Vida de san Vicente de Paúl: Libro Primero, Capítulo 44

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.

El Sr. Vicente siempre fue muy opuesto a los nuevos errores del Jansenismo


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Los Santos siempre han considerado como un gran honor mantenerse en humilde dependencia no solamente a las órdenes de la voluntad de Dios, sino también a las directrices de la Iglesia, pues profesaron someterle a ella su libertad con una obediencia exacta a las leyes prescritas por ella, y también su razón, concediendo plena aceptación a las verdades que enseña, teniendo así cautivo su entendimiento para honrar a Jesucristo, su Jefe Soberano

Todos los que han conocido al Sr. Vicente han comprobado que, entre todas las virtudes, ha sobresalido especialmente en la sumisión y dependencia con respecto a la Iglesia; y que, cuando ella habla sea para dar una ley, o para definir alguna verdad, o condenar algún error, no hay ni lengua para replicar, ni mente para razonar en contra, sino sólo oídos para escuchar y un corazón para someterse sincera y perfectamente a todo lo que haya prescrito o propuesto por su parte.

Todo eso lo practicó santamente el Sr. Vicente, cuando comenzaron a aparecer los nuevos errores del Jansenismo, y, aún más, cuando fueron condenados por las Constituciones de los Soberanos Pontífices.

Y en primer lugar desde el momento en que el libro de Jansenio, titulado «Augustinus» salió a luz y la novedad de sus opiniones comenzó a suscitar controversias entre los doctores. El fiel y prudente Siervo de Dios, acordándose de la advertencia del Santo Apóstol, de no creer a toda clase de espíritus, sino comprobarlos si son de Dios, se mantuvo sobre aviso para no dejarse sorprender por aquella novedad. Y lo que más le obligaba a esa actitud era el trato muy familiar con uno de los primeros autores de la secta del Jansenismo, cuyo espíritu y conducta le hacían considerarlo como muy sospechoso, según lo declararemos más en concreto en el Segundo Libro.

Pero cuando el Sr. Vicente vio aquella nueva doctrina fulminada por los anatemas  de la Iglesia y de las Constituciones de los Soberanos Pontífices Inocencio X y Alejandro VII, que la condenaron, recibidas y publicadas por la autoridad de los Prelados, entonces pensó que no sólo estaba obligado a someterse al juicio de la Santa Sede Apostólica, sino también que debía profesar abiertamente dicha sumisión, poniendo bajo sus pies los respetos humanos y todas las razones de la prudencia política que hubieran podido disuadirle; y declarándose totalmente opuesto tanto a los errores condenados, como a todos los perniciosos propósitos de los obstinados en sus ideas.

Y lo llevó todo a cabo con tanto vigor y valor, como prudencia y moderación, no disimulando, cuando debía hablar, y no hablando sino cuando lo juzgaba necesario, ya para confirmar a los que aceptaban el juicio de la Iglesia, ya para reducir a los que no querían someterse a ella, sea para enderezar y fortalecer a los que dudaban y estaban en peligro de caer, o para rendir el testimonio debido a la verdad. Pero, aunque siempre manifestó un grandísimo celo en defender las Constituciones de los Soberanos Pontífices y en oponerse a todo lo que algunos espíritus mal intencionados se esforzaban en hacer para eludir su ejecución, supo distinguir las personas del error, detestando el error y conservando siempre en su corazón una verdadera y sincera caridad a las personas. Sólo hablaba de ellas con gran comedimiento y más bien por espíritu de compasión que por algún movimiento de indignación. Usó de varios medios, e hizo esfuerzos caritativos cuando las ocasiones le fueron propicias para llevarlos a reconciliarse con la Iglesia, hasta el punto de que, después de la publicación de la Constitución del Papa Inocencio X, los fue a buscar y a visitar a varios de ellos en PortRoyal para invitarles con honor y obligarlos suavemente a volver de nuevo a la unión; pero no logró el efecto deseado

Sobre todo procuró con particular esmero, que los de la Compañía se mantuvieran libres no sólo de los errores condenados, sino también de la menor sospecha de adherirse a ellos de la manera que fuese. Y si veía que alguno no andaba en la humilde y sincera sumisión que él quería que todos los suyos rindieran a las Constituciones de la Sede Apostólica, le obligaba a marcharse de la Compañía

Su vigilancia, igual que su caridad, se extendió aún más a las partes de la Iglesia, que veía más necesitadas de socorro y prevenidas contra el contagio de los nuevos errores. Al ver que los que se obstinaban en sostenerlos, se esforzaban con diversos artificios en propagarlos por los monasterios y comunidades de monjas, como más fáciles de ser sorprendidas y engañadas con la falsa apariencia del bien, (los falsos profetas, según el aviso que Jesucristo nos da en el Evangelio, siempre trataron de colorear y disfrazar sus ideas más peligrosas), el Sr. Vicente usó de todos los medios que se le ocurrieron para impedir que aquellos lobos cubiertos con piel de oveja causaran algún destrozo en la ilustre porción del redil de Jesucristo, y también que no tuvieran ningún acceso, sobre todo, a los monasterios que Dios había especialmente confiado a su dirección

Se valía de la misma precaución y circunspección para impedir que en el Consejo de los Negocios Eclesiásticos se diera alguna sorpresa, y que se introdujeran en los cargos y dignidades de la Iglesia quienes estuvieran infectados de la doctrina condenada, o que fueran sospechosos de ello

Finalmente, su celo por la conservación de la unión de la Iglesia y por la defensa de la Doctrina ortodoxa le obligó a actuar ante los Prelados del reino, ya para exhortarlos o alentarlos a oponerse a las iniciativas de los enemigos de la verdad, ya para aconsejarles con el fin de que estuvieran sobre aviso y no los sorprendieran. Presentaremos en el Segundo Libro cartas que él escribió; por ellas se podrá ver cómo el gran Siervo de Dios sabía muy bien lograr una equilibrada mezcla del respeto debido a la dignidad de ellos con los caritativos favores que deseaba ofrecerles a sus personas. La humildad, la discreción, la prudencia y la caridad acompañaban siempre tanto a sus palabras como a sus actos

Pero como toda la habilidad y todos los esfuerzos de la criatura pueden poco, si no los sostiene y robustece la ayuda de lo alto, ponía su principal apoyo en la confianza que ponía en la bondad de Dios. Para eso le ofrecía continuas plegarias, e invitaba a todos a hacer lo mismo, para que Dios quisiera mirar a su Iglesia con ojos misericordiosos, y no permitiera que el espíritu del error y de la mentira causase grandes estragos entre los fieles. Decía que las mejores armas para combatir los errores eran la oración y la fidelidad en la práctica de las virtudes contrarias a los vicios más notorios y más habituales de los que se obstinaban en mantenerlos. Que había que oponer una profunda humildad y sumisión de espíritu al orgullo y a la presunción que tenían de su suficiencia; un amor a la abyección y al desprecio, a todas las vanas lisonjas buscadas por ellos, y que se prodigaban unos a otros; una gran rectitud y sencillez de corazón, a todos los artificios, los disimulos, las falsificaciones e imposturas empleados por ellos para tapar sus errores y ocultar su deformidad; en fin, una ardiente caridad que no pudiera ser apagada con todas las malignas aguas de las contradicciones, maledicencias y calumnias que el espíritu de la mentira usa ordinariamente para oprimir y sofocar la verdad.

Con frecuencia se le oyó decir y repetir gimiendo, que había muchos motivos para temer que la corrupción de costumbres y los desarreglos que se veían en el reino en la vida ordinaria de los cristianos, tan opuesta a las máximas del Evangelio de Jesucristo, no fuera la causa de la herida que la Religión sufría por la herejía nueva; y que si no tratábamos de enmendarnos y de aplacar a Dios justamente irritado contra nosotros, habría que temer el efecto de una amenaza parecida a la que hizo el Señor a los judíos en el Evangelio: Que nos quitasen el Reino de Dios para trasladarlo a otras naciones que usarían mejor de él; que debíamos temblar de espanto viendo ante nuestros ojos a reinos en otro tiempo tan florecientes en religión y en piedad, como Inglaterra, Dinamarca, Suecia y la mayor parte de Alemania, a los que Dios por su justo juicio había dejado caer en la herejía; que la desgracia de nuestros vecinos debía hacernos prudentes; y que la fe, siendo como es un don de Dios adquirido por el mérito de la sangre y de la muerte de Jesucristo, había que conservarla como un bien precioso, y preocuparse encarecidamente en su conservación.

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