VICENTE DE PAUL EN GANNES-FOLLEVILLE (VIII)

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  1. GANNES-FOLLEVILLE EN LA ACTUALIDAD

Gannes y Folleville no son sólo ciudades e imágenes del pasado. Existen en la actualidad. Las condiciones de vida social y religiosa que padecieron los aldeanos de estas dos poblaciones francesas en el siglo XVII las encontramos en el siglo xxi, a otros niveles con otros modos y maneras de presentarse. Es decir, si lo que caracterizó a las gentes campesinas del tiempo de Vicen­te de Paúl fue la ignorancia religiosa, las malas confesiones, los pleitos y discordias entre sí y la miseria de todo género, eso mismo lo encontramos hoy, quizás no tanto entre las gentes cam­pesinas, pero sí entre las que viven en las grandes poblaciones y urbes del mundo entero. Esto es, las personas del mundo de hoy caracterizan, por lo común, por vivir en la increencia, la indiferencia religiosa, el neopaganismo, las rupturas familiares y sociales, y las grandes bolsas de marginación y pobreza. De todo esto pretendo hablar en este apartado. Describiré, en primer lugar, el ayer y hoy en los ámbitos de lo social y de lo religioso. Me dedicaré, después, a hacer conciencia de la Congregación de la Misión y las misiones populares. Y, al final, aterrizaré en el sentido o sin sentido de las misiones populares en la actualidad.

4.1. AYER Y HOY EN LO SOCIAL Y EN LO RELIGIOSO

El ayer, siglo XVII, y el hoy, siglo XXI, no están tan distantes en muchos aspectos, principalmente en aquellos que afectan más al ámbito de lo social y de lo religioso. Es cierto que las dimensiones y las des­cripciones no son exactamente iguales, pero las necesidades de un tiempo y de otro son bastante semejantes, vienen a parecerse demasiado.

Vicente de Paúl, siglo XVII, era plenamente consciente de la realidad social y religiosa que destrozaba a las pobres gentes del campo, y buscó la manera de remediarla. No podía acallar su conciencia humana y cristiana ante una situación así. Trabajó a destajo contra ese mal social y religioso; pensó e ideó medios y maneras para combatirlo; creó instituciones y sociedades de todo tipo para luchar y erradicar un mal tan grave para la sociedad de su tiempo. Urgió a unos y a otros para que se dieran prisa, y no se adormecieran en la inercia de los días y de las horas. El mal no entendía ya de tiempos ni de espacios. Lo abarcaba todo, lo infectaba todo, lo desestabilizaba todo. Por eso metió prisa a su enviado a la ciudad de Roma para que se presentara en el Vatica­no y pusiera sobre la mesa el mal de los campesinos y los reme­dios que éstos requerían. Uno de esos remedios, entendía él, era la Congregación de la Misión. Por eso le rogaba a su delegado en Roma que suplicara y solicitara el reconocimiento oficial de la Iglesia para la Congregación de la Misión. Éstas eran las pala­bras con que invitaba a la acción a Francisco du Cudray, sacer­dote de la Misión en Roma:

«Es preciso que haga entender que el pobre pueblo se condena, por no saber las cosas necesarias para la salvación y no confesarse. Si Su Santidad supiese esta necesidad, no tendría descanso hasta hacer todo lo posible para poner orden en ello; y que ha sido el conoci­miento que de esto se ha tenido lo que ha hecho erigir la compañía para poner remedio de alguna manera a ello…».

Esto ocurría en el año 1631. En 1628 lo había intentado ya, pero había recibido dos negativas. A pesar de los reveses, Vicente de Paúl no cejó de insistir. Llamó a las puertas del reconocimien­to oficial tantas cuantas veces fueron necesarias porque los pobres del campo necesitaban de los misioneros y éstos precisaban de los medios adecuados, reconocidos y concedidos, para poner remedio a los males que degradaban a aquellos. Ignorancia religiosa y malas confesiones eran las causas del mal religioso en el que viví­an aquellas gentes del campo francés. Ahora bien, se trataba de una ignorancia vencible y de malas confesiones que se podían y debían corregir. La Congregación de la Misión había encontrado el remedio para esos males, por lo que solicitaba ser reconocida como tal y ser enviada a dicho trabajo con toda la autoridad posi­ble y con todos los medios a su alcance para ser eficaz, certera, operativa. Dicha compañía había nacido para poner remedio en lodo ello, y esperaba ser autorizada para llevarlo a cabo con garantías. De ahí la urgencia: es preciso que haga entender; y si el papa supiese, no tendría descanso hasta poner orden en ello.

Vicente de Paúl imploraba el reconocimiento pontificio para los misioneros de la Misión. Pero, de hecho, la aceptación oficial que buscaba no era para beneficio de éstos, sino para provecho de los campesinos, de las pobres gentes del campo. Las gestiones de Francisco du Coudray en Roma dieron su fruto, pues el 12 de enero de 1632 era oficialmente reconocida la Congregación de la Misión, otorgándosele todos los favores solicitados.

Por otra parte, en septiembre de 1650, el propio Vicente volvió a escribir al papa, en esta ocasión ocupaba la sede de Roma Inocencio X. Y lo hizo en los términos siguientes, exponiéndole los trabajos de la Misión:

«La finalidad de nuestro instituto, beatísimo Padre, es la salvación de las pobres gentes del campo, por lo cual vamos de aldea en aldea instruyéndolas, oyéndolas en confesión general, acabando con sus diferencias y atendiendo al alivio de los pobres enfermos. Tales son nuestros trabajos en el campo».

Vicente de Paúl insistía, una vez más, en la salvación global o integral de los campesinos, en su salvación humana y religio­sa, social y cristiana. Dicha salvación se iba haciendo efectiva mediante la instrucción religiosa y la celebración correcta de los sacramentos; la eliminación de los enfrentamientos y divisiones sociales, familiares, religiosas; la atención y el cuidado de los pobres y de los enfermos. Y concluye su exposición con estas palabras: tales son nuestros trabajos en el campo. Con términos similares insistiría, en noviembre de 1650, en carta dirigida a Camilo Astalli, Cardenal Pamphili.

José María Ibáñez, en su libro Vicente de Paúl y los pobres de su tiempo, nos relata las miserias y las dificultades que padecían los contemporáneos de Vicente de Paúl en el campo francés. Entre las muchas referencias que el autor ofrece en su libro, extraigo algunas. Dice con toda crudeza lo siguiente: «Se sabe que la mayoría de los campesinos y de los obreros de las ciuda­des sufre hambre y miseria en algunos años, sobre todo en cier­tas épocas de los mismos». Y precisa aún más en otra página:

«En los períodos de relativa prosperidad, antes de las grandes crisis del siglo XVII, se puede decir de manera general que los campesinos y los obreros viven con gran dificultad. Ellos ofrecen el cuadro de una semimiseria, con algunas pinceladas de bienestar y con fuertes sombras de penuria y de miseria. En las condiciones técnicas de la época, la inmensa mayoría de los campesinos no recolectaba lo necesario para alimentar a su familia y demasiados obreros, en la ciudad, recibían un salario insuficiente para resolver, en sus casas, el angustioso problema del pan diario».

No es preciso explayamos más al respecto. Esta pobreza y miseria material acarreaba consigo, casi siempre, otras miserias de corte cultural, social y religioso. La acción de Vicente de Paúl pretendió, y lo consiguió, atenderlas y desterrarlas todas ellas en cuanto pudo. Predicaba e instruía sobre las verdades de la fe y, a la vez, en múltiples ocasiones organizaba el socorro de las pobla­ciones hambrientas con víveres y con aperos para el trabajo y la siembra de los campos. Vicente de Paúl no pretendía aliviar los males de las gentes con la predicación y la limosna, sino con la redención total, la que afecta al espíritu y la que incide en lo material. «Recordemos, —escribe J. Mª Ibáñez—, que Vicente de Paúl proyectó liberar a los pobres y hacerlos vivir del trabajo organizado y no, como se dice, de la limosna que humilla, inclu­so si para él esta limosna era una deuda sagrada». En estos momentos, no me cabe ya la más mínima duda de que Vicente de Paúl se comprometió totalmente a luchar contra todo tipo de pobreza, pues «hay que interesarse por la miseria corporal y espi­ritual de los desdichados»I, y porque es necesario hacer efecti­va «la ley evangélica de la solidaridad y de la fraternidad”.

En el momento presente, ¿cómo nos encontramos al respec­to? ¿Hemos superado y vencido los problemas que en el pasado tuvieron los humanos? ¿Hemos dejado atrás todo tipo de igno­rancia, divisiones, injusticias, discordias, miseria y pobreza?

Parece ser que no. El ser humano parece volver, una y otra vez, a las andadas. Hoy, nos lo recordaba el Cuadro 1, la increencia, la indiferencia y el neopaganismo se han convertido en los reyes de la humanidad, de una cada vez más numerosa población de todos los lugares y continentes; Dios no parece contar para nada, las familias se rompen por doquier y la dignidad de los seres humanos se encuentra pisoteada y vilipendiada en no pocos paí­ses; y, finalmente, las bolsas de pobreza se hacen más grandes por la multitud de marginados, parados y migrantes de todo tipo. ¿A qué es debido este aumento? Pienso que al enseñoramiento del propio hombre y al alejamiento cada vez más fuerte de éste respecto de Dios.

El Concilio Vaticano II ya se hacía eco de todo esto en la Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual. En ella se nos habla del fenómeno del ateísmo, calificándolo como uno de los más graves de nuestro tiempo y que es necesario examinarlo con atención. Este fenómeno, sigue precisando el Concilio, tiene diversas causas, pero entre ellas se encuentra la reacción crítica contra las religiones y, más en concreto todavía, contra la misma religión cristiana. Pero en el origen de esta reacción contraria y del presente rechazo de lo cristiano se encuentran los propios cristianos: «En esta génesis del ateísmo pueden tener parte no pequeña los propios creyentes, en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la doc­trina o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral y social, han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión».

¿No descubrimos en estas palabras un eco de las ya escucha­das a Vicente de Paúl anteriormente? Al menos a mí sí me lo parece. Con nuestras enseñanzas equivocadas o incompletas, con nuestra vida mediocre de cristianos, con nuestros olvidos de las verdades de la fe hemos velado más que revelado el rostro de Dios y la vida cristiana. De ahí que nuestro tiempo precise de una instrucción adecuada al respecto, de una evangelización nueva. Así lo reclamaba Juan Pablo II para Europa:

«¡Iglesia en Europa, te espera la tarea de la ‘nueva evangelización! Recobra el entusiasmo del anuncio. Siente, como dirigida a ti, en este comienzo del tercer milenio, la súplica que ya resonó en los albores del primer milenio, cuando, en una visión, un macedonio se le apareció a Pablo suplicándole: ‘Pasa por Macedonia y ayúdanos’ (Hch 16,9]. Aunque no se exprese o incluso se reprima, ésta es la invocación más profunda y verdadera que surge el corazón de los europeos de hoy, sedientos de una esperanza que no defrauda».

Europa necesita, en muchos de sus territorios, un primer anuncio del evangelio y, en todos los otros, un segundo anuncio. Muchos son los que ahora no están bautizados, y los bautizados están viviendo, por lo general, como si no lo estuvieran. Han bar­nizado su cristianismo con pinturas que no le son propias, con valores y actitudes ajenos al evangelio. Y, porque la fe es débil o ha desparecido, la Iglesia en Europa se encuentra ante uno de los dos más serios que debe afrontar con urgencia».

Europa se encuentra en la encrucijada de la increencia, de la indiferencia religiosa o de un fuerte neopaganismo. Y, ¿España? España no anda a la zaga. Está en la misma onda, palpita con los mismos sentimientos:

«La sociedad española atraviesa un momento álgido en su proceso de secularización. Al cruzar el nuevo siglo se podía afirmar que el proceso de secularización de la sociedad española, muy rápido en los últimos veinticinco años, nos estaba aproximando a un nivel similar al del resto de los países europeos…».

Y añado, a su vez, estos otros datos panorámicos que nos pre­sentan la realidad religiosa en España con toda crudeza:

«La religión importa hoy muy poco a los españoles. Con un índice de importancia de 5,34 (de 1 a 10), la religión importa menos que la salud, la familia, los amigos, el trabajo y el bienestar económico. Sólo la política goza de menor favor. Los españoles se van hacien­do más y más egocéntricos, tienden a ordenar su realidad desde el aquí de mi cuerpo y el ahora de mi presente (Berger), como sugie­re el hecho de que en los últimos 15 años los valores que más han subido han sido la salud, la familia y los amigos, en tanto que la religión y la política han perdido puntos de su ya escasa importan­cia (en 1987, el índice de importancia de la religión era 6,11). La menor importancia de la religión es más frecuente en los hombres que en las mujeres, en los jóvenes de 18 a 24 (índice de 4,0) que en los maduros y mayores (índice de 7,16 a partir de los 65 años), en los habitantes de grandes ciudades, en los situados en posiciones de extrema izquierda y de izquierda moderada (2,92 y 4,25) fren­te a los ubicados en posiciones de derecha y extrema derecha (6,59 y 7,09)».

Eloy Bueno describe, por su parte, en su obra España, entre cristianismo y paganismo, la realidad descarnada de todos esto que vengo afirmando: España se está volviendo pagana”. Es ésta su nueva religión. Una religión que muestra «los estadios más arcaicos de la evolución del ser humano y de los estratos más profundos de la psicología humana». Y añade: «el paga­nismo es la religión del hombre natural, del hombre que vive según la lógica de la espontaneidad natural». Esto es, el aquí y el ahora de mi cuerpo y de mi momento presente. Frente a todo esto, el cristianismo debe presentar con nitidez y clarividencia la interpelación de la Alianza, el seguimiento de Jesús de Nazaret, el esplendor de la Pascua y la espera de la Parusía. La misma Conferencia Episcopal española no se encuentra alejada de esta realidad cuando invita a los cristianos a superar el desafío de la cultura dominante que ignora el valor de la trascendencia de la persona:

«La Iglesia en España ha de saber vivir esa realidad en nuestros días, en el momento en que el anuncio del Evangelio sufre un for­midable desafío por parte de la cultura dominante. Una cultura surgida de un planteamiento que ignora el valor trascendente de la persona humana y exalta una libertad falsa y sin límites que se vuelve siempre contra el hombre.

Se trata de una sociedad que se declara a sí misma postcristiana, y que va adquiriendo progresivamente unas características del todo paganas. Esto es, una sociedad en la que la sola mención al cristianismo se valora negativamente como algo sin vigencia que recordaría tiempos felizmente superados».

Nuestra cultura actual es postcristiana, pagana. Está alejada de Dios y del evangelio. ¿Lo está también del hombre en cuyo nombre reivindica su condición de pagana? Los hechos parecen decir que sí. Donde Dios, el Dios cristiano, el Dios de la vida y del amor, de la misericordia y el perdón, no se encuentra presen­te, el hombre se destruye a sí mismo, se vuelve contra sí mismo y sus semejantes. Queriendo afirmarse frente a Dios, se convier­te en un ser egoísta, individualista, injusto, soberbio y orgulloso, despreocupado de los demás y, por ende, insolidario y violento. En esta dirección apuntaba ya Pablo VI, siguiendo a Henri de Lubac, en su encíclica Populorum progressio:

«Es un humanismo pleno el que hay que promover. ¿Qué quiere decir esto sino el desarrollo integral de todo el hombre y de todos los hom­bres? Un humanismo cerrado, impenetrable a los valores del espíritu y a Dios, que es la fuente de ellos, podría aparentemente triunfar. Ciertamente, el hombre puede organizar la tierra sin Dios, pero, ‘al fin y al cabo, sin Dios no puede menos de organizarla contra el hom­bre. El humanismo exclusivo es un humanismo inhumano’. No hay, pues, más que un humanismo verdadero que se abre al Absoluto, en el reconocimiento de una vocación, que da la idea verdadera de la vida humana. Lejos de ser la norma última de los valores, el hombre no se realiza a sí mismo si no es superándose”.

He aquí algunos de los rasgos que caracterizar al ser humano actual, al ser humano del siglo XXI: ateo, pagano, inhumano, tal y como hemos visto. ¿Le cuadra, también, la cualidad de indife­rente? Pues, parece ser que sí:

«Desde que comenzaron los tiempos modernos estamos asistiendo a una mutación gigantesca. Por primera vez en la historia de la humanidad, parece que mucha gente es capaz de vivir sin religión. Y, lo que es más sorprendente, han despedido a las creencias mile­narias sin derramar una sola lágrima por ellas».

Son los signos de los nuevos tiempos, unos tiempos mutan­tes, desbocados. Hoy, el ser humano parece haber dado la espal­da a Dios, y vive en esta nueva situación como si tal cosa. Han enterrado a Dios, lo han dado sepultura, y apenas se han inmuta­do; ni han llorado por el difunto. Ante esta realidad, yo me pregunto con Luis González-Carvajal ¿qué sucedería si un día Dios o la palabra «Dios» desaparecieran sin dejar huella?, y me atrevo a responder con palabras de Karl Rahner que, en ese ins­tante el ser humano «habría dejado de ser hombre y habría realizado una evolución regresiva para volver a ser un animal hábil o, estas otras, «que los hombres, como individuos o como colectividad, habrían retrocedido al nivel de simples ani­males dotados de un cierto ingenio”.

El panorama de futuro que se nos ofrece es duro, pero no debemos perder la esperanza. Habrá que ponerse a trabajar en la buena dirección. ¿No lo hizo Vicente de Paúl? ¿No logra­ron cambiar las misiones el rostro del campesinado francés en el siglo xvii? Sabemos que así fue. Ellas instruyeron al pueblo por medio del catecismo; les prepararon para recibir los sacra­mentos; organizaron las cofradías de caridad para atender las necesidades de las poblaciones y, sobre todo, de las personas y familias más necesitadas; pusieron fin a desavenencias per­sonales y sociales, desterraron pleitos y contiendas, deshicie­ron discordias y enfrentamientos, etc. Hoy no sucederá de otra manera. Es decir, que es preciso renovar esfuerzos por hacer más viva y auténtica una nueva evangelización; prestar más atención a las necesidades de las personas, de las familias y de los pueblos; organizar la asistencia de la caridad y luchar por la justicia social; reconstruir la paz y la convivencia, tanto en el ámbito de lo personal como en el de lo social, regional y en el de los pueblos del mundo entero. En pocas palabras, todo pasa por el camino de la evangelización y el de la cari­dad. Estos son, pues, nuestros retos más inmediatos. L. Gon­zález-Carvajal así lo plantea respecto de la evangelización: «Para los creyentes, el reto de la increencia se convierte así en el reto de la nueva evangelización»’. Y Juan Pablo II respec­to de la caridad, por la que será necesario apostar a partir de ahora con más radicalidad, dice: «la caridad se abre por su naturaleza al servicio universal, proyectándonos hacia la práctica de un amor activo y concreto con cada ser humano» y, respecto de lo que él llamaba primera y segunda evangelización, añade:

«Por doquier es necesario un nuevo anuncio incluso a los bautiza­dos… Muchos bautizados viven como si Cristo no existiera… En muchos, un sentimiento religioso vago y poco comprometido ha suplantado a las grandes certezas de la fe… Algunos se han dejado contagiar por el espíritu de un humanismo inmanentista que ha debilitado su fe… ‘Pero cuando el Hijo del hombre venga, ¿encon­trará la fe sobre la tierra?’ [Lc 18,8] ¿La encontrará en estas tierras de nuestra Europa de antigua tradición cristiana? Es una pregunta abierta que indica con lucidez la profundidad y el dramatismo de uno de los retos más serios que nuestras Iglesias han de afrontar. Se puede decir —como se ha subrayado en el Sínodo— que tal desafío consiste frecuentemente no tanto en bautizar a los nuevos converti­dos, sino en guiar a los bautizados a convertirse a Cristo y a su Evangelio: nuestras comunidades tendrían que preocuparse seria­mente por llevar el Evangelio de la esperanza a los alejados de la fe o que se han apartado de la práctica cristiana».

Un miembro de la Congregación de la Misión recogía unos retos muy semejantes en un artículo sobre las «Misiones popu­lares ayer y hoy», en el Diccionario de espiritualidad vicenciana. Y proponía un camino a seguir que yo considero válido en la actualidad. Por ese camino es por el que tendríamos que litar y seguir con radicalidad y urgencia si somos consecuentes con nuestro espíritu de cristianos y de vicencianos. El tiempo apremia, las necesidades son muchas y urgentes, las gentes se encuentran insatisfechas e infelices en un mundo que les devora y engulle sin piedad anulando su dignidad y pisote­ando su condición de personas y de criaturas salidas de las manos de Dios como espejo y reflejo de su ser, de su vida, de su creación. El texto, aunque un poco largo, merece la pena consignarlo:

«Este matiz catequético que tuvieron las Misiones vicencianas en sus comienzos, es imprescindible que exista en la actualidad. Es más, las Misiones, hoy, tendrán validez en la medida en que se res­pete esta orientación catequética.

Porque, también hoy, la ignorancia religiosa «es increíble». El hom­bre de hoy se ha preocupado por adquirir un nivel cultural, se ha formado profesionalmente, etc…, pero la inmensa mayoría de los llamados católicos no se han preocupado de actualizarse en el aspecto religioso. Muchos, según las estadísticas, llamándose cató­licos, no creen en las verdades tan fundamentales como la Resurrec­ción, o que Jesucristo sea Dios. A muchos católicos no les ha sido presentado el dogma y la moral de una forma catequética, de modo que pocos saben dar razón de su fe.

A pesar de este panorama, el cristiano católico no se siente motiva­do para iniciar procesos catequéticos que le lleven a una profundi­zación y a una actualización de su fe.

Por otra parte, al cristiano católico se le ofrecen muchas oportunida­des para celebrar los sacramentos, pero no se le presentan cauces evangelizadores, ni muchas ofertas catequéticas motivadoras y serias. Por todo ello, uno de los objetivos de la Misión Popular hoy ha de ser la de sensibilizar, motivar y organizar grupos de reflexión cristiana y de diálogo, que deriven en catequesis de adultos, de jóvenes, etc.

El anuncio del tiempo fuerte de Misión ha de orientarse en la línea de una catequesis misionera. Los contenidos del mensaje a anunciar han de ser lo fundamental de la fe cristiana. El estilo sencillo, inte­ligible a todos y adaptado «a las circunstancias de las personas, de los lugares y de los tiempos». Para ello es imprescindible conocer la realidad y acercarse a las personas en sus ambientes.

No se minusvalora lo sacramental. La Misión Popular ha de llevar a superar la celebración de sacramentos por rutina o vacíos de sen­tido y contenido, y ha de motivar para celebrarlos de forma gozo­sa y participativa, como expresión de fe y de vida cristiana. Todo ello supone una evangelización, que la Misión Popular motiva e inicia».

Y, un poquito más adelante, el mismo autor añade:

En una sociedad como la nuestra, saturada de palabras y de prome­sas incumplidas, y en un claro proceso hacia la increencia, es fun­damental que la evangelización incluya una opción clara por los pobres. El compromiso a favor de los marginados es una de las pocas cosas que pueden suscitar un interrogante y posibilitar la aco­gida del anuncio explícito.

Si esta dimensión es tan vital, en la evangelización en general, y en la Misión Popular vicenciana en particular, ya desde el inicio del proceso de Misión habrá que ir detectando las necesidades con un buen estudio de la realidad y mediante las visitas a las familias. En el anuncio explícito, no se podrá olvidar el intentar sensibilizar y motivar a los miembros de la comunidad cristiana. Y no se podrá dar por terminada una Misión si no se ha dejado organizada la acción social y caritativa.

La problemática del «hereje» de Montmirail sigue viva en la Iglesia de hoy. Si esta Iglesia olvida al mundo rural, a los barrios periféri­cos de las ciudades, en una palabra, a los pobres, no tendrá credibiIidad. En este sentido, las Misiones Populares pueden ofrecer un buen servicio a la Iglesia; pero para ello, no sólo deberán evangeli­zar anunciando la Buena Noticia, sino realizándola, optando por los pobres de una manera práctica. ¿No es esto una asignatura pendien­te en las Misiones Populares renovadas?».

Ander Arregui, misionero en activo, ha presentado en estos párrafos una lista de acciones y de actitudes, convenientes y necesarias, para renovar la misión que la Iglesia debe llevar a cabo en nuestro tiempo. Por eso mismo, nos preguntamos con él, ¿estas acciones y actitudes descritas y deseadas no fueron y siguen siendo una asignatura pendiente, no sólo de las misiones populares sino también de la acción pastoral ordinaria? Pienso que sí. Y me da la impresión de que nos está sucediendo en esto lo mismo que a muchísimos alumnos de nuestras escuelas y colegios que no les importa ir dejando y arrastrando muchas asignaturas pendientes, suspensas. Da la impresión que le damos muy poca importancia al problema y, por lo tanto, que lo valora­mos muy poco y que actuamos como auténticos pasotas.

En nuestras parroquias hay, todavía, demasiado culto y cele­bración de sacramentos, realizados con muy poca fe, y saturados de rutina, y vacíos de sentido. Por el contrario, se dedican pocos espacios y tiempos a la catequesis, a la formación de la fe con criterio evangélico y moral. Y, a su vez, ¿las misiones populares, que se siguen dando, no pecan de excesiva predicación y de catequización escasa? Probablemente sea ésta una de las causas por la que tengan tan poco éxito, apenas se soliciten y se den con poca pasión y exiguo celo misionero. Mientras todo sigue de la misma manera que hasta hace unos pocos años, la ignorancia religiosa, quizás, sea hoy mayor que en épocas pasadas. Por otra parte, sigue siendo muy pobre la demanda de formación religio­sa por parte de los católicos, una formación prolongada en el tiempo y profunda en los contenidos. Y escasea, a su vez, la ofer­ta de la misma por parte de los pastores y responsables de las comunidades cristianas. Por eso mismo, los católicos andamos bastante ayunos en lo que respecta a actualización en la fe, en la moral y en el mensaje evangélico. Nuestra confesión pública de la fe y de la vida cristiana es frágil, poco sincera y mortecina, nada atrayente. En pocas palabras, vivimos y celebramos los sacramentos y las manifestaciones públicas de nuestra fe como si fuese un acto social más en nuestra vida; como si de una cele­bración religiosa profana, «civil», se tratara.

Por otra parte, ¿nuestras comunidades parroquiales y eclesiales viven la caridad, celebran la caridad, hacen la caridad? Y estamos entendiendo caridad en la dimensión y órbita del amor y de la justicia. La caridad-justicia es el termómetro de la vida cristiana, la culminación de la celebración eucarística. Vicente de Paúl solía dar muchísima importancia a la misma, pues era el vehículo por el que el evangelio se hacía realmente efectivo.

Comprendía el misterio del amor y del servicio desde la óptica del evangelio, en el relato del Juicio Final de Mateo [25,31-46] y en la narración del Buen Samaritano de Lucas [10,25-37]. No podía dejar que se adormeciera su conciencia, pues martilleaba en sus oídos esa exigencia cristológica de hacer o dejar de hacer al mismo Cristo lo que se entregaba o se escaqueaba a uno de los más pequeños y necesitados de la sociedad, siendo él mismo don y regalo para los otros. La organización de la caridad fue clave en la misión de Vicente de Paúl y sus misioneros, y tiene que ser clave para nosotros, para la Iglesia en general. La vivencia del amor servicial y caritativo será prueba evidente y eficiente de que el Espíritu Santo es el que guía a la Iglesia. El ejercicio de la caridad y del amor al otro, al estilo de Cristo, dará credibilidad a la acción de la Iglesia, a la evangelización. Por esa razón, hoy más que nunca, la Iglesia y cada una de las comunidades cristia­nas tienen que optar por los pobres. Una opción radical, total, para algunos, para nosotros los vicencianos; preferencial, para otros.

¿Podrá hacer frente a estos retos la Congregación de la Misión en la actualidad? ¿Qué tendría que hacer al respecto para ponerse al día y actuar correctamente en su misión? ¿Sería sufi­ciente mirar al pasado y actualizarlo? De todo esto pretendemos Hablar en el punto siguiente.

Santiago Barquín

CEME, 2008

 

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