Vicente de Paúl, Conferencia 082: Repetición De La Oración Del 11 De Noviembre De 1656

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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No extrañarnos si cambiamos de disposición. Caridad de san Martín, que ha de imitar la compañía. Los hermanos coadjutores no deben tener recreo. Noticias de los misioneros de Polonia y de Lucas Arimondo, de Génova. Se retrasa el viaje de los misioneros destinados a Madagascar.

En la repetición de la oración, el padre Vicente tomó ocasión para hablar de lo que dijo un seminarista, al repetir su oración, hablando del cambio que había notado en él, ya que unas veces estaba bien, otras mal, unas veces fervoroso y otras cansado y perezoso. Tomando la palabra el padre Vicente, le dijo que no había que extrañarse de eso, puesto que el hombre está hecho de esta manera: hoy se ve humillado y triste, y mañana alegre y bien dispuesto. El mismo Hijo de Dios quiso abandonar el cielo para ponerse en ese estado durante algún tiempo. Vemos cómo a su nacimiento los pastores y los ángeles vinieron a adorarle, a alegrarse de su nacimiento Y a rendirle homenaje; luego sabemos que se vio obligado, por así decirlo, a huir a un reino extranjero, para evitar la persecución de Herodes. Muerto Herodes, vuelve a su patria. Va al templo y allí, entre los doctores, da muestras de ser un niño muy inteligente. De aquel estado de admiración que sentían ante él todos cuantos le veían y oían hablar de aquel modo, pasa a otro estado, ya que, al volverse la santísima Virgen y san José, se quedó solo en el templo, como un pobre desamparado. Otras veces veis cómo hace milagros, resucita muertos, hace hablar a los mudos, cura a los enfermos, pero luego se ve perseguido por sus enemigos. Ahora lo veis rodeado de esplendor en la montaña del Tabor, y después lo veis tratado cruelmente, lleno de burlas, injuriado, azotado. Y con respecto a su Iglesia, ocurre lo mismo: unas veces en paz, otras perseguida, etc. No, hermanos míos, no hay que extrañarse de ver estos cambios en uno mismo; lo que hay que hacer es dar gracias a Dios igualmente por lo uno y por lo otro, por cualquier estado en que su divina Majestad quiera que estemos, bien sea gozo y consuelo, bien tristeza y aflicción, y amar todos. los estados en que Dios quiera ponernos, sean los que fueren.

Pidámosle esta gracia hoy a nuestro Señor por medio de san Martín, aquel gran santo tan venerado en toda la Iglesia; la Iglesia aprecia tanto aquel gran acto de caridad que tuvo con un pobre, cortando la mitad de su capa para dársela y que tuviera con qué cubrirse, que nos lo representa montado a caballo y dándole al pobre la mitad de su capa; el mismo nuestro Señor, para demostrar a su servidor cuán agradable le era aquel acto de caridad, se le apareció durante la noche, cubierto con aquella mitad de capa. Esto, padres y hermanos míos, nos hace ver cuánto aprecian Dios y la Iglesia, inspirada y guiada por el Espíritu Santo, la caridad que se practica con los pobres. Hermanos míos, ¡qué felicidad la nuestra de encontrarnos en una compañía que hace profesión de socorrer las necesidades del prójimo! Caridad: en la casa, caridad en el campo por medio de las misiones, caridad con los pobres, y puedo decir que, por la gracia de Dios, no se ha presentado hasta ahora ninguna ocasión de socorrer a los pobres en sus necesidades, que no la haya aprovechado la compañía. ¡Qué consuelo para esta humilde compañía ver que, a pesar de su ruindad, Dios quiere servirse de ella de este modo! ¡Qué consuelo para la misma compañía ver que casi no ha terminado todavía de sembrar, cuando ya, casi al mismo tiempo, recoge los frutos! Esto se ve en las misiones, donde las pobres gentes pasan dos o tres días con un trozo de pan a la puerta de las iglesias para no perder la ocasión de confesarse y ponerse en buen estado. En una palabra, lo repito, podemos considerarnos felices de encontrarnos en una condición en la que se hace profesión de hacer lo mismo que hacía san Martín en su obispado esto es, ir por las aldeas a predicar, dar la catequesis e instruir al pobre pueblo. Pidámosle a Dios por intercesión de este gran santo que nos dé la generosidad basada en la humildad. Sí, pidamos a este gran santo que le obtenga a la compañía la virtud de la generosidad basada en la humildad; fijaos bien, la generosidad basada en la humildad, porque la generosidad tiene como fundamento a la humildad.

Aun hoy se nos ha presentado una nueva ocasión para que la compañía sirva a los pobres; les pido, con todo el afecto de mi corazón, que le roguéis mucho a nuestro Señor que quiera darnos a conocer su voluntad en este asunto.

Entonces el hermano Alejandro, segundo en antigüedad de los hermanos coadjutores, se puso de rodillas; el padre Vicente le preguntó qué pasaba; él respondiendo a esta pregunta de su superior, se acusó de haber faltado a la prohibición que se les había hecho antes a los hermanos coadjutores de conversar, a manera de recreo, después de la comida y de la cena, charlando una vez con un hermano, durante un cuarto de hora poco más o menos.

El padre Vicente le replicó en estos términos:

Bien, hermano mío, ¡alabado sea Dios! Es verdad que no debe hacerse esto y que ya antes lo habíamos recomendado, ya que como los hermanos están empleados en unas ocupaciones que de suyo son distraídas y no requieren ningún esfuerzo intelectual, el recreo tiene que ser sólo para los sacerdotes y para los estudiantes que, ocupados durante el día en el estudio, en el rezo del oficio, en la preparación de las misiones, necesitan algún descanso y recreo para expansionar el espíritu. Bien, hermanos míos, entregaos a Dios para seguir esta práctica y no os pongáis a charlar entre vosotros después de las comidas, como se hace en el recreo, sino id cada uno a vuestra tarea; si es alguna fiesta, o domingo, o hay algunos que no tienen entonces nada que hacer, que acudan a la cocina o a la despensa para ayudar a los que hay allí.

Encomendó además a las oraciones de la compañía las necesidades de Polonia y dijo que había recibido noticias la tarde anterior, y que el señor de Fleury, capellán de la reina de Polonia, le había indicado que los asuntos del rey y de la reina iban cada vez mejor, gracias a Dios; tampoco se olvidó de alabar a los padres Desdames y Duperroy que, como ya se había dicho varias veces, no abandonaron su parroquia de Santa Cruz de Varsovia, a pesar de que les habían saqueado hasta los manteos y se lo quitaron todo; ni los cañones, ni el fuego, ni la peste habían sido capaces de hacerles abandonar el puesto en que les había colocado la divina providencia, sino que se quedaron allí haciendo todo el bien que podían.

Añadió que el padre Lucas, sacerdote de la Misión de Génova, en Italia, estaba haciendo ejercicios para disponerse a asistir a los apestados, por si acudían a la Misión de Génova a pedir un sacerdote para ellos; que el barco que estaba dispuesto para Madagascar, a punto de partir y de hacerse a la vela, el día de la vigilia de Todos los Santos, se vio impedido de hacerlo, por la providencia de Dios, debido a un brusco cambio de viento que se mostró totalmente contrario a la navegación; el padre Herbron, sacerdote de la Misión, que iba en aquel barco para marchar a aquella isla, se lo acababa de comunicar, diciéndole que era aquel el motivo de que no hubiera salido todavía su barco. Dijo también que Dios lo había permitido así por una providencia especial y que, si el viento no se hubiese cambiado tan bruscamente como lo hizo, el barco se habría hecho a la vela y los paquetes de cartas y otros papeles, tan útiles y necesarios para los misioneros de aquellos países, no habrían podido ser llevados en aquel barco, pues el paquete no habría llegado a tiempo a Nantes para ser entregado a dicho padre Herbron; pero, gracias a aquel retraso, las Hijas de la Caridad de Nantes pudieron entregar aquel paquete a los misioneros antes de partir.

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