Vida de Catalina Labouré (René Laurentin): 7. Resplandor de atardecer (1871-1876)

Francisco Javier Fernández ChentoCatalina LabouréLeave a Comment

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Autor: René Laurentin · Año publicación original: 1984.
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El retorno

El 31 de mayo de 1871 sor Catalina se ha encontrado de nuevo con su hospicio, con su huerto, con su portería. Hay ambiente de alegría. Los pobres, más numerosos después de tantos trastornos, se sienten dichosos de volver a verla, a la puerta, siempre acogedora y dadivosa. Saben que son ellos sus preferidos.

Los ancianos la acogen con gozo, porque entre ellos no hay ninguna otra hermana «tan querida como ella», atestigua sor Millon’. Les gusta su equidad, su energía que hace reinar el orden en provecho de todos, pero sobre todo su solicitud con cada uno, a veces brusca, pero siempre en el tajo. Saben muy bien que los quiere y que pueden contar con ella.

1.- Los trabajos y los días

Catalina ha cumplido ya 65 años, pero se sigue levantando a las 4 de la mañana, cuando suena la campana. Su ancianidad es sólida. Su oración es ejemplar y sobria: se mantiene erguida, inmóvil, con las manos apenas apoyadas en el reclinatorio, con la mirada transparente fija en el sagrario o en la estatua de la Virgen.

La decana

El día de santa Catalina, 25 de noviembre de 1871, sor Catalina, que hacía 4 días había sido nombrada «decana» de la comunidad de Enghien-Reuilly, se ve honrada con estos versos ripiosos de los que solían hacerse en aquel siglo: Si en los cielos se canta a una santa bendecida, en La tierra celebramos a una hermana muy querida: a la decana de Enqhien decimos este cantar y nos gustaría siempre poderla conservar.

Catalina se mostró especialmente sensible ante esta felicita­ción que le dirigió uno de los ancianos en nombre de todos los demás: Hermana, usted es buena con todos. En la mesa siempre nos pregunta: «¿tiene usted bastante?»

¿Por qué estas felicitaciones? ¿Es que el coraje y las predic­ciones de Catalina durante la Comuna le han proporcionado su hora de gloria? Lo que ocurre ante todo es que hace algunos días, el 21 de noviembre de 1877, había fallecido la anterior y muy venerada decana de la comunidad, sor Vincent Bergerault, de 75 años, nacida el siglo pasado y último testigo de la fundación (1819). Aquella cocinera ahorradora había sido una prueba para Catalina; pero lo cierto es que tenía fama de santa.

Todos habían podido admirar su coraje heroico durante su larga enfermedad. Durante la Comuna era ya un cadáver ambulante; fue necesario volverla a vestir después de la extremaunción para trasladarla mal que bien a la casa madre, cuando las hermanas fueron expulsadas de Reuilly el 30 de abril.

Como coronación de su vida había muerto el 27 de noviem­bre, fiesta de la Presentación de la Virgen; como todavía reinaba el secreto, algunos se imaginaban que era ella la vidente de la Medalla milagrosa.

Una anciana poco venerada

Catalina, la nueva decana, no gozaba del mismo prestigio que sor Bergerault. Su forma de santidad vulgar decepcionaba a muchos. Su sencillez parecía excesiva. Su ancianidad no le servía de aureola.

Catalina no tiene voz en las decisiones comunitarias del capítulo. Acepta sin embargo aquel desprecio, que la protege. Un día su sobrina Leonia Labouré le pregunta: Tía, ¿cómo es que lleva usted 40 años siempre en la misma casa?

-Sólo cambian a las hermanas inteligentes, responde Catalina que no es tonta.

Intuiciones e intercesiones

Poco consultada desde arriba, es sin embargo un refugio y un recurso siempre disponibles para las hermanas jóvenes, agobiadas de trabajo en aquella casa de un barrio extremo y a quienes desconcierta más su inexperiencia.

Sor Felicidad Hébert (26 años), cuando tiene que dejar la casa por motivos de salud, se encomienda a sus oraciones y recibe esta respuesta alentadora: Mi pequeña, ¡la Virgen la quiere a usted mucho! Puede mar­char tranquila. Todo irá bien!.

La casa recobra pronto su impulso tras el regreso de sor Dufés, que multiplica sus proyectos en una cadencia asfixiante para los muchos años de Catalina, siempre tratada duramente, pero siempre sin amargura.

María y Gabriela (1872)

En la primavera de 1872 llegan dos postulantes a Reuilly: el 10 de mayo Gabriela de Billy, de familia distinguida; el 25 de junio María Lafon, hita de un labrador de Aurillac, que conser­vó un caluroso recuerdo de la anciana hermana.

Mientras se aclimatan las postulantes, la regla les autoriza a pasear con sus familias. Así pues, a finales de junio una calesa se detiene ante el número 77 de la calle de Reuilly. Los señores de Billy, guiados por su cochero, vienen a recoger a su hija para pasar con ella la tarde. Y María, la pequeña campesina, se queda sola. Catalina se da cuenta y acude a sor Dufés con un pretexto para ir a la calle del Bac. No conoce otra cosa mejor; le dan permiso para salir. Catalina añade: ¿Me permite usted llevarme a «la pequeña»?

¿Está ocupado en otras tareas Bibí, el caballo de la comuni­dad? Tendrán que ir a pie las dos, pero con alegría, la postulante de 23 años y la hermana de 66. Se entienden como dos amigas, acaso como dos cómplices. Sor Cosnard, que ocupa ahora un cargo en el seminario, murmura (¿quizás un poco de envidia?) cuando las ve llegar: ¡Ay, sor Labouré! ¡Me parece que tiene usted un poco de debilidad por la señorita María!

Aquí la sangre de nuestra borgoñona se calienta y la res­puesta sale antes de cualquier reflexión: Bien: si la señorita Gabriela se va a pasear c n coche, la señorita María puede pasearse muy bien a pie…

La verdad es -cuenta con candidez esta última- que yo no había hecho comparaciones entre la otra postulante y yo. Pero sor Catalina había pensado en ello y había pensado que yo podía sentirlo.

Otro recuerdo de sor María es el de una tarde de verano un tanto loco, uno de esos pesados atardeceres que nunca acaban. Un anciano había muerto en Enghien, con aquellos calores. Y se hablaba de un demente que se había escapado el día anterior de un asilo cercano. Aunque le habían conmovido estos dos suce­sos, la «señorita María» se había olvidado de ellos mientras daba clase por la tarde a los jóvenes obreros que asistían a los cursos de Reuilly. Se ha retrasado hablando con ellos y a las 9 regresa al hospicio de Enghien. La actividad le había hecho olvidar los temores. La noche los despierta. Su larga falda roza las hojas muertas. El ruido que ella misma hace le da la impresión de que la siguen. Acelera el paso y el ruido se intensifica. Corre hacia la puerta de Enghien, ya muy cercana. Pero ve ante ella, en el patio, una figura negra. ¿Un fantasma? ¿o el loco que se ha evadido? María busca una salida por la escalera exterior que da al dormitorio. ¡Fatalidad! La puerta está cerrada con llave. La ¡oven postulante llama, aporrea gritando: ¡Sor Labouré! ¡Sor Labouré!

Mientras que Catalina baja enseguida al oír su llamada, María distingue mejor al fantasma negro que se le acerca: ni el loco, ni el muerto. Es el padre capellán que vuelve a casa. Sor I,abouré abre la puerta con una candela en la mano: ¿Qué pasa, hija mía?

María, llena de confusión, apenas puede balbucear: el muerto, el loco, las hojas… ¿Va a burlarse Catalina de aquella postulante tan cobarde? No, la acompaña al dormitorio a través de los corredores obscuros, por donde la candela va proyectando su luz entre sombras ahora tranquilizadoras. Catalina le quita la colcha a la cama y desaparece mientras María se quita los vestidos; vuelve poco después con un vaso de agua de azahar… La pequeña María se queda dormida «como un tronco». A las 4 suena la campana para levantarse. Intenta abrir sus párpados soñolientos. A su lado, un susurro muy tierno la tranquiliza: Schsss…, dice Catalina a sus compañeras; la pequeña está dormida…

Las postulantes se iban acostumbrando poco a poco a levan­tarse a las 4. Se quedaban en la cama más rato tres días por semana durante el primer mes, dos el segundo, y podían luego dispensarles también algún día, según su estado. Catalina, la responsable de la casa, había diagnosticado para ella la necesi­dad de una buena camada.

Catalina se siente más cerca de las jóvenes, a medida que va viendo abrirse las filas de su generación y que las medianas toman en sus manos los cargos principales de la casa. Piensa más en la muerte como un desenlace próximo.

Viaje al cielo

Poco después de la Comuna tiene un sueño que refiere ingenuamente a su sobrina María Antonieta: Acababa de morirme e iba al cielo, en donde entraba por una puerta muy brillante. Me encontré allí primero con mi padre, luego con mi hermano más joven (Augusto), luego con tu madre. Le dije a mi padre: ¿No está aquí Luisa?

Luisa era la mayor de las hermanas. Entonces mi padre me respondió: No, no está aquí. ¡La estamos esperando!

¡Un sueño macabro! Ni Augusto ni Tonina, la madre de la interlocutora, habían muerto todavía. Realista y desconfiada, María Antonieta exclama: Pero, tía. ¡No hay que creer en los sueños! ¡Es superstición!

-Hay sueños y sueños, responde sentenciosamente Catali­na.

¿Quería decir acaso que «hay sueños en los que hay que creer? ¿Qué grado de confianza le concedía ella a aquel sueño?». -No me lo dijo, añade María Antonieta.

Pero la soñadora insistía en aquel sueño. Se lo contó más tarde a su sobrino Felipe Meugniot, el hermano de María Antonieta, cuya versión es un poco distinta. Catalina, al llegar al cielo, habría dicho a Tonina: ¿Cómo es que tú, la más joven, has llegado primero al cielo? ¿Por qué no?, habría contestado Tonina.

-Aquel sueño me impresionó mucho, decía Catalina aunque no parecía creer mucho en él.

Era en diciembre de 1873. Felipe había venido a confiarle a su tía una grave preocupación: a los 29 años lo habían propues­to para ser superior del seminario menor de Saint-Pons, en la diócesis de Montpellier. La casa estaba «en dificultades»: Pídale a Dios que no se haga, le dijo a Catalina. Ella respondió tranquilamente: Pediré que se cumpla la voluntad de Dios.

Y la «voluntad de Dios» confirmó aquel duro cargo.

Ni él ni ella parece ser que volvieron a hablar entonces de la predicción que le había hecho de pequeño: Si quieres entrar con esos padres…, podrás ser superior…

Y lo fue antes de los 30 años, en una edad excepcional. Tampoco parece haber recordado entonces a su tía su confiden­cia de 1871: cómo le había dado un mal ejemplo rechazando para ella un cargo de superiora…

Con los años se va abriendo más a las confidencias. Por aquella misma fecha (1873 ó 1874) le cuenta a sor María Luisa, su hermana, en presencia de sor Cosnard (ahora «oficia­la» en el seminario) el sueño que había iluminado el sendero de su vocación: la llamada de aquel anciano en el que luego reconocería a san Vicente. Sor Cosnard se siente impresionada por su acento, cuando habla de esa mirada que se le quedó grabada.

Adiós a Tonina

El sueño premonitorio sobre las muertes familiares empezó a realizarse en octubre de 1872. Tonina cae enferma. En abril de 1873 se mete en cama definitivamente. Sufre mucho. Catalina la visita con frecuencia durante el recreo, porque vive allí cerca: el número 5 de la calle Crozatier, en el distrito XII. Es un alivio para Tonina.

A mitad de enero de 1874 cae en una especie de coma. Vuelta hacia la pared, no parece que pueda ya cambiar de posición. Para cuidarla, hay que sacar la cama al centro de la habitación. No habla y parece estar sin conocimiento. Avisan a Catalina. Llega el 16 de enero, a las 13 horas: la hora del recreo. Es responsable del tiempo de sus ancianos.

Es la primera vez que ve a Tonina en aquel estado. Allí está María Antonieta con sus dos hijas Marta y Juana, en silencio. Catalina las manda salir y cierra la puerta.

Pero desde fuera oyen hablar dentro de la habitación. Al cabo de una hora, Catalina abre: Id a ver a vuestra madre; quiere hablaros.

Y se vuelve a Enghien, a cuidar a sus ancianos.

María Antonieta, Marta (8 años y medio) y Juana (7 años) se precipitan dentro. Tonina las acoge, sonriendo sobre la almohada. Parece feliz. Mira con cariño a sus dos nietas. Todo su corazón se asoma en estas palabras vulgares: ¡Que seais siempre buenas!

-¿Te ha resucitado tía Catalina?, le pregunta una de las pequeñas.

Ella no tiene tiempo para profundizar. Al cabo de una hora, la enferma vuelve a su letargo. Se va acabando tranquilamente. Unos días después, a las 4 de la mañana, exhala su último suspiro. Es el 20 de enero de 1874, 22° aniversario de la aparición de la Virgen a Alfonso María Ratisbona, el convertido de la Medalla milagrosa.

Aquel mismo año Catalina hace entrar a sus dos sobrinitas un la escuela de las hermanas, n.° 77 de la calle Reuilly: Allí teníamos la dicha de ver a nuestra tía Catalina casi todos los días.

Nos apegamos más a ella, porque aunque tenía los rasgos más finos se parecía mucho a nuestra abuela (Tonina), que acababa de morir. Durante el recreo de las alumnas, después de la comida del mediodía, la veíamos a menudo cruzar el patio de la casa de Reuilly para ir a la de la calle de Picpus; corríamos a saludarla y la acompañábamos hasta la otra parte del huerto.

Un día se las llevó de paseo. Para ellas es una fiesta. Pero Catalina quiere también dar gusto a otra persona. Se dirigen a «la casa de los hermanos hospitalarios de san Juan de Dios», de la calle Oudinot, adonde su hermano Carlos Labouré había venido desde Borgoña para hacerse operar del mal de piedra. Su estado bastante grave podía hacer presumir que no viviría mucho… Nosotras no conocíamos a aquel tío. Ella creyó conveniente presentarnos a él cuenta Martha Duhamel, que guardaba 30 años más tarde un luminoso recuerdo de aquella aventura insólita con la complicidad de Catalina.

Visita al superior general

El 12 de marzo de aquel mismo año 1874, muerte del padre Etienne, superior general. Fallece a las 11 de la mañana, lúcido y sin agonía. Tres días antes había pedido la santa unción y la había recibido en presencia de toda la comunidad: Mi misión está cumplida… Voy a unirme con nuestra gran familia del cielo. Pido perdón a todos por los disgustos que les haya podido causar. ¡Sí! ¡Quiero mucho a las dos familias de san Vicente!

Había guiado su maravilloso impulso.

Poco después de su elección parece ser que supo finalmente que era Catalina la vidente. Ella nos ha dejado una nota autógrafa sobre la última conversación que tuvo con él. Le había renovado su petición de que se abriera al público la capilla de la calle del Bac. También le había expresado su deseo de que se honrara a la Virgen en la congregación con el nombre de «Reina del universo». El le había contestado de forma evasiva, pero estimulante: Bien, sor Catalina; la santísima Virgen ¿le ha dicho cuándo quería que se le honrara con ese título? Cuando se lo diga, haremos lo que hay que hacer. Rece con esa intención. La santísima Virgen quiere algo de usted.

El 11 de septiembre el padre Boré es nombrado superior general. Poco después de su elección, deseoso de acertar en su dirección, cita a Catalina. Con los «superiores mayores» la interroga sobre las revelaciones con que había sido honrada en 1830. De allí se derivó para ella una especie de reflejo, que contribuyó a acentuar su fama de santidad, asegura su confesor el padre Chinchon.

Sin embargo, pareció desconcertada ante aquel interrogato­rio inesperado y no habló apenas. Decepcionó a sus oyentes 13. Son años sombríos y difíciles para Francia. Las ejecuciones de comuneros prosiguen hasta el 6 de junio de 1874. Pero el país se va levantando de las ruinas. Catalina sigue su tarea con su esfuerzo y su mirada en Dios.

¿Predicción?

En otoño de 1875 el abate Olmer llama a la puerta, en donde Catalina «tira de la cuerda». Es un hombre lleno de energía y de gracia, y de momento un hombre con ganas de construir. Se distinguió en la Comuna por su coraje, su abnega­ción y una evasión que lo libró de la muerte. Nombrado el año anterior administrador de la parroquia recién establecida en el barrio, tiene ya dos vicarios y empieza a construir la iglesia. Está dedicada a santa Radegunda, pero hay todo un movimiento de gente que quiere a la santísima Virgen como patrona. También lo desea sor Catalina, que parece tener una sagacidad especial en todo lo que se refiere a la virgen María. Su saludo al recién llegado es amable, pero insólito: Buenos días, señor párroco de la Inmaculada Concepción. ¡No soy el párroco!

-¡Pero lo será!

-Sí, pero la parroquia se llama de santa Radegunda! ¡Pero se llamará de la Inmaculada Concepción!.

Dos años más tarde, el abate Olmer fue nombrado párroco, el 29 de septiembre de 1877. Y aquella fue, en la diócesis de París, la primera iglesia dedicada a la Inmaculada Concepción.

Catalina sigue lamentando que no se abra a las peregrina­ciones la capilla de la calle del Bac. Porque se siente apremiada por la promesa de la Virgen: Se sentirá que he pasado por allí

La dificultad sigue siendo «abrir la capilla al público en un sitio en donde se encuentra un noviciado tan numeroso como el nuestro», explica sor Cosnard. Sin embargo, cuando le contaron la curación de una sordomuda en Lourdes, dicen que Catalina suspiró: -¡Y pensar que todos esos milagros deberían haber tenido lugar en nuestra capillal!

También lamentaba que se apreciase poco la Medalla, añade sor Cosnard.

Un día me dijo: Hay hermanas en el seminario que no llevan la medalla y no se piensa en imponérsela.

Yo le pregunté: ¿Y usted, ¿cómo lo sabe?

Me respondió: ¡Ay! ¡Infórmese y lo verá!

Tuve que confesar que era verdad.

Invitaba a los demás a «rezar mucho», pero «añadiendo espíritu de penitencia y de sacrificio»: Pedimos demasiado lo que deseamos, pero no bastante lo que Dios quiere: habría dicho a sor Tranchemer que confundía demasiado sus ideas legitimistas con las de Dios mismo.

El mariscal de Mac Mahon fue elegido presidente de la República el 24 de mayo de 1873. La mariscala se hizo amiga de la casa. Aquella mujer fuerte, generosa y discreta venía sin escolta.Le dijeron quién era la vidente y sor Dufés encontró un pretexto para presentársela…, sin más. Catalina lo compren­dió, pero no huyó. Unos días antes había acudido una pobre mujer a pedirle 60 francos (imposibles de encontrar) para pagar el alquiler. Catalina contó aquel drama. La mariscala tenía corazón. Y entregó los 60 francos.

En su sitio

Aquel mismo año de 1874 sor Dufés decide sustituir a Catalina como responsable del hospicio de Enghien.

Se necesita un brazo firme, que sepa establecer la unidad entre las dos casas y vencer ciertas tensiones. Y confía a sor Angélica Tanguy, de 37 años, la dirección del hospicio con el título de asistente. ¡Dura prueba para sor Catalina! Siempre cuesta pasar a segunda fila, cuando uno dirigía la situación. ¿Cómo reaccionará?

Se lo preguntan todas cuando sor Dufés anuncia la promo­ción de sor Angélica, honrada con el título de asistente que nunca había tenido Catalina, a pesar de ejercer las mismas funciones. Las hermanas que están con los ancianos prefieren Catalina a la nueva responsable más partidaria del nuevo estilo que se ha impuesto en Reuilly, más autoritaria y con menos experiencia… Pero Catalina se apresura a decir a sor Dufés: Madre, la obedeceremos como a usted misma.

No es por halago, ni por diplomacia para hacerse con la nueva asistente, ya que sor Tanguy no está allí (lo indica ella misma en el proceso).

Cuando ocupa su puesto, muestra cierta aprensión con sor Catalina: Espero que se entenderá bien conmigo y que no me hará quedar mal, le dice aquel mismo día.

-¡De ninguna manera, hermana! No tiene que preocuparse por mí, responde Catalina.

El sacrificio está hecho en bloque. Ahora hay que rechazarlo en detalle, día tras día.

Desde que sor Dufés residía en la calle de Reuilly, a la otra parte del huerto (1868), Catalina se había quedado con las llaves, símbolo de su autoridad en la casa. Todas las noches cerraba las puertas de la calle de Picpus y se llevaba las llaves a su cuarto: ¡Guarde usted las llaves!, le sugieren las hermanas a sor Catalina.

Las tentadoras no sabrán nunca que sor Tanguy, llegada silenciosamente, había oído aquella conversación. Ella se escon­de, no aparece, mientras Catalina responde: Sí, se las entregaré esta tarde a la hermana asistente, pues es ella la que representa a la superiora.

Aquella noche sor Tanguy acecha los pasos de Catalina. Llega a sus oídos el ruido de las cerraduras, ampliado por el silencio de la noche…

Y tras la última puerta cerrada, se acercan los pasos lentos de Catalina. Deja el manojo de llaves cerca de su cama, en medio del silencio, que sólo se romperá cuando suene la campa­na a la mañana siguiente.

A1 día siguiente, en el comedor, el cubierto de sor Catalina está como de ordinario en el sitio de honor, al lado de la superiora, sor Dulés. La hermana encargada del comedor no había cambiado nada por respeto a «la antigua».

Esta no se fija al principio…, hasta que ve a sor Tanguy en un sitio más modesto. No dice nada. Pero después de la comida, se acerca a la hermana encargada, sor de la Haye Saint-Hilaire (28 años): Haga el favor de cambiar mi cubierto y poner en mi sitio a la hermana asistente… Me resulta molesto pasar a aquel lado de la mesa, añade para dar a su decisión un motivo vulgar.

Me lo dijo con tanta sencillez que habría podido engañarme, indica la interesada. Pero aquella excusa de la molestia en pasar al otro lado de la mesa era demasiado insignificante para no dejarme ninguna duda sobre el motivo verdadero: su deferencia y su humildad…

Catalina conserva su libertad de espíritu en las responsabili­dades que todavía tiene. Un día, acompañada de sor Cantel, distribuye entre los ancianos «algunas porciones que habían sobrado». Le gustaba dar con generosidad. Pasa la asistente y la reprende. Catalina se calla respetuosamente, ante la sorpresa de su compañera. Catalina la tranquiliza: No se preocupe, estoy en regla; tengo permiso.

Para sor Cantel aquello significaba la autorización de la misma sor Dufés, pero Catalina no insistió por no dejar mal a la joven asistente, frágil todavía en el ejercicio de su autoridad. Catalina la sostuvo en todas las circunstancias.

Un día de adoración, sabiendo lo mucho que le gustaría acudir a la capilla, cuenta sor Juana Maurel, le dije: -Hermana, me toca a mi quedarme de portera y a usted ir a adorar al Santísimo.

Sor Catalina respondió: Lo ha dicho sor Angélica y esto basta.

¿Hemos de aplicar al valor de estos sacrificios la reflexión que un día le hizo Catalina a sor Tanguy?: He tenido muchos sufrimientos y muchas dificultades. Alguna vez sentí ganas de pedir que me cambiaran de casa. Recé, consulté a mi confesor y me he quedado.

«Sopa de leche» y paciencia

Sor Juana Maurel (31 años), que llegó en octubre de 1875, nos presenta una nueva impresión sobre Catalina que la inició en sus primeras ocupaciones: cuidado de la ropa y del palomar.

Procedente de una familia que no la había formado en los trabajos materiales, reconoce que era poco «apta» para el pri­mer trabajo y «todavía menos» para el segundo. Pero, nos dice, «sor Catalina me ayudaba con tanta caridad que me sentía confundida».

Un día dejó morirse a un pichón. Catalina estaba apenada. Pero lo que más siente es hacerle que comprenda su error, ya que podría desanimarse.

Tiene miedo de cuidar de los ancianos enfermos. Catalina la ayuda a «superarse» y un día le dice con seriedad: Tiene que procurar hacerlo bien, pues algún día tendrá que sustituirme.

Así sucedió. Cuando le llegue la hora de retirarse Catalina, será ella la que tome el relevo.

Sor Juana se preocupa mucho por un anciano que no es católico: Le falta a usted confianza; Dios todo lo puede.

Y fue escuchada, porque antes de morir pidió hablar con el señor capellán.

Sor Maurel experimentaba el beneficio de la irradiación de Catalina: Me gustaba mucho ponerme en su sitio en la capilla, cuando ella no estaba. Una de las hermanas me lo reprochó, diciendo que era una orgullosa por ponerme en aquel sitio. A mí me gustaba estar allí pues para mí era una santa la que rezaba en aquel lugar y yo también rezaba como si estuviera sobre el sepulcro de una santa.

Otro día –cuenta también ella- me impacienté con la hermana que tenía que darme el desayuno de los ancianos. Siempre se retrasaba y aquello me impedía muchas veces estar en misa desde el principio. Estaba molesta y sor Catalina me dijo: Hay que entregarse del todo a Dios y no ir a quejarse. Es lo que ella hacía.

Lo que más impresionaba a sor Maurel era la paciencia incansable de Catalina con Blasina, «la Negra», su ayudante en la portería.

Aceptada únicamente por caridad, era muy descarada, incluso con sor Catalina. Varias veces quise ir a hablar con sor Dufes para informarle de todo y despedir a aquella mujer. Pero sor Catalina me detenía siempre, diciendo: Esa persona es incapaz de hacer nada en el mundo.

Catalina sufría también las frases hirientes de una hermana mordaz, a la que llamaban «la imbécil del asilo». Para sondear el secreto de Catalina sobre la aparición de la Medalla, aquella joven hermana lanzó un día esta frase, en plena recreación delante de Catalina que estaba cosiendo al lado de la asistente: -¡La que la vio no vio más que un cuadro!

Estas palabras no hacen más que recoger las del padre Aladel en su Notice. Pero ella lo decía en un tono escéptico y deliberadamente provocativo. Catalina levantó la cabeza instintivamente, su rostro enrojeció: Querida, la hermana que vio a la santísima Virgen la vio en carne y hueso, como usted y como yo.

Sor Tanguy, que presidía la recreación, desvió la conversa­ción. Por una vez, Catalina sorprendida estuvo a punto de traicionarse. Volvió a sumergirse en su costura con una especie de indiferencia y siguió callada. Ordinariamente se distinguía por su humilde discreción: Un día, durante la recreación, una joven hermana sostenía lo contrario de lo que decía Catalina.

Como ella seguía defendiendo su punto de vista, intervino la superiora: Veo que sostiene usted con energía sus opiniones.

Sor Catalina se arrodilló en medio del grupo y pidió perdón… -Veo muy bien que soy una orgullosa…

Al ver humillarse de ese modo a aquella hermana anciana, los ojos de sus compañeras se llenaron de lágrimas. El recuerdo más impresionante de sor Maurel fue este conse­jo sor Catalina en sus dificultades: ¡Hay que tener confianza!

2. El incógnito en peligro

El secreto de Catalina se ve acosado por todas partes. Le cuesta trabajo mantenerlo…

Por parte del seminario

Antonieta de Montesquiou de Fezensac (27 años), que había entrado en el seminario en abril de 1873, oye decir a sor Mauche, hermana encargada de la formación de las jóvenes hermanas, que la «vidente» se supone que es sor Catalina Labouré. Sor Antonieta arde en deseos de conocerla… Sor Mauche encuentra la ocasión para ello: Esta es la hermana de quien le hablé…

Feliz por aquel descubrimiento, cuenta sor Montesquiou, le mostré a sor Catalina a una compañera diciéndole: ¡Esa es!

Sor Catalina lo advirtió y me miró con severidad. Aquello me dejó desconcertada y no me atreví a mirarla.

Por parte del arzobispado

Monseñor Fages, futuro vicario general de París y por en­tonces secretario particular del obispo coadjutor, monseñor Richard, acude a Enghien con el abate Odelin para husmear en el famoso secreto. Se las ha arreglado para llegar cuando sor Catalina está de guardia. Empieza a acercarse. Pero ella lo ve venir con sus calcetines morados y enseguida «corta por lo sano, sin rodeos»: Siga usted su camino, monseñor; por allí se va… Y como insistieran los dos eclesiásticos: Les llevaré a ustedes a la Superiora. Ella les atenderá.

Sor María Luisa de la Haye Saint-Hilaire (30 años), que acoge la visita de sus amigos los condes de Avencl de Nantré, cree que puede compartir con ellos discretamente el secreto de la casa.

En el momento en que regresábamos a la puerta nos encontra­mos con sor Catalina y le dije al oído a la señora condesa: -Esa es la hermana que tuvo la visión de la Medalla milagrosa. En contra de todo lo que yo podía esperar, el señor de Avenel se volvió y se dirigió a la hermana: ¡Oh, hermana! ¿Cuánto me alegra conocerla y poder saludar a la hermana que tuvo el gran privilegio de la visión de la Medalla milagrosa?

Sin saber qué hacer, me dirigí a la señora de Avenel: Señora, ¡si supiera lo que está haciendo su marido! ihasta qué punto me molesta todo eso! La hermana no quiere que se sepa.

Con mucha sangre fría, la señora de Avenel dijo a su marido: José, estás equivocado; ¡la hermana no ha dicho eso!

Entretanto sor Catalina meneaba la cabeza y disimulaba una gran extrañeza. Aquel mismo día la superiora me llamó. Sor Catalina había estado allí. La superiora me ordenó que pidiera perdón a sor Catalina. Así lo hice enseguida: Mi pequeña, me dijo sor Catalina bondadosamente y con mucho cariño, no hay que hablar de esa manera a tontas y a locas… Y no me guardó ningún resquemor después de aquel incidente.

Según sor Desmoulins, la hermana de la Haye Saint-Hilaire habría dicho llena de confusión a sor Catalina: Hermana, me dijeron en el seminario que era la hermana del gallinero de Enghien la que había visto a la santísima Virgen…

¿Leyendo en las almas?

Catalina, que sabía ocultarse tan bien, ¿tuvo el don de leer en los corazones? Tal era la impresión que le dio a sor Darlin en una de sus visitas a su querida calle del Bac, «hacia 1875».

Estaba de guardia en el locutorio del seminario… Algunas her­manas de Enghien vinieron a ver a su postulante y empezaron una conversación animada. Había una de las hermanas un poco retirada, sin tomar parte en la conversación. Me habían dicho que era la hermana que había tenido las apariciones de la santísima Virgen… Me hubiera gustado hablar con la Venerable, pero no me atrevía. Entonces ella dejó su banco, vino a mi encuentro a la portería y me dijo mirándome con bondad: -Hermana, venga conmigo a la clase de Santa María, a rezar un Avemaría a la Virgen.

Aquella clase era precisamente de la que yo estaba encargada. Me levanté sin responder y muy contenta. Quedé asombrada de sus palabras, puesto que nunca me había visto.

Pero sor Darlin cometió el error de demostrar demasiado su fervor por la vidente que había sido tan amable con ella. Catalina se despidió enseguida.

3. La gran confidencia (primavera de 1876)

Tensión con sor Dufés

A comienzos de 1876 las notas anuales de sor Dufés sobre Catalina indican lacónicamente: Muy mala salud. No se levanta (sobreentendido: a las 4 de la mañana, la hora de las reglas).

Las dos indicaciones siguientes señalan la tensión de las relaciones entre la superiora y Catalina: «Carácter muy vivo, juicio pasable».

En otras palabras, sor Dufés no siempre está de acuerdo con ella, lo cual constituye una sombra, a pesar de su docilidad. Pero todo acaba con un homenaje sin restricciones: …»piedad sólida, cumple muy bien con su deber».El elogio adquiere aún más peso si nos fijamos en que las notas de sor Dufes son implacables. Si «cumple muy bien con sus deber», es superando los achaques que cada día se van haciendo mayores.

Empieza a decir que «no pasará este año».

Ahora se levanta algo más tarde, pero está allí, siempre al lado de los ancianos o en la portería: acogedora y discreta, en aquella pequeña «garita» en donde ha mantenido un despojo total de celda monástica.

Lo más admirable es la humildad con que soporta la severi­dad especial de sor Dufés. No solamente acoge sus reproches y domina su vivacidad que con frecuencia tiñe de rojo sus meji­llas, sino que cuando la reprimenda propiciaría levantar una barrera entre las dos, ella misma acude a renovar el contacto, como si no hubiera pasado nada. Siempre encuentra en su cabeza un permiso que pedir (de los que la superiora nunca niega), llama a su puerta y le dice: Hermana, ¿haría usted el favor de concederme tal permiso?

El contacto se ha reanudado, el permiso concedido. La superiora está satisfecha de poder haber sido generosa: esto calma su inquietud de conciencia sobre lo que le «impulsa» a probar así a Catalina. Se admira de que «el orgullo Labouré» se haya rebajado hasta ese punto. Bernadette no supo encontrar este recurso ante la madre María Teresa Vauzou.

Catalina pierde a su confesor

Aquella primavera de 1876 no es un «pequeño permiso» lo que viene a pedir Catalina al llamar a la habitación de sor Dufés: -¿Me daría usted permiso para ir a ver al padre Boré?

Se trata del superior general. -¿Nada menos que eso?

Catalina prosigue tranquilamente: Nos ha retirado a nuestro confesor, el padre Chinchon, y tengo necesidad en conciencia de dirigirme a él. Me gustaría pedirle permi­so.

Sí, a finales del año anterior el superior general descargó al padre Chinchon de todas sus actividades exteriores -incluido Reuilly- para que se ocupase exclusivamente de la formación de los estudiantes y novicios. Pero Catalina siente que su fin está próximo. Conoce bien su naturaleza y los caminos de la muerte que tantas veces ha recorrido con sus ancianos. Está deseosa de arreglar los últimos deberes de su misión, rechazados durante 40 años, pero que la siguen atormentando.

El padre Chinchon es más accesible que el padre Aladel, pero tampoco accede a unas peticiones que desbordan su competen­cia. A veces incluso se muestra severo, indica sor Cosnard: Entre los años 1864 y 1873 (no podría concretar más), el padre Chinchon humilló públicamente en una reunión de las herma­nas a sor Catalina. Le reprochó que quería hacer pasar sus sueños por realidades, y dejar en ridículo a la comunidad.

Sor Catalina permaneció humilde, tranquila, en su lugar, sin responder nada ni manifestar ningún disgusto. Era impresio­nante…

¿Quería hablar de las apariciones?… Probablemente, pero él ponía las cosas de tal manera que resultaba ambiguo. Salí de aquella reunión casi escandalizada por aquella forma de actuar del padre Chinchon. Luego pensé que querría probar la virtud de sor Catalina, ya que nunca hablaba de esa manera, pues era muy discreto.

A pesar de esta severidad, se había llegado a establecer una especie de diálogo y de confianza a medias palabras entre el confesor y la dirigida. Cuando estaba preocupado por algún asunto, el padre Chinchon le pedía: ¡Ofrezca una comunión por nuestros estudiantes y novicios! Ella iba preparando el terreno ante él para obtener lo que todavía estaba en suspenso: el altar y la estatua de la Virgen con el globo terráqueo, que había que erigir en el sitio de la primera aparición.

El padre Chinchon la escuchaba más que el padre Aladel. Las hermanas que conocían su laconismo se admiraban de sus confesiones, más bien largas, que contribuían a prolongar la espera de las siguientes.

-Sor Catalina, usted que es tan expeditiva en todo, ¿por qué necesita tanto tiempo en sus confesiones? ¿Es usted escrupulosa?, le decía una de ellas en cierta ocasión.

– Querida, cada una tiene sus problemas. ¡Y eso es todo!

Aquel foso que de pronto se había abierto entre los dos era una catástrofe.

Negativa en la cumbre

Este es el motivo de que aquel mes de mayo Catalina quisiera ir a ver al padre Boré, para que le diera permiso de dirigirse a su confesor, Sor Dufes, poco favorable al principio, acabó condes­cendiendo.

Pero la entrevista fue un fracaso. ¡No había excepciones! ¡No había que sentar precedente!

Mañana a las 10

Catalina vuelve a Reuilly, con los ojos llenos de lágrimas. Sor Tanguy se extraña, pues nunca se la había visto llorar, ni siquiera en las grandes penas familiares.

-Sin embargo, necesitaría dirigirme a ese confesor…. le dice a sor Dufés. Y añade: Ya no viviré mucho tiempo. Creo que ha llegado la hora de hablar… ¿Sabe usted de qué …?

Conmovida, sor Dufés responde: Mi buena sor Catalina, yo sé muy bien que recibió usted la Medalla milagrosa, pero por discreción no le he hablado nunca de ello…

Bien, hermana. Mañana consultaré a la santísima Virgen en mi oración. Si ella me dice que lo cuente todo, lo haré. Si no, guardaré silencio. Si la santísima Virgen me permite hablar, le enviaré aviso a las 10. Venga usted a Enghien, al locutorio; allí estaremos más tranquilas.

Sor Dufés confía este golpe de escena a sor Tanguy. Y añade: -¡Imagínese lo preocupada que voy a estar hasta mañana!Al día siguiente, Catalina le avisa. Acude corriendo. «La conversación empezó a las 10 y acabó al mediodía». Lo que maravilla a sor Dufés es ver a Catalina, de ordinario tan poco elocuente, expresarse con «precisión y facilidad».

Le cuenta las primeras apariciones: el corazón de san Vicen­te, Cristo en la eucaristía y la Virgen en el sillón el 18 de julio de 1830: estas últimas eran totalmente desconocidas; habían per­manecido en el secreto de las confidencias y en el autógrafo de 1856, ignoradas por todos.

Sor Dufés, cuya dureza con Catalina no era más que un reflejo de defensa, se siente movida varias veces a echarse a sus pies, para pedirle perdón por haberla conocido tan poco. Cree este gesto excesivo, pero no puede impedir que sus labios murmuren: -¡Dios la ha favorecido mucho!

-¡Oh!, responde Catalina, yo sólo he sido un instrumento. No ha sido por mí por lo que se ha aparecido la Virgen. Si me ha escogido a mí, que no sé nada, es para que no se pueda dudar de ella.

Aquí, como tantas otras veces, Catalina es un eco interior de san Vicente, que decía: He sido escogido porque no era nada; así nadie podrá dudar de que unas cosas tan grandes son la obra de Dios.

La Virgen con el globo

Catalina llega al punto tan difícil que le atormentaba «desde hacía mucho tiempo»: la santísima Virgen tenía un globo en las manos. Ninguna imagen la representa así. El padre Aladel se negó siempre a ello.

Sor Dufes está perpleja. ¿Qué novedad es ésta? ¿Y cómo compaginar esa imagen con la de la Medalla: la Virgen con las manos abiertas? Verdaderamente Catalina se pasa de raya: ¡Dirán que está usted loca!

-¡Bah…! ¡No será la primera vez! ¡El padre Aladel me trató de «mala avispa» cuando insistía en ello!

Sor Dufés comprende el sentido: es un gesto de Madre y Reina del universo. Nuestra Señora protege y ofrece a Dios ese globo de la tierra. Pero está desconcertada: ¿Pero qué ha pasado con esa bola?, pregunta, por no poder ajustar las dos imágenes.

-Yo no vi más que los rayos que caían de sus manos, responde evasivamente sor Catalina.

Sor Dufés está cada vez más perpleja: ¿Pero qué pasará con la Medalla, sí se publica esto? ¡0h! ¡No hay que tocar la Medalla milagrosa!

Sor Dufés insiste: Pero si el padre Aladel se opuso, es que tendría sus razones… -Ese ha sido el martirio de mi vida, confía Catalina, que no puede resignarse a esa omisión.

– ¿Y conoce usted a alguien que pudiera confirmar su relato? -Conozco a sor Grand. Entonces estaba en la Secretaría. Ahora está de superiora en Riom. Trabajó con el padre Aladel.

Aquella misma tarde sor Dufes, impresionada por la confi­dencia, se la confía a sor Tanguy. Se siente seducida, pero también perpleja por aquella diferencia, por la aparición misma, e incluso por la Medalla. ¿No estará perdiendo facultades Catali­na en los años de su vejez?

La superiora recuerda algunos detalles que mantuvieron su perplejidad y su agresividad frente a la vidente. En tiempos del padre Etienne, poco después de la Comuna, Catalina tuvo la idea de que «a metro y medio de profundidad» se encontraría «una piedra lisa como una lápida», indicó sin comprender sor Dufés, «con la que poder construir una capilla» o mejor dicho «una iglesia». Ella pensó en un tesoro y el extraño complimiento de las predicciones de Catalina durante la Comuna le movió a concederle cierto crédito y a hablar de ello con el padre Etienne. Decidieron excavar. ¿Dónde? Catalina en esta ocasión se sintió más embarazada. Las excavaciones fueron inútiles. Volvieron a comenzar con el padre Boré. No encontra­ron más que un pozo tapado, que habría obligado a ahondar hasta 18 metros bajo tierra.

-Hermana, usted está equivocada, le dijo secamente sor Du­fés.

Catalina no discutió. Respondió humildemente: Bien, hermana; me he equivocado. Creía que estaba en lo cierto. Me alegra mucho saber que ahora se ha descubierto la verdad.

¡Pero qué preocupación y cuánto esfuerzo baldío en aquellas excavaciones inútiles!

¿Se engañaría también ahora Catalina? Para verificarlo, sor Dufés escribió a sor Grand. La respuesta se hizo esperar. Sólo saldrá el 24 de junio. Confirma la extraña versión de Catalina: Sí, mi buena sor Dufés, nuestra dulce Reina se apareció llevando la bola del mundo en sus manos virginales y benditas, calentán­dola con su amor, teniéndola sobre su corazón misericordioso y mirándola con inefable cariño. Tengo incluso un boceto, proyec­tado hace mucho tiempo, que la representa de ese modo.

Sor Grand añade una defensa calurosa, pero poco clara, para armonizar las dos visiones con y sin el globo.

La vidente y el escultor

Ante esta confirmación sor Dufés lleva a Catalina a la calle del Bac, después de un «almuerzo anticipado». Y «durante la comida» de la comunidad, la condujo a la capilla. Allí hizo que le indicara el lugar exacto en donde erigir la estatua y el altar: al lado derecho según se mira al altar, en donde está el cuadro de san José. Sor Dufés somete esta petición a los superiores. Imposi­ble. Aquello supondría dos estatuas de la Virgen y suscitaría dificultades en los de arriba. Pero no hay nada que impida realizar un modelo para la casa de Reuilly, a título privado.

Sor Dufes se cuida de ello. Sólo Chevalier (desde 1878) ha señalado, según indicaciones de sor Dufés, algunos rasgos con­cretos de su descripción: Ni demasiado joven ni demasiado sonriente, sino con una grave­dad mezclada de tristeza, que desaparecían durante la visión, cuando el rostro se iluminaba con destellos de amor, sobre todo en el momento de su oración.

Sor Dufés ordena hacer la estatua a Froc-Robert y envía a Catalina al taller para examinar el boceto. Su seguridad y sus críticas ponen alerta al escultor: ¿Es ésta la hermana de las apariciones?

Esto basta para acortar el diálogo… Catalina se eclipsa con el aspecto aturdido que adopta en estas ocasiones. Esta interven­ción de la campesina ante el artista suscita la sonrisa de su compañera: ¿Pero en qué se mete esta mujer? ¿Habrá perdido la cabeza? Catalina no puede ocultar su decepción. No, no es eso. Sor Dufés le hace recorrer los almacenes de San Sulpicio para intentar descubrir al modelo imposible. Sin éxito alguno.

Unas semanas más tarde llevan la estatua a Reuilly. Sor Dufés no la pone en la capilla, sino que discretamente la manda llevar a su despacho. Invita a venir a Catalina. Ella la mira atentamente. Se han ejecutado escrupulosamente muchos de los detalles de su descripción: el globo dorado coronado por una cruz, «la serpiente verdosa» bajo los pies de la Aparición. Pero no demuestra ningún entusiasmo. Se muestra más bien desde­ñosa. Un tanto decepcionada, sor Dufés le dice: No hay que ser demasiado exigente. ¡Los artistas de la tierra no pueden realizar lo que no han visto!

El final del martirio

La confidencia y la realización de la estatua son para Catali­na un gran alivio y le traen una gran paz. Las heridas se cicatrizan. Aquel signo inesperado le da esperanzas de que algún día el modelo ocupará un sitio en la capilla.

¿Qué importancia?

Responsable ante Nuestra Señora de lo que se había omiti­do, Catalina se siente ahora descargada, dispuesta a la partida que siente ya próxima. Cuando su cuerpo la abandona, la serenidad de las profundidades aflora en la superficie. Su ancia­nidad se convierte en un bello otoño. Pero la campesina sabe muy bien que estos últimos gozos anuncian el invierno y la muerte. No le asusta ver cómo se acerca. Se abandona a aquel encuentro desconocido como si fuera un viaje hacia la persona amada.

Lo que venga ya no le importa. El cielo y los superiores velarán por ello.

¿Qué importancia tenía la realización complementaria de esta Virgen con el globo? Es difícil medirla. Esta estatua no ejerció ni mucho menos una influencia comparable a la de la Medalla milagrosa, que llegó a su hora para despertar en la Iglesia una nueva primavera de carismas y de conversiones. Si el padre Aladel no había sido escrupuloso en los detalles, había respetado ciertamente lo esencial: la invocación, la representa­ción más clásica de la Inmaculada Concepción y los rayos de las manos, símbolo nuevo de la luz de Dios a través de Aquella que engendró al Verbo.

Pero era legítimo que Catalina desease ver representado este elemento complementario, que procede también de una tradi­ción.

Tocamos aquí la relatividad de las visiones. La Iglesia ha insistido siempre en ello, subrayando el contraste entre estas revelaciones privadas y la revelación evangélica. Aquellas no son más que un carisma particular, destinado a despertar la esperanza.

«Es la última vez»

Sin ninguna ansiedad Catalina repite cada fiesta litúrgica lo que se convierte ya en un estribillo: Es la última vez que celebro esta fiesta

Se diría que chochea, porque aparentemente no decae su salud. Pero ella persevera en su idea. Insiste el 15 de agosto, fiesta de la Asunción, cuando recibe a María Antonieta Duhamel, con sus dos pequeñas:

Le da unas estampas como recuerdo de la primera comunión a la mayor (cuenta María Antonieta). Le dije que no urgía, porque hasta el año siguiente no tendría que hacer la primera comu­nión. Ella me respondió: ¡Mi querida hija!, el año que viene ya no estaré yo aquí.

-Pero la haré pronto, insiste Marta: el mes de mayo que viene haré la primera comunión.

-Lo sé. Pero ya no estaré yo. Prefiero dártelas enseguida.

Y le regala una estampa que representaba a una primera comulgante y otros varios recuerdos.

María Antonieta Duhamel insiste: -¡Pero si está usted tan bien como siempre!

-¡No queréis creerme!, dice tranquilamente sor Catalina sin abandonar su convicción… ¡Ya veréis!

El 8 de septiembre la visita Felipe Meugniot. No sabe que es la última vez. Sor Dufés le revela el secreto de Catalina. El lo ignoraba. No se atreve a hablar de ello con su tía, extrañado de verla siempre tan discreta.

Le molestan el corazón y la respiración. Permanece sentada en la cama. Impresiona su calma y su tranquilidad, «dispuesta a presentarse ante Dios». Evoca jocosamente su descanso forzoso (que tanto le cuesta): Aquí estoy como una reina…

Bernadette usará esta misma comparación en una carta de 1876 a la madre Sofía Cresseil.

A finales de septiembre sigue todavía acostada.

Sor Henriot viene a verla y la atiende cuando está ausente la enfermera habitual: Rece por mí, le suplica.

-Piense en mí, y yo rezaré por usted, le responde Catalina. El siguiente mes de marzo sor Henriot se acordará de esta promesa. Acudirá a la tumba de Catalina, para pedirle por una hermana muy enferma. Y aquella hermana se curará.

4. Un otoño radiante

Ocaso

En octubre Catalina se levanta. El ocaso es lento: «debilidad, flojera, ancianidad, desgaste, agotamiento», dicen los testigos. Ya no rige su cabeza, dicen quienes la ven bajar. Cosas peores dijeron de Nuestro Señor, confía Catalina, que conserva bien el oído y unos grandes ojos azules detrás de sus gafas de hierro.

Su corazón está débil, su respiración es fatigosa. Le ponen sanguijuelas en los riñones para aliviarla.Su paciencia au­menta con sus dolores de piernas.

Sor Combes se admira de verla «todo el tiempo, como si no sufriera». Cuando se le nota el sufrimiento y alguien le expresa su pena, dice: Dios se merece que suframos un poco por él.

Últimas actividades

Ya dejó de encerar el suelo con la pesada «galera».Luego la dispensan de los cargos regulares. Pero, cuando puede levan­tarse, acude a la portería. Hace pequeñas coladas. Repasa la ropa de los ancianos y vela por su alimentación, cuyos proble­mas conoce muy bien después de 46 años. ¡Que se le dé a cada uno lo que necesita!

Pone a las jóvenes al corriente de las tareas que va dejando. «En los últimos meses de 1876», sor Cabanes, encargada de la cocina, «la ve venir todos los días, antes de la comida, a ver si todo está bien» y la pone al corriente de los pequeños detalles «con mucha bondad».

-Así es como yo lo hacía, dice Catalina, y como lo hacía la que trabajaba antes que usted. Si tiene algún problema, continúa, no se asuste. ¡Yo también los he tenido!

El 30 de octubre de 1876 toma la pluma para escribir la confidencia que le había hecho Nuestra Señora, sentada en su misterioso sillón, en la calle del Bac: Hija mía, Dios quiere encargarte de una misión….Por aquellos mismos días dice a sor Millon: Moriré antes del año próximo y no tendrán necesidad de ningún carro fúnebre para llevarme al cementerio.

-Usted bromea, sor Catalina.

-¡Ya lo verá usted, querida!

Retiro de noviembre

El 5 de noviembre de 1876 Catalina se encuentra bastante fuerte para ir a hacer los ejercicios a la casa madre. La llevan en un coche. En medio de una decoración dorada de hojas de otoño, se muestra valiente. Sigue todos los actos. Se queda de rodillas como las hermanas más jóvenes, a pesar de su artritis tan dolorosa y de sus rodillas hinchadas. Rehusa incluso un cojín que le ofrecen para aliviarle.

También en esto llama la atención su obstinación: Son mis últimos ejercicios espirituales, le dice a sor Pineau.

Nadie la cree. Coquetería de vieja, que intenta llamar la atención de los demás… Pero ella dice eso con toda sencillez. Al llegar, visita a su hermana mayor, María Luisa. No le gusta verla en la cama, a pesar de sus ochenta años: Te escuchas demasiado. Creo que, si quisieras, podrías levan­tarte.

No es ella precisamente la que carece de compasión con los enfermos. Poco tiempo antes, al ir a visitar a un hermano enfermo en el hospital Lariboisiére, se había apresurado a bajar ella antes del coche para ayudar a bajar a su hermana mayor. Pero con las prisas se había dislocado la muñeca. Aquello no la había impedido mostrarse alegre en la visita, con su mano vendada… Pero Catalina, que conoce ahora la vejez, sabe muy bien lo que cuesta cada mañana levantar los huesos viejos… No es lo mismo que en Fain, cuando eran jóvenes…

Esta vez habla sobre todo con sor Cosnard, su antigua compañera de Reuilly de 1864 a 1873, que ocupa ahora un puesto en el seminario. Hay un verdadero sentimiento de com­prensión entre ella y sor Catalina, que espera hacer que pase por medio de ella el mensaje de Nuestra Señora, todavía poco conocido…

Sor Cosnard es de las que «saben». Interior y discreta, aunque ardiente, sabe compartir en profundidad. Llega de este modo a hacer que Catalina hable de las apariciones, a medias palabras, sin que se descubra ella misma. Puede entonces confiarle el mensaje que lleva dentro del corazón: Cuando se le apareció a UNA DE NUESTRAS HERMANAS, la santísima Virgen llevaba el globo del mundo en las manos… Se lo ofrecía a Dios. Ninguno de los grabados de las apariciones la muestra de este modo. Pero ella lo quiere. Y quiere un altar en el sitio en donde se apareció.

Todo esto a propósito del seminario y a propósito de la formación de las hermanas. Catalina lamenta que algunas de ellas ni siquiera lleven la Medalla y que la capilla de la calle del Bac siga sin abrirse a las peregrinaciones…

El último día (14 de noviembre) Catalina le Cosnard: Lléveme al seminario.

En aquella hora de recreo, cuando no hay nadie allí, quiere volver a ver por última vez los dos cuadros de las apariciones pintados por Lecerf en 1835, los primeros y los pintados con más esmero para conmemorar el mensaje en la casa de las hijas de la Caridad. Catalina se arrodilla y reza. Luego se levanta (no sin esfuerzos) y contempla largo tiempo aquellas pinturas que Aladel le había enseñado hacia 31 años. Se retrasa. La campana señala el final del recreo. Las jóvenes hermanas regresan al seminario. Espían a la visitante de ojos azules. Una de ellas lo adivina: ¡Oh! ¡Es la hermana que vio a la santísima Virgen! Catalina se le vuelve: Está bien, hermana, está bien, dice secamente.

¿Sería acaso todo ello una trampa para «mostrarla»? ¿Ha­bría manifestado sor Cosnard su secreto? Parte bruscamente y vuelve a Reuilly sin despedirse de ella. Sor Cosnard se preocupa. ¿La creerá culpable Catalina? ¿Estará molesta? ¡Qué triste final para un encuentro tan hermoso!

¡Estas son nuestras perlas!

A pesar de este incidente, la estancia en la calle del Bac le ha venido bien a Catalina. Ha reanudado sus tareas valientemente. El 24 de noviembre, víspera de la fiesta de santa Catalina, sor Tranchemer que procura tenerla contenta le lleva a los niños para que la feliciten. Catalina está de rodillas ante la fuente del patio. Está lavando, ella sola, las sillas de los ancianos, las sillas horadadas que utilizaban para sus necesidades nocturnas en una época en que no había retretes en los pisos. No era aquello precisamente un bonito espectáculo. Los niños se tapan la nariz. Ella se sonríe ante su sorpresa: Hijos míos, para las hijas de la Caridad ¡éstas son nuestras perlas!

Se lava las manos, se quita el delantal, y toda limpita: -¡Ahora, venid a que os abrace!

Era algo raro, ya que -nos cuenta en otra ocasión sor Tranchemer- Catalina «no solía abrazar a los niños, sino que se inclinaba y les hacía una ligera caricia». Pero los días de fiesta la tradición campesina dice que hay que abrazarse.

Sed buenos y obedientes y la santísima Virgen os querrá mucho. Le rezaré por vosotros, les dijo antes de reanudar su tarea. El 30 de noviembre muere Augusto, el «hermanito» enfermo de Catalina, al que había cuidado durante su juventud. Toda su vida había estado lisiado, a cargo de unos o de otros. El 7 de septiembre de 1867, uno de sus hermanos lo había ingresado en la Cartuja de Dijon, el asilo de la provincia, en la carretera de Plombiéres. Después de 9 años de internado se lo llevo una pneumonía. Hacía mucho que no lo había visto Catalina. El benjamín de la familia tenía 67 años.

Última fiesta de la Inmaculada

El 5 de diciembre, sor Dufes la da la alegría de llevarla a la casa-madre para celebrar la fiesta de la Inmaculada Concep­ción. Sor Cosnard se aprovecha de la ocasión después de la despedida brusca de los ejercicios…

Estaba un poco enfadada conmigo, convencida de que era yo misma la que había provocado la exclamación de las novicias­ nos cuenta-. Nos abrazamos en señal de reconciliación, sin darnos ninguna explicación.

El secreto de Catalina es aireado cada vez más. Pero evitan provocarla. El fervor alrededor de ella sabe guardar las distan­cias.

¿Habrá que ayudarle a subir al coche? Cuando deja la casa­madre, se cae y se disloca la muñeca. No dice ni palabra. Nadie se da cuenta. Mal que bien, rodea al brazo dolorido con su pañuelo: ¿Qué le pasa, sor Catalina?, le pregunta sor Dufes.

Ella le muestra su muñeca enfundada, sosteniéndola con la otra mano, y responde jocosamente: ¡Ay, hermana! ¡Ya tengo mi ramillete! Todos los años la Virgen me obsequia de esta manera.

Catalina recibe como un regalo las dichas y las desdichas. La confidencia le impresiona a sor Charvier. Y exclama: -¡Pues sí que 1e cuida bien a usted la Virgen! ¡No vale la pena que se moleste usted en ir a visitarla a la casa-madre! Catalina le responde con mucha calma: Cuando la santísima Virgen nos manda un sufrimiento, es un regalo que nos hace.

Sí, ¡para Catalina todo es gracia!

5. Cuando llega el invierno

Para Catalina el ocaso se acentúa. La muñeca le impide sus actividades. Tiene que guardar lecho con frecuencia, pero se levanta siempre que puede; cansada, pero sin rendirse; ani­mosa sin desfallecer. Su desgaste sólo necesita pequeños cui­dados.

«Lo que usted quiera»

No resulta difícil atenderla en la comida. Come cada vez menos. Por la mañana no puede tomar nada. Por la noche, cuando se le pregunta qué es lo que quiere, responde: Lo que usted quiera. Si insisten, concluye invariablemente: Unos huevos revueltos.

¿Golosa?

Pero un día cambia de estribillo; se siente débil, no ha comido nada hace unos días y el deseo de recobrar las fuerzas le da la idea de pedir… ¡Una manzana cocida!

Ella, que parece de ordinario indiferente, espera con ansia una manzana que tarda en venir. ¿Tiene hambre? Sí, un ham­bre repentina de moribunda, el sobresalto de un organismo agotado.

-Cómo una hermana que se dice que ha visto a 1a Virgen se pone ahora a desear estas golosinas?, exclamó sor Tanguy.

Dice esto delante del padre Chinchon, el antiguo confesor, que sale enseguida en su defensa: Hermana, podría citarle a un santo canonizado (el testigo se ha olvidado del nombre) que pidió fresas en su lecho de muerte.

Como todos los enfermos debilitados, Catalina siente a veces la necesidad de alimentos más reconfortantes. En estos últimos tiempos no podía tolerar nada por la mañana; se mantenía tomando por la noche un poco de «caldo, de leche, de tisana, o con algunas uvas pasas»

No pensaría seguramente en que aquellos menudos detalles serían pronto explotados de forma sospechosa en el proceso de canonización. El abogado del diablo, extrañado de aquellas inclinaciones naturales en una candidata a la santidad, se preguntará si no había sido la glotonería el demonio de sus últimos días. Así pensaba el padre Hamard, lazarista, cuyo espíritu crítico y bromista se divertía en deshacer algunos entusiasmos que le parecían excesivos: Sor Catalina era una buena mujer, decía a las hermanas de Reuilly, pero se dejaba llevar en su enfermedad de cierta sensualidad. Sor Lenormand se creerá obligada a referir estas palabras en conciencia, porque ha jurado decirlo todo bajo juramento. El necesitará largas disertaciones para disipar aquellas críticas tan superficiales. Esto logrará situar exactamente la modestia de los deseos de Catalina, siempre conformes con las reglas de san Vicente y comparables con las apetencias, a veces más refina­das, de algunos santos en su última enfermedad. Veinte años más tarde, en el verano de 1896, Teresa de Lisieux expresará en su lecho de muerte deseos de alimentos más costosos: asado o pastelillos de crema y chocolate.

La santidad no excluye inocentes deseos naturales ni la sencillez del corazón.

Una enfermera negligente

Catalina ha debido runrunear alguna vez porque su negli­gente enfermedad, sor María, se olvidaba de llevarle la comida cuando la «decana» enferma no podía bajar al comedor. Pero Catalina no se habría quejado por un imperio. Entonces ella buscaba lo que podía. De ahí sus comidas frugales y fuera de orden, que han sido consideradas como superfluas.

La asistente, sor Tanguy, tuvo que reconocerlo, lo mismo que sor Olalde: Catalina no se quejaba y lo soportaba todo… Cuando me di cuenta de lo que pasaba, quise saber qué es lo que la Venerable pensaba de ello. Ella me respondió con calma y con sencillez: -Sor María no es muy trabajadora.

Un tanto abandonada, sin quejarse, Catalina tendrá que oír reproches muy vivos, incluso de sor Tanguy. Sor Cabanes nos cuenta: Yo misma vi a la asistente de la comunidad hacer a sor Catalina reproches bastante vivos por haber dejado de tomar las medici­nas que le llevaba la hermana de la farmacia, cuando estaba enferma y acostada… Ella no se excusó y guardó silencio… Al salir la hermana asistente, sor Catalina se volvió hacia mí y me dijo con mucha dulzura: No la he visto en todo el día, ¡y ya ve cómo me trata cuando llega!… ¡Había tomado las medicinas!

Un día sor Tranchemer vio que estaba sin fuego, en pleno diciembre: Seguramente tendrá frío, sor Catalina. Voy a encender… -No, déjelo. ¡Eso no es nada!

Todo es gracia para Catalina en aquellas largas noches sin electricidad.

A mediados de diciembre, dice sor Maurel, no podía tomar nada, tan estropeado tenía el estómago… Apenas podíamos hacerle tomar un poco de caldo a eso de las nueve de la mañana.

El 18 de diciembre sor Cessac, postulante que se marchaba al seminario, fue a despedirse de ella:

Estaba muy tranquila y me dijo: Yo me voy al cielo.

Iré a Reuilly

El 20 de diciembre sor María Thomas la encontró de buen humor: ¡Oh! ¡Qué buena es la superiora!, exclama Catalina.

Sor María se extraña al oír aquello, después de su estribillo tan conocido sobre su muerte, «antes del año próximo»: No se necesitará coche fúnebre.

Sor María exclama: ¿Y qué vamos a hacer con mi corpachón tan grande? Ella contesta: Será de este modo: iré a estar con vosotras, en Reuilly. Y añade: No se necesitarán cintas.

Se refería a lo que entonces llamaban «cordones mortuo­rios», las cintas que los amigos llevaban ceremoniosamente en los cuatro ángulos del coche fúnebre.

Sor Thomas se apresura a contarle a sor Dufés todas estas extrañas ideas: Guárdese eso para sus adentros, le responde ella.

La mariscala y otras visitantes

Catalina está en cama de ordinario. Esto atrae una pequeña corriente de visitantes, los que «saben», y especialmente la mariscala de Mac Mahon. Catalina le entrega algunos rosarios y medallas. Pero Leonia Labouré, que ha venido a visitar a su tía unas semanas antes de su muerte, no tiene permiso para subir al dormitorio. Catalina tampoco está en condiciones de bajar.

Entre las visitantes de cada día, además de sor Tranche­mer,está sor Charvier que atestigua: Yo iba a verla todos los días y a veces incluso varias veces al día. Le llevaban la comunión de vez en cuando… Un día le pregunté por qué no solicitaba ese favor con mayor frecuencia. Y ella me contestó: Cuando me traen al buen Dios, estoy contenta. Pero prefiero hacer lo que hace todo el mundo. No quiero distinguirme en nada de las demás.

También la veía muchas veces sor Cabanes. Iba a visitarle cada día, desde que empezó a guardar cama. Le decía: ¡Mí buena hermana!, ¡está usted muy sola! Ella me respondía:

Vaya usted adonde tenga que ir; no puedo quejarme do nada. Tengo todo lo que necesito.

Finalmente, el confesor

Superadas todas las impaciencias, Catalina ha expresado sin embargo un deseo: volver a hablar con el padre Chinchon, el confesor que le han negado desde el año pasado, después de haber tratado con él durante un cuarto de siglo muchas cosas… Es una petición serena. Ahora que se ha confiado a otras personas, Catalina se siente más allá de todas las heridas. Se trata de una última conversación, de un encuentro, de una despedida.

El 29 de diciembre sor Tranchemer le hace también la última visita, mientras sor Dufes estaba velándola. Le impresio­na la serenidad de su rostro.

Unción de los enfermos

En los últimos días de diciembre Catalina pide la unción de los enfermos. Parece prematuro. Pero como empieza a debilitar­se, le proponen ir a buscar a un sacerdote cercano, de entre los padres de Picpus.

-Puedo esperar a que llegue el lazarista que viene a confesar… ¡Toda una paradoja! Aquel lazarista es el padre Hamard. ¡Catalina recibe los últimos sacramentos por el ministerio de aquel que habría de ser el más peligroso abogado del diablo cuando empiece el proceso de canonización, no por hostilidad desde luego, sino por su tendencia a la paradoja!…

La rodean varias compañeras: Les pido perdón por todas mis faltas con ustedes, les dice Catalina según la costumbre.

Recibe con plena lucidez la unción en cada uno de los cinco sentidos, empezando por sus azules ojos: Que el Señor te perdone todos los pecados que has cometido por la vista…

Las fórmulas encierran algo paradójico ante aquella mirada transparente. Catalina renueva con aquella ocasión sus votos con un fervor sereno.

Última confidencia

El 30 de diciembre la visita sor Cosnard. Están allí otras varias hermanas. Después de la reconciliación del 8 de diciem­bre, a la visitante le gustaría una conversación más íntima. ¿Pero cómo lograrlo? Se acerca al lecho y murmura: Sor Catalina, ¿va usted a dejarme sin decirme una palabra sobre la santísima Virgen?

Catalina le pide que se acerque, muy a su lado, indica sor Pineau. Ella se inclina. Le habla al oído. Las demás no pueden escuchar nada.

Sí, Catalina tiene algo que decirle a sor Cosnard, porque ella es hermana «de oficio», encargada de la formación en el semina­rio. Alberga en su corazón unos deseos inmensos, y también algunas quejas, por las dos familias de san Vicente: Procure que recen mucho. Que Dios inspire a los superiores honrara María Inmaculada. Ella es el tesoro de la comunidad. ¡Que se rece bien el rosario! Si se aprovechan de ello…, las vocaciones serán numerosas.

Ante la disminución que se observó entre 1860 y 1870, habría añadido: Seguirán disminuyendo si no son fieles a la regla, a la Inmacu­lada Concepción, al rosario… ¡Ya no somos bastante servidoras de los pobres!

Se acuerda de las hermanas jóvenes a las que ha ayudado a vencer las repugnancias; muy recientemente, de la que la ha sustituido, sor Maurel: Convendría que las postulantas fueran a los hospitales, para aprender a SUPERARSE.

Y se interrumpe, por miedo a excederse de su misión: Pero no me toca a mí hablar. ¡Es el padre Chevalier (el director de las Hijas de la Caridad) el que tiene misión para esto! ¿Se acuerda de la hermana que la había tratado de ingenua y que buscaba obras de mayor relieve? Añade: Se ha elevado demasiado a las hermanas jóvenes, en vez de seguir manteniéndolas en la humildad. ¡Que escuchen a las hermanas antiguas! ¡Que aprendan el espíritu de san Vicente!… La santísima Virgen ha prometido sus gracias siempre que se rece en la capilla; sobre todo la pureza de espíritu, de corazón, de voluntad… El puro amor.

Oración de los agonizantes

Aquel día se rezó alrededor del lecho de Catalina, que iba empeorando, la oración de los agonizantes. Lo había pedido ella misma: ¿No siente usted miedo de morir;, le pregunta sor Dufés. Los ojos azules de Catalina parecen extrañarse como un firmamento sin nubes: ¿Por qué he de tener miedo de ir a ver a Nuestro Señor, a su Madre y a san Vicente?

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