Vida de san Vicente de Paúl: Libro Primero, Capítulo 5

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.

Vuelta de Roma a Francia, y primera estancia en París


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El Sr. Vicente luego que hubo llegado a Roma, permaneció allí hasta finales del año 1608 gracias a la ayuda recibida del Sr. Vicelegado, que le proporcionó mesa y con qué vivir. Así lo afirma en una carta que escribió treinta años más tarde a un sacerdote de su Compañía residente en Roma

«Que estuvo tan consolado ­ésas son sus palabras­ por verse en esa ciudad cabeza de la cristiandad, en la que se halla el Jefe de la Iglesia militante, y en donde están los cuerpos de san Pedro y san Pablo, y de tantos otros mártires y santos, que antaño derramaron su sangre y dieron su vida por Jesucristo; que se consideraba feliz por pisar la tierra que tan grandes santos pisaron, hasta el punto de que este consuelo lo había enternecido hasta llegar a derramar lágrimas»

Y como, entre los sentimientos de consuelo espiritual, la afición que siempre había tenido por el estudio no había disminuido en nada a causa de las penas y los contratiempos que le habían ocurrido, cuando se vio algo más tranquilo en aquella gran ciudad, dedicó todo el tiempo que tenía libre para refrescar y renovar en su mente las ideas aprendidas en la universidad de Toulouse. Durante su estancia en Roma el Sr. Vicelegado lo presentó al Cardenal d’Ossat . Este después de haber hablado con él en varias ocasiones y conocido el temple de su alma, quedó tan satisfecho de él y concibió un juicio tan favorable, que, como tenía que informar al rey Enrique IV acerca de un asunto muy importante, que no podía confiarse a una carta, tan secreto era, por lo que era necesario exponerlo verbalmente a Su Majestad, este cardenal digo no encontró a nadie más apto ni más capaz para semejante servicio que al Sr. Vicente. Confió, pues, el secreto a su discreción y fidelidad, para que lo llevara con toda garantía al Rey

Y fue en esa circunstancia cuando el Sr. Vicente mostró nuevamente la solidez de su virtud y la rectitud de su alma, que sólo miraba a Dios, y que no tenía ninguna otra pretensión que agradarle y prestarle un servicio fiel y agradable. Llegado que fue a París, tuvo una favorable acogida ante el gran Rey, buen conocedor de gentes, siendo por ello Vicente bien conocido por él; y, por eso mismo, podía esperar un ascenso muy considerable según el siglo. Sin embargo, de ninguna manera quiso aprovecharse de aquella ocasión, que otros habrían buscado y aprovechado con toda la solicitud y habilidad posibles. Temió que el favor del Rey de la tierra pudiera poner obstáculos a las gracias del Rey del cielo, a cuyo servicio se había obligado con lazos indisolubles, y por eso creyó que no debía en absoluto comprometerse en adelante con la corte. Una vez cumplida su misión, y conservando en su corazón un sincero afecto de obediencia y de fidelidad al Príncipe, se retiró a la vida privada con el propósito de llevar una vida verdaderamente eclesiástica, y de cumplir perfectamente todas las obligaciones de tal carácter

La vivienda que había elegido al principio en el barrio de Saint Germain, en cuanto llegó a París, le procuró el conocimiento de algunos de los principales oficiales de la difunta reina Margarita, que vivía en la misma zona. Uno de ellos era el Sr. Dufresne, secretario de Su Majestad, y con él trabó desde entonces una estrechísima amistad debido a la virtud y las buenas cualidades que veía en él. Después de la muerte de la Princesa, lo llevó a la casa de Gondi, de donde era secretario y más tarde intendente del Sr. Manuel de Gondi, conde de Joigny y general de las Galeras de Francia. Ha sido él quien ha testificado «que por ese tiempo el Sr. Vicente parecía muy humilde, caritativo y prudente, haciendo el bien a todos, y no siendo carga para nadie, circunspecto en sus palabras, y que escuchaba a los demás afablemente, sin interrumpirles nunca, y que desde entonces iba solícitamente a visitar, a servir y a exhortar a los pobres enfermos de la Caridad.

Durante la primera estancia del Sr. Vicente en París le sucedió un extraño contratiempo, que Dios permitió para probar su virtud, y que sólo se ha sabido después de su muerte por medio del Sr. de Saint Martin, canónigo de Dax, que lo ha confirmado con fiel y seguro testimonio. Fue el año 1609. Viviendo todavía en el barrio de Saint Germain en una misma habitación con el juez del lugar de Sore, pueblecito situado en las Landas, y de la jurisdicción de Burdeos, fue acusado en falso de haber robado cuatrocientos escudos. Veamos cómo sucedió el hecho

Cierto día, el juez, después de levantarse muy de mañana, se marchó a la ciudad para tratar algunos asuntos, y se olvidó de cerrar la alacena donde había dejado el dinero. Dejó al Sr. Vicente acostado, algo indispuesto, en espera de que le trajeran una medicina. El mancebo de botica vino con la medicina, se encontró con el dinero al buscar un vaso en la alacena, que vio abierta, y, sin decir palabra, lo metió en el bolsillo y se lo llevó. Así se verificó el refrán que dice, que la ocasión hace al ladrón

Cuando volvió, el juez quedó muy extrañado al no dar con su bolsa. Se la pidió al Sr. Vicente, pero éste no sabía qué decirle, sino que él no la había cogido ni visto coger a nadie. El juez empieza a vociferar, a echar pestes, y quiere que Vicente responda de la pérdida. Lo obliga a separarse de su compañía, lo difama por todas partes como malvado y ladrón, y difunde sus quejas por todas las personas que lo conocían y a las que pudo descubrir que Vicente adolecía de ciertas mañas. Y como se enteró de que por aquellos días el Sr. Vicente se veía de vez en cuando con el R.P. de Bérulle, por entonces Superior General de la Congregación de los Sacerdotes del Oratorio y, más tarde, Cardenal de la Santa Iglesia Romana, fue donde él cierto día en que estaba allí el Sr. Vicente en compañía de otras personas de honor y piedad, y en su presencia lo acusó de aquel hurto, e incluso le hizo notificar un monitorio

Mas el varón de Dios sin perder la compostura y sin mostrar resentimiento alguno ante una ofensa tan dura, y sin pretender justificarse, se contentó con decirle mansamente, «que Dios sabía la verdad». Y manteniendo su serenidad ante el oprobio de una calumnia tan vergonzosa, edificó grandemente a los presentes con su moderación y con su humildad

Pero ¿qué es lo que sucedió al final de semejante coyuntura? Dios permitió que el empleado que había realizado el robo fuera detenido años más tarde en Burdeos por un hecho semejante: pertenecía a una región de la jurisdicción del Juez de Sore, y movido por los remordimientos de su conciencia, rogó al juez que fuera a verle en la cárcel; y allí le confesó que había sido él quien le había robado el dinero, y le prometió restituirle todo por miedo a que Dios lo castigara por el hurto. Y si por un lado el juez quedó contento al ver recuperado su dinero cuando menos lo esperaba, por otro quedó tan pesaroso por haber calumniado a un sacerdote tan virtuoso como el Sr. Vicente, que le escribió inmediatamente una carta para pedirle perdón. Y le suplicó que le concediera su perdón por escrito, diciéndole que si se lo negaba, iría en persona a París a echarse a sus pies, a pedirle perdón con una cuerda al cuello

Hemos hallado la confirmación de este hecho en el manuscrito de una conferencia tenida en San Lázaro, cuyo tema era hacer y recibir bien las correcciones. En ella el Sr. Vicente, entre los buenos consejos que dio a la Comunidad, sacó un ejemplo, no como de una cosa que le hubiera sucedido a él, sino como hablando de una tercera persona. He aquí las palabras que dijo a propósito de este asunto, y que son dignas de señalar:

«He conocido a una persona, que, acusada por su compañero de haberle cogido algo de dinero, le dijo mansamente que no lo había cogido; pero al ver que el otro insistía en acusarlo, se volvió al otro lado, se dirigió a Dios, y le dijo: ¿Qué voy a hacer? ¡Tú sabes la verdad! Y entonces, puesta la confianza en El, resolvió no responder nada a las acusaciones, que llegaron hasta el punto de conseguir un monitorio de robo, y hacérselo comunicar. Pero, sucedió, y Dios lo permitió, que, al cabo de seis años, el que había perdido el dinero, estando a más de seiscientas leguas de aquí, se encontró con el ladrón que lo había cogido. ¡Ahí pueden ver el cuidado que tiene la Providencia de quienes se abandonan a Ella! Entonces el hombre, al reconocer la sinrazón que había tenido al actuar con tanto enardecimiento y calumnia contra su amigo inocente, le escribió una carta parapedir le perdón, diciéndole que sentía una gran contrariedad por lo sucedido, y que estaba dispuesto, para expiar la falta, a ir al sitio donde él estaba para recibir el perdón de rodillas. Pensemos, pues, Señores y Hermanos míos, que somos capaces de todo el mal que se hace, y dejemos a Dios el cuidado de manifestar el secreto de las conciencias», etc

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