{"id":21653,"date":"2013-08-10T09:14:08","date_gmt":"2013-08-10T07:14:08","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/vicencianos\/?p=21653"},"modified":"2016-07-27T12:10:34","modified_gmt":"2016-07-27T10:10:34","slug":"felix-de-andreis-1778-1820-ii","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/vincentians.com\/es\/felix-de-andreis-1778-1820-ii\/","title":{"rendered":"F\u00e9lix de Andreis (1778-1820) (II)"},"content":{"rendered":"<p><a href=\"https:\/\/i0.wp.com\/vicencianos.org\/wp-content\/2010\/12\/deandreis2.jpg\"><img data-recalc-dims=\"1\" loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignleft size-medium wp-image-23193\" title=\"deandreis\" alt=\"\" src=\"https:\/\/i0.wp.com\/vicencianos.org\/wp-content\/2010\/12\/deandreis2-196x300.jpg?resize=196%2C300\" width=\"196\" height=\"300\" \/><\/a>CAPITULO IV<\/p>\n<p><strong>Viaje de Roma a Burdeos. \u2014 Lo que trabaj\u00f3 en esta ciudad. \u2014 Viaje de<\/strong><\/p>\n<p><strong>Burdeos a Baltimore.<\/strong><\/p>\n<p>Sali\u00f3 de Roma con tres aspirantes al sacerdocio y el pres\u00adb\u00edtero Sr. Busieres, que se les uni\u00f3 en Viterbo. Era tal el concepto que de la santidad y perfecci\u00f3n del Sr. De An\u00addreis hab\u00edan formado, que no se atrev\u00edan a despegar sus la\u00adbios, hasta que a los tres d\u00edas de tan absoluto silencio pens\u00f3 el hombre de Dios que estaban tristes por abandonar su pa\u00adtria; mas uno de ellos le dijo la causa verdadera de su silen\u00adcio, que no era otra que el respeto con que le miraban. En\u00adtonces, todo confuso al ver que \u00e9l era la causa de nuestro re\u00adtraimiento, se excus\u00f3 de mil maneras; quiso abrazarnos, procurando de este modo quitarnos el vano temor que en nosotros hab\u00eda, y desde entonces nos proporcionaba distrac\u00adciones recreativas a fin de endulzar nuestras fatigas. En los diversos acaecimientos del viaje no perdi\u00f3 nada su piedad, porque jam\u00e1s olvidaba las cosas espirituales; hac\u00eda cada d\u00eda en alta voz, y con gran contento de todos, su meditaci\u00f3n, \u00aby su palabra p\u00eda y apost\u00f3lica animaba y fortificaba nues\u00adtros corazones\u00bb, \u2014 dice un compa\u00f1ero de viaje.<\/p>\n<p>Tardaron doce d\u00edas en llegar a Plasencia, donde el se\u00f1or De Andreis tuvo el consuelo de volver a saludar, en la Casa que \u00e9l hab\u00eda habitado, a sus antiguos condisc\u00edpulos y a sus querid\u00edsimos profesores. Siempre les conserv\u00f3 en su alma profundo agradecimiento, as\u00ed por el cuidado con que perfeccio\u00adnaron su entendimiento, como por lo que le indujeron a la piedad.<\/p>\n<p>Sali\u00f3 el 30 de Diciembre y lleg\u00f3 a Tur\u00edn el 2 de Enero de 1816. Fue uno de los viajes m\u00e1s expuestos y peligrosos a causa de lo crudo del invierno.<\/p>\n<p>Todo lo que hac\u00eda le era motivo para apartarse de las co\u00adsas del mundo y acercarse m\u00e1s a Dios. Llegaron a Valence los piadosos viajeros el 13 de Enero, y despu\u00e9s de celebrar la santa Misa en la catedral, veneraron las reliquias de P\u00edo VI, fallecido durante su cautiverio en esta ciudad. El obispo de Montpeller les recibi\u00f3 en su Seminario el d\u00eda 17, donde es\u00adtuvieron detenidos tres d\u00edas deseando saber la suerte de los primeros misioneros que hab\u00edan sido embarcados en Ripa Grande el 21 de Octubre; y despu\u00e9s, pasando por Carcaso\u00adna, Castelnaudary, Tolosa, Agen, la Reole, llegaron por fin a Burdeos el 30 de Enero de 1816.<\/p>\n<p>El Excmo. e Ilmo. Sr. De Sancy, arzobispo de Bur\u00addeos, que hab\u00eda pasado el tiempo de la revoluci\u00f3n adminis\u00adtrando los santos Sacramentos y consolando a los pobres de su di\u00f3cesis de Viena en las monta\u00f1as del Alto Forez, trajo a Burdeos, si no las mismas fuerzas corporales, a lo menos el mismo celo. De aqu\u00ed es que, apenas vio al Sr. De Andreis, conoci\u00f3 el celo apost\u00f3lico de su alma; y como aprovechaba todas las ocasiones que ten\u00eda de predicar a sus feligreses la fe, no quiso despreciar la presente. Dejemos hablar al se\u00f1or Rosati, testigo ocular del bien practicado en cuatro meses y medio, porque \u00e9l nos referir\u00e1 hechos muy edificantes. \u00abVisitaba el siervo de Dios las c\u00e1rceles, y en ellas consolaba a los presos, siguiendo en esto los ejemplos y consejos de nuestro fundador San Vicente. Les celebraba los d\u00edas festivos el santo sacrificio de la Misa, y les explicaba el Evange\u00adlio y sus principales obligaciones. Les dio los santos ejerci\u00adcios, y en ellos se confesaron y comulgaron muchos\u00bb. Lla\u00admaban las Hijas de la Caridad al misionero italiano, que as\u00ed le apellidaban, para que asistiese a los pobres, y de paso se aprovechaban, ya pidi\u00e9ndole que les dirigiese su palabra en las conferencias, ya tambi\u00e9n confes\u00e1ndose con \u00e9l. Es cierto que el Sr. De Andreis hu\u00eda toda gloria mundana en todas las obras, y que no buscaba m\u00e1s que el no ser conocido; pero tambi\u00e9n lo es que, a pesar de sus esfuerzos, adquiri\u00f3 gran reputaci\u00f3n y que tuvo relaciones amistos\u00edsimas con \u00a0los Vicarios generales, con los can\u00f3nigos, p\u00e1rrocos y sacer\u00addotes de los alrededores, que le llevaban a Burdeos sus m\u00e1s arduos negocios.<\/p>\n<p>El amor filial que la religiosa ciudad de Burdeos profesa al Soberano Pont\u00edfice, mov\u00eda a sus hijos a preguntar al se\u00ad\u00f1or De Andreis por la situaci\u00f3n, sufrimientos y cautividad de P\u00edo VII. Un d\u00eda, despu\u00e9s de haber hablado sobre los ins\u00adtitutos religiosos de Roma e Italia, hizo algunas reflexiones acerca de una devoci\u00f3n practicada ya en la Am\u00e9rica del Sur por un sabio y santo Padre de la Compa\u00f1\u00eda de Jes\u00fas, e intro\u00adducida en Italia bajo el nombre de \u00abLas tres horas de la ago\u00adn\u00eda del Salvador\u00bb. No cayeron en tierra \u00e1rida las palabras del Sr. de Andreis, porque con el benepl\u00e1cito y aprobaci\u00f3n del Sr. Arzobispo prepar\u00f3 lo necesario para la conmovedora funci\u00f3n, de la cual hab\u00eda conversado con algunos sacerdotes.<\/p>\n<p>Se verific\u00f3 en la peque\u00f1a capilla de la Comunidad, don\u00adde fue imposible dar cabida a todos los que deseaban asistir. Predic\u00f3 el misionero un serm\u00f3n de las siete palabras que ha\u00adbl\u00f3 nuestro Redentor desde la cruz, y produjo tal impresi\u00f3n en los corazones de los oyentes la fervorosa oraci\u00f3n del mi\u00adsionero, que apenas se movieron para nada en todo \u00e9l. Esta pr\u00e1ctica, establecida por vez primera en Burdeos, se extendi\u00f3, algunos a\u00f1os despu\u00e9s, a otras muchas iglesias de Francia. Como viese el Excmo. e Ilmo. Sr. Arzobispo de Burdeos el fruto que \u00e9l mismo sacaba de las instrucciones dadas a los eclesi\u00e1sticos por el Sr. De Andreis, dese\u00f3 encargarle los ejer\u00adcicios de los seminaristas y de los ordenandos. Resisti\u00f3se el piadoso misionero al principio, alegando su falta de ejercicio en la lengua francesa; pero el Prelado insisti\u00f3 \u00a0y a pesar de los defectos del lenguaje, lleno de giros y frases italianas, hizo mucho bien entre los aspirantes al estado eclesi\u00e1stico.<\/p>\n<p>Mientras se ocupaba en las obras arriba mencionadas, no olvidaba un punto sus compa\u00f1eros de viaje; reanimaba su celo con frecuentes exhortaciones, represent\u00e1ndoles al vivo los peligros que les esperaban, no menos que el gozo de obrar por amor de Dios y, sobre todo, el honor incomparable de ser sus ap\u00f3stoles.<\/p>\n<p>As\u00ed pasaron cuatro meses, sin que se disminuyese nada el fervor de la Comunidad bajo la sabia direcci\u00f3n del Sr. De Andreis, pero siempre anhelando por el d\u00eda de su marcha. As\u00ed permanec\u00edan cuando lleg\u00f3 una carta del Ilmo. Sr. Du\u00adbourg que echaba por tierra todos sus planes, puesto que ya no se iban a establecer en Nueva Orleans, sino en la Alta Luisiana, cerca de San Luis, donde razones de prudencia hab\u00edan movido al Obispo a fijar la Sede episcopal.<\/p>\n<p>No se desanim\u00f3 por esto el humilde sacerdote de la Con\u00adgregaci\u00f3n de la Misi\u00f3n; antes bien, como le hubiese dicho el Sr. Obispo que le era necesario aprender el franc\u00e9s e ingl\u00e9s para el ejercicio de las misiones, comenz\u00f3 a estudiar inme\u00addiatamente ambas lenguas, y exhort\u00f3 eficazmente a sus com\u00adpa\u00f1eros a que hiciesen lo mismo. En todo esto ve\u00eda el Sr. Ro\u00adsati el cumplimiento de la profec\u00eda hecha por el Sr. De Andreis algunos a\u00f1os antes. Ocupados se hallaban los misioneros en el estudio de las lenguas arriba mencionadas y en la salva\u00adci\u00f3n de las almas, cuando lleg\u00f3 a Burdeos, el d\u00eda de la Ascensi\u00f3n del Se\u00f1or a los cielos, el Ilmo. Sr. Dubourg, acompa\u00ad\u00f1ado de algunos j\u00f3venes aspirantes al sacerdocio. F\u00e1cilmente se comprende el gozo que experimentaron en esto los que por espacio de cinco o seis semanas desearon viv\u00edsimamente \u00a0la hora de ofrecer el sacrificio de dejar su patria. En una car\u00adta del 28 de Mayo, dirigida por el Sr. De Andreis al Vicario general de la Congregaci\u00f3n de la Misi\u00f3n, refiere las se\u00f1ales de aprecio que les dieron, tanto el Ilmo. Sr. Obispo de San Luis como el clero de la poblaci\u00f3n, y a\u00f1ade que las Hijas de la Caridad los trataron como verdaderos hermanos. Y continuando su carta, dice: \u00abNo puedo menos de adorar los designios de la divina Providencia, la cual derrama tantas bendiciones sobre nuestra misi\u00f3n, que \u00e9l solo considerar mi ineptitud para ella hace que me ruborice. Debemos encami\u00adnarnos a Filadelfia o a Baltimore, y de all\u00ed, andando 800 leguas, llegarnos al t\u00e9rmino de nuestro viaje, a San Luis, colo\u00adcado en la Alta Luisiana. Nuestro establecimiento ser\u00e1 f\u00e1cil y muy ventajoso, porque San Luis es el centro del comercio entre los europeos y los salvajes, y el clima es muy saluda\u00adble. En cuanto a m\u00ed, podr\u00e9 decir que me hallo en una con\u00adtinuada alegr\u00eda y admiraci\u00f3n viendo los caminos tan mara\u00advillosos e inexplicables por los que se ha dignado cumplir la divina Providencia los deseos ardientes que ella misma ha\u00adb\u00eda comunicado a mi coraz\u00f3n. Me parece que estamos todos decididos a ser verdaderos misioneros y a no buscar nada de este mundo, m\u00e1s que a Dios y a las almas por \u00c9l resca\u00adtadas\u00bb.<\/p>\n<p>En estas \u00faltimas palabras est\u00e1 retratada el alma de un Ap\u00f3stol. Dios, que le hab\u00eda comunicado estos deseos, hizo que pusiese sus ojos en la Am\u00e9rica. Debi\u00f3 embarcarse en un na\u00adv\u00edo americano el 28 de Mayo; pero se ofrecieron nuevas di\u00adficultades, que fueron el sello de la protecci\u00f3n divina; por\u00adque combatido el nav\u00edo por una horrible tempestad desenca\u00addenada a corta distancia de Burdeos, no fue posible salvarlo.<\/p>\n<p>Di\u00e9ronse a la vela por fin en un nav\u00edo apellidado <em>Bo\u00ad<\/em><em>deur, <\/em>el 12 de Junio. Acompa\u00f1\u00f3 hasta el puerto a la misi\u00f3n el Ilmo. Sr. Dubourg, que se quedaba en Francia por asun\u00adtos de su di\u00f3cesis. Les despidi\u00f3 muy cari\u00f1osamente, exhor\u00adt\u00e1ndoles a obedecer al Sr.De Andreis, constituido por su Superior y nombrado Vicario general de la di\u00f3cesis de Nueva Orleans.<\/p>\n<p>Celebr\u00f3 el Sr. De Andreis el santo sacrificio de la Misa, y se embarc\u00f3 con los se\u00f1ores Rosini y Aquaroni , presb\u00edteros de la Congregaci\u00f3n de la Misi\u00f3n; Careti y Ferrari , de la di\u00f3cesis de Puerto Mauricio, en la ribera de G\u00e9nova ; algu\u00adnos seminaristas, Francisco Javier Dahmen, Jos\u00e9 Zichitoli, Le\u00f3n Deligs y Casto Gonz\u00e1lez, de naciones diferentes. El Ilmo. Sr. Dubourg, que los hab\u00eda juntado, era franc\u00e9s, natu\u00adral de Cap, en la isla de Santo Domingo; los dem\u00e1s el prime\u00adro alem\u00e1n, el segundo espa\u00f1ol y los otros dos italianos. A todos los anteriores se unieron el hermano coadjutor Mart\u00edn Blanca y otros tres legos que iban a ser admitidos en la Congregaci\u00f3n: Francisco Moranviller, Medardo de Latre y Juan Flegifont.<\/p>\n<p>Iban casi solos en el buque, y gracias a las buenas cuali\u00addades del capit\u00e1n pudieron ordenar todo del mismo modo que se hace en comunidad, para cuyo fin dispuso tan bien el Sr. De Andreis las ocupaciones en el reglamento que hizo<sub>;<\/sub> que parec\u00eda se encontraban en una Casa-misi\u00f3n. Hab\u00eda fijado la hora de levantarse, de hacer la oraci\u00f3n, o\u00edr la santa Misa, rezar y hacer lectura espiritual; practicaban el m\u00e1s riguroso silencio fuera de las horas destinadas a la recreaci\u00f3n, en las que se interrump\u00eda la monoton\u00eda ordinaria. Entre d\u00eda esta\u00adban ocupados, ya en conferencias de moral, ya estudiando la Teolog\u00eda, procurando disponerse los j\u00f3venes para lo que les aguardaba.<\/p>\n<p>Se confesaban cada ocho d\u00edas y ten\u00edan alguna breve ins\u00adtrucci\u00f3n moral, que dirig\u00eda y animaba el Sr. De Andreis. Los domingos cantaban su Misa de canto llano, y en ella expon\u00eda el Superior el Evangelio con mucho fruto de los oyentes, y con esta solemnidad celebraron la fiesta de San Vicente.<\/p>\n<p>Era muy poco lo que adelantaban por tener vientos con\u00adtrarios, y algunos tem\u00edan que se acabasen las provisiones, cuando el Sr. De Andreis, fi\u00e1ndose de la piedad de San Vicente, propuso a todos la idea de hacer un voto en honra del Santo; esto es, celebrar la fiesta de su muerte, prepar\u00e1ndose con una novena y ayuno de la v\u00edspera. Acogieron todos con mucho gusto la feliz idea, y procuraron realizarla. Al poco tiempo cambiaron los vientos, y con su ayuda llegaron a ver tierra el 12 de Julio. Entraron en la bah\u00eda de Chesopeake, y el 26 llegaron a Baltimore, donde, apenas tomaron tierra, cantaron una Misa en acci\u00f3n de gracias por la protecci\u00f3n que Dios les hab\u00eda dispensado.<\/p>\n<p>CAP\u00cdTULO V<\/p>\n<p><strong>Baltimore: generoso recibimiento que les hizo el Sr. Brut\u00e9. \u2014Badstown:<\/strong><\/p>\n<p><strong><\/strong><strong>permanencia en el Seminario de Santo Tom\u00e1s.<\/strong><\/p>\n<p>Era Baltimore la ciudad m\u00e1s cat\u00f3lica de los Estados Uni\u00addos. En la ciudad y Estado de Maryland, fundados por lord Baltimore y una colonia de cat\u00f3licos huidos de Inglaterra, reinaba la fe a pesar de las inicuas y sat\u00e1nicas leyes promul\u00adgadas por los protestantes. All\u00ed se cobijaron los sacerdotes de San Sulpicio, expulsados de Francia en la revoluci\u00f3n de 1792: fundaron un gran centro de ense\u00f1anza, colegio y Seminario, donde formaban en la Religi\u00f3n cristiana multitud de j\u00f3venes. Contaba Baltimore 151.000 habitantes en 1815, y hoy es una de las mejores poblaciones: tiene 350.000 almas.<\/p>\n<p>Veamos los sentimientos que experiment\u00f3 en Baltimore el Sr. De Andreis: \u00abNo puedo manifestar, \u2014 dice este se\u00ad\u00f1or, \u2014 la admiraci\u00f3n que en todos nosotros produjo la vista del puerto y ciudad de Baltimore; dif\u00edcil me parece el creer que haya en todo el mundo cuadro tan encantador. Lo pri\u00admero que se nos ocurri\u00f3 \u00a0al saltar a tierra, fue el ponernos de rodillas y besarla; pero la multitud que ocupaba el lugar -donde salimos nos detuvo el hacer semejante acci\u00f3n. Apenas entramos en la poblaci\u00f3n, conocimos cu\u00e1n diferentes son \u00e9stas de las europeas; porque aqu\u00ed son las calles largas, las casas muy bajas, y con frecuencia se hallan fuentes abundant\u00edsimas. Tuvimos que atravesar la poblaci\u00f3n entera para lle\u00adgar al colegio, dirigido por Padres de San Sulpicio, donde el Superior, Sr. Brut\u00e9, nos recibi\u00f3 con el mayor afecto posible. Todo me admira en \u00e9l: es uno de los hombres m\u00e1s sabios, m\u00e1s piadosos y m\u00e1s afables que conozco\u00bb.<\/p>\n<p>Las palabras transcritas nos dan una idea de lo que era Baltimore a principios de este siglo; pero hoy no ser\u00edan m\u00e1s que una sombra de lo que verdaderamente es.<\/p>\n<p>El Sr. Brut\u00e9, de quien habla el Sr. De Andreis, sucedi\u00f3 al Ilmo. Sr. Dubourg en la presidencia del colegio de Santa Mar\u00eda. En efecto: el obispo de Nueva Orleans, natural de la isla de Santo Domingo, hab\u00eda estudiado en el Seminario de San Sulpicio de Par\u00eds. Cuando la Revoluci\u00f3n cerr\u00f3 todas las casas de educaci\u00f3n eclesi\u00e1stica, se vio precisado a refu\u00adgiarse en Burdeos, habitando con su familia, de donde vino a Espa\u00f1a, permaneciendo en ella dos a\u00f1os. Como no le pa\u00adrec\u00eda encontrar libertad m\u00e1s que en Am\u00e9rica, dirigi\u00f3se all\u00ed, junt\u00e1ndose con sus maestros de San Sulpicio en 1796, y en cuya religi\u00f3n entr\u00f3 y fue colocado muy pronto al frente del Seminario de Santa Mar\u00eda de Baltimore.<\/p>\n<p>Mucho prosper\u00f3 el establecimiento bajo su h\u00e1bil direc\u00adci\u00f3n; pero viendo el Ilmo. Sr. Caroll que no pod\u00eda admi\u00adnistrar tan bien como querr\u00eda la vast\u00edsima di\u00f3cesis de los Es\u00adtados Unidos, confi\u00f3 In 1812 la Luisiana al celo del emi\u00adnente sulpiciano.<\/p>\n<p>S\u00f3lo cuatro a\u00f1os hac\u00eda que dej\u00f3 la Comunidad el ilustr\u00ed\u00adsimo Sr. Dubourg, al que amaba tiernamente su sucesor Sr. Brut\u00e9 ; de aqu\u00ed que no es extra\u00f1o el afectuoso recibi\u00admiento que hizo a los misioneros enviados por aqu\u00e9l.<\/p>\n<p>El Sr. Rosati refiere del modo siguiente el recibimiento que les hizo: \u00abLos sulpicianos de Baltimore, a quienes ha\u00adb\u00edamos sido recomendados por carta del Ilmo. Sr. Dubourg, recibieron al Sr. De Andreis y dem\u00e1s compa\u00f1eros suyos como si fuesen hermanos. El Ilmo. Sr. Brut\u00e9, Superior del colegio, que se encontraba solo en casa, se afanaba prepa\u00adrando habitaciones para \u00e9l y para sus doce compa\u00f1eros, manifest\u00e1ndose en todo lo m\u00e1s atento y afable posible; se en\u00adcarg\u00f3 de nuestro equipaje y de los gastos del transporte. Cuando llegaron al Colegio los otros sulpicianos, se apre\u00adsuraron a darnos la bienvenida, y cada cual se esmeraba en servirnos en algo. \u00a1Oh, cu\u00e1n hermosa es la caridad cristia\u00adna! \u00a1Qu\u00e9 bien le cuadra el nombre de cat\u00f3lica! Ella no dis\u00adtingue, naci\u00f3n, lengua ni personas: no ve m\u00e1s que una fa\u00admilia en todos los hombres. No perdi\u00f3 un momento el se\u00f1or De Andreis, \u2014 prosigue el Sr. Rosati; \u2014 en seguida comu\u00adnic\u00f3 al Vicario general de la Congregaci\u00f3n de la Misi\u00f3n en Roma la feliz llegada. Escribi\u00f3 al mismo tiempo al arzobis\u00adpo de Baltimore, que se hallaba en Georgetown, para pe\u00addirle los poderes necesarios, y al Ilmo. Sr. Flaget, obispo de Bardstowm, en Kentucky, amigo \u00edntimo del Ilmo. se\u00ad\u00f1or Dubourg y encargado por \u00e9ste de la instalaci\u00f3n de la misi\u00f3n\u00bb.<\/p>\n<p>En la carta dirigida al Sr. Siccardi retrata el Sr. De An\u00addreis su alma. Despu\u00e9s de hablar de los progresos de la re\u00adligi\u00f3n, del fervor de los cat\u00f3licos, de las buenas disposicio\u00adnes en que se hallaban los protestantes, manifiesta la espe\u00adranza de producir mucho fruto entre la gente del pueblo. \u00abGozamos todos, \u2014 prosigue, \u2014 de salud envidiable a pe\u00adsar del viaje y del cambio de r\u00e9gimen, porque lo que m\u00e1s da\u00f1o me hac\u00eda en Roma no me causa aqu\u00ed la menor mo\u00adlestia; para que se vea c\u00f3mo la divina Providencia sabe dis\u00adponer las cosas mejor de lo que ordinariamente pensamos. En Roma era, contra mi voluntad, pesado y estorbo para mis queridos hermanos; no era digno de estar en su compa\u00ad\u00f1\u00eda por mi excesivo orgullo y amor propio, que a pesar de mis esfuerzos no he podido arrojar todav\u00eda de m\u00ed; y por esto me ha colocado el Omnipotente entre los salvajes, con los que, hasta el presente, estoy muy contento, y con la firme resoluci\u00f3n de vivir y morir completamente olvidado de las criaturas. Ya no deseo m\u00e1s que la muerte; cuanto m\u00e1s tarde en venir, m\u00e1s suspirar\u00e9 su llegada. Nuestro Se\u00f1or se ha dig\u00adnado concederme tranquila paz en medio de mis empleos\u00bb.<\/p>\n<p>El Ilmo. Sr. Flaget escribi\u00f3 a los misioneros dici\u00e9ndoles que partiesen cuanto antes pudiesen a Pitzburg, antes que entrase el invierno, prometi\u00e9ndoles su ayuda en todo lo que pudiese. Recibir la carta y ponerse en camino fue una mis\u00adma cosa. \u00abPreparado todo lo necesario, \u2014 escribe el Sr. De Andreis,\u2014salieron de Baltimore y a pie, el 3 de Septiembre, el hermano Blanca, seminarista, y dos postulantes m\u00e1s con nuestro equipaje. Los dem\u00e1s salieron el 10 en un carruaje p\u00fablico alquilado para el efecto, aunque a un precio muy subido. Era una especie de diligencia muy inc\u00f3moda y ex\u00adpuesta a la intemperie, llamada <em>stage, <\/em>en la que se acomoda\u00adron ocho personas. El primer d\u00eda todo fue bien; dormimos en Chambersburg, que es parroquia o congregaci\u00f3n dirigi\u00adda por el Sr. Trochi, quien habita en otro lugar, llamado Taneytowm. Al d\u00eda siguiente comenz\u00f3 a llover y no par\u00f3 en cuatro o cinco d\u00edas, en los que tuvimos que atravesar los caminos m\u00e1s horrorosos, en los que m\u00e1s de una vez tuvi\u00admos que sacar el coche de los barrancos. Nos acaecieron dos casos muy particulares, al parecer milagrosos. El primero fue que, como se hubiese separado de nosotros el se\u00f1or Aquaroni con otros dos m\u00e1s y tomado un camino m\u00e1s corto por entre los \u00e1rboles, anduvieron perdidos medio d\u00eda, y a pesar de esto nos encontramos sin saber c\u00f3mo. El segundo caso que voy a referir, y del cual fui testigo ocular, es que habi\u00e9ndose separado un grande pedazo de piedra, rodado desde el alto de la monta\u00f1a y ca\u00eddo al camino por donde \u00edbamos en el instante del tr\u00e1nsito de dos compa\u00f1eros nuestros, parece imposible que no hubiesen perecido, o al menos recibido un grande golpe, lo cual no experimentaron porque pas\u00f3 la piedra tan cerca de ellos que apenas dist\u00f3 cinco pasos\u00bb.<\/p>\n<p>En medio de las molestias del viaje, guardaba el siervo de Dios la regularidad m\u00e1s constante en los ejercicios de piedad y en el estudio. Cuando conoc\u00eda que se cansaban sus compa\u00f1eros, los distra\u00eda con cuentos y cosas por el estilo. S\u00f3lo una vez se entristeci\u00f3 en vista de las fatigas <em>y <\/em>asperezas del viaje y de los agud\u00edsimos dolores que padeci\u00f3. Cuando se ve\u00eda perdido en un desierto, y en una vida inactiva, se acordaba de las iglesias de Roma, de la vida y el apostolado que all\u00ed practicara. Pero no dur\u00f3 mucho la tentaci\u00f3n; se animo poniendo sus ojos en Dios, y supo contenerla en s\u00ed tan bien que no pudieron conocerlo sus compa\u00f1eros.<\/p>\n<p>Continuaron su viaje pasando las aldeas pr\u00f3ximas al Oh\u00edo y al Mississip\u00ed; unas veces a caballo, otras en carruajes al\u00adquilados a precios muy subidos, no pocas en lanchas dispues\u00adtas de improviso, en una de las cuales deb\u00edan ir a Luisville, donde estaba el Ilmo. Sr. Flaget. En Gallipolis hab\u00eda cua\u00adrenta familias cat\u00f3licas francesas sin sacerdote ni iglesia; tan s\u00f3lo las visitaba alguna que otra vez el Padre dominico Fen\u00adwik, muerto m\u00e1s tarde en Luisville, y a las que no pudieron socorrer nuestros misioneros.<\/p>\n<p>Llegaron, finalmente, a Luisville el 19, y gracias a la di\u00adligencia del Ilmo. Sr. Flaget, los recibi\u00f3 en su casa uno de los cat\u00f3licos.<\/p>\n<p>El Obispo dijo al Sr. De Andreis que deseaba estar con \u00e9l en Bardstown antes de ir al t\u00e9rmino definitivo de su viaje. All\u00ed le represent\u00f3 el Sr. Obispo la imposibilidad de poder ser establecidos inmediatamente en San Luis. \u00abNo est\u00e1n avisa\u00addos, \u2014 dec\u00eda el Obispo, \u2014 los habitantes por el Sr. Dubourg, de vuestra llegada; os ser\u00e1 moralmente imposible encontrar habitaci\u00f3n y guardar todo el orden de Comunidad. Necesita usted tiempo y dinero para el primer establecimiento; pero lo que os debe mover a seguir mi consejo es que ni Ud. ni sus compa\u00f1eros conocen el ingl\u00e9s lo bastante para el ejercicio de sus ministerios; por tanto, os es necesario quedaros en Kentucky. Si quieren Uds. participar de mi pobreza y de la de mis sacerdotes, podr\u00e1n familiarizarse con la lengua y costumbres del pa\u00eds, y tomar\u00e1n las medidas oportunas para asegurar sus trabajos en la di\u00f3cesis de Nueva Orleans\u00bb.<\/p>\n<p>Aunque esta medida era muy penosa para el celo de los misioneros, tuvieron que adoptarla, qued\u00e1ndose en el Semi\u00adnario de Santo Tom\u00e1s; que est\u00e1 contiguo al palacio epis\u00adcopal.<\/p>\n<p>Aceptaron con alegr\u00eda la noticia que les trajo el Sr. De Andreis, y se unieron a los 20 cl\u00e9rigos que bajo la direcci\u00f3n del Sr. David de San Sulpicio, m\u00e1s tarde obispo de Muni\u00adcastro y coadjutor de Bardstown, se dispusieron para las \u00d3rdenes sagradas.<\/p>\n<p>La casa donde se hallaban era de tabla; entre un tabl\u00f3n y otro hab\u00edan echado tierra arcillosa, que se hace tan dura como la piedra cuando se seca. La parte m\u00e1s alta, cubierta de planchas en forma de tejado, serv\u00eda de dormitorio com\u00fan. La parte destinada al se\u00f1or Obispo hab\u00eda sido construida de nuevo. En lo dem\u00e1s de la casa hab\u00eda una habitaci\u00f3n que serv\u00eda de clase y de refectorio; dieron otras dos a los se\u00f1ores De Andreis y Rosati. Para el Sr. Obispo hab\u00edan destinado una peque\u00f1a habitaci\u00f3n antec\u00e1mara, que le serv\u00eda de recibimien\u00adto, y en \u00e9l ten\u00eda la biblioteca, el cual fue convertido en apo\u00adsento de uno de los Padres.<\/p>\n<p>En medio de esta pobreza no cesaba el Sr. De Andreis de dar gracias a la divina Providencia por haberle concedido la dicha de aprender la vida del misionero en este pa\u00eds de maestros tan experimentados como el Sr. Flaget y el se\u00f1or David. El mismo Sr. Rosati conoc\u00eda, a ejemplo de su maes\u00adtro, lo muy \u00fatil que les era la experiencia de los dem\u00e1s. \u00abHe\u00admos aprendido, \u2014 dec\u00eda, \u2014 muchas cosas, cuya ignorancia hubiera sido muy perjudicial, tanto para nosotros como para los dem\u00e1s. Se nos advirti\u00f3, por ejemplo, que no combati\u00e9\u00adsemos ciertas costumbres del pa\u00eds, porque no son en s\u00ed malas ni contrarias a la ley de Dios, sino muy distintas de las europeas\u00bb.<\/p>\n<p>Vamos a dar a conocer los sentimientos del Sr. De Andreis citando un trozo de sus soliloquios, titulado: <em>Ad quid venis\u00ad<\/em><em>ti? \u00ab<\/em>Me hab\u00e9is preparado, Dios m\u00edo, en este Seminario de Bardstown una piscina prob\u00e1tica, en la que deb\u00eda experi\u00admentar, aunque en otro g\u00e9nero, las maravillas de vuestra gracia. En vano querr\u00eda explicar las comodidades y las uti\u00adlidades de cuerpo y alma que aqu\u00ed hemos hallado. Es de todo punto imposible expresar los sentimientos que hab\u00e9is infundido en mi coraz\u00f3n, todas las coyunturas, todos los sucesos humanamente inexplicables por los que hab\u00e9is ma\u00adnifestado vuestra voluntad. Finalmente, nos hab\u00e9is procu\u00adrado aqu\u00ed una verdadera escuela de nuestra futura misi\u00f3n por el estudio de las lenguas y costumbres del pa\u00eds, por la experiencia de los ministerios, por la gracia del retiro, con el lugar tan a prop\u00f3sito para disponernos para las funciones, con el descanso, la tranquilidad y disposici\u00f3n tan ordenada en el nuevo g\u00e9nero de vida\u00bb.<\/p>\n<p>Dividi\u00f3 el tiempo en el estudio de las lenguas y de la Teolog\u00eda y en las pr\u00e1cticas de piedad. Mucho bien hubiera he\u00adcho el Sr. De Andreis ense\u00f1ando la Teolog\u00eda; pero \u00e9l, como simple y d\u00f3cil estudiante, daba sus lecciones de ingl\u00e9s al se\u00ad\u00f1or David, quien le dec\u00eda amigablemente: \u00ab\u00a1Qu\u00e9 dichoso soy ense\u00f1ando a Ud. el ingl\u00e9s! porque participar\u00e9 de sus trabajos apost\u00f3licos: Ud. predicar\u00e1 la palabra divina, y yo, en alg\u00fan modo, hablar\u00e9 por su boca\u00bb.<\/p>\n<p>CAPITULO VI<\/p>\n<p><strong>Ocupaciones de los misioneros durante su permanencia en el Seminario de<\/strong><\/p>\n<p><strong>Santo Tom\u00e1s, de Bardstown. \u2014 Aspiraciones del Sr. De Andreis.<\/strong><\/p>\n<p>Las ocupaciones del Sr. De Andreis en el Seminario de Santo Tom\u00e1s, en Bardstown, eran m\u00e1s regulares y m\u00e1s con\u00adformes a sus deseos que las en que se hab\u00eda ocupado desde su salida de Roma. Comenz\u00f3 a predicar y confesar en ingl\u00e9s, ejerciendo todas las funciones de su santo ministerio siempre gozoso de poder procurar m\u00e1s y m\u00e1s la gloria de Dios y la salud de las almas. Tradujo al ingl\u00e9s sus sermo\u00adnes, que en parte estaban ya traducidos en franc\u00e9s, y sus traducciones eran excelentes, como que para el estudio de estas lenguas hab\u00eda procurado leer a los autores m\u00e1s cl\u00e1sicos en ellas. Siempre que sal\u00eda a paseo con sus alumnos, conver\u00adsaba con ellos en ingl\u00e9s, exigi\u00e9ndoles le corrigiesen todas las veces que advirtieran alguna expresi\u00f3n incorrecta.<\/p>\n<p>Entre sus libros ten\u00edan lugar preferente los de los mejo\u00adres autores asc\u00e9ticos, como las obras de San Juan de la Cruz, de Santa Teresa, de San Francisco de Sales, del P. Sur\u00edn, de Baudran y otros muchos, los cuales eran sus delicias, por\u00adque en la sublime perfecci\u00f3n que en ellos se ense\u00f1a hallaba el t\u00e9rmino objeto de sus aspiraciones pareci\u00e9ndole que su amor hacia Dios crec\u00eda con las santas inspiraciones que de los mismos sacaba ; pero donde m\u00e1s enardecido del divino amor quedaba su coraz\u00f3n era en sus ejercicios de piedad, en las meditaciones y en las frecuentes y fervorosas visitas que hac\u00eda al sant\u00edsimo Sacramento del altar.<\/p>\n<p>Sent\u00eda el m\u00e1s tierno afecto hacia sus misioneros, y ha\u00adcia todos y cada uno de los que viv\u00edan con \u00e9l. Velaba por su salud y consol\u00e1balos en sus penas. Cuando notaba que al\u00adguno de ellos estaba triste, procuraba ganarse su confianza a fin de disipar de su esp\u00edritu las nubecillas que le tornaban sombr\u00edo, y cuando los hab\u00eda reunidos a su alrededor les animaba a poner su confianza en Dios, o bien les entrete\u00adn\u00eda con alguna an\u00e9cdota recreativa. Como todos experimen\u00adtaban los efectos de su paternal solicitud, todos depositaban en \u00e9l los m\u00e1s \u00edntimos sentimientos del coraz\u00f3n y casi todos deseaban tenerle por confesor.<\/p>\n<p>Vamos a reproducir la carta que el Sr. De Andreis escri\u00adbi\u00f3 a Roma, desde su residencia de Bardstown, dando algu\u00adnas noticias de su colonia; en ella, no s\u00f3lo se a\u00f1aden algunos interesantes pormenores a lo que llevamos dicho, sino que tambi\u00e9n se hace menci\u00f3n de muchos sucesos que se han omi\u00adtido en lo que precede. Est\u00e1 dirigida al Sr. Siccardi y fechada en 29 de Abril de 1817:<\/p>\n<p>\u00abAprovecho la ocasi\u00f3n que me ofrece el Rdo. Padre Vi\u00adcario general de los jesuitas de Am\u00e9rica , que va a visitar la capital de la cristiandad, <em>y a <\/em>quien agradezco su atenci\u00f3n, por m\u00e1s que no tengo el honor de conocerle m\u00e1s que por cartas, para escribirle algo de lo que sucede por aqu\u00ed. Si Ud. tiene la bondad de contestarme, puede hacerlo con el mismo Pa\u00addre a su regreso a \u00e9sta. Estas buenas ocasiones son tan raras que es preciso aprovecharse de ellas.<\/p>\n<p>El cambio de clima, de alimentos y dem\u00e1s me ha dado que padecer algo el invierno pasado. En cierta ocasi\u00f3n el fr\u00edo fue tan intenso que estando celebrando ca\u00ed al suelo sin conocimiento, cost\u00e1ndome trabajo el volver en m\u00ed. Por aho\u00adra estoy bien, <em>y <\/em>desde principios de Cuaresma predico <em>y <\/em>confieso en ingl\u00e9s. El Sr. Rosati hace lo mismo, y los otros tres sacerdotes se disponen a seguir nuestro ejemplo. El se\u00f1or Rosati se halla ausente desde Pascuas, dando misiones con un sulpiciano; han ido los dos a\u00f1os a un pueblo muy pobre que se llama Fort-Vincennes, cuyos habitantes son de ori\u00adgen franc\u00e9s y a quienes s\u00f3lo dos o tres veces en el a\u00f1o suele visitar un sacerdote. De un d\u00eda para otro espero volver\u00e1 el se\u00f1or Rosati.<\/p>\n<p>La vida del misionero es muy trabajosa en este pa\u00eds; para visitar a los enfermos y llevar alg\u00fan socorro a las parro\u00adquias distantes verse obligado a viajar siempre en caballer\u00edas, buscando caminos y veredas a derecha y a izquierda, entre inmensos montes, florestas, etc., haciendo a veces una ca\u00adminata de diez o quince leguas. A las parroquias llaman aqu\u00ed congregaciones. La gente habita en chozas construidas con troncos de \u00e1rboles plantados unos junto a otros y lle\u00adnando los huecos de arcilla; por eso se comprende que tales paredes dejan que el viento y la lluvia penetren sin difi\u00adcultad. Nuestras iglesias est\u00e1n construidas de la misma ma\u00adnera, no tienen cuadros ni ornamentos; s\u00f3lo hay un pobre altar de madera. Se hallan diseminadas en medio de flo\u00adrestas, y en su recinto se re\u00fanen los d\u00edas de fiesta los ca\u00adt\u00f3licos, y tambi\u00e9n a veces los protestantes, que acuden de lugares que distan cuatro y cinco leguas, Todos vienen a caballo, y es cosa muy\u00a0 curiosa ver atadas a los \u00e1rboles que rodean la iglesia las cabalgaduras con sus ricos jaeces, como si un regimiento de caballer\u00eda estuviera acampado en su con\u00adtorno. Gran parte de la ma\u00f1ana se emplea en o\u00edr confesio\u00adnes; sigue la Misa rezada o solemne con serm\u00f3n u homil\u00eda; a continuaci\u00f3n se administra el santo bautismo, por lo re\u00adgular a gran n\u00famero de personas; se visita a los enfermos, etc\u00e9tera, etc., y, por \u00faltimo, el pobre sacerdote, fatigado por el ayuno, el cansancio, el viaje, el fr\u00edo o el calor, va a mendigar su sustento entre sus feligreses. La comida se compone ordinariamente de pan, <em>beefsteak (<\/em>carne asada), agua, sin vino, vinagre, aceite y sopa. Algunas veces se ve precisa\u00addo a decir dos Misas y predicar en varios puntos por hallar\u00adse los habitantes muy diseminados, con objeto de cultivar sus tierras. All\u00ed no se ven pueblos, ni aldeas, ni labrado\u00adres, ni caseros; todo lo trabajan los esclavos negros, que abundan mucho.<\/p>\n<p>Una tarde me enviaron a visitar a un enfermo a un lu\u00adgar distante unas siete leguas de aqu\u00ed. Cuando menos me percat\u00e9 me hall\u00e9 solo en medio de grandes \u00e1rboles, sin gu\u00eda y sin caballo; \u00e9ste hab\u00edase escapado por un bosque apenas pusimos pie en tierra; mi gu\u00eda corri\u00f3 tras \u00e9l largo tiempo sin poderlo alcanzar. A pesar de todo, el bien que se hace y el que esperamos se har\u00e1 nos sirve de gran consuelo. La semana pasada me llamaron para visitar un pobre enfermo, que por toda habitaci\u00f3n ten\u00eda una miserable caba\u00f1a, donde viv\u00eda con toda su familia. Como all\u00ed no hab\u00eda local para m\u00ed y el caballo que llevaba, un acaudalado protestante, que viv\u00eda a unos doscientos pasos de all\u00ed, vino a ofrecerme su casa, en la que encontr\u00e9 buena compa\u00f1\u00eda. Toc\u00e1ronse varios puntos de controversia, quedando mi hu\u00e9sped tan satisfecho de mis respuestas a sus objeciones que me prometi\u00f3 hacerse cat\u00f3lico. Los protestantes tienen, por lo general, mucho respeto a los sacerdotes, y hasta se honran mucho en tratar\u00adles con toda la urbanidad y generosidad posibles; pero los sacerdotes escasean mucho para trabajar en su conversi\u00f3n. \u00a1Ojal\u00e1 pudieran atender a las necesidades de los cat\u00f3licos! \u00a1Cu\u00e1ntos mueren sin la asistencia de un sacerdote y son en\u00adterrados sin ninguna clase de funerales! \u00a1Cu\u00e1ntas parro\u00adquias pasan meses enteros, y aun las m\u00e1s solemnes fiestas del a\u00f1o, sin tener Misa ni ver a un sacerdote!<\/p>\n<p>En esta di\u00f3cesis tan vasta, que comprende el Kentuc\u00adky, el Tennessee y el Oh\u00edo, apenas habr\u00e1 doce sacerdotes, in\u00adcluso el Obispo, quien siempre est\u00e1 de viaje, de una parte para otra, como el m\u00e1s joven de los misioneros. Va a caballo, solo, sin ninguna se\u00f1al de su dignidad, y s\u00f3lo se distingue por tomar para s\u00ed lo que m\u00e1s dif\u00edcil y penoso se halla en el ministerio. Los sulpicianos hacen much\u00edsimo bien. Debe\u00admos estarles muy agradecidos por los muchos favores y aten\u00adciones con que nos tratan en Tolosa, en Burdeos y aqu\u00ed, en Baltimore y en el Seminario, en que al presente vivimos. Llenos de celo, de religi\u00f3n y piedad, trabajan con fervor in\u00adcesante en el desempe\u00f1o de sus ministerios, son afect\u00edsimos a la Santa Sede e irreprochables en la doctrina que ense\u00f1an. Los dominicanos trabajan tambi\u00e9n mucho en favor de la Iglesia en estos pa\u00edses. Tengo el honor de conocer personal\u00admente al P. Tenwick, que los introdujo en esta comarca, y a otros muchos de ellos.<\/p>\n<p>No dudo, mejor dicho, estoy segur\u00edsimo de que, ape\u00adnas nos establezcamos en regla, tendremos muchos estu\u00addiantes; esperamos a nuestro Prelado para el pr\u00f3ximo vera\u00adno, y con \u00e9l iremos a nuestro destino. Gracias a Dios, expe\u00adrimentamos cu\u00e1n verdaderas son aquellas palabras de San Vicente: Quien se entrega en brazos de la divina Provi\u00addencia, prosperar\u00e1 seguramente.\u00bb \u00a1Qu\u00e9 hermoso es no in\u00adquietarse por nada, y ver que Dios lo hace todo a medida de nuestros deseos! Por lo que a m\u00ed toca, veo por una parte mi incapacidad para cumplir las obligaciones de Superior, y por otra no puedo dejar de ver que todo va bien y aun mejor que cuanto pudiera yo desear si fuera el m\u00e1s dispuesto de los hombres. Y es que Dios lo hace todo por s\u00ed mismo, y yo no tengo m\u00e1s que anonadarme en su divina presencia y seguir ciegamente su voluntad adorable, que tal es el \u00fanico fin y blanco que me he propuesto.<\/p>\n<p>En otras cartas os he dado noticias de nuestra colonia. Desde hace seis meses estoy de profesor en el Seminario, Tengo diez alumnos, de los cuales cuatro son de los nues\u00adtros, los dem\u00e1s del Kentucky.<\/p>\n<p>El Sr. Rosati hace prodigios, y no cabe dudar que Dios leha llamado a esta misi\u00f3n. Su salud es excelente; progresa con rapidez en el estudio del ingl\u00e9s; ha comenzado a predicar antes que yo, teniendo que humillarme profundamente a sus pies, como es justo, viendo que el Todopoderoso de\u00adrrama sobre \u00e9l luces y gracias que me niega a m\u00ed, con justi\u00adcia, a causa de mis pecados, de mi ingratitud e invencible orgullo.<\/p>\n<p>Por eso y por otras razones que no tengo tiempo de ex\u00adponer, me creo sinceramente que deb\u00e9is encargarle el ofi\u00adcio de Superior, nombramiento que ser\u00e1 acogido con gene\u00adral aplauso y que seguramente atraer\u00e1 las bendiciones del cielo sobre esta misi\u00f3n y aun sobre toda la Compa\u00f1\u00eda. He escrito en el mismo sentido al Ilmo. Sr. Dubourg, con moti\u00advo del cargo de Vicario general. Mi orgullo y amor propio necesitan estar bajo la direcci\u00f3n de un Superior, am\u00e9n de que me creo muy incapaz e imperito piloto para dirigir un nav\u00edo como el nuestro. Yo trabajar\u00e9 como hasta ahora, pero mis penas no tendr\u00e1n consuelo ni alivio hasta que reciba de Ud. el permiso de tomar el yugo de la obediencia. Le ase\u00adguro que no hay nada en el mundo que tenga tanto atracti\u00advo para m\u00ed, pues miro la vida como un peso y no deseo m\u00e1s que la muerte. Conozco bien que debo temer y temblar por mis muchos pecados, pero al mismo tiempo conf\u00edo en la infi\u00adnita misericordia de Dios. Todos nos recomendamos a las fervorosas oraciones de todos ustedes\u00bb.<\/p>\n<p>V\u00e9anse algunos otros pormenores en la siguiente carta que el siervo de Dios dirigi\u00f3, en 5 de Enero de 1817, al Vi\u00adcario general de la Congregaci\u00f3n de la Misi\u00f3n, residente en Roma:<\/p>\n<p>Con mucho contento m\u00edo tomo la pluma para dar a vuestra Reverencia algunos pormenores acerca de esta misi\u00f3n y de los miembros de nuestra Congregaci\u00f3n que se hallan en estos pa\u00edses, y lo hago con tanto mayor gusto cuanto que es\u00adtoy en la mejor disposici\u00f3n de informar a Ud. m\u00e1s circuns\u00adtanciadamente acerca de nuestros futuros destinos, puesto que estamos en v\u00edsperas de llegar a \u00e9l. De aqu\u00ed a San Luis habr\u00e1 como unas cien leguas de distancia: el viaje puede hacerse f\u00e1cilmente en una semana a caballo y sin que sea preciso embarcarse sobre el Mississip\u00ed.<\/p>\n<p>Es preciso estar ciego para no ver ostensiblemente la mano de Dios en esta empresa; ella aleja y deshace los obs\u00adt\u00e1culos, dispone los corazones a favor nuestro, abre el cami\u00adno delante de nosotros, nos preserva de todo peligro, y por v\u00edas y medios imprevistos provee con abundancia a nuestras necesidades en un pa\u00eds en el que, como en Inglaterra, todo va car\u00edsimo. En todas partes, gracias a Dios, somos tan bien acogidos como pudi\u00e9ramos esperarlo de nuestros queridos hermanos de Europa o de nuestros m\u00e1s cercanos parientes. Los gastos de habitaci\u00f3n, cama, manutenci\u00f3n y transporte para 12 personas, todas ellas j\u00f3venes y con buen apetito, son naturalmente muy considerables, y, sin embargo, os asegu\u00adro que de ello no me ocupo m\u00e1s que si estuviera en Monte Citorio. Nuestro Se\u00f1or provee a todo, si bien todos estamos muy dispuestos a sufrir los efectos de la pobreza, tesoro el m\u00e1s precioso de los hombres apost\u00f3licos.<\/p>\n<p>Nuestro Seminario tiene algunos puntos de semejanza con las casas de los trapenses o cartujos; nos hallamos en medio de un bosque, en una pobre choza. El Superior de \u00e9l es el se\u00f1or Obispo, si bien casi siempre est\u00e1 ausente visitan\u00addo los diferentes distritos donde hay cat\u00f3licos.<\/p>\n<p>No lejos del Seminario hay una casa de Hermanas de la Caridad establecida por el celoso pastor de la di\u00f3cesis; observan la regla de San Vicente; pero a fin de acomodarse a los usos del pa\u00eds, han cambiado algo en la forma del h\u00e1bi\u00adto y algunas pr\u00e1cticas, y adem\u00e1s hacen votos perpetuos.<\/p>\n<p>Fuera de casa llevamos un sobretodo, corbata y som\u00adbrero redondo; pero en el Seminario vestimos la sotana, lo cual, sabido en la poblaci\u00f3n, ha excitado la curiosidad de muchos, que vienen a ver, seg\u00fan ellos dicen, un sacerdote romano vestido con traje de mujer.<\/p>\n<p>Aqu\u00ed no bebemos m\u00e1s que agua, excepto por la ma\u00f1ana que tomamos un poquito de caf\u00e9, y por la tarde te con un trozo de pan. Algo se resiente mi est\u00f3mago con este r\u00e9gi\u00admen alimenticio; pero no puedo menos de exclamar: Feliz necesidad que nos obliga a aspirar a cosas mejores.<\/p>\n<p>Entre todos los de esta casa, s\u00f3lo cuatro pertenecemos a la Congregaci\u00f3n. El hermano Blanka se porta bien, aun\u00adque tiene que trabajar mucho, pues tiene que cuidar de to\u00addos con la sola ayuda de dos postulantes y ocuparse de nues\u00adtro mobiliario, que no es peque\u00f1o trabajo. El Sr. Acquaro\u00adni cumple bien con su oficio de procurador, supliendo en esto la destreza que nos falta al Sr. Rosati y a m\u00ed. El Sr. Ro\u00adsati hace r\u00e1pidos progresos en el ingl\u00e9s; su celo, su salud y sus excelentes cualidades dan motivo para creer que produ\u00adcir\u00e1 mucho bien en estos pa\u00edses. En cuanto a m\u00ed, miserable como soy e indign\u00edsimo de ocupar el puesto de Vicario general, espero satisfacer algunas de mis muchas deudas que tengo con su divina Majestad trabajando y sufriendo sin ce\u00adsar hasta la muerte.<\/p>\n<p>Hemos celebrado las fiestas de Navidad con gran pom\u00adpa: ha habido Misa pontifical, solemnidad casi nunca vista aqu\u00ed, y a la que por lo mismo ha asistido mucha gente. El \u00fanico sulpiciano que lleva sobre s\u00ed todo el peso del Semina\u00adrio, que se compone de 20 alumnos, ha predicado, demos\u00adtrando muy bien la veracidad de la Iglesia romana, toman\u00addo ocasi\u00f3n y motivo de nuestra llegada a este pa\u00eds.<\/p>\n<p>Conozco claramente que nuestro Se\u00f1or se digna hasta ahora tratarme con misericordia, enviando unas tras otras cruces y humillaciones muy propias para abatir mi amor propio. Os ruego me ayud\u00e9is con vuestras oraciones y con las de los otros, a fin de que le d\u00e9 las debidas gracias por ello, pues os confieso ingenuamente que no conozco mayor ni m\u00e1s excelente gracia que recibir tales joyas, prendas se\u00adguras del para\u00edso.<\/p>\n<p>Tal como se presentan las cosas, tenemos como cosa cierta y segura el establecimiento de nuestro Seminario, y con mucha probabilidad puede asegurarse para m\u00e1s adelante el establecimiento de nuestra Congregaci\u00f3n en diferentes provincias, y prueba de ello es el ejemplo de los jesuitas y dominicos. He tenido una entrevista personal con el Padre Tenwick, Superior de los dominicos, y correspondencia con el buen P. Grassi, italiano, Vicario general de los jesuitas, que es poco m\u00e1s o menos de mi edad y sujeto dotado de excelentes cualidades. Siento no conocerlo personalmente a pesar de haberlo procurado de mi parte, porque le soy acreedor a socorros importantes y a muy generosas ofertas.<\/p>\n<p>Experimento en m\u00ed grande inclinaci\u00f3n a consagrarme muy en particular a la conversi\u00f3n de las tribus indias habi\u00adtantes al otro lado del Mississip\u00ed. Aqu\u00ed no hay datos ni ras\u00adtros de su existencia; pero el Mississip\u00ed, que constituye como la frontera de los Estados Unidos a la entrada de un inmenso desierto que se extiende hasta el Oc\u00e9ano Pac\u00edfico, atraviesa a San Luis, que es como un punto central en medio de naciones salvajes donde todav\u00eda no ha penetrado la luz del Evangelio, aun cuando, por otra parte, se hallen muy bien dispuestos para recibirla. Cuando el Seminario quede del todo arreglado pienso dejarlo al cuidado del Sr. Rosati, march\u00e1ndome yo <em>in nomine Domini, <\/em>y costeando el Mississi\u00adp\u00ed y el Missouri, a predicar el Evangelio a esas pobres gen\u00adtes. Antes de partir de San Luis har\u00e9 que me traduzcan un Catecismo en la lengua de esos pueblos, lo cual creo me ser\u00e1 f\u00e1cil con la ayuda de los indios que vienen de cuando en cuando a San Luis, sirvi\u00e9ndome tambi\u00e9n de algunos habi\u00adtantes de aqu\u00ed que conocen bien aquello. Estoy bien infor\u00admado por personas experimentadas de las dificultades que se me presentar\u00e1n y de los medios para vencerlas; pero con la ayuda de Dios la empresa se me hace tan f\u00e1cil como si la viera llevada a feliz cabo. Mucho tendr\u00e9 que sufrir, mas eso no me arredra; hasta aqu\u00ed me he ocupado mucho en m\u00ed mismo; en adelante no quiero ocuparme m\u00e1s que en Dios y en los intereses de su gloria.<\/p>\n<p>Los indios, es verdad, son salvajes, feroces, fieros y muy inconstantes; llevan, por lo general, una vida muy dura; pasan algunas veces muchos d\u00edas sin probar alimento; pero si llegan a coger alg\u00fan b\u00fafalo o ciervo, se lo comen todo, y muchas veces crudo. Casi siempre van desnudos, y castigan sus cuerpos para agradar al Gran Esp\u00edritu. Los an\u00adcianos, las mujeres y los ni\u00f1os viven en sus chozas; los de\u00adm\u00e1s andan siempre a caza de fieras, cuyas pieles preparan con mucha habilidad, vendi\u00e9ndolas luego a los americanos a cambio de comestibles y licores fuertes, a los que son tan aficionados que esta inclinaci\u00f3n constituye uno de los ma\u00adyores obst\u00e1culos con que ha de luchar el misionero en la obra de su conversi\u00f3n. El venerable Sr. Obispo, en cuya casa habitamos, y todos los de por aqu\u00ed, miran nuestra venida como el precursor de una era de misericordia para estos pue\u00adblos, y hasta yo mismo participo de la misma opini\u00f3n. Sin embargo, las obras de Dios, \u2014 como dice San Vicente, \u2014 tienen su principio, sus progresos y su fin, y nosotros debe\u00admos seguir a la divina Providencia paso a paso, sin preten\u00adder turbar, prevenir ni retrasar su marcha. Os suplico ten\u00adg\u00e1is la bondad de encomendarnos a Dios para que con toda fidelidad sigamos tan importante m\u00e1xima.<\/p>\n<p>A pesar de las alteraciones y accidentes diversos a que hemos estado y estamos a\u00fan sujetos todos los d\u00edas, no he te\u00adnido el menor momento de disgusto o tristeza por haber de\u00adjado mi patria; antes bien mi coraz\u00f3n rebosa de gozo que aumenta cada d\u00eda, y no deseo otro que morir a fuerza de trabajos. Para nosotros ha desaparecido el mundo; todos nos consideramos como v\u00edctimas sacrificadas por la gloria y por la salvaci\u00f3n de las almas, y jam\u00e1s ha existido en nues\u00adtra mente la idea de volver a Europa.<\/p>\n<p style=\"text-align: right\"><em>Tomado de Anales Espa\u00f1oles, Tomos I-II y III. A\u00f1os 1893, 1894 y 1895.<\/em><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>CAPITULO IV Viaje de Roma a Burdeos. \u2014 Lo que trabaj\u00f3 en esta ciudad. \u2014 Viaje de Burdeos a Baltimore. 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