Vicente de Paúl, Conferencia 093: Extracto De Una Conferencia

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Enfermedad de Nicolás Duperroy. Hay que estar dispuesto a sufrirlo todo por la salvación de las almas.

Uno de ellos tiene una enfermedad muy molesta de estómago, que le ha quedado como resto de una peste mal curada. Acabo de saber que le han aplicado fuego en una costilla que tenía careada, y su paciencia es tan grande que nunca se queja; lo sufre todo con mucha paz y tranquilidad de espíritu. Cualquier otro se afligiría al verse enfermo a trescientas o cuatrocientas leguas de su país, y diría: «¿Por qué me han enviado tan lejos? ¿Por qué no me sacan de aquí? ¿Es que quieren dejarme abandonado? Los demás están en Francia tan tranquilos, ¡y a mí me dejan morir en un país extranjero!». Eso es lo que diría un hombre carnal, que se adhiriese a sus sentimientos naturales y no entrase en los de nuestro Señor doliente, poniendo su felicidad en sus sufrimientos. ¡Qué hermosa lección nos da este servidor suyo para que amemos todos los estados en que quiera ponernos su divina providencia!

Del otro, ved cómo después de tan largo tiempo sigue trabajando con una paz de espíritu y una seguridad maravillosa, sin cansarse de la intensidad de sus trabajos, sin quejarse de las incomodidades, sin extrañarse de los peligros. Los dos permanecen indiferentes a la muerte y a la vida, resignándose humildemente con lo que Dios ordene. No me dan ninguna señal de impaciencia ni de murmuración; al contrario, parece como si estuvieran dispuestos a sufrir todavía más.

¿Es ésa nuestra disposición, padres y hermanos míos? ¿Estamos dispuestos a padecer las penas que Dios nos envíe, y a ahogar los movimientos de la naturaleza para no vivir más que la vida de Jesucristo? ¿Estamos preparados para ir a Polonia, a Berbería, a las Indias, para sacrificar allí nuestros gustos y nuestra vida? Si así es, bendigamos a Dios. Pero si, por el contrario, hay algunos que tienen miedo de abandonar sus comodidades, que son tan blandos que se quejan de la más pequeña cosa que les falta, tan delicados que quieren cambiar de casa y de ocupación, porque el aire no es bueno y el alimento pobre, o porque no tienen suficiente libertad para ir y para venir; en una palabra, padres, si hay alguno entre nosotros que siga siendo esclavo de la naturaleza, entregado a los placeres de los sentidos, como lo es este miserable pecador que os está hablando y que a la edad de setenta [y siete] años sigue siendo totalmente mundano, que se consideren indignos de la condición apostólica a la que Dios los ha llamado y que acepten la confusión de ver cómo sus hermanos trabajan tan dignamente, mientras que ellos están tan lejos de su espíritu y de su coraje.

¿Y qué es lo que han sufrido en aquel país? ¿El hambre? Reina allí por doquier. ¿La peste? La han contraído los dos, y uno de ellos dos veces. ¿La guerra? Se encuentran en medio de los ejércitos y han pasado por manos de los soldados enemigos. En fin, Dios los ha probado de todas las formas. ¡Y nosotros estamos aquí tan tranquilos, sin corazón y sin celo! ¡Vemos cómo los demás se exponen a los peligros por amor a Dios y nosotros somos tan tímidos como pollos mojados! ¡Qué miseria! ¡Qué ruindad! Allá van dos mil soldados a la guerra a soportar toda clase de males, donde uno perderá un brazo, otro la pierna, y muchos la vida, por un poco de viento y por esperanzas muy inciertas; sin embargo, no tienen miedo alguno y no dejan de correr allá como tras un tesoro. Pero para ganar el cielo, padres, no hay casi nadie que se mueva; muchas veces, los que han acometido la empresa de conquistarlo llevan una vida tan cobarde y tan sensual, que es indigna no solamente de un sacerdote y de un cristiano, sino hasta de un hombre razonable; y si hubiese entre nosotros personas semejantes, no serían más que cadáveres de misioneros. Bien, Dios mío; ¡bendito seas y glorificado para siempre por las gracias que concedes a los que se abandonan a ti! ¡Sé tú mismo tu propia alabanza por haber concedido a la compañía estos dos hombres tan maravillosos!

Entreguémonos a Dios, padres, para ir por toda la tierra a llevar su santo evangelio; y en cualquier sitio donde él nos coloque, sepamos mantener nuestro puesto y nuestras prácticas hasta que quiera su divina voluntad sacarnos de allí. Que no nos arredren las dificultades; se trata de la gloria del Padre eterno y de la eficacia de la palabra y de la pasión de su Hijo. La salvación de los pueblos y nuestra propia salvación son un beneficio tan grande que merece cualquier esfuerzo, a cualquier precio que sea; no importa que muramos antes, con tal que muramos con las armas en la mano; seremos entonces más felices, y la compañía no será por ello más pobre, ya que sanguis martyrum semen est christianorum. Por un misionero que haya dado su vida por caridad, la bondad de Dios suscitará otros muchos que harán el bien que el primero haya dejado por hacer.

Por consiguiente, que cada uno se decida a combatir al mundo y sus máximas, a mortificar su carne y sus pasiones, a someterse a las órdenes de Dios, a consumirse en los ejercicios de nuestro estado y en el cumplimiento de su voluntad, en cualquier parte del mundo que Dios quiera. Tomemos ahora todos juntos esta resolución, pero tomémosla con el espíritu de nuestro Señor, con una perfecta confianza de que él nos ayudará en nuestras necesidades. ¿No lo queréis así, queridos hermanos seminaristas? ¿No lo queréis así, queridos hermanos estudiantes? No se lo pregunto a los sacerdotes, porque seguramente estarán ya dispuestos a ello. Sí, Dios mío, todos queremos responder a los designios que tienes sobre nosotros. Es lo que nos proponemos todos en general, y cada uno en particular, mediante tu santa gracia; en adelante ya no tendremos ningún afecto ni a la vida, ni a la salud, ni a nuestras comodidades y gustos, ni a un lugar más que a otro, ni a nada del mundo que pueda impedirte, Dios mío, concedernos esta misericordia, que te pedimos unos por otros. No sé, padres, cómo he podido decirles todo esto; no había pensado en ello; pero me he sentido tan impresionado por lo que se ha dicho y, por otra parte, tan consolado por las gracias que Dios ha concedido a nuestros padres de Polonia, que me he dejado llevar de este modo a derramar en vuestros corazones los sentimientos del mío.

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