{"id":16747,"date":"2013-11-29T01:03:17","date_gmt":"2013-11-29T00:03:17","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/blog\/?p=16747"},"modified":"2016-07-27T12:10:17","modified_gmt":"2016-07-27T10:10:17","slug":"jean-martin-1620-1694-capitulo-v","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/vincentians.com\/es\/jean-martin-1620-1694-capitulo-v\/","title":{"rendered":"Jean Martin (1620-1694) (Cap\u00edtulo V)"},"content":{"rendered":"<h2><a href=\"http:\/\/vicencianos.org\/blog\/2013\/11\/01\/jean-martin-1620-1694-capitulo-i\/biografias-paules-340\/\" rel=\"attachment wp-att-124756\"><img data-recalc-dims=\"1\" loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignleft size-full wp-image-124756\" alt=\"Biografias Pa\u00fales\" src=\"https:\/\/i0.wp.com\/vicencianos.org\/wp-content\/2010\/03\/Biografias-Pa%C3%BAles.jpg?resize=232%2C300\" width=\"232\" height=\"300\" \/><\/a>XVII. Su caridad para con sus cohermanos de la Congregaci\u00f3n<em>.<\/em><\/h2>\n<p><em> <\/em>Si la caridad que el Sr, Mart\u00edn tenia con los externos era tan grande, la que demostraba a los de la Congregaci\u00f3n demostraba bien que ten\u00eda para ellos entra\u00f1as de madre. Su modo de tratar con ellos, aunque fuera superior, era del todo fraternal; no era de los que quieren dominar <em>dominantes in cleris, <\/em>sino que los consideraba como a sus iguales, y los trataba como hermanos; de manera que, en una misi\u00f3n, los seglares dijeron que no se pod\u00eda distinguir qui\u00e9n era el superior, el Sr. Mart\u00edn respondi\u00f3 que todos eran hermanos, y que no hab\u00eda superior. Por esta afabilidad y por este respeto se ganaba de tal forma el coraz\u00f3n de sus s\u00fabditos, de tal manera que todos y cada uno se encari\u00f1aban con \u00e9l y no hab\u00eda nadie que no se creyera feliz de vivir bajo su direcci\u00f3n, y le propon\u00edan de ordinario como un modelo de dulzura digno de ser imitado por todos los superiores. Y sin embargo no dejaba pasar las ocasiones de corregir cuando era necesario, pero con maneras tan dulces, que se ganaba al mismo tiempo el coraz\u00f3n de aqu\u00e9l a quien reprend\u00eda, y le obligaba a aceptar la correcci\u00f3n y a aprovecharse de ello.<\/p>\n<p>Un d\u00eda encontr\u00f3 a dos de estos cohermanos que hablaban durante el tiempo del silencio, en un pasillo estrecho, por donde \u00e9l iba a pasar, les dijo con una dulce sonrisa: Se\u00f1ores, entonces quieren cerrarnos el paso\u00bb. En otra ocasi\u00f3n, al ver a alguien en la tribuna ante el Sant\u00edsimo Sacramento, durante el tiempo de la recreaci\u00f3n, le dijo: \u00abAhora es el tiempo de tener el recreo\u00bb, luego se lo llev\u00f3 con bondad a donde sus compa\u00f1eros, al lugar de la recreaci\u00f3n y se volvi\u00f3. Ejerci\u00f3 durante alg\u00fan tiempo el oficio de director del seminario; crey\u00f3 darse cuenta que los seminaristas al verse en poco n\u00famero y muchos de ellos enfermos, estaban abatidos y desanimados; \u00e9l los fortaleci\u00f3 entonces y dio \u00e1nimos con sus dulces exhortaciones de tal modo que todos se llenaron de un nuevo ardor y se pusieron con alegr\u00eda a hacer las obras m\u00e1s duras y m\u00e1s dif\u00edciles de la casa de buena gana; \u00e9l los animaba m\u00e1s todav\u00eda con su ejemplo que con sus palabras y a menudo se le ve\u00eda con ellos barrer la casa, lavar la vajilla y cumplir otros oficios m\u00e1s bajos aun con gran satisfacci\u00f3n, sobre todo con los enfermos, cuyos orinales vaciaba, y si alg\u00fan seminarista se olvidaba de alguno en las habitaciones o en la casa, tan pronto como lo ve\u00eda lo vaciaba \u00e9l mismo. Cuando ve\u00eda a alguno triste o tentado, le llevaba a su habitaci\u00f3n o le mandaba llamar, y con palabras llenas de dulzura, abr\u00eda su coraz\u00f3n y despu\u00e9s de descubrir la llaga, le aplicaba los remedios de su caridad paternal y le devolv\u00eda consolado. Un cl\u00e9rigo que ten\u00eda un gorro bastante ligero durante el invierno fue a pedirle permiso para pedir uno mejor al sastre de la casa; pero el Sr. Mart\u00edn le ofreci\u00f3 el suyo que era bueno y por muchas dificultades que puso el cl\u00e9rigo, debi\u00f3 aceptarlo. En cuanto a los enfermos, no quer\u00eda que les faltara nada, no s\u00f3lo cosas necesarias, sino tambi\u00e9n de puro alivio; iba visitarlos de vez en cuando y los recreaba con alguna charla agradable y alegre. Cuando ve\u00eda a alguien con alguna preocupaci\u00f3n, por peque\u00f1a que fuera, no paraba hasta que su caridad le hubiera proporcionado alg\u00fan remedio. Cuando se encontraba en la sacrist\u00eda para prepararse a la santa misa, si ve\u00eda que alg\u00fan sacerdote se revest\u00eda sin tener a nadie para ayudarle, acud\u00eda enseguida para prestarle este servicio. Vio una vez al sacrist\u00e1n que preparaba la l\u00e1mpara, y que, teniendo varias cosas entre las manos no sab\u00eda c\u00f3mo arregl\u00e1rselas; se levant\u00f3 enseguida, pues estaba de rodillas en la iglesia y fue a ayudarle. Se encontr\u00f3 otra vez con un seminarista en la escalera que llevaba dos cajas muy pesadas hasta el granero, y como no pod\u00eda subir sin gran esfuerzo, el Sr. Mart\u00edn le cogi\u00f3 una y la llev\u00f3 hasta arriba. Estos casos se presentaron con mucha frecuencia, y se le ve\u00eda ayudar a los seminaristas a llevar agua u otras cargas, o hacer otras cosas a\u00fan bien anciano y con las piernas d\u00e9biles.<\/p>\n<p>Durante los recreos estas conversaciones estaban llenas de afabilidad y de cordialidad y sab\u00eda siempre sazonar sus charlas con alg\u00fan gracejo modesto. Era tan enemigo de las disputas testarudas, incluso en materia de estudios que no pod\u00eda soportarlas y, aunque estuviera bien instruido y tuviera una gran experiencia en asuntos de caso de conciencia y sobre otras materias ced\u00eda a las opiniones de sus inferiores, antes que sostener la suya contestando, y llevaba la condescendencia hasta tal punto que, cuando sal\u00eda para tomar el aire, fuera enviado por el superior o fuera el superior mismo, quer\u00eda siempre que fuera su compa\u00f1ero, quien a menudo era un simple cl\u00e9rigo quien le llevara all\u00ed donde le parec\u00eda. Las burlas, las gracias a cuenta de los dem\u00e1s, las palabras picantes, las palabras \u00e1speras, despectivas u otras parecidas eran totalmente extra\u00f1as en su boca, y ten\u00eda cuidado de que no las pronunciaran los dem\u00e1s, insistiendo mucho en las casas cuya direcci\u00f3n llevaba \u00e9l, en la conservaci\u00f3n de la caridad fraterna. Se podr\u00e1 ver adem\u00e1s, por el rasgo siguiente, c\u00f3mo estimaba la reputaci\u00f3n de los suyos. Un misionero, hall\u00e1ndose en una casa en ausencia de un superior se crey\u00f3 obligado, por gratitud, a hacer alg\u00fan regalo considerable a un personaje muy afecto a esta casa; y, a este efecto, pidi\u00f3 a cr\u00e9dito a un comerciante, esperando pagarlo con las rentas de su patrimonio; pero su esperanza qued\u00f3 frustrada, ya que sus padres no quisieron enviarle la suma que ped\u00eda. El superior de la casa, por su parte no quer\u00eda pagar la deuda, por haber sido hecha sin su autorizaci\u00f3n, y el comerciante amenazaba con citar al misionero en el tribunal del obispo, y el pobre, en un gran apuro, no sab\u00eda ya qu\u00e9 hacer. Le vino al fin un pensamiento de recurrir al Sr. Mart\u00edn, que era superior en Roma, contando con que en \u00e9l encontrar\u00eda socorro; no se equivoc\u00f3; y \u00e9ste vino en su ayuda efectivamente para salvar su reputaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Mostr\u00f3 igualmente su gran caridad en tiempos de la peste de G\u00e9nova, en 1657; como casi todos los misioneros de la ciudad hab\u00edan muerto sirviendo a los apestados, san Vicente, que era entonces Superior general, envi\u00f3 a algunos de Francia para reemplazar a los que hab\u00edan muerto; el Sr. Mart\u00edn los recibi\u00f3 con toda caridad durante un a\u00f1o, en el Piamonte, donde era entonces superior, y no quiso dejarles volver antes de cesar totalmente la enfermedad, por miedo a exponerlos al contagio haciendo el viaje antes. . Cuando era superior en Perugia, a causa de la pobreza de esta casa, iba a misiones de ordinario a pie; pero no quer\u00eda permitir que los dem\u00e1s hicieran lo mismo, y su caridad lleg\u00f3 a tal punto que el hermano coadjutor con un ligero mal en las piernas, le busc\u00f3 un caballo, le hizo montarse y le sigui\u00f3 a pie. Lo volvi\u00f3 a hacer en otra misi\u00f3n que sigui\u00f3 a aqu\u00e9lla. En este viaje, el Sr. Mart\u00edn se cay\u00f3 en una cuneta llena de agua; sali\u00f3 todo calado, pero no dej\u00f3 por ello de continuar el viaje a pie, bromeando con su desgracia, sin dar se\u00f1al alguna de impaciencia o de descontento. En el curso de esta misi\u00f3n se dio cuenta que el hermano parec\u00eda un tanto sombr\u00edo, y para aliviarle quiso hacer \u00e9l mismo la lectura de la mesa, diciendo que le iba mejor cuando com\u00eda m\u00e1s tarde, lo que no era sino un pretexto para ocultar su acto de caridad. Ten\u00eda mucho cuidado tambi\u00e9n de enviar al mismo hermano a hacer algunas compras que, adem\u00e1s, no eran del todo necesarias, para reemplazarle y hacer la cocina en su lugar, tan industriosa era su caridad. En esta casa hab\u00eda asumido el oficio de campanero por la noche y por la ma\u00f1ana con el fin de dar m\u00e1s tiempo de descanso al hermano que deb\u00eda cumplir este oficio, y daba tambi\u00e9n a los dem\u00e1s el descanso que se negaba a s\u00ed mismo.<\/p>\n<h2>XVII. Su caridad para con los que le ofend\u00edan.<\/h2>\n<p>Como el coraz\u00f3n del Sr. Mart\u00edn estaba moldeado, por decirlo as\u00ed, por el amor y la caridad, no se contentaba con dar testimonios solamente a los de la Congregaci\u00f3n o a los que le profesaban agradecimiento sino que lo extend\u00eda tambi\u00e9n a los ingratos y a los que le ofend\u00edan de alguna manera y se hac\u00edan indignos. . Fueran las que fueran las injurias de palabras o de acciones que se le pudieran dirigir, no demostr\u00f3 nunca ninguna se\u00f1al de despecho o de venganza; a\u00fan m\u00e1s, tuvo siempre cuidado de hacer bien a los que le ofend\u00edan.<\/p>\n<p>Un cl\u00e9rigo, que caminaba tras el Sr. Mart\u00edn con cierta precipitaci\u00f3n, camin\u00f3 varias veces pis\u00e1ndole los pies, sin que \u00e9ste diera ninguna se\u00f1al de impaciencia, sino una vez que, volvi\u00e9ndose le ech\u00f3 una mirada llena de compasi\u00f3n. Pero estos son rasgos de una mayor importancia. Los principales personajes de una ciudad del Piamonte le rogaron que viniera a dar la misi\u00f3n; mas como no se hab\u00eda dado ninguna en esta di\u00f3cesis, el Sr. Mart\u00edn se excus\u00f3 diciendo que no ten\u00eda poderes del obispo para darla. Al instante estos Se\u00f1ores escribieron al obispo, quien no solamente les respondi\u00f3, sino que tambi\u00e9n escribi\u00f3 al Sr. Mart\u00edn mismo, para declararle su gran deseo de ver de ver dar esta misi\u00f3n y otorgarle los m\u00e1s amplios poderes. El Sr. Mart\u00edn se dirigi\u00f3 pues a los lugares, para dar esta misi\u00f3n, visit\u00f3 al p\u00e1rroco de la iglesia principal donde deb\u00eda predicar \u00e9l y fue recibido con mucha consideraci\u00f3n. Habi\u00e9ndose difundido la noticia de la misi\u00f3n, al d\u00eda siguiente, que era d\u00eda de fiesta, acudi\u00f3 una multitud de gente de los lugares vecinos para o\u00edr el primer serm\u00f3n. El Sr. Mart\u00edn lleg\u00f3 pues para comenzar, y seg\u00fan su costumbre, antes de subir al p\u00falpito, pidi\u00f3 la bendici\u00f3n al p\u00e1rroco. \u00c9ste que era un hombre amante de las bromas, aunque fueran escandalosas, le pregunt\u00f3 que si ten\u00eda la patente del obispo. El Sr. Mart\u00edn creyendo tenerla en el bolsillo, la busc\u00f3; pero el no hallarla, dijo al p\u00e1rroco que deb\u00eda haberla dejado en Tur\u00edn, y que pod\u00eda muy bien estar seguro que no hab\u00eda venido para dar la misi\u00f3n sin tener permiso para ello del obispo, tanto m\u00e1s cuanto que pod\u00eda saber lo que el obispo mismo hab\u00eda escrito a los principales de la ciudad. Pero el buen hombre no quiso rendirse ante estas razones y persisti\u00f3 en no querer dejarle predicar antes de mostrar la patente; entonces el Sr. Mart\u00edn, con una gran calma y una gran tranquilidad de esp\u00edritu, se dispon\u00eda a regresar a casa. Algunos de los principales de la ciudad, viendo que el predicador tardaba en subir al p\u00falpito, se dec\u00edan entre ellos: <em>\u00ab\u00bfQu\u00e9 es lo que pasa, no ser\u00e1 que el p\u00e1rroco le estar\u00e1 jugando una mala pasada de las que gasta?\u00bb<\/em> Uno de ellos, dirigi\u00e9ndose a la sacrist\u00eda, vio de qu\u00e9 se trataba y dijo al p\u00e1rroco que no deb\u00eda hacer esto con un hombre de la condici\u00f3n del Sr. Mart\u00edn, a quien nadie habr\u00eda pedido una cosa parecida; y. en efecto, ten\u00eda tal renombre en todo el Piamonte, que su nombre solo val\u00eda por todas las patentes; pero el p\u00e1rroco no quer\u00eda ceder, divirti\u00e9ndose en mortificar de esta forma al pueblo y al Sr. Mart\u00edn, que lo soportaba con una indecible paciencia, sin proferir ni una sola palabra. El seglar, que estaba presente, explic\u00f3 al p\u00e1rroco que la carta escrita por el obispo a los principales de la ciudad, explicaba bien claro el poder que hab\u00eda concedido al Sr. Mart\u00edn. Pero el p\u00e1rroco respondi\u00f3 que no se lo creer\u00eda sino ve\u00eda la carta. Hubo que enviar a buscar esta carta al ayuntamiento de la ciudad, y durante aquel tiempo el pueblo murmuraba en la iglesia contra el p\u00e1rroco, y el Sr. Mart\u00edn en la sacrist\u00eda aguantando las ocurrencias de esta broma pesada.<\/p>\n<p>El hecho siguiente, que pas\u00f3 en una de las principales ciudades del Piamonte, no es menos curioso y nos muestra la invencible paciencia del Sr. Mart\u00edn en soportar las injurias. Damos aqu\u00ed en toda su extensi\u00f3n el relato que ha hecho un misionero que estaba presente. \u00ab<em>Lleg\u00f3 a esta ciudad para dar la misi\u00f3n la v\u00edspera de Pentecost\u00e9s; el clero y los principales de la ciudad vinieron en corporaci\u00f3n a visitarle despu\u00e9s de cenar y decirle que no habiendo sido advertidos a tiempo de su llegada, hab\u00edan invitado a un religioso a predicar para estos tres d\u00edas de fiesta; pero si lo quer\u00eda, le ped\u00edan que no predicara en absoluto. El Sr. Mart\u00edn respondi\u00f3 que este religioso no predicando m\u00e1s que una vez al d\u00eda, no le impedir\u00eda dar la misi\u00f3n, y que \u00e9l ir\u00eda en persona a ver a este Padre para ofrecerle el p\u00falpito, as\u00ed como la elecci\u00f3n de la hora que m\u00e1s le conviniera, bien por la ma\u00f1ana, despu\u00e9s de la misa mayor, bien por la tarde despu\u00e9s de las v\u00edsperas. Estos se\u00f1ores quisieron acompa\u00f1arle en su visita, y fueron todos juntos a ver al Padre predicador quien, en un principio, pareci\u00f3 aceptar esta oferta y escogi\u00f3 la ma\u00f1ana, aunque fuera costumbre por aquellos d\u00edas predicar por la noche; pero no tard\u00f3 en mostrar su disgusto porque otro predicara el mismo d\u00eda que \u00e9l: por eso el Sr. Mart\u00edn, al salir de su casa, dijo a estos Se\u00f1ores que, para no causar da\u00f1o a nadie prefer\u00eda no comenzar la misi\u00f3n hasta el martes despu\u00e9s de v\u00edsperas. Estos Se\u00f1ores dijeron que no ten\u00edan nada que ver con el Predicador, que no hab\u00eda sido llamado m\u00e1s que a falta de la misi\u00f3n y en el casi de que no se pudiera tener, que por consiguiente \u00e9l no era ya necesario; y estaban a punto de despedirle, si el Sr. Mart\u00edn no se lo hubiera impedido, diciendo que prefer\u00eda ceder ante que causar el menor da\u00f1o a este buen Padre. Uno rog\u00f3 pues al Predicador, el martes siguiente, que advirtiera a la gente en su serm\u00f3n de la ma\u00f1ana que por la noche, despu\u00e9s de v\u00edsperas, comenzar\u00eda la Misi\u00f3n. En consecuencia, al llegar al segundo punto de su serm\u00f3n, comenz\u00f3 en estos t\u00e9rminos: \u00abAdhuc quadraginta dies et Ninive subvertetur. Cuarenta d\u00edas m\u00e1s y N\u00ednive ser\u00e1 destruida. Oir\u00e9is esta noche a un Jon\u00e1s\u2026\u00bb. Y el resto de toda la segunda parte fue una retah\u00edla de palabras de desprecio a cuenta de los misioneros, tales como \u00e9stas: \u00abSantos Doctores, excelentes predicadores, Salomones de su tiempo, no han podido convertir a esta ciudad, y ahora acude a extranjeros para ponerlos a todos en el infierno\u00bb<\/em>. Todo el pueblo se re\u00eda y miraba la actitud del Sr. Mart\u00edn, que escuchaba el serm\u00f3n, teniendo a su lado a un misionero y a un eclesi\u00e1stico de calidad; \u00e9ste demostraba un gran descontento; el misionero, compa\u00f1ero del Sr. Mart\u00edn, no pod\u00eda por menos que re\u00edrse, pero el Sr. Mart\u00edn segu\u00eda guardando una modestia y una calma imperturbables. Escuch\u00f3 toda la predicaci\u00f3n y cuando termin\u00f3, dijo de vuelta a casa: <em>\u00abEste buen Padre se ha equivocado ya que en lugar de ponerlos en el infierno queremos enviarlos a todos al Para\u00edso\u00bb.<\/em> El Sr. Mart\u00edn tuvo el serm\u00f3n de la noche, y fue tan bien recibido que al d\u00eda siguiente acudi\u00f3 una multitud de oyentes, no s\u00f3lo de los habitantes de la ciudad, sino tambi\u00e9n de los soldados y oficiales franceses que se hallaban all\u00ed de guarnici\u00f3n en gran n\u00famero. Al final del serm\u00f3n, la emoci\u00f3n fue tan viva que no se ve\u00eda m\u00e1s que a personas con l\u00e1grimas y no se o\u00edan m\u00e1s que suspiros y sollozos; los soldados mismos gritaban misericordia y el buen Padre que hab\u00eda recomendado tanto la misi\u00f3n lloraba como todo el mundo. Los oficiales franceses al salir de la iglesia se fueron a ver al Gobernador que estaba en cama a causa de la gota, y que habitaba en el otro extremo de la ciudad; ellos le dijeron: <em>\u00abOh Se\u00f1or lo que os hab\u00e9is perdido, si hubierais o\u00eddo. Es un \u00e1ngel, es un ap\u00f3stol!\u00bb<\/em> y, al decirle esto, lloraban. El Gobernador, estupefacto al verles derramar l\u00e1grimas de esta forma: <em>\u00abSin duda que ser\u00e1 un buen gran hombre, y algo extraordinario para hacer llorar as\u00ed a estos oficiales franceses<\/em>.\u00bb Despu\u00e9s de la cena, los principales del clero y de la ciudad vinieron a ver al Sr. Mart\u00edn para pedirle perd\u00f3n por lo que hab\u00eda dicho el predicador, protestando que ellos no le hab\u00edan dado importancia, que lo hab\u00edan sentido mucho y que y que le hab\u00edan querido dar a entender que pasaban de su predicaciones. El Sr. Mart\u00edn se esforz\u00f3 por excusarle lo mejor que pudo y nunca demostr\u00f3 que se hab\u00eda sentido ofendido por aquello. M\u00e1s a\u00fan, se fue a visitar a este Padre que le devolvi\u00f3 la visita y sigui\u00f3 muy afecto al Sr. Mart\u00edn. La paciencia de \u00e9ste en soportar los insultos fue tan recompensada por Dios que esta misi\u00f3n fue una de las m\u00e1s fervientes que haya dado nunca.<\/p>\n<p>En otro lugar del Piamonte, se encontr\u00f3 con un individuo tan mal dispuesto, que tomaba como dicho a \u00e9l mismo todo lo que el Sr. Mart\u00edn dec\u00eda indistintamente a iodos desde lo alto del p\u00falpito. Fue bastante osado para elevar la voz en medio del serm\u00f3n, diciendo: \u00abPadre, hab\u00e9is mentido, vos y cuantos dicen eso, porque yo no lo he hecho nunca\u00bb. Se puede imaginar el rumor que organiz\u00f3 un incidente as\u00ed, capaz de desconcertar a otro cualquiera que no fuese el Sr. Mart\u00edn. \u00c9ste se excus\u00f3 con dulzura y dio satisfacci\u00f3n a este hombre, y m\u00e1s al resto de la audiencia que qued\u00f3 m\u00e1s edificada por la modestia y la paciencia del Sr. Mart\u00edn que escandalizada por la brutalidad de su interlocutor.<\/p>\n<p>Un d\u00eda que pasaba por las calles de Roma fue abordado por un individuo que le reproch\u00f3 p\u00fablicamente, de muy feas maneras y en t\u00e9rminos muy poco respetuosos, que siendo Superior, permit\u00eda en su iglesia cierto defecto en las ceremonias, que tan s\u00f3lo era una bagatela que no merec\u00eda la pena ni de hablar de ello; \u00e9l lo exager\u00f3 hablando en alta voz y se fue. Una vez alejado, el compa\u00f1ero del Sr. Mart\u00edn comenz\u00f3 a decir algo para afear el hecho de este personaje; pero el Sr. Mart\u00edn tom\u00f3 su defensa y dijo que ten\u00eda raz\u00f3n, y que no se deb\u00eda permitir darle vueltas al asunto.<\/p>\n<p>Terminaremos este cap\u00edtulo refiriendo lo que sucedi\u00f3 con otro religioso, en una circunstancia en la que se vio aparecer su paciencia en soportar las injurias y su caridad para con los que le ofend\u00edan, tanto m\u00e1s cuanto el asunto le ata\u00f1\u00eda de verdad. Este buen religioso, llevado de un celo mal reglado, acus\u00f3 al Sr. Mart\u00edn ante la Inquisici\u00f3n por haber avanzado en el p\u00falpito ciertas proposiciones mal sonantes. El Padre inquisidor mand\u00f3 venir al Sr. Mart\u00edn y despu\u00e9s de escucharle lo que hab\u00eda dicho, no s\u00f3lo qued\u00f3 desenga\u00f1ado, sino que tambi\u00e9n le demostr\u00f3 todos sus respetos y concibi\u00f3 por \u00e9l una alta estima, el Sr. Mart\u00edn, muy lejos de vengarse por lo que hab\u00eda hecho aquel religioso contra \u00e9l, no dio nunca la menor se\u00f1al de descontento; no lo hizo nunca, Se advirti\u00f3 que si hab\u00eda en los alrededores alg\u00fan convento de esta orden, les enviaba alg\u00fan peque\u00f1o regalo los d\u00edas de fiestas y les procuraba limosnas, manifestando la gran estima por esa orden, y no habl\u00f3 nunca de ella sino con el mayor respeto. Es lo que hab\u00eda aprendido de quien dijo: <em>Noli vinci a malo, sed vince un bono malum <\/em>(Rom. 12. )No te dejes vencer por el mal, sino triunfa del mal con el bien\u00bb.<\/p>\n<h2>XIX. Su humildad.<\/h2>\n<p><em> <\/em>Si el Sr. Mart\u00edn ha brillado en todas las virtudes, por confesi\u00f3n de cuantos le han conocido, se puede decir que se super\u00f3 a s\u00ed mismo en la pr\u00e1ctica de la humildad. Y quien preste atenci\u00f3n a lo que diremos a prop\u00f3sito de esta virtud no tendr\u00e1 dificultad en creer que este buen misionero hab\u00eda llegado a un grado muy alto de santidad; pues deb\u00eda haber un edificio muy alto de perfecci\u00f3n all\u00ed donde se encontraban fundamentos tan profundos de humildad. En toda esta historia hemos contado aqu\u00ed y all\u00e1 algunos rasgos de su humildad, a medida que la narraci\u00f3n de los hechos lo exig\u00eda, pero tenemos otros que citar que no son menos extraordinarios. Ha pasado m\u00e1s de cincuenta y cinco a\u00f1os en la Congregaci\u00f3n, y ha sido superior unos cuarenta a\u00f1os. Cuando muri\u00f3 era el decano y el m\u00e1s anciano de todos los miembros de la Congregaci\u00f3n y sin embargo sus modos eran tan humildes que no se le vio nunca actuar como superior o adoptar un aire de mando. Trataba a todos como si hubiera sido \u00e9l mismo su igual o su inferior. Cuando alg\u00fan sacerdote iba a su habitaci\u00f3n para pedirle penitencia por alguna falta, \u00e9l mismo se pon\u00eda de rodillas, y la penitencia que daba consist\u00eda tan s\u00f3lo en despedir a su cohermano con alguna palabra graciosa, como \u00e9sta: \u00ab<em>Soy yo quien comete las faltas m\u00e1s groseras, las vuestras son mucho menores<\/em>\u00ab. Cuando se encontraba en alguna puerta con otro de sus cohermanos, aunque fueran s\u00f3lo cl\u00e9rigos, \u00e9l no pod\u00eda permitir que quisieran cederle el paso por respeto o bien que al pasear le dieran el lugar del medio, y cuando se encontraba all\u00ed, se retiraba tranquilamente para ceder este lugar a otros de sus cohermanos, aunque fueran cl\u00e9rigos. En una procesi\u00f3n solemne del Corpus Christi, en el Piamonte, donde daba la misi\u00f3n, recorri\u00f3 casi toda la ciudad procesionalmente, a la izquierda de un joven sacerdote, s\u00fabdito suyo, hasta que \u00e9ste, d\u00e1ndose cuenta hacia el final, se fue a ocupar graciosamente el lado izquierdo. El primer acto por el que ten\u00eda por costumbre tomar posesi\u00f3n de una casa donde era nombrado superior, era servir en la mesa yendo despu\u00e9s de la comida a las cocina para lavar la vajilla ; hac\u00eda lo mismo en varias ocasiones m\u00e1s, por ejemplo, en las fiestas por las que sent\u00eda m\u00e1s devoci\u00f3n, y ten\u00eda la costumbre de celebrarlas con estos actos de humildad.<\/p>\n<p>Prosternarse a los pies de sus cohermanos y bes\u00e1rselos para pedir perd\u00f3n era tambi\u00e9n una de sus pr\u00e1cticas habituales. Cuando se percataba de que hab\u00eda podido ofender a alguno, incluso sin querer. Lo hac\u00eda incluso los d\u00edas m\u00e1s solemnes para \u00e9l, como el de su nacimiento, de su entrada en la Congregaci\u00f3n y otros parecidos. Las palabras con las que acompa\u00f1aba este acto mostraban muy bien cu\u00e1les eran los sentimientos humildes que penetraban su alma; \u00e9l se llamaba un miserable anciano, un sujeto de mortificaci\u00f3n y de esc\u00e1ndalo para los dem\u00e1s, y la causa de todas las faltas que se comet\u00edan en la casa. Actuaba incluso as\u00ed con ocasi\u00f3n de la visita de las casas en que se encontraba, y se alegraba entonces por verse suspendido del oficio y por saber que se dar\u00edan a conocer sus defectos. Ten\u00eda tambi\u00e9n la costumbre, al final de la visita, de expresar al visitante, de rodillas ante \u00e9l, su insuficiencia para el oficio de superior, y de suplicarle que le consiguiera del Superior general que le descargara de ese peso, pues era as\u00ed como \u00e9l ve\u00eda este empleo; y lo dec\u00eda con expresiones tan humildes que todos los que le o\u00edan se sent\u00edan conmovidos. Por lo dem\u00e1s, se vio en varias ocasiones que estas palabras no eran puro ceremonia, sino la expresi\u00f3n fiel de los sentimientos de su coraz\u00f3n.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de tanto insistir, hab\u00eda obtenido del Superior general colocar en su lugar para superior de la casa de Roma al Sr. Pancrazio Gini; mas temiendo que este fiel imitador de su humildad se negara, o al menos difiriera aceptar hasta que hubiera presentado sus excusa al Superior general, como lo hab\u00eda hecho ya otras veces en parecidas circunstancias, inmediatamente despu\u00e9s de dar a conocer al Sr. Gini la patente de superior que hab\u00eda recibido para \u00e9l, se lo comunic\u00f3 tambi\u00e9n a toda la comunidad en los t\u00e9rminos siguientes: \u00ab<em>Por fin, la divina bondad se ha dignado levantar el obst\u00e1culo que se opon\u00eda a todo el bien que se debe hacer en la Congregaci\u00f3n. Dios ha hecho hoy una gran gracia a esta casa quit\u00e1ndome el oficio y la carga de superior, ya que yo era muy indigno e incapaz de ejercerlo. A fin de reparar los males que he causado y de destruir los esc\u00e1ndalos que he dado, el Sr. Superior general ha elegido como superior de esta casa al Sr. Pancrazio Gini<\/em>\u00ab. Y dicho esto, pidi\u00f3 perd\u00f3n a todos por los esc\u00e1ndalos y motivos de dolor que les hab\u00eda dado. Y continu\u00f3 siendo el s\u00fabdito m\u00e1s sumiso del nuevo superior; pero su gozo no le dur\u00f3 mucho, pues al cabo de unos meses, falleci\u00f3 el Sr. Gini, y el Sr. Mart\u00edn, en calidad de asistente y de m\u00e1s antiguo de la casa fue obligado a retomar este oficio. Pero deseaba tanto vivir bajo obediencia que reuni\u00f3 a los antiguos de la casa y les suplic\u00f3 que eligieran a otro en su lugar para gobernarlos hasta que el Superior general hubiera nombrado otro superior. No fue escuchado y todos declararon estar sobradamente satisfechos con su direcci\u00f3n para renunciar. Por \u00faltimo, al cabo de algunos meses, el Sr. Pietro Terrarossa fue nombrado superior de la casa de Roma, y el Sr. Mart\u00edn demostr\u00f3 su alegr\u00eda en una carta del 22 de diciembre de 1691 en los t\u00e9rminos siguientes: \u00ab<em>Ya sabr\u00e9is que acaban de confiar esta casa de Roma al Sr. Terrarossa y ha sido nombrado superior. Es una gran gracia que Dios acaba de concederme, y os suplico que me ayud\u00e9is a darle gracias, las m\u00e1s vivas acciones de gracias, como por uno de los mayores beneficios que haya recibido de la divina misericordia<\/em>\u00ab. No sorprender\u00e1 que se comportara con tanta humildad con los suyos, sin tomar ning\u00fan aire de superioridad o de dominio, cuando se sepa que su alejamiento del superiorato llegaba hasta no querer ser conocido como tal, de manera que un d\u00eda un externo al preguntarle si era el superior, respondi\u00f3: \u00ab<em>Soy el \u00faltimo de la casa<\/em>\u00ab.<\/p>\n<p>No s\u00f3lo expresaba con palabras su alegr\u00eda de verse descargado del oficio de superior, sino que la mostraba tambi\u00e9n en su conducta port\u00e1ndose con los nuevos superiores, aunque hubieran sido sus s\u00fabditos por largo tiempo, con tanta sumisi\u00f3n y obediencia como ser\u00eda de desear en un seminarista de unos meses. Se observ\u00f3, una vez entre otras, que al volver a casa fue a ver al superior para darle cuenta de lo que hab\u00eda hecho fuera; y como su compa\u00f1ero se qued\u00f3 un poco de tiempo en la habitaci\u00f3n del superior, el Sr. Mart\u00edn, de pie y con el sombrero en la mano, esperaba en la puerta que su compa\u00f1ero fuera despedido por el superior. Su humildad no le permiti\u00f3 nunca dejarse prestar ninguno de los servicios que \u00e9l pod\u00eda hacerse a s\u00ed mismo, como barrer la habitaci\u00f3n, vaciar la palangana o limpiar la l\u00e1mpara; y un d\u00eda que encontr\u00f3 al seminarista en cargado de arreglar las l\u00e1mparas ocupado, en esta calida, en preparar la suya, le dijo: \u00ab<em>Hermano, d\u00e9jemelo hacer a m\u00ed, porque yo tambi\u00e9n he hecho ese oficio\u00bb.<\/em><\/p>\n<p>Por ello lo \u00fanico que le caus\u00f3 pena durante su enfermedad era verse servido, sobre todo de los sacerdotes, y para compensar este servicio con un acto de humildad, les obligaba a bendecir los platos y remedios que le presentaban o asperjarlos con el agua bendita. Cuando se revest\u00eda para la santa misa o se quitaba los ornamentos despu\u00e9s de decirla, se apresuraba para no ser ayudado, incluso al lavarse las manos se guardaba el bonete bajo el brazo para que no viniera el sirvienta para cepillarlo. No quiso que le abrieran las puertas o los visillos que las recubren. Por \u00faltimo, no pod\u00eda sufrir que le hicieran ninguna se\u00f1al de honor, lo que no pod\u00eda por menos de hacer a causa de la gran estima en que le ten\u00edan. Se observ\u00f3 tambi\u00e9n que los \u00faltimos a\u00f1os de su vida, cuando el estrechamiento de la garganta no le permit\u00eda ya elevar la voz, y dec\u00eda la santa misa muy bajo, cuando llegaba sin embargo al <em>Domine non sum dignus<\/em>, su humildad daba nuevas fuerzas a su voz para expresar los m\u00e1s vivos sentimientos de su coraz\u00f3n, y se le o\u00edan esta palabras muy distintamente.<\/p>\n<p>Las alabanzas le eran m\u00e1s penosas de lo que le ser\u00edan las injurias a un orgulloso. Al volver de una misi\u00f3n, varios campesinos le acompa\u00f1aban, \u00e9l iba caminando con ellos, en la conversaci\u00f3n aquellas gentes le dieron el t\u00edtulo de ilustr\u00edsimo; el Sr. Mart\u00edn lo aguant\u00f3 por alg\u00fan tiempo, pero el final su humildad no puede resistir m\u00e1s, y les dice: \u00ab<em>No nos honr\u00e9is tanto, hermanos, porque no somos m\u00e1s que pobres sacerdotes como los vuestros\u00bb<\/em>. Un d\u00eda que estaba en el lecho debido a la gota, se entretuvo durante media hora con quien le tra\u00eda la cena y toda su charla consisti\u00f3 en humillarse y demostrar que no hab\u00eda hecho ning\u00fan bien y que hab\u00eda hecho como los farmac\u00e9uticos que preparan medicinas para los dem\u00e1s y no para ellos mismos: \u00abEsto es todo, dec\u00eda \u00e9l, cuanto he hecho\u00bb. En una ocasi\u00f3n semejante, insisti\u00f3 a un sacerdote del seminario que hab\u00eda venido a visitarle para que le diera la bendici\u00f3n. Apuntemos a prop\u00f3sito lo que le pas\u00f3 algunos d\u00edas antes de su muerte. El hermano que le serv\u00eda pensando darle alg\u00fan consuelo, le dijo: \u00ab<em>Se\u00f1or Mart\u00edn, qu\u00e9 contento debe sentirse ahora al recordar tanto bien como ha hecho, tantas almas convertidas y al pensar que vais muy pronto a recibir de Dios la recompensa<\/em>!\u00bb Ante estas palabras, el Sr. Mart\u00edn miro al hermano con un ojo un tanto airado contra lo ordinario y le dijo: <em>Vade<\/em> <em>Satana<\/em>; haciendo alusi\u00f3n a lo que respondi\u00f3 Nuestro Se\u00f1or a san Pedro cuando le dec\u00eda que morir en la cruz era cosa indigna del Hijo de Dios. Se por esto qu\u00e9 lejos estaba de atribuirse cualquier cosa buena que hac\u00eda o sacar vanidad de ello; antes bien la aprovechaba para humillarse y se sorprend\u00eda que Dios quisiera servirse de \u00e9l para hacer cosas tan grandes. Traeremos aqu\u00ed las palabras de una carta en la que daba cuenta a san Vicente del gran bien que Dios hab\u00eda operado en una misi\u00f3n: \u00ab<em>Todo eso, dice, nos hace ver las buenas disposiciones de este pueblo y los grandes frutos que podr\u00edan recoger si hubiera un mayor n\u00famero de operarios evang\u00e9licos. Es verdad que, aunque seamos tan poco numerosos, tan pobres y tan malos, la voluntad de Dios no deja de servirse de nosotros para recoger muchos frutos; digo pobre y malo, porque no podr\u00eda admirar nunca lo suficiente c\u00f3mo esta buena gente tienen la paciencia de aguantarme, pues soy m\u00e1s propio para rechazarlos que para atraerlos. Es Dios quien lo hace todo por la pura gracia y quien, sin duda, har\u00eda m\u00e1s a\u00fan si no pusiera impedimento con mi ignorancia, mi poco esp\u00edritu y mis dem\u00e1s miserias<\/em>\u00ab.<\/p>\n<p>De esta baja opini\u00f3n que ten\u00eda de s\u00ed mismo y de esta persuasi\u00f3n en la que estaba de que pon\u00eda obst\u00e1culo a las gracias de Dios, proced\u00eda esta facilidad con la que ced\u00eda los dem\u00e1s el cargo de predicar en las misiones, y aunque tuviera una gran facilidad y mucho talento para esta funci\u00f3n y fuera siempre escuchado con m\u00e1s placer que cualquier otro, no obstante, cuando no hab\u00eda podido ,hallarse al comienzo de una misi\u00f3n y otro la hab\u00eda comenzado, quer\u00eda siempre que \u00e9l la terminara y no quer\u00eda hacer ning\u00fan serm\u00f3n a menos que fuera para aliviar a alguno de los misioneros. un d\u00eda, un misionero le dijo que era mejor que predicara \u00e9l mismo, que la misi\u00f3n marchar\u00eda con m\u00e1s fervor y m\u00e1s \u00e9xito y que no parec\u00eda conveniente que un joven predicara y tratara los mandamientos mientras \u00e9l estuviera all\u00ed, \u00e9l superior, ya avanzado en edad y experimentado en tales funciones, \u00e9l le respondi\u00f3: <em>\u00ab\u00bfEs que no lo hac\u00e9is bien, no est\u00e1 satisfecho el pueblo, vienen a confesarse, se realizan los arreglos, qu\u00e9 m\u00e1s se puede pedir?<\/em> Y le despidi\u00f3 sin querer intervenir en nada, aunque se lo pidiera el propio sacerdote que predicaba los sermones.<\/p>\n<p>Este sentimiento de humildad y esta baja opini\u00f3n de s\u00ed mismo hac\u00edan tambi\u00e9n que, cada vez que o\u00eda las comunicaciones interiores de sus inferiores, o en toda otra ocasi\u00f3n, en que se ve\u00eda obligado a darles alg\u00fan aviso o hacerles alguna correcci\u00f3n, les ped\u00eda primero con expresiones plenas de aflicci\u00f3n y de sinceridad que le dijeran libremente lo que hab\u00edan advertido en \u00e9l que los desagradara y les ped\u00eda que le avisaran de sus faltas, sirvi\u00e9ndose entonces de las palabras siguientes o de otras: \u00ab<em>Ego a te debeo baptizari, et tu venis ad me?\u00bb<\/em> \u00bf<em>debo ser bautizado por vos y ven\u00eds a m\u00ed<\/em>\u00ab. Y si le daban alg\u00fan aviso, \u00e9l lo recib\u00eda, lo escuchaba con mucha humildad y se lo agradec\u00eda, declarando estar contento de ser avisado, no s\u00f3lo por su admonitor, que lo deb\u00eda hacer por oficio, sino tambi\u00e9n por quien fuere y hasta por los Hermanos sobre todo en las cosas relativas a sus oficios; los escuchaba de buena gana y no pon\u00eda la menor dificultad en dejar su modo de ver para adoptar el de ellos.<\/p>\n<p>Terminaremos el cap\u00edtulo contando un hecho que le sucedi\u00f3 en una ciudad del Piamonte. Deb\u00eda cantar la misa el d\u00eda de la comuni\u00f3n general, en el que deb\u00eda de haber un concurso de varios miles de personas; se designaron los diferentes oficiales que deb\u00edan servir en esta misa, y como lleg\u00f3 a saber que alguno se hab\u00eda disgustado porque se hubiera preferido a otro, para corregirle de este defecto, el d\u00eda siguiente en que se cantaba la misa de acci\u00f3n de gracias con una afluencia de gente m\u00e1s considerable a\u00fan que quiz\u00e1s que la v\u00edspera, el Sr. Mart\u00edn quiso hacer de oficio de \u00faltimo ac\u00f3lito, con gran admiraci\u00f3n de todo el pueblo, que se qued\u00f3 estupefacto a la vista de su humildad y de su modestia por realizar este oficio, ya que tal vez nunca se lo hab\u00eda visto cumplir por un sacerdote en esta ciudad, ni siquiera en la catedral. No por ello fue menos venerado [360]a causa de su humildad, y le estimaron m\u00e1s que si hubiera realizado funciones m\u00e1s nobles. Ya hab\u00edan admirado mucho su humildad la v\u00edspera, pues ese d\u00eda hab\u00eda querido llevar la cruz durante todo la procesi\u00f3n, que era muy larga, a la vista de una grande multitud de gente que asist\u00eda y no se cansaba de admirar c\u00f3mo un hombre tan c\u00e9lebre en el Piamonte hac\u00eda una funci\u00f3n tan poco estimada por lo vulgar.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>XVII. Su caridad para con sus cohermanos de la Congregaci\u00f3n. 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