Vicente de Paúl, Conferencia 106: Repetición De La Oración Del 9 De Junio De 1658

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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SOBRE EL DON DE LENGUAS

El padre Vicente les recomienda a los misioneros que pidan el don de lenguas. Noticias de los misioneros de Polonia.

A propósito de lo que acaba de decirse del don de lenguas, creo que será conveniente que le pidamos hoy a Dios la gracia de aprender bien las lenguas extranjeras, para los que sean enviados a países lejanos; pues, desde que quiso su divina Majestad suscitar a esta pequeña compañía para realizar en el mundo algo de lo que hicieron los apóstoles, tenemos necesidad de participar con ellos de ese don de lenguas, tan necesario para enseñar al pueblo la doctrina de la fe; pues, si la fe entra por el oído, como dice san Pablo, fides ex auditu, es preciso que quienes la anuncian se hagan escuchar por aquellos entre quienes desean difundir esa divina luz. Pues bien, es muy grande la diversidad de lenguas, no sólo en Europa, Asia y Africa, sino incluso en el Canadá; pues vemos en las relaciones de los padres jesuitas que hay allí tantas clases de lenguas como de países. Los hurones no hablan como los iroqueses, ni estos como sus vecinos; y el que entiende a unos, no entiende a los otros.

Así pues, ¿cómo podrían los misioneros, en medio de estas diferencias de lenguaje, ir por todo el mundo a anunciar el evangelio, si no supiesen más que su propia lengua? ¿Y cómo podrían saber otras, sin pedírselo a Dios y dedicarse a su estudio? ¿Qué quiere decir misionero? Quiere decir enviado. Sí, hermanos míos, misionero quiere decir enviado de Dios; a vosotros es a quienes ha dicho el Señor: Euntes in mundum universum, praedicate evangelium omni creaturae. Para ello, quiere que entendáis las lenguas necesarias. Nunca llama Dios a un hombre para un destino, si no ve en él las cualidades necesarias, o no tenga el designio de dárselas. Según esto, hermanos míos, esperemos que, si quiere llamaros a países lejanos, os dará la gracia de aprender su lengua. Confiad en él, Dios no quiere el fin sin los medios; si os pide lo uno, os dará lo otro.

Estoy esperando de un momento a otro que me digan de Polonia que envíe algunas personas para ir a una fundación que un buen eclesiástico de aquel país nos ha procurado en Cracovia. Tenemos allá al padre Ozenne, que habla un poco el polaco; al padre Desdames, que lo habla bien; y también al padre Duperroy; pero los demás que enviemos no entenderán una sola palabra; ¿habrá que dejar por ello de enviarlos? Ni mucho menos; pero es preciso que se decidan a estudiar allí la lengua con interés y con paciencia, y lo mismo tendrán que hacer los que vayan a otros sitios.

Primero se aprenden los nombres de las cosas, y luego los verbos, que son las acciones. Se empieza por las cosas principales, el cielo, la tierra, etcétera, y poco a poco se va uno capacitando para servir a Dios en todas partes. ¿Cómo creéis que han podido los padres jesuitas trabajar tanto en el Japón y en otros países extranjeros? Ellos no aprendieron la lengua de golpe. Tuvieron que esforzarse en estudiarla; vosotros haréis bien, hermanos míos, en ofreceros a Dios no solamente para ir Lejos, como esos grandes hombres, para dar a conocer y amar a Jesucristo, sino también para aprender bien la lengua, sin acobardaros por las dificultades, pues de eso se trata precisamente. Hay algunos que, cuando llegan allá, se imaginan que nunca conseguirán aprenderla. Se desaniman después de algunos intentos y, en vez de rezar y de confiar en Dios para realizar algún progreso, en vez de esperar con paciencia esta gracia ,de su bondad, pierden los ánimos para continuar y se convencen de que no valen para aquel país; es entonces cuando se presenta la tentación de volver.

Pidamos al Espíritu Santo, hermanos míos, por medio de esa santa reunión que recibió hoy el don de lenguas, que comunique esta gracia a la compañía, ya que ha sido llamada también para estas mismas funciones. Pidámoselo todos con interés y unamos nuestras intenciones y plegarias para conseguirlo; y confiemos, hermanos míos, confiemos en que su bondad infinita, que ha escogido a algunos para los países extranjeros les concederá ese don de lenguas. Pero que trabajen también en ello, que esperen su hora en paz y que ocupen debidamente su tiempo en adquirir su inteligencia y su uso. Que también se lo pidan nuestros hermanos coadjutores, pues aunque ellos no estén destinados a predicar a los pueblos, les proporcionan a los sacerdotes los medios para instruirlos y salvarlos.

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