{"id":122160,"date":"2013-05-09T07:54:18","date_gmt":"2013-05-09T05:54:18","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/?p=122160"},"modified":"2016-07-26T17:01:00","modified_gmt":"2016-07-26T15:01:00","slug":"la-familia","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/vincentians.com\/es\/la-familia\/","title":{"rendered":"La familia"},"content":{"rendered":"<h2><b>I. La instituci\u00f3n de la familia<\/b><\/h2>\n<p>84.\u00bbEl Creador del mundo estableci\u00f3 la sociedad conyugal como origen y fundamento de la sociedad humana\u00bb; la familia es por ello la \u00abc\u00e9lula primera y vital de la sociedad\u00bb (<i>Apostolicam Actuositatem<\/i>, n. 11).<\/p>\n<p>La familia posee v\u00ednculos vitales y org\u00e1nicos con la sociedad, porque constituye su fundamento y alimento continuo mediante su funci\u00f3n de servicio a la vida. En efecto, de la familia nacen los ciudadanos, y \u00e9stos encuentran en ella la primera escuela de esas virtudes sociales, que son el ama de la vida y del desarrollo de la sociedad misma. As\u00ed la familia, en virtud de su naturaleza y vocaci\u00f3n, lejos de encerrarse en s\u00ed misma, se abre a las dem\u00e1s familias y a la sociedad, asumiendo su funci\u00f3n social. (<i>Familiaris Consortio, <\/i>n. 42)<\/p>\n<p>85. La primera estructura fundamental a favor de la \u00abecolog\u00eda humana\u00bb es la familia, en cuyo seno el hombre recibe las primeras nociones sobre la verdad y el bien; aprende qu\u00e9 quiere decir amar y ser amado, y por consiguiente qu\u00e9 quiere decir en concreto ser una persona. Se entiende aqu\u00ed la familia fundada en el matrimonio, en el que el don rec\u00edproco de s\u00ed por parte del hombre y de la mujer crea un ambiente de vida en el cual el ni\u00f1o puede nacer y desarrollar sus potencialidades, hacerse consciente de su dignidad y prepararse a afrontar su destino \u00fanico e irrepetible. En cambio, sucede con frecuencia que el hombre se siente desanimado a realizar las condiciones aut\u00e9nticas de la reproducci\u00f3n humana y se ve inducido a considerar la propia vida y a s\u00ed mismo como un conjunto de sensaciones que hay que experimentar m\u00e1s bien que como una obra a realizar. De aqu\u00ed nace una falta de libertad que le hace renunciar al compromiso de vincularse de manera estable con otra persona y engendrar hijos, o bien le mueve a considerar a \u00e9stos como una de tantas \u00abcosas\u00bb que es posible tener o no tener, seg\u00fan los propios gustos, y que se presentan como otras opciones.<\/p>\n<p>Hay que volver a considerar la familia como el santuario de la vida. En efecto, es sagrada: es el \u00e1mbito donde la vida, don de Dios, puede ser acogida y protegida de manera adecuada contra los m\u00faltiples ataques a que est\u00e1 expuesta, y puede desarrollarse seg\u00fan las exigencias de un aut\u00e9ntico crecimiento humano. Contra la llamada cultura de la muerte, la familia constituye la sede de la cultura de la vida. (<i>Centesimus Annus<\/i>, n. 39)<\/p>\n<p>86. Pero el hombre no alcanza la plenitud de s\u00ed mismo m\u00e1s que dentro de la sociedad a la que pertenece, y en la cual la familia tiene una funci\u00f3n primordial, que ha podido tal vez ser excesiva, seg\u00fan los tiempos y los lugares en que se ha ejercitado, con detrimento de las libertades fundamentales de la persona. Los viejos cuadros sociales de los pa\u00edses en v\u00eda de desarrollo, aunque demasiado r\u00edgidos y mal organizados, sin embargo, es menester conservarlos todav\u00eda alg\u00fan tiempo, aflojando progresivamente su exagerado dominio. Pero la familia natural, mon\u00f3gama y estable, tal como los designios divinos la han concebido y el cristianismo ha santificado, debe permanecer como \u00abpunto en el que coinciden distintas generaciones que se ayudan mutuamente a lograr una m\u00e1s completa sabidur\u00eda y armonizar los derechos de las personas con las dem\u00e1s exigencias de la vida social\u00bb (GS, nn. 50\u201351). (<i>Populorum Progressio<\/i>, n. 36)<\/p>\n<p>87. Dentro del \u00abpueblo de la vida y para la vida\u00bb, es decisiva la responsabilidad de la familia: es una responsabilidad que brota de su propia naturaleza\u2014la de ser comunidad de vida y de amor, fundada sobre el matrimonio\u2014y de su misi\u00f3n de \u00abcustodiar, revelar y comunicar el amor\u00bb (<i>Familiaris Consortio<\/i>, n. 17). Se trata del amor mismo de Dios, cuyos colaboradores y como int\u00e9rpretes en la transmisi\u00f3n de la vida y en su educaci\u00f3n seg\u00fan el designio del Padre son los padres (GS, n. 50). (<i>Evangelium Vitae<\/i>, n. 92)<\/p>\n<p>88. Como n\u00facleo originario de la sociedad, la familia tiene derecho a todo el apoyo del Estado para realizar plenamente su peculiar misi\u00f3n. Por tanto, las leyes estatales deben estar orientadas a promover su bienestar, ayud\u00e1ndola a realizar los cometidos que la competen. Frente a la tendencia cada vez m\u00e1s difundida a legitimar, como suced\u00e1neos de la uni\u00f3n conyugal, formas de uni\u00f3n que por su naturaleza intr\u00ednseca o por su intenci\u00f3n transitoria no pueden expresar de ning\u00fan modo el significado de la familia y garantizar su bien, es deber del Estado reforzar y proteger la genuina instituci\u00f3n familiar, respetando su configuraci\u00f3n natural y sus derechos innatos e inalienables. (<i>Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz<\/i>, 1994, n. 5)<\/p>\n<h2><b>II. El matrimonio<\/b><\/h2>\n<p>89. Seg\u00fan el designio de Dios, el matrimonio es el fundamento de la comunidad m\u00e1s amplia de la familia, ya que la instituci\u00f3n misma del matrimonio y el amor conyugal est\u00e1n ordenados a la procreaci\u00f3n y educaci\u00f3n de la prole, en la que encuentran su coronaci\u00f3n (GS, n. 50). (<i>Familiaris Consortio<\/i>, n. 14)<\/p>\n<p>90. La sexualidad est\u00e1 ordenada al amor conyugal del hombre y de la mujer. En el matrimonio, la intimidad corporal de los esposos viene a ser un signo y una garant\u00eda de comuni\u00f3n espiritual. Entre bautizados, los v\u00ednculos del matrimonio est\u00e1n santificados por el sacramento. \u00abLos actos con los que los esposos se unen \u00edntima y castamente entre s\u00ed son honestos y dignos, y, realizados de modo verdaderamente humano, significan y fomentan la rec\u00edproca donaci\u00f3n, con la que se enriquecen mutuamente con alegr\u00eda y gratitud\u00bb (GS, n. 49). La sexualidad es fuente de alegr\u00eda y de agrado: \u00abEl Creador &#8230; estableci\u00f3 que en esta funci\u00f3n (de generaci\u00f3n) los esposos experimentasen un placer y una satisfacci\u00f3n del cuerpo y del esp\u00edritu. Por tanto, los esposos no hacen nada malo procurando este placer y gozando de \u00e9l. Aceptan lo que el Creador les ha destinado. Sin embargo, los esposos deben saber mantenerse en los l\u00edmites de una justa moderaci\u00f3n\u00bb (P\u00edo XII, Discurso, 1951). Por la uni\u00f3n de los esposos se realiza el doble fin del matrimonio: el bien de los esposos y la transmisi\u00f3n de la vida. No se pueden separar estas dos significaciones o valores del matrimonio sin alterar la vida espiritual de los c\u00f3nyuges ni comprometer los bienes del matrimonio y el porvenir de la familia. As\u00ed, el amor conyugal del hombre y de la mujer queda situado bajo la doble exigencia de la fidelidad y la fecundidad. La sexualidad, mediante la cual el hombre y la mujer se dan el uno al otro con los actos propios y exclusivos de los esposos, no es algo puramente biol\u00f3gico, sino que afecta al n\u00facleo \u00edntimo de la persona humana en cuanto tal. Ella se realiza de modo verdaderamente humano solamente cuando es parte integral del amor con el que el hombre y la mujer se comprometen totalmente entre s\u00ed hasta la muerte. (CIC, nn. 2360\u20132363)<\/p>\n<p>91. Fundada por el Creador y en posesi\u00f3n de sus propias leyes, la \u00edntima comunidad conyugal de vida y amor se establece sobre la alianza de los c\u00f3nyuges, es decir, sobre su consentimiento personal e irrevocable. As\u00ed, del acto humano por el cual los esposos se dan y se reciben mutuamente, nace, aun ante la sociedad, una instituci\u00f3n confirmada por la ley divina. Este v\u00ednculo sagrado, en atenci\u00f3n al bientanto de los esposos y de la prole como de la sociedad, no depende de la decisi\u00f3n humana. Pues es el mismo Dios el autor del matrimonio, al cual ha dotado con bienes y fines varios, todo lo cual es de suma importancia para la continuaci\u00f3n del g\u00e9nero humano, para el provecho personal de cada miembro de la familia y su suerte eterna, para la dignidad, estabilidad, paz y prosperidad de la misma familia y de toda la sociedad humana. Por su \u00edndole natural, la instituci\u00f3n del matrimonio y el amor conyugal est\u00e1n ordenados por s\u00ed mismos a la procreaci\u00f3n y a la educaci\u00f3n de la prole, con las que se ci\u00f1en como con su corona propia. De esta manera, el marido y la mujer, que por el pacto conyugal \u00abya no son dos, sino una sola carne\u00bb (Mt 19, 6), con la uni\u00f3n \u00edntima de sus personas y actividades se ayudan y se sostienen mutuamente, adquieren conciencia de su unidad y la logran cada vez m\u00e1s plenamente. Esta \u00edntima uni\u00f3n, como mutua entrega de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen plena fidelidad conyugal y urgen su indisoluble unidad. (<i>Gaudium et Spes<\/i>, n. 48)<\/p>\n<p>92. Una cierta participaci\u00f3n del hombre en la soberan\u00eda de Dios se manifiesta tambi\u00e9n en la responsabilidad espec\u00edfica que le es confiada en relaci\u00f3n con la vida propiamente humana. Es una responsabilidad que alcanza su v\u00e9rtice en el don de la vida mediante la procreaci\u00f3n por parte del hombre y la mujer en el matrimonio, como nos recuerda el concilio Vaticano II: \u00abEl mismo Dios, que dijo \u00abno es bueno que el hombre est\u00e9 solo\u00bb (Gn 2, 18) y que \u00abhizo desde el principio al hombre, var\u00f3n y mujer\u00bb (Mt 19, 4), queriendo comunicarle cierta participaci\u00f3n especial en su propia obra creadora, bendijo al var\u00f3n y a la mujer diciendo: \u00abCreced y multiplicaos\u00bb (Gn 1, 28)\u00bb (GS, n. 50). Hablando de una \u00abcierta participaci\u00f3n especial\u00bb del hombre y de la mujer en la \u00abobra creadora\u00bb de Dios, el Concilio quiere destacar c\u00f3mo la generaci\u00f3n de un hijo es un acontecimiento profundamente humano y altamente religioso, en cuanto implica a los c\u00f3nyuges, que forman \u00abuna sola carne\u00bb (Gn 2, 24) y tambi\u00e9n a Dios mismo, que se hace presente. (<i>Evangelium Vitae<\/i>, n. 43)<\/p>\n<h2><b>III. Hijos y padres<\/b><\/h2>\n<p>93. Como he escrito en la Carta a las familias, \u00abcuando de la uni\u00f3n conyugal de los dos nace un nuevo hombre, \u00e9ste trae consigo al mundo una particular imagen y semejanza de Dios mismo: <i>en la biolog\u00eda de la generaci\u00f3n est\u00e1 inscrita la genealog\u00eda de la persona<\/i>. Al afirmar que los esposos, en cuanto padres, son colaboradores de Dios Creador en la concepci\u00f3n y generaci\u00f3n de un nuevo ser humano, no nos referimos s\u00f3lo al aspecto biol\u00f3gico; queremos subrayar m\u00e1s bien que <i>en la paternidad y maternidad humanas Dios mismo est\u00e1 presente <\/i>de un modo diverso de como lo est\u00e1 en cualquier otra generaci\u00f3n \u00absobre la tierra\u00bb. En efecto, solamente de Dios puede provenir aquella \u00abimagen y semejanza\u00bb, propia del ser humano, como sucedi\u00f3 en la creaci\u00f3n. La generaci\u00f3n es, por consiguiente, la continuaci\u00f3n de la creaci\u00f3n. (<i>Gratissimam Sane<\/i>, n. 43)<\/p>\n<p>94. Revelando y reviviendo en la tierra la misma paternidad de Dios (cf. Efe 3, 15), el hombre est\u00e1 llamado a garantizar el desarrollo unitario de todos los miembros de la familia. Realizar\u00e1 esta tarea mediante una generosa responsabilidad por la vida concebida junto al coraz\u00f3n de la madre (cf. GS, n. 52), un compromiso educativo m\u00e1s sol\u00edcito y compartido con la propia esposa, un trabajo que no disgregue nunca la familia, sino que la promueva en su cohesi\u00f3n y estabilidad, un testimonio de vida cristiana adulta, que introduzca m\u00e1s eficazmente a los hijos en la experiencia viva de Cristo y de la Iglesia. (<i>Familiaris Consortio<\/i>, n. 25)<\/p>\n<p>95. No hay duda de que la igual dignidad y responsabilidad del hombre y de la mujer justifican plenamente el acceso de la mujer a las funciones p\u00fablicas. Por otra parte, la verdadera promoci\u00f3n de la mujer exige tambi\u00e9n que sea claramente reconocido el valor de su funci\u00f3n materna y familiar respecto a las dem\u00e1s funciones p\u00fablicas y a las otras profesiones. Por otra parte, tales funciones y profesiones deben integrarse entre s\u00ed, si se quiere que la evoluci\u00f3n social y cultural sea verdadera y plenamente humana. (<i>Familiaris Consortio<\/i>, n. 23)<\/p>\n<h2><b>IV. La familia, educaci\u00f3n y cultura<\/b><\/h2>\n<p>96. La tarea educativa tiene sus ra\u00edces en la vocaci\u00f3n primordial de los esposos a participar en la obra creadora de Dios; ellos, engendrando en el amor y por amor una nueva persona, que tiene en s\u00ed la vocaci\u00f3n al crecimiento y al desarrollo, asumen por eso mismo la obligaci\u00f3n de ayudarle eficazmente a vivir una vida plenamente humana. Como ha recordado el Concilio Vaticano II: \u00abPuesto que los padres han dado la vida a los hijos, tienen la grav\u00edsima obligaci\u00f3n de educar a la prole, y por tanto hay que reconocerlos como los primeros y principales educadores de sus hijos. Este deber de la educaci\u00f3n familiar es de tanta trascendencia que, cuando falta, dif\u00edcilmente puede suplirse. Es, pues, deber de los padres crear un ambiente de familia animado pro el amor, por la piedad hacia Dios y hacia los hombres, que favorezca la educaci\u00f3n \u00edntegra personal y social de los hijos. La familia es, por tanto, la primera escuela de las virtudes sociales, que todas las sociedades necesitan\u00bb (<i>Gravissimum Educationis<\/i>, n. 3). El correcto deber educativo de los padres se califica como esencial, relacionado como est\u00e1 con la transmisi\u00f3n de la vida humana; como original y primario, respecto al deber educativo de los dem\u00e1s, por la unicidad de la relaci\u00f3n de amor que subsiste entre padres e hijos; como insustituible e inalienable y que, por consiguiente, no puede ser totalmente delegado o usurpado por otros. (<i>Familiaris Consortio<\/i>, n. 36)<\/p>\n<p>97. Al igual que el Estado, seg\u00fan hemos dicho, la familia es una verdadera sociedad, que se rige por una potestad propia, esto es, la paterna. Por lo cual, guardados efectivamente los l\u00edmites que su causa pr\u00f3xima ha determinado, tiene ciertamente la familia derechos \u00abpor lo menos\u00bb iguales que la sociedad civil para elegir y aplicar los medios necesario en orden a su protecci\u00f3n y justa libertad. Y hemos dicho \u00abpor lo menos\u00bb iguales, porque, siendo la familia l\u00f3gica y realmente anterior a la sociedad civil, se sigue que sus derechos y deberes son tambi\u00e9n anteriores y m\u00e1s naturales. Pues si los ciudadanos, si las familias, hechos part\u00edcipes de la convivencia y sociedad humanas, encontraran en los poderes p\u00fablicos perjuicio en vez de ayuda, un cercenamiento de sus derechos m\u00e1s bien que la tutela de los mismos, la sociedad ser\u00eda, m\u00e1s que deseable, digna de repulsa. (<i>Rerum Novarum<\/i>, n. 13)<\/p>\n<p>98. La funci\u00f3n social de la familia no puede ciertamente reducirse a la acci\u00f3n procreadora y educativa, aunque encuentra en ella su primera e insustituible forma de expresi\u00f3n. Las familias, tanto solas como asociadas, pueden y deben por tanto dedicarse a muchas obras de servicio social, especialmente en favor de los pobres y de todas aquellas personas y situaciones, a las que no logra llegar la organizaci\u00f3n de previsi\u00f3n y asistencia de las autoridades p\u00fablicas. La aportaci\u00f3n social de la familia tiene su originalidad, que exige se la conozca mejor y se la apoye m\u00e1s decididamente, sobre todo a medida que los hijos crecen, implicando de hecho lo m\u00e1s posible a todos los miembros. (<i>Familiaris Consortio<\/i>, n. 44)<\/p>\n<p>99. Querer, por consiguiente, que la potestad civil penetre a su arbitrio hasta la intimidad de los hogares, es un error grave y pernicioso. Cierto es que, si una familia se encontrara eventualmente en una situaci\u00f3n de extrema angustia y carente en absoluto de medios para salir de por s\u00ed de tal agobio, es justo que los poderes p\u00fablicos la socorran con medios extraordinarios, pues que cada familia es una parte de la sociedad. Cierto tambi\u00e9n que, si dentro del hogar se produjera una alteraci\u00f3n grave de los derechos mutuos, la potestad civil deber\u00e1 amparar el derecho de cada uno; esto no ser\u00eda apropiarse los derechos de los ciudadanos, sino protegerlos y afianzarlos con una justa y debida tutela. Pero es necesario de todo punto que los gobernantes se detengan ah\u00ed; la naturaleza no tolera que se exceda de estos l\u00edmites. (<i>Rerum Novarum<\/i>, n. 14)<\/p>\n<p>100. Dentro del \u00abpueblo de la vida y para la vida\u00bb, <i>es decisiva la responsabilidad de la familia<\/i>: es una responsabilidad que brota de su propia naturaleza\u2014la de ser comunidad de vida y de amor, fundada sobre el matrimonio\u2014y de su misi\u00f3n de \u00abcustodiar, revelar y comunicar el amor\u00bb (<i>Familiaris Consortio<\/i>, n. 17). Se trata del amor mismo de Dios, cuyos colaboradores y como int\u00e9rpretes en la transmisi\u00f3n de la vida y en su educaci\u00f3n seg\u00fan el designio del Padre son los padres (cf. GS, n. 50). Es, pues, el amor que se hace gratuidad, acogida, entrega: en la familia cada uno es reconocido, respetado y honrado por ser persona y, si hay alguno m\u00e1s necesitado, la atenci\u00f3n hacia \u00e9l es m\u00e1s intensa y viva.<\/p>\n<p>La familia est\u00e1 llamada a esto a lo largo de la vida de sus miembros, desde el nacimiento hasta la muerte. La familia es verdaderamente \u00abel santuario de la vida &#8230; el \u00e1mbito donde la vida, don de Dios, puede ser acogida y protegida de manera adecuada contra los m\u00faltiples ataques a que est\u00e1 expuesta, y puede desarrollarse seg\u00fan las exigencias de un aut\u00e9ntico crecimiento humano\u00bb (CA, n. 39). Por esto, el papel de la familia en la edificaci\u00f3n de la cultura de la vida <i>es determinante e insustituible<\/i>.<\/p>\n<p>Como <i>iglesia dom\u00e9stica<\/i>, la familia est\u00e1 llamada a anunciar, celebrar y servir al evangelio de la vida. Es una tarea que corresponde principalmente a los esposos, llamados a transmitir la vida, siendo cada vez m\u00e1s <i>conscientes del significado de la procreaci\u00f3n<\/i>, como acontecimiento privilegiado en el cual se manifiesta que <i>la vida humana es un don recibido para ser, a su vez, dado<\/i>. En la procreaci\u00f3n de una nueva vida los padres descubren que el hijo, \u00absi es fruto de su rec\u00edproca donaci\u00f3n de amor, es a su vez un don para ambos: un don que brota del don\u00bb (Juan Pablo II, <i>Discurso al VII Simposio de los Obispos Europeos<\/i>, n. 5). (<i>Evangelium Vitae<\/i>, n. 92)<\/p>\n<p>101. El Evangelio de la vida est\u00e1 en el centro del mensaje de Jes\u00fas. Acogido con amor cada d\u00eda por la Iglesia, es anunciado con intr\u00e9pida fidelidad como buena noticia a los hombres de todas las \u00e9pocas y culturas.<\/p>\n<p>En la aurora de la salvaci\u00f3n, el nacimiento de un ni\u00f1o es proclamado como gozosa noticia: \u00abOs anuncio una gran alegr\u00eda, que lo ser\u00e1 para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Se\u00f1or\u00bb (Lc 2, 10\u201311). El nacimiento del Salvador produce ciertamente esta \u00abgran alegr\u00eda\u00bb; pero la Navidad pone tambi\u00e9n de manifiesto el sentido profundo de todo nacimiento humano, y la alegr\u00eda mesi\u00e1nica constituye as\u00ed el fundamento y realizaci\u00f3n de la alegr\u00eda por cada ni\u00f1o que nace (cf. Jn 16, 21).<\/p>\n<p>Presentando el n\u00facleo central de su misi\u00f3n redentora, Jes\u00fas dice:<\/p>\n<p>\u00abYo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia\u00bb (Jn 10, 10). Se refiere a aquella vida \u00abnueva\u00bb y \u00abeterna\u00bb, que consiste en la comuni\u00f3n con el Padre, a la que todo hombre est\u00e1 llamado gratuitamente en el Hijo por obra del Esp\u00edritu santificador. Pero es precisamente en esa \u00abvida\u00bb donde encuentran pleno significado todos los aspectos y momentos de la vida del hombre. (<i>Evangelium Vitae<\/i>, n. 1)<\/p>\n<h2><b>V. El car\u00e1cter sagrado de la vida humana<\/b><\/h2>\n<p>102. La vida del hombre proviene de Dios, es su don, su imagen e impronta, participaci\u00f3n de su soplo vital. Por tanto, Dios es el \u00fanico se\u00f1or de esta vida: el hombre no puede disponer de ella. Dios mismo lo afirma a No\u00e9 despu\u00e9s del diluvio: \u00abOs prometo reclamar vuestra propia sangre: la reclamar\u00e9 a todo animal y al hombre: a todos y a cada uno reclamar\u00e9 el alma humana\u00bb (Gn 9, 5). El texto b\u00edblico se preocupa de subrayar c\u00f3mo la sacralidad de la vida tiene su fundamento en Dios y en su acci\u00f3n creadora: \u00abPorque a imagen de Dios hizo \u00e9l al hombre\u00bb (Gn 9, 6). (<i>Evangelium Vitae<\/i>, n. 39)<\/p>\n<p>103. \u00abLa vida humana es sagrada porque desde su inicio comporta \u00abla acci\u00f3n creadora de Dios\u00bb y permanece siempre en una especial relaci\u00f3n con el Creador, su \u00fanico fin. S\u00f3lo Dios es Se\u00f1or de la vida desde su comienzo hasta su t\u00e9rmino: nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho de matar de modo directo a un ser humano inocente\u00bb. Con estas palabras la instrucci\u00f3n <i>Donum Vitae <\/i>expone el contenido central de la revelaci\u00f3n de Dios sobre el car\u00e1cter sagrado e inviolable de la vida humana. (<i>Evangelium Vitae<\/i>, n. 53)<\/p>\n<p>104.La inviolabilidad de la persona, reflejo de la absoluta inviolabilidad del mismo Dios encuentra su primera y fundamental expresi\u00f3n en la \u00abinviolabilidad de la vida humana\u00bb. Se ha hecho habitual hablar, y con raz\u00f3n, sobre los derechos humanos; como por ejemplo sobre el derecho a la salud, a la casa, al trabajo, a la familia y a la cultura. De todos modos, esa preocupaci\u00f3n resulta falsa e ilusoria si no se defiende con la m\u00e1xima determinaci\u00f3n \u00abel derecho a la vida\u00bb como el derecho primero y fundamental, condici\u00f3n de todos los otros derechos de la persona.<\/p>\n<p>La Iglesia no se ha dado nunca por vencida frente a todas las violaciones que el derecho a la vida, propio de todo ser humano, ha recibido y contin\u00faa recibiendo por parte tanto de los individuos como de las mismas autoridades. El titular de tal derecho es el ser humano, \u00aben cada fase de su desarrollo\u00bb, desde el momento de la concepci\u00f3n hasta la muerte natural; y cualquiera \u00abque sea su condici\u00f3n\u00bb, ya sea de salud que de enfermedad, de integridad f\u00edsica o de minusvalidez, de riqueza o de miseria. (<i>Christifideles Laici<\/i>, n. 38)<\/p>\n<p>105.En la aceptaci\u00f3n amorosa y generosa de toda vida humana, sobre todo si es d\u00e9bil o enferma, la Iglesia vive hoy un momento fundamental de su misi\u00f3n, tanto m\u00e1s necesaria cuanto m\u00e1s dominante se hace una \u00abcultura de muerte\u00bb. En efecto, \u00abla Iglesia cree firmemente que la vida humana, aunque d\u00e9bil y enferma, es siempre un don espl\u00e9ndido del Dios de la bondad. Contra el pesimismo y el ego\u00edsmo, que ofuscan el mundo, la Iglesia est\u00e1n en favor de la vida: y en cada vida humana sabe descubrir el esplendor de aquel \u00abS\u00ed\u00bb, de aquel \u00abAm\u00e9n\u00bb que es Cristo mismo (cf. 2 Cor 1, 19; Ap 3, 14). Frente al \u00abno\u00bb que invade y aflige al mundo, pone este \u00abS\u00ed\u00bb viviente, defendiendo de este modo al hombre y al mundo de cuantos acechan y rebajan la vida\u00bb (<i>Familiaris Consortio<\/i>, n. 30). Corresponde a los fieles laicos que m\u00e1s directamente o por vocaci\u00f3n o profesi\u00f3n est\u00e1n implicados en acoger la vida, el hacer concreto y eficaz el \u00abs\u00ed\u00bb de la Iglesia a la vida humana. (<i>Christifideles Laici<\/i>, n. 38)<\/p>\n<p>106. Ahora bien, la raz\u00f3n testimonia que existen objetos del acto humano que se configuran como no-ordenables a Dios, porque contradicen radicalmente el bien de la persona, creada a su imagen. Son los actos que, en la tradici\u00f3n moral de la Iglesia, han sido denominados intr\u00ednsecamente malos (\u00ab<i>intrinsece malum<\/i>\u00ab): lo son siempre y por s\u00ed mismos, es decir, por su objeto, independientemente de las ulteriores intenciones de quien act\u00faa, y de las circunstancias. Por esto, sin negar en absoluto el influjo que sobre la moralidad tienen las circunstancias y, sobre todo, las intenciones, la Iglesia ense\u00f1a que \u00abexisten actos que, por s\u00ed y en s\u00ed mismos, independientemente de las circunstancias, son siempre gravemente il\u00edcitos por raz\u00f3n de su objeto\u00bb (<i>Reconciliatio et Paenitentia<\/i>, n. 17). El mismo concilio Vaticano II, en el marco del respeto debido a la persona humana, ofrece una amplia ejemplificaci\u00f3n de tales actos: \u00abTodo lo que se opone a la vida, como los homicidios de cualquier g\u00e9nero, los genocidios, el aborto, la eutanasia y el mismo suicidio voluntario; todo lo que viola la integridad de la persona humana, como las mutilaciones, las torturas corporales y mentales, incluso los intentos de coacci\u00f3n psicol\u00f3gica; todo lo que ofende a la dignidad humana, como las condiciones infrahumanas de vida, los encarcelamientos arbitrarios, las deportaciones, la esclavitud, la prostituci\u00f3n, la trata de blancas y de j\u00f3venes; tambi\u00e9n las condiciones ignominiosas de trabajo en las que los obreros son tratados como meros instrumentos de lucro, no como personas libres y responsables; todas estas cosas y otras semejantes son ciertamente oprobios que, al corromper la civilizaci\u00f3n humana, deshonran m\u00e1s a quienes los practican que a quienes padecen la injusticia y son totalmente contrarios al honor debido al Creador\u00bb (GS, n. 27). (<i>Veritatis Splendor<\/i>, n. 80)<\/p>\n<h2><b>VI. La maldad del aborto y la eutanasia<\/b><\/h2>\n<p>107. La vida humana se encuentra en una situaci\u00f3n muy precaria cuando viene al mundo y cuando sale del tiempo para llegar a la eternidad. Est\u00e1n muy presentes en la palabra de Dios \u2014sobre todo en relaci\u00f3n con la existencia marcada por la enfermedad y la vejez\u2014 las exhortaciones al cuidado y al respeto. Si faltan llamadas directas y expl\u00edcitas a salvaguardar la vida humana en sus or\u00edgenes, especialmente la vida a\u00fan no nacida, como tambi\u00e9n la que est\u00e1 cercana a su fin, ello se explica f\u00e1cilmente por el hecho de que la sola posibilidad de ofender, agredir o, incluso, negar la vida en estas condiciones se sale del horizonte religioso y cultural del pueblo de Dios. (<i>Evangelium Vitae<\/i>, n. 44)<\/p>\n<p>108. Ahora bien, es necesario reafirmar con toda firmeza que nada ni nadie puede autorizar la muerte de un ser humano inocente, sea feto o embri\u00f3n, ni\u00f1o o adulto, anciano, enfermo incurable o agonizante. Nadie adem\u00e1s puede pedir este gesto homicida para s\u00ed mismo o para otros confiados a su responsabilidad ni puede consentirlo expl\u00edcita o impl\u00edcitamente. Ninguna autoridad puede leg\u00edtimamente imponerlo ni permitirlo. (<i>Iura et Bona<\/i>, n. 2)<\/p>\n<p>109.Por tanto, con la autoridad conferida por Cristo a Pedro y a sus Sucesores, en comuni\u00f3n con los obispos de la Iglesia cat\u00f3lica, confirmo que la eliminaci\u00f3n directa y voluntaria de un ser humano inocente es siempre gravemente inmoral. Esta doctrina, fundamentada en aquella ley no escrita que cada hombre, a la luz de la raz\u00f3n, encuentra en el propio coraz\u00f3n (cf. Rom 2, 14\u201315), es corroborada por la sagrada Escritura, transmitida por la Tradici\u00f3n de la Iglesia y ense\u00f1ada por el Magisterio ordinario y universal. (<i>Evangelium Vitae<\/i>, n. 57)<\/p>\n<p>110. Una reflexi\u00f3n especial quisiera tener para vosotras, <i>mujeres que hab\u00e9is recurrido al aborto<\/i>. La Iglesia conoce cu\u00e1ntos condicionamientos pueden haber influido en vuestra decisi\u00f3n, y no duda de que, en muchos casos se ha tratado de una decisi\u00f3n dolorosa e incluso dram\u00e1tica. Probablemente la herida a\u00fan no ha cicatrizado en vuestro interior. Es verdad que lo sucedido fue y sigue siendo profundamente injusto. Sin embargo, no os dej\u00e9is vencer por el des\u00e1nimo y no perd\u00e1is la esperanza. Antes bien, comprended lo ocurrido e interpretadlo en su verdad. Si a\u00fan no lo hab\u00e9is hecho, abr\u00edos con humildad y confianza al arrepentimiento: el Padre de toda misericordia os espera para ofreceros su perd\u00f3n y su paz en el sacramento de la reconciliaci\u00f3n. Os dar\u00e9is cuenta de que nada est\u00e1 perdido y podr\u00e9is pedir perd\u00f3n tambi\u00e9n a vuestro hijo, que ahora vive en el Se\u00f1or. Con la ayuda del consejo y la cercan\u00eda de personas amigas y competentes, podr\u00e9is estar con vuestro doloroso testimonio entre los defensores m\u00e1s elocuentes del derecho de todos a la vida. Por medio de vuestro compromiso por la vida, coronado posiblemente con el nacimiento de nuevas criaturas y expresado con la acogida y la atenci\u00f3n hacia quien est\u00e1 m\u00e1s necesitado de cercan\u00eda, ser\u00e9is art\u00edfices de un nuevo modo de mirar la vida del hombre. (<i>Evangelium Vitae<\/i>, n. 99)<\/p>\n<h2><b>VII. La pena capital<\/b><\/h2>\n<p>111. La leg\u00edtima defensa puede ser no solamente un derecho, sino un deber grave para el que es responsable de la vida de otro. La defensa del bien com\u00fan exige colocar al agresor en la situaci\u00f3n de no poder causar perjuicio. Por este motivo, los que tienen autoridad leg\u00edtima tienen tambi\u00e9n el derecho de rechazar, incluso con el uso de las armas, a los agresores de la sociedad civil confiada a su responsabilidad.<\/p>\n<p>A la exigencia de tutela del bien com\u00fan corresponde el esfuerzo del Estado para contener la difusi\u00f3n de comportamientos lesivos de los derechos humanos y de las normas fundamentales de la convivencia civil. La leg\u00edtima autoridad p\u00fablica tiena el derecho y el deber de aplicar penas proporcionadas a la gravedad del delito. La pena tiene, ante todo, la finalidad de reparar el desorden introducido por la culpa. Cuando la pena es aceptada voluntariamente por el culpable, adquiere un valor de expiaci\u00f3n. La pena finalmente, adem\u00e1s de la defensa del orden p\u00fablico y la tutela de la seguridad de las personas, tiene una finalidad medicinal: en la medida de la posible, debe contribuir a la enmienda del culpable. (CIC, nn. 2265\u20132266)<\/p>\n<p>112. Hay una tendencia progresiva, tanto dentro se la Iglesia como en la sociedad civil, de pedir una aplicaci\u00f3n muy limitada e, incluso, su total abolici\u00f3n. El problema se enmarca en la \u00f3ptica de una justicia penal cada vez m\u00e1s conforme con la dignidad del hombre y por tanto, en \u00faltimo t\u00e9rmino, con el designio de Dios sobre el hombre y la sociedad. En efecto, la pena que la sociedad impone \u00abtiene como primer efecto el de compensar el desorden introducido por la falta\u00bb (CIC, n. 2266). La autoridad p\u00fablica debe reparar la violaci\u00f3n de los derechos personales y sociales mediante la imposici\u00f3n al e reo de una adecuada expiaci\u00f3n del crimen, como condici\u00f3n para ser readmitido al ejercicio de la propia libertad. De este modo la autoridad alcanza tambi\u00e9n el ojectivo de preservar el orden p\u00fablico y la seguridad de las personas, no sin ofrecer al mismo reo un est\u00edmulo y un ayuda para corregirse y enmendarse (cf. CIC, n. 2266).<\/p>\n<p>Es evidente que, precisamente para conseguir todas estas finalidades, la medida y la calidad de la pena deben ser valoradas y decididas atentamente, sin que se deba llegar a la medida de la eliminaci\u00f3n del reo salvo en casos de absoluta necesidad, es decir, cuando la defensa de la sociedad no sea posible do otro modo. Hoy, sin embargo, gracias a la organizaci\u00f3n cada vez m\u00e1s adecuada de la instituci\u00f3n penal, estos casos son ya muy raros, por no decir pr\u00e1cticamente inexistentes. (<i>Evangelium Vitae<\/i>, n. 56)<\/p>\n<p>113. La ense\u00f1anza tradicional de la Iglesia no excluye, supuesta la plena comprobaci\u00f3n de la identidad y de la responsabilidad del culpable, el recurso a la pena de muerte, si esta fuera el \u00fanico camino posible para defender eficazmente del agresor injusto las vidas humanas.<\/p>\n<p>Pero si los medios incruentos bastan para proteger y defender del agresor la seguridad de las personas, la autoridad se limitar\u00e1 a esos medios, porque ellos corresponden mejor a las condiciones concretas del bien com\u00fan y son m\u00e1s conformes con la dignidad de la persona humana.<\/p>\n<p>Hoy, en efecto, como consecuencia de las posibilidades que tiene el Estado para reprimir eficazmente el crimen, haciendo inofensivo a aqu\u00e9l que lo ha cometido sin quitarle definitivamente la posibilidad de redimirse, los casos en los que sea absolutamente necesario suprimir al reo \u00absuceden muy &#8230; rara vez &#8230; si es que ya en realidad se dan algunos\u00bb (<i>Evangelium Vitae<\/i>, n. 56). (CIC, n. 2267)<\/p>\n<h2><b>VIII. La dignidad de la mujer<\/b><\/h2>\n<p>114. Ciertamente, a\u00fan queda mucho por hacer para que el ser mujer y madre no comporte una discriminaci\u00f3n. Es urgente alcanzar en todas partes la efectiva igualdad de los derechos de la persona y por tanto igualdad de salario respecto a igualdad de trabajo, tutela de la trabajadora-madre, justas promociones en la carrera, igualdad de los esposos en el derecho de familia, reconocimiento de todo lo que va unido a los derechos y deberes del ciudadano en un r\u00e9gimen democr\u00e1tico.<\/p>\n<p>Se trata de un acto de justicia, pero tambi\u00e9n de una necesidad. Los graves problemas sobre la mesa, en la pol\u00edtica del futuro, ver\u00e1n a la mujer comprometida cada ve m\u00e1s: tiempo libre, calidad de la vida, migraciones, servicios sociales, eutanasia, droga, sanidad y asistencia, ecolog\u00eda, etc. Para todos estos campos ser\u00e1 preciosa una mayor presencia social de la mujer, porque contribuir\u00e1 a manifestar las contradicciones de una sociedad organizada sobre puros criterios de eficiencia y productividad, y obligar\u00e1 a replantear los sistemas en favor de los procesos de humanizaci\u00f3n que configuran la \u00abcivilizaci\u00f3n del amor\u00bb. (<i>Carta a las Mujeres<\/i>, n. 4)<\/p>\n<p>115. A este hero\u00edsmo cotidiano pertenece el testimonio silencioso, pero a la vez fecundo y elocuente, de \u00abtodas las madres valientes, que se dedican sin reservas a su familia, que sufren al dar a luz a sus hijos, y luego est\u00e1n dispuestas a soportar cualquier esfuerzo, a afrontar cualquier sacrificio, para transmitirles lo mejor de s\u00ed mismas\u00bb (Juan Pablo II, <i>Homil\u00eda por la Beatificaci\u00f3n<\/i>, 1994). Al cumplir su misi\u00f3n \u00abestas madres heroicas no siempre encuentran apoyo en su ambiente. Es m\u00e1s, los modelos de civilizaci\u00f3n, a menudo promovidos y propagados por los medios de comunicaci\u00f3n, no favorecen la maternidad. En nombre del progreso y la modernidad, se presentan como superados ya los valores de la fidelidad, la castidad y el sacrificio, en los que se han distinguido y siguen distingui\u00e9ndose innumerables esposas y madres cristianas&#8230;. Os damos las gracias, madres heroicas, por vuestro amor invencible. Os damos las gracias por la intr\u00e9pida confianza en Dios y en su amor. Os damos las gracias por el sacrificio de vuestra vida&#8230;. Cristo, en el misterio pascual, os devuelve el don que le hab\u00e9is hecho, pues tiene el poder de devolveros la vida que le hab\u00e9is dado como ofrenda\u00bb (Ibid). (<i>Evangelium Vitae<\/i>, n. 86)<\/p>\n<p>116. Hemos de situarnos en el contexto de aquel \u00abprincipio\u00bb b\u00edblico seg\u00fan el cual la verdad revelada sobre el hombre como \u00abimagen y semejanza de Dios\u00bb constituye la base inmutable de toda la antropolog\u00eda cristiana. \u00abCre\u00f3 pues Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le cre\u00f3, macho y hembra los cre\u00f3\u00bb (Gn 1, 27). Este conciso fragmento contiene las verdades antropol\u00f3gicas fundamentales: el hombre es el \u00e1pice de todo lo creado en el mundo visible, y el g\u00e9nero humano, que tiene su origen en la llamada a la existencia del hombre y de la mujer, corona todo la obra de la creaci\u00f3n; ambos son seres humanos en el mismo grado, tanto el hombre como la mujer; ambos fueron creados a imagen de Dios. Esta imagen y semejanza con Dios, esencial al ser humano, es transmitida a sus descendientes por el hombre y la mujer, como esposos y padres: \u00abSed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla\u00bb (Gn 1, 28). El Creador conf\u00eda el \u00abdominio\u00bb de la tierra al g\u00e9nero humano, a todas las personas, tanto hombres como mujeres, que reciben su dignidad y vocaci\u00f3n de aquel \u00abprincipio\u00bb com\u00fan. (<i>Mulieris Dignitatem<\/i>, n. 6)<\/p>\n<p>117.En el cambio cultural en favor de la vida <i>las mujeres <\/i>tienen un campo de pensamiento y de acci\u00f3n singular y sin duda determinante: les corresponde ser promotoras de un \u00abnuevo feminismo\u00bb que, sin caer en la tentaci\u00f3n de seguir modelos \u00abmachistas\u00bb, sepa reconocer y expresar el verdadero esp\u00edritu femenino en todas las manifestaciones de la convivencia ciudadana, trabajando por la superaci\u00f3n de toda forma de discriminaci\u00f3n, de violencia y de explotaci\u00f3n. Recordando las palabras del mensaje conclusivo del concilio Vaticano II, dirijo tambi\u00e9n yo a las mujeres una llamada apremiante:<\/p>\n<p>\u00abReconciliad a los hombres con la vida\u00bb (<i>Mensajes de la Clausura del Concilio<\/i>: <i>A Las Mujeres<\/i>). Vosotras est\u00e1is llamadas a testimoniar el significado del amor aut\u00e9ntico, de aquel don de uno mismo y de la acogida del otro que se realizan de modo espec\u00edfico en la relaci\u00f3n conyugal, pero que deben ser el alma de cualquier relaci\u00f3n interpersonal. La experiencia de la maternidad favorece en vosotras una aguda sensibilidad hacia las dem\u00e1s personas y, al mismo tiempo, os confiere una misi\u00f3n particular: \u00abLa maternidad conlleva una comuni\u00f3n especial con el misterio de la vida que madura en el seno de la mujer&#8230;. Este modo \u00fanico de contacto con el nuevo hombre que se est\u00e1 formando crea, a su vez, una actitud hacia el hombre\u2014no s\u00f3lo hacia el propio hijo, sino hacia el hombre en general\u2014que caracteriza profundamente toda la personalidad de la mujer\u00bb (<i>Mulieris Dignitatem<\/i>, n. 18). En efecto, la madre acoge y lleva consigo a otro ser, le permite crecer en su seno, le ofrece el espacio necesario, respet\u00e1ndolo en su alteridad. As\u00ed, la mujer percibe y ense\u00f1a que las relaciones humanas son aut\u00e9nticas si se abren a la acogida de la otra persona, reconocida y amada por la dignidad que tiene por el hecho de ser persona y no por otros factores, como la utilidad, la fuerza, la inteligencia, la belleza o la salud. \u00c9sta es la aportaci\u00f3n fundamental que la Iglesia y la humanidad esperan de las mujeres. Y es la premisa insustituible para un aut\u00e9ntico cambio cultural. (<i>Evangelium Vitae<\/i>, n. 99)<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>I. 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