SOBRE LOS AVISOS
El padre Vicente recomienda la práctica del aviso. Cómo hay que portarse cuando uno es avisado. Ejemplo de nuestro Señor. El amor propio es el mayor obstáculo para el feliz resultado de los avisos. El padre Vicente hace un acto de humildad acusándose de complacencia en sí mismo por el elogio del hermano Juan Parre.
Hablando al final de la conferencia, que consistida en dos puntos: el primero, sobre las razones que tiene la compañía para recibir bien y usar debidamente de los avisos que se daban tanto en general como en particular; y segundo punto, sobre los medios para recibir y usar debidamente de estos avisos, el padre Vicente dijo entre otras cosas que esta práctica, en la compañía de la Misión, es un tesoro para la misma compañía y que tiene que hacer todo lo posible para conservarla y pedirle a Dios la gracia de que no la prive de ella; Dios quiere que el hermano amoneste al hermano cuando falte, para que se corrija y ha mandado que todos tengan cuidado de su prójimo ¡Ay, padres y hermanos míos! Decidme, por favor, ¿puede una persona con razón enfadarse porque le avisan que tiene una mancha en el rostro o que está roto su traje? Sin duda que no; debe mostrarse agradecida. ¿Por qué vamos a ver mal que nos adviertan nuestros defectos? Ciertamente que no; por el contrario, hay que estar contentos de ello e incluso pedir a nuestros hermanos que nos hagan ese favor.
Pero alguno me dirá: Es que dicen que he cometido una falta, y no es verdad; o dan de las cosas una versión distinta de como realmente sucedieron. A esto respondo que la cosa es así o no; esto es, que lo que dicen es verdad o no lo es. Si es verdad, no tenemos motivos para ver mal que nos amonesten; por el contrario, hemos de humillarnos y corregirnos. Si no es verdad, se trata de una ocasión que la Providencia nos depara para sufrir y practicar un acto heroico de virtud. Y si exageran un poco y dicen alguna circunstancia que realmente no sucedió, como la han dicho en la amonestación, hemos de soportarlo con paciencia. Decidme, hermanos míos, el Hijo de Dios que era la misma inocencia, ¿cómo soportó las advertencias y las falsas acusaciones que le hicieron? Ya lo sabéis; no tengo necesidad de decíroslo. ¿Por qué vamos a ser tan malos y tan miserables que no queramos tolerar los avisos que nos den?
Hay una persona en la compañía que, habiendo sido acusado de robar a un compañero y habiendo sido tratado de ladrón en toda la casa, aunque no era verdad, no quiso sin embargo justificarse, sino que pensó dentro de sí al verse falsamente acusado: «¿Te justificarás tú? Ahí tienes una cosa de la que te acusan, a pesar de no ser cierta. ¡No!, se dijo elevándose hasta Dios, es preciso que lo sufra con paciencia». Y así lo hizo. ¿Qué pasó después? Esto es lo que sucedió: al cabo de seis meses, encontrándose el ladrón a cien leguas de allí, reconoció su falta y escribió para pedir perdón. Mirad, Dios quiere a veces probar a las personas, y para ello permite que sucedan estas cosas.
Pero admitamos incluso que no es del todo cierta una cosa de la que un superior, por ejemplo, amonesta a una persona. Puede ser que el superior que hace esta advertencia lo sepa perfectamente, pero quiere probar a su inferior para ver si vale para tal cargo al que lo destina. El superior tiene derecho a hacerlo. Al principio uno no es dueño de sí y no puede impedir los primeros movimientos que brotan en él; cuando se amonesta a ciertas personas por alguna cosa, veis cómo al mismo tiempo van cambiando de rostro. ¿Qué es esto, padres? Son los primeros movimientos de la naturaleza, que se elevan y de los que el hombre no es dueño. Aun cuando sean santos como san Pablo, no podrían impedirlo, ya que son efectos de la naturaleza llena de amor propio, y en los que ni siquiera hay pecado. Pero si, después de haber pasado esto, el espíritu entra dentro de sí mismo, ¡ay entonces!, entonces es cuando peca, si no se reprime y no se decide al bien; y aquí es donde se ve la diferencia que hay entre la parte animal y la carne miserable; porque, decidme, ¿qué diferencia hay entre una persona sin razón y una bestia? No hay ninguna.
Bien, yo, con todas mis miserias, tengo muchos motivos para confundirme delante de Dios, tanto más cuanto que no hay pecado que se cometa en la casa del que yo no sea culpable. Hoy mismo me he dejado llevar de cierta complacencia. Lo diré inmediatamente… Se acaba de decir una frase muy hermosa: el amor propio es el que impide recibir las amonestaciones como es debido. ¡Cuánta verdad es esto! «Quitad la voluntad propia, decía san Bernardo, y no habrá infierno». Quitad ese amor propio que no puede sufrir la menor contrariedad y que hace a la persona tan delicada que no es capaz de tolerar la menor reprensión. Pidámosle a Dios fuerzas para soportar todas las amonestaciones que nos hagan.
Y queriendo el padre Vicente volver a aquella complacencia que antes dijo haber tenido, continuó:
¿Qué es lo que decía hace poco? ¿Se acuerda usted, padre Alméras? ¿No se acuerdan ustedes, padres? ¡Dios mío! ¿Pero qué pasa? ¿Es que nadie se acuerda?
Se levantó un hermano y dijo: Padre, era sobre una vana complacencia que dijo usted que había sentido.
¡Ah! Tiene usted razón; esto fue lo que me pasó. En la reunión de las damas de la caridad que se celebra para asistir a los pobres de las fronteras de Champaña y Picardía se suelen leer las cartas que nos envía el hermano Juan Parre, que está encargado de distribuir las limosnas que envían estas buenas señoras Hoy se leyó una carta que hablaba del bien que Dios hace por medio de este buen hermano, y se empezó a hablar de una sociedad de señoras, de las más distinguidas de la ciudad de Reims, que ha reunido este buen hermano para cuidar de los pobres y de los niños huérfanos y necesitados de la ciudad y de sus alrededores; se recordó que había hecho lo mismo en San Quintin, donde las damas no son todavía tan numerosas como en Reims. Pues bien, la señora Talon, que ha vuelto de aquellos lugares con su hijo, que ha sido llamado a seguir ejerciendo su cargo de abogado general en la corte del parlamento de París, estaba hoy también en la reunión, y al oír lo que se decía del bien que por allí hace nuestro buen hermano, tomó la palabra para contarnos. lo que ella misma había visto y oído, y el bien que hace este buen hermano y las bendiciones que da Dios a sus trabajos y empresas, cómo fundó esta reunión de señoras que acabo de mencionar para asistir a los pobres, y la ayuda que reciben los pobres huérfanos, y cómo ha buscado a un buen sacerdote para dirigir la reunión de las señoras de Reims, el más indicado para ello, para que se cuidara de animarlas en este santo ejercicio. Pues bien, una de las damas de esta reunión, al oír lo que decía la señora Talón, exclamó y dijo: «Si los hermanos de la Misión tienen tanta gracia para hacer todo ese bien que nos acaban de contar, ¡cuánto más harán los sacerdotes!».
Esto es lo que pasó, mis queridos padres y hermanos; esto fue, miserable de mi, lo que causó en mi esta complacencia que os he dicho, de la que me dejé llevar, en vez de atribuirlo todo a Dios, de quien procede todo bien.
Y dirigiéndose a los hermanos coadjutores, les dijo: Hermanos míos, no debéis sacar gloria y complacencia de lo que acabo de decir que hace vuestro hermano; porque mirad, el buen Dios se sirve de quien le place, lo mismo de un hombre malvado que de un hombre bueno, permitiendo incluso que haga milagros, como algunos creen que hizo Judas, el que traicionó a nuestro Señor. Os digo todo esto, hermanos, para que tengáis cuidado de atribuir siempre a Dios toda la gloria del bien que haga nuestro Señor por medio de la compañía en general o por medio de cada uno de vosotros y de las personas que la componen en particular. ¡Que Dios nos conceda esta gracia!







