Vicente de Paúl, realismo y encarnación

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: José María Ibáñez Burgos, C.M. · Año publicación original: 1982.
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Desde hace más de tres siglos (1664), la variedad, la solidez, la universalidad de la obra de Vicente de Paúl atraen la atención y con frecuencia suscitan la admiración de historiadores, sociólo­gos, espirituales, líderes de hombres y estrategas de acción… Vi­cente de Paúl, «gran hombre», «santo filantrópico» del culto re­volucionario, «patrón de hombres de estado»… Todas estas imá­genes pueden ser retenidas. Dos notas, sin embargo, caracterizan a este «místico de la acción», en quien habitan y trabajan un «temperamento de hombre de negocios», un «temperamento de hombre de estado». Estas dos notas se denominan realismo y encarnación. Ellas pueden conducirnos a descubrir el origen, el dinamismo y la orientación de su prodigiosa actividad, a desvelar lo que él consideraba lo mejor de su existencia. La actividad de Vicente de Paúl, la estrategia de su caridad son solo una «expre­sión inacabada» de su espíritu. Para comprender el espíritu de su espíritu, el alma de su alma, es menester esclarecer sus activi­dades ante Dios, ante Cristo, ante los pobres, ante los hombres. Estas actitudes podrán señalarnos los puntos de referencia de su caminar espiritual, marcarnos la red de líneas que se cruzan en lo que se puede llamar su espiritualidad.

Realismo. A través de la vida, pensamiento y acción de Vi­cente de Paúl se descubre, ante todo, un hombre de fe profunda, viva, dinámica, firme y a la vez abierta a la vida y sus caminos, entendidos como caminos de Dios. Por eso, fue un hombre de iglesia que supo escuchar la palabra de Dios e interpretarla y vivirla simultáneamente en la realidad dura, a veces, despiadada de su tiempo. Este realista, que tuvo el coraje de constatar la realidad para saber cómo accionar o reaccionar ante ella de acuer­do con los designios de Dios, fue un hombre posibilista. De ahí que se limitara en su acción a seguir fielmente la adorable «provi­dencia» y jamás «cabalgara sobre ella». Esta actitud le condujo constantemente a procurar adaptarse a las situaciones cambiantes. Para conseguirlo, se documentaba minuciosamente, escuchaba lar­gamente, consultaba continuamente, reflexionaba ampliamente y además oraba profundamente. Porque la oración fue siempre su fundamento, su fuerza, su inspiración última. Pero la oración para Vicente de Paúl no era aislarse de los hombres y de sus proble­mas, era un encuentro con Dios. Encuentro en el que descubría de dónde le venía el amor con el que amaba a esos mismos hom­bres.• Todo descubrimiento de Dios se convertía para él en una luz nueva, capaz de permitirle esclarecer y abordar la realidad. Y todo encuentro con la realidad se transformaba para él en una nueva búsqueda de Dios. Búsqueda que le permitía descubrir las exigencias presentadas y reclamadas por este mismo Dios en la realidad. Como todo buen profeta, antes de hablar a los hombres sobre Dios y sobre sus criterios, antes de actuar, trataba él de empaparse bien de ellos en el contacto íntimo con su Espíritu.

El realismo de Vicente de Paúl consiste en descubrir que la voluntad de Dios se manifiesta a través de lo previsto, de lo imprevisto y de lo imprevisible; en cobrar y hacer cobrar con­ciencia de que esta voluntad de Dios es una voluntad de servicio al hombre. Hombre de acción, Vicente de Paúl se arraiga en la verdad irrefutable de que Dios actúa en la historia a través de acontecimientos, necesidades y personas; se apoya en la vivencia profunda de que el espíritu de Dios dirige esta historia y la anima desde el interior. Por eso, cuando se introduce en el espí­ritu de Dios, Vicente de Paúl adquiere la convicción inquebran­table de que su acción está comprometida y se desarrolla en el movimiento de este mismo espíritu de Dios. Espíritu que atra­viesa el mundo para recrearlo.

Encarnación. Dios, en Jesucristo, se encarna en la historia. Esta aventura, que da sentido a la historia del mundo y la orien­ta, es una gesta de amor. A la mirada de Vicente de Paúl, Jesucristo es un ser histórico, enviado por el Padre para reconciliar y salvar a los hombres. Este quehacer, que instaura en el mundo el reino de Dios y su justicia, realiza perfectamente la voluntad del Padre y corona su obra. Obra que Jesucristo encarna en la realización de su misión amorosa de «evangelizar a lo’s pobres».

Para continuar esta misión de Cristo, para prolongarla en el espacio y en el tiempo, es menester, confesaba Vicente de Paúl, conformar todo el ser con «las máximas evangélicas», «revestirse del espíritu de Jesucristo». Ello equivalía para él a insertarse en el dinamismo de la vida de Cristo y en la realización de su obra, a entrar en los designios del Padre sobre el mundo, sobre los hombres, sobre los pobres, sobre él mismo. Lo que Vicente de Paúl pretendía, en definitiva, a través del revestimiento de este espíritu, era continuar la aventura histórica de Cristo. Aven­tura muy realista y muy concreta, puesto que se trata de realizar la voluntad del Padre liberando, transformando, salvando a los pobres, a los hombres. Por ello la vida y el espíritu de Vicente de Paúl estaban imantados por la persona de Cristo, regla de su vida y de su acción, y giraban en torno a los pobres, en quienes Dios y Cristo están presentes.

El mismo no olvidaba declarar a través de su existencia que, en el momento clave de su experiencia humano-cristiana, com­prendió una nueva dimensión de su fe, una nueva hermenéu­tica para interpretar el evangelio: la presencia y el juicio de los pobres. Esta presencia y este juicio de los pobres le proporciona­ron el ángulo de visión y el espacio abierto para descubrir, inter­pretar y vivir el evangelio de quien fue enviado por el Padre a los pobres. Estos pobres de carne y hueso le ayudaron a realizar los planes de Dios en este mundo, le impulsaron a cobrar con­ciencia de su vocación y a entrar en ella: continuar la misión de Cristo, evangelizador de los pobres. Esta concienciación y esta vocación no le llevaron a unas acciones intermitentes, ocasionales, espontáneas, irreflexivas, agresivas o hirientes en beneficio de los pobres. Por el contrario, le condujeron a ser un hombre pla­nificador, constante, tenaz, organizador hasta llegar a ser el ar­quitecto de una caridad lúcida e inventiva, que se construía día a día en la sociedad y en la iglesia de la época moderna. Su sen­tido agudo de las realidades económicas, de los intermediarios, unido a su capacidad de organización minuciosa de personas y de dones, le permitieron rodearse de colaboradores. Con ello no pretendía imponerse a nadie ni acaparar la caridad. Su objetivo fue crear unas instituciones realistas y flexibles, capaces de res­ponder a las exigencias que Dios reclamaba en la carne viva de los pobres; construir personas, capaces de encarnar, vivir y trans­mitir el espíritu que quería inyectar en la sociedad y en la iglesia de su tiempo: así las Caridades (1617), la Congregación de la Misión (PP. Paúles) (1625), la Compañía de las Hijas de la Ca­ridad (1633).

Tres equipos que mutuamente se implicaban, colaboraban, servían a la voz, a la acción, al espíritu de este genio organizador, lúcido e inventivo. Voz, acción y espíritu que, a su vez, estaban al servicio de los más pobres de los pobres. Voz y servicio que no pretendían ser más que la transmisión de las exigencias con­cretas de ese «Salvador dulce» y «compasivo» a quien hablaba y de quien hablaba a sus oyentes, a quien suplicaba: «Señor, en­señadme a hacerlo y haced que lo haga». Es en ese «dulce Sal­vador» donde se encuentra y es a partir de él como se explica el carácter único y convincente de la caridad y de la actividad vicencianas.

En sus alocuciones a los Sacerdotes de la Misión, a las Hijas de la Caridad, a las Caridades, Vicente de Paúl pretendía hacer presente el espíritu y la misión de Cristo pobre, presente en los pobres, evangelizador de los pobres, aplicados a las circunstancias y a los acontecimientos concretos. Al conectar con su espíritu estos acontecimientos y estas circunstancias, Vicente de Paúl in­tentaba, al hablar de ellos, poner a sus oyentes de manera clara, contundente e incansable enfrente de sus responsabilidades ante la miseria de los pobres. Sus conferencias y catequesis eran una transmisión concreta del espíritu de Cristo, única clave de inter­pretar y de vivir el evangelio. Evangelio que trata de regar la humilde tierra concreta en que se vive, con sus dolores y sus problemas, con los rostros concretos de los hombres. Por ello; Vicente de Paúl, el hombre que amó a Dios en los hombres y utilizó sus últimas fuerzas en su servicio, asumía toda la respon­sabilidad de vivir y de hacer vivir las exigencias de la fe en la caridad. Exigencias de la fe que se viven en las obras. Exigencias de la caridad que, al modificar la conciencia social de los hombres y agudizar la responsabilidad ante la miseria de los desheredados de esta tierra, llegan a esclarecer las relaciones de la justicia.

Para descubrir y precisar el objeto y el contenido del realismo y de la encarnación en Vicente de Paúl, se requiere introducirse en el movimiento de su espíritu, llegar al centro de su doctrina. Esta doctrina se articula de manera viva en torno a una idea maestra: la voluntad salvífico-liberadora de Dios que Jesucristo realiza a través de su encarnación en la historia, o, sí se prefiere, Jesucristo que se encarna en la historia para realizar la voluntad salvífico-liberadora de Dios.

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