Vicente de Paúl y Luisa de Marillac. Cuál fue su relación (V)

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  1. UNA AMISTAD FECUNDA (1642-1660)

A lo largo, pues, de 17 años (1642-1660), Vicente de Paúl y Luisa de Marillac caminarán juntos, aprendiendo a conocerse, a estimarse, a respetarse. La amistad que ahora les une, y que van a vivir en los 18 años finales de su existencia, yo la señalaría con tres palabras: libertad, participación, fuerza.

LIBERTAD

La libertad, esa independencia de espíritu que no está domi­nada por el temor o el miedo, ni tampoco por los prejuicios, forma la base de las relaciones entre Vicente de Paúl y Luisa de Marillac. Ella les permite, en toda sencillez y verdad, expresar sus pensamientos, dar sus avisos, cada cual seguro de la acogida del otro. Libertad que adquiere cuerpo por la aceptación de la propia responsabilidad, y que despierta la confianza mutua.

Luisa de Marillac, quien teme a menudo, ocasionar trastorno al señor Vicente, le escribe en 1644:

La confianza que nuestro buen Dios ha puesto en mi cora­zón hacia su caridad supera el temor que muy justamente debe­ría tener de hacerme importuna (SLM, 124, c.120).

Fórmulas semejantes brotan una y otra vez de su pluma, así al concluir una carta de 1655:

Pido muy humildemente perdón a su caridad por la libertad que me tomo de hablarle con tanta llaneza (SLM, 462, c.496).

Esta libertad de expresión se manifiesta día a día en la mane­ra como trata sobre la vida de las Hijas de la Caridad. Las deci­siones que se tomen estarán transidas de la luz del evangelio y la de la propia reflexión. Propone Luisa cambios que le parecen necesarios en Chars, donde el párroco jansenista se muestra muy exigente:

Desde ayer se me ha venido al pensamiento proponer a su caridad si le parecería acertado, para no tener tantos choques con el cura de Chars, enviar allí a Sor Juana Cristina en lugar de Sor Turgis, y reservar a Sor Jacoba para Chantilly, porque preveo que vamos a tener que sacar también de Chars a la que allí queda (SLM, 240, c. 235)

Vicente de Paúl somete al juicio de Luisa la carta que ha escrito al Abad de Vaux, consejero espiritual de las Hermanas en el hospital de Angers:

Le he escrito al señor abad de Vaux que se comprometió usted verbalmente a proporcionar hermanas a ocho lugares antes de poderle enviar algunas a él. Vea entonces si no estará esto en contradicción con lo que usted le dice (SVP, V 57).

En 1650, la marquesa de Maignelay viene a pedir el envío de dos Hermanas a la parroquia de San Roque. El caso apura, la marquesa desea tener las dos Hermanas al día siguiente. Luisa reacciona con reticencia, y expone las razones al señor Vicente, quien no osaría decir que no a la hermana del antiguo General de las Galeras, Felipe Manuel de Gondi:

A esto se oponen dos dificultades, una que es necesario pro­poner a usted las que tendríamos que enviar y presentárselas para que las conozca, las que, antes de marchar; tendrían que hacer Ejercicios espirituales; la otra dificultad es que esa muchacha que se quedó allí y al presente está casada, vive en la misma casa en que tienen que residir las Hermanas y que su vecindad es un peligro para nosotras. Le suplico humildemente se tome la molestia de decirme lo que debo hacer en esta oca­sión para no descontenten a la marquesa ni perjudicarnos. (SLM, 314, c. 320).

Vicente y Luisa no desean ni influenciarse, ni que prevalezca el perecer propio, ni mucho menos hacerse valer. Juntos buscan, desean que el papel desempeñado dé un paso por una humanidad mayor para con todos aquellos a los que sirven, y sea al mismo tiempo anuncio de Jesucristo. Es este carácter tan desinteresado de su amistad lo que les permite expresar con toda libertad el propio pensamiento.

Cuando se leen los Consejos de la Compañía, donde se estu­dian los diferentes problemas, sorprende a uno el ver las opinio­nes, a veces opuestas, de Vicente y de Luisa. A ésta le parece necesario recibir niños en las escuelas de las aldeas: las niñas no pueden acudir, pues se les encomienda el cuidado de sus herma­nos. Vicente de Paúl es taxativo: la escuela mixta está prohibida, tanto por el rey como por los obispos.

Luisa de Marillac querría sacar del hospital de Nantes a las I lijas de la Caridad, pues encuentran allí tal oposición, tales crí­ticas, que les es difícil servir a los pobres enfermos. Al parecer, Vicente de Paúl no quiere oponerse al obispo La conquista de la libertad personal pasa por la toma de conciencia de las propias reacciones, tendencias, motivaciones en una elección. Juzgarse con equidad es siempre difícil. La verdadera amistad jamás busca el dominar o convencer; más bien permite, merced a la confrontación de ideas, de puntos de vista, un ahondamiento mayor en el conocimiento de sí. Luisa de Marillac desea esta relación, que diferencia y hace crecer:

Yo le suplico muy humildemente, señor, que las debilidades de mi espíritu que le he hecho ver no induzcan a su caridad a la condescendencia, haciéndole pensar que deseo acceda usted a mis pensamientos, porque esto está completamente alejado de mi voluntad y no experimento mayor placer que cuando razona­blemente me veo contrariada, concediéndome Dios casi siempre la gracia de apreciar la opinión de los demás mucho más que la mía, muy especialmente cuando se trata de su caridad, ya que entonces tengo la seguridad de ver con evidencia la verdad, aun en asuntos que durante algún tiempo me habían resultado ocul­tos (SLM, 334, c. 345)

PARTICIPACIÓN

Cuanto más se tratan Vicente de Paúl y Luisa de Marillac, tanto más descubren su complementariedad. Comparten, no sólo de sus puntos de vista sobre los acontecimientos, la vida de la Compañía de las Hijas de la Caridad, sino que se comunican ade­más lo mejor que tienen, toda la hondura de su ser. El mutuo enriquecimiento que de ahí fluye presupone un largo proceso, cual sucede a toda germinación.

Poco a poco, Vicente de Paúl comunica a Luisa de Marillac la bondad de su mirada dondequiera recae, su paz profunda. Ha sido frecuente testigo del temperamento vivo y rápido de la superiora de las Hijas de la Caridad, de sus juicios algo severos. No vacila­rá en decir delante de todas las Hermanas, durante la conferencia sobre las virtudes de Luisa de Marillac:

Por eso a veces en la señorita Le Gras aparecían algunos rasgos de mal genio. Pero aquello no era nada y me costaría mucho reconocer que había pecado. Lo que pasa es que tenía gran firmeza (SVP, IX, 1223).

Lenta, pacientemente Vicente lleva a Luisa a vivar en paz, a variar su mirada, a asemejarse a Jesús, manso y humilde de cora­zón. Así cuando las jóvenes marchan, abandonan la vocación, la superiora de la Compañía lo acusa dolorosamente. Es severa en el juicio de esas Hermanas, y a la vez se reconoce culpable de no haberlas sabido ayudar. El señor Vicente la tranquiliza:

Es usted demasiado impresionable por la salida de sus hijas. En nombre de Dios, señorita, esfuércese en adquirir la gracia de la aceptación de tales momentos. Es una misericordia de Nuestro Señor con la Compañía el que la purgue de esta mane­ra, y esto será una de las primeras cosas que Nuestro Señor le hará ver en el cielo (SVP, III, 436).

Cuesta a ciertas Hermanas el adquirir la competencia nece­saria para enseñar el catecismo, hacer una sangría; otras no hacen el esfuerzo necesario a esta formación, que encuentra ella demasiado dura. Luisa se pregunta entonces si deben con­tinuar en la Compañía. El señor Vicente apela a su paciencia y discernimiento:

Sobre el deseo que tiene usted de deshacerse de las herma­nas inútiles, no acabo de entender de qué inutilidad se queja usted; si es de las que no valen o no saben actuar después de haberlas ejercitado durante algún tiempo y no tienen efectiva­mente ninguna cualidad y ninguna esperanza de enmienda, hará usted bien en despedirlas; pero si es de las que no están aún bien preparadas para las ocupaciones de la Caridad, y por eso no pueden dedicarse a ellas, o están impedidas por alguna enfermedad de la que pueden curar; me parece que habrá que tener con ellas toda la paciencia que se pueda.(SVP, III, 387).

Luisa se apercibe poco a poco de sus impaciencias, de su exagerada ansiedad, de su tendencia a dramatizar:

Cometo muchas faltas por mi excesiva prontitud, sin hablar de las que son por malicia. Suplico a su caridad me alcance misericordia (SLM, 332).

Agradece su ayuda al señor Vicente:

Agradezco humildemente a su caridad el bien que me ha hecho. Me parece que cuando me dejo llevar por mis temores, que me ponen en estado de verdadera aflicción, necesito que se me trate con un poco de dureza (SLM, 189)

La benevolencia, la mansedumbre, la longanimidad, virtudes típicas del buen señor Vicente, impregnan progresivamente el corazón de Luisa, lo transforman, lo enriquecen, algo que ella reconoce humildemente. En 1655 escribe con ocasión de una dificultad en el hospital de San Dionisio:

Ruego a su caridad me diga si tengo yo algo que hacer en este respecto, si no es admirar la Providencia, proponerme el dar a conocer su bondad y sus efectos y estar persuadida de que es buena cosa sufrir y esperar con paciencia la hora de Dios en los asuntos más difíciles, a lo que con tanta frecuencia se resis­te mi temperamento demasiado precipitado (SLM, 481).

Solucionada una dificultad con sor Juana, de la parroquia de San Martín, Luisa puede escribir al señor Vicente (agosto de 1656):

Esto debe convencerme todavía más de cuán bueno es saber esperar las disposiciones de la divina Providencia (SLM; 503).

¡Qué transformación se obró en santa Luisa según pasaban los años! Luisa, al mismo tiempo, enriquece a Vicente de Paúl con su sentido de la organización. Obligada a posponer la confe­rencia a las Hermanas, ha visto a menudo lo enojoso en los olvi­dos de Vicente: ella se hará su memoria. Cuando está prevista una conferencia, manda una breve nota de aviso:

Ruego humildemente a su caridad recuerde… la necesidad que tenemos de la conferencia que ha tenido usted la bondad de prometernos para mañana jueves (SLM, 184)

Ruego respetuosamente a su caridad recuerde que de hoy en ocho días nos ha prometido la conferencia (SLM, 235).

Cuando estima que el señor Vicente tarda mucho en fijar una fecha, ella se torna humilde, suplicante y le invita a distribuir su tiempo, para no dejarse sorprender por lo imprevisto:

Le ruego humildemente nos haga la caridad, que su bondad nos ha hecho esperar y de la que estamos tan necesitadas. No dejarán de presentarse siempre las ocasiones que se lo han impedido; a no ser que nos haga usted el honor de no esperar­las. Perdone esta libertad (SLM, 68).

Las relaciones de diversas conferencias nos ponen de mani­fiesto que Vicente de Paúl supo organizarse para acudir en las fechas previstas y, desde 1655, comentar regularmente las Reglas que acaban de aprobarse. Luisa de Marillac dará asimis­mo parte al señor Vicente de sus expectativas en cuanto al porve­nir de la Compañía de las Hijas de la Caridad. A fuer de mujer intuitiva, capta cómo esta comunidad, de un estilo totalmente nuevo en el siglo XVII, sólo podrá subsistir dependiendo, no de los obispos, sino del superior general de los Sacerdotes de la Misión. Esa actitud va en sentido inverso a la del concilio de Trento, que reafirma la autoridad de los obispos: son los respon­sables de toda la vida cristiana en sus diócesis. Ahora bien, Luisa no cesa de decir y repetir que las Hijas de la Caridad son simples bautizadas, feligresas y no religiosas: ¿por qué entonces sus­traerlas a la autoridad del obispo local? Se trata, para Luisa, del Porvenir del servicio de los pobres. Sabe que muchos obispos son contrarios a toda vida consagrada en pleno mundo: las visitandinas de Francisco de Sales han sido enclaustradas por el obispo de Lyon; en Bordeaux, la congregación fundada por Juana de Lestonnac tuvo que encerrarse en su establecimiento, a instancias del obispo. Si las Hijas de la Caridad dejan de ir y venir por las calles, en las aldeas, ¡adiós servicio de los pobres a domicilio!

Luisa tratará de convencer a Vicente de Paúl para que, a efec­tos jurídicos, sea el responsable eclesiástico de las Hijas de la Caridad. Será un esfuerzo duro y prolongado. El señor Vicente rechaza la propuesta de Luisa, está sujeto a las decisiones del Concilio de Trento, no quiere tocar la autoridad de los obispos.

Además la Congregación de la Misión tiene como objetivo las misiones rurales y la obra de los seminarios. En 1646 obtie­ne del arzobispo de París, bajo cuya autoridad queda puesta, el reconocimiento de la Compañía de las Hijas de la Caridad. Luisa está muy descontenta, se niega a hablar a las Hermanas de tal reconocimiento.

Contra el consejo de Luisa, les hablará de él en una conferen­cia. Más de seis meses serán necesarios para que Luisa de Marillac se calme y presente de nuevo al señor Vicente sus argumentos:

Me ha parecido que Dios ha establecido mi alma en una grande paz y sencillez en la oración, muy imperfecta por parte mía, que he hecho acerca de la necesidad que tiene la Compa­ñía de las Hijas de la Caridad de hallarse siempre, sucesiva­mente, bajo la dirección de la divina Providencia le ha dado, tanto en lo espiritual como en lo temporal; y en ella he creído haber visto que sería más ventajoso para su gloria que la Com­pañía llegara a desaparecer por completo que estar bajo otra dirección, ya que esto parece sería contrario a la voluntad de Dios… Espero que, si su caridad ha escuchado de Nuestro Señor lo que me parece haberle dicho en la persona de san Pedro, que sobre ella quería edificar esta Compañía, persevera­rá en el servicio que ella le pide para instrucción de los peque­ños y alivio de los enfermos (SLM, 233-234)

Años tras año volverá una y otra vez Luisa sobre estos dos puntos: la voluntad de Dios y el servicio. Sabe bien que el señor Vicente es muy sensible, y que un día se dejará convencer.

Aprende paciencia: será una espera de 9 años. Por fin, hacia 1654, Vicente acepta solicitar del arzobispo de París, cardenal de Retz, una nueva aprobación de la Compañía de las Hijas de la Caridad las Hijas de la Caridad, a la cual pone bajo la autoridad del superior general de los Sacerdotes de la Misión y de sus suce­sores. El 18 de enero de 1655, el documento es firmado en Roma por el cardenal de Retz, allí exiliado.

Luisa es dichosa, no por su éxito, sino porque la Compañía podrá proseguir, según el designio de Dios, la obra comenzada. La Compañía podrá ser fiel al carisma que Dios le ha conferido. Escribe a Vicente de Paúl en octubre de 1655:

Tenemos gran necesidad de sus órdenes v santa dirección en todo para perfección de la obra (SLM, 474).

La participación entre Vicente de Paúl y Luisa de Marillac ha llegado a ser en verdad una comunión en la que cada cual da y recibe, donde cada uno pone al servicio del otro todo lo que tiene, todo lo que es. Su amistad verdadera, basada en la sólida convicción de una misma misión, les ha llevado a una aceptación en profundidad de sus diferencias, y les ha procurado un inmen­so enriquecimiento recíproco.

FUERZA

La amistad entre Vicente de Paúl y Luisa de Marillac es fuer­za: saben que pueden contar uno con otro en toda circunstancia, sobre todo en los momentos difíciles. Luisa lo expresa claramen­te en 1657:

Es cierto que las necesidades de la Compañía nos urgen un tanto a que nos reunamos con usted; me parece ver mi espíritu embotado y en tinieblas, ¡tan débil es! Toda su fortaleza y su descanso están, después de Dios, en ser por amor de El, mi muy Honorable Padre, su muy humilde y obediente servidora (SLM, 536).

La amistad entre Vicente y Luisa es una fuerza, pues no es búsqueda de sí; es búsqueda conjunta de la conformidad con Jesucristo. ¡Cuántas veces no han leído a la luz del evangelio los pequeños acontecimientos diarios! En una asamblea de las Damas de los Niños Expósitos, la señora de Herse ha pedido a cada Dama una contribución pecuniaria, para subvenir a las necesidades de la obra. Ello disgusta a Luisa, quien teme no acuda nadie a la reunión. Vicente responde:

El viernes veremos qué pasa con la propuesta de la señora de Herse. Sobre las injurias que puedan llover sobre la compa­ñía, puesto que se trata de hacer el bien, no tienen que impor­tarnos (SVP, III, 482).

La muerte de fieles compañeros de camino es un momento en que la amistad osa articular toda su ternura, donde el sentimien­to se torna fortaleza para superar el dolor de la desaparición de un ser querido. En 1653 conmociona al señor Vicente la muerte en Polonia de su querido Padre Lamberto. Luisa le escribe, toda emoción, toda afecto:

¿No soy muy osada, mi muy Honorable Padre, al atreverme a mezclar mis lágrimas con la acostumbrada sumisión de usted a las disposiciones de la divina Providencia, mis flaquezas con la fortaleza que Dios le da para cargar con la parte tan grande que Nuestro Señor tan a menudo le ofrece en sus sufrimientos? Por amor suyo, dé usted a la naturaleza lo que necesita para desahogarse y lo que es necesario para su conservación. No puedo ocultarle, mi muy Honorable Padre, que mi dolor es grande, pero su caridad me ha enseñado a amar la voluntad de Dios tan justa y misericordiosa (SLM, 405).

En 1658 toca al señor Vicente, con todo su afecto, acompañar en el sentimiento a Luisa, cuando fallece una de las primeras Hijas de la Caridad, Bárbara Angiboust:

Entretanto honremos la paz con que aceptó la santísima Vir­gen la voluntad de Dios en la muerte de su Hijo (SVP, VII, 360).

Honrar la vida de Jesucristo en la tierra, conformar sus vidas a la de Él, esos consejos que Vicente de Paúl y Luisa de Marillac con tanta frecuencia han dado a las Hermanas, ellos mismo los viven plenamente.

Luisa sintió en particular la fuerza de la amistad de Vicente con motivo de los problemas que a ella planteaba su hijo Miguel. Halla en Vicente un consejero seguro, un apoyo sólido. En las horas más dolorosas, cuando Miguel desaparece sin dejar rastro, Luisa no duda en lanzar verdaderos gritos de socorro:

No puedo tener ayuda de nadie en el mundo, ni la he tenido nunca más que de su caridad (SLM, 127). Me es imposible bus­car consuelo en nadie más… ¡Qué dolor tan grande! (SLM, 138). Perdone mi demasiado violenta aprensión por la cosa que más he temido siempre en la persona de quien le he hablado… En nombre de Dios, amado Padre, no me abandone en esta necesidad (SLM, 657).

Vicente, en su gran bondad, se esfuerza por devolver la paz a esta madre dolorida y angustiada:

En nombre de Dios, señorita, no se preocupe usted por el señor baillí (su hijo). ¿No ve usted el cuidado extraordinario que Nuestro Señor ha tenido con él casi sin usted? Deje obrar a su divina Majestad; el mostrará a su madre, que cuida de tan­tos niños, la satisfacción que de ella tiene con el cuidado que pondrá en su hijo; no podrá usted superarlo nunca en bondad (SVP, 397).

Desde 1655, Vicente y Luisa ven cómo decae su salud, como aumentan las enfermedades con la edad. Uno tiene 75 años, 65 la otra, edad muy avanzada para aquella época, cuando la esperan­za de vida es de 37 años. Con tanta mayor fuerza experimentan entonces la veracidad de su amistad. Ésta se traduce en multitud de pequeñas atenciones llenas de delicadeza. Inquieta a Luisa el estado de salud de Vicente, que no puede dejar su habitación:

Suplico humildemente a su caridad me permita que le pida noticias verdaderas de su salud y, por el amor de Dios, no tenga prisa por salir (SLM, 565).

Vicente responde con igual gentileza a través de su secretario:

Suplico humildemente a su caridad me permita que le pida noticias verdaderas de su salud y, por el amor de Dios, no tenga prisa por salir (SVP, VI, 131)

Sintiendo a la muerte venir, uno y otra se expresan el agra­decimiento por todo lo comunicado recíprocamente. En marzo de 1659 es Vicente quien se dirige a Luisa:

Nunca la caridad me ha parecido tan apreciable y tan ama­ble como ahora. ¡Bendito sea Dios que manifiesta tan bien su amor en el de usted, a quien doy de nuevo las gracias con todo mi corazón! (SVP, 395).

Luisa da las gracias al señor Vicente en enero de 1660:

La obra de Dios, la que con tanta firmeza, mi muy Honora­ble Padre, ha sostenido su caridad contra todas las oposiciones (SLM, 651).

Con la mayor sencillez también, Vicente y Luisa van a ayu­darse en la preparación para la salida de este mundo, con objeto de nacer para el otro. Los buenos deseos que intercambian según termina el año 1659 son reflejo de su mutuo conocimiento y del ansia por estar siempre dentro de la voluntad de Dios.

Luisa es la primera en escribir:

La poca salud que Dios le da a Él suplico se la conserve hasta el total cumplimiento de sus designios sobre usted, para gloria suya (SLM, 639).

Y Vicente manda una nota que redacta su secretario:

Le deseo a la señorita Le Gras la plenitud del Espíritu para su alma y la conservación de tan buen madre a su compañía, para que ella le comunique cada vez más los dones de ese mismo Espíritu (SVP, VI, 531).

Suavemente, siempre deseosos de estar unidos a la voluntad de Dios, aceptan el hecho de que ya no podrán verse:

Permítame, mi muy Honorable Padre, le exponga que mi impotencia para hacer ningún bien me impide tener ninguna cosa grata a Nuestro Señor que poder ofrecerle, aparte de mi pobre renovación, a no ser la privación del único consuelo que su bondad me ha proporcionado desde hace 35 años, y que acepto por su amor tal y como su Providencia lo ordena, espe­rando de su bondad y de la caridad de usted una misma ayuda, por vía interior, se la pido a usted por el amor de la unión del Hijo de Dios con la naturaleza humana (SLM, 639).

La amistad entre Vicente y Luisa está ahora allende todo trato, se ha hecho tan simple y translúcida, que no necesita ya de soporte humano. El 14 de marzo de 1660, envía Vicente este breve mensaje a Luisa, en trance de muerte:

Usted parte la primera y, si Dios me perdona mis pecados, espero ir pronto a reunirme con usted en el cielo.

Fue una amistad que tuvo su fuente y modelo en Jesucristo, cuya Encarnación reveló el amor de Dios hacia la humanidad. Amistad que se basó en la autenticidad, es decir, aceptando uno profundamente la identidad del otro, reconociendo y respetando su complementariedad. Esta amistad se hizo comunión a imagen de la Trinidad, el gran misterio donde se vive la donación recí­proca, en la unidad y la diversidad. Vicente de Paúl y Luisa de Marillac enriquecieron la Iglesia con sus fundaciones para la humanización y evangelización de los pobres. Sobre todo, ilumi­naron el mundo con el testimonio de una vida sencilla, humilde y repleta de amor.

Elisabeth Charpy

CEME 2010

 

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