{"id":125877,"date":"2013-11-29T04:01:04","date_gmt":"2013-11-29T03:01:04","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/?p=125877"},"modified":"2016-07-26T10:33:15","modified_gmt":"2016-07-26T08:33:15","slug":"la-medalla-de-la-madre-3-en-la-escuela-de-la-medalla","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/vincentians.com\/es\/la-medalla-de-la-madre-3-en-la-escuela-de-la-medalla\/","title":{"rendered":"La medalla de la Madre: 3. En la escuela de la medalla"},"content":{"rendered":"<h2>3. En la escuela de la medalla<\/h2>\n<h3><strong>a) La concebida sin pecado y la serpiente<\/strong><\/h3>\n<p><a href=\"https:\/\/i0.wp.com\/vicencianos.org\/wp-content\/2011\/11\/peregrinacion_paris_2.jpg\"><img data-recalc-dims=\"1\" loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignright size-medium wp-image-52769\" title=\"peregrinacion_paris_2\" alt=\"\" src=\"https:\/\/i0.wp.com\/vicencianos.org\/wp-content\/2011\/11\/peregrinacion_paris_2-201x300.jpg?resize=201%2C300\" width=\"201\" height=\"300\" \/><\/a>Lo que la medalla ofrece de inmediato a la mirada es: Una mujer gloriosa, resplandeciente, circundada de luz y de gracia. Si no vi\u00e9semos ya rodeando a esta visi\u00f3n la invocaci\u00f3n dictada por la Virgen Mar\u00eda, poco dudar\u00edamos en inscribirla, o bien recurrir\u00edamos a esta otra: Yo soy la Inmaculada Concepci\u00f3n. Lo que Lourdes esclarecer\u00e1 m\u00e1s tarde, est\u00e1 profundamente anticipado en la aparici\u00f3n a Catalina. Mar\u00eda y el pecado son antit\u00e9ticos. Es m\u00e1s que el contraste de la naturaleza: ella es hermos\u00edsima, triunfante, pur\u00edsima. El, en cambio, el enemigo, acusador, tentador, seductor, embustero. El es lo oscuro, la tiniebla, la noche. Ella es soberanamente victoriosa, pac\u00edficamente triunfante, serenamente majestuosa en su ser de Madre Santa, Inmaculada, repleta de todo lo que una criatura puede recibir de Dios. La que est\u00e1 llena de gracia canta: He aqu\u00ed la esclava del Se\u00f1or&#8230; El Se\u00f1or hizo en m\u00ed maravillas. La serpiente a su vez repite: No servir\u00e9. Da razonamientos vac\u00edos, rebosantes sin duda de raciocinios, pero vaciados del amor de Dios. M\u00e1s all\u00e1 y bajo esas resonancias verbales, se esconde el rev\u00e9s del desenga\u00f1o. No es s\u00f3lo el contraste entre luz y sombra, entre gracia y pecado, entre amor y lo que a \u00e9l se opone. M\u00e1s que eso, es sobre todo una tensi\u00f3n, un choque frontal, victoria y derrota en el duelo, pues estos dos mundos no giran atray\u00e9ndose y repeli\u00e9ndose a un tiempo, sino que se oponen entre s\u00ed y se enfrentan, el uno para matar, la otra para salvar, el uno para oscurecer, la otra para iluminar. Est\u00e1n en lucha inextricable, y se provocan a porf\u00eda. Esa lucha no es casual, inconsciente, fortuita, sino cong\u00e9nita. Pondr\u00e9 enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya, \u00e9sta te aplastar\u00e1 la cabeza y t\u00fa pondr\u00e1s asechanzas a su calca\u00f1ar (G\u00e9n 3, 15). Entrambos est\u00e1n, pues, destinados a encontrarse: al ocupar uno el campo desplaza al otro. Donde Mar\u00eda reina, no se\u00f1orea la serpiente. El veneno de esa serpiente no contagi\u00f3 a Mar\u00eda, m\u00e1s a\u00fan, Mar\u00eda <em>fue recubierta por el Esp\u00edritu Santo. <\/em>Fue enriquecida con todo bien de salvaci\u00f3n, con la suma de todos los bienes de la gracia y, desde su concepci\u00f3n, es flor de flores. Era la Madre que el Padre reservaba al propio Hijo, para que, como el Primog\u00e9nito (cfr. Ef 1, 18) y a imagen de El (cfr. Rom 8, 29), fuesen formados por ella innumerables hijos. Es superior en dignidad a la de los \u00e1ngeles y, entre los seres humanos, ninguno hay m\u00e1s joven que ella, pues <em>ella es m\u00e1s joven que el pecado, <\/em>dice Bernanos. Sin pecado desde el comienzo de su ser: \u00e9se es el vac\u00edo de Dios y la plenitud de Dios, de la gracia, santidad y esencia de Dios. \u00bfLa llamamos <em>hija de Si\u00f3n (Sof <\/em>3, 14-17)? Es demasiado poco. \u00bfLa llamamos nueva Eva? Es mucho m\u00e1s. Es la mujer vestida del sol (Apoc 12), la nueva Jerusal\u00e9n, la Virgen Madre (Is 7, 14). Es la Madre de aqu\u00e9l que, <em>sin comienzo \u00e9l mismo, estaba desde el comienzo en Dios&#8230; y se hizo carne de carne humana <\/em>(cfr. Jn 1, 1-14). El <em>sin <\/em>es poco expresivo, porque denota el vac\u00edo -aunque ese vac\u00edo sea el del mal-, mientras que ella est\u00e1 <em>con Dios: con <\/em>el Padre, <em>con <\/em>el Hijo, <em>con <\/em>el Esp\u00edritu. Ella no sufri\u00f3 privaciones, no atraves\u00f3 el desierto de la rebeli\u00f3n, sino que dice: <em>Har\u00e9 todo lo que Dios ha dicho <\/em>(cfr. Es 24, 7). Ni siquiera osa decir tanto, y se declara sencillamente <em>esclava <\/em>(Le 1, 38). Es la nueva esperanza del pueblo de Dios. Ella es la puerta del cielo y el arca de la alianza (cfr. Es 40, 16-21, 34-35), sobre la que <em>arrojar\u00e1 su sombra el poder del Alt\u00edsimo <\/em>(Le 1, 35). Los Padres de la Iglesia escriben que, cuando el \u00e1ngel salud\u00f3 a Mar\u00eda, todo el mundo temblaba por la respuesta. El <em>s\u00ed <\/em>de Mar\u00eda respondi\u00f3 a la antigua oraci\u00f3n del profeta Isa\u00edas: Destilad, cielos, desde lo alto, y las nubes derramen la justicia; que la tierra se abra y produzca la salvaci\u00f3n y con ella germine la justicia (Is 45, 8). Juan Pablo II dijo en su primer <em>Angelus, <\/em>del 22-X-1978: <em>Cuando la Virgen de Nazaret acata el anuncio del \u00e1ngel y dice: <\/em>H\u00e1gase en m\u00ed seg\u00fan tu palabra (Lc l, 38), <em>la historia de salvaci\u00f3n alcanza su cumbre; entra en su fase definitiva, y es como si fuese, en aquel momento, concebida la iglesia. Sin la fe es imposible agradar a Dios <\/em>(Heb 11, 6): este principio revelado resalta s\u00f3lo en Mar\u00eda. Nadie m\u00e1s ha recorrido con profundidad este camino. La carta a los Hebreos canta la fe de los personajes m\u00e1s importantes de la historia de la salvaci\u00f3n, especialmente de Abraham (Heb 11). Ya san Pablo hab\u00eda escrito sobre Abraham en la carta a los Romanos: No <em>vacil\u00f3 en la incredulidad, sino que se afianz\u00f3 en la <\/em>je <em>y dio gloria a Dios, convencido plenamente del poder de Dios en el cumplimiento de sus promesas <\/em>(Rom 4, 2021). Sin embargo, no fue f\u00e1cil. Fuele necesario a Abraham que Dios le recordase que nada era imposible para El (Gen 18, 14). Parec\u00eda, as\u00ed, imposible tener un hijo en la ancianidad. Eso pod\u00eda ser imposible, pero segu\u00eda siendo natural que un hijo fuese engendrado por sus padres. Lo mismo hubiese acaecido a Zacar\u00edas e Isabel. Pero Zacar\u00edas <em>no crey\u00f3 la palabra dada por el \u00e1ngel Gabriel. <\/em>Empero, esa falta de fe no estorb\u00f3 la generosidad de Dios: <em>Aquellas cosas se verificar\u00edan u su tiempo. <\/em>Lo que ni san Pablo, en la carta a los Romanos, ni el autor de la carta a los Hebreos concluyen, est\u00e1 expuesto con claridad en san Lucas. Zacar\u00edas vacil\u00f3 y no crey\u00f3, pero Isabel canta: <em>Dichosa t\u00fa, que has cre\u00eddo <\/em>(Lc. 1, 45). \u00bfY no fue superado tambi\u00e9n Abraham? Si ya era imposible tener un hijo en la vejez, \u00bfno lo era a\u00fan m\u00e1s tenerlo <em>sin conocer var\u00f3n:&#8217; <\/em>(Le I, 34). San Pablo escribe que <em>nos hacemos herederos por la fe <\/em>(Rom 4, 16); pues bien, as\u00ed como Abraham, merced a la fe, se hizo padre de <em>todos nosotros, <\/em>con mayor raz\u00f3n es Mar\u00eda de todos nosotros Madre y tanto m\u00e1s se ejecuta en ella <em>la promesa hecha a nuestros padres, a Abraham y su descendencia <\/em>(Lc 1, 55).<\/p>\n<p>Mar\u00eda crey\u00f3 en lo imposible. Eso envuelve desorientaci\u00f3n para la seguridad humana. Esa seguridad nos hace extra\u00f1os a nuestros semejantes, cuando falta y parece indispensable. Mas impone tambi\u00e9n esta ley: hacer real lo invisible, revestirse de ello, rodearlo de un contexto humano, concreto, impostarlo en el acontecer de cada d\u00eda. 6; <em>C\u00f3mo es esto posible.\u00bb <\/em>\u00bfEs posible estar en el mundo y no ser del mundo? \u00bfPuede aceptarse una vida dentro de componentes humanas, y a menudo humanizadas, pero respirar una atm\u00f3sfera ulterior? Para nosotros, no; mas <em>para Dios todo es posible. <\/em>Somos hijos de Mar\u00eda m\u00e1s que de Abraham, y para nosotros Mar\u00eda es m\u00e1s Madre que Abraham padre.<\/p>\n<h3><em>b) <\/em><strong>Ruega por nosotros que recurrimos a ti <\/strong><\/h3>\n<p>Nos dec\u00eda Pablo VI: <em>Todo encuentro con Mar\u00eda tiene que convertirse en un encuentro con Cristo mismo, pues Mar\u00eda es siempre el camino que conduce a Cristo <\/em>(29 de abril, 1965). Y el concilio Vaticano II nos recuerda: El <em>saludable influjo de la bienaventurada Virgen Mar\u00eda sobre los hombres, no nace de necesidad alguna, sino del benepl\u00e1cito de Dios; rebosa de la sobreabundancia de meritos en Cristo y se funda en la mediaci\u00f3n de El. Mas toda la eficacia de esos m\u00e9ritos depende de Mar\u00eda, quien para nada impide el contacto inmediato del creyente con Cristo, antes lo <\/em>.<em>facilita <\/em>(LG, 60). He ah\u00ed la raz\u00f3n de por qu\u00e9 es tan grande y rica: porque as\u00ed plugo a Dios, <em>merced al benepl\u00e1cito divino. <\/em>Todo pertenece a Cristo, pues <em>El es la Cabeza&#8230; el principio, el primog\u00e9nito (Col 1, <\/em>18), en cuanto que, en los cielos, <em>Dios lo sent\u00f3 a su diestra, por encima de todo principado y autoridad, de toda potencia y domina\u00adci\u00f3n, de todo otro nombre que se pueda pronunciar (Ef 1, 21). <\/em>El es el \u00fanico Mediador (1 Tim 2, 5). Mas el Mediador quiso una Mediadora, porque as\u00ed le plugo. De ah\u00ed que Mar\u00eda sea nuestra bendita Madre. Madre de la Iglesia y Madre espiritual de los hombres. <em>Mar\u00eda es verdaderamente Madre de los miembros de Cristo&#8230; porque con su caridad cooper\u00f3 al nacimiento de los fieles de la Iglesia, que son los miembros de aquella cabeza <\/em>(LG, 53, que cita a san Agust\u00edn). <sup>&#8211;<\/sup>Por esto es ella tan grande, para que a ella recurramos y en ella encontremos refugio, para darnos alivio. No es la suya una grandeza aisladora y lejana, distante, inaccesible. Es grande porque est\u00e1 junto a los peque\u00f1os, porque est\u00e1 pr\u00f3xima, se deja llamar e invocar, y no espera otra cosa, porque su intercesi\u00f3n no es para hacernos poderosos. Hay dos pasajes en la historia sagrada llenos de encanto po\u00e9tico; ambos se aplican a Mar\u00eda. Uno es cuando Jos\u00e9 dice a sus hermanos: <em>Dios me envi\u00f3 delante de vosotros, para que os asegurase la supervivencia en esta tierra y se salve mucha gente por medio de vosotros <\/em>(Gen 45, 7). El otro es cuando Mardoqueo dirige a la reina Ester estas tr\u00e1gicas palabras: (<em>, <\/em><sup>&#8211;<\/sup><em>Quien sabe si no fuiste erigida en reina en previsi\u00f3n de estos sucesos? <\/em>(Est 4, 14). Todos oran y han orado siempre a ella, y en vano recurriremos a nadie m\u00e1s; pues <em>ella es el alma de la iglesia orante, y <\/em>porque los dem\u00e1s intercesores lo obtienen todo a trav\u00e9s de ella. Los dem\u00e1s dan lo que de ella reciben, pues s\u00f3lo ella tiene al Hijo, s\u00f3lo ella es Madre de El, del que llega a ser Madre tambi\u00e9n por la fe.<\/p>\n<p><em>Mar\u00eda fue m\u00e1s bienaventurada por haber cre\u00eddo en Cristo que por haberle dudo el ser corporal. En electo, a aquella que vitoreaba u Jes\u00fas.<\/em><em><sup>&#8211;<\/sup><\/em><em> Bienaventurado <\/em>el vientre que te llev\u00f3 y los pechos que te amamantaron (Le 11, Z7), <em>escuch\u00f3 esta respuesta de Jes\u00fas.<\/em><em><sup>&#8211;<\/sup><\/em>Bienaventurados mas bien quienes oyen la palabra de Dios y la cumplen. <em>En realidad \u00bfqu\u00e9 ganaron los parientes de Jes\u00fas que no creyeron en El con estarle carnalmente emparentados? De manera similar, tampoco habr\u00eda dado ventaja alguna a Mar\u00eda el estrech\u00edsimo v\u00ednculo de la maternidad, si no hubiese sido bienaventurada ya por llevar a Cristo en el coraz\u00f3n m\u00e1s que en la carne <\/em>(San Agust\u00edn, <em>De s. virg. PL <\/em>40, 399). Recurrimos a ella porque debemos aprender y recibir de ella aun lo que es de Cristo, pues aunque parezcamos contrarios, por ser diversos de ella, no es as\u00ed; contrario a ella es s\u00f3lo el antiguo adversario, no nosotros, porque nosotros estamos con el Hijo, y el Hijo est\u00e1 con nosotros <em>hasta la consumaci\u00f3n del mundo <\/em>(Mt 28, 20). Tambi\u00e9n ella quiere estar con nosotros, porque para nosotros fue hecha. Est\u00e1 con nosotros hasta cuando decimos <em>Reconozco mi culpa <\/em>(Sal 50, 5); cuando decimos: <em>Heme aqu\u00ed que vengo <\/em>(Heb 10, 7); o cuando confesamos: Soy <em>un pecador <\/em>(Le 5, 8). Aun cuando decimos <em>no, y <\/em>luego vi hacemos: m\u00e1s a\u00fan, recurrimos a ella para que de nuestro <em>no, <\/em>haga un <em>s\u00ed <\/em>al Padre. Recurrimos a ella en la necesidad -y siempre estamos necesitados de gracia, de conversi\u00f3n, de perfecci\u00f3n, de desprendimiento, de anonadamiento, de consuelo. No recurrimos a ella solamente en determinadas fechas, en momentos preestablecidos, o cuando lo requiere el protocolo espiritual: recurrimos a ella siempre. Sin esta Madre, la teolog\u00eda m\u00e1s sutil se queda en abstracci\u00f3n, como esa misma abstracci\u00f3n no necesita de madre. Sin ella, nuestra lucha cotidiana es puro azotar el viento (cfr. 1 Cor 9, 26). Recurrimos frecuentemente a nosotros mismos, a nuestra capacidad, nuestra inteligencia, nuestras fuerzas; nos apoyamos en nuestra seguridad y habilidad: cuando proyectamos, hacemos, organizamos, ejecutamos. La cultura se convierte en nuestro producto y la ignorancia en nuestra culpa; la actividad es una virtud, la inactividad una ruina. Con mayor frecuencia recurrimos a otros, a su opini\u00f3n, ayuda, apoyo, esperanza, confianza: Si el Se\u00f1or no construye la casa, en vano se fatigan los constructores. Si el Se\u00f1or no guarda la ciudad, en vano vela el centinela (Sal 126. 1). Aqu\u00ed nace la idolatr\u00eda; no aquella antigua, hecha de efigies de barro, hierro, bronce, oro o madera. Nosotros hacemos \u00eddolos m\u00e1s al d\u00eda, a la altura de nuestra t\u00e9cnica e inventiva: los titulares, los cargos, los puestos, la fama, la opini\u00f3n, la gloria, los bienes del yo: los establecemos, perfilamos y erigimos; hacemos que hablen o callen; nosotros mismos los modelamos y los quemamos. De por s\u00ed, todos son mudos. Y a ellos recurrimos. Tiene todav\u00eda actualidad la carta de Jerem\u00edas (Bar 6) sobre los \u00eddolos, est\u00e1 lejos de haber agotado su iron\u00eda. Pues bien, de estos \u00eddolos nos libera Mar\u00eda, la concebida sin mancha, si recurrimos a ella. Del rostro de Mar\u00eda, Catalina nos dice que es indescriptible. Empero describe bien las manos, habla de ellas. Ha aprendido a 50 servir a los pobres, a socorrerles con las <em>propias manos, <\/em>de ah\u00ed que ese simbolismo le sea cong\u00e9nito: manos abiertas, extendidas hacia quien se acerca, en se\u00f1al de amor, de uni\u00f3n. Prestas a abrazar, son sobre todo manos llenas de gracias. Merced a ellas se ha crecido y madurado; entre ellas nacieron las vocaciones, los m\u00e1rtires, confesores, v\u00edrgenes, los pastores y presb\u00edteros. De ellas salieron los santos, tanto los renombrados como los desconocidos. Son manos que han enjugado muchas amargas l\u00e1grimas: las de madres afligidas e hijos apenados; las de pastores extenuados. Esas manos se\u00f1alan el camino (Hech 18, 26). Esas manos son un lugar de refugio, pero s\u00f3lo para los peque\u00f1os, no para los grandes. Las manos de Mar\u00eda se extienden para los ni\u00f1os y para quienes ans\u00edan ser tales: si no nos hacemos como ni\u00f1os, <em>no podremos&#8230; <\/em>y ni\u00f1os somos todos en realidad. Ella no se sinti\u00f3 grande, y as\u00ed lleg\u00f3 a ser mayor que todos: invirti\u00f3 la prueba de nuestros primeros padres, pues se declar\u00f3 humilde esclava, mientras que ellos desearon haber sido como dioses. Ahora puede decirnos de nuevo: <em>Haced cuanto El os diga. <\/em>Como el \u00e1rbol de la vida, esas manos producen frutos exquisitos. Toda ella est\u00e1 transida del Esp\u00edritu Santo, y sus frutos son frutos de Esp\u00edritu, que nos quiere comunicar: amor, paz, bondad, agrado de Dios (Ef 5, 10), sabidur\u00eda, santidad (2 Cor 6, 6), fe, caridad, pureza (1 Tim 4, 12). Son frutos contrarios a nuestro propio \u00e1rbol de carne: los amargos frutos del libertinaje, la enemistad, la envidia y otros (G\u00e1l 5, 19-23). Las piedras preciosas, los resplandores, los haces de rayos&#8230; indican el camino de la iglesia: han iluminado a papas, obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, seglares. Todos han sido envueltos por la luz de estos rayos. Mas hay piedras apagadas. Aquellas que no emit\u00edan resplandor, significan <em>!as gracias que se olvida pedir. <\/em><\/p>\n<p>Es como el talento que guardamos en el pa\u00f1uelo y enterramos, como el aceite que no adquirimos para las l\u00e1mparas. No se reciben estas gracias, porque no se piden. No se piden-dice esta Madre, con gran delicadeza- <em>por olvido. <\/em>Pero sabemos bien que a veces no las queremos, tememos recibirlas, pues podr\u00edan turbar nuestra comodidad. Para una madre, eso no es m\u00e1s que <em>olvido <\/em>en el hijo. No hiere nuestra sensibilidad con ese delicado reproche. Pero de hecho, nosotros no llegamos a recibirlas. O bien no las recibimos, porque buscamos donde no podemos encontrar, o pedimos lo que no podemos recibir. Si uno llama, golpea, insiste, persevera, la puerta del Reino se abre al fin. A esto debemos aspirar: primero el Reino, lo dem\u00e1s, que sea a\u00f1adidura. Por aqu\u00ed comprendemos que <em>recurrir, <\/em>ante todo, quiere <em>decir orar. <\/em>De hecho no pueden bastarnos las <em>pr\u00e1cticas <\/em>de piedad; nos es indispensable la piedad misma, que consiste en orar con y en el coraz\u00f3n. Orar es permanecer junto a Dios, no s\u00f3lo <em>rezar <\/em>y dejar a Dios. Pues bien Mar\u00eda quiere que oremos: nuestras dificultades se originan en la falta de oraci\u00f3n y en el abandono del Se\u00f1or: Dos iniquidades ha cometido mi pueblo: me ha dejado a m\u00ed, fuente agua viva, y se ha cavado cisternas agrietadas que no retienen el agua (Jer 2, 13). <em>Eso es seguir lo vano <\/em>(Jer 2. 5; Sal 115, S; Os 9: 10). Orar, en cambio, es guardarse de lo que es vano<em>, <\/em>de la inanidad, no de la que <em>se espeja, <\/em>sino de aquella que vac\u00eda. Orar es echar buena simiente, y la Virgen Mar\u00eda quiere evitar que la desparramemos sobre el camino, el lugar pedregoso, entre las espinas; quiere que caiga en terreno f\u00e9rtil, para que produzca en cada uno <em>seg\u00fan la medida de la fe <\/em>que Dios le ha dado (Rom 12, 3). Es construir sobre roca firme, no sobre arena (cfr. Mt 7, 24-27). Es no interrumpir la construcci\u00f3n a medio concluir, es no errar el c\u00e1lculo (cfr. Le 14, 2R-32): en realidad, o uno se adhiere a Dios, o se separa de El (cfr. Mt 6. 24). Puede acaecer que equivoquemos nuestros c\u00e1lculos, como aquel rey que iba a dar la batalla a una hueste m\u00e1s numerosa que la suya (cfr. Lc 14, 31), y Mar\u00eda quiere asistirnos en la revisi\u00f3n de nuestras <em>cuentas, <\/em>de manera que cuadren, en cuanto a la fe y a la caridad. La iglesia, de los papas a los fieles, ha solido <em>recurrir <\/em>a Mar\u00eda con una oraci\u00f3n especial, probada por la experiencia, y en la que se <em>compendia el evangelio (Marialis Cultus. <\/em>42): el rosario, que es la corona de la bienaventurada Virgen Mar\u00eda. Pablo VI recordaba <em>la vigilante atenci\u00f3n y diligente solicitud <\/em>de sus predecesores para con esta plegaria<em> contemplativa, que es conjuntamente de alabanza y de s\u00faplica. <\/em>Pero sobre todo, el rosario <em>es plegaria evang\u00e9lica, centrada en el misterio de la Encarnaci\u00f3n redentora&#8230; plegaria, pues, de orientaci\u00f3n netamente cristol\u00f3gica. De hecho su elemento caracter\u00edstico -la repetici\u00f3n lit\u00e1nica del <\/em>Dios te salve, Mar\u00eda-<em>se convierte en incesante alabanza de Cristo, fin \u00faltimo del anuncio del \u00c1ngel y del saludo de la madre del Bautista: <\/em>Bendito es el fruto de tu vientre (Lc. l, 42). M\u00e1s<em> a\u00fan: la repetici\u00f3n del <\/em>Ave Mar\u00eda forma <em>la urdimbre sobre la que se desarrolla la contemplaci\u00f3n de los misterios (ibid. <\/em>46). El papa recuerda que, adem\u00e1s de la alabanza y la petici\u00f3n, el rosario recalca la importancia de un tercer elemento: la contemplaci\u00f3n. Sin ella, el rosario es como cuerpo privado de su alma, y su recitaci\u00f3n amenaza convertirse en mec\u00e1nica repetici\u00f3n de f\u00f3rmulas y contrariar la advertencia de Jes\u00fas: <em>Cuando or\u00e9is, no se\u00e1is locuaces como los paganos, que creen ser escuchados en raz\u00f3n de su locuacidad <\/em>(Mt 6. 7). <em>Por su naturaleza, el rosario exige un ritmo tranquilo y un detenimiento ponderado. Que favorezcan en el orante la meditaci\u00f3n de los misterios de la Vida del Se\u00f1or, que los vean a trav\u00e9s del coraz\u00f3n de la que m\u00e1s pr\u00f3xima estuvo a EL y all\u00ed descubran riquezas insondables (ibid.. <\/em>47). El <em>rosario es una plegaria habitual, <\/em>dijo Juan Pablo II en el Angelus del 29-X-1978. Basta con este recuerdo, simult\u00e1neamente doctrinal y pastoral, para asegurar nuestra devoci\u00f3n al rosario. Recit\u00e9moslo en familia o bien solos, en comunidad o bien en privado, delante del tabern\u00e1culo o donde nos resulte posible. Recitarlo es siquiera un deber, descuidarlo es por lo menos insensatez, hostilizarlo es grave ligereza de esp\u00edritu. De ah\u00ed que lo recitemos, no por exclusivismo devoto, ni porque intentemos alterar sus proporciones, sino porque e<em>s una plegaria excelente, a cuyo respecto&#8230; el fiel debe sentirse sereno y libre, movido por el valor intr\u00ednseco del mismo a recitarlo con sencillez y<\/em><em><sup>.<\/sup><\/em> compostura (ibid., 55). Recurrimos a ti&#8230; \u00bfC\u00f3mo?<\/p>\n<p>Con gran confianza y con total abandono, para conseguir que d\u00e9 fruto en nosotros la palabra de Dios, y no resbale est\u00e9ril, como sobre duro cemento. \u00bfPero qui\u00e9n dir\u00e1 que siempre sembr\u00f3 sobre buena tierra? \u00bfQui\u00e9n no ha descubierto ciza\u00f1a en su campo? Y nos preguntamos: \u00bfPor qu\u00e9 no arranca luego el amo la ciza\u00f1a? Pues todos somos en parte ciza\u00f1a, y en parte buen grano. Hoy producimos el ciento por uno, ma\u00f1ana sembramos sobre roca. Hoy decimos: <em>Vayamos tambi\u00e9n nosotros y muramos con \u00e9l <\/em>(Jn 11, 16), y ma\u00f1ana: No <em>conozco a tal hombre <\/em>(Jn 18, 17). Hoy pensamos: <em>Ahora s\u00ed que hemos comprendido, ahora si que hablas claro <\/em>(Jn 16, 29), y ma\u00f1ana se verifica en nosotros la frase: <em>Cada uno de vosotros ir\u00e1 por su camino, y a m\u00ed me dejar\u00e9is solo <\/em>(Jn 16, 3l). O sea: Hoy <em>confiesas tus pecados y ma\u00f1ana vuelves a cometerlos. Ahora te propones estar en guardia, y dentro de una hora obras como si nada te hubieses propuesto (Imitaci\u00f3n de Cristo I, 22, 6). <\/em><\/p>\n<p>A ella, pues, recurrimos para presentar nuestra debilidad, nuestras flaquezas diarias (cfr. Le 17, 3-4). Este es un aspecto importante de ese <em>llevar la propia cruz todos los d\u00edas <\/em>(Le 27, 3-4). De hecho, se esconde en este recurso continuo un aspecto misterioso de la fe; no se lo traduce con facilidad, pero s\u00ed se lo intuye en su sentido justo: De grado, pues, me envanecer\u00e9 de mis flaquezas, para que more en m\u00ed el poder de Cristo&#8230; Cuando soy d\u00e9bil, entonces soy fuerte (2 Cor 12, 19 s). En realidad, Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva (Ez 33, 11). Mas la experiencia de ello hace que pongamos todas nuestras esperanzas en la gracia de Dios, en el maternal socorro de Mar\u00eda, y de esa suerte tendremos verdadera humildad. Pues el mal proviene de nosotros mismos, no de Dios: Que nadie diga cuando es tentado. Dios me tienta, porque ni a Dios puede tentar el mal, ni puede El mismo tentar al mal. M\u00e1s bien, tienta a cada cual la propia concupiscencia, que le atrae y seduce (San l, 13-14). As\u00ed sabemos que de nada podemos gloriarnos (cfr. Rom 3, 27; 2, 17), si no es en la esperanza de la gloria de Dios (Rom 5, 2). Nosotros: &#8211;\u00bfA qui\u00e9nes indica, una vez m\u00e1s? San Pablo nos ense\u00f1a una gran doctrina: somos aquellos por quienes Cristo se entreg\u00f3 a la muerte; y nos caracterizan cuatro rasgos: somos pecadores, imp\u00edos, d\u00e9biles, enemigos (Rom 5, 6-11). Pero Dios demuestra su amor por nosotros en que, cuando a\u00fan \u00e9ramos pecadores, Cristo muri\u00f3 en favor nuestro. Por El ahora, con tanta mayor raz\u00f3n, cuando su sangre nos ha justificado, nos salvaremos de la ira (Rom 5, 8-9). Esto es, \u00e9ramos pecadores, no s\u00f3lo antes del bautismo, sino por desgracia tambi\u00e9n despu\u00e9s. Y por esos pecados muri\u00f3 Cristo Jes\u00fas, porque donde abund\u00f3 el pecado sobreabund\u00f3 la gracia (Rom 5, 20). Espont\u00e1neamente exclamamos con san Pablo: \u00bfQu\u00e9 diremos entonces? \u00bfSeguiremos en el pecado para que abunde la gracia? \u00a1Es absurdo! (Rom 6, 1). De ah\u00ed que recurramos a la Virgen Mar\u00eda en demanda de llegar a ser cada vez m\u00e1s hijos de la luz (Jn 12, 36).<\/p>\n<h3><strong>c) El reverso de la medalla <\/strong><\/h3>\n<p>Lo hasta aqu\u00ed dicho &#8212;que dista mucho de ser todo&#8211; se aplica al haz de la medalla, basta para contemplar el esplendor, la gloria, el gran nombre de Mar\u00eda; pero, \u00bfd\u00f3nde lo adquiri\u00f3 todo y c\u00f3mo lleg\u00f3 a ser todo eso Mar\u00eda? Pues nos la representamos como Reina, Inmaculada, elevada al cielo en la Asunci\u00f3n, siempre Virgen, Mediadora y Madre he ah\u00ed a Mar\u00eda en su gloria-. Ahora bien, la medalla nos habla del momento en que Mar\u00eda cree, de su caminar por la tierra delante de Dios. Tenemos que volver la medalla, y eso hace que nos preguntemos porqu\u00e9; por qu\u00e9 mirar al otro lado, indagar en qu\u00e9 modo llega Mar\u00eda a dar a luz el <em>Cristo de la f<\/em>e. Eso envuelve ante todo un significado, y es que todo cuanto cae bajo nuestra mirada, oculta una realidad ulterior. En la medalla se nos presenta Mar\u00eda rodeada de gloria, esos s\u00edmbolos de gloria requieren una atenta interpretaci\u00f3n para ver lo que esconden. \u00bfNunca hemos admirado una obra de arte? \u00bfUn Miguel Angel, un Leonardo, un Tiziano? Nos encantan. Pero \u00bfsabemos el procedimiento empleado por el artista, para llevar su obra a t\u00e9rmino&#8217;? Ese procedimiento no se manifiesta, est\u00e1 oculto y es invisible. Pero encierra las fatigas y los tormentos del artista; consta de sucesivos actos productores de belleza: primero un dise\u00f1o escueto, luego una lenta coloraci\u00f3n, donde las diversas partes no est\u00e1n a\u00fan en armon\u00eda unas con otras, por fin el equilibrio: una Gioconda, una Resurrecci\u00f3n, una Creaci\u00f3n. Dios es como un artista y, en la medalla, pasa lentamente de la faz al env\u00e9s y nos revela el alma de Mar\u00eda. Lleva preparando el lienzo desde toda la eternidad: <em>Lo mismo que la Encarnaci\u00f3n del Verbo, bienaventurada Virgen fue predestinada desde toda la eternidad a ser madre de Dios <\/em>(LG, 61). Ella, pues, concibe al Hijo, en su seno y en su fe, mas de suerte que El <em>no es engendrado de la sangre, ni de la apetencia de la carne, ni de la apetencia de var\u00f3n <\/em>(Jn. l. 13). Toma, empero, carne real de la Virgen Mar\u00eda. Y a menudo nos detenemos s\u00f3lo en este resultado final: pasamos por alto el lento trabajo del Padre sobre Mar\u00eda; tememos descubrir las fases en la fe de Mar\u00eda. Existen en esa fe tr\u00e1nsitos secretos, momentos oscuros: es como sembrar entre l\u00e1grimas, para luego recoger con alegr\u00eda. El reverso de la medalla es la siembra entre l\u00e1grimas del Salmo 125, 5. Acontece que, como Jes\u00fas, hay que hacerse siervo <em>obediente y obediente hasta morir en cruz; <\/em>mas luego se recibe <em>el nombre que est\u00e1 por encuna de todo otro nombre (Filip 2, 6-11). <\/em>En lo divino se da siempre una faz y un env\u00e9s, lo revelado y lo escondido, lo que se dice y lo que se calla. Ninguna importancia hubiera tenido para Mar\u00eda concebir y dar a luz a Cristo, si ella no hubiese sido <em>la que escuch\u00f3 la palabra de Dios y la puso en pr\u00e1ctica <\/em>(cfr. Le 11, <em>28), <\/em>y el reverso de la medalla nos dice c\u00f3mo ocurre. Volver la medalla, antes a\u00fan de observar el contenido del reverso, es ya un misterio que encierra un profundo mensaje: quiere decir que no es l\u00edcito quedarse en la superficie, sino que es preciso rebasar lo humano, penetrar en el fondo, mirar m\u00e1s all\u00e1 de lo que se ve, escuchar allende lo que se oye, percibir m\u00e1s que lo inmediato. Nos acercamos en este esfuerzo a la m\u00e9dula de la fe, y es como un m\u00e9todo que nos permite comprender tanto <em>las cosas celestes corno las terrestres <\/em>Un 3, <em>12), <\/em>que nos da una sabidur\u00eda no perteneciente <em>a este mundo, <\/em>sino <em>divina&#8230; misteriosa que ha estado oculta (1 <\/em>Cor 2: 6-7). Se aplica aqu\u00ed el <em>Gracias, Padre, porque revelaste estas cosas a los peque\u00f1os <\/em>(Mt 11, 25). Aqu\u00ed el sabio es necio, y el necio es sabio (cfr. 1 Cor I, 17-31). Hasta llegar a comprenderlo es preciso imitar a Mar\u00eda, <em>que lo guardaba todo y Io meditaba en su coraz\u00f3n (Lc 2, 19; <\/em>3, 51). Mar\u00eda estuvo siempre a la escucha, se mostr\u00f3 siempre atenta, fue siempre sensible. Cuando unos s\u00edmbolos o figuras particulares necesitan ser meditados, es se\u00f1al de que forman un lenguaje especial, un lenguaje que tiene que ser descifrado mediante una clave que venga del mismo Dios. Jes\u00fas habl\u00f3 ese lenguaje: creemos a veces captar algunas de sus palabras, pero se nos escapa el lenguaje como tal. Los signos de \u00e9l nos deslumbran, y somos como el pueblo que le sigue despu\u00e9s de la multiplicaci\u00f3n de los panes: No me busc\u00e1is porque hay\u00e1is visto prodigios, sino porque comisteis del pan y os saciasteis (Jn 6. 26). Y como no traspasamos esos signos, de ah\u00ed que se conviertan para nosotros, no en instantes de luz, sino en momentos de tinieblas. La medalla es un signo para los pobres. Para ellos tiene un profundo mensaje de fe y de esperanza, sobre todo en su reverso. Habla a los pobres y a los sencillos, a los que no van en busca de se\u00f1ales, sino que gozan confiadamente de lo que se les da. Es un signo que encierra al designio de la salvaci\u00f3n, en el que resplandecen las siete l\u00e1mparas de la vida cristiana. Contiene los siete dones del Esp\u00edritu Santo, que hacen de Mar\u00eda la Madre del Buen Consejo y la sede de la Sabidur\u00eda. Si leemos esos s\u00edmbolos del modo justo, ellos nos abren la dimensi\u00f3n de la fe, un espacio dentro del que Dios se nos revela y en el que tendemos a Dios. La medalla, pues, es un descubrimiento -sobre todo en su reverso: el estadio elemental consiste en la comprensi\u00f3n de los s\u00edmbolos individuales; la relaci\u00f3n misteriosa de esos s\u00edmbolos supone un avance y un ahondamiento. Pero entender su lenguaje global es el grado perfecto, indispensable para que oremos y meditemos con verdadero provecho.<\/p>\n<h3><strong><em>d) M &#8211; eme de Madre <\/em><\/strong><\/h3>\n<p>Sobre la maternidad divina de Mar\u00eda hay hechos de fe en los que no es preciso insistir, pues forman parte bien establecida de la revelaci\u00f3n. Son hechos que tienen su arraigo en la mente eterna de Dios, se concretan en el anuncio del \u00e1ngel, se cumplen en la cruz, se desarrollan y esclarecen a lo largo de los siglos, desde el concilio efesino hasta el Vaticano 11, y se formulan en la liturgia: <em>Veneramos a la gloriosa Virgen Mar\u00eda, Madre de Nuestro Se\u00f1or Jesucristo <\/em>(Plegaria Eucar\u00edstica I). Madre, pues, de Jesucristo, no del que se transfigur\u00f3, sino del que fue clavado en cruz. Si el alumbramiento en Bel\u00e9n hab\u00eda estado exento de penas, el del Calvario acontece entre indecibles desgarros. Aunque Mar\u00eda no solloza, est\u00e1 contenidamente pr\u00f3xima: es la culminaci\u00f3n de su maternidad y el t\u00e9rmino de su maternidad en la tierra. Nadie fue tan valeroso como ella ni dio mayores pruebas de amor. Dos infinitos entraron en contraste: la fidelidad de Dios y la miseria del hombre. Mar\u00eda triunf\u00f3 verdaderamente en el Calvario, con un triunfo inmenso, porque inmensa fue su soledad. Fue un momento infinitamente denso de nueva energ\u00eda salvadora, cuando tuvo lugar el intercambio de las voluntades postreras: Cristo Jes\u00fas, cuyo legado eucar\u00edstico estaba ya ratificado, dejaba todav\u00eda a la propia Madre en herencia. No se agotaba, pues, la maternidad, sino que se reencarnaba en la iglesia. Desde <em>aquella hora de salvaci\u00f3n <\/em>la iglesia en Mar\u00eda es madre del disc\u00edpulo. Era la alborada de <em>unos cielos nuevos y una tierra nueva. <\/em><\/p>\n<p>La maternidad, para Mar\u00eda, es, adem\u00e1s de dar al Hijo una substancia corporal que es solamente de ella, <em>darnos <\/em>a nosotros (Jn 3, 16) ese Hijo juntamente con el Padre: el Padre nos lo da en sacrificio seg\u00fan un amor infinito, y Mar\u00eda lo ofrece por nosotros con un amor limitado, como criatura que es, por un amor inmenso e inalcanzable. Mar\u00eda est\u00e1 al lado de la cruz. Es una cercan\u00eda material, pero es tambi\u00e9n una participaci\u00f3n en el misterio de la cruz, que es el misterio de la salvaci\u00f3n. He ah\u00ed la corredentora que el Padre ben\u00e9volamente ha elegido. All\u00ed es donde el disc\u00edpulo la recibe por madre, y ella recibe al disc\u00edpulo por hijo. Mar\u00eda llega a ser, en virtud de este hecho, Madre de la nueva comunidad mesi\u00e1nica, salvada por el Hijo con su sangre. Comprender la entra\u00f1a de este misterio, a nivel psicol\u00f3gico, pero m\u00e1s a\u00fan a nivel de fe, es uno de los dones m\u00e1s delicados selectos<sup>,<\/sup> del Esp\u00edritu y que asiduamente debemos implorar. \u00bfQu\u00e9 siente el coraz\u00f3n de Mar\u00eda, cuando se ve envuelto en estos hechos? \u00bfC\u00f3mo traspasa el Padre ese coraz\u00f3n, bajo un velo misterioso? Ah\u00ed arraigan las advocaciones de <em>Madre de dolores, Reina de los M\u00e1rtires, Virgen dolorosa. <\/em><\/p>\n<p>Eso es lo que admirablemente representan los dos corazones. El coraz\u00f3n de Mar\u00eda est\u00e1 representado junto al coraz\u00f3n de Jes\u00fas: \u00bfqu\u00e9 se nos quiere decir con eso&#8217;) El dolor de ambos, la pena d(<sup>,<\/sup> la Madre. el sufrimiento del Hijo: a buen seguro. Pero existe la uni\u00f3n, el amor mutuo precisamente en el padecimiento. No padecen aislados, cada uno por separado, sino que est\u00e1n unidos en la voluntad del Padre, y as\u00ed expresan toda su interioridad y su esencia. Para que esto sed H51, el coraz\u00f3n de Jes\u00fas ha tenido que descender hasta el coraz\u00f3n de Mar\u00eda, v el coraz\u00f3n de Mar\u00eda ha tenido que ser elevado hasta el coraz\u00f3n de Jes\u00fas. De manera an\u00e1loga eleva Jes\u00fas el coraz\u00f3n de todos nosotros, para que est\u00e9 a la altura de su Pasi\u00f3n, Muerte y Resurrecci\u00f3n, he ah\u00ed lo esencial, el principio, el fundamento, la base de todo. Pero leamos los evangelios, y encontraremos tormentos y separaci\u00f3n, despegos y reproches. El d\u00eda en que la Madre, llena de ansiedad y angustia, busca al hijo perdido, se oye decir: \u00bf<em>Por qu\u00e9 me buscabais? \u00bfNo sab\u00edais que debo estar en las cosas de mi Padre <\/em>(Lc.2, 50). Y es que esas palabras son una reivindicaci\u00f3n de la filiaci\u00f3n divina de Jes\u00fas, que tiene a Dios por Padre. y mantiene con El relaciones que sobrepasan las de la familia humana. Pero Mar\u00eda siente esas palabras corno un latigazo. Tuvo que suponer una tremenda prueba para su coraz\u00f3n o\u00edr aquellas palabras incomprensibles, despu\u00e9s de todo lo sucedido en su interior, despu\u00e9s de todo cuanto Dios mismo le hab\u00eda revelado&#8230; Pues bien. en momentos como ese era cuando estaban unidos los corazones del Hijo y de la Madre. Son situaciones que nosotros llamaremos <em>incomprensi\u00f3n, <\/em>pero que en s\u00ed mismas son flaquezas del lenguaje. Mar\u00eda no comprendi\u00f3 las palabras del Hijo. No comprender las palabras de Jes\u00fas, en nuestro propio caso, ser\u00eda motivo de ofensa y frustraci\u00f3n. En el extremo opuesto, los fariseos creen ver, pero oyen c\u00f3mo se les dice: Dec\u00eds: vemos; vuestro pecado permanece (Jn 9, 41). Mar\u00eda, en cambio, se contenta con decir, humilde, que no ve, y por ese mismo hecho, ve con toda lucidez. Es d\u00f3cil, d\u00factil, sensible; aun no estando necesitada de purificaci\u00f3n, atraviesa los sucesivos estadios de la fe purificadora. Es obediente a la palabra de Dios. al proyecto (te] Hijo, al plan de salvaci\u00f3n. Como Madre a la que sobrevino la tragedia de la muerte del Hijo, Mar\u00eda es del todo capaz de comprender nuestras tragedias, las grandes lo mismo que las peque\u00f1as: nuestro abandono, nuestra incapacidad, impotencia para el bien, nuestro querer y no poder, tender y nunca alcanzar. Tanto en la alegr\u00eda como en la contrariedad est\u00e1 a nuestro lado, vela por nosotros en la paz y tambi\u00e9n en medio de la inquietud. Tambi\u00e9n a nosotros nos la ha dado Dios por Madre; por eso es incumbencia suya formar en nosotros a hijos suyos. Con nosotros se ejerce verdaderamente su maternidad, porque nos forma, nos configura, nos lleva de la mano, nos devuelve a Dios; nos acompa\u00f1a en el camino, nos conforta, nos da alivio, nos alegra. Es Una Madre con innumerables hijos en el coraz\u00f3n, regenerados por la sangre del Hijo, que nacieron por el bautismo y fueron creciendo por efecto de la Eucarist\u00eda. Dej\u00e9monos en todo momento guiar, conducir por Mar\u00eda. Est\u00e9 nuestro coraz\u00f3n junto al de ella, como el de ella est\u00e9 junto al de Jes\u00fas, pues lo que acontece en el coraz\u00f3n de Mar\u00eda es s\u00edmbolo de lo que acontece en el seno de la Iglesia.<\/p>\n<h3><strong>e) Este globo&#8230; representa a cada alma particular <\/strong><\/h3>\n<p>Estas palabras no forman, en rigor, parte de la aparici\u00f3n de la medalla, sino que la preceden inmediatamente, pueden ser otro modo de expresar nuestra presencia en el coraz\u00f3n de Mar\u00eda. Son palabras graves, porque llaman la atenci\u00f3n sobre las almas, la tuya y la m\u00eda, la de todos los dem\u00e1s, de quienes amas y de quienes crees no amar: todos estamos en las manos y en el coraz\u00f3n de Mar\u00eda, donde se desvanecen nuestras diferencias, descienden de rango hasta convertirse en disensiones de hermanos, hijos de una misma Madre. Si estamos all\u00ed, no es debido al olvido, sino todo lo contrario, merced al recuerdo materno. No tenemos all\u00ed un n\u00famero, sino una vida: justo cuando nos damos por in\u00fatiles, desechados, sin prop\u00f3sito, importancia o virtud, entonces es cuando la Madre nos tiene presentes. Juntamente con su Hijo, ella nos guarda a nosotros: No dejar\u00e1 que tu pie vacile, no se adormecer\u00e1 tu guardi\u00e1n. No se adormecer\u00e1, no se dar\u00e1 reposo el guardi\u00e1n de Israel (Sal 120, 3-4). La Madre abarca todo lo que hemos sido y somos, nuestro pasado, presente y futuro, lo remoto al igual que lo pr\u00f3ximo, pues se acerca m\u00e1s a nosotros de lo que nosotros nos acercar\u00edamos a ella. Atiende a nuestras acciones, a las circunstancias que las complican o bien las simplifican, las tristes como las alegres, las luminosas como las oscuras. Es gracias a que estamos en sus manos y en su coraz\u00f3n por lo que avanzamos en la fe, en la gracia, en la virtud. No la asustan nuestros moment\u00e1neos rechazos, sino que la impelen a sujetarnos mejor. Los aprovecha para demostrarnos nuestra peque\u00f1ez y la imposibilidad de remediarla, si no es mediante el poder extraordinario de la gracia. Estamos en sus manos: he ah\u00ed nuestra senda. Si corremos veloces o nos retrasamos, si tropezamos o retrocedemos: la agilidad nos viene de ella, y de ella recibimos tambi\u00e9n los lenitivos para nuestras contusiones. Ayud\u00e9monos a meditar esta solicitud con la epopeya del Salmo 106: Convirti\u00f3 en arroyos el desierto, en manantiales los eriales, las marismas en campos f\u00e9rtiles por la malicia de los habitantes. Mas luego hizo del desierto un lago, y una fuente del terreno \u00e1rido (Sal 106, 33-35). En las manos de Mar\u00eda, la vida de todos nosotros es una aventura en la que se debaten el cielo y la tierra ante los que nosotros nos encontramos. Es un continuo aprender y ense\u00f1ar, esperar en Dios y confiar en su santo nombre: El Se\u00f1or es mi pastor, nada me falta&#8230; (Sal 22. 1). Al lado de Mar\u00eda puede decirse: Aunque <em>caminare por un valle oscuro, no temer\u00eda ning\u00fan mal, pues t\u00fa est\u00e1s conmigo<\/em>. Y ser\u00e1 asimismo grato repetir, como el alma que est\u00e1 en el coraz\u00f3n de Mar\u00eda: Aunque acampe contra m\u00ed un ej\u00e9rcito, mi coraz\u00f3n no teme; aunque se inflama la batalla en contra m\u00eda, todav\u00eda tendr\u00e9 [confianza (Sal 26, 3). Mar\u00eda, pues, nos pide gran confianza y total abandono: que nos abandonemos en sus manos, que esperemos confiados y due\u00f1os de nosotros mismos, que reposemos tranquilos en la voluntad del Padre, cuando cae la voluntad humana. Esta Madre nuestra hace que caiga todo lo humano, trozo a trozo, y no podr\u00eda ser de otro modo. Es como si se diesen celos, y estar en manos de ella significase desembarazarnos de todos los dem\u00e1s. En fin, estar en sus manos significa que no nos desconoce, no nos olvida, no puede alejarnos de s\u00ed, y a\u00fan m\u00e1s: que es suyo todo aquello que es nuestro, bienes y gracias, cruces y tribulaciones. Nuestra regeneraci\u00f3n se produce en el bautismo y en el Esp\u00edritu, lo que equivale a decir: maduraci\u00f3n progresiva de la fe. Aqu\u00ed la planta crece bajo la mirada de esta Madre, est\u00e1 confiada a sus cuidados, y ella lo dispone todo de suerte, que no nos deja solos en el proceso del crecimiento. Quiere en verdad que todos alcancen la plena madurez en<em> Cristo, <\/em>a quien hemos de acoger como<em> ni\u00f1os <\/em>en el coraz\u00f3n. Todo esto es, en el sabio, ceguera de la propia sabidur\u00eda, y en el ciego, luz de su propia ceguera. El alma cristiana, los sacerdotes, los religiosos, no pueden alejarse de las manos, del coraz\u00f3n de Mar\u00eda. El sacerdote recibe las \u00f3rdenes sagradas, las cuales le hacen diferente al sacerdocio com\u00fan de los fieles, no s\u00f3lo en grado, sino esencialmente (L.G. 10). Por la fuerza de la unci\u00f3n del Esp\u00edritu Santo, el sacerdote queda marcado <em>con un car\u00e1cter especial que le asemeja a Cristo, Sacerdote, de suerte que pueda actuar en nombre de Cristo Cabeza de la Iglesia (PO, 2). <\/em><\/p>\n<p>Esta, por consiguiente, en manos de Mar\u00edn de modo privilegiado. En ella, que es Madre de la Iglesia, el sacerdote halla el modelo de la propia entrega a Cristo. De manos de ella espera \u00e9l la fe y el amor que har\u00e1n fruct\u00edfera la participaci\u00f3n humana en el sacerdocio de Jesucristo. Y as\u00ed como Mar\u00eda fue fiel hasta el final, as\u00ed \u00e9l conf\u00eda en perseverar en la obra apost\u00f3lica para el provecho de sus hermanos. Sobre todo. encuentra en ella el modelo de la uni\u00f3n con Cristo, que se verifica de un modo excepcional. Los religiosos y religiosas han consagrado su vida a la Iglesia. Para superar la tensi\u00f3n entre la acci\u00f3n y la oraci\u00f3n, entre el apostolado y la contemplaci\u00f3n, deben mirar hacia Mar\u00eda, que atiende a <em>la \u00fanica cosa necesaria <\/em>y que acude a las necesidades de otros, de Isabel, en Can\u00e1, junto a los disc\u00edpulos en Pentecost\u00e9s. Si la vocaci\u00f3n especial de los religiosos consiste en dar testimonio del Reino de Dios, la vida terrenal de Mar\u00eda fue el testimonio m\u00e1s perfecto de \u00e9l. Por los votos, los religiosos se ponen a disposici\u00f3n de sus hermanos, en una m\u00e1s amplia familia humana; unos buscan un apostolado m\u00e1s libre, otros una oraci\u00f3n m\u00e1s eficaz: y todos quieren estar m\u00e1s unidos a Cristo. El coraz\u00f3n de Mar\u00eda, que est\u00e1 unido al de Cristo, es de nuevo el modelo de esta consagraci\u00f3n. La uni\u00f3n a la misi\u00f3n de Cristo es un misterio, y consisti\u00f3 sobre todo en el holocausto de la voluntad. Por eso dice Cristo, cuando entra en el mundo: No has querido sacrificios ni ofrendas, sino que me adaptaste un cuerpo&#8230; Entonces dije: Heme aqu\u00ed, oh Dios, voy a hacer tu voluntad. Y el autor de la Carta a los Hebreos a\u00f1ade luego una reflexi\u00f3n de capital importancia: <em>Despu\u00e9s que ha dicho: no quisiste ni apeteciste sacrificios ni ofrendas&#8230;. prosigue: Heme aqu\u00ed, que voy a hacer tu voluntad. Con lo cual deja abolido el primer sacrificio para instituir uno nuevo <\/em>(Heb 10, 5-9). Ese nuevo sacrificio es el de la voluntad, consistente en hacer o dejar de hacer lo mismo que Cristo hizo o dej\u00f3 de hacer; es el sacrificio en el que Cristo revela o deja de revelar algo de s\u00ed mismo. Con Cristo, con esta entrega de su voluntad, estaba el coraz\u00f3n de Mar\u00eda. Y en Mar\u00eda encuentran los religiosos el modelo de su silenciosa inmolaci\u00f3n, de su libaci\u00f3n gota a gota en ofrenda, sobre el polvo del altar, unidos siempre al sacrificio y a la obra salvadora de Cristo: en el silencio exterior e interior, en la adoraci\u00f3n que une, en la acci\u00f3n que evangeliza para <em>bien de los pobres. <\/em><\/p>\n<h2><strong>Reflexiones para concluir <\/strong><\/h2>\n<p>La medalla, con todo lo que encierra, debe ser tema de mucha reflexi\u00f3n, para que se la comprenda y acepte, y esa reflexi\u00f3n debe hacerse en la fe y en la oraci\u00f3n para que entregue todo su contenido y su precioso valor. No se ha revelado a\u00fan del todo su contenido doctrinal. Mas una experiencia de siglo y medio atestigua su eficacia, y no s\u00f3lo en el campo sobrenatural sino a\u00fan en el natural. Llevar la medalla es proclamar que Mar\u00eda est\u00e1 con nosotros, y nosotros con ella, dondequiera que vayamos o estemos. Somos portadores de una vocaci\u00f3n consistente en escucharla y seguirla, estar y permanecer a su lado y actuar por su poder. Es dejar que se apodere de nosotros, abandonar todo aquello que es de nuestra propia hechura, romper con ello, para adoptar lo que ella nos propone. Y as\u00ed Mar\u00eda nos va llevando por la v\u00eda del silencio, del sacrificio, de la interioridad creyente, de la entregada oraci\u00f3n: precisamente hoy, cuando todo se est\u00e1 haciendo exterior, cuando cunde el envanecimiento en !o externo, y no en el coraz\u00f3n (2 Cor 5, 12). Lo que esta Madre quiere es que sus hijos guarden en el coraz\u00f3n, mediten y pongan en pr\u00e1ctica la palabra que es, y de quien es, Hijo por excelencia, Hijo de Dios. En siglo y medio que lleva existiendo la Medalla Milagrosa, las gracias por ella obtenidas son innumerables, y no podr\u00edan ni siquiera resumirse aqu\u00ed. Son favores y milagros de todo g\u00e9nero, y \u00bfqui\u00e9n hay tan extra\u00f1o que ignore semejantes cosas? (cfr. Lc 24, 18).<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>3. 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