SOBRE LAS VIRTUDES DE MATURINO DE BELLEVILLE
El padre Vicente hace el elogio de Maturino de Belleville, fallecido durante el viaje a Madagascar. No son grandes ingenios lo que la compañía necesita, sino hombres rectos y virtuosos. Hay que recibir a los que Dios envía, y no urgir a nadie a entrar en la compañía.
La conferencia era sobre las virtudes del difunto padre de Belleville, sacerdote de la Misión, del que se habló anteriormente y que había muerto cuando iba a Madagascar. Nuestro veneradísimo y bienaventurado padre tomó la palabra después de que hablaron dos hermanos clérigos, que señalaron las principales virtudes que habían observado en él y que eran, entre otras, la humildad, la mansedumbre, la cordialidad, la mortificación, el desprecio de sí mismo y el celo de las almas. Dijo que lo que acababan de decir estos dos hermanos era verdad y que siempre le había parecido muy virtuoso este buen difunto. Luego dijo que el padre de Belleville procedía de una familia distinguida de Normandía, que se había ordenado de sacerdote antes de entrar en la compañía, y que se le había enviado a Madagascar, a pesar de haber estado muy poco tiempo en la compañía, porque parecía persona muy virtuosa. Había solicitado con mucha insistencia entrar en la congregación, que lo recibió debido a su gran devoción y humildad, a pesar de que tenía poca ciencia.
De aquí el padre Vicente tomó ocasión para animar a los de la compañía que encontraban dificultades en aprender la filosofía, la teología y las demás ciencias, diciendo que los que se encontrasen en esa situación debían tener ánimos y esperar que nuestro Señor supliría por otra parte, ya que se sirve de ordinario de personas poco considerables para llevar a cabo grandes obras; que en la congregación había algunos que habían sido recibidos con mucha dificultad, pero actualmente son muy buenos sujetos, y entre ellos hay algunos superiores que dirigen a su pequeña familia con mucha prudencia y mansedumbre; de forma que hay motivos para alabar a Dios y para admirar mucho su providencia con estas personas.
A continuación, dirigiendo la palabra especialmente a los sacerdotes y a los que tenían la misión de guiar y dirigir a los ejercitantes en el retiro espiritual que aquí hacen, el padre Vicente añadió:
Padres, ustedes sobre todo, los directores de ejercicios, pongan mucho cuidado en no incitar a nadie a entrar en la compañía, sino solamente tienen que ayudarles en sus buenas resoluciones, procurando que ellos mismos determinen el lugar adonde crean que Dios les llama. Dejémosle obrar a Dios. Hasta ahora, por la misericordia de Dios, se ha hecho así en la compañía; y podemos decir que hasta ahora no ha entrado nadie en la compañía, sin que Dios no lo haya puesto en ella; nunca hemos pedido casas ni fundaciones, sino que hemos procurado corresponder a los designios de Dios; y cuando nos han llamado a un sitio o a otro, a este cargo o a aquel otro, hemos procurado ir allá y cooperar en ello con todas nuestras fuerzas.
En nombre de Dios, padres, sigamos esta norma, por favor, y dejemos obrar a Dios, contentándonos con ser sus cooperadores. Creedme, padres, si la compañía sigue actuando de este modo, su divina Majestad la bendecirá. Por eso hemos de contentarnos con los sujetos que Dios nos mande. Si vemos que piensan marcharse a otro sitio distinto de la compañía, esto es, a alguna otra orden o comunidad religiosa, no se lo impidamos; de lo contrario, habría muchos motivos para temer que Dios castigaría a la compañía, por haber querido obtener lo que éI no quería para ella. Decidme, si la compañía no hubiese permanecido en el espíritu que os acabo de decir, que consiste en no pretender más personas, por muy buenas y extraordinarias que sean, a no ser las que Dios le quiera enviar y que lo hayan deseado desde mucho antes, ¿nos hubieran enviado los padres cartujos y los padres de Santa Genoveva, para que hicieran aquí el retiro, a tantos jóvenes que piensan hacerse cartujos o canónigos regulares? Seguramente se cuidarían mucho de hacerlo. Por ejemplo hay un joven que está pensando en hacerse cartujo; lo envían aquí para que lo piense delante de nuestro Señor por medio de un retiro: ¿le vais a aconsejar vosotros que se quede aquí, porque se trata de un joven de buen espíritu? ¿No sería esto empeñarse en quedarnos con algo que no nos pertenece, desear que una persona entre en una compañía en donde Dios no la quiere, adonde Dios no la llama y donde él no había pensado entrar? ¿No sería esto atraer la desgracia de Dios sobre nuestra comunidad? ¡Pobre Misión! ¡Pobre compañía de la Misión! ¡Caerías en un estado muy lamentable si llegases a parar en ello! ¡Pidámosle a Dios, padres, pidámosle a Dios, hermanos míos, que confirme cada vez más la gracia que ha concedido a la compañía hasta el presente de no querer nada más que lo que él quiera que tenga, de no meternos por nosotros mismos en ninguna tarea, sea la que fuere, sino esperar siempre la llamada de su divina Majestad.
Luego, volviendo a hablar del buen difunto padre de Belleville, dijo el padre Vicente que había conseguido una relación verdadera de lo que había pasado durante su enfermedad y su muerte, escrita por el difunto padre Dufour, que murió luego en Madagascar. Leyó parte de la misma; pero pasó la hora entretanto y dejó de leerla, acabando la conferencia con un De profundis por el descanso del alma de este buen difunto.







