Vida de san Vicente de Paúl: Libro Segundo, Capítulo 6

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
Tiempo de lectura estimado:

Los pensionarios encerrados en San Lázaro

Después de la relación de las misiones expuesta en el primer Capítulo del Libro segundo, hemos hablado en los cuatro siguientes de cuatro grandes obras en las que el Sr. Vicente, fortalecido por el espíritu de Dios, ha trabajado con celo y bendición para el servicio del estado eclesiástico, a saber: de los Ejercicios de la Ordenación, de las Conferencias, de los Retiros Espirituales y de los Seminarios. En cierta manera podemos decir que vienen a ser como cuatro ríos místicos que, manando de un mismo manantial, continúan siempre fluyendo felizmente para regar y fertilizar el jardín de la Iglesia. Ahora vamos a ver las demás obras; a ellas se dedicó impulsado por el mismo Espíritu, y han extendido su utilidad a toda clase de personas y de estados.

Empezaremos por la que parece de menor entidad a los ojos de los hombres, aunque sea muy útil para la sociedad, y, lo que es más, muy preciosa ante Dios, ya que la humildad y la caridad, que son las virtudes que más le agradan, han brillado aquí de forma muy especial. A esta caritativa ocupación se dedicó el Sr. Vicente desde el momento en que empezó a habitar la casa de San Lázaro, cuya puerta siempre ha mantenido abierta para recibir en ella a dos clases de personas. Los primeros son los jóvenes incorregibles en su desordenada vida; los podemos llamar hijos de dolor para sus padres y sus madres, oprobio y ruina de sus casas que, por haber frecuentado malas compañías y haberse entregado y abandonado a toda clase de vicios, excesos y libertinajes, han terminado cayendo en una situación digna de lástima. Sus padres, después de haber empleado inútilmente todos los remedios que se les han podido ocurrir para volverlos a razón, han reconocido finalmente que no les quedaba otra solución que privarlos de la libertad tan mal administrada por ellos, y encerrarlos en San Lázaro. Aquí son recibidos con el permiso del juez, y tratados según pensión, tanto para su alojamiento como para su alimentación, y no se les permite ver a nadie de fuera, sino con el consentimiento de los que los han hecho encerrar, y tampoco los ven ni conocen los de casa, sino solamente los que están puestos para prestarles algún servicio. Hay unos Hermanos destinados para las necesidades corporales de ellos, y sacerdotes para las del alma. Aquéllos cuidan de su alimentación y de otras necesidades externas; y éstos los visitan, consuelan y animan a cambiar de vida, a dejar el vicio, y a iniciarse en el bien y en la virtud, haciéndoles ver las desgracias temporales y eternas de su vida desordenada, y el provecho que sacan para su honor como para su salvación los hijos obedientes y los hombres prudentes y temerosos de Dios. El encontrarse solos y humillados es muy útil para hacerles abrir los ojos, y aprovechar tantos consejos saludables como se les da, igual que las buenas lecturas espirituales que les obligan a hacer. Se les mantiene allí de ordinario hasta que se noten en ellos señales seguras de una verdadera conversión, y se les vea dispuestos para vivir más dignamente y para portarse con más juicio en lo futuro. Pero antes de salir, se les obliga a practicar los Ejercicios Espirituales para prepararlos a hacer una buena confesión general y a recibir dignamente la Sagrada Comunión del Cuerpo de Jesucristo. Como consecuencia, se ve que varios llevan una vida buena, y que emplean útil y cristianamente su tiempo. Hasta hay algunos que han aprovechado de tal modo su estancia en San Lázaro que, cuando han salido, los han hallado capacitados y dignos de ser elevados a los primeros cargos de la judicatura y de otros oficios de grandísima importancia, y en ellos, con la gracia de Dios, han logrado triunfar.

Escuchemos, a propósito de eso, a un eclesiástico de singular piedad, que conoce bien esta cuestión

«Un testimonio dice del celo del difunto Sr. Vicente, y que siempre he considerado como un prodigio de gracia que Dios le concedió a este Santo Varón, es que, además de que recibía en su casa a toda clase de personas para ganarlas a Dios, llegó hasta a abrirla a los jóvenes disolutos e incorregibles, lo cual no es pequeño consuelo para sus padres que, de ordinario, no saben qué hacer. Son recibidos y tratados con tanta benignidad como orden, pues viven allí casi como unos religiosos, en edificio aparte, haciendo puntualmente todos los actos de piedad a las horas señaladas. Y algunos han mejorado tanto que, al salir, se han retirado al claustro, y han abrazado el estado religioso».

Además de esos jóvenes díscolos, también han sido recibidos en la casa de San Lázaro otros que han perdido la razón, y que, como por eso resultan una carga para sus parientes, y vergüenza para sus familiares, no hay duda de que sirve de gran consuelo para la gente el que haya un lugar de acogida, como ese de San Lázaro, donde, con una pensión razonable, son alojados, servidos y atendidos con grandísima caridad.

El Sr. Vicente ponía sumo cuidado en procurar el consuelo a los jóvenes libertinos, y el alivio de los otros, que viven en la amencia y en la confusión de su mente. He aquí con qué términos habló un día a su Comunidad:

«Encomiendo a las oraciones de la Compañía a los pensionarios de casa, tanto a los que están enfermos de la mente como a los que no lo están, y, entre otros, a un sacerdote, que, después de estar delirando durante algún tiempo, ha vuelto en sí y estaba mejor, aunque por desgracia ha vuelto a reincidir. Esta enfermedad le viene de un exceso de melancolía que le envía al cerebro vapores amargos, con los que ha quedado tan debilitado que ha vuelto a caer en tan mal estado. El pobre hombre siente venir su mal, el cual dice él empieza siempre por una negra melancolía, de la que le es imposible librarse. Los que están en esta situación son ciertamente muy dignos de compasión. Es verdad que en cierto modo se encuentran en estado de impecabilidad, ya que no son dueños de su voluntad, ni tienen juicio ni libertad. Por eso, hemos de considerarlos bienaventurados, si, cuando cayeron en ese estado, estaban en gracia de Dios; mientras que, por el contrario, son muy dignos de lástima, si ese mal les sorprendió en pecado mortal».

«Los demás que tenemos aquí, y que están en su sano juicio, pero que usan mal de él, me dan motivo para decirles que actualmente se ven en el mundo, entre los jóvenes, muchas rebeldías y desatinos, que parecen ir creciendo cada día más. Hace algún tiempo que una persona de condición, uno de los primeros dignatarios de una corte soberana, se quejaba de un sobrino suyo, joven muy libertino, que había llegado hasta el extremo de amenazarlo de muerte varias veces, si no le daba dinero. Un magistrado de la ciudad le aconsejó que lo metiera en San Lázaro, donde había buen orden, y allí le podrían enderezar la vida. Pero él respondió que no sabía que recibiéramos a esa clase de gentes. Le dió gracias por el consejo, y le dijo que sería de desear que hubiera en París cuatro casas semejantes a la de San Lázaro para impedir estos desórdenes».

«Demos gracias a Dios, señores, porque ha confiado a esta Comunidad el cuidado de los locos y de los incorregibles. Nosotros no hemos buscado esta tarea; nos la ha confiado su Providencia, lo mismo que todas las demás que tenemos en la Compañía. Con esta ocasión les diré que, cuando entramos en esta casa, el Sr. Prior tenía recogidos en ella a dos o tres pobres locos; y como lo sustituimos en esta casa, tuvimos que asumir también su cuidado y dirección. En aquel tiempo tuvimos un juicio en el que se ventilaba si nos echaban o nos dejaban en la casa de San Lázaro. Me acuerdo que entonces me planteé a mí mismo esta pregunta: Si hubiera que dejar ahora esta casa, ¿qué es lo que te cuesta o te costaría más? ¿qué es lo que te causaría mayor disgusto y pena?. Y me pareció entonces que lo peor sería tener que dejar de ver a esa pobre gente, y verme obligado a dejar su cuidado y servicio».

«Hermanos míos: es algo más importante de lo que se cree dedicarse al alivio de los atribulados, pues es una cosa agradable a Dios. Sí, cuidar de estos pobres enfermos mentales es una de las obras que más le agradan, y es mucho más meritoria por el hecho de que la naturaleza no encuentra en ella ninguna satisfacción, pues es un bien que se hace en secreto y con personas que no nos lo pueden agradecer. Pidamos a Dios que dé a los Sacerdotes de la Compañía el espíritu de gobierno para esta clase de trabajos, cuando se les dedique a ellos, y que dé fuerzas y ánimos a nuestros pobres Hermanos para enjugar las penas y sufrir los trabajos que se les presentan cada día con estos pensionarios de los que unos son enfermos del cuerpo y otros de la mente, unos dementes y otros ligeros, unos faltos de razón y otros viciosos, en una palabra, todos alienados de espíritu, pero unos por enfermedad y otros por malicia; aquéllos están aquí para recobrar su salud, y éstos para corregirse de su mala vida».

«¡Animo, pues, Hermanos míos! ¿Saben que hubo en otro tiempo algunos Papas que se ocuparon del cuidado de los animales? Sí; cuando los Emperadores perseguían a la Iglesia en su cabeza y en sus miembros, apresaban a los Papas y les hacían guardar leones, leopardos y otras fieras semejantes, que servían para divertir a aquellos príncipes infieles, y que eran como una imagen de su crueldad. ¡Y eran los Papas los que cuidaban aquellos animales! Pues bien, los hombres de cuyas necesidades externas están ustedes cuidando no son animales, pero, en cierto modo, son peores que los animales por su desvarío y sus excesos. Pues bien, Dios quiso hacer pasar a aquellos santos personajes, que eran Padres de todos los cristianos, por aquella humillación y aquellas aflicciones extraordinarias, para que aprendieran por propia experiencia a compadecer las humillaciones y las adversidades de sus hijos espirituales, porque, cuando uno ha sentido en sí mismo las debilidades y las tribulaciones, es más sensible a las de los demás. Los que han sufrido la pérdida de sus bienes, de la salud y del honor están mucho mejor dispuestos para consolar a las personas que se encuentran con estas aflicciones y dolores, que los demás que no saben lo que es eso. Me acuerdo que un día me dijeron de un santo personaje que era de un carácter firme y constante, que tenía un espíritu valiente, que no se arredraba ante nada y no estaba sujeto a tentaciones, y que, por eso mismo, era el menos indicado para soportar a los débiles, consolar a los afligidos y asistir a los enfermos, porque no había pasado nunca por esas situaciones».

«Ya sabéis que Nuestro Señor quiso experimentar en sí mismo todas las miserias. Tenemos un Pontífice dice San Pablo que sabe compadecer nuestras debilidades, porque las ha experimentado El mismo. ¡Sí, Sabiduría eterna! ¡Tú has querido experimentar y tomar sobre tu inocente persona todas nuestras pobrezas! Señores, ya saben ustedes que El hizo todo esto para santificar todas las aflicciones a las que estamos sujetos, y para ser el modelo y el prototipo de todos los estados y condiciones de los hombres. ¡Salvador mío! ¡Tú, que eres la sabiduría increada, tomaste y abrazaste nuestras miserias, nuestras confusiones, nuestras humillaciones e infamias, excepto la ignorancia y el pecado! Quisiste ser escándalo para los judíos y locura para los gentiles, quisiste incluso parecerte a un hombre fuera de sus cabales. Sí, Nuestro Señor quiso pasar por un insensato, como se nos dice en el Santo Evangelio, para que creyeran que estaba loco. Exierunt tenere eum; et dicebant quoniam in furorem versus est. Los mismos Apóstoles lo miraron a veces como un hombre movido por la cólera, y El quiso aparecer de ese modo, no sólo para que fueran testigos de que había asumido todas nuestras debilidades y santificado nuestros estados de aflicción y de enfermedad, sino también para enseñarles, a ellos y a nosotros, a tener compasión de los que caen en esas debilidades».

«Bendigamos a Dios, señores y hermanos míos, y démosle gracias por habernos puesto al servicio de esta pobre gente, privada del juicio y de la razón, pues, al servirles, vemos y palpamos cuán grandes y diversas son las miserias humanas. Por este conocimiento nos veremos mejor capacitados para trabajar útilmente con el prójimo, y cumpliremos con más fidelidad nuestras obligaciones, al saber mejor por nuestra experiencia lo que es el sufrimiento. Entretanto, ruego a los que están encargados de estos pensionarios que tengan mucho cuidado de ellos. Y pido a la Compañía que los encomiende frecuentemente a Dios y que se aproveche de esta ocasión para ejercer la caridad y la paciencia con estas pobres personas».

«Pero, señor, me dirá alguno, ya tenemos bastante sin necesidad de eso; y no tenemos por Regla acoger a los locos en San Lázaro, ni tampoco a esas personas difíciles que son unos pequeños demonios».

«A ése le diré que nuestra Regla en esta materia es Nuestro Señor, el cual quiso estar rodeado de lunáticos, de endemoniados, de locos, de tentados y de posesos. Se los llevaban de todas partes, para que los librara y los curara; y así lo hacía con mucha bondad. ¿A qué viene censurarnos eso y criticar porque tratamos de imitarlo en una cosa que El indicó que le agradaba tanto? Si El acogió a los enajenados y a los obsesos, ¿por qué no los vamos a recibir nosotros? No vamos a buscarlos: nos los traen. Y ¿qué sabemos si la Providencia, que así lo ordena, no quiere servirse de nosotros para poner remedio a la enfermedad de esa pobre gente, a la que el buenísimo Salvador quiso parecerse tanto, hasta el punto de que parece que la había querido sufrir en sí mismo, pues quiso mostrarse tal como lo acabamos de decir? ¡Oh Salvador mío y Dios mío! Concédenos la gracia de mirar las cosas como Tú las has mirado!».

«Un sacerdote, Oficial de la casa, le hizo notar al Sr. Vicente que uno de los jóvenes díscolos no se corregía por más que llevaba ya mucho tiempo encerrado, y que era preferible entregarlo en manos de sus parientes, que tenerlo más tiempo entre nosotros; que profería amenazas y que era un hombre como para causar algún daño tarde o temprano. Pero el Sr. Vicente le cerró la boca con decirle: ¿No cree usted, señor, que el fin principal que debemos tener al recibir a los pensionarios es la caridad? Dígame, ¿no es mucha caridad para nosotros mantenerlo encerrado, porque si estuviese fuera, seguramente volvería a causar de nuevo los disgustos que causó anteriormente a todos sus parientes? Ellos son los que lo han traído a encerrarlo aquí con permiso de la Justicia, porque, siendo como es, un joven perverso, no podían conseguir nada de él. Lo han traído aquí para poder tener paz en su familia, y para probar, si Dios por este medio tendría a bien convertirlo. De forma que si hoy quisiéramos mandarlo fuera, estando como está con las mismas intenciones que al principio, sería introducir el desconcierto en una familia, que ahora está en paz por estar él ausente. Sus amenazas no van en serio, porque por la gracia de Dios, no le ha ocurrido ningún daño importante a la Compañía de parte de ese individuo violento, y debemos esperar que tampoco le ocurrirá en el futuro. ¿Cree usted, señor, que ese joven no se da cuenta de que son su padre y su madre los que lo tienen aquí? Sabe bien que han sido ellos los que lo han hecho encerrar, y no nosotros»

Frecuentemente, el Sr. Vicente recomendaba a toda la Comunidad que rezara por esa buena obra, y para que los que estaban encargados desempeñaran bien su oficio:

«De otra forma les decía en otra ocasión Dios nos castigará. Sí, temamos que caiga la maldición sobre la casa de San Lázaro, si ocurre que no tenemos el cuidado adecuado que se ha de prestar a esa pobre gente. Sobre todo, les recomiendo que los alimenten bien, y que sea cuando menos tan bien como a la Comunidad».

Las oraciones y atenciones caritativas de este Padre de gracia para con los hombres desorientados y privados de juicio, le han conseguido el mérito y el consuelo de conseguir a su tiempo una gran cantidad de buenos resultados por las atenciones que les ha prestado; y al público, notables ventajas con sus retiros y por los cambios conseguidos. Porque además de la tranquilidad que tienen sus familias al verlos en San Lázaro a recaudo de los peligros que correrían en el mundo, y en situación de volver a sus extravíos, hubo muchos dados a pecados infames: unos a la embriaguez, otros a la impureza y a otros desórdenes, que, después de estar cierto tiempo en esta casa, han salido de ella aborreciendo esos vicios detestables, apartándose en absoluto de su vida libertina, viviendo muy sensata y frugalmente. Varios han ingresado en las religiones más austeras para llevar una vida de penitencia; algunos se han dedicado al servicio de Dios y del prójimo en comunidades observantes; otros se han hecho sacerdotes seculares, y ha habido quienes han ingresado en los cargos públicos, en los negocios y en otros oficios del mundo, donde han vivido, y todavía viven ejemplarmente. Varios entregados al bandidaje, a las querellas, a las blasfemias y a otros crímenes horribles, por la misericordia de Dios, se han convertido enteramente y han vivido virtuosamente. Y, entre otros, ha habido uno, que, después de hacerse religioso, ha venido varias veces a San Lázaro para manifestar su agradecimiento

Otros, que habían robado de su casa paterna, y como no habían tenido tiempo para gastar su robo, lo habían ocultado en un sitio donde no se podría encontrar, han manifestado sin dudar y sin verse forzados a ello el escondite donde lo habían puesto, muy pesarosos por el daño que habían hecho a sus padres, y estaban decididos a repararlo.

Se ha visto a algunos, que habían sido tan desnaturalizados que llegaron hasta pegar a sus padres y a sus madres; a otros que habían atentado contra la vida de ellos y a otros que los habían amenazado, que, al salir de San Lázaro, derramaban lágrimas ante sus padres, pidiéndoles perdón, e inmediatamente dándoles satisfacción.

A algunos jóvenes, que habían abandonado los estudios para entregarse a una vida desenfrenada, los metieron en esta escuela de Penitencia, y han vuelto a clase, y hacen maravillas.

Y lo que es bastante extraordinario, se ha visto a quienes tenían el espíritu casi completamente arruinado cuando los llevaron a San Lázaro, y que por los desvelos caritativos con que los han atendido, han salido de aquí totalmente cambiados, con entera presencia de espíritu, y también más sensatos que nunca; y actualmente frecuentan buenas compañías.

Todos esos bienes han acaecido a menudo y en muchas personas, que, en su mayor parte, eran de condición. Y eso desde hace treinta años o más. Parece que Dios quiso o quiere aún hacerles gracia y misericordia por la mediación y la caridad de su Siervo, Vicente de Paúl, quien, a ejemplo de Jesucristo, trataba así a los malos y a los locos para conseguir su enmienda y curar sus enfermedades de cuerpo y de alma. Podemos muy bien a este propósito traer aquí las palabras de alabanza que le brindó un día un hombre de alcurnia, llamándole «refugio de los pecadores».

Y el humilde sacerdote le respondió que «esa alabanza sólo se debía al Hijo de Dios y a su misericordiosa Madre».

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *