Vida del Señor Vicente de Paúl: Panegírico

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Jaime Corera, C.M. · Año publicación original: 1988.
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Panegírico

sanvibibliaEl cuerpo, mediano de estatura para la época, alrededor de un metro sesenta y cuatro centímetros, encontró suficiente acomodo en la caja de plomo. El cuerpo, pero nada más. No podía caber tampoco en una placa de cobre la descripción de una vida como la de aquel hombre. Por de pronto se dejó fuera algo que todos los testigos de la muerte sospechaban debía colocarse antes del nombre. El nombre completo y verdadero del difunto era San Vicente de Paul. Lo que faltaba en la placa al nombre recibido en la pila bautismal se añadió 77 años después de su muerte, en 1737, al final de un proceso de beatificación y canonización que, dada la talla moral, religiosa y humana de la persona, resulto fácil.

Tampoco la palabra «sacerdote» podía describir adecuadamente a este sacerdote. Porque este sacerdote fue, ciertamente, tan perfecto como lo podía haber soñado el mejor teólogo o el mejor obispo de Trento. Pero añadió a lo soñado por Trento algunos aspectos que nadie en Trento se atrevió a sonar para el sacerdote normal. Por ejemplo, un empuje de alcance mundial, que no solo le llevo a enviar a diversas partes del mundo a hombres y mujeres que se sintieron inspirados por el, sino que le hacia exclamar a el mismo, anciano de 77 años: «Aunque estoy viejo y enfermo no debo dejar de estar dispuesto a ir incluso a las Indias para ganar almas para Dios, aunque fuera a morirme en el camino o en el barco».

O también un amor a los pobres como no se había visto probablemente en el mundo, después de Jesucristo, desde los tiempos de san Juan Crisóstomo. Amor a los pobres y algo más. La convicción de que el evangelio no es buena noticia más que si se anuncia a los pobres con palabras y con hechos. También esto es propio de la figura del sacerdote, aunque no lo viera Trento con claridad. Pero él sí lo vio, y aunque se pasó casi la mitad de sus ochenta arios intentando formar sacerdotes según el modelo diseñado por el concilio, añadiendo de paso dimensiones no previstas en el modelo, cuatro años antes de irse a la tumba, expresaba el temor de que «los sacerdotes de este tiempo tienen un gran motivo para temer los juicios de Dios. El les imputará la causa de los castigos que envía, porque no se oponen como deben a las plagas como la guerra, el hambre y las herejías». El mismo no tenía motivo para temer los juicios de Dios, pues si se opuso a las guerras y si lucho contra el hambre y las herejías.

O también una gran confianza, siempre escasa en el mundo clerical, en la capacidad de los simples» fieles para vivir las enseñanzas del evangelio y para llevar a cabo en la Iglesia y en el mundo algunos de sus aspectos mas exigentes. Por ejemplo, el de la caridad, o el de la evangelización. El no se cansaba de repetir, lo mismo a encumbradas señoras aristocráticas que a sus campesinas hijas de la caridad, que olas historias eclesiásticas y profanas no dicen que se haya hecho jamás lo que hacéis vosotras. Hay que exceptuar a Nuestro Señor. Desde toda la eternidad estabais destinadas a servir a los pobres como Nuestro Señor les sirvió. ¡Qué felicidad que Dios os haya escogido para continuar la obra de su Hijo en la tierra!, porque hacéis lo que hacían Nuestro Señor y los apóstoles».

En suma, el señor Vicente de Paul no cabía en la caja de plomo. Ni tampoco cabía en el vasto complejo del priorato de San Lázaro del que salió poco en los 28 últimos años de su vida, ni en Paris, donde vivió 50 de sus 80 anos, ni en Francia, donde vivió toda su vida, exceptuando unos pocos meses en España y otros pocos en Roma. Ni siquiera cabía del todo, hay que decirlo, en la Iglesia de su tiempo. Es decir, las dimensiones de su corazón y de su inteligencia iban más allá de lo que se podía esperar razonablemente de la estructura y las preocupaciones de la Iglesia de su tiempo, en particular de la Iglesia de Francia. Por eso, cuando 130 años después de su muerte, los hombres de la Revolución Francesa pretendieron comenzar una historia de borrón y cuenta nueva, y rebautizaron a su cándida manera hasta los meses del calendario, dicen que no pudieron dejar de exhumar del polvo como única figura aprovechable de la Iglesia del pasado, no ya el cuerpo del señor Vicente, que sus seguidores habían escondido celosamente por miedo a los revolucionarios, sino al menos su estatua para colocarla en su propio panteón revolucionario con esta inscripción: A Vicente de Paúl, Filántropo Francés.

Pero esta inscripción era aún mas pobre que la de la placa de cobre que sus propios hermanos grabaron el día de su muerte. Un verdadero filántropo no es más que un santo que se quedó a mitad de camino. Sin embargo los revolucionarios, aunque vieron corto, vieron claro. Este santo amaba a los hombres; amaba en particular a los que incluso los hombres de bien tal vez compadezcan pero no suelen amar de verdad. Este santo amaba a los pobres. De eso no decía nada la placa de cobre. Lo mejor de aquel anciano, que se murió dulcemente en el amanecer del 27 de setiembre de 1660, no cabía en aquella caja de plomo, ni en aquella inscripción.

Tampoco cabe en un libro como este. Vicente de Paúl es uno de los hombres mas biografiados en los últimos 300 años. De manera que intentar una nueva biografía parecería, y tal vez lo sea, un proyecto insensato o al menos redundante. Sirva de excusa y descargo para el autor la observación de que, aun las mejores biografías de san Vicente no pretenden agotar, y si lo pretenden no lo consiguen ni lo pueden conseguir, todo lo que el texto escueto de la inscripci6n no podía reflejar en manera alguna. Siempre queda algo para el aventurero autor que se crea capaz de añadir algo, aunque sea poco, a lo que otros muchos biógrafos competentes han tratado de describir con detalle.

De manera que toda biografía debería titularse humildemente, como lo hacen los evangelios, «Vida de X.X., según N.». Este libro es una biografía de san Vicente de Paul según el autor que la escribe. Biografía que ha procurado tener en cuenta los hallazgos de la historia científica que se refieren al personaje y a su época, pero que, deliberadamente, no ha pretendido describir at personaje en su época desde una óptica científica, sino más bien desde la categoría precientífica de la narración. No es que se piense que la narración pueda proporcionar —aunque sí lo puede hacer mejor que la biografía «científica»— mucho más que una pálida imagen de un sujeto histórico que ya ha dejado de existir; en nuestro caso hace más de 300 años. Tampoco las narraciones evangélicas se hacen la ilusión de que nos proporcionan un retrato exhaustivo de su sujeto; el autor de una de las cuatro narraciones, Juan, lo declara expresamente al final de su evangelio. Porque saber de verdad como era Jesucristo, o como era su humilde discípulo Vicente de Paul, y escribirlo adecuadamente, solo lo sabe y lo puede hacer Dios.

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