Vicente de Paúl: la fe que dio sentido a su vida. X. A manera de conclusión

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Jacques Delarue · Traductor: Luis Huerga, C.M.. · Año publicación original: 1977.
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Vincent-de-Paul-and-bible-alternateTras haber dejado al Señor Vicente decirnos lo que creía, no es inútil sin duda preguntarnos en qué nos concierne esa creencia. Vemos hoy multiplicarse obras en las que nues­tros contemporáneos escriben:

El credo que ha dado sentido a mi vida,

a veces sin referencia alguna a la fe cristiana, y libros que nos invitan a descubrir lo que creía uno u otro de entre aquellos que, antes de nosotros, creyeron en Jesucristo.

Si yo he escrito este libro, es, con toda sencillez, por habérmelo pedido el editor. Acepté de grado, no sólo por serme el tema familiar, sino por serme querido. No lo abor­dé, sin embargo, sin una cierta aprensión. Había perdido todo contacto con el Señor Vicente, a quien tanto debo, desde hacía más de una docena de años. ¡Ocurrieron tantas cosas después! Hubo un concilio, y yo mismo he llegado a ser obispo. La imagen de la Iglesia, al menos en principio, se ha renovado profundamente: la noción de Pueblo de Dios, iluminada por el Vaticano II, manifiesta que todos, aun los seglares, son miembros enteramente responsables de esa Igle­sia, en la diversidad de sus vocaciones y de sus gracias. La concepción del ministerio en una Iglesia totalmente misio­nera, servidora y pobre, no corresponde ya exactamente a la formación que yo recibí, en la línea de los grandes maestros de la escuela francesa del siglo xvIr. Encuentro de nuevo a san Pablo en esta renovación, acogida con gozo y esperanza. ¿Encontraría también a san Vicente de Paúl?

Mi primera impresión fue la de sumergirme en otro mundo, en el gran siglo, con su fastuosidad desconcertante y sus increíbles miserias. Ese es el universo en el que habla el Señor Vicente. Pero al oírle, no duró mucho la impresión de destierro. En medio de las situaciones más diversas, deja escuchar una palabra humana verdadera, simple y justa en su expresión, ilustrada en su fe, inspirada por sus convic­ciones. De ahí que lo que dice nos concierna aún.

Fue a un mismo tiempo el portavoz de todas las mise­rias de su tiempo y el testigo de Jesucristo, y hoy todavía podemos recoger a la vez sus preguntas y sus respuestas. En el mundo siguen planteadas las mismas grandes pregun­tas, ampliadas a la medida del universo: el régimen peniten­ciario y el nacimiento de niños indeseados, el hambre en el mundo y las desigualdades sociales, los estragos de las gue­rras interiores y exteriores, en las que los pobres son las eternas víctimas del juego político de los grandes, sin que tengan la posibilidad de hacerse oír.

No creamos por eso que para el Señor Vicente es sólo cuestión de remediar injusticias sociales. Se empleó en ello sin duda más que ningún otro en su tiempo. Pero fue por convicción evangélica, por fidelidad a Jesucristo. Y también por experiencia. Los pobres lo ponen todo en tela de juicio, lo reducen todo a lo esencial, nos fuerzan a ser veraces, a no tomar nuestros sentimientos por realidades. En humanidad, son nuestros maestros. De ahí que sean el emplazamiento privilegiado del encuentro con Jesucristo: Id a los pobres, allí encontraréis a Dios. A condición de que asistamos a su escuela y a su servicio. Entre ellos es donde la Iglesia en­contrará su identidad verdadera y mostrará su verdadero rostro. A condición de que se les anuncie el Evangelio. A toda esa humanidad, ávida de liberación, recuerda incan­sablemente el Señor Vicente que no hay más que un solo Salvador: Jesucristo.

El Señor Vicente habla constantemente de Jesucristo o a Jesucristo. Es como alguien a quien conociera, con quien estuviera en relación habitual. Habla simplemente, con las palabras de todos los días y con las del Evangelio. Es para él lo esencial de su misión. Puede enseñarnos de nuevo a hacerlo en nuestro tiempo. Demasiado a menudo, nos vemos inducidos a no decir nada verdaderamente significativo para expresar nuestra fe, porque las cuestiones del lenguaje —reales, por lo demás— nos paralizan; o bien repetimos formulaciones pasadas, justas, a no dudarlo, pero sin que dejemos ver, ni siquiera presentir cómo han determinado nuestros caminos.

Ahora bien, eso es precisamente lo que espera de noso­tros el mundo contemporáneo. La incredulidad nos inter­pela y nos reprocha nuestra impotencia para hablar si no es con fórmulas ya listas y heredadas del pasado: Reprocho a la Iglesia, dice Francis Jeanson, no estar a la altura de la Palabra de la que es portadora. Palabra que encierra un sentido: vivir, estar con los demás, ir a alguna parte. Nues­tras sociedades viven de la angustia. Y la juventud no ve el modo de dar sentido a lo que hace. Es hora de que la pa­labra cristiana manifieste su poder, si algún poder tiene. La Iglesia tiene miedo. ¡Su dogmatismo es una reacción de miedo! ¿Qué es lo que arriesga? Su único miedo debiera ser no llegar a decir nada.

Todo menos un catecismo, decía Gilbert Cesbron para presentar su libro Ce que je crois. De lo que creía el Señor Vicente podría asimismo decirse: Todo menos un Credo. Sabía éste y se adhería a él totalmente, pero no se contenta con repetirlo. Vive de él y lo dice. Sabe que el mejor medio de defender la fe no es la controversia, tan prestigiosa en su tiempo, sino la participación de esa fe.

Su maestro espiritual es san Pablo, quien, dando a luz en la fe a los Tesalonicenses y a los Filipenses, les comuni­caba, como si fuesen niños, sus entrañas mismas. Así es co­mo, de lo más hondo de sí mismo, a través de todo cuanto decía, hacía y era, nos permite el Señor Vicente descubrir lo que creía. No se contentaba él con decir lo que era nece­sario creer. Hoy todavía, y más que nunca, es así como tenemos que hablar, so pena de que no se nos crea, aun cuando creamos verdaderamente, y aunque testimoniemos la verdad de Dios.

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