{"id":16834,"date":"2013-11-30T04:28:40","date_gmt":"2013-11-30T03:28:40","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/blog\/?p=16834"},"modified":"2016-07-27T12:10:17","modified_gmt":"2016-07-27T10:10:17","slug":"jean-martin-1620-1694-capitulo-vi-y-ultimo","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/vincentians.com\/es\/jean-martin-1620-1694-capitulo-vi-y-ultimo\/","title":{"rendered":"Jean Mart\u00edn (1620-1694) (Cap\u00edtulo VI y \u00faltimo)"},"content":{"rendered":"<h2>XX. Su pobreza y su alejamiento de los bienes de este mundo.<\/h2>\n<p><em> <\/em>Dios hab\u00eda dotado a su servidor de un alma muy generosa, que despreciaba todos los bienes de la tierra de tal suerte que no dio un solo paso para procurar ventajas temporales a las casas de las que ten\u00eda la direcci\u00f3n sino que tambi\u00e9n, lleno de confianza en la divina Providencia, no se apenaba siquiera por lo necesario. Por eso ha tenido que verse a veces en privaciones, con el fin de experimentar los efectos de la pobreza que hab\u00eda prometido a Dios en voto. Se le presentaron muchas ocasiones como en las fundaciones de casas, en que \u00e9l pudo satisfacer su deseo de sufrir algo por el amor a su Dios y entonces no quer\u00eda aprovecharse de la facilidad que se le pod\u00eda ofrecer de estar provisto abundantemente. Se vio en particular en la casa de Tur\u00edn; el Sr. marqu\u00e9s de Pianezza, con su generosidad y su magnificencia acostumbrada, quer\u00eda asignarle un fondo m\u00e1s considerable que el fijado; ofrec\u00eda muchos muebles para la casa y la sacrist\u00eda, en proporci\u00f3n con su grandeza; adem\u00e1s quer\u00eda dar tela para las sotanas y los manteos de los misioneros; pero se sorprendi\u00f3 grandemente y edific\u00f3 a la vez por la modestia del Sr. Mart\u00edn quien le pidi\u00f3 que disminuyera el fondo de la renta para el mantenimiento de los misioneros, diciendo que en calidad de pobres deb\u00edan contentarse con poco, y en cuanto a los muebles y las ropas, no quiso m\u00e1s que lo m\u00e1s sencillo, incluso menos de lo necesario. Cuando se trat\u00f3 de comprar un terreno para la construcci\u00f3n de la casa y para tener un jard\u00edn, Mons. el Arzobispo de Tur\u00edn quiso tener su parte en esta adquisici\u00f3n. El Sr. Mart\u00edn, no contento con admitirle como parte en la compra le cedi\u00f3 tambi\u00e9n la parte del terreno m\u00e1s c\u00f3moda y la m\u00e1s \u00fatil que estaba la m\u00e1s cerca de las casas de la ciudad y cuando, en la edificaci\u00f3n de su palacio, Monse\u00f1or apoy\u00f3 su construcci\u00f3n sobre el muro medianero, lo que constitu\u00eda una servidumbre para el jard\u00edn de los misioneros, no solamente se quej\u00f3 el Sr. Mart\u00edn de ello, sino que se mostr\u00f3 tambi\u00e9n muy satisfecho de poder ofrecer as\u00ed algo agradable a un prelado de tan gran m\u00e9rito y tan amigo de los misioneros.<\/p>\n<p>No era s\u00f3lo cuando ten\u00eda que tratar con grandes personajes cuando el Sr. Mart\u00edn se mostraba enemigo de toda discusi\u00f3n sobre el asunto de los derechos de su casa; estaba tan distante de los procesos y de las disputas que, incluso con cualquiera que fuese, prefer\u00eda ceder y dejar sufrir a su casa antes que pleitear y demostrar apego a los bienes temporales. El Sr. Prior Rovengo de los condes de Lucerna obtuvo de la Santa Sede la alienaci\u00f3n del curato de Saint-Roch de Tur\u00edn, del que era rector, y se lleg\u00f3 al acuerdo de que los parroquianos se repartieran por varias parroquias vecinas, y las rentas del p\u00e1rroco, despu\u00e9s de la muerte del Prior, se quedar\u00edan en la casa de la Misi\u00f3n. La cofrad\u00eda de los Disciplinantes , que celebraba sus oficios en esta iglesia de Saint-Roch, de acuerdo con los parroquianos obtuvo despu\u00e9s un breve por el cual, sin perjuicio del primer favor hecho a los misioneros, se le permit\u00eda erigir de nuevo la parroquia haciendo ella misma el sueldo del p\u00e1rroco. Se pidi\u00f3 entonces al Sr. Mart\u00edn que vendiera la iglesia, mas, para agradar al arzobispo, la regal\u00f3 m\u00e1s que venderla, pues se la cedi\u00f3 a un precio tan bajo que era menor que la renta que logr\u00f3 esta cofrad\u00eda por una tienda que construy\u00f3 al lado de la iglesia, cuya situaci\u00f3n era muy estimada por hallarse en un barrio muy comercial. El Sr. Mart\u00edn considerando el malestar que hab\u00edan experimentado la Cofrad\u00eda y los parroquianos por la alienaci\u00f3n de su iglesia a favor de los misioneros no tuvo ninguna consideraci\u00f3n con los intereses de su casa, y no pens\u00f3 m\u00e1s que en compensar el da\u00f1o que hab\u00edan sufrido, aun sin que hubiera culpa por su parte.<\/p>\n<p>El Sr. Mart\u00edn mostr\u00f3 otra vez su esp\u00edritu de desapego en que queriendo el padre de un misionero indemnizar a la casa por los gastos de dispensa y del breve de <em>Extra<\/em> <em>tempora <\/em> para la ordenaci\u00f3n de su hijo, puso muchas dificultades para aceptar este dinero y no lo consinti\u00f3 al final sino como limosna, por lo cual este Monse\u00f1or se sinti\u00f3 muy edificado, pero donde mostr\u00f3 m\u00e1s su desprendimiento de los bienes de la tierra fue en lo que le pas\u00f3 con el Sr. Joseph Palamella. Este buen Se\u00f1or quien, seg\u00fan se expresa en su testamento, hab\u00eda pensado durante treinta y siete a\u00f1os en hacer bien a los misioneros, pareci\u00f3 hacia el final de su vida demostrarles de nuevo querer, de manera que un d\u00eda habiendo ido a verle el Sr. Mart\u00edn, oy\u00f3 que dec\u00eda al que le anunciaba; <em>\u00ab\u00bfY qu\u00e9 quieren de m\u00ed estos Padres?\u00bb<\/em> y le despidi\u00f3 de malas maneras. M\u00e1s a\u00fan, algunos a\u00f1os antes hab\u00eda dado objeto s de plata a la Misi\u00f3n, y se hab\u00edan hecho candeleros para la iglesia con ellos. Los Padres [363] de la otra comunidad le respondieron que este dinero estando ya incorporado a su sacrist\u00eda, no estaban ya libres para devolverlo. Pero el Sr. Mart\u00edn, sin m\u00e1s reflexi\u00f3n que si se tratara de bagatelas, no escuch\u00f3 m\u00e1s que el primer movimiento de su generosidad habitual y mand\u00f3 devolver el dinero. Ahora bien, se ha observado luego que fue ese mismo d\u00eda cuando el Sr. Palamella firm\u00f3 su testamento a favor de la misi\u00f3n y le dej\u00f3 una herencia de veinte mil escudos que alivi\u00f3 mucho a la casa de Roma, pues se encontraba gravada por muchas deudas a causa de los grandes dispendios que realizaba para mantener a numerosos misioneros y a tantos externos que vienen a hacer el retiro: de esta forma fue como quiso el Se\u00f1or recompensar el esp\u00edritu de desinter\u00e9s de su siervo devolvi\u00e9ndole el ciento por uno.<\/p>\n<p>En cuanto a lo que se refer\u00eda a \u00e9l personalmente, era tan pobre que no s\u00f3lo no tuvo nunca nada en propiedad, sino que incluso siendo superior no quer\u00eda ni guardar ni manejar dinero y dejaba este cuidado al procurador y al despensero. Antes de que fuera superior, durante doce a\u00f1os, no tuvo nunca ni tijeras, ni corta papeles, ni navaja, priv\u00e1ndose de estas peque\u00f1as comodidades, permitidas no obstante en la Congregaci\u00f3n. En todas las dem\u00e1s cosas o muebles de su habitaci\u00f3n y de su persona se ve\u00eda brillar la virtud de la santa humildad y la pobreza pues, aparte de lo que pertenec\u00eda al cargo de superior, no quer\u00eda en su habitaci\u00f3n m\u00e1s que el mobiliario ordinario de los misioneros, es decir una silla de madera o de paja, un lecho sin cielo ni cortinas una mesita de madera blanca y una estampa. Si en su habitaci\u00f3n y en sus ropas no quer\u00eda nada superfluo ni m\u00e1s que los dem\u00e1s, no por eso olvidaba la limpieza, y en su ancianidad como en su enfermedad siempre se presentaba amable por su limpieza, acord\u00e1ndose de estas palabras de san Bernardo: \u00ab<em>Paupertas semper mihi placuit, sordes vero nunquam.<\/em> La pobreza siempre me agrad\u00f3, pero la suciedad nunca\u00bb. Su alejamiento de la corte y de los palacios de los grandes fue igualmente el resultado de de su humildad y de su desprendimiento de los bienes de la tierra y de las esperanzas del mundo. Hemos visto anteriormente la estima que le ten\u00edan los pr\u00edncipes de la casa de Saboya, y el gran cr\u00e9dito del que gozaba ante los principales personajes de la nobleza de G\u00e9nova y del Piamonte. En Roma, donde fue tanto tiempo superior y donde hab\u00eda prestado tantos servicios a prelados, a pr\u00edncipes y a cardenales por las misiones, retiros y otras funciones, no se puede decir la estima en que le ten\u00edan por su prudencia y su piedad, y cuando alguna necesidad le llamaba a estar presente en alg\u00fan palacio, era admirado y recibido como a un \u00e1ngel del Para\u00edso; pero \u00e9l m\u00e1s contento con su pobreza que los mundanos lo est\u00e1n con sus riquezas, \u00e9l sent\u00eda horror de parecer en las cortes, y cuando era forzoso ir por asuntos urgentes, se retiraba a un rinc\u00f3n con un aire muy modesto y esperaba su turno para la audiencia, sin buscar ning\u00fan privilegio; por el contrario, estaba contento porque los dem\u00e1s fuesen preferidos, y ten\u00eda a gala que le reprocharan las rareza de sus visitas que hacerlas superfluas. Y esto, no s\u00f3lo porque ten\u00eda horror a las grandezas, sino tambi\u00e9n porque era por decirlo as\u00ed avaro de su tiempo y no quer\u00eda perderlo en visitas que no hubieran sido necesarias. Dios, que no se deja nunca vencer en generosidad con sus servidores, y que no abandona a los que se conf\u00edan en \u00e9l, mostr\u00f3 mas de una vez el cuidado que ten\u00eda del Sr Mart\u00edn y de su familia al proveerla por medios extraordinarios. La primera vez que estaba en Roma como superior envi\u00f3 al procurador a misiones; \u00e9ste por olvido se llev\u00f3 la llave de la caja fuerte que encerraba el dinero, y se ve\u00edan en apuros para hacer las provisiones necesarias. Al d\u00eda siguiente por la ma\u00f1ana lleg\u00f3 a la casa un criado del cardenal Stefano Durazzo, de feliz memoria, trayendo cincuenta escudos y diciendo que su Eminencia hab\u00eda tenido esa noche misma un pensamiento que le dec\u00eda que los misioneros estaban sin provisiones.<\/p>\n<h2>XXI. Su obediencia.<\/h2>\n<p><em> <\/em>San Vicente quer\u00eda que sus hijos estuviesen adornados con todas las virtudes; pero exig\u00eda sobre todo que se distinguieran en la obediencia, y tal se mostr\u00f3 el Sr. Mart\u00edn. Se ve en tantos empleos que ha ejercido por obediencia, en pa\u00edses diferentes unos de los otros, por el clima, el car\u00e1cter y el lenguaje; en todas partes estaba presto a obedecer a la menor se\u00f1al de sus superiores y a dejar sin ninguna dificultad a sus amigos, a sus padres y sus comodidades. Deja Par\u00eds, su patria, no siendo todav\u00eda m\u00e1s que un cl\u00e9rigo, en, un momento en que la Congregaci\u00f3n acababa de comenzar, y en el que no exist\u00eda a\u00fan la obligaci\u00f3n de los votos, y \u00e9l se dirige a Italia. Aprende el espa\u00f1ol para ir a Espa\u00f1a sin prestar atenci\u00f3n a las dificultades que encontrar\u00eda en ese pa\u00eds por ser de una naci\u00f3n que le es por naturaleza adversa. Ya avanzado en edad, deja Roma, para ir a fundar la casa de Perugia; el aire fr\u00edo de esa regi\u00f3n no le impide ir all\u00ed, y no le lleva a pedir su cambio, aunque sufre mucho, y sigue fiel a la m\u00e1xima de nuestro fundador, de no pedir ni rehusar nada. Si varias veces ha dado pasos para ser descargado del oficio de superior, s\u00f3lo ha sido llevado por el deseo de obedecer, y en el empleo mismo de superior, \u00e9l se somet\u00eda en todos a los superiores mayores, y mostraba el mayor respeto a sus disposiciones. Se advert\u00eda esto a menudo con ocasi\u00f3n del cambio de los s\u00fabditos; ya que por \u00fatil y querido que le fuera alguno, no pon\u00eda dificultades al privarse de su ayuda una vez que el visitador lo dispon\u00eda as\u00ed, as\u00ed como recib\u00eda con indiferencia a todos los que le enviaban, sin mostrar nunca m\u00e1s inclinaci\u00f3n por uno o por el otro. Se hubiera dicho que se encontraba en su elemento cuando se ve\u00eda bajo la direcci\u00f3n de otro; y aunque sus superiores fueran m\u00e1s j\u00f3venes que \u00e9l, no pon\u00eda dificultades en obedecerles; y como san Francisco, estaba preparado a someterse aunque fuera a un seminarista de un d\u00eda, si se lo hubieren asignado como superior. Y en efecto, cuando sal\u00eda a tomar el aire, se somet\u00eda a su acompa\u00f1ante, aunque fuera un cl\u00e9rigo y se dejaba llevar all\u00ed donde quer\u00eda \u00e9ste; y cuando iba a decir la misa, esperaba siempre la se\u00f1al del sacrist\u00e1n quien, de ordinario, era un cl\u00e9rigo seminarista.<\/p>\n<p>Su gran devoci\u00f3n a la Sant\u00edsima Virgen le lleva una ocasi\u00f3n que \u00e9l se hallaba bastante cerca de la marca de Ancona a ir a venerar a la santa casa de Loreto, ofreci\u00e9ndose a hacer el viaje a pie. El visitador le respondi\u00f3 que no cre\u00eda conveniente porque muchos m\u00e1s, a si ejemplo, har\u00edan la misma petici\u00f3n. El Sr. Mart\u00edn se conform\u00f3 con esta respuesta sin decir palabra, aunque habr\u00edas podido f\u00e1cilmente obtener este permiso por el mismo deseo expresado al Superior general quien le estimaba mucho.<\/p>\n<p>\u00c9l dio una prueba de su gran obediencia, en su \u00faltima enfermedad. El m\u00e9dico hab\u00eda ordenado que se le administrara el santo vi\u00e1tico a las tres de la tarde, creyendo que estaba en peligro pr\u00f3ximo de muerte. Cuan lleg\u00f3 esta noticia por medio de un sacerdote de la casa al Sr. Mart\u00edn, \u00e9ste a quien probablemente dios hab\u00eda dado a conocer la fecha de su muerte, o que no se sent\u00edas a\u00fan tan pr\u00f3xima a morir, respondi\u00f3 que no cre\u00eda que hubiera necesidad de comulgar a aquella hora. El sacerdote respondi\u00f3 que el m\u00e9dico lo hab\u00eda decidido as\u00ed, y que no deb\u00eda oponer resistencia; ante estas palabras, se someti\u00f3 al punto, y pidi\u00f3 tan s\u00f3lo un poco de tiempo para prepararse, sometiendo as\u00ed su voluntad y su juicio en cosa tan importante, con el fin de imitar a nuestro Se\u00f1or hasta la muerte.<\/p>\n<h2>XXII. Su observancia de las Reglas.<\/h2>\n<p><em> <\/em>El Sr. Mart\u00edn estaba tan presto en someter su voluntad incluso en las cosas que no eran de obligaci\u00f3n, y en relaci\u00f3n con aquellos que no eran sus superiores era mucho m\u00e1s exacto en someterse a las reglas que \u00e9l consideraba como el medio fijado por Dios para poder llegar a una gran perfecci\u00f3n; por ello ten\u00eda en cuenta las menores reglas, como de no romper el silencio, barrer la habitaci\u00f3n y otras parecidas.<\/p>\n<p>Iba a veces a desayunar durante el verano, y se ve\u00eda que se comportaba como un seminarista, tomando en pie un poco de pan y algo de agua enrojecida, sin permitirse nunca nada m\u00e1s que no permite la regla.<\/p>\n<p>Cuando regresaba tras una salida, no dejaba nunca de ir a ver al superior y darle raz\u00f3n de su viaje, tanto por obediencia como para observar la regla, y ello incluso en su vejez, y bien a pesar de lo que le costaba subir la escalera por los dolores de sus rodillas.<\/p>\n<p>As\u00ed como \u00e9l se somet\u00eda a la regla tambi\u00e9n exig\u00eda regularidad en los dem\u00e1s, y aunque estaba dispuesto a agradar a todos, \u00e9l sab\u00eda no obstante, cuando era preciso, tener la firmeza de negar los permisos que preve\u00eda que introducir\u00edan alg\u00fan relajo en la observancia de la regla. Un misionero que ha sido su asistente durante muchos a\u00f1os en Roma ha declarado que hab\u00eda ido muchas veces a verle para pedirle permiso de dar alg\u00fan alivio a los enfermos de quienes se cuidaba, pero que \u00e9l no quiso d\u00e1rselo porque la cosa no era necesaria, solo de pura comodidad, y que pod\u00eda abrir la puerta a la falta de regularidad. El mismo misionero a\u00f1ad\u00eda incluso que \u00e9l no hab\u00eda recibido nunca de nadie tantas negativas como del Sr. Mart\u00edn. Es verdad que sab\u00eda endulzarlas con su afabilidad.<\/p>\n<p>Un se\u00f1or de alta condici\u00f3n quer\u00eda colocar a uno de sus hijos abate en la casa de la misi\u00f3n, no tanto para estudiar en la pensi\u00f3n ya que era bastante joven y no pod\u00eda estudiar a\u00fan la teolog\u00eda, que es la \u00fanica facultad que se ense\u00f1a all\u00ed, como para castigarlo y mandarle hacer penitencia por alguno falta que hab\u00eda cometido. El Sr. Mart\u00edn que preve\u00eda que este joven pod\u00eda traer alg\u00fan desorden a la pensi\u00f3n, no tuvo miramientos ni por el desagrado que pod\u00eda significar para el padre, y m\u00e1s a\u00fan a la madre, que era la hija del fundador de esta casa, ni a las grandes obligaciones que ten\u00eda con esta familia; se mantuvo firme en no admitir a este joven, a pesar de todas las instancias que le pudieron hacer, prefiriendo conservar la regularidad en la casa a toda ventaja temporal, cualquiera que fuere.<\/p>\n<p>Es a su buen ejemplo y a su vigilancia a los que se ha de atribuir en gran parte este esp\u00edritu primitivo de esta regularidad que, por la gracia de Dios, se conservan en tantas casas que \u00e9l ha fundado y gobernado, sobre todo en la de Roma o durante todo el tiempo que la ha dirigido, ha implantado este esp\u00edritu de devoci\u00f3n y de regularidad perfecta en cuanto a las menores observancias que se conservan todav\u00eda.<\/p>\n<p>Esta exactitud en observar la regla produc\u00eda en el Sr. Mart\u00edn una gran prontitud en obedecer al son de la campana, de manera que, al o\u00edrlo, dejaba imperfecta hasta una carta para correr a donde la voz de Dios lo llamaba. Y en este punto fue verdaderamente admirable; pues, estando abrumado como lo estaba por tantas ocupaciones tan diversas, \u00e9l ere de todas las maneras exacto en todos los ejercicios. El asistente de quien ya hemos hablado ha observado que durante tantos a\u00f1os no le ocurri\u00f3 m\u00e1s que raramente hacer el oficio de superior, porque el Sr. Mart\u00edn se hallaba en todos los ejercicios y llegaba siempre uno de los primeros. Hab\u00eda contra\u00eddo una costumbre tal de dejarlo todo al sonar la campana para ir donde ella llamaba que, algunos d\u00edas antes de morir, al o\u00edrla llamar al examen, se levant\u00f3 r\u00e1pido de su cama y dijo al que le asist\u00eda: \u00ab<em>Vamos, de prisa, ya ha sonado el examen, hay que obedecer prontamente a la campana<\/em>\u00ab. Y lo dec\u00eda, no delirando, sino poseyendo total conocimiento, y fue preciso que el superior viniera a decirle que no pod\u00eda levantarse en aquel estado, y que se quedara tranquilo, en vistas de que una obediencia deb\u00eda ceder el lugar a otra. No solamente era exacto en observar las reglas, sino que se entregaba tambi\u00e9n a mantener todas las pr\u00e1cticas y costumbres santamente introducidas en la Congregaci\u00f3n, y en observar las prescripciones de los visitadores o de los superiores generales. Citaremos como ejemplo lo que pas\u00f3 con un caballero de la orden de la Santa Anunciata, uno de los principales favoritos de la Sra Royale de Saboya. Un d\u00eda, acosado por un sentimiento de penitencia, este caballero hab\u00eda venido a la casa de la Misi\u00f3n en Tur\u00edn, para confesarse con el Sr. Mart\u00edn; pero \u00e9ste le respondi\u00f3 que fuera de las misiones y de los retiros no estaba permitido no estaba permitido a los misioneros o\u00edr las confesiones de los de los seglares y bien que este se\u00f1or se mostrara ofendido por esta negativa, el Sr. Mart\u00edn se mantuvo firme y no tuvo en cuenta el da\u00f1o que pod\u00eda venirle por indisponer a un personaje tan grande, ni de la utilidad que pod\u00eda sacar de un servicio prestado en semejante ocasi\u00f3n, y prefiri\u00f3 conservar intacta la costumbre establecida en la Congregaci\u00f3n; cosa tanto m\u00e1s admirable en \u00e9l que, por naturaleza, era muy inclinado a no causar desagrado a nadie, y que por celo estaba siempre preparado a rendir servicio a las almas. Pero supo siempre moderar este celo seg\u00fan las reglas de la prudencia y las de su Instituto.<\/p>\n<h2>XXIII. Su mortificaci\u00f3n.<\/h2>\n<p><em> <\/em>Si el Sr. Mart\u00edn hab\u00eda hecho tantos progresos en todas las dem\u00e1s virtudes, y hab\u00eda .llegado a un tan alto grado de perfecci\u00f3n, \u00e9l hab\u00eda debido ejercitarse mucho en la pr\u00e1ctica de la mortificaci\u00f3n, virtud sin la cual no se puede practicar ninguna otra. El ejercicio de la mortificaci\u00f3n era tal en \u00e9l , lo hab\u00eda hecho tan familiar, que lo practicaba casi sin prestar atenci\u00f3n, y como por costumbre, de manera que no se ve\u00eda en \u00e9l ni afectaci\u00f3n ni esfuerzo, sino una moderaci\u00f3n tan reglada y tan suave que hac\u00eda su virtud imitable y amable.<\/p>\n<p>No le gustaban los rigores excesivos que en algunos santos son m\u00e1s admirables que imitables; sino que prefer\u00eda para exterior una vida com\u00fan como la que llev\u00f3 Nuestro Se\u00f1or. Por eso, aparte del ayuno el s\u00e1bado y de las vigilias de las fiestas de la sant\u00edsima Virgen, \u00e9l segu\u00eda en todo el uso ordinario de la Congregaci\u00f3n. Pero en la mesa era muy sobrio; en el comer y en el beber, no beb\u00eda m\u00e1s que dos veces, o a lo m\u00e1s tres veces, y eso s\u00f3lo agua enrojecida. Sab\u00eda tanto disimular su mortificaci\u00f3n, que apenas pod\u00edan verlo sus vecinos; y siendo superior, ten\u00eda la costumbre de doblar la servilleta el \u00faltimo con el fin de dejar a los dem\u00e1s el tiempo para comer a su aire; pasaba a menudo el tiempo masticando un poco de pan para hacer ver que com\u00eda. Y vigilaba atentamente que no faltara nada a los dem\u00e1s, y cuando ve\u00eda que alguno no com\u00eda de un plato que hubiera da\u00f1ado su salud, hac\u00eda que le llevaran otra cosa enseguida. Pero \u00e9l mismo se contentaba siempre con lo que se daba a la Comunidad, sabiendo que la mayor penitencia es la vida en com\u00fan; <em>Poenitentia maxima, vita communis. <\/em>Si el sirviente de mesa se olvidaba de llevarle algo, se quedaba tranquilo, sin hacer se\u00f1al alguna, aceptando con gran paciencia esta mortificaci\u00f3n que le ven\u00eda de Dios inmediatamente sin que \u00e9l la hubiera buscado.<\/p>\n<p>Una vez que hab\u00eda tenido que guardar cama por alguna indisposici\u00f3n, quien le trajo la cena se olvid\u00f3 de traerle vino. Cuando volvi\u00f3 para recoger la vajilla, se dio cuenta y mir\u00f3 al Sr. Mart\u00edn con un aire que indicaba su pena por este olvido. El Sr. Mart\u00edn le respondi\u00f3 con rostro sonriente: \u00ab<em>Dios ha querido hacerme beber agua esta ma\u00f1ana<\/em>\u00ab. Aborrec\u00eda de tal forma todas las particularidades, que un d\u00eda un hermano al traerle fuego a la habitaci\u00f3n, donde durante los dos \u00faltimos a\u00f1os de su vida sufr\u00eda mucho por el fr\u00edo, no quer\u00eda dej\u00e1rselo hacer, diciendo que era una delicadeza y que escandalizaba a los otros; no consinti\u00f3 en aceptarlo hasta que le dijeron que el superior lo hab\u00eda ordenado as\u00ed.<\/p>\n<p>Varias veces tambi\u00e9n tuvo que practicar la mortificaci\u00f3n en la sacrist\u00eda, cuando llegaba a decir la santa misa. Se pon\u00eda de rodillas para hacer la preparaci\u00f3n esperando que el sacrist\u00e1n viniera para avisarle; pues hab\u00eda otros sacerdotes, sobre todo externos, quer\u00eda que se los hiciera pasar antes que a \u00e9l. Uno de los que han hecho el oficio de sacrist\u00e1n ha confesado que, durante algunos meses que ejerci\u00f3 este oficio, se hab\u00eda olvidado varias veces de advertir al Sr. Mart\u00edn y le hab\u00eda dejado esperando largo tiempo; no obstante hab\u00eda seguido de rodillas sin decir nada. Tan s\u00f3lo cuando ten\u00eda alg\u00fan asunto que le urg\u00eda, iba a colocarse cerca de la credencia donde se hallaban los ornamentos, y permanec\u00eda de pie sin revestirse esperando que el sacrist\u00e1n se diera cuenta que no hab\u00eda dicho la misa a\u00fan y le dijera que fuera a decirla.<\/p>\n<p>Terminaremos esta historia con un trazo de la protecci\u00f3n especial que Dios conced\u00eda a su servidor y que hemos o\u00eddo de sus propios labios. Una noche que dorm\u00eda en su lecho, so\u00f1\u00f3 que un escorpi\u00f3n le mord\u00eda y le picaba. En el mismo momento se despierta, se levanta y ve en una almohada dos escorpiones que estaban uno a la derecha y el otro a la izquierda de su cabeza. Dios quiso as\u00ed, por este sue\u00f1o librar a su siervo del peligro de muerte y conservar largamente esta vida, que deb\u00eda emplear tan bien para su gloria y hacerla tan \u00fatil para la salvaci\u00f3n de las almas.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>XX. Su pobreza y su alejamiento de los bienes de este mundo. 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