{"id":16848,"date":"2021-07-13T08:15:14","date_gmt":"2021-07-13T06:15:14","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/blog\/2010\/04\/12\/enriqueta-gesseaume-una-hija-de-la-caridad-de-luz-y-sombra\/"},"modified":"2021-03-21T11:19:13","modified_gmt":"2021-03-21T10:19:13","slug":"enriqueta-gesseaume-una-hija-de-la-caridad-de-luz-y-sombra","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/vincentians.com\/es\/enriqueta-gesseaume-una-hija-de-la-caridad-de-luz-y-sombra\/","title":{"rendered":"Enriqueta Gesseaume, una Hija de la Caridad de luz y sombra"},"content":{"rendered":"<p>En la primera quincena de noviembre de 1634, el sacerdote Vicente de Pa\u00fal estaba dando una misi\u00f3n en un pueblecito a unos 40 kil\u00f3metros al norte de Paris, cerca de la ciudad de Chantilly. El pueblo se llama Villers\u00adsous-Saint-Leu. El sacerdote se alojaba en casa de Juan Andr\u00e9s Lumague, se\u00f1or del pueblo. Lo que quiere decir que la mayor\u00eda de las tierras eran suyas y las alquilaba a los campesinos. Ten\u00eda una hija dedicada entera\u00admente a los pobres. Pertenec\u00eda a la Damas de la Caridad del Gran Hospi\u00adtal: Mar\u00eda de Pollalion, el apellido de su difunto marido. En esta fecha ten\u00eda 35 a\u00f1os y San Vicente la hab\u00eda escogido, junto con la se\u00f1ora Goussault, para que ayudara a Santa Luisa en la direcci\u00f3n de las Hijas de la Caridad. Es decir, ven\u00edan a ser las dos Consejeras de la Compa\u00f1\u00eda.<\/p>\n<p>La misi\u00f3n hab\u00eda terminado muy al gusto del padre Vicente, lo cual significaba que todo el pueblo hab\u00eda hecho confesi\u00f3n general. Vicente de Pa\u00fal recog\u00eda ya sus cosas, cuando se present\u00f3 en el sal\u00f3n la se\u00f1orita Pollalion acompa\u00f1ada de dos j\u00f3venes campesinas de unos 25 a\u00f1os. Se sentaron y la se\u00f1orita le dijo que aquellas dos j\u00f3venes quer\u00edan pertenecer al grupo de Mar\u00eda Joly que \u00e9l y la se\u00f1orita Le Gras acababan de fundar. Hablaron un rato y al fundador le parecieron buenas j\u00f3venes. Pero les indic\u00f3 que deb\u00eda consultarlo con Luisa de Marillac.<\/p>\n<p>Al otro d\u00eda de llegar se lo comunic\u00f3 a Luisa de Marillac y, sabiendo que las tra\u00eda la se\u00f1orita Pollalion, las aceptaron sin m\u00e1s. Una se llamaba Enriqueta Gesseaume, y fue la que mejor impresi\u00f3n caus\u00f3 a los dos san\u00adtos. Era de esas campesinas que no dan importancia a las cosas, vivara\u00adcha y m\u00e1s lista que el hambre. Por ello la pusieron a asistir a los enfer\u00admos en el Gran Hospital junto a las se\u00f1oras de la nobleza y a las \u00f3rdenes de Santa Luisa. Las Hijas de la Caridad no eran las encargadas de aten\u00adder a los enfermos, lo eran las Agustinas Hospitalarias. Las j\u00f3venes de la Cofrad\u00eda de las Hijas de la Caridad las ayudaban voluntariamente.<\/p>\n<p>Todas las tardes se presentaban en el hospital al lado de las Damas de la Caridad; algunas veces solas. Por estos a\u00f1os el Gran Hospital de Paris hab\u00eda crecido. Era una peque\u00f1a ciudad dividida en salas ventiladas por ventanas en lo alto de las paredes. Cada sala ten\u00eda dos filas de camas aisladas unas de otras por cortinones. Debajo de cada cama hab\u00eda una vacinilla para las necesidades que se vaciaban en barre\u00f1os colocados en medio de los pasillos. En algunas salas hab\u00eda un rinc\u00f3n con paja donde sol\u00edan poner a los incontinentes. No era raro que el hedor fuera insopor\u00adtable y que al entrar por las ma\u00f1anas alguna religiosa se desvaneciera. El Gran hospital ten\u00eda unas trescientas camas y en cada cama hab\u00eda dos o tres enfermos. Una de las salas se destinaba exclusivamente para los en\u00adfermos contagiosos.<\/p>\n<p>Mientras las Damas hablaban y catequizaban a los enfermos, sirvi\u00e9n\u00addoles la merienda-cena que pagaban ellas, las Hijas de la Caridad las acompa\u00f1aban, daban de comer a los enfermos que no pod\u00edan hacerlo por ellos mismos, fregaban los cacharros, limpiaban las vacinillas y ayuda\u00adban a las Agustinas cuando las ve\u00edan apuradas de trabajo.<\/p>\n<p>\u00c9ste fue el trabajo de Enriqueta durante cuatro a\u00f1os. A ella y a sus compa\u00f1eras las dirig\u00eda personalmente Luisa de Marillac. Enriqueta tom\u00f3 cari\u00f1o a la se\u00f1orita Le Gras. La consideraba una santa, de tal manera que se dol\u00eda siempre que no la ten\u00eda presente para que la guiara.<\/p>\n<p>Cuando Luisa sal\u00eda de Paris, Vicente de Pa\u00fal pon\u00eda m\u00e1s cuidado en atender a las Hijas de la Caridad, comunic\u00e1ndole a Santa Luisa la situa\u00adci\u00f3n de sus hijas. En mayo de 1636 Luisa fue a visitar las Caridades de los pueblos durante unas semanas. San Vicente not\u00f3 que Enriqueta esta\u00adba continuamente l\u00e1nguida, pero la avispada Mar\u00eda Joly, que hab\u00eda que\u00addado al frente en ausencia de la se\u00f1orita Le Gras, consol\u00f3 al superior dici\u00e9ndole que unicamente se deb\u00eda a que Sor Entiqueta sent\u00eda m\u00e1s que las otras <em>\u00abla ausencia de Luisa de Marillac\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>Sor Enriqueta Gesseaume se hab\u00eda convertido en una Hija de la Cari\u00addad de las m\u00e1s valiosas. Las Damas, los enfermos y las Agustinas esta\u00adban encantados con ella por su entrega, su trabajo y su inteligencia poco com\u00fan. Solo percib\u00edan un peque\u00f1o defecto: que, a veces, obraba precipi\u00adtadamente sin pensar en las consecuencias; asimismo no daba importan\u00adcia a lo que pudieran decirle, aunque fueran avisos o correcciones. A veces, a solas sol\u00eda exclamar: \u00a1Bah, qu\u00e9 bobada!. A pesar de esto, ten\u00eda un fondo natural bueno y todos la quer\u00edan y la estimaban. El mismo San Vicente la conoc\u00eda bien y la apreciaba.<\/p>\n<p>Las Hijas de la Caridad que trabajaban en el Gran Hospital viv\u00edan en el piso de la se\u00f1orita Le Gras. Cuando en 1636 Santa Luisa llev\u00f3 la Casa<\/p>\n<p>Madre al pueblecito de la Chapelle, en las afueras del norte de Paris, las Damas alquilaron, cerca del Gran Hospital, una vivienda para las cuatro Hijas de la Caridad que serv\u00edan en \u00e9l.<\/p>\n<p>Hacia octubre de 1637 Sor Enriqueta pidi\u00f3 permiso para ir a su pue\u00adblo. Santa Luisa lo consult\u00f3 con San Vicente, que estuvo no s\u00f3lo de acuerdo, sino muy encantado de concederle este permiso, con tal de que Luisa de Marillac encontrase a otra Hermana que pudiera sustituirla en el Gran Hospital y lo hiciera tan bien como ella. Y San Vicente, que la conoc\u00eda muy bien, a\u00f1adi\u00f3: <em>\u00abpase lo que pase\u00bb. <\/em>Aqu\u00ed se confundi\u00f3 el Santo. Nunca Sor Enriqueta dud\u00f3 de su vocaci\u00f3n, a pesar de las circuns\u00adtancias tan duras que pas\u00f3 despu\u00e9s. El amor que sent\u00eda a su vocaci\u00f3n y a la Compa\u00f1\u00eda iba parejo a su entrega a los pobres.<\/p>\n<p>No sabemos si fue o no, pero por estas fechas entraron en la Congre\u00adgaci\u00f3n de la Misi\u00f3n (padres pa\u00fales) un hermano y un sobrino de Enriqueta, y dos sobrinas, Hijas de la Caridad: Sor Petra Chefdeville y Sor Francis\u00adca Gesseaume.<\/p>\n<p>En setiembre de 1638 Santa Luisa se la propone a San Vicente para sustituir a Sor B\u00e1rbara Angiboust en Saint-Germain-en-Laye. El destino era delicado porque ten\u00eda que reemplazar a una Hermana juiciosa y sere\u00adna nada menos que en la Caridad de la Corte, porque hab\u00eda ocurrido un hecho desagradable con otra Hija de la Caridad que despu\u00e9s de ganarse a la gente pudiente no quer\u00eda salir destinada, y porque deb\u00eda llevar tam\u00adbi\u00e9n una escuelita. Vicente de Pa\u00fal dudaba de que estuviera preparada para llevar la escuela, pero accedi\u00f3 a hacer un ensayo. El ensayo result\u00f3. Sor Enriqueta era responsable y muy inteligente.<\/p>\n<p>No se sabe si con permiso o sin \u00e9l, pero en diciembre del a\u00f1o siguien\u00adte aparece en su pueblo. San Vicente pregunta por ella a su hermano Claudio, Hermano Pa\u00fal en la Congregaci\u00f3n, y \u00e9ste le dice que ya va a venir y que vendr\u00e1 a hablar con Luisa de Marillac antes de volver a Saint-Germain. Por lo menos estuvo en casa m\u00e1s d\u00edas de los debidos. San Vicente no lo llev\u00f3 por la tremenda ni consider\u00f3 la falta superficial. Y mand\u00f3 a Santa Luisa que la quitara de Saint-Germain.<\/p>\n<p>Sor Enriqueta no sufri\u00f3 porque no la permitieran volver a su destino. Siempre ser\u00e1 una Hermana que no se apega a ning\u00fan lugar. Admite que es irreflexiva y que suele obrar con precipitaci\u00f3n, reconoce sin impor\u00adtancia su falta y sume contenta el nuevo destino. En \u00e9l se manifiesta continuamente alegre y responsable, haciendo su trabajo a las mil maravillas. En todos los lugares se ganar\u00e1 a la gente y a los pobres, y todo le parecer\u00e1 que no tiene importancia.<\/p>\n<p>En agosto de 1641 Sor Enriqueta estaba haciendo los Ejercicios espi\u00adrituales en la Chapelle, la Casa Central de las Hijas de la Caridad, cuan\u00addo la Se\u00f1orita (as\u00ed llamaban a Santa Luisa) recibi\u00f3 una carta emocionan\u00adte de Sor Mar\u00eda Joly, cont\u00e1ndole el trabajo que hac\u00edan en Sed\u00e1n. Luisa de Marillac se la ley\u00f3 a las Hermanas que hac\u00edan Ejercicios, y escribi\u00f3 a Vicente de Pa\u00fal que todas las Hermanas escucharon la carta como los soldados esperan el toque de corneta para el ataque, en especial Sor Enriqueta. Emocionada pidi\u00f3 que la destinaran aquel mismo d\u00eda a Sed\u00e1n para atender a los pobres destrozados por la guerra. Y Santa Luisa pens\u00f3 enviarla para sustituir a Sor Claudia, la apocada compa\u00f1era de Mar\u00eda, pero no lo har\u00e1 porque la necesitaba para otro lugar.<\/p>\n<p>Durante todo el a\u00f1o 1642 Sor Enriqueta, siempre alegre, es el como\u00add\u00edn de Luisa de Marillac. Nunca se queja porque quiere a la fundadora y conoce los problemas que la angustian: Si hay que hacer volver a Sor Catalina, se env\u00eda <em>\u00abcuanto antes a Sor Enriqueta\u00bb; <\/em>si de Sed\u00e1n conviene traer a Sor Gilita se piensa de nuevo en Sor Enriqueta para sucederla; si en Fontenay hay problemas, all\u00e1 va ella; y se la env\u00eda a la Caridad de San Sulpicio a corregir los des\u00f3rdenes.<\/p>\n<p>El 25 de marzo de 1642 San Vicente de Pa\u00fal la escoge, junto con Sor B\u00e1rbara Angiboust, Sor Isabel Turgis y otra Hermana para que, con San\u00adta Luisa de Marillac, hagan los votos por primera vez en la historia de la Compa\u00f1\u00eda de las Hijas de la Caridad. Era una se\u00f1al de estima y de con\u00adfianza por parte del padre Vicente, pero tambi\u00e9n una se\u00f1al de que estaba firme en su vocaci\u00f3n y de que llevaba una vida espiritual segura y com\u00adprometida. Sor Enriqueta se sinti\u00f3 alagada. Reconoci\u00f3 que su vida era una mezcla de luz y de sombra, y el padre Vicente valoraba m\u00e1s las luces que las sombras.<\/p>\n<p>Sin embargo su car\u00e1cter espont\u00e1neo, precipitado y acaso un poco des\u00adcarado le ocasionaron varios problemas: enfrentarse a un p\u00e1rroco, y en otra ocasi\u00f3n nada menos que el Procurador General del Parlamento de Paris la prohibi\u00f3 salir, no se sabe de d\u00f3nde. Sin embargo el prestigio de Sor Enriqueta es tan estimado, tanto entre las Damas de la Caridad como por Santa Luisa, que nadie quiere desprenderse de ella. En 1645 sirve en la Caridad de la Parroquia de San Germ\u00e1n, la parroquia de la Corte. Pero Santa Luisa tiene necesidad de Sor Enriqueta para fundar una Caridad en la parroquia de San Gervasio. Imposible sacarla. Se llega a un acuerdo con las Presidentas de las Caridades: la Presidenta de San Germ\u00e1n se la presta a la de San Gervasio, pero <em>\u00abs\u00f3lo por quince d\u00edas\u00bb. <\/em>Sor Enriqueta no se enorgullece: \u00a1Bah, qu\u00e9 m\u00e1s da servir en esta parroquia o en la otra, lo que importa son los pobres!<\/p>\n<p>En la primavera de 1646 vive en la Casa Madre, junto a Santa Luisa. Su talento, su amor a los pobres y su desprendimiento animan y encau\u00adzan a las reci\u00e9n llegadas. A finales de julio de 1646 Luisa con varias Hermanas tom\u00f3 la diligencia, luego el barco por el r\u00edo Loira, para ir a presentar a las Hijas de la Caridad en el Gran Hospital de Nantes. La importancia del hospital y de la ciudad merec\u00eda la pena que fuera ella misma a hacer la fundaci\u00f3n. Estar\u00eda ausente de Paris varios meses. Antes de salir para Nantes reparti\u00f3 los asuntos y las tareas entre las Hermanas de la Casa Madre. A Sor Enriqueta le encarg\u00f3 que cada siete o diez d\u00edas visitara a las Hermanas y la Caridad de San Sulpicio. Sor Enriqueta com\u00adprendi\u00f3 que la Se\u00f1orita se fiaba de ella y la quer\u00eda. Sor Enriqueta lo hizo bien y se sent\u00eda feliz, en especial cuando le\u00edan las cartas que les enviaba Luisa de Marillac y escuchaba que enviaba recuerdos expresamente para ella.<\/p>\n<p>A la vuelta de Nantes, Luisa de Marillac tra\u00eda una preocupaci\u00f3n. La ciudad de Nantes era populosa, repleta de estibadores, marineros y mari\u00adnos de galeotes y barcos de guerra, comerciantes, obreros y mujeres de toda clase de vida. Nantes era el puerto principal del comercio franc\u00e9s con las Am\u00e9ricas. Igualmente el Gran Hospital de San Renato encerraba todo un mundo de enfermedades. Las medicinas eran caras y raras. El hospital necesitaba una Hija de la Caridad, no solo instruida en farmacia, sino una excelente farmac\u00e9utica que dominara las hierbas y las medici\u00adnas.<\/p>\n<p>Al llegar a Paris habl\u00f3 con Vicente de Pa\u00fal y los dos convinieron en enviar all\u00e1 a Sor Enriqueta Gesseaume. Era la Hija de la Caridad mejor preparada. Hab\u00eda un inconveniente: que era necesaria en Paris para ense\u00ad\u00f1ar a otras Hermanas. Las Caridades de Paris la necesitaban. Sin embar\u00adgo, no pod\u00edan fracasar en el Gran Hospital de Nantes, por eso la enviaron en octubre. Pero claramente precisaron a los administradores que les pres\u00adtaban a Sor Enriqueta s\u00f3lo por seis meses, hasta que ense\u00f1ara farmacia a Sor Claudia. Como siempre Sor Enriqueta obedeci\u00f3 y sali\u00f3 contenta. \u00a1Bah, qu\u00e9 m\u00e1s daba trabajar en Paris o en Nantes, si serv\u00eda a los pobres!<\/p>\n<p>A primeros de noviembre entr\u00f3 en el hospital, se present\u00f3 a los admi\u00adnistradores y comenz\u00f3 el trabajo de farmac\u00e9utica y de profesora de Sor Claudia. A los pocos d\u00edas los administradores y los enfermos descubrie\u00adron la joya que les hab\u00eda llegado. Simp\u00e1tica, sociable, responsable y con una inteligencia r\u00e1pida y segura para componer medicinas. Diez d\u00edas tan solo llevaba en el nuevo destino cuando uno de los administradores es\u00adcribi\u00f3 a la se\u00f1orita Le Gras: <em>\u00abEn lo que respecta a la farmac\u00e9utica, Sor Enriqueta, no espere quit\u00e1rnosla dentro de seis meses, pues seguramente <\/em><em>la necesitaremos por lo menos durante un a\u00f1o\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>As\u00ed pasaron unos meses en paz y en calma. Sin embargo en el mes de marzo de 1647 le llegaron a Santa Luisa, como un torrente de primavera, cartas del director espiritual de la comunidad, del capell\u00e1n, de la supe\u00adriora, de las Hermanas. Nantes era un infierno donde estaban enfrentados y divididos el capell\u00e1n, la superiora y las Hermanas. Se acusaba al cape\u00adll\u00e1n de dividir la comunidad y considerarla como algo propio. Dos Her\u00admanas unidas a \u00e9l le hac\u00edan regalos y acusaban a la superiora, Sor Isabel Martin, de autoritaria y nada comprensiva.<\/p>\n<p>Sin ser causante del malestar, Sor Enriqueta no puede permanecer al margen. Su car\u00e1cter precipitado e irreflexivo la empuja a hablar y a to\u00admar partido, y lo toma en favor del capell\u00e1n sin detenerse a examinar la situaci\u00f3n, \u00fanicamente porque las Hermanas no quieren confesarse con \u00e9l. Y eso a ella le molesta. Su naturaleza la lleva a enfrentarse a la auto\u00adridad. Ella es as\u00ed. Los dos bandos la toman como raz\u00f3n de sus derechos.<\/p>\n<p>Tanto Santa Luisa como San Vicente no pueden tolerar una comuni\u00addad dividida, pero ambos tienen un coraz\u00f3n tierno y paciente, y los dos son prudentes. Cada uno les escribe una carta bien pensada y escrita detenidamente. Env\u00edan asimismo a una Consejera, Sor Juana Lepeintre, a pasar Visita Regular y al padre pa\u00fal Lamberto a pasar Visita Can\u00f3nica. El P. Lamberto intuye inmediatamente el alma de Sor Enriqueta: es un alma sin maldad, inocente, que no ha tenido culpa en la inaguantable situaci\u00f3n, pero que se ha unido estrechamente al capell\u00e1n. Por ello la proh\u00edbe todo trato con el capell\u00e1n. Sor Enriqueta hab\u00eda recibido golpes duros debido a su espontaneidad, pero nunca pens\u00f3 que pudiera ser causa de la visi\u00f3n de la comunidad que tanto amaba. Qued\u00f3 preocupada.<\/p>\n<p>En julio de 1648 volvi\u00f3 a pasar Visita el P. Lamberto. Comprob\u00f3 que Sor Enriqueta hab\u00eda cumplido la orden que le hab\u00eda dejado por escrito y que trabajaba muy bien, sin aspavientos, como una hormiga silenciosa.<\/p>\n<p>Estaba todav\u00eda herida por la situaci\u00f3n de la comunidad y le ped\u00eda que la devolviera a Paris, pero que ella estaba dispuesta a obedecer siempre lo que la Se\u00f1orita la mandara. Cuando el P. Lamberto se lo comunica a Santa Luisa, esta la destina a Richelieu, pero los administradores de Nantes, que la admiran, se oponen a su destino y Santa Luisa la deja en Nantes.<\/p>\n<p>Ciertamente Sor Enriqueta estaba desanimada. La poca importancia que daba a sus respuestas, aunque fuera en asuntos importantes, se lo juzgaban como respuestas de una mujer contestataria; sus salidas espon\u00adt\u00e1neas, en las que ella no ve\u00eda la transcendencia, la catalogaban como una Hermana descarada. Pierde el fervor y abandona la vida de piedad. A pesar de todo sigue trabajando por los enfermos, el sost\u00e9n de toda su vida.<\/p>\n<p>En abril de 1649, Vicente de Pa\u00fal, desterrado de Paris por la Fronda, visita la comunidad de Nantes. Si el P. Lamberto se fij\u00f3 en lo positivo, en la luz de Sor Enriqueta, San Vicente tropieza de frente con lo negativo, con la sombra, y le escribe a Luisa de Marillac: <em>\u00abEnriqueta es una Her\u00ad<\/em><em>mana llena de ardor y de caridad, pero poco respetuosa, poco sumisa a la Sirviente, o nada, y molesta al m\u00e9dico y a multitud de personas, y poco observante. Yo pienso que es la causante de la mayor\u00eda de los des\u00ad\u00f3rdenes de las Hermanas&#8230; Es absolutamente necesario destinarla\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>Todos estos golpes van haciendo mella en su coraz\u00f3n. A pesar de su irreflexi\u00f3n natural, se va haciendo m\u00e1s sensata. El amor y el servicio a los pobres la sostienen en una \u00e9poca de crucifixi\u00f3n. Nunca dud\u00f3 de su vocaci\u00f3n y se entrega al trabajo con frenes\u00ed y contenta a todos. Cuando el obispo de Nantes, que no quiere \u00abreligiosas\u00bb que no dependan de \u00e9l, piensa sustituir a las Hijas de la Caridad por religiosas verdaderas de Vannes, llama a Sor Enriqueta para tranquilizarla y proponerle que se quede, aunque se vayan las Hijas de la Caridad. Pero Sor Enriqueta le responde que ella ir\u00e1 donde vayan sus Hermanas, que ella es Hija de la Caridad hasta la muerte.<\/p>\n<p>Al a\u00f1o siguiente, 1650, la nueva superiora, Sor Juana Lepeintre, pide urgentemente a Santa Luisa que se la quite. Sor Enriqueta sufre. Le pare\u00adce que no tiene a nadie a su lado. Y casi sin darse cuenta se desahoga con el nuevo director espiritual, un \u00e1ngel de Dios, dir\u00e1 Santa Luisa. El direc\u00adtor la comprende y la entiende. Dulcemente la va guiando a donde Dios la llama. Tambi\u00e9n la superiora se da cuenta del valor de aquella Hermana y le escribe a la Se\u00f1orita que lo que Sor Enriqueta necesita es paz y calma.<\/p>\n<p>Hasta Paris llega el cambio que est\u00e1 dando Sor Enriqueta. San Vicen\u00adte le escribe el 20 de agosto de 1651 nombr\u00e1ndola Hermana Sirviente (superiora) de Hennebont, en Breta\u00f1a. La respuesta que recibe el santo le enternece: ella siempre ha estado y lo est\u00e1 ahora a disposici\u00f3n de lo que digan los superiores. Y pregunta cu\u00e1ndo debe salir. Conmovido el supe\u00adrior le responde dej\u00e1ndola escoger: quedarse en Nantes, ir a Hennebont o venir a Paris. Pero ella no quiere escoger su destino: que sea Dios a trav\u00e9s de los superiores. Lo que hace exclamar a Luisa de Marillac: <em>\u00abSiem\u00ad<\/em><em>pre se ha visto en ella firmeza para el bien en medio de sus debilidades\u00bb. <\/em>Cuando escribe a la superiora pone una nota cari\u00f1osa: <em>\u00abD\u00edgale a Sor <\/em><em>Enriqueta, aunque en broma, que ya s\u00f3lo queda el viaje a Madagascar para poder asustarla\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>Sor Enriqueta Gesseaume vuelve a nacer. Siempre tuvo cari\u00f1o a San\u00adta Luisa y piensa que ahora la santa fundadora vuelve a ser su amiga; aunque Luisa nunca dej\u00f3 de estimarla y de quererla. El director espiri\u00adtual est\u00e1 atento a este diamante tallado, aunque cubierto de polvo. Toda\u00adv\u00eda tiene un defecto: es expansiva y habla mucho con los de fuera de las cosas internas de la comunidad y esto molesta a las Hermanas. San Vi\u00adcente se lo corrige con dulzura en noviembre de 1653, cuando hay un nuevo cambio de Hermana Sirviente. Pero la Hermana farmac\u00e9utica si\u00adgue siendo el orgullo del Gran Hospital de Nantes.<\/p>\n<p>Todo el a\u00f1o 1654 Sor Enriqueta fue feliz sirviendo a los enfermos pobres del hospital. Sin embargo el hospital sufri\u00f3 cuando se enter\u00f3 que los superiores hab\u00edan escrito a la Junta, comunic\u00e1ndoles que tra\u00edan a Paris a Sor Enriqueta. El grito un\u00e1nime fue no. Sor Enriqueta no saldr\u00eda, la necesitaban. Durante meses se cruzaban las cartas entre Paris y Nantes. Nadie ced\u00eda, ni los superiores ni los administradores. Los argumentos de la Junta eran fuertes, uno en especial: si Sor Enriqueta no estuviera des\u00adtinada aqu\u00ed y se la pidieran, conociendo la categor\u00eda del hospital en Fran\u00adcia, es seguro que se la enviar\u00edan. \u00bfPor qu\u00e9, entonces, se la quitan ahora que est\u00e1 all\u00ed? Se discuti\u00f3 en el Consejo de las Hijas de la Caridad y se decidi\u00f3 mantener el destino.<\/p>\n<p>Al no poder convencer a los superiores, pensaron doblegar a la Her\u00admana. Unas veces en particular otras llam\u00e1ndola a la Junta, la ofrecieron los mejores puestos y recompensas si se quedaba en el hospital, aunque fuera de seglar. La respuesta de la \u00abcontestataria\u00bb era siempre la misma: soy feliz siendo Hija de la Caridad y yo obedecer\u00e9 siempre a los superio\u00adres.<\/p>\n<p>Pasaron ocho meses y en noviembre los superiores comunicaron el destino a Sor Enriqueta. La Junta culp\u00f3 de todo a la superiora Sor Mar\u00eda Marta Trumeau y a su amiga Sor Renata e hizo el \u00faltimo intento de retenerla: si sal\u00eda Sor Enriqueta saldr\u00edan tambi\u00e9n la superiora y su com\u00adpa\u00f1era. Salieron las tres. En noviembre de 1655 llegaron a Paris. Nadie recordaba un recibimiento tan emocionante y tan sencillo. Hasta les pre\u00adpararon el agua para lavarse los pies.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de nueve a\u00f1os volv\u00edan a verse la se\u00f1orita Le Gras y Enriqueta Gesseaume. El abrazo fue largo y fuerte. Las dos hab\u00edan envejecido. Mientras cenaban las tres Hermanas, hablaron de Nantes, pero Luisa de Marillac y Sor Enriqueta hablaron tambi\u00e9n de los primeros tiempos de la Compa\u00f1\u00eda, cuando Luisa era una mujer llena de vitalidad de 42 a\u00f1os y ella, Enriqueta, una joven de 25. Hab\u00edan pasado nada menos que veintid\u00f3s a\u00f1os. Al lado de Santa Luisa estaba escuchando una mujer de 32 a\u00f1os, Sor Juliana Loret. Desde hac\u00eda un mes era la Asistenta de Santa Luisa, la primera en el gobierno de la Compa\u00f1\u00eda, despu\u00e9s de la Se\u00f1orita y la que hac\u00eda sus veces cuando se ausentaba. Les serv\u00eda una joven de 24 a\u00f1os, Sor Maturina Gu\u00e9rin, primera secretaria de Luisa de Marillac y de la Compa\u00f1\u00eda. Tambi\u00e9n estaba Sor B\u00e1rbara Bailly, 27 a\u00f1os, segunda secre\u00adtaria y enfermera de la Casa.<\/p>\n<p>Aquel grupito de los inicios se hab\u00eda convertido en una Compa\u00f1\u00eda de m\u00e1s de 150 Hijas de la Caridad y el peso del gobierno lo llevaban la se\u00f1orita Le Gras y una nueva generaci\u00f3n de j\u00f3venes. Del primer grupo solo quedaban la Se\u00f1orita, Sor Mar\u00eda Joly, ella y Sor B\u00e1rbara Angiboust. Las dem\u00e1s se fueron o hab\u00edan muerto.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de unos d\u00edas de descanso y de hacer los Ejercicios espiritua\u00adles, la destinaron a la parroquia de San Severino. La joven descaradilla, que no daba ni ve\u00eda la transcendencia de sus respuestas, es ahora una mujer m\u00e1s sensata y m\u00e1s serena, ciertamente siempre llevar\u00e1 consigo la precipitaci\u00f3n y la irreflexi\u00f3n, propios de su naturaleza bondadosa y sin maldad. Santa Luisa se f\u00eda de ella y en la ciudad su casa es el centro donde se recibe el correo que llega a Luisa de Marillac. A finales de junio de 1658 Luisa de Marillac la env\u00eda a pasar Visita Regular a la comunidad de Chantilly.<\/p>\n<p>Sor Enriqueta era la Hermana apropiada para pasar Visita a aquella comunidad; seguramente Santa Luisa lo sab\u00eda. Cuando Sor Enriqueta lleg\u00f3 a Chantilly, no le gust\u00f3 la forma de vida de las Hermanas: no eran muy observantes y descuidaban la vida espiritual. Nantes la hab\u00eda prepa\u00adrado para esta misi\u00f3n. La contestataria hab\u00eda descubierto que solo a poy\u00e1ndose en Dios, una Hija de la Caridad puede superar las dificultades de convivir en comunidad y servir a los pobres.<\/p>\n<p>Mientras Sor Enriqueta estaba pasando Visita a Chantilly, lleg\u00f3 la noticia de la victoria francesa en la batalla de las Dunas sobre los espa\u00ad\u00f1oles y la toma de Dunquerque. La victoria fue cruenta y los heridos franceses se contaban por miles. Todos los heridos eran llevados a Calais. La reina Ana de Austria, como lo hab\u00eda hecho en Sainte-M\u00e9n\u00e9hould, pidi\u00f3 Hijas de la Caridad para que atendieran tambi\u00e9n en Calais a sus soldados heridos.<\/p>\n<p>Cuando Sor Enriqueta volvi\u00f3 a Paris hab\u00edan salido ya para el hospital de Ca\u00edais cuatro Hijas de la Caridad. Con los calores de verano se decla\u00adr\u00f3 en el hospital una epidemia que caus\u00f3 casi tantos muertos como la batalla. El trabajo de las Hermanas fue heroico. No daban abasto a curar a los enfermos de unas heridas desconocidas hasta entonces: heridas de armas de fuego emponzo\u00f1adas por la p\u00f3lvora. Agotadas y contagiadas dos Hijas de la Caridad murieron y las otras dos cayeron gravemente enfermas. Pero el hospital las necesitaba y la reina pidi\u00f3 otras cuatro.<\/p>\n<p>San Vicente y Santa Luisa temblaron. Les costaba encontrar Hijas de la Caridad para este servicio. Dos a\u00f1os antes, cuando necesitaban dos Hijas de la Caridad para el hospital militar de La F\u00e9re, las dos Hermanas nombradas se le negaron a ir, aunque despu\u00e9s se arrepintieron, pero a Vicente de Pa\u00fal no le pareci\u00f3 bien obligarlas y envi\u00f3 a otras dos. Para evitar otra negativa San Vicente pidi\u00f3 voluntarias, pero parece que nadie se le ofreci\u00f3. No es extra\u00f1o que no encontrara Hermanas. Ellas mismas, antes de entrar en la Compa\u00f1\u00eda, hab\u00edan comprobado que la mayor\u00eda de la tropa estaba compuesta de maleantes, bandidos y gente de mala vida. El n\u00famero mayor lo formaban mercenarios sin patria ni Dios que se alista\u00adban con la idea del pillaje que era su \u00fanico modo de vida; robaban, tortu\u00adraban, asesinaban y violaban. Por donde pasaban todo quedaba en incen\u00addio y ruina. Algunos pueblos o familiares de las Hermanas pod\u00edan haber sufrido los desastres de su paso.<\/p>\n<p>El 2 de agosto de 1658 Sor Enriqueta se enter\u00f3 de la dificultad que ten\u00eda su superior para encontrar Hermanas que se ofrecieran para ir a Calais, y sin m\u00e1s, se present\u00f3 en el hospital a donde hab\u00eda ido el padre Vicente. Delante de \u00e9l le dijo con aplomo: Yo me ofrezco para ir a Calais. San Vicente la mir\u00f3 y le pregunt\u00f3: <em>\u00ab\u00bfCu\u00e1ntos <\/em><em>a\u00f1os tienes?\u00bb. \u00abUnos cin\u00ad<\/em><em>cuenta\u00bb, <\/em>le respondi\u00f3. El superior pens\u00f3 que era ya una anciana (cierta\u00admente para aquel siglo lo era), sin embargo le dijo que volviera al d\u00eda siguiente, pensando que acaso otras m\u00e1s j\u00f3venes se ofrecer\u00edan. Pero nin\u00adguna m\u00e1s se ofreci\u00f3, excepto dos seminaristas (novicias) y una tercera que acaso tambi\u00e9n era seminarista.<\/p>\n<p>Al d\u00eda siguiente, s\u00e1bado 3 de agosto, bien de ma\u00f1ana, Sor Enriqueta llamaba a la puerta de San L\u00e1zaro, residencia del padre Vicente, y pre\u00adguntaba por \u00e9l. San Vicente la recibi\u00f3 emocionado, le confirm\u00f3 que la aceptaba y le dijo que iba de Hermana Sirviente del grupo y que saldr\u00edan al d\u00eda siguiente, domingo. Sor Enriqueta volvi\u00f3 a su casa contenta y el padre Vicente qued\u00f3 recordando a aquella Hermana que hab\u00eda juzgado un poco duramente cuando estaba en Nantes.<\/p>\n<p>El domingo por la ma\u00f1ana Vicente de Pa\u00fal habl\u00f3 a los misioneros pa\u00fales durante la oraci\u00f3n. Emocionado dej\u00f3 hablar a su coraz\u00f3n: <em>\u00ab\u00a1Ofrecerse para ir a exponer su vida como v\u00edctima, por amor a Jesucristo y <\/em><em>por el bien del pr\u00f3jimo! \u00bfVerdad que es admirable? Yo no sabr\u00eda qu\u00e9 decir a todo esto, sino que esas pobres Hermanas ser\u00e1n nuestros jueces en el d\u00eda del juicio; s\u00ed, hermanos m\u00edos, esas Hermanas ser\u00e1n nuestros jueces en el d\u00eda del juicio de Dios&#8230; \u00a1Miserable de m\u00ed que no siento o siento muy poca disposici\u00f3n y atractivo por ese grado eminente de per\u00adfecci\u00f3n!\u00bb<\/em><\/p>\n<p>A media ma\u00f1ana Vicente de Pa\u00fal reuni\u00f3 a las cuatro Hermanas y delante de Santa Luisa les habl\u00f3 con el coraz\u00f3n abierto: se admiraba y se disculpaba por enviar a unas seminaristas a una misi\u00f3n tan dif\u00edcil. Inten\u00adt\u00f3 convencerlas de la eficacia y de la naturalidad de tan singular \u00abnovi\u00adciado\u00bb. Comprendi\u00f3 que era una audacia volver a enviar otras cuatro Hijas de la Caridad, como si las abandonara en medio de la muerte, y comprendi\u00f3 igualmente el esc\u00e1ndalo que ocasionaba en las Hermanas:<\/p>\n<p><em>\u00abMe parece o\u00edr a las Hermanas que se quedan aqu\u00ed dici\u00e9ndome: Pero, padre, \u00bfa d\u00f3nde van nuestras Hermanas? No hace mucho tiempo que vimos partir a otras cuatro; he aqu\u00ed que dos han muerto y las otras dos est\u00e1n enfermas y quiz\u00e1 hayan muerto tambi\u00e9n; \u00a1y ahora usted manda otras cuatro en lugar de ellas, a las que quiz\u00e1s no volvamos a ver! \u00bfVa<\/em><em>mos a perder a nuestras Hermanas? \u00bfQu\u00e9 es lo que va a pasar con la <\/em><em>Compa\u00f1\u00eda?\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>Esa misma ma\u00f1ana sali\u00f3 Sor Enriqueta al frente de aquellas j\u00f3venes animadas para llegar cuanto antes a socorrer a sus Hermanas. La diligen\u00adcia tragaba leguas. A los cuatro d\u00edas de viaje (8 de agosto) est\u00e1n tan s\u00f3lo a unos 90 kil\u00f3metros de Calais y tienen que cambiar de diligencia, repos\u00adtar y comer. En la posta se encuentran con una se\u00f1ora que se presenta como la due\u00f1a de las diligencias de Calais y que lleva una carta para la se\u00f1orita Le Gras a Paris. La carta est\u00e1 cerrada con un sello de lacre. Era de las dos Hijas de la Caridad enfermas; la escrib\u00eda Sor Mar\u00eda Poulet y dec\u00eda:<\/p>\n<p><em>\u00abSe\u00f1orita, querid\u00edsima madre: Yo la saludo en el amor de nuestro <\/em><em>Se\u00f1or Jesucristo y al padre Vicente y al padre Portail y a nuestras queri\u00ad<\/em><em>das Hermanas a las que ruego que pidan a Dios por nosotras en nuestras <\/em><em>enfermedades. Dudamos mucho que usted sepa la muerte de dos de nues\u00adtras Hermanas, que son Sor Francisca y Sor Margarita. Y en cuanto a nosotras, Sor Claudia hace ya tres semanas que est\u00e1 en cama, y yo, ocho <\/em><em>d\u00edas.<\/em><\/p>\n<p><em>Me asombro mucho de que no nos haya escrito desde nuestra salida de Paris \u2014s\u00ed <\/em>les hab\u00eda escrito, pero la carta no hab\u00eda llegado\u2014. <em>Creo que Dios me aflige por todos los lados; primero priv\u00e1ndonos de sus noticias y segundo, con la muerte de mis Hermanas&#8230;<\/em><\/p>\n<p><em>Le ruego que se acuerde de m\u00ed en sus oraciones. Le pido tambi\u00e9n que <\/em><em>haga saber mi enfermedad a la se\u00f1orita Bricart, que es mi hermana de <\/em><em>leche, y que ella se lo haga saber a su madre. Querid\u00edsima madre, le <\/em><em>env\u00edo una carta de Sor Margarita que escribi\u00f3 un d\u00eda antes de morir y que prohibi\u00f3 que la viera nadie m\u00e1s que el padre Vicente o el padre <\/em><em>Portail.<\/em><\/p>\n<p><em>Les pido perd\u00f3n al padre Vicente, al padre Portail, a usted, querid\u00edsima <\/em><em>madre, y a todas las Hermanas. Sor Francisca nos encarg\u00f3 mucho que <\/em><em>sobre todo le comuniquemos su muerte a su hermano, que vive en <\/em><em>Richelieu, para que pida a Dios por ella\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>\u00c9sto es lo que tambi\u00e9n les cont\u00f3 la due\u00f1a de las diligencias. Al escu\u00adcharlo las cuatro Hermanas se estremecieron. R\u00e1pidamente, sin tiempo para comer, Sor Enriqueta tom\u00f3 un papel cualquiera y all\u00ed mismo escri\u00adbi\u00f3 cuatro letras a Santa Luisa cont\u00e1ndole lo que les hab\u00eda narrado la due\u00f1a de las diligencias; poco m\u00e1s o menos, lo que dec\u00eda la carta. En la suya Sor Enriqueta le dec\u00eda a Santa Luisa una frase que la retrata: <em>\u00abAl <\/em><em>diablo, si creen que \u00e9sto nos va a desanimar, al contrario, nos duele <\/em><em>tardar en llegar para socorrer a las que quedan\u00bb. <\/em>Las dos cartas salieron para Paris al tiempo que la diligencia volaba a Calais.<\/p>\n<p>En Calais las dos enfermas parecieron revivir con la llegada de las cuatro compa\u00f1eras. En el hospital militar todav\u00eda quedaban m\u00e1s de 500 heridos y las j\u00f3venes seminaristas y la \u00abanciana\u00bb se dieron de lleno al trabajo. En un mes el hospital casi se hab\u00eda vaciado de heridos y las Hermanas pensaban en volver, pero los administradores del hospital las reten\u00edan. Tanto trabajo no pudieron soportar las Hermanas y todas caye\u00adron enfermas, excepto Sor Enriqueta. Sin darle importancia organiza a las enfermas en los hospitales, prepara la vuelta en camillas o literas, y las va enviando a Paris una a una. Ella se queda con la m\u00e1s grave y hasta que no la ve curada no la abandona. Ella es la \u00faltima en volver. De todo ello le escribe puntualmente a la se\u00f1orita Le Gras.<\/p>\n<p>La impresi\u00f3n que dejaron en Calais fue de asombro por el sacrificio de aquella aventura. En recuerdo de las dos Hermanas muertas la reina mand\u00f3 grabar una l\u00e1pida.<\/p>\n<p>A finales de octubre entraba en la Casa Madre Sor Enriqueta con las \u00faltimas enfermas. La alegr\u00eda, los abrazos y las l\u00e1grimas se mezclaron con el dolor de las dos Hermanas que hab\u00edan quedado enterradas en Calais. Sor Enriqueta recibi\u00f3 las felicitaciones de San Vicente y de Santa Luisa, pero seguramente ella pensar\u00eda como la cosa m\u00e1s natural: <em>\u00ab\u00a1Bah, qu\u00e9 <\/em><em>m\u00e1s da hacer \u00e9sto o lo otro si lo importante es servir a los pobres, los miembros dolientes de Jesucristo!\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>A primeros de noviembre de 1658 est\u00e1 sirviendo a los galeotes de la Tournelle, donde Sor B\u00e1rbara Angiboust dej\u00f3 un vaho de santidad. Tam\u00adbi\u00e9n ella lo dej\u00f3.<\/p>\n<p>De aqu\u00ed en adelante perdemos el rastro de Sor Enriqueta y no sabe\u00admos d\u00f3nde estuvo destinada despu\u00e9s ni cu\u00e1ndo muri\u00f3.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>En la primera quincena de noviembre de 1634, el sacerdote Vicente de Pa\u00fal estaba dando una misi\u00f3n en un pueblecito a unos 40 kil\u00f3metros al norte de Paris, cerca de la ciudad de Chantilly. 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