{"id":122158,"date":"2022-08-17T07:54:18","date_gmt":"2022-08-17T05:54:18","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/?p=122158"},"modified":"2022-08-09T18:17:25","modified_gmt":"2022-08-09T16:17:25","slug":"el-papel-del-estado","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/vincentians.com\/es\/el-papel-del-estado\/","title":{"rendered":"El papel del Estado"},"content":{"rendered":"<h2><b>I. Autoridad temporal<\/b><\/h2>\n<p>178. \u00abUna sociedad bien ordenada y fecunda requiere gobernantes, investidos de leg\u00edtima autoridad, que defiendan las instituciones y consagren, en la medida suficiente, su actividad y sus desvelos al provecho com\u00fan del pa\u00eds\u00bb (PT, n. 46). Se llama \u00abautoridad\u00bb la cualidad en virtud de la cual personas o instituciones dan leyes y \u00f3rdenes a los hombres y esperan la correspondiente obediencia. Toda comunidad humana necesita una autoridad que la rija. Esta tiene su fundamento en la naturaleza humana. Es necesaria para la unidad de la sociedad. Su misi\u00f3n consiste en asegurar en cuanto sea posible el bien com\u00fan de la sociedad. La autoridad exigida por el orden moral emana de Dios \u00abSom\u00e9tanse todos a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios, y las que existen, por Dios han sido constituidas. De modo que, quien se opone a la autoridad, se rebela contra el orden divino, y los rebeldes se atraer\u00e1n sobre s\u00ed mismos la condenaci\u00f3n\u00bb (Rom 13, 1\u20132). El deber de obediencia impone a todos la obligaci\u00f3n de dar a la autoridad los honores que le son debidos, y de rodear de respeto y, seg\u00fan su m\u00e9rito, de gratitud y de benevolencia a las personas que la ejercen. La m\u00e1s antigua oraci\u00f3n de la Iglesia por la autoridad pol\u00edtica tiene como autor a san Clemente Romano: \u00abConc\u00e9deles, Se\u00f1or, la salud, la paz, la concordia, la estabilidad, para que ejerzan sin tropiezo la soberan\u00eda que t\u00fa les has entregado. Eres t\u00fa, Se\u00f1or, rey celestial de los siglos, quien da a los hijos de los hombres gloria, honor y poder sobre las cosas de la tierra. Dirige, Se\u00f1or, su consejo seg\u00fan lo que es bueno, seg\u00fan lo que es agradable a tus ojos, para que ejerciendo con piedad, en la paz y la mansedumbre, el poder que les has dado, te encuentren propicio\u00bb (San Clemente de Roma, <i>Ad Cor<\/i>, n. 61). (CIC, nn. 1897\u20131900)<\/p>\n<p>179. Es, pues, evidente que la comunidad pol\u00edtica y la autoridad p\u00fablica se fundan en la naturaleza humana, y, por lo mismo, pertenecen al orden previsto por Dios, aun cuando la determinaci\u00f3n del r\u00e9gimen pol\u00edtico y la designaci\u00f3n de los gobernantes se dejen a la libre designaci\u00f3n de los ciudadanos. S\u00edguese tambi\u00e9n que el ejercicio de la autoridad pol\u00edtica, as\u00ed en la comunidad en cuanto tal como en las instituciones representativas, debe realizarse siempre dentro de los l\u00edmites del orden moral para procurar el bien com\u00fan\u2014concebido din\u00e1micamente\u2014seg\u00fan el orden jur\u00eddico leg\u00edtimamente establecido o por establecer. Es entonces cuando los ciudadanos est\u00e1n obligados en conciencia a obedecer. De todo lo cual se deducen la responsabilidad, la dignidad y la importancia de los gobernantes. (<i>Gaudium et Spes<\/i>, n. 74)<\/p>\n<p>180.M\u00e1s a\u00fan, el mismo orden moral impone dos consecuencias: una, la necesidad de una autoridad rectora en el seno de la sociedad; otra, que esa autoridad no pueda rebelarse contra tal orden moral sin derrumbarse inmediatamente. Es un aviso del mismo Dios: \u00abO\u00edd, pues, \u00a1oh reyes!, y entended: aprended, vosotros, los que domin\u00e1is los confines de la tierra. Aplicad al o\u00eddo los que imper\u00e1is sobre las muchedumbres y los que os engre\u00eds sobre la multitud de las naciones. Porque el poder os fue dado por el Se\u00f1or y la soberan\u00eda por el Alt\u00edsimo, el cual examinar\u00e1 vuestra sobras y escudri\u00f1ar\u00e1 vuestros pensamientos\u00bb (Sap 6, 2\u20134). (<i>Pacem in Terris<\/i>, n. 83)<\/p>\n<p>181. La autoridad no saca de s\u00ed misma su legitimidad moral. No debe comportarse de manera desp\u00f3tica, sino actuar para el bien com\u00fan como una \u00abfuerza moral, que se basa en la libertad y en la conciencia de la tarea y obligaciones que ha recibido\u00bb (GS, n. 74). \u00abLa legislaci\u00f3n humana s\u00f3lo posee car\u00e1cter de ley cuando se conforma a la justa raz\u00f3n; lo cual significa que su obligatoriedad procede de la ley eterna. En la medida en que ella se apartase de la raz\u00f3n, ser\u00eda preciso declararla injusta, pues no verificar\u00eda la noci\u00f3n de ley; ser\u00eda m\u00e1s bien una forma de violencia\u00bb (Santo Tom\u00e1s de Aquino, <i>STh<\/i>, I\u2013II, 93, 3, ad 2). (CIC, n. 1902)<\/p>\n<h2><b>II. La regla de la ley<\/b><\/h2>\n<p>182. El Estado de Derecho es la condici\u00f3n necesaria para establecer una verdadera democracia. Para que \u00e9sta se pueda desarrollar, se precisa la educaci\u00f3n c\u00edvica as\u00ed como la promoci\u00f3n del orden p\u00fablico y de la paz en la convivencia civil. En efecto, \u00abno hay una democracia verdadera y estable sin justicia social. Para esto es necesario que la Iglesia preste mayor atenci\u00f3n a la formaci\u00f3n de la conciencia, prepare dirigentes sociales para la vida publica en todos los niveles, promueva la educaci\u00f3n \u00e9tica, la observancia de la ley y de los derechos humanos y emplee un mayor esfuerzo en la formaci\u00f3n \u00e9tica de la clase pol\u00edtica. (<i>Ecclesia in America<\/i>, n. 56)<\/p>\n<p>183. La autoridad, sin embargo, no puede considerarse exenta de sometimiento a otra superior. M\u00e1s a\u00fan, la autoridad consiste en la facultad de mandar seg\u00fan la recta raz\u00f3n. Por ello, se sigue evidentemente que su fuerza obligatoria procede del orden moral, que tiene a Dios como primer principio y \u00faltimo fin. Por eso advierte nuestro predecesor, de feliz memoria, P\u00edo XII: \u00abEl mismo orden absoluto de los seres y de los fines, que muestra al hombre como persona aut\u00f3noma, es decir, como sujeto de derechos y de deberes inviolables, ra\u00edz y t\u00e9rmino de su propia vida social, abarca tambi\u00e9n al Estado como sociedad necesaria, revestida de autoridad, sin la cual no podr\u00eda ni existir ni vivir&#8230;. Y como ese orden absoluto, a la luz de la sana raz\u00f3n, y m\u00e1s particularmente a la luz de la fe cristiana, no puede tener otro origen que un Dios personal, Creador nuestro, s\u00edguese que &#8230; la dignidad de la autoridad pol\u00edtica es la dignidad de su participaci\u00f3n en la autoridad de Dios\u00bb (P\u00edo XII, <i>Mensaje por radio en la V\u00edspera de Navidad<\/i>, 1944). (<i>Pacem in Terris<\/i>, n. 44)<\/p>\n<p>184.El momento hist\u00f3rico actual hace urgente el reforzamiento de los instrumentos jur\u00eddicos adecuados para la promoci\u00f3n de la libertad de conciencia tambi\u00e9n en el campo pol\u00edtico y social. A este respecto, el desarrollo gradual y constante de un r\u00e9gimen legal reconocido internacionalmente podr\u00e1 constituir una de las bases m\u00e1s seguras en favor de la paz y del justo progreso de la humanidad. Al mismo tiempo, es esencial que se tomen iniciativas paralelas, a nivel nacional y regional, con el fin de asegurar que todas las personas, donde sea que se encuentren, est\u00e9n protegidas por unas normas legales reconocidas en el \u00e1mbito internacional. (<i>Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz<\/i>, 1991, n. 6)<\/p>\n<p>185. El derecho de mandar constituye una exigencia del orden espiritual y dimana de Dios. Por ello, si los gobernantes promulgan una ley o dictan una disposici\u00f3n cualquiera contraria a ese orden espiritual y, por consiguiente, opuesta a la voluntad de Dios, en tal caso ni la ley promulgada ni la disposici\u00f3n dictada pueden obligar en conciencia al ciudadano, ya que es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres; m\u00e1s a\u00fan, en semejante situaci\u00f3n, la propia autoridad se desmorona por completo y se origina una iniquidad espantosa. As\u00ed lo ense\u00f1a Santo Tom\u00e1s: \u00abEn cuanto a lo segundo, la ley humana tiene raz\u00f3n de ley s\u00f3lo en cuanto se ajusta a la recta raz\u00f3n. Y as\u00ed considerada es manifiesto que procede de la ley eterna. Pero, en cuanto se aparta de la recta raz\u00f3n, es una ley injusta, y as\u00ed no tiene car\u00e1cter de ley, sino m\u00e1s bien de violencia\u00bb (Santo Tom\u00e1s de Aquino, <i>STh<\/i>, I\u2013 II, 93, 3, ad 2). (<i>Pacem in Terris<\/i>, n. 51)<\/p>\n<p>186. Le\u00f3n XIII no ignoraba que una sana teor\u00eda del Estado era necesaria para asegurar el desarrollo normal de las actividades humanas: las espirituales y las materiales, entrambas indispensables. Por esto, en un pasaje de la <i>Rerum Novarum <\/i>el Papa presenta la organizaci\u00f3n de la sociedad estructurada en tres poderes\u2014legislativo, ejecutivo y judicial\u2014lo cual constitu\u00eda entonces una novedad en las ense\u00f1anzas de la Iglesia. Tal ordenamiento refleja una visi\u00f3n realista de la naturaleza social del hombre, la cual exige una legislaci\u00f3n adecuada para proteger la libertad de todos. A este respecto es preferible que un poder est\u00e9 equilibrado por otros poderes y otras esferas de competencia, que lo mantengan en su justo l\u00edmite. Es \u00e9ste el principio del \u00abEstado de derecho\u00bb, en el cual es soberana la ley y no la voluntad arbitraria de los hombres. (<i>Centesimus Annus<\/i>, n. 44)<\/p>\n<p>187. Es necesario recalcar, adem\u00e1s, que ning\u00fan grupo social, por ejemplo un partido, tiene derecho a usurpar el papel de \u00fanico gu\u00eda porque ello supone la destrucci\u00f3n de la verdadera subjetividad de la sociedad y de las personas-ciudadanos, como ocurre en todo totalitarismo. (<i>Sollicitudo Rei Socialis<\/i>, n. 15)<\/p>\n<h2><b>III. El papel del Gobierno<\/b><\/h2>\n<p>188. Sin embargo, si ese estructura jur\u00eddica y pol\u00edtica fuese de brindar las ventajas esperadas, los oficiales p\u00fablicos tienen que esforzarse para enfrentar las problemas que surgen, de una manera que conforme tanto a la complejidad de la situaci\u00f3n y el ejercicio propio de su funci\u00f3n. Esto requiere que, dentro de los condiciones constantemente en cambio, los legisladores nunca se olvidan las normas de la moralidad o provisiones constitucionales o el bien com\u00fan. Mas aun, los autoridades ejecutivos tienen que coordinar los actividades de la sociedad con discreci\u00f3n con pleno entendimiento de al ley y desuse de consideraci\u00f3n cuidoso de las circunstancias los cortes tienen que administrar la justicia imparcialmente y sin dejarse llevar por parcialidades o presi\u00f3n. El orden bueno de la sociedad tambi\u00e9n demanda que los ciudadanos individuales y organizaciones intermediarios deben ser protegidos con eficacia por la ley en cualquier momento que ellos tiene derechos para ejercitar o obligaciones por ser cumplidas. (<i>Pacem in Terris<\/i>, n. 69)<\/p>\n<p>189.Esta acci\u00f3n del Estado, que fomenta, estimula, ordena, suple y completa, est\u00e1 fundamentada en el principio de la funci\u00f3n subsidiaria, formulado por P\u00edo XI en la enc\u00edclica <i>Quadragesimo Anno<\/i>:<\/p>\n<p>\u00abSigue en pie en la filosof\u00eda social un grav\u00edsimo principio, inamovible e inmutable: as\u00ed como no es l\u00edcito quitar a los individuos y traspasar a la comunidad lo que ellos pueden realizar con su propio esfuerzo e iniciativa, as\u00ed tampoco es justo, porque da\u00f1a y perturba gravemente el recto orden social, quitar a las comunidades menores e inferiores lo que ellas pueden realizar y ofrecer por s\u00ed mismas, y atribuirlo a una comunidad mayor y m\u00e1s elevada, ya que toda acci\u00f3n de la sociedad, en virtud de su propia naturaleza, debe prestar ayuda a los miembros del cuerpo social, pero nunca destruirlos ni absorberlos\u00bb (QA, n. 23). (<i>Mater et Magistra<\/i>, n. 53)<\/p>\n<p>190. En el \u00e1mbito pol\u00edtico se debe constatar que la veracidad en las relaciones entre gobernantes y gobernados; la transparencia en la administraci\u00f3n p\u00fablica; la imparcialidad en el servicio de la cosa p\u00fablica; el respeto de los derechos de los adversarios pol\u00edticos; la tutela de los derechos de los acusados contra procesos y condenas sumarias; el uso justo y honesto del dinero p\u00fablico; el rechazo de medios equ\u00edvocos o il\u00edcitos para conquistar, mantener o aumentar a cualquier costo el poder, son principios que tienen su base fundamental\u2014as\u00ed como su urgencia singular\u2014en el valor trascendente de la persona y en las exigencias morales objetivas de funcionamiento de los Estados. (<i>Veritatis Splendor<\/i>, n. 101)<\/p>\n<h2><b>IV. Iglesia y Estado<\/b><\/h2>\n<p>191. La protecci\u00f3n y promoci\u00f3n de los derechos inviolables del hombre es un deber esencial de toda autoridad civil. Debe, pues, la potestad civil tomar eficazmente a su cargo la tutela de la libertad religiosa de todos los ciudadanos por medio de leyes justas y otros medios aptos, y facilitar las condiciones propicias que favorezcan la vida religiosa, para que los ciudadanos puedan ejercer efectivamente los derechos de la religi\u00f3n y cumplir sus deberes; y la misma sociedad goce as\u00ed de los bienes de justicia y de paz que provienen de la fidelidad de los hombres hacia Dios y su voluntad. (<i>Dignitatis Humanae<\/i>, n. 6)<\/p>\n<h2><b>V. Formas de gobierno<\/b><\/h2>\n<p>192. Si la autoridad responde a un orden fijado por Dios, \u00abla determinaci\u00f3n del r\u00e9gimen y la designaci\u00f3n de los gobernantes han de dejarse a la libre voluntad de los ciudadanos\u00bb (GS, n. 74). La diversidad de los reg\u00edmenes pol\u00edticos es moralmente admisible con tal que promuevan el bien leg\u00edtimo de la comunidad que los adopta. Los reg\u00edmenes cuya naturaleza es contraria a la ley natural, al orden p\u00fablico y a los derechos fundamentales de las personas, no pueden realizar el bien com\u00fan de las naciones en las que se han impuesto. (CIC, n. 1901)<\/p>\n<p>193. A esta concepci\u00f3n se ha opuesto en tiempos modernos el totalitarismo, el cual, en la forma marxista-leninista, considera que algunos hombres, en virtud de un conocimiento m\u00e1s profundo de las leyes de desarrollo de la sociedad, por una particular situaci\u00f3n de clase o por contacto con las fuentes m\u00e1s profundas de la conciencia colectiva, est\u00e1n exentos del error y pueden, por tanto, arrogarse el ejercicio de un poder absoluto. A esto hay que a\u00f1adir que el totalitarismo nace de la negaci\u00f3n de la verdad en sentido objetivo. Si no existe una verdad trascendente, con cuya obediencia el hombre conquista su plena identidad, tampoco existe ning\u00fan principio seguro que garantice relaciones justas entre los hombres: los intereses de clase, grupo o naci\u00f3n, los contraponen inevitablemente unos a otros. Si no se reconoce la verdad trascendente, triunfa la fuerza del poder, y cada uno tiende a utilizar hasta el extremo los medios de que dispone para imponer su propio inter\u00e9s o la propia opini\u00f3n, sin respetar los derechos de los dem\u00e1s. Entonces el hombre es respetado solamente en la medida en que es posible instrumentalizarlo para que se afirme en su ego\u00edsmo. La ra\u00edz del totalitarismo moderno hay que verla, por tanto, en la negaci\u00f3n de la dignidad trascendente de la persona humana, imagen visible de Dios invisible y, precisamente por esto, sujeto natural de derechos que nadie puede violar: ni el individuo, el grupo, la clase social, ni la naci\u00f3n o el Estado. No puede hacerlo tampoco la mayor\u00eda de un cuerpo social, poni\u00e9ndose en contra de la minor\u00eda, margin\u00e1ndola, oprimi\u00e9ndola, explot\u00e1ndola o incluso intentando destruirla. La cultura y la praxis del totalitarismo comportan adem\u00e1s la negaci\u00f3n de la Iglesia. El Estado, o bien el partido, que cree poder realizar en la historia el bien absoluto y se erige por encima de todos los valores, no puede tolerar que se sostenga un criterio objetivo del bien y del mal, por encima de la voluntad de los gobernantes y que, en determinadas circunstancias, puede servir para juzgar su comportamiento. Esto explica por qu\u00e9 el totalitarismo trata de destruir la Iglesia o, al menos, someterla, convirti\u00e9ndola en instrumento del propio aparato ideol\u00f3gico. El Estado totalitario tiende, adem\u00e1s, a absorber en s\u00ed mismo la naci\u00f3n, la sociedad, la familia, las comunidades religiosas y las mismas personas. Defendiendo la propia libertad, la Iglesia defiende la persona, que debe obedecer a Dios antes que a los hombres (cf. Hech 5, 29); defiende la familia, las diversas organizaciones sociales y las naciones, realidades todas que gozan de un propio \u00e1mbito de autonom\u00eda y soberan\u00eda. (<i>Centesimus Annus<\/i>, nn. 44\u201345)<\/p>\n<p>194. En realidad, para determinar cu\u00e1l haya de ser la estructura pol\u00edtica de un pa\u00eds o el procedimiento apto para el ejercicio de las funciones p\u00fablicas es necesario tener muy en cuenta la situaci\u00f3n actual y las circunstancias de cada pueblo; situaci\u00f3n y circunstancias que cambian en funci\u00f3n de los lugares y de las \u00e9pocas. Juzgamos, sin embargo, que concuerda con la propia naturaleza del hombre una organizaci\u00f3n de la convivencia compuesta por las tres clases de magistraturas que mejor respondan a la triple funci\u00f3n principal de la autoridad p\u00fablica; porque en una comunidad pol\u00edtica as\u00ed organizada, las funciones de cada magistratura y las relaciones entre el ciudadano y los servidores de la cosa p\u00fablica quedan definidas en t\u00e9rminos jur\u00eddicos. Tal estructura pol\u00edtica ofrece, sin duda, una eficaz garant\u00eda al ciudadano tanto en el ejercicio de sus derechos como en el cumplimiento de sus deberes. (<i>Pacem in Terris<\/i>, n. 68)<\/p>\n<p>195.Para que la cooperaci\u00f3n ciudadana responsable pueda lograr resultados felices en el curso diario de la vida p\u00fablica, es necesario un orden jur\u00eddico positivo que establezca la adecuada divisi\u00f3n de las funciones institucionales de la autoridad pol\u00edtica, as\u00ed como tambi\u00e9n la protecci\u00f3n eficaz e independiente de los derechos. Recon\u00f3zcanse, resp\u00e9tense y promu\u00e9vanse los derechos de las personas, de las familias y de las asociaciones, as\u00ed como su ejercicio, no menos que los deberes c\u00edvicos de cada uno. Entre estos \u00faltimos es necesario mencionar el deber de aportar a la vida p\u00fablica el concurso material y personal requerido por el bien com\u00fan. Cuiden los gobernantes de no entorpecer las asociaciones familiares, sociales o culturales, los cuerpos o las instituciones intermedias, y de no privarlos de su leg\u00edtima y constructiva acci\u00f3n, que m\u00e1s bien deben promover con libertad y de manera ordenada. Los ciudadanos por su parte, individual o colectivamente, eviten atribuir a la autoridad pol\u00edtica todo poder excesivo y no pidan al Estado de manera inoportuna ventajas o favores excesivos, con riesgo de disminuir la responsabilidad de las personas, de las familias y de las agrupaciones sociales. (<i>Gaudium et Spes<\/i>, n. 75)<\/p>\n<p>196.Y, al hablar de la reforma de las instituciones, se nos viene al pensamiento especialmente el Estado, no porque haya de esperarse de \u00e9l la soluci\u00f3n de todos los problemas, sino porque, a causa del vicio por Nos indicado del \u00abindividualismo\u00bb, las cosas hab\u00edan llegado a un extremo tal que, postrada o destru\u00edda casi por completo aquella exuberante y en otros tiempos evolucionada vida social por medio de asociaciones de la m\u00e1s diversa \u00edndole, hab\u00edan quedado casi solos frente a frente los individuos y el Estado, con no peque\u00f1o perjuicio del Estado mismo, que, perdida la forma del r\u00e9gimen social y teniendo que soportar todas las cargas sobrellevadas antes por las extinguidas corporaciones, se ve\u00eda oprimido por un sinf\u00edn de atenciones diversas. (<i>Quadragesimo Anno<\/i>, n. 78)<\/p>\n<h2><b>VI. Democracia<\/b><\/h2>\n<p>197. La Iglesia aprecia el sistema de la democracia, en la medida en que asegura la participaci\u00f3n de los ciudadanos en las opciones pol\u00edticas y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes, o bien la de sustituirlos oportunamente de manera pac\u00edfica. Por esto mismo, no puede favorecer la formaci\u00f3n de grupos dirigentes restringidos que, por intereses particulares o por motivos ideol\u00f3gicos, usurpan el poder del Estado. Una aut\u00e9ntica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepci\u00f3n de la persona humana. Requiere que se den las condiciones necesarias para la promoci\u00f3n de las personas concretas, mediante la educaci\u00f3n y la formaci\u00f3n en los verdaderos ideales, as\u00ed como de la \u00absubjetividad\u00bb de la sociedad mediante la creaci\u00f3n de estructuras de participaci\u00f3n y de corresponsabilidad. (<i>Centesimus Annus<\/i>, n. 46)<\/p>\n<p>198. La Iglesia respeta la leg\u00edtima autonom\u00eda del orden democr\u00e1tico; pero no posee t\u00edtulo alguno para expresar preferencias por una u otra soluci\u00f3n institucional o constitucional. La aportaci\u00f3n que ella ofrece en este sentido es precisamente el concepto de la dignidad de la persona, que se manifiesta en toda su plenitud en el misterio del Verbo encarnado. (<i>Centesimus Annus<\/i>, n. 47)<\/p>\n<p>199. En realidad, la democracia no puede mitificarse, convirti\u00e9ndola en un suced\u00e1neo de la moralidad o en una panacea de la inmoralidad. Fundamentalmente, es un \u00abordenamiento\u00bb y, como tal, un instrumento y no un fin. Su car\u00e1cter \u00abmoral\u00bb no es autom\u00e1tico, sino que depende de su conformidad con la ley moral a la que, como cualquier otro comportamiento humano, debe someterse; esto es, depende de la moralidad de los fines que persigue y de los medios de que se sirve. Si hoy se percibe un consenso casi universal sobre el valor de la democracia, esto se considera un positivo \u00absigno de los tiempos\u00bb, como tambi\u00e9n el Magisterio de la Iglesia ha puesto de relieve varias veces. Pero el valor de la democracia se mantiene o cae con los valores que encarna y promueve. (<i>Evangelium Vitae<\/i>, n. 70)<\/p>\n<p>200. Cuando no se observan estos principios, se resiente el fundamento mismo de la convivencia pol\u00edtica y toda la vida social se ve progresivamente comprometida, amenazada y abocada a su disoluci\u00f3n (cf. Sal 14, 3\u20134; Ap 18, 2\u20133, 9\u201324). Despu\u00e9s de la ca\u00edda, en muchos pa\u00edses, de las ideolog\u00edas que condicionaban la pol\u00edtica a una concepci\u00f3n totalitaria del mundo\u2014la primera entre ellas el marxismo\u2014existe hoy un riesgo no menos grave debido a la negaci\u00f3n de los derechos fundamentales de la persona humana y a la absorci\u00f3n en la pol\u00edtica de la misma inquietud religiosa que habita en el coraz\u00f3n de todo ser humano: es el riesgo de la alianza entre democracia y relativismo \u00e9tico, que quita a la convivencia civil cualquier punto seguro de referencia moral, despoj\u00e1ndola m\u00e1s radicalmente del reconocimiento de la verdad. En efecto, \u00absi no existe una verdad \u00faltima\u2014que gu\u00ede y oriente la acci\u00f3n pol\u00edtica\u2014entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas f\u00e1cilmente para fines de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia\u00bb (CA, n. 46). As\u00ed, en cualquier campo de la vida personal, familiar, social y pol\u00edtica, la moral\u2014que se basa en la verdad y que a trav\u00e9s de ella se abre a la aut\u00e9ntica libertad-ofrece un servicio original, insustituible y de enorme valor no s\u00f3lo para cada persona y para su crecimiento en el bien, sino tambi\u00e9n para la sociedad y su verdadero desarrollo. (<i>Veritatis Splendor<\/i>, n. 101)<\/p>\n<p>201. S\u00f3lo el respeto a la vida puede fundamentar y garantizar los bienes m\u00e1s preciosos y necesarios de la sociedad, como la democracia y la paz. En efecto, no puede haber <i>verdadera democracia<\/i>, si no se reconoce la dignidad de cada persona y no se respetan sus derechos.<\/p>\n<p>No puede haber siquiera <i>verdadera paz<\/i>, si no <i>se defiende y promueve la vida<\/i>&#8230;. (<i>Evangelium Vitae<\/i>, n. 101)<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>I. 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