Vida de san Vicente de Paúl: Libro Tercero, Capítulo 14

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Obediencia

No podríamos empezar mejor este Capítulo de la Obediencia del Sr. Vicente, más que narrando los sentimientos que tenía de esta virtud. Los ha ido declarando en varias circunstancias, pero especialmente en los consejos saludables que daba sobre este tema a sus queridas hijas las Religiosas del primer Monasterio de la Visitación de esta ciudad de París.

Ellas han manifestado que el gran Siervo de Dios, que fue su primer Padre Espiritual, entre todas las virtudes les recomendaba a menudo la de la Obediencia y la de la Exactitud en la regularidad, hasta en las menores observancias.

«Sentía un afecto muy especial en fundamentar bien las virtudes de la Obediencia y de la Exactitud en la Comunidad de ellas, y les decía que esas dos virtudes eran las que, si se practican con perseverancia, hacían la Religión; que para animarse a ello, era útil discutir familiarmente entre todas, y hablar de su excelencia y su hermosura; que era necesario tomarle gusto, ante la complacencia que Dios halla en las almas religiosas que son fieles a ella, y porque el que es su Divino Esposo amaba de tal modo esas virtudes, que la menor tardanza en la Obediencia le era desagradable; que un alma verdaderamente religiosa, que ha profesado esa virtud ante la faz de la Iglesia, debe volverse delicada para cumplir lo que ha prometido; y que, si se relaja en una cosita, pronto se relajará en una mayor; que todo el bien de la Criatura consistía en el cumplimiento de la voluntad de Dios; y que esa voluntad se hallaba especialmente en la práctica fiel de la Obediencia y en la exacta observancia de las Reglas del Instituto; que no se podía rendir un servicio más verdadero a Dios que con la práctica de la Obediencia, pues por ella El realiza sus planes sobre nosotros; que su pura gloria se encuentra allí con el aniquilamiento del amor propio, y de todos sus intereses, que es a lo que debemos tender principalmente; y que esta práctica ponía al alma en la verdadera y perfecta libertad de los Hijos de Dios».

«Recomendaba mucho renunciar al propio juicio, mortificarlo, para someterlo al de los Superiores; y decía que la obediencia no consistía solamente en hacer al momento lo que se nos manda, sino en estar dispuestos a hacer todo lo que nos podrían mandar en todas las ocasiones; que era preciso mirar a los Superiores como si estuvieran en lugar de Jesucristo en la tierra y rendirles, en consideración de tales, un respeto muy grande; que murmurar contra ellos era una especie de apostasía interna, porque, como la apostasía externa se comete dejando el hábito y la Religión y separándose de su cuerpo, también la apostasía interna se hace, cuando se separa de los Superiores, contradiciéndoles en espíritu, y apegándose a ideas particulares y contrarias a las de ellos. Y ése es el mayor de todos los males, que ocurren en las Comunidades, y que el alma religiosa evitará esa desgracia, cuando se mantenga en santa indiferencia, y se deje conducir por sus Superiores».

Decía también acerca de este tema de la obediencia, que era necesaria como fundamento de la verdadera sumisión que se debe observar en una Comunidad, y que para eso había que considerar atentamente las cosas siguientes:

1. La cualidad de los Superiores, que tienen en la tierra el lugar de Jesucristo en lo que a nosotros toca»

2. El desvelo que mantienen y la solicitud que se toman, para llevarnos a la perfección, pasando a veces noches enteras en vela, y teniendo a menudo el corazón lleno de angustia, pendientes de que los súbditos gocen buenamente de la paz y de la tranquilidad que producen los desvelos y los trabajos de los que les dirigen, y sus molestias son tanto más grandes, cuanto que tienen más motivo de temer la cuenta que están obligados a dar a Dios»

3. La recompensa prometida a las almas verdaderamente obedientes, incluso en esta vida; porque, además de las gracias merecidas por esta virtud, Dios se complace en hacer la voluntad de quienes por Su amor someten su voluntad a sus Superiores»

4. El castigo que deben temer los que no quieren obedecer. Dios ha hecho ver un ejemplo bien terrible en el castigo que Su justicia ejerció sobre Coré, Datán y Abirón por haber despreciado a Moisés, su superior, y, a causa de ese desprecio, haber ofendido gravemente a Dios, quien dijo, hablando a los Superiores que su Providencia ha instaurado en su Iglesia: Quien a vosotros os oye, a Mí me oye; y quien a vosotros os desprecia, a Mí me desprecia»

5. El ejemplo de la obediencia, que Jesucristo vino a darnos a los hombres; habiendo preferido morir, que desobedecer. Y ciertamente sería una dureza de corazón muy grande ver a Dios obedeciendo hasta la muerte por nuestra causa, y nosotros, insignificantes y miserables criaturas, rehusar someternos por amor a El»

«Añadía, que para practicar perfectamente esta virtud era preciso obedecer:

1. Voluntariamente, haciendo doblegar nuestra voluntad bajo la voluntad de los Superiores»

2. Sencillamente, por amor de Dios, y sin permitirle nunca a nuestro entendimiento rebuscar o examinar el por qué nuestros Superiores mandan tal o cual cosa»

3. Prontamente, sin usar de ningún retraso, cuando se trata de ejecutar lo que está mandado»

4. Humildemente, sin pretender ni desear sacar ninguna alabanza o aprecio de la obediencia, que se hace»

5. Animosamente, no desistiendo y no deteniéndose por las dificultades, sino superándolas con energía y generosidad»

6. Alegremente, ejecutando, lo que está mandado, de buena gana, y sin dar muestras de repugnancia alguna»

7. Con perseverancia, a imitación de Jesucristo, que se hizo obediente hasta la muerte»

No debemos considerar lo que el Sr. Vicente decía o enseñaba como unas lecciones de un Maestro o unas exhortaciones de un Predicador, que no hace, a veces, lo que enseña a los demás, sino como puras expresiones de los sentimientos más sinceros de su corazón, y como verdaderos testimonios de lo practicado por él en lo tocante a esa virtud, a la que animaba a los demás tanto con sus ejemplos, como con sus palabras

Y, en primer lugar, la gran virtud del Sr. Vicente era mantenerse continuamente en una entera y absoluta dependencia de Dios, y someterse fiel y perfectamente a todo lo que veía que Le era agradable, de manera que en verdad se puede decir, que Dios halló en él a un hombre según Su corazón, siempre presto y dispuesto a llevar a cabo todos Sus deseos, como lo hemos visto ampliamente en los Capítulos anteriores. Con esa santa disposición, cuando llegó de Roma a París, una de las primeras cosas que hizo fue escoger un Director Espiritual, para que, siguiendo sus avisos y consejos, pudiera obedecer a Dios y responder a Sus designios. Ese Director fue el Rev. P. de Bérulle, quien más tarde fue Cardenal de la Santa Iglesia. Por someterse a su dirección, aceptó más adelante durante algún tiempo la parroquia de Clichy, y a continuación entró en la casa de Gondi para ser CapellánLimosnero del Sr. General de las Galeras y de su Señora Esposa, y preceptor de los Señores Hijos de ambos y, al final, como la Señora deseara tomarlo de confesor y de director de su alma, él sólo consintió en ello por obediencia; pues hizo falta que la virtuosa Dama acudiera al Señor de Bérulle, con el fin de que se lo ordenara. Así es como, no queriendo hacer nada por sí mismo, se mantenía siempre sometido a las órdenes de Dios

Pero, no contento con obedecer a Dios, también se sujetó, siguiendo la palabra del Santo Apóstol, a toda humana criatura por amor a Dios, principalmente a las autoridades espirituales y temporales, tanto en las cosas odiosas y humillantes, como en las fáciles y honorables

Obedecía, sobre todo, a Nuestro Santo Padre el Papa alegremente y sin réplica, porque, como lo consideraba Vicario de Jesucristo y Soberano Pastor de la Iglesia, le estaba sometido con todo su juicio y con todo su afecto

Sólo por motivo de obediencia fue como aceptó el cargo de Superior General de la Congregación, al habérselo impuesto el Papa Urbano VIII en la misma Bula por la que Su Santidad había aprobado el Instituto de la Misión

Llevaba a todos los Misioneros sometidos a su dirección a prestar, como él, una perfecta obediencia a la Santa Sede, iniciándolos en la práctica de esta Regla, que les ha dejado por escrito en estos términos:  «Obedeceremos exactamente a todos nuestros Superiores y a cada uno de ellos, viéndolos en Nuestro Señor y a Nuestro Señor en ellos, principalmente a Nuestro Santo Padre el Papa, a quien obedeceremos con todo el respeto, la fidelidad y la sinceridad posible».

Hemos hecho ver en otro lugar la plenitud de aprecio y de veneración, que el Sr. Vicente ha tenido a los Sres. Obispos. Y ahora diremos una palabra de la perfecta sumisión, que siempre les ha tenido y de la obediencia entera, que ha querido que los de su Congregación les rindieran, en lo tocante a las funciones de su Instituto. Porque, aunque la Santa Sede haya juzgado necesario ordenar, cuando aprobó la Congregación de la Misión, que el Superior General se encargará del cuidado y de la dirección de los miembros que la componen, tanto para lo interno, es decir, a la dirección de sus almas y a su progreso en la práctica de las virtudes apropiadas a su vocación, como para lo externo, que se refiere a la observancia de las Reglas de la Congregación, las disposiciones domésticas, la administración temporal y la disponibilidad de las personas para los sitios y para las actividades, con el fin de que, siendo miembros de un mismo Cuerpo puedan de ese modo conservar en la diversidad de las diócesis en donde se encuentren el mismo espíritu y el mismo estilo, que Dios ha inspirado a su Fundador; además de que es muy conveniente que el Superior General, que tiene un conocimiento particular de los talentos y de las disposiciones de sus inferiores, pueda enviarlos a cada una de las misiones o sacarlos de ellas, y dedicarlos a las ocupaciones del Instituto y a otras cosas relacionadas con el buen orden de la Congregación. Sin embargo, en cuanto a las funciones, que se refieren a la asistencia del prójimo, el Sr. Vicente ha deseado y procurado que la Santa Sede tenga de tal manera sometida su Congregación a los Sres. Obispos, que los Misioneros no puedan hacer ningún trabajo de su Instituto, como son las Misiones, los Ejercicios de la Ordenación, las Conferencias de los Eclesiásticos, los Retiros Espirituales y la dirección de los Seminarios, sino bajo la autoridad y con el beneplácito y el permiso de los Ordinarios. Eso es lo que siempre ha observado el Sr. Vicente, y ha hecho observar a los suyos, con satisfacción de los Sres. Obispos, en las diócesis, donde han trabajado y trabajan todavía con la misma sumisión y obediencia, y de ella están muy decididos a no separarse jamás, con la gracia de Dios.

Aceptó el Sr. Vicente, hacia el año 1622, mucho antes de la erección de su Congregación, la dirección de las Religiosas de la Visitación de Santa María de la ciudad de París, tanto por obedecer al Bienaventurado Francisco de Sales, su Fundador e Instituidor, que se lo pidió, cuanto a Monseñor de París, que se lo ordenó. En eso ha dejado bien a la vista su fidelidad a la obediencia; porque, encargado como estaba de los cuidados y de los trabajos extraordinarios después de la fundación de la Compañía, y sus diversos compromisos en los grandes asuntos de piedad y el número de esas buenas Religiosas, que llenaron tres monasterios en París y uno fuera, por haber aumentado notablemente, y exigiendo, por consiguiente, mucho tiempo y dedicación, trató varias veces de descargarse de su dirección, y la dejó totalmente una vez, de modo que, a pesar de una instancia que le hicieron por carta y por medio de personas de mucha categoría, no pudo nunca decidirse a volverla a tomar, al fin la aceptó sólo por obedecer al Sr. Arzobispo de París, quien lo comprometió nuevamente. Mas, para permitir a los de su Compañía dedicarse enteramente a las funciones que les son propias, creyó que era necesario alejarlos de la dirección y la frecuentación de las Religiosas. Y a este efecto, les ha dejado por Regla abstenerse por entero de dirigirlas, pues había reconocido por propia experiencia cuán incompatible resultaba ese trabajo con las funciones de ellos, y poco conveniente para su estado.

Quería, además de eso, que todos los suyos prestaran obediencia a los párrocos, cuando daban misiones en sus parroquias, y les recomendaba expresamente que no hicieran nada en ellas, ni, como él solía decir, remover siquiera una paja, sin su consentimiento. Escribiendo sobre eso a una persona de fuera, le dice, entre otras cosas: «Tenemos como norma trabajar en servicio del público, con el beneplácito de los Sres. Párrocos, y no actuar nunca en contra de sus deseos. Al comienzo y al final de cada misión, recibimos su bendición con espíritu de dependencia».

El también practicaba eso mismo con una maravillosa humildad; y aunque fuera enviado con los suyos por los Obispos, con plenos poderes para trabajar en las parroquias de sus diócesis, sin embargo, no quería hacer nada sin el consentimiento y el visto bueno de los párrocos. Observaba esto inviolablemente, tanto en la más pequeña aldehuela, como en los poblados más importantes. Eso es lo que ha hecho practicar siempre a los suyos, y eso es también lo que siguen haciendo.

En cuanto a la obediencia que es debida a los Reyes y a los Príncipes Soberanos declaró cierto día a los suyos los sentimientos que tenía sobre esa cuestión; y después de haberles representado de qué modo se sometían los primeros cristianos a los Emperadores y honraban su poder temporal, añadió las palabras siguientes: «Debemos, Hermanos míos, siguiendo su ejemplo, obedecer siempre con fidelidad y sencillez a los Reyes, sin quejarnos nunca de ellos, ni murmurar por ningún motivo contra ellos. Y aunque tuviéramos que perder nuestros bienes y nuestras vidas, entreguémoslos con este espíritu de obediencia, antes de ir en contra de sus deseos, cuando no se oponga a ello la voluntad de Dios, pues los Reyes representan el poder soberano de Dios».

Y para hacer ver cómo era la exactitud del Sr. Vicente en la obediencia al Rey, hasta en las cosas mínimas, aduciremos aquí un ejemplo, que es tanto más digno de ser destacado, cuanto el asunto es menos importante, y que, ciertamente, se hallarían pocas personas que se someterían hasta ese extremo. Un Hermano de la casa de San Lázaro encontró, dentro del cercado de dicha casa, unos huevos de perdiz; los cogió y los puso para incubar a una gallina; y habiendo nacido los perdigones y hecho ya grandes, los llevó en una jaula al Sr. Vicente, creyendo que le daría una ocasión para distraerse. Pero él se acordó de las Ordenanzas del Rey, que prohibían la caza, y le dijo al Hermano, sin declararle su intención: Vamos a ver si esos pajaritos saben andar bien. Después de salir de la habitación, y atravesar con el Hermano el corral, entró en el cercado, donde están las tierras de labor, y allí le hizo abrir la jaula, y puso en libertad a los perdingoncillos, complacido al verlos correr para salvarse. Mas notó que el Hermano estaba un poco molesto por haber perdido toda su ilusión, y le dijo: Sepa, Hermano, que debemos obedecer al Rey, quien ha prohibi do la caza, y no quiere que se cojan ni los huevos ni la caza, y no podríamos desobe decer al Príncipe en estas cosas temporales, sin desagradar a Dios.

Pero al Sr. Vicente no le bastaba con practicar la obediencia con los que eran superiores, lo extendía también a toda clase de personas, y llevaba a los suyos a hacer lo mismo: «Nuestra obediencia —les decía— no debe limitarse solamente a los que tienen el derecho de mandarnos, sino que tiene que ir más adelante; pues evitaremos faltar a la obediencia que es de obligación, si, como nos lo recomienda San Pedro, nos sometemos a toda humana criatura por amor de Dios. Hagámoslo, pues, y consideremos a todos los demás como superiores, y para ello pongámonos por debajo de ellos, incluso por debajo de los más pequeños, mostrándoles respeto, condescendencia y haciéndoles toda clase de servicios. ¡Qué hermoso sería, que Dios quisiera afianzarnos en esta santa práctica!».

Exhortaba a los suyos al uso de esa condescendencia mutua, que es una especie de obediencia, por la comparación de los miembros de un cuerpo, que se acomodan y condescienden unos a otros por su bien y conservación común, de modo que lo que uno hace, el otro lo aprueba, y cooperan tanto cuanto pueden.

«Así —decía— en una Comunidad es menester que todos los que la componen y que son como sus miembros sean condescendientes unos con otros. Con esta disposición, los sabios tienen que condescender con la debilidad de los ignorantes en las cosas en que no hay error ni pecado; los prudentes y sabios deben condescender con los humildes y los sencillos, non alta sapientes, sed humilibus consentientes. Y con esta misma condescendencia, no sólo hemos de aprobar los pareceres de los demás en las cosas buenas e indiferentes, sino incluso preferirlos a los nuestros, creyendo que los demás poseen luces y cualidades naturales o sobrenaturales mayores y más excelentes que nosotros. Pero hemos de evitar mucho condescender con los demás en las cosas malas, pues eso no sería virtud, sino un gran defecto, que provendría o del libertinaje del espíritu, o de nuestra cobardía y pusilanimidad».

Efectivamente, hacía lo que decía, porque, ya lo hemos hecho notar, era muy condescendiente con los deseos de cualquiera en las cosas indiferentes; y también con los que tenían alguna debilidad de espíritu, pues tenía como norma, que era más conveniente acomodarse a la voluntad de los demás, que seguir los propios sentimientos. Y él había llegado hasta el extremo, como afirma un virtuoso eclesiástico, que lo ha conocido y observado durante varios años, de condescender con los deseos de toda clase de personas, y seguir las opiniones de las menores en las cosas indiferentes. Eso no quiere decir que él no pudiera conocer los asuntos mucho mejor que otros; su larga experiencia en todas las cosas, unida a las luces recibidas de Dios, le daba medios para penetrar y discernir, en toda clase de situaciones, lo que era más conveniente hacer; pero ése era el uso que hacía de ellos, para no perder el mérito de la sumisión y de la obediencia, cuando se presentaba ocasión de practicarla.

Ejercitaba también esa misma virtud cediendo con gusto ante los pareceres de los demás, cuando lo podía hacer sin perjuicio de la verdad y de la caridad; y no se ha oído nunca que haya llevado la contraria, aunque se hayan tratado con él frecuentemente cuestiones difíciles, y había por qué discutir; pero él cedía ante las opiniones de los otros, o bien se callaba, después de haber alegado humildemente sus razones. Ciertamente, cuando se trataba del interés del servicio o de la gloria de Dios, se mantenía firme e inconmovible hasta tal punto, que le han visto persistir años enteros rehusando ciertas cosas que le pedían, porque juzgaba que no las podía conceder según Dios. Su norma más importante en esta cuestión era ésta: Tanta condescendencia como usted quiera, con tal de que Dios no sea ofendido. Pero cuando el interés de la gloria de Dios, o de la caridad del prójimo, o de la prudencia cristiana le obligaban a negar alguna cosa, lo hacía con tanta amabilidad, y con tanta mansedumbre y humildad, que una de sus negativas era mejor recibida, que el favor o el beneficio que alguna vez se pudiera obtener de otro.

Con ese espíritu de obediencia y de condescendencia escribió un día, a propósito de cierta dificultad ocurrida en una misión, al que era el Director, que siguiera más bien el parecer de otro que el suyo propio, exhortándole a que accediera siempre gustosamente ante los pareceres del prójimo. Con esa ocasión le citó a San Vicente Ferrer, que pone esta práctica como un medio de perfección y de santidad.

En ese mismo espíritu de condescendencia consintió tratar sobre una finca, que ofrecieron a la Comunidad de San Lázaro, pero con una pensión vitalicia tan grande, que juzgó que no debía aceptar aquella oferta, ni comprometerse en ella. Y, en efecto, se resistió durante dos años; pero los dueños de la finca, como tenían un gran deseo de quedar asegurados de por vida con la cuantiosa pensión, actuaron de tal forma que se ganaron el espíritu del difunto Sr. Prior de San Lázaro, con quien el Sr. Vicente tenía una condescendencia maravillosa. Y el buen Prior, pensando hacer un favor, le rogó y urgió de tal manera, que, por pura condescendencia con su voluntad, firmó el contrato, mas con el visto bueno de su Consejo, el cual le aseguró que lo podía hacer sin ningún peligro. Mientras estuvo obligado a pagar dicha pensión, la pagó fielmente a las personas ya indicadas hasta la muerte de ellas. Después de la muerte de ambas se entabló un proceso, y en él los Sacerdotes de la Misión perdieron la finca y casi todo el dinero adelantado, sin que el Sr. Vicente quisiera servirse de los medios que le facilitaban para interponer un recurso contra la sentencia, por miedo a faltar, aunque fuera un poco, a la sumisión que pensaba se debía a los jueces, prefiriendo perder la finca y el dinero, antes que el mérito de la obediencia.

También demostró en otra ocasión su exactitud y su celo por esa misma virtud en una ocasión, en la que parecía poder dispensarse fácilmente de ella. Habiendo recibido una orden de la Reina Madre de que diera la misión en Fontainebleau, envió allí a unos Sacerdotes de su Comunidad, y, contra lo que esperaban, se encontraron allí con un Religioso que estaba predicando en aquel mismo tiempo. No por eso dejaron ellos de empezar la misión por obedecer a Su Majestad; pero suspendían los actos durante las horas en que aquel buen Religioso debía predicar, para que el pueblo tuviera plena libertad de acudir a sus sermones. Pero los habitantes del lugar, como habían oído las instrucciones familiares de la Misión, y les habían tomado más gusto que a las predicaciones del buen Padre, sucedió que solamente acudía a las predicaciones de éste un número muy corto de oyentes; y, por el contrario, la iglesia estaba repleta de gente cuando los misioneros ofrecían sus predicaciones y las instrucciones del Catecismo. Por eso, el predicador tuvo alguna envidia, de forma que no pudo contenerse sin manifestar su disgusto. Aquello les hizo a los Sacerdotes de la Misión dudar de lo que debían hacer, considerando por un lado la norma del Sr. Vicente, que era condescender y ceder en semejantes ocasiones, y como por otra parte, temían faltar a las órdenes que la Reina había dado de predicar la Misión, escribieron al Sr. Vicente para saber qué debían hacer. Mas él, al ver que se trataba de una cuestión de obediencia, la juzgó de tanta importancia, que envió en diligencia a un hombre expresamente donde Su Majestad, quien, por devoción, se había trasladado a Nuestra Señora de Chartres, con una carta; en ella le exponía la coincidencia con el predicador de Témporas, y la forma de actuar de los Sacerdotes de la Misión en semejantes casos, que era retirarse; y suplicaba muy humildemente a Su Majestad, que aceptara de buena gana que él los retirase. En cuanto la Reina accedió a la petición, el Sr. Vicente mandó a los Misioneros a trabajar en otros lugares, para no interrumpir a aquel Religioso y así condescender con él

El Sr. Vicente era exacto en la práctica de la obediencia, exigía también a los suyos una actitud semejante, y no podía soportar en ellos el menor defecto contra esta virtud, porque quería que estuviera en vigor en toda su Compañía, como una de las virtudes más importantes para su bien. Y cuando alguno faltaba a ella, sabía muy bien mantenerla. He aquí lo que hizo un día, a propósito de eso, con uno de los más antiguos y más regulares de sus Sacerdotes, a quien había recomendado una noche que descansara al día siguiente, porque le había hecho velar hasta muy tarde, y creía que necesitaba descanso. Pero el buen Misionero, que era muy exacto en hacer todos los días su oración a la hora habitual de la Comunidad, se levantó para estar con los demás en aquel acto, creyendo que la recomendación que le había hecho el Sr. Vicente, no lo obligaba tan estrictamente que no le permitiera levantarse como de costumbre. Mas el Sr. Vicente, que daba mucha importancia a la obediencia, le corrigió en la iglesia en presencia de todos los demás, al salir de la oración, obligándole a estar mucho tiempo de rodillas, aunque era de los mayores, y quien lo sustituía en la casa en su ausencia. El Sr. Vicente confesó que ésa era la primera falta contra la obediencia en la que lo había sorprendido, alabando en verdad su celo y su exactitud por un lado, pero condenando por el otro su fervor inconsiderado en lo que había hecho. Dijo a continuación cosas muy hermosas de la virtud de la obediencia, y contó, además del ejemplo de Saúl y de Jonatás, algún punto interesante de la Historia de Francia, que venía muy a cuento, para hacer ver mejor a los suyos la importancia de esta virtud.

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