Vida de san Vicente de Paúl: Libro Tercero, Capítulo 13

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Humildad

Es una verdad pronunciada por la boca del Hijo de Dios, que el que se ensalza será humillado y, por el contrario, el que se humilla será ensalzado. La forma de actuar de la Divina Providencia nos hace ver todos los días ejemplos de eso, y nos obliga, por consiguiente, a recordar lo que dijo un gran Doctor de la Iglesia, que «Nihil est quod nos ita aut hominibus acceptos, aut Deo gratos faciat, quam si vitae merito magni humilitate infimi simus». Hieron ad Celantno hay nada que nos haga más agradables a los ojos de Dios, ni tan recomendables a los hombres, que cuando, siendo verdaderamente grandes por el mérito de una vida santa y virtuosa, nos hacemos pequeños por los sentimientos de sincera humildad.

Eso se realizó en la persona del Sr. Vicente, que fue exaltado por las grandes cosas que Dios hizo en él y por él; tanto como se humilló, y cuanto más se rebajó, Dios se complació aún más en elevarlo y en derramar con mayor abundancia sus bendiciones sobre él y sobre todas sus santas iniciativas.

Ciertamente se puede decir de este Santo Varón, después de la muerte, lo que muchos de los que estuvieron más cerca de él y mejor lo observaron, dijeron durante su vida: que nunca fue bien conocido por la gente tal como era en realidad, por mucho que lo hayan estimado. Porque, aunque siempre pasó como hombre humilde, a pesar de eso la opinión común jamás se fijó en su humildad como la cualidad principal, que había atraído sobre sí todas las gracias y bendiciones de las que estuvo lleno, y como el cimiento y la raíz de todas las grandes obras que hizo. Los que lo han juzgado en este punto más favorablemente, han pensado que era su celo el que le impulsaba a emprenderlas, y que su prudencia era la que le hacía llevarlas felizmente a cabo; pero, por más que esas dos virtudes fueran excelentes en él y hayan contribuido mucho más a los grandes bienes llevados a cabo por él, sin embargo, es preciso confesar que es su profunda humildad la que ha atraído sobre él esa plenitud de luces y de gracia en virtud de las cuales todo ha prosperado entre sus manos y bajo su dirección. Mas para hablar aún con más precisión, podemos decir que su celo lo llevaba a humillarse sin cesar, y que su prudencia consistía en seguir sencillamente las máximas y los ejemplos del Hijo de Dios, y a abandonarse ciegamente a las inspiraciones de su Divino Espíritu, manteniéndose siempre en esa humilde disposición de corazón, de considerarse incapaz de ningún bien, y desprovisto de toda virtud, y de toda fuerza; y con ese sentimiento repetía una y otra vez interiormente esta lección de humildad, aprendida de su Divino Maestro, y decía en su corazón: No soy un hombre, sino un pobre gusanillo, que se arrastra por tierra, y que no sabe adonde va, pues sólo busca esconderse en Ti, Dios mío, que eres todo mi deseo. Soy un pobre ciego, que no sabría dar un paso en el bien, si Tú no me tiendes la mano de tu misericordia para guiarme

Esos eran los sentimientos de Vicente de Paúl, quien, siguiendo al Apóstol, su Patrón, no se encontraba en mejor disposición de corresponder y cooperar con los planes de Dios, que cuando, postrado en tierra en medio del rebajamiento de su humildad, y cerrando los ojos a todas las consideraciones humanas, se abandonaba a la voluntad del Divino Maestro, diciéndole en su corazón, como el gran Apóstol: Señor, ¿qué queréis que haga? En esa dependencia no emprendía nada por sí mismo: fue preciso que la Divina Providencia lo comprometiera en las obras que hizo él, o por la autoridad de quienes consideraba como Superiores suyos, o por los consejos y la insistencia de las personas cuya virtud respetaba, o finalmente, por la necesidad de las ocasiones que le hacían conocer la voluntad de Dios, que siempre hacía profesión de seguirla. Por eso, cuando hablaba de la mayor de sus obras, que es la fundación de su Congregación, decía siempre claramente: «Que sólo Dios era quien había llamado a su Compañía a los que habían recibido en ella, y que jamás había abierto la boca para atraer a nadie a ella; que ni siquiera él se había hecho Misionero por decisión propia, sino que se había comprometido en ella, sin casi conocerla, guiado por la voluntad de Dios; que sólo Dios era el autor de todo lo que se hacía de bueno en la Misión, de todas las funciones y trabajos de los Misioneros, y, en general, de todas las obras buenas, en las que están ocupados ellos: todas esas cosas habían sido empezadas sin que él hubiera pensado en ello, y sin que supiera lo que Dios pretendía hacer».

Para explicar más en concreto cómo había sido la humildad de este gran Siervo de Dios, aunque eso sea muy difícil, puesto que siempre se preocupó de mantener oculta esta virtud no solamente a los demás, sino también a sí mismo, con todo, nos esforzaremos en trazar aquí un ligero esbozo, cuyos trazos tomaremos, sea de lo que hemos visto y conocido de él, u oído de su propia boca, sea de lo que nos hemos enterado por los testimonios irreprochables de personas muy piadosas.

Ya hemos dicho, que, aunque Dios haya querido servirse del Sr. Vicente para unas cosas muy grandes, sin embargo, se consideraba incapaz para las cosas más pequeñas, y, aún más, se creía más apto para destruir que para edificar. Porque, sabiéndose hijo de Adán, no se fiaba en absoluto de sí mismo, como de un hombre perverso, que sentía en sí la inclinación común al mal y la impotencia para el bien, que todos los descendientes del primer padre han heredado por su desobediencia. Era por eso por lo que había concebido un enorme desprecio de sí mismo, y por lo que huía del honor y de las alabanzas como de la peste. Por esa razón, nunca se justificaba cuando le reprendían, sino que se ponía del lado del que le hacía la reprensión, echándose a sí mismo la culpa, aunque no la tuviera; y condenaba sus menores imperfecciones con más rigor que otros lo habrían hecho con sus pecados más graves; consideraba sus más ligeros defectos de entendimiento y de memoria unas estupideces; era por esto por lo que no se atrevía, ni quería entrometerse en lo que fuera, y además estaba más contento porque Dios hacía el bien por medio otros, que no por él.

En ese mismo espíritu trataba de ocultar, cuanto podía, todas las gracias particulares recibidas de Dios, no descubriendo ninguna, sino cuando no la podía mantener oculta sin faltar a la caridad del prójimo, o a alguna necesidad que le obligaba. Había cogido tal hábito de ocultarse a sí mismo y a todo lo que hacía de bueno, que los de su Compañía sólo sabían una parte de tantas obras santas como emprendía, y de tantos actos de caridad que practicaba espiritual y corporalmente con toda clase de personas. No hay duda de que varios de los suyos quedarán sorprendidos al leer un gran número de ellas en esta Obra, de las que no tenían conocimiento alguno.

Pero no contento con ocultarse a sí mismo y a los grandes bienes que realizaba, trataba en todas las ocasiones de rebajarse y de envilecerse y hacerse despreciable, tanto cuanto podía, ante los demás para honrar e imitar los rebajamientos y envilecimientos del Hijo de Dios, quien, siendo el esplendor de la gloria de su Padre y la figura de Su sustancia, quiso hacerse el oprobio de los hombres y la abyección del pueblo. Para eso hablaba con gusto de las cosas que podían hacerle despreciable y huía con horror de todo lo que podía directa o indirectamente tender a su honor y a su alabanza. Cuando vino a París, no dijo que apellidaba «de Paúl», temiendo que ese nombre diera ocasión para pensar que pertenecía a alguna familia muy importante; sino que se hizo llamar solamente «Señor Vicente», su nombre de bautismo, como si dijera «Señor Pedro», o «Señor Santiago»; y aunque era Licenciado en Teología, con todo, solamente decía que era un pobre alumno de cuarto. Y han hecho notar que con sus palabras y sus actos trataba siempre, en todas las ocasiones, de hacerse despreciable y pasar por un hombre sin importancia. Y cuando le ocurría algún motivo de confusión, lo abrazaba de muy buena gana, y manifestaba por ello tanto gozo, como si hubiera encontrado un gran tesoro.

Calificaba a su Congregación de «pequeña» y «muy pequeña» e «insignificante» Compañía, y nunca quiso que los que pertenecían a ella fueran a predicar y a dar misiones en las grande ciudades, sino sólo en las aldeas, y, a lo más, en los pueblos pequeños, para evangelizar e instruir a la pobre gente del campo; y eso, al ver que ese trabajo es por lo común el más despreciado. Quería que, en todas las ocasiones, a su Compañía se la mirara como la menor y última de todas. Una vez se vio obligado a enviar a algunos de la casa de San Lázaro para que asistieran a una Asamblea General de la ciudad, y entre las cosas que le recomendó a uno de los principales Sacerdotes de su Comunidad, que envió allí junto con otro compañero, fue que ocupara el último puesto de todos los del Clero; como así lo hizo.

No podía sufrir que dijeran algo en alabanza de su Congregación, a la que llamaba pobre e insignificante Compañía, diciendo que sólo pedía a Dios que tuviera a bien darle la virtud de la humildad. Y hablando cierto día sobre esta cuestión a los suyos: «No es de extrañar —les dijo— que piensen que los individuos de una Congregación, como Pedro, Santiago y Juan, tengan que huir de los honores y buscar el desprecio; pero la Congregación y la Comunidad, ¿tiene que adquirir y conservar el aprecio y el honor en el mundo? Piensen un poco, ¿pueden Pedro, Santiago y Juan amar y buscar con sinceridad y verdad el desprecio, mientras que la Compañía, que no está compuesta más que de Pedro, Santiago y Juan y de otros cuantos individuos, tiene que amar y buscar el honor? No queda más remedio que reconocer y confesar que estas dos cosas son incompatibles; por tanto, los Misioneros tienen que sentirse contentos no sólo cuando encuentren ocasión de desprecio y de humillación en particular, sino también cuando se desprecie a su Compañía: ésa será una señal de que son verdaderamente humildes».

Por lo demás, su humildad era tan sincera, que se podía en cierto modo leerla en su frente, en sus ojos y sobre toda la actitud de su cuerpo, y conocer por su exterior, que sus humillaciones y rebajamientos salían del fondo de su corazón, en donde esta virtud estaba tan profundamente grabada, que creía que no merecía usar de ninguna criatura, ni siquiera de las que sirven para conservar la vida, y, menos aún, de otras que pueden ser útiles o necesarias para hacer progresar la gloria de Dios. Por este sentimiento de indignidad es por lo que no sólo no pedía nada para sí, sino que estaba siempre dispuesto a desprenderse de todo lo que estaba a su disposición; y no hay por qué extrañarse de que hayan dicho que ha rehusado las mayores dignidades eclesiásticas que le han ofrecido, pues se consideraba indigno de las menores cosas.

Aunque su humildad fuera tal, como acabamos de decir, no dejaba de ser constante y generosa cuando se trataba de sostener los intereses de Dios o de su Iglesia. Porque precisamente en esas ocasiones era cuando mostraba que la humildad (como ha enseñado muy bien el Doctor Angélico) no es en absoluto contraria a la magnanimidad, sino que más bien la magnanimidad se perfecciona con la humildad, pues le proporciona un fundamento sólido, haciendo que se apoye únicamente sobre Dios, y, no obstante, la retiene en una justa mediocridad, impidiendo que se eleve más de lo preciso, y que dé lugar alguno a la vanidad

Hablando un día sobre este asunto a los suyos les dijo que la humildad se llevaba muy bien con la generosidad y la grandeza del ánimo, y como prueba de eso les contó el ejemplo de San Luis, que era tan humilde, que servía él en persona a los pobres, e iba a los Hospitales en busca de los que sufrían las enfermedades más infecciosas y más horribles para curarlos con sus propias manos. Y, sin embargo, era uno de los más generosos y de los más valientes Reyes, que ha figurado en la Corona de Francia, como lo ha demostrado claramente con las señaladas victorias, que logró contra los Albigenses, y en los dos viajes que emprendió camino de Oriente para combatir contra los infieles. De ahí —concluía el Sr. Vicente— que había que pedir a Dios la generosidad fundada en la humildad.

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