conocer tergiversaciones de ninguna clase, se hac\u00eda relativamente f\u00e1cil y saboreaba los gozos de la victoria.<\/p>\n<p>La Providencia permiti\u00f3 que sor Rosal\u00eda se encontrara en ciertas cir\u00adcunstancias en que la obediencia exig\u00eda llegar al hero\u00edsmo. Y sor Rosal\u00eda fue heroica. Obedeci\u00f3 sin la menor recriminaci\u00f3n, conservando un heroico silencio. Lo han demostrada suficientemente algunos de los episodios refe\u00adridos en estas p\u00e1ginas.<\/p>\n<p>En algunas ocasiones se cerni\u00f3 cierto misterio en las intenciones de sus superiores respecto a ella. Y entonces ella evit\u00f3 cualquier tipo de investiga\u00adci\u00f3n indiscreta y la m\u00e1s m\u00ednima cr\u00edtica sobre su forma de proceder. Adoptaba con toda sencillez sus ideas y la conducta que le trazaban. \u00abMuchas ve\u00adces nos hacemos ilusiones -dec\u00eda-, nos ponemos a pensar en lo que igno\u00adramos, juzgamos sin tener gracia para ello, hablamos sin tener en cuenta aquellas palabras de la sagrada Escritura: Poned un candado en vuestra boca&#8230; Y ah\u00ed es donde est\u00e1 el mal. La comunidad est\u00e1 hecha a imagen de la iglesia. Hay una cabeza. Si la seguimos, estar seguras de no equivocarnos\u00bb.<\/p>\n<p>Sor Rosal\u00eda era fiel en el seguimiento de sus superiores. Acud\u00eda con fidelidad a recibir sus instrucciones. Todos los meses asist\u00eda a las conferen\u00adcias que daba el superior general o el director a las hermanas sirvientes para recordarles sus obligaciones. Y al volver de aquellas conferencias, guardaba silencio sobre las observaciones que all\u00ed se hab\u00edan hecho. Las com\u00adpa\u00f1eras s\u00f3lo se daban cuenta de ellas por las peque\u00f1as reformas que de all\u00ed se derivaban.<\/p>\n<p>Fidelidad, discreci\u00f3n, acogida cordial y sin reticencias de las normas que se daban, observancia de las consignas recibidas: hab\u00eda all\u00ed buenos ejemplos que eran otras tantas lecciones de bien obrar y una garant\u00eda ex\u00adcelente de buen esp\u00edritu.<\/p>\n<p>Puesta de este modo bajo la salvaguardia de la obediencia y mantenida por ella en la esfera de las bendiciones divinas, la vida de sor Rosal\u00eda pod\u00eda desarrollarse con toda confianza: estaba segura de la protecci\u00f3n del cielo. Todo deber de estado, por penoso o peligroso que fuera, se convert\u00eda en obra divina adem\u00e1s de ser esfuerzo humano. Las grandes haza\u00f1as y las asombrosas maravillas de su vida no tienen por qu\u00e9 extra\u00f1arnos. La obe\u00addiencia la hab\u00eda provisto divinamente de fortaleza y de sabidur\u00eda.<\/p>\n<p>En aquel brillante jard\u00edn de virtudes que era su alma, la obediencia, a pesar de lo que pudiera parecer a primera vista y a pesar de la modestia con que se rodeaba, era a los ojos de Dios de las m\u00e1s vigorosas y resplandecientes. \u00bfNo se ha dicho acaso de la obediencia que es la aureola de la santidad?<\/p>\n<h3>Gloria in excelsis Deo!<\/h3>\n<p>Un alma as\u00ed adornada es algo muy hermoso. Es como una exuberante vegetaci\u00f3n de flores, brillantes o modestas, de colores suntuosos o de tintes m\u00e1s opacos, que se yerguen majestuosas o se ocultan humildemente entre las dem\u00e1s; todo aquel conjunto de virtudes, agrupadas en ricos cuadros dibujados por Dios y regados por la gracia divina, es un canto magn\u00edfico a su gloria.<\/p>\n<p>Pero m\u00e1s que muchas otras, que vegetan perezosamente en una honrada mediocridad, una sola alma elegida, que valientemente y bajo la bendici\u00f3n de Dios cultiva hasta su plena expansi\u00f3n los dones de Dios, es la que mejor celebra por su belleza, por el orden y la armon\u00eda de su vida, por el esplen\u00addor de sus obras, la belleza, el orden, la armon\u00eda y el esplendor de las creaciones de la Sant\u00edsima Trinidad.<\/p>\n<p><em>Benedicite, universa germinantia in terra, Domino!<br \/>\nLaudate et superexaltate eum in saecula!<\/em><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>16. 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