No entretenerse en raciocinios durante la oración. Vicisitudes de los misioneros de Génova. No rehuir ningún sacrificio por el bien de las almas.
¡Alabado sea Dios!, dijo el padre Vicente, y repitió esta frase cuatro o cinco veces seguidas; esto fue a propósito de lo que había dicho el padre Coglée, sacerdote de la compañía, en la repetición de su oración, que se había entretenido muy poco en razonar durante su oración, pero dedicándose especialmente a hacer actos de afecto, etc. El padre Vicente alabó mucho esta forma de orar y dijo que era así como había que comportarse en la meditación, esto es, detenerse poco tiempo en buscar razones, pero insistir mucho en hacer actos de amor de Dios, de humildad, de arrepentimiento de nuestros pecados, etc.; pues ¿por qué vamos a entretenernos en buscar razones cuando estamos convencidos de la cosa que queremos meditar? ¡Oh, cuánto deseo que la compañía adopte esta práctica de seguir siempre inmediatamente las luces que Dios nos da y no dejarlas para ponerse a cavilar razones que nos son entonces inútiles, ya que no tenemos ninguna necesidad de ellas! Pidámosle hoy a Dios esta gracia, o sea, la gracia de orar bien; digámosle: «Señor, enséñanos a orar; enséñanos a orar como es debido». Ruego a los sacerdotes que le pidan hoy a Dios, en la santa misa, esta gracia para la compañía; y a los estudiantes, a nuestros hermanos y al seminario, que se la pidan en la santa misa y en la comunión; y que la segunda intención que tengan al comulgar sea para obtener de Dios esta gracia para nuestra pequeña compañía.
Encomiendo a vuestras oraciones a nuestros hermanos de Génova; actualmente están sufriendo mucho porque han tenido que desalojar su casa para marcharse a una casa de alquiler; y esto con el objeto de prestar su residencia a los apestados. Las fatigas que este traslado les ha causado han sido todavía mayores por el hecho de que sólo han dispuesto de siete días para desalojarla. Sin embargo, todo lo sufren como es debido, por la gracia de Dios; y en esto son muy felices porque sufren por los demás. Pues esto es sufrir por los demás: primero por Dios, y luego por todos los otros. Mirad, padres y hermanos míos, hemos de tener en nuestro interior esta disposición, y hasta este deseo, de sufrir por Dios y por el prójimo, de consumirnos por ellos. ¡Oh, qué dichosos son aquellos a los que Dios les da estas disposiciones y deseos! Sí, padres, es menester que nos pongamos totalmente al servicio de Dios y al servicio de la gente; hemos de entregarnos a Dios para esto, consumirnos por esto, dar nuestras vidas por esto, despojarnos, por así decirlo, para revestirnos de nuevo; al menos, querer estar en esta disposición si aún no estamos en ella; estar dispuestos y preparados para ir y para marchar adonde Dios quiera, bien sea a las Indias o a otra parte; en una palabra, exponernos voluntariamente en el servicio del prójimo, para dilatar el imperio de Jesucristo en las almas. Yo mismo, aunque ya soy viejo y de edad, no dejo de tener dentro de mí esta disposición y estoy dispuesto incluso a marchar a las Indias para ganar allí almas para Dios, aunque tenga que morir por el camino o en el barco. Pues ¿qué creéis que Dios pide de nosotros? ¿El cuerpo? ¡Ni mucho menos! ¿Qué es lo que pide entonces? Dios pide nuestra buena voluntad, una buena y verdadera disposición para abrazar todas las ocasiones de servirle, aunque sea con peligro de nuestra vida, de tener y avivar en nosotros ese deseo del martirio, que a veces le agrada a Dios lo mismo que si lo hubiéramos sufrido realmente. De hecho vemos cómo la Iglesia tiene tan alto concepto de este deseo que considera como mártires a los que han sido desterrados por causa de su fe y han muerto en el destierro.
¡Oh, qué bien han aprendido esta lección del sufrimiento nuestros hermanos de Varsovia, los padres Desdames y Duperroy! ¡Allí están, en medio de la guerra, de la peste y del hambre, y a pesar de todo tan firmes e inquebrantables. En las cartas que he recibido de ambos (pues me han escrito uno y otro), sólo veo una gran firmeza y una fuerza admirable en estos dos siervos de Dios. Fijaos un poco en esta pobre y miserable compañía y en la gracia que Dios le ha concedido de que posea tales personas y tales miembros, tan fieles y tan constantes en sufrir por su amor y por amor a los demás. ¡Que su bondad y su misericordia infinita conserve a estos fieles siervos suyos en la compañía!







