VICENTE DE PAUL EN GANNES-FOLLEVILLE (IV)

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2.3. INTERPRETACIONES TRADICIONALES

Hemos expuesto los hechos acaecidos, según la tradición, en Gannes-Folleville. Y, también, cómo impactaron en Vicente de Paúl. Ahora vamos a comentar las interpretaciones más tradicio­nales que se han dado al respecto. Comenzaremos por Abelly y Coste, dos biógrafos de Vicente clásicos, y continuaremos por las interpretaciones más comunes que se han ofrecido en el foro de las Semanas de Estudios Vicencianos o en obras escritas en español.

Ya hemos dicho anteriormente que, para Luis Abelly, los acontecimientos de Folleville fueron originales y, hasta cierto punto, trascendentales para la evolución y trayectoria de Vicen­te de Paúl. Éstas son sus palabras al respecto:

«Esta misión del lugar de Folleville fue la primera que dio el Sr. Vicente, y siempre ha sido considerada como la semilla de las que se llevaron a cabo hasta su muerte. Todos los años, ese mismo día 25 de enero daba gracias a Dios efusivamente, y recomendaba a los suyos que hicieran lo mismo, como muestra de agradecimiento por las consecuencias llenas de bendiciones que plugo a Dios conceder en su infinita bondad a la primera predicación. Por ello había que­rido que el día de la Conversión de san Pablo fuera el de la concep­ción de la Congregación de la Misión, aunque todavía, ni más de ocho años más tarde, hubiera pensado en absoluto que aquel grani­to de mostaza iba a crecer y multiplicarse tanto; y menos aún que iba a servir de fundamento a una nueva Compañía en la Iglesia, como sucedió más tarde. Esa es la razón por la que los misioneros de su Congregación celebran, con mucha devoción, el día de la Conversión del Santo Apóstol, en memoria de que este nuevo Pablo y Fundador de ellos, comenzó con toda felicidad ese día su prime­ra misión, seguida de tantas otras que han logrado la conversión de un número tan grande de almas, y contribuido tan ventajosamente al crecimiento del Reino de Jesucristo».

  1. Abelly precisa que lo de Folleville fue una misión en toda regla, y no únicamente un sermón. Insiste, varias veces, en que fue la primera misión: la primera, entre otras muchas que tuvie­ron lugar después; la primera, y que por ese motivo se convirtió en semilla o modelo de las que se fueron dando hasta su muerte; la primera, y que fue abundantemente bendecida por Dios y de la que se recolectaron magníficos frutos para la construcción del reino de Dios. Y entre estos frutos hay que destacar el nacimien­to de la Congregación de la Misión. Vicente mandará recordar el día y la gesta, aunque no sabemos cuándo lo hizo ni cuándo se llegó a celebrar con precisión, como eventos básicos para el ori­gen y el desarrollo posterior de la Congregación de la Misión. Ésta no apareció al momento; nacerá unos ocho años más tarde, y como fruto de un largo camino de súplicas a personas y con­gregaciones ya existentes y de rechazos al respecto. L. Abelly lo precisa de esta manera:

«La Señora Generala reconoció por esta primera prueba… la nece­sidad de las confesiones generales, sobre todo, en la gente del campo, y la utilidad de las misiones para promoverlas y preparar­las. Por esta razón, tuvo desde entonces el propósito de dejar un legado de dieciséis mil libras a la Comunidad que fuera, con tal que quisiera encargarse de dar misiones cada cinco años por todas sus tierras. Para ponerlo en ejecución se valió del Sr. Vicente, quien de parte de ella hizo la propuesta al R. P. Charlet, provincial de los jesuitas, y éste le respondió que escribiría a Roma acerca de dicha cuestión; hecho lo cual, le contestaron que no lo debía acep­tar. Ofreció la misma fundación a los RR. PP. del Oratorio, pero tampoco quisieron encargarse. Finalmente, no sabiendo a quién dirigirse, la Señora redactó el testamento, que era renovado cada año, en virtud del cual dejaba dieciséis mil libras para fundar la misión en el lugar y en la forma que el Sr. Vicente juzgara más a propósito…».

Una vez más se insiste en que Folleville fue la primera misión, que en esta ocasión, es designada como primera prueba. Y que gracias a ella se descubrieron la necesidad y la importancia de las misiones populares y de las confesiones generales. Mediante ella, Vicente y la señora de Gondi han adquirido conocimiento claro y preciso de que las misiones populares harán posibles las buenas confesiones generales y, por ende, la conversión o transformación de aquellas gentes cuya vida cristiana había decaído o había entrado en regresión casi total. Por medio de las misiones popu­lares, las gentes del campo, principalmente, regenerarán su vida cristiana. Pero, ¿quiénes darán dichas misiones? Por el momento, sólo Dios lo sabe; Vicente de Paúl, todavía no.

Pedro Coste manifiesta que los acontecimientos de Gannes y de Folleville fueron básicos, trascendentales y luminosos para Vicente de Paúl y su vida posterior. Éstas son sus palabras:

«La misión de Folleville demostró con claridad a Vicente de Paúl lo que Dios esperaba de él. Mientras en las aldeas tantas almas arries­gaban su salvación eterna, a falta de sacerdotes que las instruyeran, ¿convenía que pasara él la mayor parte de su tiempo en el estrecho círculo de una familia dando lecciones a uno o dos niños? Dios le había librado, tras larga y terrible lucha, de las tentaciones contra la fe, a consecuencia de la resolución que había tomado de consa­grar el resto de sus días al servicio de los pobres; ¿sus funciones de preceptor se conciliaban con este compromiso? ¿No había lugar a temer volviese la tentación, si no se alejaba de la casa de los Gondi?».

Según P. Coste, pues, lo acaecido y vivido en Folleville fue providencial para el discernimiento de la vocación personal de Vicente de Paúl. Dios, dice, le mostraba nítidamente el camino a seguir: debería dejar la instrucción de unos niños en el seno de una familia para dedicarse a instruir a las pobres gentes de las aldeas de Francia. La tentación sobre la fe padecida y ahora aca­llada, la resolución tomada al respecto terminarían por hacer aguas y anegarlo en una vida sin sentido si no se decía pronto a seguir el camino que con tanta claridad se le mostraba en los acontecimientos de Folleville. Vicente optó, por tanto, por el camino trazado por Dios en Folleville.

Pero, no sólo Vicente de Paúl encontró la vocación que bus­caba sino que los acontecimientos de Folleville iban a exigir el nacimiento de una nueva Congregación en la Iglesia, la Congre­gación de la Misión. Ésta será uno de sus frutos maduros:

«La institución de la Congregación de la Misión es la consecuencia del sermón de Folleville; brotó de él como brota el árbol de la semi­lla. Y el día de la conversión de san Pablo fue siempre, para san Vicente y los suyos, un día de agradecimiento a Dios».

La misión de Folleville, según P. Coste, ha dado dos frutos importantes e interesantes; a saber, la vocación de Vicente de Paúl dedicada a la instrucción y evangelización de las pobres gentes del campo, y la misión de la Congregación de la Misión para ampliar, en el espacio y en el tiempo, la vocación de Vicen­te de Paúl. Ambos acontecimientos se manifestaron de manera sugerente el día en que la Iglesia celebra la Conversión del após­tol Pablo, un 25 de enero de 1617.

  1. Coste habla, en esta última cita, de sermón y no de misión; en la anterior, dice claramente que lo de Folleville fue una misión. Cabe concluir que en Folleville Vicente de Paúl dio una misión popular y que tanto su propia vocación como la de la Congregación de la Misión brotaron como brota un árbol de la semilla correspon­diente. Por esa razón, el día de autos y lo acontecido en él deberán recordarse siempre y celebrarse con agradecimiento y con alegría, bendiciendo a Dios por todo ello y pidiéndole fuerzas para no des­fallecer en la tarea evangélica emprendida desde aquel día.

En el año 1976 tuvo lugar, en Salamanca, la V Semana de Estudios Vicencianos. En la misma se pretendía analizar con detenimiento la relación entre «Vicente de Paúl y la evangeliza­ción rural». El presentador de la semana, el P. José Manuel Sán­chez Mallo, abre la edición de las intervenciones de los expertos en el tema con estas palabras:

«Folleville, diminuto pueblo de Francia, 25 de enero de 1617. El hecho es de todos conocido. Vicente de Paúl reconoció esa fecha como el comienzo de su obra misionera: ‘Y he ahí el primer sermón de la Misión, y el éxito que Dios le dio el día de la conversión de San Pablo; lo que Dios no hizo sin propósito de un día semejante’ [XI, 4]. La vida de Vicente quedó marcada por este acontecimiento; resultó para él una verdadera `teofanía’. A partir de esta experien­cia de 1617, completada con la de Clichy (1612), Chátillon-les-Dombes (1617) y Marchais (1621), Vicente releerá el Evangelio de una forma nueva. Le es particularmente grato el Evangelio de san Lucas y muy principalmente el texto de 4,18, en el que se recoge el pasaje de Isaías [61,1]: ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido para que dé la buena noticia a los pobres’. Vicente de Paúl asume como lema de su vida el texto lucano: ‘evangelizare pauperibus’. Pero después de la experiencia de Folleville, el pobre tiene para Vicente de Paúl una fisonomía particular: el pobre es cam­pesino. Por esta razón el texto de Lucas ha de ser completado con el `máxime ruricolis’, principalmente los campesinos. Desde entonces y por voluntad de su fundador los sacerdotes de la Misión tienen como divisa: ‘evangelizare pauperibus, máxime ruricolis'»40.

El P. Sánchez Mallo califica la experiencia de Folleville con el término significativo de teofanía, revelación concreta de Dios o de los designios de Dios que pone en movimiento a una persona para llevar a cabo una misión. Y, según él, en dicho día y even­to, quedaron claras y consolidadas para siempre la vocación y misión de Vicente de Paúl. Sin embargo, esa especie de revela­ción divina tendría que completarse, reforzarse. De hecho, desde 1612 en Clichy hasta 1621 en Marchais, Vicente fue percibiendo cada vez con más claridad qué era lo que Dios quería y deseaba de él. En ese amplio abanico de años, 1612-1621, el año de 1617 va a ser un año fundamental para la vida y el ministerio de Vicente. En él van a tener lugar dos de sus experiencias más fun­damentales según todos los expertos en vicencianismo: Follevi-lle, primero, y Chátillon, después.

¿En qué va consistir la misión de Vicente de Paúl descubierta y consolidada durante estos años? En dedicar su vida a la evan­gelización de las gentes del campo: las pobres gentes del campo, como él solía decir. De estas vivencias va a adquirir sentido y sig­nificado el lema de los misioneros vicencianos, y que fue la divi­sa de Vicente de Paúl: «El Señor me ha enviado a evangelizar a los pobres, principalmente los del campo». Vocación plenamente evangélica, misión que continúa la del mismo Jesús de Nazaret, según el Evangelio de san Lucas. Fecha y experiencia que quedó grabada para siempre en su corazón, y que deberá quedar tatuada a fuego en el de los misioneros vicencianos.

El misionero José Ma Ibáñez Burgos, participó como ponen­te en la V Semana de Estudios Vicencianos de la que estamos hablando. Intervino con el tema: «La sociedad rural en la voca­ción de san Vicente de Paúl». En su exposición hace referen­cia, cómo no, a dos experiencias —reveladoras según él— de la vocación y de la misión de Vicente de Paúl: Gannes-Folleville y Chátillon-les-Dombes. Y añade a éstas, como complemento, el encuentro con el hugonote en Montmirail y la misión en Marchais. Expone de manera muy breve lo acontecido en Gannes a la cabecera del moribundo. Y precisa a continuación:

«A la cabecera de este campesino enfermo, Vicente repara en que los campesinos se condenan porque hacen malas confesiones. Uti­lizando la voz caritativa de la Señora de Gondi, Dios interroga a Vicente: ‘¿Qué es esto? ¿Qué acabamos de oír?, le dice después de la confesión del campesino de Gannes. ¡Ay, Señor Vicente, cuán­tas almas se pierden!’ ¿Cuál puede ser el remedio a este mal”.

Dios, pues, ha tocado el corazón de Vicente, haciéndole com­prender que los campesinos necesitan de buenos y santos confe­sores y de unas preparaciones previas para poder hacer buenas confesiones. Dios le interpela por medio de la señora de Gondi, Dios le pide respuestas, métodos y medios. Por ahora va adqui­riendo conciencia de la situación religiosa negativa de los pobres del campo, y de la ignorancia e ineptitud de los mismos sacerdo­tes que los asisten.

Vicente está inquieto, e intranquilo con su estado de vida. Su mente se debate en búsqueda de respuestas. Lo tiene claro y, a la vez, no lo percibe con toda precisión. Duda, reflexiona, trabaja, toma algunas decisiones. ¿Qué hacer? La respuesta más inme­diata que encuentra es ésta:

«Para desarraigar el mal, Vicente no prevé, por el momento, otro re­medio más que exhortar a la confesión general. Invitado por la Seño­ra de Gondi, lo intenta en el sermón predicado el 25 de enero de 1617 en la iglesia de Folleville [cfr. L. ABELLY, La vie… L. I, pp. 33-34].

Durante algunos días continúa instruyendo a los habitantes de la parroquia y preparándolos a la confesión general. Ayudado por otro sacerdote y por los jesuitas de Amiens, Vicente los confiesa. Termi­nada la ‘misión’ en Folleville, se encamina hacia otros pueblos para continuar los actos de la misión y trata de vislumbrar `su misión».

La respuesta primera e inmediata es una misión. Comenzó con un sermón sobre la confesión general, continuó con la ins­trucción catequética y finalizó con la recepción de los sacramen­tos, confesión y eucaristía. Sabe, pues, lo que tiene que hacer, pero todavía no es plenamente consciente de que sea su propia misión. Es consciente de que las misiones populares son el reme­dio para el mal del campesinado cristiano y católico. Por lo tanto, misiona no sólo en Folleville, sino en todas las tierras y posesiones de la señora de Gondi. Folleville se convierte para Vicente de Paúl en «el lugar de su génesis, el lugar donde la ins­piración original le compromete a hacer alma y cuerpo con la Iglesia de Cristo»47. Probablemente, más que de un lugar físico se trate de un lugar teológico; y, a en vez de un origen en el tiem­po y en el espacio, de un origen teológico, también. Al final de ese periodo de misiones, decidirá abandonar la familia de Gondi y madurar su vocación, su misión. Chátillon le espera. Será en este lugar donde habrá de recibir otra sacudida espiritual que irá configurando su vida, su persona y su trabajo.

José María Ibáñez Burgos, en su conferencia, hace balance de los acontecimientos vividos por Vicente de Paúl en Gannes-Folleville y Chátillon-les-Dombes. ¿Y qué ofrece en dicho balance? Veámoslo:

«El año 1617 es para Vicente de Paúl rico en constataciones y la experiencia comienza a ser capital en su existencia. Se convence que las almas de los campesinos se pierden por no hacer buenas confesiones y por no poderse apoyar, a causa de la ignorancia, en las verdades fundamentales de la fe…».

Y añade, a su vez:

«Estas revelaciones del año 1617 servirán de palanca a todas las grandes obras e iniciarán las creaciones vicencianas. Ellas manifes­tarán exteriormente la progresión y la extensión de su concientización. Esta toma de conciencia es al mismo tiempo un estímulo y una acusación».

El año 1617, en especial, es rico en vivencias y en respuestas para Vicente de Paúl. La experiencia, suele decirse, es un grado. Y, en Vicente de Paúl, lo es efectivamente. Por una parte se con­vence de que los campesinos se pierden por no hacer buenas confesiones y porque viven en una ignorancia vencible respecto de verdades fundamentales para su fe y su vida de cristianos. Por otra, Vicente descubre que, directa o indirectamente, él es culpa­ble de esos males. Culpable, porque lo es la misma Iglesia, por­que lo son los sacerdotes en general por haber abandonado su trabajo pastoral, bien sea por ignorancia, bien por buscar un modo de vida más cómodo y mundano. Esta toma de conciencia va a pesar mucho cuando se decida, definitivamente, a entregar­se a la evangelización y promoción de los campesinos pobres, marginados, abandonados.

Y, a la vez que toma conciencia de la realidad y de lo que debe hacerse, Vicente de Paúl intuye que hay que dar continui­dad al trabajo iniciado; continuidad en el espacio y en el tiempo. Y para ello son necesarias más manos, muchas más personas. Por eso, las revelaciones de 1617 van a lanzar al mundo las gran­des obras y creaciones Vicencianas. El P. Ibáñez Burgos precisa esto en una nota a pie de página. Leemos en ella:

«Apoyándose en la experiencia de Gannes y en la misión de Folle-ville fundará la Congregación de la Misión (1625), se organizarán las misiones parroquiales, los ejercicios para Ordenandos (1628), la asociación de los ‘sacerdotes de los martes’ (1633), los seminarios (1641)».

Para José María Ibáñez Burgos, Vicente de Paúl irá configu­rando todo un entramado de respuestas y acciones para poder atajar el mal de raíz. Si las pobres gentes del campo se condenan es porque no hay buenos sacerdotes. Por lo tanto, las gentes del campo necesitan de misioneros, y como no han respondido aque­llos a quienes se les propuso en primer lugar, ha surgido la Con­gregación de la Misión, los misioneros paúles; y como no es suficiente con las misiones populares, pues es necesario prolon­gar sus frutos, es imprescindible formar e instruir a los sacerdo­tes en su vocación y misión. De ahí los ejercicios para ordenandos, las conferencias de los martes, los seminarios, etc. Buenos pilares para que el edificio se consolide y crezca. Así lo requería el Concilio de Trento que se estaba implantando, por fin, en Francia50. Vicente de Paúl estuvo empeñado en dar cauce a la reforma del clero y del episcopado ya iniciada.

Vicente de Paúl va encontrando su misión, y va acompasando dicha misión con obras consecuentes. Gannes-Folleville, en pri­mer lugar, después Chátillon van a configurar su ser misionero y su acción misionera y caritativa. En definitiva, estas experiencias van a enraizarlo en el pueblo, van a encarnarlo en los pobres y en Dios; van a hacer de él una persona evangelizadora y caritativa a la vez. José María Ibáñez Burgos nos lo dice con estas palabras:

«La actividad evangelizadora de Vicente de Paúl se origina a partir de dos experiencias fundamentales: Gannes-Folleville y Chátillon-les-Dombes. Ambas experiencias orientan e impulsan su fidelidad a Dios, su recreación, su encarnación. Con respecto a los demás le conducen a evangelizar sus vidas por la verdad, que salva, y por la caridad que completa y verifica esta evangelización».

Si entendiéramos al pie de la letra las afirmaciones de los expertos en Vicente de Paúl, podríamos decir, que Vicente de Paúl cambia, se convierte en otro después de esta doble expe­riencia de 1617. Pero, ni Vicente es total y radicalmente nuevo a partir de estos acontecimientos de su vida ni éstos han supuesto para él un giro total. El cambio ya venía gestándose, aunque len­tamente, y Vicente venía actuando, más o menos conscientemen­te, por dichos derroteros desde hacía ya algún tiempo. Ningún ser humano cambia de la noche a la mañana; su historia y los cambios que se van dando en ella van apareciendo de manera pausada, aunque activa. Vicente no es una persona totalmente convertida después de Folleville y Chátillon, ni había sido hasta entonces un mero buscador de fortuna y generoso retiro. Hacía años que venía abandonando la idea del buen retiro y estaba actuando como un buen sacerdote, consagrado de lleno a la misión que es propia de éste. Los abundantes Folleville y Chátillon que hubo en su vida fueron impulsando y configurando, cada vez de manera más perfecta, su vida y su acción. Es decir, evangelización y caridad van a configurar su vida y la de los suyos, y van a dar sentido a su misión y la de los suyos.

Un equipo de cinco misioneros paúles franceses intervinie­ron, también, en la V Semana de Estudios Vicencianos de 1976. Ellos aportaron su visión del tema y lo enriquecieron desde algu­nos análisis de las fuentes. Su intervención versó sobre «La experiencia del Señor Vicente y la nuestra»’. En el análisis que hacen de los acontecimientos, parten del hecho que venimos ana­lizando. Recogen los datos sobre lo acaecido en Gannes y en Folleville. Piensan que la experiencia de Folleville, y sus conse­cuencias, han impresionado fuertemente a Vicente de Paúl, tanto como el acontecimiento de la víspera (Gannes). Y nos invitan a hacer una lectura del acontecimiento y nos proponen algunas observaciones al respecto:

  1. Se da otro paso adelante… hacia el Sacerdote de la Misión. Tras haber evaluado las ventajas de la pastoral parroquial directa (Clichy) en relación con los ministerios «privados», san Vicente mide aquí las ventajas de la intervención misionera en relación con la misión sedentaria del párroco. Para el anciano de Gannes, no sólo no bastó el párroco, sino que, bien a pesar suyo por cierto, fue en cierta manera un obstáculo. En su carta a Urbano VIII, de junio de 1628, san Vicente precisará este punto: …La pobre gente del campo… muere a menudo en los pecados de su juventud, por haber sentido vergüenza en descubrírselos a párrocos o a coadjutores que les son conocidos o familiares [1, 45]. La intervención misionera no corre estos riesgos, y se presenta por eso como complemento nece­sario y eficaz a la pastoral sedentaria.
  2. Esta experiencia de intervención misionera encamina muy lógi­camente a san Vicente por la idea de la itinerancia. De ella se trata en este texto: Estuvimos luego en las demás aldeas pertenecientes a Madame por aquellos contornos…
  3. Observemos de nuevo, en estos relatos, la gran importancia concedida a la predicación y, por cierto, a la confesión general. El misionero ¿el hombre de la Palabra? Encontramos en todo caso ya prácticamente, el esquema de la Misión: «instruirles, disponerles a los sacramentos, escuchar sus confesiones».
  4. Observemos por fin que, desde esta primera experiencia de inter­vención misionera, san Vicente debe recurrir a otros. Debe ya tomar conciencia de la necesidad de ser muchos para hacer frente a esta pastoral…, en cuanto que la ayuda de los Padres Jesuitas se revela muy esporádica [XI, 4-5], al ser esta ocupación contraria a su Insti­tuto [XI, 171].
  5. Vicente ve los acontecimientos y es fiel a ellos:
  • comprueba una doble ignorancia: la del pueblo en cuanto a las verdades necesarias a la salvación; la de los párrocos en cuanto a la fórmula de la absolución.
  • Percibe un fallo concreto en la fe.

En una palabra, tomando conciencia de una situación colectiva y de las necesidades urgentes, actúa. Es apoyándose en la experiencia de Gannes-Folleville como se organizarán, en una línea de continuidad:

  • Las misiones y los sacerdotes de la Misión;
  • Las obras de los Ordenandos;
  • La triple reforma: del clero, de los religiosos, del episcopado.

Vicente, en Gannes y en Folleville, ha detectado el mal y ha diagnosticado sus causas. Lo allí vivido ha evidenciado un doble mal, y ha manifestado su solución. Ha podido palpar una doble ignorancia: la del pueblo, en cuanto a las verdades necesarias para su salvación, y la de los sacerdotes, en lo que respecta a su actuación y, probablemente, a su saber o conocimientos de teo­logía y de pastoral. Con malos pastores, las gentes del campo no pueden crecer ni madurar en su fe ni en su vida cristiana.

Vicente, experimentado ya en la pastoral rural, descubre el remedio adecuado. Las misiones ofrecen más ventajas que la pastoral directa y permanente. La itinerancia de los misioneros resulta más ventajosa para las gentes del campo que el ministe­rio sedentario de los párrocos. Pero, ambas pastorales, la itine­rante y la sedentaria son necesarias, útiles y válidas. La una no quita la otra, al contrario, se complementan y, por lo tanto, se mejoran. El camino a seguir por Vicente de Paúl no será ya otro que el de hacer posible la solución detectada para remediar los males que amenazan con la muerte religiosa de aquellas pobres gentes. Y Vicente, después de Gannes y Folleville, va a ponerse en acción. Ante negativas e imposibilidad de encontrar un equi­po permanente de misioneros, va a hacer lo posible y lo imposi­ble por que nazca una nueva congregación en la Iglesia; serán los misioneros, miembros de la Congregación de la Misión. Se encargarán de dar misiones por los pueblos y aldeas. Su actividad será itinerante, no sedentaria. Pero los pueblos y aldeas misiona-dos necesitan de pastores que cuiden permanentemente de las personas regeneradas, convertidas, sanadas. La formación del clero, la ayuda pastoral y espiritual al mismo serán tan necesarias como las mismas misiones parroquiales. Los seminarios, las con­ferencias de los martes, los retiros y ejercicios para ordenandos serán otras tantas actividades y ministerios de los misioneros.

Todo esto es lo que nació, con el paso de los años, después de haber reflexionado y profundizado en lo vivido y acontecido, tanto en Gannes-Folleville como en las otras villas y aldeas de los Gondi, también misionadas y evangelizadas por Vicente de Paúl en aquellos primeros años. Lo vislumbrado, fue adquiriendo cuerpo, fue haciéndose realidad poco a poco. Fueron años de acción, de reflexión y de oración. Fueron tiempos de ideas y de proyectos, tanto como de hechos y tanteos. Poco a poco se irá haciendo reali­dad algo que más tarde fue una constante en su vida. Me estoy refi­riendo a que Vicente «cuando ha captado bien el acontecimiento, cuando ha comprendido su coincidencia con la voluntad de Dios, es entonces cuando pasa a la acción». Es decir, Vicente va a ir descubriendo que es necesario saber esperar y no adelantarse a los planes de la Providencia, y sólo cuando ya esté seguro, acudir a las necesidades del prójimo como se acude a un incendio.

José María Román, en su Biografía sobre San Vicente, seña­la que lo acontecido en Folleville fue «el primer sermón de misión». Este acontecimiento es contemplado por el historia­dor como una manifestación y descubrimiento de la vocación de Vicente de Paúl. Lo denomina como un acontecimiento impre­visto, y que fue fuente de revelación de dicha vocación. Se explaya narrando los hechos paso a paso. Destaca el impacto de los mismos sobre la señora de Gondi, y cómo, de común acuer­do, Vicente y ella fueron poniendo en práctica algunos de los remedios que ellos creyeron oportunos, necesarios e inmediatos. El relato concluye afirmando lo siguiente:

«Fue una revelación. Vicente sintió que aquella era su misión, aque­lla era para él la obra de Dios: llevar el Evangelio al pobre pueblo campesino. No fundó nada aquel día. Acaso, ni siquiera tuvo la idea de que hiciera falta una fundación. Sólo predicó un sermón, ‘el pri­mer sermón de misión’ [SVP, XI, 5 / XI, 700]. Pasarían ocho años antes de que pusiera en marcha la Congregación de la Misión. Y, sin embargo, toda su vida haría que sus misioneros celebraran el 25 de enero como la fiesta del nacimiento de la compañía».

Todo parece muy sencillo. Sin embargo, encierra mucha más complejidad de lo que aparece a simple vista. En Folleville no tuvo lugar únicamente un sermón, sino toda una misión popu­lar; ni Vicente percibe su vocación de golpe, como si de una caída espectacular y transformadora se tratase. Será mucho más tarde cuando descubra que todos aquellos acontecimientos, jun­tamente con otros semejantes, fueron para él una revelación, una percepción clara y distinta del querer de Dios en su vida. Pero estos hechos sí se convirtieron en hilo conductor de los pla­nes de Dios sobre su vida, su vocación y su acción. Años más tarde descubriría que él no podía valerse por sí mismo para con­solidar la acción de las misiones populares y el florecimiento de los frutos de las mismas; necesitaba de otros, de un grupo más numeroso. Precisa compañeros, muchos compañeros. Nacerá, así, la Congregación de la Misión.

José Mª Román une a esta experiencia de Gannes-Folleville otra. En esta nueva vivencia estará también presente la señora de Gondi. Ésta ha podido comprobar, al ir a confesarse que los sacerdotes no recitan la fórmula de la absolución, y lo comenta con su director, Vicente de Paúl. Él mismo indaga al respecto y saca la misma conclusión. Ambos, uniendo sus reflexiones, tomarán la resolución de que las confesiones generales previa­mente preparadas serán un remedio magnífico para las gentes del campo y que la ignorancia y dejadez de los sacerdotes también tienen que ser corregidas convenientemente. Todo esto llevará a Vicente de Paúl a promover toda una reforma de la Iglesia, una reforma que transforme la vida de los feligreses y la vida de los pastores:

«Ya tenemos a Vicente en posesión de dos de los elementos básicos de su experiencia religiosa fundamental: la miseria espiritual de un pueblo cristiano que ha perdido el Evangelio, la pavorosa impreparación de un clero que ignoraba las normas elementales del ejerci­cio de su ministerio. Eran también dos males que había denunciado vigorosamente el concilio de Trento, proponiendo para ello la labor catequética y los centros de formación sacerdotal».

Vicente y los suyos van a trabajar en las misiones la acción catequética y en los seminarios la formación del clero. Ambas necesidades de la Iglesia, detectadas ya por el concilio de Tren-to, van a ir satisfaciéndose en Francia por la labor de los misione­ros vicencianos y por la de otros semejantes. Lo experimentado en Gannes y Folleville por Vicente de Paúl y la señora de Gondi, y también en otros lugares, dará origen a un sinfín de respuestas, de acciones y de instituciones que lograron hacer desaparecer las lagunas existentes en la vida de los fieles y de los pastores; prin­cipalmente en la de estos últimos, pues se habían convertido en el gran mal de la Iglesia en general.

Por otra parte, también Italo Zedde, en la voz «Evangelización» del Diccionario de espiritualidad vicenciana, hace referencia a lo acontecido en Folleville. Y esto es lo que dice al respecto de dicha misión:

«[Folleville] sigue siendo el acontecimiento fundamental para toda la obra de san Vicente, en cuya comparación no hay otro que lo supere. El mismo hecho de que poseamos cuatro relatos de este acontecimiento, expresa cuán grabado estaba en el espíritu del Santo. La misión de Folleville, amén de marcar la fecha del naci­miento de la Congregación de la Misión, indica el particular caris­ma dentro y bajo el cual san Vicente se estaba moviendo respecto a los pobres. El sólo análisis de este momento histórico requeriría muchas páginas».

Constatamos, una vez más, que Folleville no fue sólo un ser­món de campanillas, sino una misión popular en toda regla, con todos los momentos y pasos precisos para que produjera el fruto esperado. Dicha misión es, según I. Zedde, el acontecimiento fundamental de la obra de san Vicente y se ha convertido, ade­más, en el indicador por excelencia del carisma de Vicente para con los pobres. Esto es lo que cabe destacar fundamentalmente del texto citado. Algunas otras afirmaciones del mismo irán apareciendo en apartados posteriores y requerirán de alguna revisión, precisión y puntualización.

Pero aún podemos extraer alguna consecuencia más de la experiencia envolvente denominada Gannes-Folleville. Con ella, «San Vicente se ha entregado definitivamente al Evangelio de Jesucristo, a la Iglesia, a la salvación, a la conversión de la pobre gente, a la proclamación de la misericordia de Dios». Y esto es, para I. Zedde, una verdad esencial. Mirada en sí misma, es una afirmación válida, pero si la referimos de manera única y exclu­siva a lo sucedido en enero de 1617 expresamente, no deja de ser una hipérbole y una exageración. Es cierto que, cuando san Vicente recuerda el hecho y lo cuenta a los suyos «lo presentará fundamentalmente como un momento de la Providencia y, por consiguiente, como un momento destacadamente salvífico»64. Pero lo realizará muy tarde, casi al final de su vida. Por eso mismo, lo que suele decirse respecto de Folleville, yo prefiero afirmarlo de toda la obra de Vicente de Paúl, de todas y cada una de las misiones y actuaciones llevadas a cabo en aquellos momentos: «En Folleville se ha tratado de llevar la salvación a los pobres, en el más puro espíritu del lenguaje de la teología lucana».

Muy recientemente, durante el pasado año de 2006, vio la luz una nueva obra sobre Vicente de Paúl. En concreto, Vicente de Paúl y la Misión. Este nuevo libro ha sido escrito por Mikel A. Sagastagoitia, misionero vicenciano, curtido en los campos de misión de Puerto Cortés, Honduras. En él, necesariamente, no podía faltar el tema de Gannes-Folleville. Y así sucede. Mikel A. Sagastagoitia relata los acontecimientos de Gannes-Folleville y los analiza. Y nos dice, al repecto, lo siguiente:

«La experiencia de Gannes-Folleville va a revelar al señor Vicente el abandono espiritual de la pobre gente del campo. Mientras que él ha buscado y hallado una cómoda y buena situación junto a los grandes, los pobres del campo viven y mueren sin ni siquiera un sacerdote para evangelizarlos o asistirlos.

Revelación, sí; y toma de conciencia, también. Pero, Folleville, ¿fue una experiencia única? O más bien, ¿fue una experien­cia más? Lo que sí parece ser cierto es que Vicente, durante los primeros meses del año 1617, experimentó unas vivencias espi­rituales muy fuertes en contacto con los campesinos de las tierras de los Gondi. Sintió, con toda crudeza, en su interior el abando­no espiritual de aquellos campesinos, mientras él vivía con bas­tante comodidad y con cierto refinamiento. Por otra parte, él se decía a sí mismo que se encontraba asistiendo espiritualmente a una única familia, mientras que muchas, muchísimas familias, no tenían a mano ni un sacerdote para asistirlas o evangelizarlas. Por todo ello, no me cabe la más mínima duda de que estas vivencias y reflexiones llevaron a Vicente de Paúl a replantearse su vida de forma total y radical. Eso es lo que se puede deducir de sus escritos y enseñanzas, tal y como nos lo interpretan los estudiosos de sus obras:

«Aquel 25 de enero podemos decir que la vida de Vicente de Paúl se replanteó de arriba a abajo. Ya no encontraba sentido a permanecer más en la capital del reino, donde frailes y curas sobreabundaban. Sentía perder el tiempo instruyendo a los hijos de los Gondi, que sin duda tendrían muchas posibilidades en la vida, y atendiendo espiri­tualmente a una señora a quien se sentía atado. Vicente sintió que Dios le llamaba a vivir su sacerdocio llevando el Evangelio al pobre pueblo campesino».

Miseria espiritual del pueblo campesino e ignorancia del clero, dos ingredientes malignos que asolaban las tierras de Francia y las estaban predisponiendo para que abandonaran la fe, el catolicismo y la moral cristiana. Aquellas gentes se estaban embruteciendo por falta de buenos pastores y de buenos evange­lizadores. Vicente de Paúl no podía cruzarse de brazos, y no lo hizo. Es más, no permitieron que así lo hiciera. Dios y la señora de Gondi, o la señora de Gondi y Dios estuvieron amartillándo­lo, un día sí y otro también, para que pusiera remedio a males tan grandes. Buscó, propuso, reflexionó, hasta que un día se decidió. Y, fruto de esa búsqueda y reflexión, nació la Congregación de la Misión71. Mikel A. Sagastagoitia resume así este tiempo de bús­queda, de tanteo, de trabajos, de experiencias y de vivencias de Vicente de Paúl:

«En Gannes-Folleville, Vicente descubre cuatro realidades elemen­tales que podemos sintetizar siguiendo a J.M. Román:

  • El campesinado francés se encuentra en una situación religiosa desastrosa.
  • La responsabilidad primera de esta situación recae en los sacer­dotes mal formados, ignorantes y poco celosos.
  • No existen órdenes o congregaciones que se ocupen de la evan­gelización de los pobres del campo.
  • La misión, orientada a la confesión general, con todas sus exi­gencias catequéticas y sacramentales, se presenta como remedio eficaz.

Serán estas realidades las que van a ir configurando la vocación misionera de Vicente de Paúl. Movido por ellas, el ya maduro sacer­dote pidió al Padre Bérulle salir de París para ir a trabajar entre la pobre gente del campo. La Providencia le mandó a una pequeña parroquia distante quinientos kilómetros de la capital. La aldea se llamaba Chátillon-les-Dombes y allí completará el cuadro de expe­riencias para su despegue evangelizador».

La conclusión es clara: situación religiosa desastrosa del campesinado, responsabilidad culpable de los sacerdotes, y ur­gencia de un equipo de misioneros para poder dar las misiones en los pueblos y aldeas. La eficacia de dichas misiones fue el fruto maduro que cosechó Vicente de Paúl durante aquellos pri­meros meses de 1617. Pero estas vivencias y realidades, que le rondaban en la mente y en el corazón, no le habían sido ajenas algunos años antes (1612), sólo que es ahora cuando empieza a ver con más claridad, y se encuentra con mejor predisposición para atajarlas. Todavía necesitará de algunos encuentros más con la realidad sangrante, -material y religiosa-, del pobre pueblo del campo para madurar y para dar el paso definitivo a la vocación misionera a la que estaba siendo llamado.

Santiago Barquín

CEME, 2008

 

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