VICENTE DE PAUL EN GANNES-FOLLEVILLE (IX)

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4.2. LA CONGREGACIÓN DE LA MISIÓN Y LA MISIONES POPULARES

La Congregación de la Misión nació con vocación misionera. Sus orígenes están vinculados a las misiones que Vicente de Paúl dio, unido a otros, en los pueblos y aldeas de las propiedades de la Familia Gondi. Y así lo acuerda el Contrato de fundación del 17 de abril de 1625. Los firmantes del Contrato fueron los señores P. E. de Gondi, Margarita de Silly, Vicente de Paúl, Dupuys y Le Boucher. Y éste es el Contrato, en sus líneas principales:

«Ante los notarios y archiveros del rey nuestro señor abajo firman­tes, en el Chátelet de París, se presentan personalmente el ilustrísi­mo y distinguido señor don Felipe Manuel de Gondy… junto con su esposa la distinguida dama Francisca Margarita de Silly…, los cua­les por su franca y libre voluntad dicen y declaran unánime y con­juntamente que, habiéndoles dado Dios desde hace algunos años el deseo de procurar su gloria en sus tierras y en otros lugares, han pensado que su divina bondad ha provisto con su infinita misericor­dia a las necesidades espirituales de los habitantes de las ciudades de este reino por medio de gran número de doctores y religiosos que les predican, les enseñan el catecismo, les exhortan y los conservan en el espíritu de devoción, pero que entre tanto el pobre pueblo de los campos está solo y como abandonado.

Por eso han pensado que se podría en cierto modo remediar esta situación por medio de la piadosa asociación de algunos eclesiásti­cos de reconocida doctrina, piedad y capacidad que desearen renun­ciar tanto a las comodidades de dichas ciudades como a todos los beneficios, cargos y dignidades de la iglesia para que con el bene­plácito de los prelados en sus respectivas diócesis se dedicasen por entero y exclusivamente a la salvación del pueblo pobre, yendo de aldea en aldea a sus propias expensas, predicando, instruyendo, exhortando y catequizando a esas pobres gentes y moviéndolas a hacer una buena confesión general de toda su vida pasada, sin reci­bir ninguna retribución de ninguna clase, sino distribuyendo gratui­tamente los dones que han recibido de la mano generosa de Dios. Y para conseguirlo, dichos señores… han decidido constituirse en patronos y fundadores de esta buena obra. Y para este fin dichos señores han dado y otorgado, dan y otorgan juntamente por la pre­sente la cantidad de cuarenta y cinco mil libras, entregando de momento en manos del señor Vicente de Paúl… la cantidad de trein­ta y siete mil libras…, con las cláusulas y cargas que se mencionan a continuación.

A saber, que dichos señores encomiendan a dicho señor de Paúl ele­gir en el término de un año seis personas eclesiásticas o el número que permitan sostener las rentas de la presente fundación, de reco­nocida doctrina, piedad, buenas costumbres e integridad de vida, para trabajar en dicha obra bajo su dirección, mientras viva…

Que los mencionados eclesiásticos y demás personas que en el pre­sente o en el futuro deseen dedicarse a tan santa obra se entregarán por completo al cuidado del pueblo pobre de los campos y para ello se obligarán a no predicar ni administrar ningún sacramento en las ciudades donde haya arzobispado, obispado o colegiata, a no ser en caso de notable necesidad, o a sus domésticos, a puertas cerradas, suponiendo que tengan alguna casa de retiro en dichas ciudades. Que renunciarán expresamente a todos los cargos, beneficios y digni­dades, a no ser que algún prelado o patrono desee conceder alguna parroquia a alguno de ellos para administrarla bien…

Que dichos eclesiásticos vivirán en común bajo la obediencia del señor de Paúl de la manera indicada y de su sucesor… con el nom­bre de Compañía, Congregación o Cofradía de padres o sacerdotes de la Misión.

Que los que sean admitidos en esta obra tendrán la obligación de servir en ella a Dios en la forma indica y observar el reglamento que habrán de hacer para ello.

Que estarán obligados a ir cada cinco años por todas las tierras de los señores fundadores para predicar, tener el catecismo y hacer todas las obras buenas indicadas…

Que trabajarán en dichas misiones desde principios de octubre hasta el mes de junio…

Durante los meses de junio, julio, agosto y septiembre, que no son buenos para misiones, por estar entonces las gentes del campo muy ocupadas en faenas corporales, dichos padres se ocuparán de tener catecismo por las aldeas en las fiestas y los domingos, asistiendo a los párrocos que los llamen, o en estudiar para hacerse más capaces de asistir al prójimo en adelante para gloria de Dios.

Así es como se ha dicho, tratado y acordado entre las partes, pro­metiendo y obligándose cada uno en derecho al cumplimiento de las presentes…

Escrito y firmado en el palacio de dichos señores en París, calle Pavée, parroquia de San Salvador, en la tarde del diecisiete de abril de 1625…»

Así pues, según el Contrato de fundación de la Congregación de la Misión, los fundadores de la misma y sus primeros bene­factores económicos fueron los miembros del matrimonio de los Gondi, Felipe Manuel y Francisca Margarita. Los dos, preocupa­dos por la situación religiosa de los campesinos de sus propieda­des, acuden a Vicente de Paúl y le piden que encuentre un equi­po de sacerdotes para que misione sus territorios. Pero estos misioneros han de vivir en común y han de trabajar en equipo. ¿Por qué esta solicitud? Porque el trabajo de las misiones requie­re que se realice en equipo, no individualmente. A demás, como estas misiones habían de celebrarse en el campo ya que las ciu­dades solían tener bien cubiertas estas necesidades, mientras que los campos no, los sacerdotes tendrían que desplazarse y conve­nía que lo hicieran en comunidad. Las pobres gentes de los cam­pos vivían abandonadas en lo espiritual, y era necesario poner remedio. Más en concreto, un buen equipo de buenos sacerdotes debería ocuparse, cada cinco años, en anunciarles el evangelio, instruirles en las verdades de la fe, enseñarles el catecismo, ayudarles a hacer una buena confesión general de toda su vida, cele­brar correctamente los sacramentos. Ellos, los señores, se harían cargo de los gastos que todo ello comportara. Para ello, dejaban en fundación a Vicente de Paúl, su equipo y sus sucesores, una cuantía de unas cuarenta y cinco mil libras.

Para poder desempeñar convenientemente esta misión, los misioneros deberían renunciar a cargos, beneficios y dignidades eclesiásticas de cualquier tipo y lugar. Sólo así estarán libres de cargas y cargos para poder trabajar, con dedicación plena, en la misión y vocación descubierta como necesaria para con aquellas pobres gentes. Han de vivir en comunidad, y en obediencia al señor Vicente; recibirán el nombre de sacerdotes de la Misión; tendrán que servir y actuar como misioneros de los campos, tra­bajando en las aldeas desde octubre a junio sin desmayar y, en los meses restantes, se dedicarán a reponer fuerzas y a preparar­se para trabajar en la campaña siguiente; también podrán dedicar ese tiempo de descanso a ayudar a los sacerdotes de las aldeas en su labor pastoral.

Este nuevo equipo de apóstoles de los campos, sacerdotes de la Misión, fue reconocido oficialmente por la Iglesia universal mediante la Bula Salvatoris Nostri del papa Urbano VIII, el 12 de enero de 1632192. En ella, como es natural, se describen los hechos por los que se eleva la petición de reconocimiento y se narran los pasos dados al respecto. Según este documento, el fin principal de la nueva congregación, tal y como pretendían Vicente de Paúl y los señores de Gondi, será el siguiente:

«El fin principal y el objetivo especial de esta congregación y de sus miembros ha de ser, con la ayuda de Dios, buscar junto con su propia salvación la de las almas que residen en los pueblos, alde­as, tierras y lugares más humildes. Pero en las ciudades donde hay arzobispo, obispo, concejo o bailí, los clérigos y sacerdotes de esta congregación no desempeñarán públicamente ninguna de las fun­ciones de su instituto, aunque próvidamente habrán de instruir a los que hayan de ser promovidos a las sagradas órdenes, procurando que hagan ejercicios espirituales y confesión general de toda su vida durante quince días antes del tiempo de la promoción a fin de recibir dignamente dichas órdenes. Promoverán también el culto especial a la santísima Trinidad, al sagrado misterio de la encarna­ción y a la bienaventurada Virgen María, Madre de Dios».

Como en el Contrato de fundación, en la Bula papal se esti­pula que la tarea de los sacerdotes de la Misión es la salvación de las almas que se encuentran en los pueblos, aldeas, tierras y lugares más humildes. ¿Salvación de las almas? Ese era el lenguaje de la época. Con esa locución, se hacía referencia a la liberación, santificación y redención de las personas que, en este caso, vivían en el campo y que, por circunstancias históricas, no tenían a nadie que les alimentara sanamente con las palabra de Dios y celebrara con ellos correctamente los sacramentos. Esto no ocurría en las ciudades de más alto rango, en las que residían, normalmente, las autoridades civiles y religiosas. Estas ciuda­des, comúnmente, solían encontrarse saturadas de sacerdotes y religiosos capacitados y preparados para atender y remediar las necesidades del espíritu. Por esa razón, los miembros de la Misión no podrán actuar públicamente en ellas, salvo en lo con­cerniente a los ejercicios para los ordenandos. Pues, con la aten­ción a éstos, se pretendía que los campos misionados quedaran después servidos por buenos y santos sacerdotes, y así aquellos feligreses no quedaran condenados a volver a vivir en una nueva miseria espiritual.

Al final de la cita, encontramos que se mencionan tres devo­ciones y misterios que Vicente de Paúl inculcó a los suyos para sustentar su vocación y para que pudieran cumplir bien su tarea. Estos misterios religiosos y, también, devociones eran el del culto a la santísima Trinidad, la adquisición de los fundamentos del misterio de la Encarnación de Jesucristo y la imitación de la Virgen María. Podría decirse que, con dicho culto a la Trinidad y la profundización en los otros misterios y devociones, lo que Vicente de Paúl buscaba, y así fue sancionado, no era otra cosa que la formación de los misioneros en el amor de Dios, en la humildad y la obediencia de Jesucristo y en las virtudes cristia­nas que adornaron la vida y la persona de María, la madre de Jesús. Estos misterios, devociones y fundamentación teológica fueron considerados como los medios más adecuados para que los misioneros pudieran entregarse plenamente a la evangeliza­ción liberadora de las pobres gentes del campo.

Por lo que nosotros podemos saber y conocer en la actuali­dad, Vicente de Paúl procuró recordar todo esto a los suyos. Y lo hizo con relativa frecuencia. Solía decirles que anunciar la sal­vación a las pobres gentes del campo, mediante la predicación y enseñanza de la Palabra, era el fin principal de la congregación.

Y que esto era de capital importancia, siendo todo lo demás acce­sorio. Así lo ha dejado reflejado en una repetición de oración el 25 de octubre de 1643:

«Lo más importante de nuestra vocación es trabajar por la salvación de la pobre gente del campo, y todo lo demás no es más que acceso­rio; pues no hubiéramos nunca trabajado con los ordenandos, ni en los seminarios de eclesiásticos, si no hubiésemos juzgado que esto era necesario para mantener al pueblo y conservar el fruto que produ­cen las misiones cuando hay buenos eclesiásticos…».

Trabajar por la salvación de la pobre gente del campo, en expresión de san Vicente, es el fin principal de la Congregación de la Misión; los otros trabajos o ministerios son accesorios, y tienen sentido tanto en cuanto ayudan a conservar y mantener los I rulos del trabajo en las misiones. Por lo tanto, las misiones populares son el ser y el quehacer de la Congregación de la Misión. Otro tipo de ministerios o de actividades de sus miem­bros, sólo serán válidos si son coherentes con el fin principal, es decir, si ayudan a alcanzar dicho fin o lo consolidan. Si no sucede así, no tiene nada que ver con la Misión ni con las misiones.

En aquellas fechas Vicente de Paúl releía los documentos oficiales y las voluntades de los auténticos fundadores ya en esta dirección. Quizás, en los tiempos actuales, haya que hacer una nueva relectura de esos documentos y de esas voluntades de los fundadores. Pero jamás podremos traicionar el espíritu y el sen­tido de la Misión, que es la evangelización de los pobres. Esta evangelización de los pobres, el trabajo en las misio­nes entre las gentes del campesinado francés, en tiempos de Vicente de Paúl, será el medio por el que los misioneros alcanzarán su santificación o plenitud de su ser como cristianos y lino misioneros. Esta es la idea que subyace en los documentos fundacionales y, también, en las reflexiones posteriores de unos y de otros. Y así se reconoce, incluso, modernamente, al hablar de la actividad apostólica de las misiones para los misio­neros vicencianos: «Esta actividad apostólica se convierte tam­bién en la fuente y el medio de santidad del misionero, en cuan­to que haciendo esto copia lo más perfectamente posible el ejemplo y la misión del mismo Cristo…». Las misiones, pues, fueron, son y serán, fuente y medio de santificación, de madura­ción cristiana para el misionero vicenciano. Cuanto más se entre­gue a esta tarea o vocación y más trabaje en ella, tanto más y mejor seguirá a Jesucristo, evangelizador de los pobres, como buen discípulo suyo; y llevará a cabo su misión, tal y como fue comunicada y transmitida a los apóstoles y discípulos.

En el pasado, las misiones populares fueron la enseña de los miembros de la Congregación de la Misión. ¿Lo son en el momento presente? ¿Lo serán en el futuro? No resulta fácil hacer un examen de conciencia sincero y profundo del pasado o del presente; tampoco respecto del futuro resulta fácil una prospec­ción en este sentido, si pretendemos ser justos. No obstante, algún especialista vicenciano se ha atrevido a hacerlo. Me estoy refiriendo a Jaime Corera en su libro Servir a los pobres es ir a Dios. Me serviré, en este instante, de su testimonio. ¿Y qué es lo que dice Jaime Corera respecto del fin principal de la Congregación de la Misión? Al presentar las Sociedades Vicencianas de Vida Apostólica, la Congregación de la Misión y la Compañía de las Hijas de la Caridad, hace hincapié en la llamada herencia vicenciana y expone con toda claridad que los misioneros son seguidores de Jesucristo en cuanto evangelizador de los pobres v que pretender reproducir en su vida la experiencia de Jesucris­to en cuanto enviado por el Padre para implantar su reinado. Por este motivo, si se pretende ser vicenciano auténtico, no es suficiente pertenecer jurídicamente a la congregación fundada por Vicente de Paúl, sino que es imprescindible «revivir, dentro de la congregación que él fundó, la experiencia espiritual de segui­miento de Jesucristo que fue el motivo de la fundación». El ser reconocido jurídicamente como miembro de la Congrega­ción de la Misión no supone, sin más, ser auténtico misionero vicenciano.

Y, ¿qué debe hacer un misionero vicenciano para vivir correc­tamente su espiritualidad? Jaime Corera propone para ello, a iodo misionero vicenciano, un itinerario concreto. Dicho itinerario requiere tres cosas o actividades: conocer la experiencia de Vicente de Paúl, revivir en sí mismo dicha experiencia, y trabajar en comunidad o en equipo. En primer lugar, conocer la experiencia de Vicente de Paúl. Conocer bien algo o, mejor, a alguien es fundamental para poder amarlo. Por eso mismo, «ni la Congregación de la Misión, ni un miembro de ella en particular, puede pretender vivir el espíritu vicenciano sin tomarse la molestia de tratar de conocer en qué consistió ese espíritu». En segundo lugar, revivir dicha experiencia. Pero, ¿cómo se puede revivir ir hoy el espíritu y la experiencia de Vicente de Paúl? Para resolver esta pregunta sólo cabe una respuesta. Y dicha respuesta está en comenzar por donde comenzó el fundador, es decir, cam­biando de actitudes, dejando atrás todo egoísmo, convirtiéndose a Dios y a los pobres: «para tratar de vivir hoy la experiencia espiritual del fundador hay que empezar por donde empezó el fundador: por una conversión o renuncia a cualquier suerte de egocentrismo»’. Romper con el egoísmo centrípeto que cada uno lleva consigo es totalmente necesario si pretendemos gastar nuestras vidas en el servicio de los pobres y seguir siendo discí­pulos de Cristo. Y para servir a los pobres, nada mejor que entrar en contacto con ellos. Finalmente, la misión del misionero vicenciano sólo puede realizarse desde la comunidad y en comunidad, pues, «todas las instituciones de san Vicente, aun las más laicas, proponen una experiencia de seguimiento de Jesucristo para la evangelización de los pobres en comunidad y en equipo». Y, esto que parece tan obvio, no resulta tan fácil realizarlo. Estamos y vivimos juntos, pero ¿somos comunidad? Y, ¿trabajamos en comunidad?

Los miembros de la Congregación de la Misión son seguido­res de Jesucristo y miembros de la Iglesia. Están llamados a rea­lizar su tarea o misión de un modo peculiar, esto es, dedicándo­se de manera total y exclusiva a los pobres’. Y, aunque como cristianos se deban a todos, como vicencianos se les ha enco­mendado de modo particular sólo los pobres y los más débiles. Esta dedicación a los pobres y débiles de la sociedad, tiene que llegar a ser el centro y el eje de todos ellos, el objetivo único de su acción pastoral. Pues, todo misionero vicenciano, que se pre­cie de serlo, debe ser un misionero-para-los-pobres. Pero este servicio evangelizador requiere cercanía física, tanto personal como comunitaria, para que termine por convertirse en solidari­dad para con ellos. Dicho con otras palabras, sólo cuando se tra­baja cerca de los pobres, junto a ellos y entre ellos, se pueden conocer correctamente las necesidades de las que carecen y las causas que las provocan. Esta exigencia radical debe llevar a ofrecer a los misioneros que comienzan una adecuada formación social, además de la teológica. Y solamente así podrán ofrecer a los pobres una salvación integral, una liberación total.

Los misioneros vicencianos realizan su vocación trabajando en las misiones populares, porque esa fue la decisión de Vicente de Paúl; decisión no sólo personal, que afectaba a sí mismo, sino congregacional. La Congregación de la Misión nació para ser misionera, para dedicarse a evangelizar y a hacer efectivo el evangelio entre las pobres gentes del campo. Las misiones son, pues, el medio fundamental para conseguir el fin de la Congregación de la Misión según voluntad del fundador y enseñan­za del mismo. Éstas «ocupaban el lugar central en la actividad pastoral de su congregación». Aunque, por desgracia, no siem­pre ha sucedido así y, en nuestro tiempo, las misiones populares tampoco están ocupando el lugar central de la actividad pastoral de los miembros de la Congregación de la Misión, aunque así esté postulado en las constituciones.

Muchas provincias vicencianas, en la actualidad, no trabajan en las misiones populares. Además, las misiones populares que se siguen dando sólo suelen ofrecer evangelización de palabra, sin llegar a instituir un servicio comunitario de caridad. Y dicho servicio es vital para que una misión popular esté dentro del espíritu vicenciano. Este servicio de caridad de la postmisión formaba parte de la estructura misionera de Vicente de Paúl y sus seguidores. Y así lo reivindica en la actualidad Jaime Corera: «en los tiempos del fundador las misiones populares… incluían como dimensión importante, incluso como resultado final del proceso catequético-misionero, la fundación de una cofradía de caridad para la asistencia también espiritual, pero sobre todo material-corporal de los enfermos pobres; y no sólo de los enfermos pobres, sino también, por ejemplo, de los niños y de los jóvenes pobres, a quienes las cofradías proveían de una formación arte­sanal como medio para ganarse la vida y salir así de la pobreza extrema».

Una auténtica evangelización vicenciana lleva consigo predi­car la Palabra de Dios, instruir al pueblo en las verdades de fe y moral, celebrar los sacramentos e instaurar la paz, la conviven­cia social y la vida en dignidad mediante el ejercicio de la cari­dad y de la solidaridad. La caridad y la solidaridad de las que aquí se habla, frutos necesarios de un misión auténtica, no con­siste en acompañar un instante al que sufre, sino en liberarle de su miseria y ofrecerle una nueva vida cristiana y humana, con toda su dignidad, poniendo a su disposición los medios necesa­rios para que él mismo pueda salir de su postración. Este factor de la caridad y de la solidaridad es tanto o más importante que los otros señalados anteriormente. Tan es así que el papa Juan Pablo II, en la Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte, lo ha dicho con toda claridad: los cristianos tenemos que tender hacia «la práctica de un amor activo y concreto con cada ser humano» y tenemos que saber contemplar a Cristo «sobre todo en el rostro de aquellos con los que él mismo ha querido iden­tificarse” (cfr. Mt 25,35). Y, esta página del evangelio, sigue insistiendo Juan Pablo II:

«No es una simple invitación a la caridad: es una página de cristología, que ilumina el misterio de Cristo. Sobre esta página, la Igle­sia comprueba su fidelidad como Esposa de Cristo, no menos que sobre el ámbito de la ortodoxia».

La caridad y la solidaridad para con los pobres y necesitados son una exigencia de la fe, de la evangelización. Es más, serán el signo efectivo de que la fe en Jesucristo es auténtica, y de que se le sigue por el buen camino trazado por él, y por el que él va caminando delante de los suyos. Una fe vivida así y una vida cristiana con estas características es lo que el pobre pueblo de I >los está reivindicando en la actualidad, y eso mismo fue lo que pretendieron llevar a cabo las misiones populares, al menos en tiempos de Vicente de Paúl. Pero, si en estos momentos se está exigiendo esa fidelidad a Cristo desde la caridad, la justicia y la solidaridad, dicha exigencia es señal fehaciente de que, como tal exigencia, había decaído tanto en las planificaciones misioneras como en la misma realización de las misiones. Jaime Corera lo reconoce sin ambages. Y se lamenta de que así haya sucedido en las misiones dadas por los misioneros vicencianos durante el pasado siglo XX: «Este aspecto de evangelización-redención material» fue desapareciendo con el paso del tiempo; no se sabe por qué ni cuándo, pero la mayor parte de las misiones que se han dado en la mayor parte de los países en la primera mitad del siglo XX, e incluso muchas de las que se han dado y se siguen dando en la segunda mitad, han perdido este elemento «material» prácticamente del todo».

Jaime Corera distingue entre el factor material de las misio­nes, la instauración de las caridades que sirven de ayuda y de promoción para los pobres, y el factor espiritual o las catequesis y predicaciones sobre los aspectos de fe y costumbres. Son dos aspectos que no pueden ni deben contraponerse ni excluirse el uno al otro; ambos se complementan y son totalmente necesarios para que la evangelización produzca el efecto de redención, liberación y salvación total e integral que Cristo dio a su propia evangelización.

Pero, se constata que se ha dado, de hecho esa contraposición, que se han separado y disociado el uno del otro. Se ha potencia­do más el factor espiritual y se ha dejado de lado el material. ¿Por qué? ¿Por qué se ha abandonado el factor caridad? ¿No será porque, con el paso del tiempo, los mismos misioneros han desconectado del mundo de las pobrezas, se han aburguesado y han camuflado el lenguaje y la fuerza radical del mismo evange­lio? La respuesta no resulta fácil, ni es posible encontrar las cau­sas. Pero, lo que sí parece ser cierto es que una persona se hace solidaria para con los pobres cuando experimenta de alguna manera en sus propias carnes algunos efectos de la pobreza. Para que la miseria y las necesidades de los pobres nos interpelen, es imprescindible estar entre ellos, sentir con ellos y padecer con ellos, de alguna manera, los coletazos de las injusticias que pade­cen y la indignidad vital que soportan.

De estos presupuestos fundamentales se desprende que los miembros de la Congregación de la Misión deberían migrar, ponerse en camino, hacia donde están los pobres, donde se pade­cen los mayores zarpazos de las pobrezas más crudas, crueles e injustas. Esa itinerancia hacia ellas es su misión, su vocación más exquisita. Un buen misionero vicenciano, pues, no debería nunca esperar que los pobres lleguen hasta él, llamen a su puer­ta; al contrario, él mismo debería salir en su búsqueda. En la actualidad, los verdaderamente pobres se encuentran en los lla­mados mundos tercero y cuarto. Por esa razón, el celo misione­ro, auténtico y renovado, debería manifestarse hoy en un desplazamiento, tanto de bienes como de personas vicencianas, hacia esos países y pueblos del tercer mundo, y hacia esas bolsas de pobreza y de dolor que malviven en el cuarto mundo en medio del primero y segundo, mundos opulentos o casi opulentos.

Santiago Barquín

CEME, 2008

 

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