Vicente de Paúl, Conferencia 079: Repetición De La Oración Del 18 De Octubre De 1656

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Al empezar la oración, hay que ver siempre adónde se dirige el tema propuesto. El padre Vicente aplica este principio a la oración del día. Noticias de los misioneros de Polonia. Necesidades de la misión de Madagascar. No utilizar la expresión «nuestros señores».

El padre Vicente, después de escuchar a cuatro personas de la compañía, a las que había hecho repetir su oración hecha sobre el evangelio del día, dijo que había observado que, en la oración, la compañía no ponía suficiente atención en la finalidadde cada meditación, a pesar de que cada meditación tiene un fin principal, que hemos de tener siempre presente cuando empezamos la oración, diciéndonos en nuestro interior: «Bien, ¿a qué tiende esta meditación? ¿para qué se nos ha propuesto este tema?, etc.». Porque en la meditación siempre hay que mirar, lo mismo que en las demás cosas, el fin de la cosa que se propone, o sea, la gloria que de ella viene a Dios o el bien y la utilidad que de ella sacará el prójimo.

Por ejemplo, el tema de la meditación de hoy es sobre la elección y misión de los discípulos, y cómo nuestro Señor recomienda que se pida al Dueño de la mies que mande operarios a su mies y les dice a estos discípulos que no lleven saco, ni bolso, ni zapatos. Pues bien, había que considerar qué es lo que podía haber dado ocasión a nuestro Señor para ordenar esto a sus discípulos, qué es lo que pretendía, cuál es la utilidad que vio nuestro Señor que podía seguirse para su gloria, para el bien de su Iglesia y de sus discípulos y, por el contrario, el mal que preveía que se seguiría, si no se obraba de ese modo. Por consiguiente, el fin de esta meditación es excitarnos a pedir a Dios que envíe buenos operarios a su viña, buenos sacerdotes, buenos misioneros que sean desprendidos de sí mismos y de los bienes de la tierra, del dinero, de las comodidades, y examinar luego si estamos en ese estado que pide nuestro Señor a los obreros evangélicos. Algunos de los que han hablado en la repetición han tocado estos puntos, pero otros no. Lo que se necesita sobre todo es razonar poco, pero rezar mucho, mucho, mucho. Después de haber considerado lo que acabo de decir, había que elevarse a Dios y decirle: «Señor, envía buenos operarios a tu Iglesia, pero que sean buenos de verdad; envía buenos misioneros, tal como deben ser, para trabajar bien en tu viña, personas, oh Dios mío, que sean desprendidas de sí mismas, de sus propias comodidades y de los bienes de la tierra, que sean buenos de verdad, aunque sean en menos número. Señor, concede esta gracia a tu Iglesia. Pon en mí, Señor, todas las condiciones que deseas en tus discípulos, como la de no tener ningún apego a los bienes de la tierra». Y así sucesivamente.

Gracias a Dios, la compañía sigue esta práctica de no llevar dinero, habiendo uno solamente destinado para ello, que conserva el dinero y se encarga de pagar lo que se necesita para toda la compañía, y de atender a todas las necesidades de cada uno, en el vestido, alimento, etc. Por eso hemos hecho voto de pobreza, que nos obliga a dejar nuestras rentas a disposición de la compañía, o a nuestros parientes, si son pobres, o disponer de ellas y entregarlas a quienes creamos necesario, si es que no tenemos parientes necesitados. De este modo ya veis cómo la compañía se encuentra, por la gracia de Dios, en el segundo estado en que quiso nuestro Señor que estuviesen los apóstoles, siendo ambos estados igualmente perfectos en nuestro Señor; me refiero al estado en que quiso que estuvieran sus discípulos, que consiste en no tener saco, ni dinero, etc.; y el otro, que consiste en que tuvieran con qué atender a su alimento y sus necesidades vitales; pues el mismo nuestro Señor y los apóstoles tenían personas, diáconos, mujeres buenas y caritativas que les seguían y les proporcionaban lo necesario para su alimentación y subsistencia. Y les permitió a esos mismos apóstoles y discípulos que tuvieran con qué vivir. Pues bien, Dios que ha inspirado, por ejemplo, a los padres capuchinos que abrazasen ese primer estado del que se habló en esta meditación, inspiró a otros religiosos y comunidades este segundo estado, que es también el que Dios ha deseado para la compañía.

¿Por qué creéis que quiso nuestro Señor que sus discípulos fueran de dos en dos?. Porque, al recomendar a cada uno que ejercitase la caridad para con su prójimo y ese prójimo supone que hay una segunda persona, por eso los envió de dos en dos, para que ambos ejercitasen continuamente la caridad entre sí y si uno de los dos caía, hubiera alguien que lo levantase y le animase en sus trabajos, si lo veía cansado y abatido. ¡Oh padres y hermanos míos! ¡qué admirable es la conducta del Hijo de Dios!

He recibido noticias de Polonia. El padre Ozenne me ha escrito sobre la situación en que se encuentran los padres Desdames y Duperroy y sobre lo ocurrido en Varsovia. Os había recomendado muchas veces que pidierais a Dios por ellos, porque había corrido cierto rumor por esta ciudad de que habían muerto cuando el retorno de los suecos a Varsovia, tras la batalla que habían ganado a los polacos; pero como no estaba seguro de ello, no os lo había querido decir. Pues bien me escribe el padre Ozenne que, gracias a Dios, están bien, pero que lo han perdido todo, ya que, tras la victoria obtenida por los suecos hace unos dos meses, los mismos suecos que habían sido expulsados de dicha ciudad por el rey de Polonia han vuelto saqueándolo todo y se han dirigido contra el presbiterio de Santa Cruz, que es la residencia de los misioneros; se han llevado de allí todo lo que han encontrado y no han dejado nada a los padres Desdames y Duperroy. Lo principal es que nuestro Señor les ha salvado la vida.

Pido a la compañía, con todo el interés posible, que dé gracias a Dios por haber querido conservar a estos siervos suyos en la compañía, que son dos personas de las que puedo decir que nunca hemos encontrado nada criticable en ellos, por lo que yo recuerde. Al mismo tiempo ofrezcámonos a nuestro Señor para sufrir todas las aflicciones que se presenten. Pidámosle mucho esta gracia, hermanos míos, no sólo para cada uno de nosotros en particular, sino también para toda la compañía en general. La reina les ha dicho que acudieran a su lado y su majestad ha empezado ya a proveerles de ropa y de las demás cosas necesarias para ello. Tenemos necesidad de obreros semejantes.

Os decía últimamente que el señor mariscal de La Meilleraye me había escrito o hecho escribir que le enviase un sacerdote, pues había en Madagascar doce mil almas esperando convertirse a nuestra religión. «¿Pues qué?, me decía, ¿es que el padre Vicente quiere abandonar de este modo a doce mil almas que sólo esperan sacerdotes para convertirse?».

A propósito, ya les he indicado a nuestros hermanos coadjutores y a nuestros hermanos clérigos lo que les dije también a los sacerdotes, que no les llamasen «nuestros señores», sino «sacerdotes», cuando hablen de los padres de nuestra compañía.

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