{"id":121908,"date":"2013-05-07T07:54:18","date_gmt":"2013-05-07T05:54:18","guid":{"rendered":"http:\/\/somos.vicencianos.org\/?p=121908"},"modified":"2016-07-26T17:01:00","modified_gmt":"2016-07-26T15:01:00","slug":"la-naturaleza-de-la-ensenanza-social-de-la-iglesia","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/vincentians.com\/es\/la-naturaleza-de-la-ensenanza-social-de-la-iglesia\/","title":{"rendered":"La naturaleza de la ense\u00f1anza social de la Iglesia"},"content":{"rendered":"<h2><b>I. <\/b><b>La Iglesia como Madre y Maestra<\/b><\/h2>\n<p>1. Madre y Maestra de pueblos, la Iglesia cat\u00f3lica fue fundada como tal por Jesucristo para que, en el transcurso de los siglos, encontraran su salvaci\u00f3n, con la plenitud de una vida m\u00e1s excelente, todos cuantos hab\u00edan de entrar en el seno de aqu\u00e9lla y recibir su abrazo. A esta Iglesia, \u00abcolumna y fundamente de la verdad\u00bb, (cf. 1 Tm 3, 15), confi\u00f3 su divino fundador una doble misi\u00f3n, la de engendrar hijos para s\u00ed, y la de educarlos y dirigirlos, velando con maternal solicitud por la vida de los individuos y de los pueblos, cuya superior dignidad mir\u00f3 siempre la Iglesia con el m\u00e1ximo respeto y defendi\u00f3 con la mayor vigilancia. (<i>Mater et Magistra<\/i>, n. 1)<\/p>\n<p>2. En efecto, es la Iglesia la que saca del Evangelio las ense\u00f1anzas en virtud de las cuales se puede resolver por completo el conflicto, o, limando sus asperezas, hacerlo m\u00e1s soportable; ella es la que trata no s\u00f3lo de instruir la inteligencia, sino tambi\u00e9n de encauzar la vida y las costumbres de cada uno con sus preceptos; ella la que mejora las situaciones de los proletarios con muchas util\u00edsimas instituciones; ella la que quiere y desea ardientemente que los pensamientos y las fuerzas de todos los \u00f3rdenes sociales se al\u00eden con la finalidad de mirar por el bien de la causa obrera de la mejor manera posible, y estima que a tal fin deben orientarse, si bien con justicia y moderaci\u00f3n, las mismas leyes y la autoridad del Estado. (<i>Rerum Novarum<\/i>, n. 16)<\/p>\n<p>3. La doctrina de Cristo une, en efecto, la tierra con el cielo, ya que considera al hombre completo, alma y cuerpo, inteligencia y voluntad, y le ordena elevar su mente desde las condiciones tran- sitorias de esta vida terrena hasta las alturas de la vida eterna, donde un d\u00eda ha de gozar de felicidad y de paz imperecederas. (<i>Mater et Magistra<\/i>, n. 2)<\/p>\n<p>4. Nada, pues, tiene de extra\u00f1o que la Iglesia cat\u00f3lica, siguiendo el ejemplo y cumpliendo el mandato de Cristo, haya mantenido constantemente en alto la antorcha de la caridad durante dos milenios, es decir, desde la instituci\u00f3n del antiguo diaconado hasta nuestros d\u00edas, as\u00ed con la ense\u00f1anza de sus preceptos como con sus ejemplos innumerables; caridad qu\u00e9, uniendo armoniosamente las ense\u00f1anzas y la pr\u00e1ctica del mutuo amor, realiza de modo admirable el mandato de ese doble dar que compendia por entero la doctrina y la acci\u00f3n social de la Iglesia. (<i>Mater et Magistra<\/i>, n. 6)<\/p>\n<p>5. As\u00ed, a la luz de la sagrada doctrina del Concilio Vaticano II, la Iglesia se presenta ante nosotros como sujeto social de la responsabilidad de la verdad divina. Con profunda emoci\u00f3n escuchamos a Cristo mismo cuando dice: \u00abLa palabra que o\u00eds no es m\u00eda, sino del Padre, que me ha enviado\u00bb (Jn 14, 24). Por esto se exige de la Iglesia que, cuando profesa y ense\u00f1a la fe, est\u00e9 \u00edntimamente unida a la verdad divina (<i>Dei Verbum<\/i>, nn. 5, 10, 21) y la traduzca en conductas vividas de \u00abrationabile obsequium\u00bb, obsequio conforme con la raz\u00f3n (cf. <i>Dei Filius<\/i>, ch. 3). (<i>Redemptor Hominis<\/i>, n. 19)<\/p>\n<p>6. Pero el oficio de interpretar \u00ab<i>aut\u00e9nticamente la palabra de Dios escrita o transmitida ha sido confiado \u00fanicamente al Magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en el nombre de Jesucristo<\/i>\u00bb (<i>Dei Verbum<\/i>, n. 10). La Iglesia en su vida y en su ense\u00f1anza, y viene revelada como \u00abPilar y baluarte de la verdad\u00bb, (1 Tm 3, 15) incluyendo la verdad respecto a la acci\u00f3n moral. Igualmente \u00abla Iglesia siempre y en todo lugar tiene el derecho de proclamar principios morales, siempre en el respeto del orden social, y de hacer juicios acerca de cualquier aspecto humano, como es exigido por los derecho fundamentales del hombre o por la salvaci\u00f3n de las almas\u00bb (<i>C\u00f3digo de Derecho Can\u00f3nico<\/i>, Canon 747, n. 2).<\/p>\n<p>Precisamente sobre los interrogantes que caracterizan hoy la discusi\u00f3n moral y en torno a los cuales se han desarrollado nuevas tendencias y teor\u00edas, el Magisterio, en fidelidad a Jesucristo y en continuidad con la tradici\u00f3n de la Iglesia, siente m\u00e1s urgente el deber de ofrecer el propio discernimiento y ense\u00f1anza, para ayudar al hom- bre en su camino hacia la verdadera libertad. (<i>Veritatis Splendor<\/i>, n. 27)<\/p>\n<h2><b>II. <\/b><b>La Misi\u00f3n de la Iglesia<\/b><\/h2>\n<p>7. Nacida del amor del Padre Eterno, fundada en el tiempo por Cristo Redentor, reunida en el Esp\u00edritu Santo, la Iglesia tiene una finalidad escatol\u00f3gica y de salvaci\u00f3n, que s\u00f3lo en el mundo futuro podr\u00e1 alcanzar plenamente. Est\u00e1 presente ya aqu\u00ed en la tierra, formada por hombres, es decir, por miembros de la ciudad terrena que tienen la vocaci\u00f3n de formar en la propia historia del g\u00e9nero humano la familia de los hijos de Dios, que ha de ir aumentando sin cesar hasta la venida del Se\u00f1or. Unida ciertamente por razones de los bienes eternos y enriquecida por ellos, esta familia ha sido \u00abconstituida y organizada por Cristo como sociedad en este mundo\u00bb (cf. Efe 1, 3; 5, 6, 13\u201314, 23) y est\u00e1 dotada de \u00ablos medios adecuados propios de una uni\u00f3n visible y social\u00bb. De esta forma, la Iglesia, \u00abentidad social visible y comunidad espiritual\u00bb (LG, n. 8), avanza juntamente con toda la humanidad, experimenta la suerte terrena del mundo, y su raz\u00f3n de ser es actuar como fermento y como alma de la sociedad, que debe renovarse en Cristo y transformarse en familia de Dios. (<i>Gaudium et Spes<\/i>, n. 40)<\/p>\n<p>8. La ense\u00f1anza y la difusi\u00f3n de esta doctrina social forma parte de la misi\u00f3n evangelizadora de la Iglesia. Y como se trata de una doctrina que debe orientar la conducta de las personas, tiene como consecuencia el \u00abcompromiso por la justicia\u00bb seg\u00fan la funci\u00f3n, vocaci\u00f3n, y circunstancias de cada uno.<\/p>\n<p>Al ejercicio de este ministerio de evangelizaci\u00f3n en el campo social, que es un aspecto de las funci\u00f3n profet\u00edca de la Iglesia, per- tenece tambi\u00e9n la denuncia de los males y de las injusticias. Pero conviene aclarar que el anuncio es siempre mas importante que la denuncia, y que \u00e9sta no puede prescindir de aqu\u00e9l, que le brinda su verdadera consistencia y la fuerza de su motivaci\u00f3n m\u00e1s alta. (<i>Sollicitudo Rei Socialis<\/i>, n. 41)<\/p>\n<p>9. Confesamos que el Reino de Dios iniciado aqu\u00ed abajo en la Iglesia de Cristo no es de este mundo, cuya figura pasa, y que su crecimiento propio no puede confundirse con el progreso de la civilizaci\u00f3n, de la ciencia o de la t\u00e9cnia humanas, sino que consiste en conocer cada vez m\u00e1s profundamente las riquezas insondables de Cristo, en esperar cada vez con m\u00e1s fuerza los bienes eternos, en corresponder cada vez m\u00e1s ardientemente al Amor de Dios, en dispensar cada vez m\u00e1s abundantemente la gracia y la santidad entre los hombres. Es este mismo amor el que impulsa a la Iglesia a preocuparse constantemente del verdadero bien temporal de los hombres. Sin cesar de recordar a sus hijos que ellos no tienen una morada permanente en este mundo, los alienta tambi\u00e9n, en conform- idad con la vocaci\u00f3n y los medios de cada uno, a contribuir al bien de su ciudad terrenal, a promover la justicia, la paz y la fraternidad entre los hombres, a prodigar ayuda a sus hermanos, en particular a los m\u00e1s pobres y desgraciados (Pablo VI, <i>Credo del pueblo de Dios<\/i>, n. 27). (<i>Libertatis Nuntius<\/i>, Conclusi\u00f3n)<\/p>\n<p>10.Como a la Iglesia se ha confiado la manifestaci\u00f3n del misterio de Dios, que es el fin \u00faltimo del hombre, la Iglesia descubre con ello al hombre el sentido de la propia existencia, es decir, la verdad m\u00e1s profunda acerca del ser humano. Bien sabe la Iglesia que s\u00f3lo Dios, al que ella sirve, responde a las aspiraciones m\u00e1s profundas del coraz\u00f3n humano, el cual nunca se sacia plenamente con solos los alimentos terrenos. (<i>Gaudium et Spes<\/i>, n. 41)<\/p>\n<p>11.Por eso la Iglesia, enriquecida con los dones de su Fundador, observando fielmente sus preceptos de caridad, de humildad y de abnegaci\u00f3n, recibe la misi\u00f3n de anunciar el Reino de Cristo y de Dios, de establecerlo en medio de todas las gentes, y constituye en la tierra el germen y el principio de este Reino. Ella en tanto, mientras va creciendo poco a poco, anhela el Reino consumado, espera con todas sus fuerzas, y desea ardientemente unirse con su Rey en la gloria. (<i>Lumen Gentium<\/i>, n. 5)<\/p>\n<p>12. La Iglesia, como sabemos, no existe aislada del mundo. Vive en el mundo y sus miembros, por consiguiente, se ven influenciados y guiados por el mundo. Ellos respiran su cultura, est\u00e1n sujetos a sus leyes y adoptan sus costumbres. El \u00edntimo contacto con el mundo, es con frecuencia objeto de problemas para la Iglesia, y en el tiempo presente, estos problemas son extremadamente agudos.<\/p>\n<p>La vida cristiana, motivada y preservada por la Iglesia, debe cuidarse de todo cuanto pueda ser motivo de enga\u00f1o, contaminaci\u00f3n o restricci\u00f3n de su libertad. Y debe cuidarse como si buscase inmuni- zarse del contagio del error y del mal. Por otro lado, la vida cristiana debe no s\u00f3lo adaptarse a las formas de pensamiento y de conducta que el ambiente temporal le ofrece y le impone cuando sean compa- tibles con las exigencias esenciales de su programa religioso o moral, sino que debe procurar acercarse a \u00e9l, purificarlo, ennoblecerlo, vivificarlo, santificarlo. (<i>Ecclesiam Suam<\/i>, n. 37)<\/p>\n<p>13. La Iglesia ofrece a los hombres el Evangelio, documento prof\u00e9tico, que responde a las exigencias y aspiraciones del coraz\u00f3n humano y que es siempre \u00abBuena Nueva\u00bb. La Iglesia no puede dejar de proclamar que Jes\u00fas vino a revelar el rostro de Dios y alcanzar, mediante la cruz y la resurrecci\u00f3n, la salvaci\u00f3n para todos los hombres. (<i>Redemptoris Missio<\/i>, n. 11)<\/p>\n<p>14. Todo lo que es humano nos pertenece. Tenemos en com\u00fan con toda la humanidad la naturaleza, es decir, la vida con todos sus dones, con todos sus problemas. Estamos prontos a compartir esta primera universalidad, a aceptar las exigencias profundas de sus fundamentales necesidades, a aplaudir las afirmaciones nuevas y a veces sublimes de su genio. Y tenemos verdades morales, vitales, que hay que poner de relieve y que hay que corroborar en la conciencia humana, para todos beneficiosas. Dondequiera que el hombre busca comprenderse a s\u00ed mismo y al mundo, podemos nosotros unirnos a \u00e9l. (<i>Ecclesiam Suam<\/i>, n. 91)<\/p>\n<h2><b>III. <\/b><b>El mensaje social de la Iglesia<\/b><\/h2>\n<p>15. La preocupaci\u00f3n social de la Iglesia, orientada al desarrollo aut\u00e9ntico del hombre y de la sociedad, que respete y promueva en toda su dimensi\u00f3n la persona humana, se ha expresado siempre de modo muy diverso. Uno de los medios destacados de intervenci\u00f3n ha sido, en los \u00faltimos tiempos, el Magisterio de los Romanos Pont\u00edfices, que, a partir de la Enc\u00edclica <i>Rerum Novarum <\/i>de Le\u00f3n XIII como punto de referencia, ha tratado frecuentemente la cuesti\u00f3n, haciendo coincidir a veces las fechas de publicaci\u00f3n de los diversos documentos sociales con los aniversarios de aquel primer documento. Los Sumos Pont\u00edfices no han dejado de iluminar con tales inter- venciones aspectos tambi\u00e9n nuevos de la doctrina social de la Iglesia.<\/p>\n<p>Por consiguiente, a partir de la aportaci\u00f3n valios\u00edsima de Le\u00f3n XIII, enriquecida por las sucesivas aportaciones del Magisterio, se ha formado ya un \u00abcorpus\u00bb doctrinal renovado, que se va articulando a medida que la Iglesia, en la plenitud de la Palabra revelada por Jesu- cristo (<i>Dei Verbum<\/i>, n. 4) y mediante la asistencia del Esp\u00edritu Santo (cf. Jn 14, 16, 26; 16, 13\u201315), lee los hechos seg\u00fan se desenvuelven en el curso de la historia. Intenta guiar de este modo a los hombres para que ellos mismos den una respuesta, con la ayuda de la raz\u00f3n y de las ciencias humanas, a su vocaci\u00f3n de constructores responsables de la sociedad terrena. (<i>Sollicitudo Rei Socialis<\/i>, n. 1)<\/p>\n<p>16. En medio de las perturbaciones e incertidumbres de la hora presente, la Iglesia tiene un mensaje espec\u00edfico que proclamar, tiene que prestar apoyo a los hombres en sus esfuerzos por tomar en sus manos y orientar su futuro. Desde la \u00e9poca en que la <i>Rerum Novarum <\/i>denunciaba clara y categ\u00f3ricamente el esc\u00e1ndalo de la situaci\u00f3n de los obreros dentro de la naciente sociedad industrial, la evoluci\u00f3n hist\u00f3rica ha hecho tomar conciencia, como lo testimoniaban ya la <i>Quadragesimo Anno <\/i>y la <i>Mater et Magistra<\/i>, de otras dimensiones y de otras aplicaciones de la justicia social. El reciente Concilio ecum\u00e9- nico ha tratado, por su parte, de ponerlas de manifiesto, particular- mente en la constituci\u00f3n pastoral <i>Gaudiu<\/i><i>m et Spes<\/i>. Nos mismo hemos continuado ya estas orientaciones con nuestra enc\u00edclica <i>Populorum Progressio<\/i>: \u00abHoy el hecho de mayor importancia, dec\u00edamos, del que cada uno debe tomar conciencia, es que la cuesti\u00f3n social ha adquirido proporciones mundiales\u00bb (PP, n. 3). Una renovada toma de conciencia de las exigencias del mensaje evang\u00e9lico impone a la Iglesia el deber de ponerse al servicio de los hombres para ayudarles a comprender todas las dimensiones de este grave problema y para convencerles de la urgencia de una acci\u00f3n solidaria en este viraje de la historia de la humanidad. Este deber, del que Nos tenemos viva conciencia, nos obliga hoy a proponer algunas reflexiones y sugerencias promovidas por la amplitud de los problemas planteados al mundo contempor\u00e1neo. (<i>Octogesima Adveniens<\/i>, n. 5)<\/p>\n<p>17. \u00abLa revelaci\u00f3n cristiana&#8230; nos conduce a una comprensi\u00f3n m\u00e1s profunda de las leyes de la vida social\u00bb (GS, n. 23). La Iglesia recibe del Evangelio la plena revelaci\u00f3n de la verdad del hombre. Cuando cumple su misi\u00f3n de anunciar el Evangelio, ense\u00f1a al hombre, en nombre de Cristo, su dignidad propia y su vocaci\u00f3n a la comuni\u00f3n de las personas; y le descubre las exigencias de la justicia y de la paz, conformes a la sabidur\u00eda divina. (CIC, n. 2419)<\/p>\n<p>18. La doctrina social de la Iglesia, que propone una serie de principios para la reflexi\u00f3n, criterios para el juicio y directrices para la acci\u00f3n est\u00e1 enfocada en primer lugar a los miembros de la Iglesia. Es esencial que los fieles interesados en la promoci\u00f3n humana tengan un conocimiento firme de este valioso conjunto de ense\u00f1anzas y lo hagan parte integrante de su misi\u00f3n evangelizadora\u2026. Los l\u00edderes cristianos en la Iglesia y en la sociedad, y especialmente hombres y mujeres laicos con responsabilidades en la vida p\u00fablica, necesitan estar correctamente instruidos en esta ense\u00f1anza para que puedan inspirar y vivificar la sociedad civil y sus estructuras con la levadura del Evangelio. (<i>Ecclesia in Asia<\/i>, n. 32)<\/p>\n<p>19. Se revela hoy cada vez m\u00e1s urgente la formaci\u00f3n doctrinal de los fieles laicos, no s\u00f3lo por el natural dinamismo de profundizaci\u00f3n de su fe, sino tambi\u00e9n por la exigencia de \u00abdar raz\u00f3n de la esperanza\u00bb que hay en ellos, frente al mundo y sus graves y complejos problemas. En concreto, es absolutamente indispensable\u2014sobre todo para los fieles laicos comprometidos de diversos modos en el campo social y pol\u00edtico\u2014un conocimiento m\u00e1s exacto de la doctrina social de la Iglesia, como repetidamente los Padres sinodales han solicitado en sus intervenciones. (<i>Christifideles Laici<\/i>, n. 60)<\/p>\n<p>20. Fiel a las ense\u00f1anzas y al ejemplo de su divino Fundador, que dio como se\u00f1al de su misi\u00f3n el anuncio de la Buena Nueva a los pobres (Lc 7, 22), la Iglesia nunca ha dejado de promover la elevaci\u00f3n humana de los pueblos, a los cuales llevaba la fe en Jesucristo. (<i>Populorum Progressio<\/i>, n. 12)<\/p>\n<p>21. La Iglesia comparte con los hombres de nuestro tiempo este profundo y ardiente deseo de una vida justa bajo todos los aspectos y no se abstiene ni siquiera de someter a reflexi\u00f3n los diversos aspectos de la justicia, tal como lo exige la vida de los hombres y de las socie- dades. Prueba de ello es el campo de la doctrina social cat\u00f3lica ampli- amente desarrollada en el arco del \u00faltimo siglo, Siguiendo las huellas de tal ense\u00f1anza procede la educaci\u00f3n y la formaci\u00f3n de las con- ciencias humanas en el esp\u00edritu de la justicia, lo mismo que las inicia- tivas concretas, sobre todo en el \u00e1mbito del apostolado de los seglares, que se van desarrollando en tal sentido. (<i>Dives in Misericordia<\/i>, n. 12)<\/p>\n<p>22. Si, como hemos dicho, la Iglesia cumple la Voluntad de Dios obtendr\u00e1 para S\u00ed misma una gran provisi\u00f3n de energ\u00eda, y adem\u00e1s, le iluminar\u00e1 la idea de dirigir esta energ\u00eda al servicio de los hombres. Se da cuenta claramente de la misi\u00f3n recibida de Dios, de un mensaje que hay que difundir por doquier. De aqu\u00ed brota la fuente de nuestra tarea evang\u00e9lica, nuestro mandato de ense\u00f1ar a todas las naciones y nuestra intrepidez apost\u00f3lica de esforzarnos por alcanzar la salvaci\u00f3n eterna de todos los hombres. (<i>Ecclesiam Suam<\/i>, n. 64)<\/p>\n<p>23. Ciertamente, no hay un \u00fanico modelo de organizaci\u00f3n pol\u00edtica y econ\u00f3mica de la libertad humana, ya que culturas diferentes y experiencias hist\u00f3ricas diversas dan origen, en una sociedad libre y responsable, a diferentes formas institucionales. (<i>Discurs<\/i><i>o a la L Asamblea General de la Organizaci\u00f3n de las Naciones Unidas<\/i>, 1995, n. 3)<\/p>\n<p>24. La doctrina social, por otra parte, tiene una importante dimensi\u00f3n interdisciplinar. Para encarnar cada vez mejor, en contextos sociales econ\u00f3micos y pol\u00edticos distintos, y continuamente cambi- antes, la \u00fanica verdad sobre el hombre, esta doctrina entra en di\u00e1logo con las diversas disciplinas que se ocupan del hombre, incorpora sus aportaciones y les ayuda a abrirse a horizontes m\u00e1s amplios al servicio de cada persona, conocida y amada en la plenitud de su vocaci\u00f3n. Junto a la dimensi\u00f3n interdisciplinar, hay que recordar tambi\u00e9n la dimensi\u00f3n pr\u00e1ctica y, en cierto sentido, experimental de esta doctrina. Ella se sit\u00faa en el cruce de la vida y de la conciencia cristiana con las situaciones del mundo y se manifiesta en los esfuerzos que realizan los individuos, las familias, cooperadores culturales y sociales, pol\u00edticos y hombres de Estado, para darles forma y aplicaci\u00f3n en la historia. (<i>Centesimus Annus<\/i>, n. 59)<\/p>\n<h2><b>IV. <\/b><b>El objetivo de la ense\u00f1anza social de la Iglesia<\/b><\/h2>\n<p>25. La Iglesia no tiene modelos para proponer. Los modelos reales y verdaderamente eficaces pueden nacer solamente de las diversas situaciones hist\u00f3ricas, gracias al esfuerzo de todos los respon- sables que afronten los problemas concretos en todos sus aspectos sociales, econ\u00f3micos, pol\u00edticos y culturales que se relacionan entre s\u00ed (cf. GS, n. 36; <i>Octogesima Adveniens<\/i>, nn. 2\u20135). Para este objetivo la Iglesia ofrece, como orientaci\u00f3n ideal e indispensable, la propia doctrina social, la cual\u2014como queda dicho\u2014reconoce la positividad del mercado y de la empresa, pero al mismo tiempo indica que \u00e9stos han de estar orientados hacia el bien com\u00fan. (<i>Centesimus Annus<\/i>, n. 43)<\/p>\n<p>26. La ense\u00f1anza social de la Iglesia contiene un cuerpo de doctrina que se articula a medida que la Iglesia interpreta los aconte- cimientos a lo largo de la historia, a la luz del conjunto de la palabra revelada por Cristo Jes\u00fas y con la asistencia del Esp\u00edritu Santo (SRS, n. 1). Esta ense\u00f1anza resultar\u00e1 tanto m\u00e1s aceptable para los hombres de buena voluntad cuanto m\u00e1s inspire la conducta de los fieles. (CIC, n. 2422)<\/p>\n<p>27. Puede, sin embargo, ocurrir a veces que, cuando se trata de aplicar los principios, surjan divergencias aun entre cat\u00f3licos de sincera intenci\u00f3n. Cuando esto suceda, procuren todos observar y testimoniar la mutua estima y el respeto rec\u00edproco, y al mismo tiempo examinen los puntos de coincidencia a que pueden llegar todos, a fin de realizar oportunamente lo que las necesidades pidan. Deben tener, adem\u00e1s, sumo cuidado en no derrochar sus energ\u00edas en discusiones interminables, y, so pretexto de lo mejor, no se descuiden de realizar el bien que les es posible y, por tanto, obligatorio. (<i>Mater et Magistra<\/i>, n. 238)<\/p>\n<p>28. La Iglesia no propone una filosof\u00eda propia ni canoniza una filosof\u00eda en particular con menoscabo de otras. El motivo profundo de esta cautela est\u00e1 en el hecho de que la filosof\u00eda, incluso cuando se relaciona con la teolog\u00eda, debe proceder seg\u00fan sus m\u00e9todos y sus reglas; de otro modo, no habr\u00eda garant\u00edas de que permanezca orientada hacia la verdad, tendiendo a ella con un procedimiento racionalmente controlable. De poca ayuda ser\u00eda una filosof\u00eda que no procediese a la luz de la raz\u00f3n seg\u00fan sus propios principios y metodolog\u00edas espec\u00edficas. En el fondo, la ra\u00edz de la autonom\u00eda de la que goza la filosof\u00eda radica en el hecho de que la raz\u00f3n est\u00e1 por naturaleza orient- ada a la verdad y cuenta en s\u00ed misma con los medios necesarios para alcanzarla. Una filosof\u00eda consciente de este \u00abestatuto constitutivo\u00bb suyo respeta necesariamente tambi\u00e9n las exigencias y las evidencias propias de la verdad revelada. (<i>Fides et Ratio<\/i>, n. 49)<\/p>\n<p>29. La doctrina social de la Iglesia se desarroll\u00f3 durante el siglo XIX, cuando se produjo el encuentro entre el Evangelio y la sociedad industrial moderna, con sus nuevas estructuras para la producci\u00f3n de bienes de consumo, su nueva concepci\u00f3n de la sociedad, del Estado y de la autoridad, sus nuevas formas de trabajo y de propiedad. El desarrollo de la doctrina de la Iglesia en materia econ\u00f3mica y social da testimonio del valor permanente de la ense\u00f1anza de la Iglesia, al mismo tiempo, da el sentido verdadero de su Tradici\u00f3n siempre viva y activa (cf. CA, n. 3). (CIC, n. 2421)<\/p>\n<p>30. La doctrina social de la Iglesia no es, pues, una \u00abtercera v\u00eda\u00bb entre el capitalismo liberal y el colectivismo marxista, y ni siquiera una posible alternativa a otras soluciones menos contra- puestas radicalmente, sino que tiene una categor\u00eda propia. No es tampoco una ideolog\u00eda, sino la cuidadosa formulaci\u00f3n del resultado de una atenta reflexi\u00f3n sobre las complejas realidades de la vida del hombre en la sociedad y en el contexto internacional, a la luz de la fe y de la tradici\u00f3n eclesial. Su objetivo principal es interpretar esas realidades, examinando su conformidad o diferencia con lo que el Evangelio ense\u00f1a acerca del hombre y su vocaci\u00f3n terrena y, a la vez, trascendente, para orientar en consecuencia la conducta cristiana. Por tanto, no pertenece al \u00e1mbito de la ideolog\u00eda, sino al de la teolog\u00eda y especialmente de la teolog\u00eda moral. (<i>Sollicitudo Rei Socialis<\/i>, n. 41)<\/p>\n<p>31. Cierto que no se le impuso a la Iglesia la obligaci\u00f3n de dirigir a los hombres a la felicidad exclusivamente caduca y temporal, sino a la eterna; m\u00e1s a\u00fan, \u00abla Iglesia considera impropio inmiscuirse sin raz\u00f3n en estos asuntos terrenos\u00bb (<i>Ubi Arcano Dei Consilio<\/i>, n. 65). Pero no puede en modo alguno renunciar al cometido, a ella confiado por Dios, de interponer su autoridad, no ciertamente en materias t\u00e9cnicas, para las cuales no cuenta con los medios adecuados ni es su cometido, sino en todas aquellas que se refieren a la moral. En lo que ata\u00f1e a estas cosas, el dep\u00f3sito de la verdad, a Nos confiado por Dios, y el grav\u00edsimo deber de divulgar, de interpretar y aun de urgir oportuna e importunamente toda la ley moral, somete y sujeta a nuestro supremo juicio tanto el orden de las cosas sociales cuanto el de las mismas cosas econ\u00f3micas. (<i>Quadragesimo Anno<\/i>, n. 41)<\/p>\n<p>32. La doctrina social, especialmente hoy d\u00eda, mira al hombre, inserido en la compleja trama de relaciones de la sociedad moderna. Las ciencias humanas y la filosof\u00eda ayudan a interpretar la centralidad del hombre en la sociedad y a hacerlo capaz de comprenderse mejor a s\u00ed mismo, como \u00abser social\u00bb. Sin embargo, solamente la fe le revela plenamente su identidad verdadera, y precisamente de ella arranca la doctrina. (<i>Centesimus Annus<\/i>, n. 54)<\/p>\n<h2><b>V. <\/b><b>Evangelizaci\u00f3n y ense\u00f1anza social de la Iglesia<\/b><\/h2>\n<p>33. La \u00abnueva evangelizaci\u00f3n\u00bb, de la que el mundo moderno tiene urgente necesidad y sobre la cual he insistido en m\u00e1s de una ocasi\u00f3n, debe incluir entre sus elementos esenciales el anuncio de la doctrina social de la Iglesia, que, como en tiempos de Le\u00f3n XIII, sigue siendo id\u00f3nea para indicar el recto camino a la hora de dar respuesta a los grandes desaf\u00edos de la edad contempor\u00e1nea, mientras crece el descr\u00e9dito de las ideolog\u00edas. Como entonces, hay que repetir que no existe verdadera soluci\u00f3n para la \u00abcuesti\u00f3n social\u00bb fuera del Evangelio y que, por otra parte, las \u00abcosas nuevas\u00bb pueden hallar en \u00e9l su propio espacio de verdad y el debido planteamiento moral. (<i>Centesimus Annus<\/i>, n. 5)<\/p>\n<p>34. Lo que cuenta\u2014aqu\u00ed como en todo sector de la vida cristiana\u2014es la confianza que brota de la fe, o sea, de la certeza de que no somos nosotros los protagonistas de la misi\u00f3n, sino Jesucristo y su Esp\u00edritu. Nosotros \u00fanicamente somos colaboradores y, cuando hayamos hecho todo lo que hemos podido, debemos decir: \u00abSiervos in\u00fatiles somos; hemos hecho lo que deb\u00edamos hacer\u00bb (Lc 17, 10). (<i>Redemptoris Missio<\/i>, n. 36)<\/p>\n<p>35. Quiero proponer ahora una \u00abrelectura\u00bb de la enc\u00edclica leoniana, invitando a \u00abechar una mirada retrospectiva\u00bb a su propio texto, para descubrir nuevamente la riqueza de los principios funda- mentales formulados en ella, en orden a la soluci\u00f3n de la cuesti\u00f3n obrera&#8230;. De este modo, no s\u00f3lo se confirmar\u00e1 el valor permanente de tales ense\u00f1anzas, sino que se manifestar\u00e1 tambi\u00e9n el verdadero sentido de la Tradici\u00f3n de la Iglesia, la cual, siempre viva y siempre vital, edifica sobre el fundamento puesto por nuestros padres en la fe y, singularmente, sobre el que ha sido \u00abtransmitido por los Ap\u00f3stoles a la Iglesia\u00bb (San Ireneo, <i>Adversus Haereses <\/i>I, 10), en nombre de Jesucristo, el fundamento que nadie puede sustituir (cf. 1 Cor 3, 11). (<i>Centesimus Annus<\/i>, n. 3)<\/p>\n<p>36. La presentaci\u00f3n del mensaje del Evangelio nos una contri- buci\u00f3n opcional para la Iglesia. Es un deber que le incumbe en raz\u00f3n del mandato del Se\u00f1or Jes\u00fas, de manera que todos los hombres puedan creer y ser salvados. Este mensaje, en efecto, necesario. Es \u00fanico. No puede ser suplido. (<i>Evangelii Nuntiandi<\/i>, n. 5)<\/p>\n<p>37. <i>Hemos sido enviados<\/i>. Somos enviados: estar al servicio de la vida no es para nosotros un motivo de vanagloria, sino un deber, que nace de la conciencia de ser el pueblo adquirido por Dios para anunciar sus alabanzas (cf. 1 Pt 2, 9). En nuestro camino nos <i>gu\u00eda y sostiene la ley del amor<\/i>: el amor cuya fuente y modelo es el Hijo de Dios hecho hombre, que \u00abmuriendo ha dado la vida al mundo\u00bb (cf. Misal Romano, Oraci\u00f3n antes de la comuni\u00f3n).<\/p>\n<p><i>Somos enviados como pueblo. <\/i>El compromiso al servicio de la vida obliga a todos y cada uno. Es una responsabilidad propiamente \u00abeclesial\u00bb, que exige la acci\u00f3n concertada y generosa de todos los miembros y de todas las estructuras de la comunidad cristiana. Sin embargo, la misi\u00f3n comunitaria no elimina ni disminuye la respons- abilidad de cada <i>persona<\/i>, a la cual se dirige el mandato del Se\u00f1or de \u00abhacerse pr\u00f3jimo\u00bb de cada hombre: \u00abVete y haz t\u00fa lo mismo\u00bb (Lc 10, 37). (<i>Evangelium Vitae<\/i>, n. 79)<\/p>\n<p>38. Todos juntos sentimos el deber de <i>anunciar el evangelio de la vida<\/i>, de <i>celebrarlo <\/i>en la liturgia y en toda la existencia, de <i>servirlo <\/i>con las diversas iniciativas y estructuras de apoyo y promoci\u00f3n. (<i>Evangelium Vitae<\/i>, n. 79)<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>I. La Iglesia como Madre y Maestra 1. 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