{"id":122147,"date":"2013-05-08T07:54:18","date_gmt":"2013-05-08T05:54:18","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/?p=122147"},"modified":"2016-07-26T17:01:00","modified_gmt":"2016-07-26T15:01:00","slug":"la-persona-humana","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/vincentians.com\/es\/la-persona-humana\/","title":{"rendered":"La persona humana"},"content":{"rendered":"<h2><b>I. La dignidad de la persona humana<\/b><\/h2>\n<p>39. En efecto, para la Iglesia ense\u00f1ar y difundir la doctrina social pertenece a su misi\u00f3n evangelizadora y forma parte esencial del mensaje cristiano, ya que esta doctrina expone sus consecuencias directas en la vida de la sociedad y encuadra incluso el trabajo cotidiano y las luchas por la justicia en el testimonio a Cristo Salvador. Asimismo viene a ser una fuente de unidad y de paz frente a los conflictos que surgen inevitablemente en el sector socioecon\u00f3mico. De esta manera se pueden vivir las nuevas situaciones, sin degradar la dignidad trascendente de la persona humana ni en s\u00ed mismos ni en los adversarios, y orientarlas hacia una recta soluci\u00f3n. (<i>Centesimus Annus<\/i>, n. 5)<\/p>\n<p>40. Por eso la Iglesia tiene una palabra que decir, tanto hoy como hace veinte a\u00f1os, as\u00ed como en el futuro, sobre la naturaleza, condiciones, exigencias y finalidades del verdadero desarrollo y sobre los obst\u00e1culos que se oponen a \u00e9l. Al hacerlo as\u00ed, cumple su misi\u00f3n evangelizadora, ya que da su primera contribuci\u00f3n a la soluci\u00f3n del problema urgente del desarrollo cuando proclama la verdad sobre Cristo, sobre s\u00ed misma y sobre el hombre, aplic\u00e1ndola a una situaci\u00f3n concreta (cf. Juan Pablo II, <i>Discurso a los Obispos de Am\u00e9rica Latina<\/i>, 1979).<\/p>\n<p>A este fin la Iglesia utiliza como instrumento su doctrina social. En la dif\u00edcil coyuntura actual, para favorecer tanto el planteamiento correcto de los problemas como sus soluciones mejores, podr\u00e1 ayudar mucho un conocimiento m\u00e1s exacto y una difusi\u00f3n m\u00e1s amplia del \u00abconjunto de principios de reflexi\u00f3n, de criterios de juicios y de directrices de acci\u00f3n\u00bb propuestos por su ense\u00f1anza (<i>Libertatis Conscientia<\/i>, n. 72; <i>Octogesima Adveniens<\/i>, n. 4).<\/p>\n<p>Se observar\u00e1 as\u00ed inmediatamente, que las cuestiones que afrontamos son ante todo morales; y que ni el an\u00e1lisis del problema del desarrollo como tal, ni los medios para superar las presentes dificultades pueden prescindir de esta dimensi\u00f3n esencial. (<i>Sollicitudo Rei Socialis<\/i>, n. 41)<\/p>\n<p>41. En la vida del hombre la imagen de Dios vuelve a resplandecer y se manifiesta en toda su plenitud con la venida del Hijo de Dios en carne humana: \u00ab\u00c9l es imagen de Dios invisible\u00bb (Col 1, 15), \u00abresplandor de su gloria e impronta de su sustancia\u00bb (Heb 1, 3). \u00c9l es la imagen perfecta del Padre. (<i>Evangelium Vitae<\/i>, n. 36)<\/p>\n<p>42. La dignidad de la persona manifiesta todo su fulgor cuando se consideran su origen y su destino. Creado por Dios a su imagen y semejanza, y redimido por la precios\u00edsima sangre de Cristo, el hombre est\u00e1 llamado a ser \u00abhijo en el Hijo\u00bb y templo vivo del Esp\u00edritu; y est\u00e1 destinado a esa eterna vida de comuni\u00f3n con Dios, que le llena de gozo. Por eso toda violaci\u00f3n de la dignidad personal del ser humano grita venganza delante de Dios, y se configura como ofensa al Creador del hombre. (<i>Christifidelis Laici<\/i>, n. 37)<\/p>\n<p>43. Si, por otra parte, consideramos la dignidad de la persona humana a la luz de las verdades reveladas por Dios, hemos de valorar necesariamente en mayor grado a\u00fan esta dignidad, ya que los hombres han sido redimidos con la sangre de Jesucristo, hechos hijos y amigos de Dios por la gracia sobrenatural y herederos de la gloria eterna. (<i>Pacem in Terris<\/i>, n. 10)<\/p>\n<p>44. Apoyada en esta fe, la Iglesia puede rescatar la dignidad humana del incesante cambio de opiniones que, por ejemplo, deprimen excesivamente o exaltan sin moderaci\u00f3n alguna el cuerpo humano. No hay ley humana que pueda garantizar la dignidad personal y la libertad del hombre con la seguridad que comunica el Evangelio de Cristo, confiado a la Iglesia. El Evangelio enuncia y proclama la libertad de los hijos de Dios, rechaza todas las esclavitudes, que derivan, en \u00faltima instancia, del pecado (cf. Rom 8, 14\u201317); respeta santamente la dignidad de la conciencia y su libre decisi\u00f3n; advierte sin cesar que todo talento humano debe redundar en servicio de Dios y bien de la humanidad; encomienda, finalmente, a todos a la caridad de todos (cf. Mt 22, 39). Esto corresponde a la ley fundamental de la econom\u00eda cristiana. Porque, aunque el mismo Dios es Salvador y Creador, e igualmente, tambi\u00e9n Se\u00f1or de la historia humana y de la historia de la salvaci\u00f3n, sin embargo, en esta misma ordenaci\u00f3n divina, la justa autonom\u00eda de lo creado, y sobre todo del hombre, no se suprime, sino que m\u00e1s bien se restituye a su propia dignidad y se ve en ella consolidada. La Iglesia, pues, en virtud del Evangelio que se le ha confiado, proclama los derechos del hombre y reconoce y estima en mucho el dinamismo de la \u00e9poca actual, que est\u00e1 promoviendo por todas partes tales derechos. Debe, sin embargo, lograrse que este movimiento quede imbuido del esp\u00edritu evang\u00e9lico y garantizado frente a cualquier apariencia de falsa autonom\u00eda. Acecha, en efecto, la tentaci\u00f3n de juzgar que nuestros derechos personales solamente son salvados en su plenitud cuando nos vemos libres de toda norma divina. Por ese camino, la dignidad humano no se salva; por el contrario, perece. (<i>Gaudium et Spes<\/i>, n. 41)<\/p>\n<p>45.La justicia social s\u00f3lo puede obtenerse respetando la dignidad trascendente del hombre. Pero \u00e9ste no es el \u00fanico ni el principal motivo. Lo que est\u00e1 en juego es la dignidad de la persona humana, cuya defensa y promoci\u00f3n nos han sido confiadas por el Creador, y de las que son rigurosas y responsablemente deudores los hombres y mujeres en cada coyuntura de la historia. (<i>Sollicitudo Rei Socialis<\/i>, n. 47)<\/p>\n<p>46. La dignidad de la persona humana es un valor transcendente, reconocido siempre como tal por cuantos buscan sinceramente la verdad. En realidad, la historia entera de la humanidad se debe interpretar a la luz de esta convicci\u00f3n. Toda persona, creada a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1, 26\u201328), y por tanto radicalmente orientada a su Creador, est\u00e1 en relaci\u00f3n constante con los que tienen su misma dignidad. Por eso, all\u00ed donde los derechos y deberes se corresponden y refuerzan mutuamente, la promoci\u00f3n del bien del individuo se armoniza con el servicio al bien com\u00fan. (<i>Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz<\/i>, 1999, n. 2)<\/p>\n<p>47. \u00abDonde est\u00e1 el Esp\u00edritu del Se\u00f1or, all\u00ed esta la libertad\u00bb (2 Cor 3, 17). Esta revelaci\u00f3n de la libertad y, por consiguiente, de la verdadera dignidad del hombre adquiere un significado particular para los cristianos y para la Iglesia en estado de persecuci\u00f3n\u2014ya sea en los tiempos antiguos, ya sea en la actualidad\u2014porque los testigos de la verdad divina son entonces una verificaci\u00f3n viva de la acci\u00f3n del Esp\u00edritu de la verdad, presente en el coraz\u00f3n y en la conciencia de los fieles, y a menudo sellan con su martirio la glorificaci\u00f3n suprema de la dignidad humana. (<i>Dominum et Vivificantem<\/i>, n. 60)<\/p>\n<h2><b>II. Libertad y verdad<\/b><\/h2>\n<p>48. La pregunta moral, a la que responde Cristo, no puede prescindir del problema de la libertad, es m\u00e1s, lo considera central, porque no existe moral sin libertad: \u00abEl hombre puede convertirse al bien s\u00f3lo en la libertad\u00bb (GS, n. 11). Pero, \u00bfqu\u00e9 libertad? El Concilio\u2014 frente a aquellos contempor\u00e1neos nuestros que \u00abtanto defienden\u00bb la libertad y que la \u00abbuscan ardientemente\u00bb, pero que \u00aba menudo la cultivan de mala manera, como si fuera l\u00edcito todo con tal de que guste, incluso el mal\u00bb\u2014presenta la verdadera libertad: \u00abLa verdadera libertad es signo eminente de la imagen divina en el hombre. Pues quiso Dios \u00abdejar al hombre en manos de su propia decisi\u00f3n\u00bb (cf. Si 15, 14), de modo que busque sin coacciones a su Creador y, adhiri\u00e9ndose a \u00e9l, llegue libremente a la plena y feliz perfecci\u00f3n\u00bb (GS, n. 17). Si existe el derecho de ser respetados en el propio camino de b\u00fasqueda de la verdad, existe a\u00fan antes la obligaci\u00f3n moral, grave para cada uno, de buscar la verdad y de seguirla una vez conocida. (<i>Veritatis Splendor<\/i>, n. 34)<\/p>\n<p>49. La libertad en su esencia es interior al hombre, connatural a la persona humana, signo distintivo de su naturaleza. La libertad de la persona encuentra, en efecto, su fundamento en su dignidad transcendente: una dignidad que le ha sido regalada por Dios, su Creador, y que le orienta hacia Dios. El hombre, dado que ha sido creado a imagen de Dios (cf. Gn 1, 27), es inseparable de la libertad, de esa libertad que ninguna fuerza o apremio exterior podr\u00e1 jam\u00e1s arrebatar y que constituye su derecho fundamental, tanto como individuo cuanto como miembro de la sociedad. El hombre es libre porque posee la facultad de determinarse en funci\u00f3n de lo verdadero y del bien. (<i>Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz<\/i>, 1981, n. 5)<\/p>\n<p>50. Jesucristo sale al encuentro del hombre de toda \u00e9poca, tambi\u00e9n de nuestra \u00e9poca, con las mismas palabras: \u00abConocer\u00e9is la verdad y la verdad os librar\u00e1\u00bb (Jn 8, 32). Estas palabras encierran una exigencia fundamental y al mismo tiempo una advertencia: la exigencia de una relaci\u00f3n honesta con respecto a la verdad, como condici\u00f3n de una aut\u00e9ntica libertad; y la advertencia, adem\u00e1s de que se evite cualquier libertad aparente, cualquier libertad superficial y unilateral, cualquier libertad que no profundice en toda la verdad sobre el hombre y sobre el mundo. (<i>Redemptor Hominis<\/i>, n. 12)<\/p>\n<p>51. Pero la libertad, no es solo un derecho que se reclama para uno mismo, es un deber que se asume cara a los otros. Para servir verdaderamente a la paz, la libertad de cada ser humano y de cada comunidad humana debe respetar las libertades y los derechos de los dem\u00e1s, individuales o colectivos. Ella encuentra en este respeto su l\u00edmite, pero adem\u00e1s su l\u00f3gica y su dignidad, porque el hombre es por naturaleza un ser social. (<i>Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz, <\/i>1981, n. 7)<\/p>\n<p>52. El ejercicio de la libertad no implica el derecho a decir y hacer cualquier cosa. Es falso concebir al hombre \u00absujeto de esa libertad como un individuo autosuficiente que busca la satisfacci\u00f3n de su inter\u00e9s propio en el goce de los bienes terrenales\u00bb (<i>Libertatis Conscientia<\/i>, n. 13). Por otra parte, las condiciones de orden econ\u00f3mico y social, pol\u00edtico y cultural, requeridas para un justo ejercicio de la libertad son, con demasiada frecuencia, desconocidas y violadas. Estas situaciones de ceguera y de injusticia gravan la vida moral y colocan tanto a los fuertes como a los d\u00e9biles en la tentaci\u00f3n de pecar contra la caridad. Al apartarse de la ley moral, el hombre atenta contra su propia libertad, se encadena a s\u00ed mismo, rompe la fraternidad con sus semejantes y se rebela contra la verdad divina. (CIC, n. 1740)<\/p>\n<p>53. Sin embargo, en lo m\u00e1s \u00edntimo del ser humano, el Creador ha impreso un orden que la conciencia humana descubre y manda observar estrictamente. Los hombres muestran que los preceptos de la ley est\u00e1n escritos en sus corazones, siendo testigo su conciencia (Rom 2, 15). Por otra parte, \u00bfc\u00f3mo podr\u00eda ser de otro modo? Todas las obras de Dios son, en efecto, reflejo de su infinita sabidur\u00eda, y reflejo tanto m\u00e1s luminoso cuanto mayor es el grado absoluto de perfecci\u00f3n de que gozan (cf. Sal 18, 8\u201311). (<i>Pacem in Terris<\/i>, n. 5)<\/p>\n<p>54. En los designios de Dios, cada hombre est\u00e1 llamado a promover su propio progreso, porque la vida de todo hombre es una vocaci\u00f3n dada por Dios para una misi\u00f3n concreta. Desde su nacimiento, ha sido dado a todos, como un germen, un conjunto de aptitudes y de cualidades para hacerlas fruct\u00edferas: su floraci\u00f3n, fruto de la educaci\u00f3n recibida en el propio ambiente y del esfuerzo personal, permitir\u00e1 a cada uno orientarse hacia el destino, que le ha sido propuesto por el Creador. Dotado de inteligencia y de libertad, el hombre es responsable de su crecimiento lo mismo que de su salvaci\u00f3n. Ayudado, y a veces estorbado, por los que lo educan y lo rodean, cada uno permanece siempre, sean lo que sean los influjos que sobre \u00e9l se ejercen, el art\u00edfice principal de su \u00e9xito o de su fracaso: por s\u00f3lo el esfuerzo de su inteligencia y de su voluntad, cada hombre puede crecer en humanidad, valer m\u00e1s, ser m\u00e1s. (<i>Populorum Progressio<\/i>, n. 15)<\/p>\n<p>55. Finalmente, al consumar en la cruz la obra de la redenci\u00f3n, para adquirir la salvaci\u00f3n y la verdadera libertad de los hombres, complet\u00f3 su revelaci\u00f3n. Dio testimonio de la verdad, pero no quiso imponerla por la fuerza a los que le contradec\u00edan. Pues su reino no se impone con la violencia, sino que se establece dando testimonio de la verdad y prest\u00e1ndole o\u00eddo, y crece por el amor con que Cristo, levantado en la cruz, atrae a los hombres a S\u00ed mismo (cf. Jn 12, 32). (<i>Dignitatis Humanae<\/i>, n. 15)<\/p>\n<p>56. Finalmente, la verdadera libertad no es promovida tampoco en la sociedad permisiva, que confunde la libertad con la licencia de hacer cualquier opci\u00f3n y que proclama, en nombre de la libertad, una especie de amoralidad general. Es proponer una caricatura de la libertad pretender que el hombre es libre para organizar su vida sin referencia a los valores morales y que la sociedad no est\u00e1 para asegurar la protecci\u00f3n y la promoci\u00f3n de los valores \u00e9ticos. Semejante actitud es destructora de la libertad y de la paz. (<i>Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz<\/i>, 1981, n. 7)<\/p>\n<p>57. La Iglesia tampoco cierra los ojos ante el peligro del fanatismo o fundamentalismo de quienes, en nombre de una ideolog\u00eda con pretensiones de cient\u00edfica o religiosa, creen que pueden imponer a los dem\u00e1s hombres su concepci\u00f3n de la verdad y del bien. No es de esta \u00edndole la verdad cristiana. Al no ser ideol\u00f3gica, la fe cristiana no pretende encuadrar en un r\u00edgido esquema la cambiante realidad sociopol\u00edtica y reconoce que la vida del hombre se desarrolla en la historia en condiciones diversas y no perfectas. La Iglesia, por tanto, al ratificar constantemente la trascendente dignidad de la persona, utiliza como m\u00e9todo propio el respeto de la libertad. (<i>Centesimus Annus<\/i>, n. 46)<\/p>\n<p>58. La democracia no puede mantenerse sin <i>un compromiso compartido con respecto a ciertas verdades morales sobre la persona humana y la comunidad humana<\/i>. La pregunta fundamental que ha de plantearse una sociedad democr\u00e1tica es: \u00ab\u00bfC\u00f3mo debemos vivir juntos?\u00bb. Al tratar de responder esta pregunta, \u00bfpuede la sociedad excluir la verdad y el razonamiento morales?&#8230;.<\/p>\n<p>Cada generaci\u00f3n &#8230; necesita saber que la libertad no consiste en hacer lo que nos gusta, sino en tener el derecho de hacer lo que debemos.<\/p>\n<p>Cristo nos pide que conservemos la verdad, porque, como nos promet\u00edo: \u00abConocer\u00e9is la verdad y la verdad os har\u00e1 libres\u00bb (Jn 8, 32). <i>Depositum custodi<\/i>! Debemos conservar la verdad, que es la condici\u00f3n de la aut\u00e9ntica libertad, y permite que \u00e9sta alcance su plenitud en la bondad. Tenemos que conservar <i>el dep\u00f3sito de la verdad divina, que nos han transmitido en la Iglesia<\/i>, especialmente con vistas a los desaf\u00edos que plantea la cultura materialista y la mentalidad permisiva, que reducen la libertad a libertinaje. (Juan Pablo II, Homilia en Baltimore, nn. 7\u20138)<\/p>\n<p>59. No s\u00f3lo no es l\u00edcito desatender desde el punto de vista \u00e9tico la naturaleza del hombre que ha sido creado para la libertad, sino que esto ni siquiera es posible en la pr\u00e1ctica. Donde la sociedad se organiza reduciendo de manera arbitraria o incluso eliminando el \u00e1mbito en que se ejercita leg\u00edtimamente la libertad, el resultado es la desorganizaci\u00f3n y la decadencia progresiva de la vida social. (<i>Centesimus Annus<\/i>, n. 25)<\/p>\n<h2><b>III. La naturaleza social del hombre<\/b><\/h2>\n<p>60. Dios, que cuida de todos con paterna solicitud, ha querido que los hombres constituyan una sola familia y se traten entre s\u00ed con esp\u00edritu de hermanos. Todos han sido creados a imagen y semejanza de Dios, quien \u00abhizo de uno todo el linaje humano y para poblar toda la haz de la tierra\u00bb (Hech 17, 26), y todos son llamados a un solo e id\u00e9ntico fin, esto es, Dios mismo. Por lo cual, el amor de Dios y del pr\u00f3jimo es el primero y el mayor mandamiento. La Sagrada Escritura nos ense\u00f1a que el amor de Dios no puede separarse del amor del pr\u00f3jimo: \u00ab&#8230; cualquier otro precepto en esta sentencia se resume: Amar\u00e1s al pr\u00f3jimo como a t\u00ed mismo&#8230;. El amor es el cumplimiento de la ley\u00bb (Rom 13, 9\u201310; cf. 1 Jn. 4, 20). Esta doctrina posee hoy extraordinaria importancia a causa de dos hechos: la creciente interdependencia mutua de los hombres y la unificaci\u00f3n asimismo creciente del mundo. M\u00e1s a\u00fan, el Se\u00f1or, cuando ruega al Padre que todos sean uno, como nosotros tambi\u00e9n somos uno (Jn 17, 21\u201322), abriendo perspectivas cerradas a la raz\u00f3n humana, sugiere una cierta semejanza entre la uni\u00f3n de las personas divinas y la uni\u00f3n de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad. Esta semejanza demuestra que el hombre, \u00fanica criatura terrestre a la que Dios ha amado por s\u00ed mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de s\u00ed mismo a los dem\u00e1s. La \u00edndole social del hombre demuestra que el desarrollo de la persona humana y el crecimiento de la propia sociedad est\u00e1n mutuamente condicionados. Porque el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es y debe ser la persona humana, la cual, por su misma naturaleza, tiene absoluta necesidad de la vida social. La vida social no es, pues, para el hombre sobrecarga accidental. Por ello, a trav\u00e9s del trato con los dem\u00e1s, de la reciprocidad de servicios, del di\u00e1logo con los hermanos, la vida social engrandece al hombre en todas sus cualidades y le capacita para responder a su vocaci\u00f3n. (<i>Gaudium et Spes<\/i>, nn. 24\u201325)<\/p>\n<p>61. El principio capital, sin duda alguna, de esta doctrina afirma que el hombre en necesariamente fundamento, causa y fin de todas las instituciones sociales; el hombre, repetimos, en cuanto es sociable por naturaleza y ha sido elevado a un orden sobrenatural. (<i>Mater et Magistra<\/i>, n. 219)<\/p>\n<p>62. Algunas sociedades, como la familia y la ciudad, corresponden m\u00e1s inmediatamente a la naturaleza del hombre. Le son necesarias. Con el fin de favorecer la participaci\u00f3n del mayor n\u00famero de personas en la vida social, es preciso impulsar, alentar la creaci\u00f3n de asociaciones e instituciones de libre iniciativa \u00abpara fines econ\u00f3micos, sociales, culturales, recreativos, deportivos, profesionales y pol\u00edticos, tanto dentro de cada una de las naciones como en el plano mundial\u00bb (MM, n. 60). Esta \u00absocializaci\u00f3n\u00bb expresa igualmente la tendencia natural que impulsa a los seres humanos a asociarse con el fin de alcanzar objetivos que exceden las capacidades individuales. Desarrolla las cualidades de la persona, en particular, su sentido de iniciativa y de responsabilidad. Ayuda a garantizar sus derechos (GS, n. 25; CA, n. 12). (CIC, n. 1882)<\/p>\n<p>63. Pero cada uno de los hombres es miembro de la sociedad, pertenece a la humanidad entera. Y no es solamente este o aquel hombre, sino que todos los hombres est\u00e1n llamados a este desarrollo pleno. Las civilizaciones nacen, crecen y mueres. Pero como las olas del mar en el flujo de la marea van avanzando, cada una un poco m\u00e1s, en la arena de la playa, de la misma manera la humanidad avanza por el camino de la Historia. Herederos de generaciones pasadas y benefici\u00e1ndonos del trabajo de nuestros contempor\u00e1neos, estamos obligados para con todos y no podemos desinteresarnos de los que vendr\u00e1n a aumentar todav\u00eda m\u00e1s el c\u00edrculo de la familia humana. La solidaridad universal, que es un hecho y un beneficio para todos, es tambi\u00e9n un deber. (<i>Populorum Progressio<\/i>, n. 17)<\/p>\n<p>64. Adem\u00e1s de la familia, desarrollan tambi\u00e9n funciones primarias y ponen en marcha estructuras espec\u00edficas de solidaridad otras sociedades intermedias. Efectivamente, \u00e9stas maduran como verdaderas comunidades de personas y refuerzan el tejido social, impidiendo que caiga en el anonimato y en una masificaci\u00f3n impersonal, bastante frecuente por desgracia en la sociedad moderna. En medio de esa m\u00faltiple interacci\u00f3n de las relaciones vive la persona y crece la \u00absubjetividad de la sociedad\u00bb. El individuo hoy d\u00eda queda sofocado con frecuencia entre los dos polos del Estado y del mercado. En efecto, da la impresi\u00f3n a veces de que existe s\u00f3lo como productor y consumidor de mercanc\u00edas, o bien como objeto de la administraci\u00f3n del Estado, mientras se olvida que la convivencia entre los hombres no tiene como fin ni el mercado ni el Estado, ya que posee en s\u00ed misma un valor singular a cuyo servicio deben estar el Estado y el mercado. El hombre es, ante todo, un ser que busca la verdad y se esfuerza por vivirla y profundizarla en un di\u00e1logo continuo que implica a las generaciones pasadas y futuras. (<i>Centesimus Annus<\/i>, n. 49)<\/p>\n<p>65. Por el contrario, de la concepci\u00f3n cristiana de la persona se sigue necesariamente una justa visi\u00f3n de la sociedad. Seg\u00fan la <i>Rerum Novarum <\/i>y la doctrina social de la Iglesia, la sociabilidad del hombre no se agota en el Estado, sino que se realiza en diversos grupos intermedios, comenzando por la familia y siguiendo por los grupos econ\u00f3micos, sociales, pol\u00edticos y culturales, los cuales, como provienen de la misma naturaleza humana, tienen su propia autonom\u00eda, sin salirse del \u00e1mbito del bien com\u00fan. (<i>Centesimus Annus<\/i>, n. 13)<\/p>\n<h2><b>IV. Los derechos humanos<\/b><\/h2>\n<p>66. Puestos a desarrollar, en primer t\u00e9rmino, el tema de los derechos del hombre, observamos que \u00e9ste tiene un derecho a la existencia, a la integridad corporal, a los medios necesarios para un decoroso nivel de vida, cuales son, principalmente, el alimento, el vestido, la vivienda, el descanso, la asistencia m\u00e9dica y, finalmente, los servicios indispensables que a cada uno deber prestar el Estado. De lo cual se sigue que el hombre posee tambi\u00e9n el derecho a la seguridad personal en caso de enfermedad, invalidez, viudedad, vejez, paro y, por \u00faltimo, cualquier otra eventualidad que le prive, sin culpa suya, de los medios necesarios para su sustento. (<i>Pacem in Terris<\/i>, n. 11)<\/p>\n<p>67. Despu\u00e9s de la ca\u00edda del totalitarismo comunista y de otros muchos reg\u00edmenes totalitarios y de \u00abseguridad nacional\u00bb, asistimos hoy al predominio, no sin contrastes, del ideal democr\u00e1tico junto con una viva atenci\u00f3n y preocupaci\u00f3n por los derechos humanos. Pero, precisamente por esto, es necesario que los pueblos que est\u00e1n reformando sus ordenamientos den a la democracia un aut\u00e9ntico y s\u00f3lido fundamento, mediante el reconocimiento expl\u00edcito de estos derechos. (<i>Centesimus Annus<\/i>, n. 47)<\/p>\n<p>68. En toda convivencia humana bien ordenada y provechosa hay que establecer como fundamento el principio de que todo hombre es persona, esto es, naturaleza dotada de inteligencia y de libre albedr\u00edo, y que, por tanto, el hombre tiene por s\u00ed mismo derechos y deberes, que dimanan inmediatamente y al mismo tiempo de su propia naturaleza. Estos derechos y deberes son, por ello, universales e inviolables y no pueden renunciarse por ning\u00fan concepto. (<i>Pacem in Terris<\/i>, n. 9)<\/p>\n<p>69. Si los derechos humanos son violados en tiempo de paz, esto es particularmente doloroso y, desde el punto de vista del progreso, representa un fen\u00f3meno incomprensible de la lucha contra el hombre, que no puede concordarse de ning\u00fan modo con cualquier programa que se defina \u00abhumanista\u00bb. (<i>Redemptor Hominis<\/i>, n. 17)<\/p>\n<p>70.A la persona humana corresponde tambi\u00e9n la defensa leg\u00edtima de sus propios derechos: defensa eficaz, igual para todos y regida por las normas objetivas de la justicia, como advierte nuestro predecesor, de feliz memoria, P\u00edo XII con estas palabras: \u00abdel ordenamiento jur\u00eddico querido por Dios deriva el inalienable derecho del hombre a la seguridad jur\u00eddica y, con ello, a una esfera concreta de derecho, protegida contra todo ataque arbitrario\u00bb (Pio XII, <i>Mensaje Navide\u00f1o, <\/i>1942). (<i>Pacem in Terris<\/i>, n. 27)<\/p>\n<p>71. El respeto de la persona humana implica el de los derechos que se derivan de su dignidad de criatura. Estos derechos son anteriores a la sociedad y se imponen a ella. Fundan la legitimidad moral de toda autoridad: menospreci\u00e1ndolos o neg\u00e1ndose a reconocerlos en su legislaci\u00f3n positiva, una sociedad mina su propia legitimidad moral (cf. PT, n. 65). Sin este respeto, una autoridad s\u00f3lo puede apoyarse en la fuerza o en la violencia para obtener la obediencia de sus s\u00fabditos. Corresponde a la Iglesia recordar estos derechos a los hombres de buena voluntad y distinguirlos de reivindicaciones abusivas o falsas. (CIC, n. 1930)<\/p>\n<p>72. Cuando la regulaci\u00f3n jur\u00eddica del ciudadano se ordena al respeto de los derechos y de los deberes, los hombres se abren inmediatamente al mundo de las realidades espirituales, comprenden la esencia de la verdad, de la justicia, de la caridad, de la libertad, y adquieren conciencia de ser miembros de tal sociedad. Y no es esto todo, porque, movidos profundamente por estas mismas causas, se sienten impulsados a conocer mejor al verdadero Dios, que es superior al hombre y personal. Por todo lo cual juzgan que las relaciones que los unen con Dios son el fundamento de su vida, de esa vida que viven en la intimidad de su esp\u00edritu o unidos en sociedad con los dem\u00e1s hombres. (<i>Pacem in Terris<\/i>, n. 45)<\/p>\n<p>73. Ahora bien, aunque las sociedades privadas se den dentro de la sociedad civil y sean como otras tantas partes suyas, hablando en t\u00e9rminos generales y de por s\u00ed, no est\u00e1 en poder del Estado impedir su existencia, ya que el constituir sociedades privadas es derecho concedido al hombre por la ley natural, y la sociedad civil ha sido constituida para garantizar el derecho natural y no para conculcarlo; y, si prohibiera a los ciudadanos la constituci\u00f3n de sociedades, puesto que tanto ella como las sociedades privadas nacen del mismo principio: que los hombres son sociables por naturaleza. (<i>Rerum Novarum<\/i>, n. 51)<\/p>\n<p>74. Es asimismo consecuencia de lo dicho que, en la sociedad humana, a un determinado derecho natural de cada hombre corresponda en los dem\u00e1s el deber de reconocerlo y respetarlo. Porque cualquier derecho fundamental del hombre deriva su fuerza moral obligatoria de la ley natural, que lo confiere e impone el correlativo deber. Por tanto, quienes, al reivindicar sus derechos, olvidan por completo sus deberes o no les dan la importancia debida, se asemejan a los que derriban con una mano lo que con la otra construyen. (<i>Pacem in Terris<\/i>, n. 30)<\/p>\n<p>75. Hoy, por el contrario, se ha extendido y consolidado por doquiera la convicci\u00f3n de que todos los hombres son, por dignidad natural, iguales entre s\u00ed. Por lo cual, las discriminaciones raciales no encuentran ya justificaci\u00f3n alguna, a lo menos en el plano de la raz\u00f3n y de la doctrina. Esto tiene una importancia extraordinaria para lograr una convivencia humana informada por los principios que hemos recordado. Porque cuando en un hombre surge la conciencia de los propios derechos, es necesario que aflore tambi\u00e9n la de las propias obligaciones; de forma que aquel que posee determinados derechos tiene asimismo, como expresi\u00f3n de su dignidad, la obligaci\u00f3n de exigirlos, mientras los dem\u00e1s tienen el deber de reconocerlos y respetarlos. (<i>Pacem in Terris<\/i>, n. 44)<\/p>\n<p>76. La igualdad fundamental entre todos los hombres exige un reconocimiento cada vez mayor. Porque todos ellos, dotados de alma racional y creados a imagen de Dios, tienen la misma naturaleza y el mismo origen. Y porque, redimidos por Cristo, disfrutan de la misma vocaci\u00f3n y de id\u00e9ntico destino. Es evidente que no todos los hombres son iguales en lo que toca a la capacidad f\u00edsica y a las cualidades intelectuales y morales. Sin embargo, toda forma de discriminaci\u00f3n en los derechos fundamentales de la persona, ya sea social o cultural, por motivos de sexo, raza, color, condici\u00f3n social, lengua o religi\u00f3n, debe ser vencida y eliminada por ser contraria al plan divino. En verdad, es lamentable que los derechos fundamentales de la persona no est\u00e9n todav\u00eda protegidos en la forma debida por todas partes. Es lo que sucede cuando se niega a la mujer el derecho de escoger libremente esposo y de abrazar el estado de vida que prefiera o se le impide tener acceso a una educaci\u00f3n y a una cultura iguales a las que se conceden al hombres. M\u00e1s a\u00fan, aunque existen desigualdades justas entre los hombres, sin embargo, la igual dignidad de la persona exige que se llegue a una situaci\u00f3n social m\u00e1s humana y m\u00e1s justa. Resulta escandaloso el hecho de las excesivas desigualdades econ\u00f3micas y sociales que se dan entre los miembros y los pueblos de una misma familia humana. Son contrarias a la justicia social, a la equidad, a la dignidad de la persona humana y a la paz social e internacional. Las instituciones humanas, privadas o p\u00fablicas, esfu\u00e9rcense por ponerse al servicio de la dignidad y del fin del hombre. Luchen con energ\u00eda contra cualquier esclavitud social o pol\u00edtica y respeten, bajo cualquier r\u00e9gimen pol\u00edtico, los derechos fundamentales del hombre. M\u00e1s a\u00fan, estas instituciones deben ir respondiendo cada vez m\u00e1s a las realidades espirituales, que son las m\u00e1s profundas de todas, aunque es necesario todav\u00eda largo plazo de tiempo para llegar al final deseado. (<i>Gaudium et Spes<\/i>, n. 29)<\/p>\n<p>77. La necesidad de asegurar los derechos fundamentales del hombre no puede verse separada de la justa liberaci\u00f3n, la cual ha surgido con la evangelizaci\u00f3n y con esfuerzos por asegurar estructuras que salvaguarden las libertades del hombre. Entre estos derechos fundamentales, la libertad religiosa ocupa un lugar de primera importancia. (<i>Evangelii Nuntiandi<\/i>, n. 39)<\/p>\n<h2><b>V. La libertad religiosa<\/b><\/h2>\n<p>78. Este Concilio Vaticano declara que la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa. Esta libertad consiste en que todos los hombres han de estar inmunes de coacci\u00f3n, sea por parte de personas particulares como de grupos sociales y de cualquier potestad humana; y esto, de tal manera que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia, ni se le impida que act\u00fae conforme a ella en privado y en p\u00fablico, solo o asociado con otros, dentro de los l\u00edmites debidos. (<i>Dignitatis Humanae<\/i>, n. 2)<\/p>\n<p>79. Ciertamente, la limitaci\u00f3n de la libertad religiosa de las personas o de las comunidades no es s\u00f3lo una experiencia dolorosa, sino que ofende sobre todo a la dignidad misma del hombre, independientemente de la religi\u00f3n profesada o de la concepci\u00f3n que ellas tengan del mundo. La limitaci\u00f3n de la libertad religiosa y su violaci\u00f3n contrastan con la dignidad del hombre y con sus derechos objetivos. (<i>Redemptor Hominis<\/i>, n. 17)<\/p>\n<p>80. Ninguna autoridad humana tiene el derecho de intervenir en la conciencia de ning\u00fan hombre. Esta es tambi\u00e9n testigo de la transcendencia de la persona frente a la sociedad, y, en cuanto tal, es inviolable. Sin embargo, no es algo absoluto, situado por encima de la verdad y el error; es m\u00e1s, su naturaleza \u00edntima implica una relaci\u00f3n con la verdad objetiva, universal e igual para todos, la cual todos pueden y deben buscar. En esta relaci\u00f3n con la verdad objetiva la libertad de conciencia encuentra su justificaci\u00f3n, como condici\u00f3n necesaria para la b\u00fasqueda de la verdad digna del hombre y para la adhesi\u00f3n a la misma, cuando ha sido adecuadamente conocida. (<i>Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz<\/i>, 1991, n. 1)<\/p>\n<p>81. As\u00ed nuestra misi\u00f3n, aunque es anuncio de verdad indiscutible y de salvaci\u00f3n necesaria, no se presentar\u00e1 armada con la coacci\u00f3n exterior, sino que solamente por las v\u00edas leg\u00edtimas de la educaci\u00f3n humana, de la persuasi\u00f3n interior, de la conversaci\u00f3n com\u00fan, ofrecer\u00e1 su don de salvaci\u00f3n, respetando siempre la libertad personal y civil. (<i>Ecclesiam Suam<\/i>, n. 69)<\/p>\n<p>82. Ante todo, la libertad religiosa, exigencia ineludible de la dignidad de cada hombre, es una piedra angular del edificio de los derechos humanos y, por tanto, es un factor insustituible del bien de las personas y de toda la sociedad, as\u00ed como de la realizaci\u00f3n personal de cada uno. De ello se deriva que la libertad de los individuos y de las comunidades, de profesar y practicar la propia religi\u00f3n, es un elemento esencial de la pac\u00edfica convivencia de los hombres. La paz, que se construye y consolida a todos los niveles de la convivencia humana, tiene sus propias ra\u00edces en la libertad y en la apertura de las conciencias a la verdad. (<i>Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz<\/i>, 1988, Introducci\u00f3n)<\/p>\n<p>83.Los problemas humanos m\u00e1s debatidos y resueltos de manera diversa en la reflexi\u00f3n moral contempor\u00e1nea se relacionan, aunque sea de modo distinto, con un problema crucial: <i>la libertad del hombre<\/i>.<\/p>\n<p>No hay duda de que hoy d\u00eda existe una concientizaci\u00f3n particularmente viva sobre la libertad. \u00abLos hombres de nuestro tiempo tienen una conciencia cada vez mayor de la dignidad de la persona humana\u00bb, como constataba ya la declaraci\u00f3n conciliar <i>Dignitatis Humanae <\/i>sobre la libertad religiosa (<i>Dignitatis Humanae<\/i>, n. 1). De ah\u00ed la reivindicaci\u00f3n de la posibilidad de que los hombres \u00abact\u00faen seg\u00fan su propio criterio y hagan uso de una libertad responsable, no movidos por coacci\u00f3n, sino guiados por la conciencia del deber\u00bb (<i>Dignitatis Humanae<\/i>, n. 1). En concreto, el derecho a la libertad religiosa y al respeto de la conciencia en su camino hacia la verdad es sentido cada vez m\u00e1s como fundamento de los derechos de la persona, considerados en su conjunto (cf. <i>Redemptor Hominis<\/i>, n. 17; <i>Libertatis Conscientia<\/i>, n. 19). (<i>Veritatis Splendor<\/i>, n. 31)<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>I. La dignidad de la persona humana 39. 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