Vida de san Vicente de Paúl: Libro Segundo, Capítulo 13, Sección 8

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Otros servicios caritativos ofrecidos por el Sr. Vicente a las abadías y los monasterios de mujeres

San Cipriano decía con muchísima razón, que cuanto más sublime es el honor y la gloria del estado de las vírgenes consagradas a Dios, tanto más debe ser el cuidado que hay que tomar para mantenerlas en su perfección: su pérdida es tanto más fácil y frecuente, cuanto que el sexo es más frágil y la constancia en el bien es más difícil y más rara, incluso entre los hombres. Eso es lo que movió al Sr. Vicente a extender especialmente la caridad que sentía por el estado religioso, a las abadías y a los monasterios de mujeres, ya para conservar en ellos el buen orden, si es que ya lo había; ya para restablecerlo, si es que no existía.

Siempre se dedicó principalmente, mientras pudo, a mantener el derecho de elección en las abadías en las que estaba en uso, y se opuso enérgicamente a las pretensiones de ciertas religiosas, que, al no tener esperanza de llegar a la dignidad de abadesa por vía de elección, por no tener ni la capacidad ni el mérito, se esforzaban en llegar a ella apoyándose en la autoridad del Rey y en el crédito de sus parientes. Se portaba de la misma manera con las que, habiendo sido elegidas por la comunidad para tres años según el uso de sus monasterios, trataban de conseguir decretos del Rey para perpetuarse en el cargo. Un día un prelado muy virtuoso había procurado la elección de una religiosa muy buena para gobernar una abadía de su diócesis, y tratando de conseguir la confirmación del Rey, quiso persuadir al Sr. Vicente de que la perpetuidad de las Superioras era más ventajosa que la trienalidad. Pero, fuera de que este sabio sacerdote no aprobaba en ningún caso las innovaciones que se hacían contra un uso canónicamente establecido en las comunidades religiosas, le hizo notar, con respeto y humildad, que las elecciones trienales eran por muchas razones preferibles a las perpetuas precisamente en el caso de las mujeres, que tienen menos constancia en el bien, y que pueden más fácilmente no conocerse bien en los cargos importantes, cuando se ven instaladas en ellos de por vida.

Cuando las abadías de mujeres que dependían del nombramiento del Rey quedaban vacantes, las intrigas y los ruegos insistentes eran ordinariamente grandes y fuertes en favor de las mujeres de alcurnia y de condición: los parientes, no se contentaban con encumbrarse en el mundo, sino que llevaban también su ambición hasta los lugares santos. Y a tal efecto hacían todos sus esfuerzos, con el fin de procurar que sus hijas o sus hermanas mandasen en los claustros. Por esta razón, iniciaban a menudo extrañas presiones sobre el Sr. Vicente. Pero como éste conocía que el buen o el mal orden de las Religiosas provenía de ordinario de las que eran superioras, ponía todos los respetos humanos bajo sus pies, y se mantenía firme en que se nombrara para abadesas a las que sabía que eran las más capaces, las más experimentadas y las más exactas en la observancia regular.

Un señor que tenía una hija en una abadía vacante, sobrina de la difunta abadesa, le fue un día a visitar a San Lázaro para quejarse, porque impedía que la joven sucediera a la tía, como la tía había sucedido a su vez a otra tía y la paciencia del Sr. Vicente provocó aún más su cólera y su resentimiento; le colmó de recriminaciones y de injurias, y le añadió amenazas, gritando y armando un alboroto enorme, como si fuera un hombre a quien se le quitaba su fortuna; y eso durante más de una hora. Le había indicado que aquella abadía era como un bien hereditario de su casa, y que le causaba un grave daño al quitársela. Tanto el marido, como la mujer y toda la familia tenían la costumbre de acudir varias veces al año a aquella abadía, como a una casa de recreo, y se albergaban y vivían en ella a costa de la comunidad, que se sentía muy contrariada por ello. Todas las religiosas se lamentaban y murmuraban notablemente por eso, y cuando vieron que la abadesa había muerto, se opusieron al nombramiento de la sobrina, y rogaron encarecidamente para conseguir una superiora distinta. El Sr. Vicente, que estaba muy bien informado de las cualidades de la pretendiente, respondió al padre muy suave y respetuosamente, que la aspirante era demasiado joven, y que estaba obligado en conciencia a aconsejar a la Reina, que, entre las religiosas de varios monasterios para las que pedían aquella abadía, tuviera a bien elegir a la que fuera más capaz y más apta. Después de aquella respuesta dejó hablar al señor con todo su arrebato y que descargara sobre él la amargura de su cólera, con una paciencia increíble; y después de acompañarle hasta la puerta, le manifestó que estaba muy contento por haber sido cargado de injurias y cubierto de oprobios por defender los intereses de Nuestro Señor.

Se vio a menudo con muchas abadesas que tenían algún apego a sus parientes, y como tenían hermanas, sobrinas o primas religiosas, las pedían de coadjutoras suyas con el pretexto de su edad o enfermedad. Pero el Sr. Vicente, que desconfiaba siempre de la carne y de la sangre, nunca fue de la opinión de que se les concediera esas coadjutorías sin mucha necesidad. En eso se mostró inflexible. Y se fundaba en que la vacante de las abadías que ocurrían por muerte, dejaba libertad para elegir monjas virtuosas y capaces para mantener el buen orden, si es que ya lo había: y si no, para imponerlo.

Cuando alguna abadesa había renunciado a su abadía, y se procedía a hacerse con los certificados de la suficiencia y de las buenas costumbres de aquella en cuyo provecho se había hecho la renuncia, el Sr. Vicente no siempre se fiaba de lo que ponían los certificados, porque, según su parecer, el testimonio de muchas personas no puede dar gran confianza en esa clase de asuntos. Por eso tomaba su tiempo para informarse con mayor certeza de las cualidades de la persona; y cuando se enteraba de que la elección era buena y que sería ventajosa para la abadía, hacía admitir la renuncia; en caso contrario, la rechazaba

Como a veces ocurrían desórdenes en los monasterios de mujeres, tanto por disensiones o divisiones de las religiosas, como por otros abusos que se habían introducido, él se interesaba con gran celo en remediarlos, enviando a personas de virtud y de experiencia, que estuvieran autorizadas por el Rey, sea para apagar las divergencias, o para instaurar la clausura, si no lo estaba, y proveer a las demás necesidades. Y mandaba escribir de parte de Sus Majestades a los Superiores de esas Ordenes y a los Obispos de los lugares para que se mantuvieran firmes.

Una abadía de monjas se hallaba muy dividida. El Superior ordinario no la había podido poner en orden, aunque había usado de todo su poder. Invitaron al Sr. Vicente a actuar allí; y lo que hizo fue enviar como Visitador a un Abad de la misma Orden, muy sabio y muy celoso. Este, en cuanto descubrió la fuente del mal, le escribió que era irremediable, si no se les daba a otro confesor que tuviera una gracia y una habilidad especial para pacificar los espíritus y mantenerlos en paz. El Sr. Vicente ante aquello se vio obligado a rogar a un eclesiástico de condición y de virtud y muy experto en la dirección de las religiosas, que se diera a Dios para ir a estar durante algún tiempo en aquella abadía; y así lo hizo con gran bendición, poco a poco fue uniendo los corazones y puso en buen estado todas las partes de la Comunidad.

Ha habido monasterios de mujeres en los que el espíritu maligno había logrado introducir máximas perniciosas y prácticas reprobables con el pretexto de ciertas falsas revelaciones hechas a sus Superiores, quienes con la imaginación turbada por las ilusiones del Angel de las tinieblas, pretendían que Dios les había hecho conocer unas vías extraordinarias para guiar las almas a la perfección, y hasta para reformar la Iglesia, y habían introducido muchos errores que tenían una relación estrecha con los de los iluminados. El Sr. Vicente en cuanto se enteró, procuró que enviaran personas doctas y virtuosas a visitar aquellas casas y se enteraran de los abusos e ilusiones diabólicas que habían sorprendido para entonces a muchas personas de toda condición y de todo sexo. Y por ese medio, en cuanto fue descubierto el mal, Dios quiso detener su curso.

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