Vicente de Paúl: La Fe de un hombre maduro

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de Paúl1 Comment

CRÉDITOS
Autor: Rearden Myles · Año publicación original: 2003 · Fuente: Vicente de Paúl....
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UN NOVICIADO

Cuando Vicente llegó a París empezó a ocuparse de su vida espiritual. Comprendió que aunque no había sido malo, había vívido su vida a lo mundano prestando poca atención a su fe. Al iniciar su peregrinación a Roma, un año después de su ordenación, se había dado cuenta de que existía la santidad en la Iglesia. Ahora comprende que hay que atraer a esa santidad a los cristianos e, incluso, a los sacerdotes. Por eso escoge a un sacerdote, Pedro Berulle, como director espiritual. Berulle había puesto en Francia los fundamentos de los Oratorianos, el grupo de San Felipe Neri. Los Oratorianos estuvieron entre los mejores promotores de la reforma de la Iglesia católica en Francia.

Al escoger director espiritual, Vicente se comprometía a seguirle y obedecerle en todas las decisiones importantes de su vida. Se puede decir que cuando estaba para cumplir sus treinta años Vicente embarcó en el camino de la santidad, haciendo un sorprendente noviciado. Decidió cumplir a la perfección su vocación al sacerdocio y vivir sólo según la fe. En este noviciado se describen siete pasos, o escalones, bien diferenciados.

Hubo, además de Berulle, otro sacerdote, Andrés Duval, que ayudó a Vicente a crecer en santidad. Este maestro de teología de la Universidad de París, era notable no tanto por su talento como por su santidad. Vicente lo escogió como su confesor. El P. Duval avivó en Vicente el amor a los pobres a quienes él mismo amaba y le inculcó una profunda fidelidad al Santo Padre.

LA TENTACIÓN DE LA FE.

El primer paso del noviciado de Vicente fue el largo camino de la tentación contra la fe. Se vio afectado por muchas dudas sobre la religión, hasta llegar a no poder rezar ni siquiera el Credo, ni tampoco expresar su fe en palabras. Este tipo de tentación no viene normalmente del Maligno, más bien es una señal de crecimiento en la fe y de conversión. Muchos cristianos necesitan pasar este tipo de prueba, la llamada «noche del alma». Esta oscuridad hace más firme la fe, aunque atormenta al creyente. La estrategia de Vicente para resolver el problema fue eliminar la profesión oral de la fe y reforzarla por medio de sus obras. Así, escribió el Credo en un papel y lo metió en un bolsillo, cerca de su corazón, para tocarlo con confianza cada vez que quería hacer un acto de fe. Este gesto corporal era su profesión de fe. Además, decidió usar su mucho tiempo libre para servir a los enfermos, incluyendo a los del Gran Hospital de París, vertiendo su fe en las obras de misericordia. De esta manera venció sus tentaciones, conservó y hasta aumentó su confianza. Esta lucha duró tres o cuatro años. Concluyó cuando tomó la decisión de usar todo su ser y sus bienes, durante toda su vida, en favor de los pobres. Al prometer esto a Dios, las tentaciones se desvanecieron y empezó a sentir mucho consuelo y alegría.

PÁRROCO POR PRIMERA VEZ.

El segundo peldaño del noviciado fue aceptar los deberes de párroco por primera vez. Sucedió que un sacerdote secular quería entrar a la comunidad de los Oratorianos, dirigida por Berulle. Estando en posesión de una parroquia, no podía ser recibido a no ser que otro sacerdote le sustituyese. Berulle aconsejó a Vicente tomar la parroquia y él consintió. Era la parroquia de Clichy, en los alrededores de París; tenía unos seiscientos feligreses, todos los vecinos eran agricultores.

Vicente tomó posesión de la parroquia de Clichy en mayo de 1612 con un triple plan de reparar la iglesia parroquial, aumentar la recepción de los sacramentos de la reconciliación y de la eucaristía y fomentar la educación de los jóvenes que desearan entrar al sacerdocio. Arregló la iglesia muy bien, con un poco de dinero propio y algo que pidió a los ricos y a sus amigos; ninguno se negó. Animó a los parroquianos a comulgar una vez al mes y, • para ello, confesarse también una vez al mes. No rehusaron, antes al contrario recibieron gran alegría de tener la ocasión de vivir su catolicismo con más fidelidad. También halló una docena de muchachos que deseaban ser sacerdotes y les llevaba a su casa para irlos educando tal como lo había hecho antes con sus jóvenes de Buzet o con los hijos del Señor De Comet. Entre estos muchachos se encontraba Antonio Portail, que sería uno de los primeros cuatro sacerdotes de la Congregación que se asociaron a Vicente para ayudarle en sus obras hasta el año de su muerte, 1660. Siendo párroco de Clichy, Vicente solía decir «Estoy más contento que si fuera Papa». Gozaba con esta oportunidad de servir y cuidar su rebaño. Sin embargo, después de unos catorce meses, fue requerido por Berulle para que dejase la parroquia y confiarle otro trabajo.

DIRECTOR DE LA NOBLEZA.

El tercer peldaño del noviciado de Vicente bajo la dirección de Berulle fue ser capellán de la familia de los Señores de Gondí. Era ésta una de las familias más influyentes de la nobleza. El Señor de Gondí era el almirante de la armada francesa y uno de los hombres más influyentes de Francia. Además, la familia tenía el honor de proveer varios obispos a la archidiócesis de París. Según las costumbres del reino, y de la iglesia de entonces, todos los obispos eran de familias nobles y los señores tenían el derecho de «presentar» obispo de una u otra diócesis. Por ello, era muy importante que los hijos de tales familias fueran bien formados cristianamente. Este era pues el trabajo de Vicente en la familia de los Gondí. Vicente hubo de dejar la dirección del pequeño plantel de seminario de Clichy para educar a los que, Dios mediante, serían obispos. Accedió a obedecer a Berulle. Por sus buenas maneras, era muy apreciado por los Gondí como director espiritual. Usó de esta ascendencia sobre ellos hasta el punto de interferir con el Señor de Gondí para que rechazase batirse en un duelo, un vicio de la nobleza contemporánea. El Señor de Gondí le hizo caso y vivió en adelante muy fielmente entrando en los Oratorianos una vez que se quedó viudo.

DESCUBRE LA IGNORANCIA RELIGIOSA.

El cuarto paso del noviciado de Vicente consistió en las frecuentes visitas por los caseríos y parroquias de los territorios de los Gondí. La familia era rica y dominaba grandes extensiones comparables a un distrito congresional de una nación de hoy día. Hablando con los cristianos y párrocos de los estos lugares, Vicente vio con claridad que la iglesia católica de Francia estaba en muy mala situación, incluso en la enseñanza de la religión y la recepción de los sacramentos. Una de las responsabilidades de Vicente era la enseñanza de los jóvenes y la atención a las necesidades espirituales de la familia y sus dependientes y ayudar, en lo posible, a los párrocos del territorio feudal de los Gondí. Esto daría origen, en su día, a la congregación de sacerdotes creada por Vicente, con el nombre de Congregación de la Misión.

ENSEÑANZA RELIGIOSA.

El quinto peldaño en la preparación espiritual de Vicente tuvo dos fases, las dos de gran importancia en todo trabajo pastoral, a saber: la educación en la fe y la buena recepción de la eucaristía.

Vicente acababa de ver cómo muchos fieles carecían del conocimiento del evangelio anunciado por Cristo e ignoraban también cómo recibir debidamente el Cuerpo de Cristo en la eucaristía. Pero comprendió que no era suficiente preparar a los niños en la catequesis; se necesitaba confirmarlos y fortalecerlos en la fe con la vida sacramental cuando fueran mayores y dar una formación más profunda. Era necesario inyectar vida a todos los estamentos eclesiásticos para revitalizar la situación de la Iglesia.

La posición de Vicente sobre la enseñanza religiosa la expresaba así: «El provecho de la catequesis no tiene límites. Primero se nos enseña la fe. Se nos enseña a confiar en Dios en nuestros agobios. Se nos enseña a amarle a Él y al prójimo, se nos fortalece contra las tentaciones del demonio, se nos infunde el valor contra los enemigos del alma y, sobre todo, se nos premia con el cielo». Estos son seis motivos para el estudio de las verdades de la fe.

Y razonaba: «Alguno se opondrá a esto preguntándome: ¿Para qué aprender el catecismo? Nosotros somos cristianos, vamos a la iglesia, oímos la misa y cantamos laudes por la mañana, nos confesamos durante la pascua, ¿para qué se necesita más? En realidad yo no he visto ni un versículo de las Santas Escrituras donde diga que basta para los cristianos con ir a misa o a los oficios o a la confesión; antes bien, lo que hallo allí es que hay que creer todas las verdades de la fe. Más aún, ¿qué provecho tendrás yendo a misa si no comprendes su naturaleza y qué sacarás de la confesión si no sabes lo que es?». El P. Vicente está seguro que ser cristiano es tener fe y que es necesario que el cristiano comprenda esa fe. Incluso los protestantes ven claro el valor del catecismo a pesar de estar perdidos en las tinieblas del error. Es absolutamente necesario que nosotros, los católicos, comprendamos nuestra fe, que es la verdadera y, aún más importante, es entender que nadie es cristiano si no es por la gracia de Dios. El catecismo no bastará para que tengamos fe, se necesita la ayuda y la gracia de Dios.

El segundo paso de Vicente para la educación religiosa concierne a la Eucaristía. Este sacramento es la cosa más bella y maravillosa de todas. El sacramento de la Sagrada Eucaristía es la gran medicina de todo mal. «He aquí el precioso don, digno de toda alabanza, que supera el poder de nuestro entendimiento, maravilla para los ángeles, que ninguna lengua puede explicar, ni es comprensible ni puede ser alabado como se merece, el sacramento donde Dios se abaja a penetrar dentro de una de sus pequeñas criaturas, sacramento donde se esconde el Dios que cabalga sobre las nubes y que mora en el alma de un niño, y entra como el aire que se infiltra hasta los alvéolos de los pulmones». Y continúa: «Para comulgar como es debido hace falta que nos preparemos con gran esmero, que nos hallemos en estado de gracia, a la manera que el Señor preparó a su madre, María, llenándola de gracia para recibir en su seno al Hijo de Dios».

Estas dos ideas, guiarán a Vicente durante el resto de su vida: su empeño de llevar a los cristianos al conocimiento de la fe y a la digna recepción de la eucaristía. Ambos están en la base de la buena predicación y de las misiones.

EL PERDÓN DE LOS PECADOS.

El sexto escalón del noviciado de Vicente tiene que ver con la reconciliación. Este sacramento de la penitencia es necesario para que los pecadores vuelvan al estado de gracia para poder recibir la comunión. Vicente se percató de ello de esta manera.

Un cierto anciano de un pueblo de Folleville, territorio de los Gondí, estaba a las puertas de la muerte. Decidió llamar al P. Vicente para confesarse. Vicente acudió, le confesó y le preparó para morir con gran consuelo pero no sin antes llamar a toda su familia y a sus vecinos y contarles la historia de su vida. Es decir, públicamente reconoció que desde joven había cometido un pecado que nunca había confesado ni de joven ni de adulto hasta confesárselo al P. Vicente. Había comprendido que sin esa confesión se hubiera condenado. Y murió alabando a Dios por la gracia de haberle concedido hacer una confesión general de toda su vida.

Todos los que lo oyeron se alegraron y entre ellos estaba la Señora de Gondí, dueña de aquellos territorios, que le dijo a Vicente que tenía sus dudas sobre la situación espiritual de muchos de los cristianos de sus dominios si hasta ese anciano, tan alabado por ser bueno, había tenido tales problemas. Por eso, le insinuó a Vicente, si no podría él mismo predicar sobre la confesión general a todos los fieles de sus parroquias. Los párrocos estuvieron de acuerdo y Vicente predicó unos días después, el día de la conversión de San Pablo, 25 de enero del 1617. Una gran multitud de fieles acudieron y querían hacer una confesión general. El P. Vicente no daba abasto y hubo de llamar a los Jesuitas de la ciudad para ayudarle.

Después de esta experiencia el P. Vicente y la Señora de Gondí abrieron sus ojos a la realidad de que hacía falta más cuidado pastoral y dar a los fieles la oportunidad de convertirse a las virtudes que implicaba su fe religiosa.

Como resultado de ésta y muchas otras experiencias, unos cuatro años después, los Señores de Gondí hicieron un contrato con el P. Vicente para poner las bases de una congregación que tuviera como propósito la evangelización de los pobres campesinos, para que se convirtieran al camino de salvación. Esta asociación, la Congregación de la Misión, considera el día de la conversión de San Pablo, el 25 de enero, como su fecha de fundación.

PÁRROCO HABILIDOSO

Este es el séptimo escalón del noviciado de Vicente para ascender por el camino de la santidad. Unos meses después de la misión de Folleville, Vicente decidió dejar su trabajo de capellán de palacio de los Gondí y volver a ser cura párroco.

Dejó los territorios señoriales de la familia en el sur y se fue hacia el nordeste, a un sector entre las lomas que rodean a Bresse. Pasó allí unos siete meses de trabajo pastoral en la parroquia de Chatíllon. Fue como una misión prolongada. Vicente pasó por ella como un torbellino sembrando misericordia y amor.

Empezó alojándose en casa de uno de los muchos protestantes del lugar. Pronto convocó a los seis sacerdotes que vivían en el pueblo y les propuso vivir todos juntos y de una manera clerical. Se pusieron de acuerdo. Pronto el párroco mejoró la calidad de la liturgia y se dio, con celo y habilidad, a la predicación. Como consecuencia; bastantes protestantes, pequeños y mayores, volvieron a la iglesia católica y muchos católicos, pequeños y adultos, volvieron a la práctica de su fe. Incluso el Señor De Rougemont, un noble del lugar, comenzó a vivir como un verdadero cristiano, destruyendo su espada como señal de su completa entrega a Dios. Por fin, en el mismo Chatillon, Vicente estableció la primera de sus asociaciones de la caridad.

Qué cosa fue esta asociación lo entenderemos mejor si vemos cómo se formó. Un domingo, antes de la misa, le dijeron al P. Vicente que en una de las casas de la parroquia todos los miembros de una la familia se hallaban enfermos. En la misa, el párroco dejó a parte el tema de la homilía para hablar a los fieles de la necesidad de los vecinos y animarles a que ayudaran como pudieran. Después de la comida del mediodía, Vicente y el sacerdote coadjutor también fueron a visitar a los enfermos. Yendo por el camino se encontraron con muchos de los feligreses que volvían de la casa. Al llegar vieron que los parroquianos habían traído comida y toda clase de cosas apropiadas: leche, pan, carne, vegetales, leña, ropa, medicinas y otras cosas. Los dos sacerdotes se quedaron maravillados y contentos de la generosidad. Pero el P. Vicente pensó y dijo: «Esto es amor verdadero y celestial pero hace falta ponerle orden». Había comprendido que los comestibles se estropearían sin aprovecharles a los enfermos ni a ninguna otra persona. Tres días más tarde, el 23 de agosto, de 1617, llamó a una reunión a las amas de casa para organizar un grupo de caridad cuyo propósito era cuidar de los enfermos de la parroquia que estaban confinados a sus casas. Diez mujeres se comprometieron como miembros del grupo a visitar y ayudar a los enfermos por turnos de un día. El P. Vicente les dio un reglamento muy útil y sabio. Esta asociación perduró activa en Chatillón por cincuenta años y muchos otros grupos fueron creados en otras parroquias por el mismo P. Vicente o por otros que siguieron su ejemplo. Todos ellos compuestos de laicos. Se convirtieron en los héroes del amor de los cristianos de Francia.

RETORNO A LA CASA DE LOS GONDI.

Así terminó el «noviciado» de Vicente como apóstol de la caridad. Unos días antes de la Navidad, aconsejado por Berulle, Vicente volvió a la casa de los Gondí. Los fieles de Chatillon lloraban al despedirle diciendo abiertamente que era un santo. De hecho se había convertido en un buen sacerdote con una fe fortalecida. Estaba preparado para otra etapa de su vida, para emprender grandes obras de caridad.

 

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