{"id":125375,"date":"2013-11-16T04:11:07","date_gmt":"2013-11-16T03:11:07","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/?p=125375"},"modified":"2016-07-26T17:41:07","modified_gmt":"2016-07-26T15:41:07","slug":"lumen-fidei-capitulo-1","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/vincentians.com\/es\/lumen-fidei-capitulo-1\/","title":{"rendered":"Lumen Fidei (Cap\u00edtulo 1)"},"content":{"rendered":"<div class='stb-container stb-style-info stb-no-caption'><div class='stb-caption'><div class='stb-logo'><img class='stb-logo__image' src='' alt='img'\/><\/div><div class='stb-caption-content'><\/div><div class='stb-tool'><\/div><\/div><div class='stb-content'>\n<p><em><strong><a href=\"https:\/\/i0.wp.com\/vicencianos.org\/wp-content\/2013\/11\/Lumen-fidei.jpg\"><img data-recalc-dims=\"1\" loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignright size-medium wp-image-125373\" alt=\"Lumen-fidei\" src=\"https:\/\/i0.wp.com\/vicencianos.org\/wp-content\/2013\/11\/Lumen-fidei-300x300.jpg?resize=300%2C300\" width=\"300\" height=\"300\" \/><\/a>Resumen:<\/strong><\/em><\/p>\n<p><strong>El primer cap\u00edtulo<\/strong> (8-22): Hemos cre\u00eddo en el amor (1 Jn 4, 16). En referencia a la figura b\u00edblica de Abraham, la fe en este cap\u00edtulo se explica como \u00abescucha\u00bb de la Palabra de Dios, \u00abllamada\u00bb a salir del aislamiento de su propio yo , para abrirse a una nueva vida y \u00abpromesa\u00bb del futuro, que hace posible la continuidad de nuestro camino en el tiempo, uni\u00e9ndose as\u00ed fuertemente a la esperanza. La fe tambi\u00e9n se caracteriza por la \u00abpaternidad\u00bb, porque el Dios que nos llama no es un Dios extra\u00f1o, sino que es Dios Padre, la fuente de bondad que es el origen de todo y sostiene todo. En la historia de Israel, lo contrario de la fe es la idolatr\u00eda, que dispersa al hombre en la multiplicidad de sus deseos y lo \u00abdesintegra en los m\u00faltiples instantes de su historia\u00bb, neg\u00e1ndole la espera del tiempo de la promesa. Por el contrario, la fe es confiarse al amor misericordioso de Dios, que siempre acoge y perdona, que endereza \u00ablo torcido de nuestra historia\u00bb, es disponibilidad a dejarse transformar una y otra vez por la llamada de Dios \u00abes un don gratuito de Dios que exige la humildad y el valor de fiarse y confiarse, para poder ver el camino luminoso del encuentro entre Dios y los hombres, la historia de la salvaci\u00f3n.\u00bb (n. 14) Y aqu\u00ed est\u00e1 la \u00abparadoja\u00bb de la fe: el volverse constantemente al Se\u00f1or hace que el hombre sea estable, y lo aleja de los \u00eddolos.<\/p>\n<p>La LF se detiene, despu\u00e9s, en la figura de Jes\u00fas, el mediador que nos abre a una verdad m\u00e1s grande que nosotros, una manifestaci\u00f3n del amor de Dios que es el fundamento de la fe \u00abprecisamente en la contemplaci\u00f3n de la muerte de Jes\u00fas la fe se refuerza\u00bb, porque \u00c9l revela su inquebrantable amor por el hombre. Tambi\u00e9n en cuanto resucitado Cristo es \u00abtestigo fiable\u00bb, \u00abdigno de fe\u00bb, a trav\u00e9s del cual Dios act\u00faa realmente en la historia y determina el destino final. Pero hay \u00abotro aspecto decisivo\u00bb de la fe en Jes\u00fas: \u00abLa participaci\u00f3n en su modo de ver\u00bb. La fe, en efecto, no s\u00f3lo mira a Jes\u00fas, sino que tambi\u00e9n ve desde el punto de vista de Jes\u00fas, con sus ojos. Usando una analog\u00eda, el Papa explica que, como en la vida diaria, confiamos en \u00abla gente que sabe las cosas mejor que nosotros\u00bb &#8211; el arquitecto, el farmac\u00e9utico, el abogado &#8211; tambi\u00e9n en la fe necesitamos a alguien que sea fiable y experto en \u00ablas cosas de Dios\u00bb y Jes\u00fas es \u00abaquel que nos explica a Dios.\u00bb Por esta raz\u00f3n, creemos a Jes\u00fas cuando aceptamos su Palabra, y creemos en Jes\u00fas cuando lo acogemos en nuestras vidas y nos confiamos a \u00e9l. Su encarnaci\u00f3n, de hecho, hace que la fe no nos separe de la realidad, sino que nos permite captar su significado m\u00e1s profundo. Gracias a la fe, el hombre se salva, porque se abre a un Amor que lo precede y lo transforma desde su interior. Y esta es la acci\u00f3n propia del Esp\u00edritu Santo: \u00abEl cristiano puede tener los ojos de Jes\u00fas, sus sentimientos, su condici\u00f3n filial, porque se le hace part\u00edcipe de su Amor, que es el Esp\u00edritu\u00bb (n. 21). Fuera de la presencia del Esp\u00edritu, es imposible confesar al Se\u00f1or. Por lo tanto, \u00abla existencia creyente se convierte en existencia eclesial\u00bb, porque la fe se confiesa dentro del cuerpo de la Iglesia, como \u00abcomuni\u00f3n real de los creyentes.\u00bb Los cristianos son \u00abuno\u00bb sin perder su individualidad y en el servicio a los dem\u00e1s cada uno gana su propio ser. Por eso, \u00abla fe no es algo privado, una concepci\u00f3n individualista, una opini\u00f3n subjetiva\u00bb, sino que nace de la escucha y est\u00e1 destinada a pronunciarse y a convertirse en anuncio.<\/p>\n<\/div><\/div>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h2><b>Cap\u00edtulo primero: Hemos cre\u00eddo en el amor (cf. 1 <i>Jn<\/i> 4,16)<\/b><\/h2>\n<h3><b><i>Abrah\u00e1n, nuestro padre en la fe<\/i><\/b><\/h3>\n<p>8. La fe nos abre el camino y acompa\u00f1a nuestros pasos a lo largo de la historia. Por eso, si queremos entender lo que es la fe, tenemos que narrar su recorrido, el camino de los hombres creyentes, cuyo testimonio encontramos en primer lugar en el Antiguo Testamento. En \u00e9l, Abrah\u00e1n, nuestro padre en la fe, ocupa un lugar destacado. En su vida sucede algo desconcertante: Dios le dirige la Palabra, se revela como un Dios que habla y lo llama por su nombre. La fe est\u00e1 vinculada a la escucha. Abrah\u00e1n no ve a Dios, pero oye su voz. De este modo la fe adquiere un car\u00e1cter personal. Aqu\u00ed Dios no se manifiesta como el Dios de un lugar, ni tampoco aparece vinculado a un tiempo sagrado determinado, sino como el Dios de una persona, el Dios de Abrah\u00e1n, Isaac y Jacob, capaz de entrar en contacto con el hombre y establecer una alianza con \u00e9l. La fe es la respuesta a una Palabra que interpela personalmente, a un T\u00fa que nos llama por nuestro nombre.<\/p>\n<p>9. Lo que esta Palabra comunica a Abrah\u00e1n es una llamada y una promesa. En primer lugar es una llamada a salir de su tierra, una invitaci\u00f3n a abrirse a una vida nueva, comienzo de un \u00e9xodo que lo lleva hacia un futuro inesperado. La visi\u00f3n que la fe da a Abrah\u00e1n estar\u00e1 siempre vinculada a este paso adelante que tiene que dar: la fe \u00abve\u00bb en la medida en que camina, en que se adentra en el espacio abierto por la Palabra de Dios. Esta Palabra encierra adem\u00e1s una promesa: tu descendencia ser\u00e1 numerosa, ser\u00e1s padre de un gran pueblo (cf. <i>Gn<\/i> 13,16; 15,5; 22,17). Es verdad que, en cuanto respuesta a una Palabra que la precede, la fe de Abrah\u00e1n ser\u00e1 siempre un acto de memoria. Sin embargo, esta memoria no se queda en el pasado, sino que, siendo memoria de una promesa, es capaz de abrir al futuro, de iluminar los pasos a lo largo del camino. De este modo, la fe, en cuanto memoria del futuro, <i>memoria futuri<\/i>, est\u00e1 estrechamente ligada con la esperanza.<\/p>\n<p>10. Lo que se pide a Abrah\u00e1n es que se f\u00ede de esta Palabra. La fe entiende que la palabra, aparentemente ef\u00edmera y pasajera, cuando es pronunciada por el Dios fiel, se convierte en lo m\u00e1s seguro e inquebrantable que pueda haber, en lo que hace posible que nuestro camino tenga continuidad en el tiempo. La fe acoge esta Palabra como roca firme, para construir sobre ella con s\u00f3lido fundamento. Por eso, la Biblia, para hablar de la fe, usa la palabra hebrea <i>\u2019em\u00fbnah<\/i>, derivada del verbo <i>\u2019am\u00e1n<\/i>, cuya ra\u00edz significa \u00absostener\u00bb. El t\u00e9rmino <i>\u2019em\u00fbnah<\/i> puede significar tanto la fidelidad de Dios como la fe del hombre. El hombre fiel recibe su fuerza confi\u00e1ndose en las manos de Dios. Jugando con las dos acepciones de la palabra \u2014presentes tambi\u00e9n en los correspondientes t\u00e9rminos griego (<i>pist\u00f3s<\/i>) y latino (<i>fidelis<\/i>)\u2014, san Cirilo de Jerusal\u00e9n ensalza la dignidad del cristiano, que recibe el mismo calificativo que Dios: ambos son llamados \u00abfieles\u00bb<span id='easy-footnote-1-125375' class='easy-footnote-margin-adjust'><\/span><span class='easy-footnote'><a href='http:\/\/vincentians.com\/es\/lumen-fidei-capitulo-1\/#easy-footnote-bottom-1-125375' title='Cf. &lt;i&gt;Catechesis&lt;\/i&gt; V, 1: &lt;i&gt;PG&lt;\/i&gt; 33, 505A.'><sup>1<\/sup><\/a><\/span>. San Agust\u00edn lo explica as\u00ed: \u00abEl hombre es fiel creyendo a Dios, que promete; Dios es fiel dando lo que promete al hombre\u00bb<span id='easy-footnote-2-125375' class='easy-footnote-margin-adjust'><\/span><span class='easy-footnote'><a href='http:\/\/vincentians.com\/es\/lumen-fidei-capitulo-1\/#easy-footnote-bottom-2-125375' title='&lt;i&gt;In Psal.&lt;\/i&gt; 32, II, s. I, 9: &lt;i&gt;PL&lt;\/i&gt; 36, 284.'><sup>2<\/sup><\/a><\/span>.<\/p>\n<p>11. Un \u00faltimo aspecto de la historia de Abrah\u00e1n es importante para comprender su fe. La Palabra de Dios, aunque lleva consigo novedad y sorpresa, no es en absoluto ajena a la propia experiencia del patriarca. Abrah\u00e1n reconoce en esa voz que se le dirige una llamada profunda, inscrita desde siempre en su coraz\u00f3n. Dios asocia su promesa a aquel \u00ablugar\u00bb en el que la existencia del hombre se manifiesta desde siempre prometedora: la paternidad, la generaci\u00f3n de una nueva vida: \u00abSara te va a dar un hijo; lo llamar\u00e1s Isaac\u00bb (<i>Gn<\/i> 17,19). El Dios que pide a Abrah\u00e1n que se f\u00ede totalmente de \u00e9l, se revela como la fuente de la que proviene toda vida. De esta forma, la fe se pone en relaci\u00f3n con la paternidad de Dios, de la que procede la creaci\u00f3n: el Dios que llama a Abrah\u00e1n es el Dios creador, que \u00abllama a la existencia lo que no existe\u00bb (<i>Rm<\/i> 4,17), que \u00abnos eligi\u00f3 antes de la fundaci\u00f3n del mundo\u2026 y nos ha destinado a ser sus hijos\u00bb (<i>Ef<\/i> 1,4-5). Para Abrah\u00e1n, la fe en Dios ilumina las ra\u00edces m\u00e1s profundas de su ser, le permite reconocer la fuente de bondad que hay en el origen de todas las cosas, y confirmar que su vida no procede de la nada o la casualidad, sino de una llamada y un amor personal. El Dios misterioso que lo ha llamado no es un Dios extra\u00f1o, sino aquel que es origen de todo y que todo lo sostiene. La gran prueba de la fe de Abrah\u00e1n, el sacrificio de su hijo Isaac, nos permite ver hasta qu\u00e9 punto este amor originario es capaz de garantizar la vida incluso despu\u00e9s de la muerte. La Palabra que ha sido capaz de suscitar un hijo con su cuerpo \u00abmedio muerto\u00bb y \u00aben el seno est\u00e9ril\u00bb de Sara (cf. <i>Rm<\/i> 4,19), ser\u00e1 tambi\u00e9n capaz de garantizar la promesa de un futuro m\u00e1s all\u00e1 de toda amenaza o peligro (cf. <i>Hb<\/i> 11,19; <i>Rm<\/i> 4,21).<\/p>\n<h3><b><i>La fe de Israel<\/i><\/b><\/h3>\n<p>12. En el libro del \u00c9xodo, la historia del pueblo de Israel sigue la estela de la fe de Abrah\u00e1n. La fe nace de nuevo de un don originario: Israel se abre a la intervenci\u00f3n de Dios, que quiere librarlo de su miseria. La fe es la llamada a un largo camino para adorar al Se\u00f1or en el Sina\u00ed y heredar la tierra prometida. El amor divino se describe con los rasgos de un padre que lleva de la mano a su hijo por el camino (cf. <i>Dt<\/i> 1,31). La confesi\u00f3n de fe de Israel se formula como narraci\u00f3n de los beneficios de Dios, de su intervenci\u00f3n para liberar y guiar al pueblo (cf. <i>Dt<\/i> 26,5-11), narraci\u00f3n que el pueblo transmite de generaci\u00f3n en generaci\u00f3n. Para Israel, la luz de Dios brilla a trav\u00e9s de la memoria de las obras realizadas por el Se\u00f1or, conmemoradas y confesadas en el culto, transmitidas de padres a hijos. Aprendemos as\u00ed que la luz de la fe est\u00e1 vinculada al relato concreto de la vida, al recuerdo agradecido de los beneficios de Dios y al cumplimiento progresivo de sus promesas. La arquitectura g\u00f3tica lo ha expresado muy bien: en las grandes catedrales, la luz llega del cielo a trav\u00e9s de las vidrieras en las que est\u00e1 representada la historia sagrada. La luz de Dios nos llega a trav\u00e9s de la narraci\u00f3n de su revelaci\u00f3n y, de este modo, puede iluminar nuestro camino en el tiempo, recordando los beneficios divinos, mostrando c\u00f3mo se cumplen sus promesas.<\/p>\n<p>13. Por otro lado, la historia de Israel tambi\u00e9n nos permite ver c\u00f3mo el pueblo ha ca\u00eddo tantas veces en la tentaci\u00f3n de la incredulidad. Aqu\u00ed, lo contrario de la fe se manifiesta como idolatr\u00eda. Mientras Mois\u00e9s habla con Dios en el Sina\u00ed, el pueblo no soporta el misterio del rostro oculto de Dios, no aguanta el tiempo de espera. La fe, por su propia naturaleza, requiere renunciar a la posesi\u00f3n inmediata que parece ofrecer la visi\u00f3n, es una invitaci\u00f3n a abrirse a la fuente de la luz, respetando el misterio propio de un Rostro, que quiere revelarse personalmente y en el momento oportuno. Martin Buber citaba esta definici\u00f3n de idolatr\u00eda del rabino de Kock: se da idolatr\u00eda cuando \u00abun rostro se dirige reverentemente a un rostro que no es un rostro\u00bb<span id='easy-footnote-3-125375' class='easy-footnote-margin-adjust'><\/span><span class='easy-footnote'><a href='http:\/\/vincentians.com\/es\/lumen-fidei-capitulo-1\/#easy-footnote-bottom-3-125375' title='M. Buber, &lt;i&gt;Die Erz\u00e4hlungen der Chassidim,&lt;\/i&gt; Z\u00fcrich 1949, 793.'><sup>3<\/sup><\/a><\/span>. En lugar de tener fe en Dios, se prefiere adorar al \u00eddolo, cuyo rostro se puede mirar, cuyo origen es conocido, porque lo hemos hecho nosotros. Ante el \u00eddolo, no hay riesgo de una llamada que haga salir de las propias seguridades, porque los \u00eddolos \u00abtienen boca y no hablan\u00bb (<i>Sal<\/i> 115,5). Vemos entonces que el \u00eddolo es un pretexto para ponerse a s\u00ed mismo en el centro de la realidad, adorando la obra de las propias manos. Perdida la orientaci\u00f3n fundamental que da unidad a su existencia, el hombre se disgrega en la multiplicidad de sus deseos; neg\u00e1ndose a esperar el tiempo de la promesa, se desintegra en los m\u00faltiples instantes de su historia. Por eso, la idolatr\u00eda es siempre polite\u00edsta, ir sin meta alguna de un se\u00f1or a otro. La idolatr\u00eda no presenta un camino, sino una multitud de senderos, que no llevan a ninguna parte, y forman m\u00e1s bien un laberinto. Quien no quiere fiarse de Dios se ve obligado a escuchar las voces de tantos \u00eddolos que le gritan: \u00abF\u00edate de m\u00ed\u00bb. La fe, en cuanto asociada a la conversi\u00f3n, es lo opuesto a la idolatr\u00eda; es separaci\u00f3n de los \u00eddolos para volver al Dios vivo, mediante un encuentro personal. Creer significa confiarse a un amor misericordioso, que siempre acoge y perdona, que sostiene y orienta la existencia, que se manifiesta poderoso en su capacidad de enderezar lo torcido de nuestra historia. La fe consiste en la disponibilidad para dejarse transformar una y otra vez por la llamada de Dios. He aqu\u00ed la paradoja: en el continuo volverse al Se\u00f1or, el hombre encuentra un camino seguro, que lo libera de la dispersi\u00f3n a que le someten los \u00eddolos.<\/p>\n<p>14. En la fe de Israel destaca tambi\u00e9n la figura de Mois\u00e9s, el mediador. El pueblo no puede ver el rostro de Dios; es Mois\u00e9s quien habla con YHWH en la monta\u00f1a y transmite a todos la voluntad del Se\u00f1or. Con esta presencia del mediador, Israel ha aprendido a caminar unido. El acto de fe individual se inserta en una comunidad, en el \u00abnosotros\u00bb com\u00fan del pueblo que, en la fe, es como un solo hombre, \u00abmi hijo primog\u00e9nito\u00bb, como llama Dios a Israel (<i>Ex<\/i> 4,22). La mediaci\u00f3n no representa aqu\u00ed un obst\u00e1culo, sino una apertura: en el encuentro con los dem\u00e1s, la mirada se extiende a una verdad m\u00e1s grande que nosotros mismos. J. J. Rousseau lamentaba no poder ver a Dios personalmente: \u00ab\u00a1Cu\u00e1ntos hombres entre Dios y yo!\u00bb<span id='easy-footnote-4-125375' class='easy-footnote-margin-adjust'><\/span><span class='easy-footnote'><a href='http:\/\/vincentians.com\/es\/lumen-fidei-capitulo-1\/#easy-footnote-bottom-4-125375' title='&lt;i&gt;\u00c9mile,&lt;\/i&gt; Paris 1966, 387.'><sup>4<\/sup><\/a><\/span>. \u00ab\u00bfEs tan simple y natural que Dios se haya dirigido a Mois\u00e9s para hablar a Jean Jacques Rousseau?\u00bb<span id='easy-footnote-5-125375' class='easy-footnote-margin-adjust'><\/span><span class='easy-footnote'><a href='http:\/\/vincentians.com\/es\/lumen-fidei-capitulo-1\/#easy-footnote-bottom-5-125375' title='&lt;i&gt;Lettre \u00e0 Christophe de Beaumont,&lt;\/i&gt; Lausanne 1993, 110.'><sup>5<\/sup><\/a><\/span>. Desde una concepci\u00f3n individualista y limitada del conocimiento, no se puede entender el sentido de la mediaci\u00f3n, esa capacidad de participar en la visi\u00f3n del otro, ese saber compartido, que es el saber propio del amor. La fe es un don gratuito de Dios que exige la humildad y el valor de fiarse y confiarse, para poder ver el camino luminoso del encuentro entre Dios y los hombres, la historia de la salvaci\u00f3n.<\/p>\n<h3><b> <i>La plenitud de la fe cristiana<\/i><\/b><\/h3>\n<p>15. \u00abAbrah\u00e1n [\u2026] saltaba de gozo pensando ver mi d\u00eda; lo vio, y se llen\u00f3 de alegr\u00eda\u00bb (<i>Jn<\/i> 8,56). Seg\u00fan estas palabras de Jes\u00fas, la fe de Abrah\u00e1n estaba orientada ya a \u00e9l; en cierto sentido, era una visi\u00f3n anticipada de su misterio. As\u00ed lo entiende san Agust\u00edn, al afirmar que los patriarcas se salvaron por la fe, pero no la fe en el Cristo ya venido, sino la fe en el Cristo que hab\u00eda de venir, una fe en tensi\u00f3n hacia el acontecimiento futuro de Jes\u00fas<span id='easy-footnote-6-125375' class='easy-footnote-margin-adjust'><\/span><span class='easy-footnote'><a href='http:\/\/vincentians.com\/es\/lumen-fidei-capitulo-1\/#easy-footnote-bottom-6-125375' title='Cf. &lt;i&gt;In Ioh. Evang.&lt;\/i&gt;, 45, 9: &lt;i&gt;PL&lt;\/i&gt; 35, 1722-1723.'><sup>6<\/sup><\/a><\/span>. La fe cristiana est\u00e1 centrada en Cristo, es confesar que Jes\u00fas es el Se\u00f1or, y Dios lo ha resucitado de entre los muertos (cf. <i>Rm<\/i> 10,9). Todas las l\u00edneas del Antiguo Testamento convergen en Cristo; \u00e9l es el \u00abs\u00ed\u00bb definitivo a todas las promesas, el fundamento de nuestro \u00abam\u00e9n\u00bb \u00faltimo a Dios (cf. <i>2 Co<\/i> 1,20). La historia de Jes\u00fas es la manifestaci\u00f3n plena de la fiabilidad de Dios. Si Israel recordaba las grandes muestras de amor de Dios, que constitu\u00edan el centro de su confesi\u00f3n y abr\u00edan la mirada de su fe, ahora la vida de Jes\u00fas se presenta como la intervenci\u00f3n definitiva de Dios, la manifestaci\u00f3n suprema de su amor por nosotros. La Palabra que Dios nos dirige en Jes\u00fas no es una m\u00e1s entre otras, sino su Palabra eterna (cf. <i>Hb<\/i> 1,1-2). No hay garant\u00eda m\u00e1s grande que Dios nos pueda dar para asegurarnos su amor, como recuerda san Pablo (cf. <i>Rm<\/i> 8,31-39). La fe cristiana es, por tanto, fe en el Amor pleno, en su poder eficaz, en su capacidad de transformar el mundo e iluminar el tiempo. \u00abHemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos cre\u00eddo en \u00e9l\u00bb (<i>1<\/i> <i>Jn<\/i> 4,16). La fe reconoce el amor de Dios manifestado en Jes\u00fas como el fundamento sobre el que se asienta la realidad y su destino \u00faltimo.<\/p>\n<p>16. La mayor prueba de la fiabilidad del amor de Cristo se encuentra en su muerte por los hombres. Si dar la vida por los amigos es la demostraci\u00f3n m\u00e1s grande de amor (cf. <i>Jn<\/i> 15,13), Jes\u00fas ha ofrecido la suya por todos, tambi\u00e9n por los que eran sus enemigos, para transformar los corazones. Por eso, los evangelistas han situado en la hora de la cruz el momento culminante de la mirada de fe, porque en esa hora resplandece el amor divino en toda su altura y amplitud. San Juan introduce aqu\u00ed su solemne testimonio cuando, junto a la Madre de Jes\u00fas, contempla al que hab\u00edan atravesado (cf. <i>Jn<\/i> 19,37): \u00abEl que lo vio da testimonio, su testimonio es verdadero, y \u00e9l sabe que dice la verdad, para que tambi\u00e9n vosotros cre\u00e1is\u00bb (<i>Jn<\/i> 19,35). F. M. Dostoievski, en su obra <i>El idiota,<\/i> hace decir al protagonista, el pr\u00edncipe Myskin, a la vista del cuadro de Cristo muerto en el sepulcro, obra de Hans Holbein el Joven: \u00abUn cuadro as\u00ed podr\u00eda incluso hacer perder la fe a alguno\u00bb<span id='easy-footnote-7-125375' class='easy-footnote-margin-adjust'><\/span><span class='easy-footnote'><a href='http:\/\/vincentians.com\/es\/lumen-fidei-capitulo-1\/#easy-footnote-bottom-7-125375' title='Parte II, IV.'><sup>7<\/sup><\/a><\/span>. En efecto, el cuadro representa con crudeza los efectos devastadores de la muerte en el cuerpo de Cristo. Y, sin embargo, precisamente en la contemplaci\u00f3n de la muerte de Jes\u00fas, la fe se refuerza y recibe una luz resplandeciente, cuando se revela como fe en su amor indefectible por nosotros, que es capaz de llegar hasta la muerte para salvarnos. En este amor, que no se ha sustra\u00eddo a la muerte para manifestar cu\u00e1nto me ama, es posible creer; su totalidad vence cualquier suspicacia y nos permite confiarnos plenamente en Cristo.<\/p>\n<p>17. Ahora bien, la muerte de Cristo manifiesta la total fiabilidad del amor de Dios a la luz de la resurrecci\u00f3n. En cuanto resucitado, Cristo es testigo fiable, digno de fe (cf. <i>Ap<\/i> 1,5; <i>Hb<\/i> 2,17), apoyo s\u00f3lido para nuestra fe. \u00abSi Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido\u00bb, dice san Pablo (<i>1 Co<\/i> 15,17). Si el amor del Padre no hubiese resucitado a Jes\u00fas de entre los muertos, si no hubiese podido devolver la vida a su cuerpo, no ser\u00eda un amor plenamente fiable, capaz de iluminar tambi\u00e9n las tinieblas de la muerte. Cuando san Pablo habla de su nueva vida en Cristo, se refiere a la \u00abfe del Hijo de Dios, que me am\u00f3 y se entreg\u00f3 por m\u00ed\u00bb (<i>Ga<\/i> 2,20). Esta \u00abfe del Hijo de Dios\u00bb es ciertamente la fe del Ap\u00f3stol de los gentiles en Jes\u00fas, pero supone la fiabilidad de Jes\u00fas, que se funda, s\u00ed, en su amor hasta la muerte, pero tambi\u00e9n en ser Hijo de Dios. Precisamente porque Jes\u00fas es el Hijo, porque est\u00e1 radicado de modo absoluto en el Padre, ha podido vencer a la muerte y hacer resplandecer plenamente la vida. Nuestra cultura ha perdido la percepci\u00f3n de esta presencia concreta de Dios, de su acci\u00f3n en el mundo. Pensamos que Dios s\u00f3lo se encuentra m\u00e1s all\u00e1, en otro nivel de realidad, separado de nuestras relaciones concretas. Pero si as\u00ed fuese, si Dios fuese incapaz de intervenir en el mundo, su amor no ser\u00eda verdaderamente poderoso, verdaderamente real, y no ser\u00eda entonces ni siquiera verdadero amor, capaz de cumplir esa felicidad que promete. En tal caso, creer o no creer en \u00e9l ser\u00eda totalmente indiferente. Los cristianos, en cambio, confiesan el amor concreto y eficaz de Dios, que obra verdaderamente en la historia y determina su destino final, amor que se deja encontrar, que se ha revelado en plenitud en la pasi\u00f3n, muerte y resurrecci\u00f3n de Cristo.<\/p>\n<p>18. La plenitud a la que Jes\u00fas lleva a la fe tiene otro aspecto decisivo. Para la fe, Cristo no es s\u00f3lo aquel en quien creemos, la manifestaci\u00f3n m\u00e1xima del amor de Dios, sino tambi\u00e9n aquel con quien nos unimos para poder creer. La fe no s\u00f3lo mira a Jes\u00fas, sino que mira desde el punto de vista de Jes\u00fas, con sus ojos: es una participaci\u00f3n en su modo de ver. En muchos \u00e1mbitos de la vida confiamos en otras personas que conocen las cosas mejor que nosotros. Tenemos confianza en el arquitecto que nos construye la casa, en el farmac\u00e9utico que nos da la medicina para curarnos, en el abogado que nos defiende en el tribunal. Tenemos necesidad tambi\u00e9n de alguien que sea fiable y experto en las cosas de Dios. Jes\u00fas, su Hijo, se presenta como aquel que nos explica a Dios (cf. <i>Jn<\/i> 1,18). La vida de Cristo \u2014su modo de conocer al Padre, de vivir totalmente en relaci\u00f3n con \u00e9l\u2014 abre un espacio nuevo a la experiencia humana, en el que podemos entrar. La importancia de la relaci\u00f3n personal con Jes\u00fas mediante la fe queda reflejada en los diversos usos que hace san Juan del verbo <i>credere<\/i>. Junto a \u00abcreer que\u00bb es verdad lo que Jes\u00fas nos dice (cf. <i>Jn<\/i> 14,10; 20,31), san Juan usa tambi\u00e9n las locuciones \u00abcreer a\u00bb Jes\u00fas y \u00abcreer en\u00bb Jes\u00fas. \u00abCreemos a\u00bb Jes\u00fas cuando aceptamos su Palabra, su testimonio, porque \u00e9l es veraz (cf. <i>Jn<\/i> 6,30). \u00abCreemos en\u00bb Jes\u00fas cuando lo acogemos personalmente en nuestra vida y nos confiamos a \u00e9l, uni\u00e9ndonos a \u00e9l mediante el amor y sigui\u00e9ndolo a lo largo del camino (cf. <i>Jn<\/i> 2,11; 6,47; 12,44).<\/p>\n<p>Para que pudi\u00e9semos conocerlo, acogerlo y seguirlo, el Hijo de Dios ha asumido nuestra carne, y as\u00ed su visi\u00f3n del Padre se ha realizado tambi\u00e9n al modo humano, mediante un camino y un recorrido temporal. La fe cristiana es fe en la encarnaci\u00f3n del Verbo y en su resurrecci\u00f3n en la carne; es fe en un Dios que se ha hecho tan cercano, que ha entrado en nuestra historia. La fe en el Hijo de Dios hecho hombre en Jes\u00fas de Nazaret no nos separa de la realidad, sino que nos permite captar su significado profundo, descubrir cu\u00e1nto ama Dios a este mundo y c\u00f3mo lo orienta incesantemente hac\u00eda s\u00ed; y esto lleva al cristiano a comprometerse, a vivir con mayor intensidad todav\u00eda el camino sobre la tierra.<\/p>\n<h3><b> <i>La salvaci\u00f3n mediante la fe<\/i><\/b><\/h3>\n<p>19. A partir de esta participaci\u00f3n en el modo de ver de Jes\u00fas, el ap\u00f3stol Pablo nos ha dejado en sus escritos una descripci\u00f3n de la existencia creyente. El que cree, aceptando el don de la fe, es transformado en una creatura nueva, recibe un nuevo ser, un ser filial que se hace hijo en el Hijo. \u00abAbb\u00e1, Padre\u00bb, es la palabra m\u00e1s caracter\u00edstica de la experiencia de Jes\u00fas, que se convierte en el n\u00facleo de la experiencia cristiana (cf. <i>Rm<\/i> 8,15). La vida en la fe, en cuanto existencia filial, consiste en reconocer el don originario y radical, que est\u00e1 a la base de la existencia del hombre, y puede resumirse en la frase de san Pablo a los Corintios: \u00ab\u00bfTienes algo que no hayas recibido?\u00bb (<i>1 Co<\/i> 4,7). Precisamente en este punto se sit\u00faa el coraz\u00f3n de la pol\u00e9mica de san Pablo con los fariseos, la discusi\u00f3n sobre la salvaci\u00f3n mediante la fe o mediante las obras de la ley. Lo que san Pablo rechaza es la actitud de quien pretende justificarse a s\u00ed mismo ante Dios mediante sus propias obras. \u00c9ste, aunque obedezca a los mandamientos, aunque haga obras buenas, se pone a s\u00ed mismo en el centro, y no reconoce que el origen de la bondad es Dios. Quien obra as\u00ed, quien quiere ser fuente de su propia justicia, ve c\u00f3mo pronto se le agota y se da cuenta de que ni siquiera puede mantenerse fiel a la ley. Se cierra, aisl\u00e1ndose del Se\u00f1or y de los otros, y por eso mismo su vida se vuelve vana, sus obras est\u00e9riles, como \u00e1rbol lejos del agua. San Agust\u00edn lo expresa as\u00ed con su lenguaje conciso y eficaz: \u00ab<i>Ab eo qui fecit te noli deficere nec ad te<\/i>\u00ab, de aquel que te ha hecho, no te alejes ni siquiera para ir a ti<span id='easy-footnote-8-125375' class='easy-footnote-margin-adjust'><\/span><span class='easy-footnote'><a href='http:\/\/vincentians.com\/es\/lumen-fidei-capitulo-1\/#easy-footnote-bottom-8-125375' title='&lt;i&gt;De continentia,&lt;\/i&gt; 4,11: &lt;i&gt;PL&lt;\/i&gt; 40, 356.'><sup>8<\/sup><\/a><\/span>. Cuando el hombre piensa que, alej\u00e1ndose de Dios, se encontrar\u00e1 a s\u00ed mismo, su existencia fracasa (cf. <i>Lc<\/i> 15,11-24). La salvaci\u00f3n comienza con la apertura a algo que nos precede, a un don originario que afirma la vida y protege la existencia. S\u00f3lo abri\u00e9ndonos a este origen y reconoci\u00e9ndolo, es posible ser transformados, dejando que la salvaci\u00f3n obre en nosotros y haga fecunda la vida, llena de buenos frutos. La salvaci\u00f3n mediante la fe consiste en reconocer el primado del don de Dios, como bien resume san Pablo: \u00abEn efecto, por gracia est\u00e1is salvados, mediante la fe. Y esto no viene de vosotros: es don de Dios\u00bb (<i>Ef<\/i> 2,8s).<\/p>\n<p>20. La nueva l\u00f3gica de la fe est\u00e1 centrada en Cristo. La fe en Cristo nos salva porque en \u00e9l la vida se abre radicalmente a un Amor que nos precede y nos transforma desde dentro, que obra en nosotros y con nosotros. As\u00ed aparece con claridad en la ex\u00e9gesis que el Ap\u00f3stol de los gentiles hace de un texto del Deuteronomio, interpretaci\u00f3n que se inserta en la din\u00e1mica m\u00e1s profunda del Antiguo Testamento. Mois\u00e9s dice al pueblo que el mandamiento de Dios no es demasiado alto ni est\u00e1 demasiado alejado del hombre. No se debe decir: \u00ab\u00bfQui\u00e9n de nosotros subir\u00e1 al cielo y nos lo traer\u00e1?\u00bb o \u00ab\u00bfQui\u00e9n de nosotros cruzar\u00e1 el mar y nos lo traer\u00e1?\u00bb (cf. <i>Dt<\/i> 30,11-14). Pablo interpreta esta cercan\u00eda de la palabra de Dios como referida a la presencia de Cristo en el cristiano: \u00abNo digas en tu coraz\u00f3n: \u00ab\u00bfQui\u00e9n subir\u00e1 al cielo?\u00bb, es decir, para hacer bajar a Cristo. O \u00ab\u00bfqui\u00e9n bajar\u00e1 al abismo?\u00bb, es decir, para hacer subir a Cristo de entre los muertos\u00bb (<i>Rm<\/i> 10,6-7). Cristo ha bajado a la tierra y ha resucitado de entre los muertos; con su encarnaci\u00f3n y resurrecci\u00f3n, el Hijo de Dios ha abrazado todo el camino del hombre y habita en nuestros corazones mediante el Esp\u00edritu santo. La fe sabe que Dios se ha hecho muy cercano a nosotros, que Cristo se nos ha dado como un gran don que nos transforma interiormente, que habita en nosotros, y as\u00ed nos da la luz que ilumina el origen y el final de la vida, el arco completo del camino humano.<\/p>\n<p>21. As\u00ed podemos entender la novedad que aporta la fe. El creyente es transformado por el Amor, al que se abre por la fe, y al abrirse a este Amor que se le ofrece, su existencia se dilata m\u00e1s all\u00e1 de s\u00ed mismo. Por eso, san Pablo puede afirmar: \u00abNo soy yo el que vive, es Cristo quien vive en m\u00ed\u00bb (<i>Ga<\/i> 2,20), y exhortar: \u00abQue Cristo habite por la fe en vuestros corazones\u00bb (<i>Ef<\/i> 3,17). En la fe, el \u00abyo\u00bb del creyente se ensancha para ser habitado por Otro, para vivir en Otro, y as\u00ed su vida se hace m\u00e1s grande en el Amor. En esto consiste la acci\u00f3n propia del Esp\u00edritu Santo. El cristiano puede tener los ojos de Jes\u00fas, sus sentimientos, su condici\u00f3n filial, porque se le hace part\u00edcipe de su Amor, que es el Esp\u00edritu. Y en este Amor se recibe en cierto modo la visi\u00f3n propia de Jes\u00fas. Sin esta conformaci\u00f3n en el Amor, sin la presencia del Esp\u00edritu que lo infunde en nuestros corazones (cf. <i>Rm<\/i> 5,5), es imposible confesar a Jes\u00fas como Se\u00f1or (cf. <i>1 Co<\/i> 12,3).<\/p>\n<h3><b><i>La forma eclesial de la fe<\/i><\/b><\/h3>\n<p>22. De este modo, la existencia creyente se convierte en existencia eclesial. Cuando san Pablo habla a los cristianos de Roma de que todos los creyentes forman un solo cuerpo en Cristo, les pide que no sean orgullosos, sino que se estimen \u00abseg\u00fan la medida de la fe que Dios otorg\u00f3 a cada cual\u00bb (<i>Rm<\/i> 12,3). El creyente aprende a verse a s\u00ed mismo a partir de la fe que profesa: la figura de Cristo es el espejo en el que descubre su propia imagen realizada. Y como Cristo abraza en s\u00ed a todos los creyentes, que forman su cuerpo, el cristiano se comprende a s\u00ed mismo dentro de este cuerpo, en relaci\u00f3n originaria con Cristo y con los hermanos en la fe. La imagen del cuerpo no pretende reducir al creyente a una simple parte de un todo an\u00f3nimo, a mera pieza de un gran engranaje, sino que subraya m\u00e1s bien la uni\u00f3n vital de Cristo con los creyentes y de todos los creyentes entre s\u00ed (cf. <i>Rm<\/i> 12,4-5). Los cristianos son \u00abuno\u00bb (cf. <i>Ga<\/i> 3,28), sin perder su individualidad, y en el servicio a los dem\u00e1s cada uno alcanza hasta el fondo su propio ser. Se entiende entonces por qu\u00e9 fuera de este cuerpo, de esta unidad de la Iglesia en Cristo, de esta Iglesia que \u2014seg\u00fan la expresi\u00f3n de Romano Guardini\u2014 \u00abes la portadora hist\u00f3rica de la visi\u00f3n integral de Cristo sobre el mundo\u00bb<span id='easy-footnote-9-125375' class='easy-footnote-margin-adjust'><\/span><span class='easy-footnote'><a href='http:\/\/vincentians.com\/es\/lumen-fidei-capitulo-1\/#easy-footnote-bottom-9-125375' title='&lt;i&gt;Vom Wesen katholischer Weltanschauung&lt;\/i&gt; (1923), en &lt;i&gt;Unterscheidung des Christlichen. Gesammelte Studien&lt;\/i&gt; 1923-1963, Mainz 1963, 24.'><sup>9<\/sup><\/a><\/span>, la fe pierde su \u00abmedida\u00bb, ya no encuentra su equilibrio, el espacio necesario para sostenerse. La fe tiene una configuraci\u00f3n necesariamente eclesial, se confiesa dentro del cuerpo de Cristo, como comuni\u00f3n real de los creyentes. Desde este \u00e1mbito eclesial, abre al cristiano individual a todos los hombres. La palabra de Cristo, una vez escuchada y por su propio dinamismo, en el cristiano se transforma en respuesta, y se convierte en palabra pronunciada, en confesi\u00f3n de fe. Como dice san Pablo: \u00abCon el coraz\u00f3n se cree [\u2026], y con los labios se profesa\u00bb (<i>Rm<\/i> 10,10). La fe no es algo privado, una concepci\u00f3n individualista, una opini\u00f3n subjetiva, sino que nace de la escucha y est\u00e1 destinada a pronunciarse y a convertirse en anuncio. En efecto, \u00ab\u00bfc\u00f3mo creer\u00e1n en aquel de quien no han o\u00eddo hablar? \u00bfC\u00f3mo oir\u00e1n hablar de \u00e9l sin nadie que anuncie?\u00bb (<i>Rm<\/i> 10,14). La fe se hace entonces operante en el cristiano a partir del don recibido, del Amor que atrae hacia Cristo (cf. <i>Ga<\/i> 5,6), y le hace part\u00edcipe del camino de la Iglesia, peregrina en la historia hasta su cumplimiento. Quien ha sido transformado de este modo adquiere una nueva forma de ver, la fe se convierte en luz para sus ojos.<\/p>\n<h2>Descarga la Enc\u00edclica \u00abLumen Fidei\u00bb en formato PDF aqu\u00ed:<\/h2>\n<table width=\"256\" border=\"0\" align=\"center\">\n<tbody>\n<tr>\n<td>\n<div>Formato P<em>DF:<\/em><\/div>\n<\/td>\n<\/tr>\n<tr>\n<td>\n<div><a href=\"http:\/\/vicencianos.org\/?dl_id=267\" target=\"_blank\"><img data-recalc-dims=\"1\" loading=\"lazy\" decoding=\"async\" alt=\"PDF\" src=\"https:\/\/i0.wp.com\/vicencianos.org\/wp-content\/2010\/12\/pdf.png?resize=256%2C256\" width=\"256\" height=\"256\" \/><\/a><\/div>\n<\/td>\n<\/tr>\n<\/tbody>\n<\/table>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>&nbsp; Cap\u00edtulo primero: Hemos cre\u00eddo en el amor (cf. 1 Jn 4,16) Abrah\u00e1n, nuestro padre en la fe 8. 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Is 7,9) Fe y verdad 23. Si no cre\u00e9is, no comprender\u00e9is (cf. Is 7,9). La versi\u00f3n griega de la Biblia hebrea, la traducci\u00f3n de los Setenta realizada en Alejandr\u00eda de Egipto, traduce as\u00ed las palabras del profeta Isa\u00edas al rey Acaz.\u2026","rel":"","context":"En \u00abDocumentos Pontificios\u00bb","block_context":{"text":"Documentos Pontificios","link":"http:\/\/vincentians.com\/es\/category\/formacion-cristiana\/documentos-pontificios\/"},"img":{"alt_text":"Lumen-fidei","src":"https:\/\/i0.wp.com\/vicencianos.org\/wp-content\/2013\/11\/Lumen-fidei-300x300.jpg?resize=350%2C200","width":350,"height":200},"classes":[]},{"id":116599,"url":"http:\/\/vincentians.com\/es\/dei-verbum\/","url_meta":{"origin":125375,"position":5},"title":"Dei Verbum","author":"Francisco Javier Fern\u00e1ndez Chento","date":"18\/10\/2018","format":false,"excerpt":"Comentario a \"Dei Verbum\" Autor: Jos\u00e9 Miguel Arr\u00e1iz La Dei Verbum o Constituci\u00f3n dogm\u00e1tica de la divina revelaci\u00f3n es otro de los documentos fundamentales del Concilio Vaticano II. 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