El interlocutor, Antonio Durand, es una persona distinguida. Nació en 1629; desde su entrada en la congregación fue enviado a Polonia, donde recibió el sacerdocio en 1654. A los 27 años fue nombrado superior de Agde y luego, en 1662, encargado de la parroquia real de Fontainebleau (1662-1679). Murió en 1707, tras haber sido secretario general de la congregación.
La edad y la valía del sujeto explican la precisión de esta relación y la variedad de los consejos que en ella se dan. La charla es una especie de directorio espiritual. Tras haber mostrado la excelencia de la dirección de las almas, san Vicente recuerda que para continuar la obra de Jesucristo hay que revestirse de su espíritu vaciándose de sí mismo. Para ello hay que recurrir a la oración, obrar con espíritu de humildad, a imitación de Jesucristo. Además, siguiendo el ejemplo de la Providencia universal, el superior ha de saber ocuparse tanto de las cosas materiales como de las espirituales.
¡Ay, padre! ¿De qué importancia y responsabilidad cree usted que es la ocupación de gobernar a las almas, a la que Dios le llama? ¿Qué oficio cree usted que es el de los sacerdotes de la Misión, que están obligados a guiar y a conducir unos espíritus, cuyos movimientos sólo Dios conoce? Ars artium, regimen animarurm. Esa fue la ocupación del Hijo de Dios en la tierra; para eso bajó del cielo, nació de una virgen, entregó todos los momentos de su vida y sufrió una muerte dolorosísima. Este es el motivo de que tenga usted que apreciar grandemente lo que va a hacer.
Pero ¿qué medio hay para desempeñar debidamente este cargo de llevar las almas a Dios, de oponerse al torrente de vicios de un pueblo o a los defectos de un seminario, de inspirar los sentimientos de virtud cristiana y eclesiástica a los que la Providencia ponga en sus manos para que contribuya a su salvación o perfección? Ciertamente, padre, en todo esto no hay nada humano: no es obra de un hombre, sino obra de Dios. Grande opus. Es la continuación de la obra de Jesucristo y, por tanto, el esfuerzo humano lo único que puede hacer aquí es estropearlo todo, si Dios no pone su mano. No, padre, ni la filosofía, ni la teología, ni los discursos logran nada en las almas; es preciso que Jesucristo trabaje con nosotros, o nosotros con él; que obremos en él, y él en nosotros; que hablemos como él y con su espíritu, lo mismo que él estaba en su Padre y predicaba la doctrina que le había enseñado: tal es el lenguaje de la Escritura.
Por consiguiente, padre, debe vaciarse de sí mismo para revestirse de Jesucristo. Ya sabe usted que las causas ordinarias producen los efectos propios de su naturaleza: los corderos engendran corderos, etc., y el hombre engendra otro hombre; del mismo modo, si el que guía a otros, el que los forma, el que les habla, está animado solamente del espíritu humano, quienes le vean, escuchen y quieran imitarle se convertirán en meros hombres; cualquier cosa que diga o que haga, sólo les inspirará una mera apariencia de virtud, y no el fondo de la misma; les comunicará el mismo espíritu del que está animado, lo mismo que ocurre con los maestros que inspiran sus máximas y sus maneras de obrar en el espíritu de sus discípulos.
Por el contrario, si un superior está lleno de Dios, impregnado de las máximas de nuestro Señor, todas sus palabras serán eficaces, de él saldrá una virtud que edificará, y todas sus acciones serán otras tantas instrucciones saludables que obrarán el bien en todos los que tengan conocimiento de ellas.
Para conseguir todo esto, padre, es menester que nuestro Señor mismo imprima en usted su sello y su carácter. Pues lo mismo que vemos cómo un arbolillo silvestre, en el que se ha injertado una rama buena, produce frutos de la misma naturaleza que esa rama, también nosotros, miserables criaturas, a pesar de que no somos más que carne, ramas secas y espinas, cuando nuestro Señor imprime en nosotros su carácter y nos da, por así decirlo, la savia de su espíritu y de su gracia, estando unidos a él como los sarmientos de la viña a la cepa, hacemos lo mismo que él hizo en la tierra, esto es, realizamos obras divinas y engendramos lo mismo que san Pablo, tan lleno de su espíritu, nuevos hijos de nuestro Señor.
Una cosa importante, a la que usted debe atender de manera especial, es tener mucho trato con nuestro Señor en la oración; allí está la despensa de donde podrá sacar las instrucciones que necesite para cumplir debidamente con las obligaciones que va a tener. Cuando tenga alguna duda, recurra a Dios y dígale: «Señor, tú que eres el Padre de las luces, enséñame lo que tengo que hacer en esta ocasión».
Le doy este consejo, no sólo para las dificultades con que se encuentre, sino también para que aprenda inmediatamente de Dios lo que tenga que enseñar, a imitación de Moisés, que no anunciaba al pueblo de Israel más que lo que Dios le había inspirado: Haec dicit Dominus…
Además, debe usted recurrir a Dios por medio de la oración para conservar su alma en su temor y en su amor; pues tengo la obligación de decirle, y lo debe usted saber, que muchas veces nos perdemos mientras contribuimos a la salvación de los demás.
A veces uno obra bien en particular, pero se olvida de sí mismo preocupándose por los otros. Saúl fue encontrado digno de ser rey, porque vivía bien en la casa de su padre; pero, después de haber sido elevado al trono, decayó miserablemente de la gracia de Dios. San Pablo castigaba su cuerpo por miedo de que, después de haber predicado a los demás y haberles enseñado el camino de la salvación, se viera a sí mismo reprobado.
A fin de no caer en la desgracia de Saúl o de Judas, debe unirse inseparablemente a nuestro Señor y decirle muchas veces, elevando el espíritu y el corazón hacia él: «¡Oh, Señor; no permitas que, queriendo salvar a los otros, tenga la desgracia de perderme; sé tú mismo mi pastor, y no me niegues las gracias que concedes a los demás por medio de mí y de las funciones de mi ministerio».
También debe recurrir a la oración para pedir a nuestro Señor por las necesidades de las personas que están bajo su dirección. Esté seguro de que obtendrá usted más fruto con este medio que con todos los demás. Jesucristo, que debe ser el ejemplo de su forma de gobernar, no se contentó con utilizar sus predicaciones, sus trabajos, sus ayunos, su sangre y su misma muerte; sino que a todo esto añadió la oración. El no necesitaba orar por sí mismo; por nosotros fue por quienes tantas veces rezó, y para enseñarnos a hacer lo mismo, tanto por lo que a nosotros se refiere, como por lo que toca a aquellos cuyos salvadores debemos ser nosotros con El.
Otra cosa que le recomiendo es la humildad de nuestro Señor. Diga muchas veces: «Señor, ¿qué he hecho yo para tener este cargo? ¿Qué obras tengo para corresponder a la carga que han puesto sobre mis espaldas? ¡Dios mío! Lo voy a estropear todo, si tú no guías todas mis palabras y mis acciones». Consideremos siempre en nosotros todo lo que tenemos de humano y de imperfecto, y encontraremos demasiado de qué humillarnos, no sólo delante de Dios, sino también ante los hombres y en presencia de nuestros inferiores.
Sobre todo, no tenga usted la pasión de parecer superior ni de ser el maestro. No opino lo mismo que una persona que, hace unos días, me decía que para dirigir bien y mantener la autoridad, era preciso hacer ver que uno era el superior. ¡Dios mío! Nuestro Señor Jesucristo no habló de esa manera; nos enseñó todo lo contrario de palabra y de ejemplo, diciéndonos de sí mismo que había venido, no a ser servido, sino a servir a los demás, y que el que quiera ser el amo tiene que ser el servidor de todos.
Acepte, pues, este santo principio, y pórtese con aquellos con quienes va a convivir quasi unus ex illis, diciéndoles de antemano que no va usted a enseñarles nada, sino a servirles; hágalo así por dentro y por fuera y ya verá cómo le va todo bien.
Hemos de referir a Dios todo el bien que se hace por medio de nosotros; por el contrario, atribuirnos todo el mal que ocurre en la comunidad. Sí, acuérdese que todos los desórdenes vienen principalmente del superior que, por su negligencia o su mal ejemplo, introduce el desorden, de la misma forma que todos los miembros del cuerpo se debilitan cuando la cabeza está enferma.
La humildad tiene que llevarle a evitar toda complacencia, que suele brotar principalmente en las ocupaciones que tienen cierto esplendor. ¡Ay, padre, qué veneno tan peligroso de las buenas obras es la vana complacencia! Es una peste que corrompe las acciones más santas y que hace que nos olvidemos pronto de Dios. Guárdese de este defecto, en nombre de Dios, como del más peligroso que yo conozco para el progreso en la vida espiritual y en la perfección.
Para ello entréguese a Dios, a fin de hablar con el espíritu humilde de Jesucristo, confesando que su doctrina no es de usted, sino del evangelio. Imite sobre todo la sencillez de las palabras y de las comparaciones que nuestro Señor siguió en la sagrada escritura, cuando hablaba al pueblo. ¡Qué maravillas podría él haberle enseñado al pueblo! ¡Qué secretos no habría podido descubrir de la divinidad y de sus admirables perfecciones, él que era la sabiduría eterna de su Padre! Pero ya ve usted cómo hablaba de forma inteligible y se servía de comparaciones familiares: el labrador, el viñador, el campo, la viña, el grano de mostaza. Así es como tiene usted que hablar, si quiere que le entienda el pueblo, al que anuncia la palabra de Dios.
Otra cosa en la que debe poner una atención especial es sentirse siempre dependiente de la conducta del Hijo de Dios; o sea, que cuando tenga que actuar, haga esta reflexión: «¿Es esto conforme con las máximas del Hijo de Dios?». Si así lo cree, diga: «Entonces, bien, digámoslo»; por el contrario, si no lo es, diga: «No lo haré».
Además, cuando se trate de hacer alguna buena obra, dígale al Hijo de Dios: «Señor, si tú estuvieras en mi lugar, ¿qué harías en esta ocasión? ¿cómo instruirías a este pueblo? ¿cómo consolarías a este enfermo de espíritu o de cuerpo?».
Esta dependencia tiene que extenderse también a respetar mucho a los que representan para usted a nuestro Señor, y que ocupan el lugar de superiores suyos; créame, su experiencia y la gracia que les comunica Jesucristo por su bondad, en virtud de su cargo, les ha enseñado muchas cosas para el buen gobierno de los demás. Le digo esto para que no haga nada de importancia ni emprenda nada extraordinario, sin pedirme consejo; y si la cosa es urgente y no tiene tiempo para conocer mi decisión, diríjase al superior más cercano, preguntándole: «Padre, ¿qué haría usted en esta ocasión?». Tenemos experiencia de que Dios ha bendecido el gobierno de los que han actuado así, mientras que ha sucedido lo contrario con los que no lo han hecho, metiéndose en asuntos que no sólo les han dado muchas preocupaciones, sino que incluso nos han puesto en apuros.
Le ruego también que ponga mucha atención en no querer distinguirse en su gobierno. Deseo que no obre por afectación, sino que siga siempre viam regiam, el camino ancho, para poder caminar con toda seguridad y sin ninguna queja. Quiero decirle con esto que se conforme en todas las cosas con las reglas y las santas costumbres de la congregación. No introduzca nada nuevo, sino siga los avisos que han sido trazados para aquellos que dirigen las casas de la compañía y no prescinda de nada de lo que se hace en ella.
Sea, no sólo fiel, en la observancia de las reglas, sino exacto en hacerlas observar a los demás; si no, todo irá mal. Y como ocupará usted el lugar de Jesucristo, tiene que ser también como él una luz que ilumine y caliente: «Jesucristo, dice san Pablo, es el esplendor del padre». Y san Juan dice que es «la luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo».
Vemos cómo las causas superiores influyen en las inferiores: por ejemplo, los ángeles que pertenecen a una jerarquía superior esclarecen, iluminan y perfeccionan a las inteligencias de la jerarquía inferior: del mismo modo, el superior, el pastor y el director tiene que purificar, iluminar y unir con Dios a las almas que Dios mismo le ha encomendado.
Lo mismo que los cielos envían sus benéficos influjos sobre la tierra, también los que están por encima de los demás deben derramar sobre ellos el espíritu principal, que debe animarles; para ello, tiene que estar usted lleno de gracia, de luz y de obras buenas, lo mismo que vemos cómo el sol comunica a los otros astros de la plenitud de su claridad.
En fin, es preciso que sea usted como la sal: Vos estis sal terrae, impidiendo que la corrupción llegue hasta el rebaño que le tiene a usted por pastor.
Después que el padre Vicente me dijo todo esto, con un celo y una caridad inexplicable, llegó un hermano de la compañía, que le habló de un asunto temporal referente a la casa de San Lázaro; y cuando salió aquel hermano, aprovechó la ocasión para darme los consejos siguientes:
Ya ve, padre, cómo de las cosas de Dios de que estábamos hablando he de pasar a los negocios temporales; de ahí puede deducir que toca al superior mirar no solamente por las cosas espirituales, sino que ha de preocuparse también de las cosas temporales; pues, como sus dirigidos están compuestos de cuerpo y alma, debe también mirar por las necesidades del uno y de la otra, y esto según el ejemplo de Dios que, ocupado desde toda la eternidad en engendrar a su Hijo, y el Padre y el Hijo en producir al Espíritu Santo, además de estas divinas operaciones ad intra creó el mundo ad extra, ocupándose continuamente en conservarlo con todas sus dependencias y produciendo todos los años nuevos granos en la tierra y nuevos frutos en los árboles, etc. Y el mismo cuidado de su adorable Providencia llega hasta hacer que no caiga ni una sola hoja de un árbol sin su aprobación; tiene contados todos los cabellos de nuestra cabeza. Y alimenta hasta al más pequeño gusanillo y al más humilde insecto. Esta consideración me parece muy oportuna para hacerle comprender que no debe dedicarse únicamente a lo que es más elevado, como son las funciones que se refieren a las cosas espirituales, sino que además es preciso que el superior, que en cierto modo representa toda la amplitud del poder de Dios, atienda a las más menudas cosas temporales, sin creer que esta atención es indigna de él. Así pues, entréguese a Dios para buscar el bien temporal de la casa adonde va.
El Hijo de Dios, al enviar al principio a sus apóstoles, les recomendó que no llevasen dinero; pero luego, al crecer el número de sus discípulos, quiso que hubiera uno del grupo qui loculos haberet. Y que se cuidase, no sólo de alimentar a los pobres, sino también de atender a las necesidades de sus compañeros. Más aún, dejó que algunas mujeres fuesen tras él por este mismo fin, quae ministrabant ei; Y si manda en el evangelio que nadie se preocupe por el día de mañana 19, esto debe entenderse de no estar demasiado apurado ni solícito por los bienes de la tierra, pero no de que tengamos que descuidar por completo los medios para poder vivir y vestirnos; de lo contrario, no sería necesario sembrar.
Y acabo; ya basta por hoy. Repito una vez más que lo que va a hacer usted es una obra muy grande, grande opus. Pido a nuestro Señor que bendiga su gobierno; pídale usted, por su parte, juntamente conmigo, que me perdone todas las faltas que he cometido en el cargo en que estoy.







