Vicente de Paúl, Conferencia 045: Repetición De La Oración Del 14 De Julio De 1655

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Hay que confesar y comulgar siempre que lo ordena la regla. Advertencia a un misionero poco cumplidor. El superior debe insistir en la observancia de las reglas. Efectos de la relajación en la orden de san Benito; miedo de que la congregación de la Misión siga este triste ejemplo.

Un hermano coadjutor, al repetir su oración, dijo que a veces le costaba ir con tanta frecuencia a confesar y a comulgar, sobre todo cuando había fiestas entre semana , y que tenía miedo de que esto llegase a ser un hábito y no se preparase uno tanto como si se hiciera menos veces; el padre Vicente interrumpió su discurso y dijo:

Hermano, hace usted muy bien en tener miedo de no ir con todas las disposiciones requeridas para la recepción de los sacramentos; sin embargo, aunque al parecer no se sienta usted tan dispuesto como desearía, no por ello hay que dejar de confesarse y comulgar los días que la regla lo ordena y tal como la compañía lo ha practicado hasta ahora. Es un abuso creer que si, por ejemplo, se confiesa usted y comulga menos veces, va a estar mejor dispuesto. Más aún, creo que si, haciéndolo menos veces, como usted dice, sintiera usted mayor disposición y comulgase entonces con mayor sentimiento y lágrimas, sería muy de temer, hermano, que esto fuera solamente un desahogo de la naturaleza y del amor propio, que se satisface y contenta en sí mismo creyendo que es en esto en lo que se agrada. Por eso hay que insistir en la observancia de las reglas y de las prácticas de la compañía.

Ayer le advertí también a uno de la compañía que se dispensaba de la oración, del capítulo y de otros ejercicios de la comunidad; sin embargo. vemos que no se corrige; ¿qué habrá que hacer, padres? ¡Fijaos en la pena de un pobre superior, cuando ve a sus inferiores en un relajamiento y pereza tan grandes, y cuánto tiene que sudar y trabajar para que vuelvan las cosas a su estado primitivo! ¡Quiera Dios que lo consiga! En ese caso, se podría llamar a esto una especie de milagro, pues es cierto que una comunidad que se ha dejado relajar y ha caído en el desorden no vuelve nunca al estado primero de perfección del que ha caído. San Pablo dice de una persona, que después de convertida a Dios ha vuelto a caer de ese estado, que es imposible que vuelva a levantarse, esto es, que es muy difícil; lo mismo pasa con una comunidad. Por eso, padres, mantengámonos firmes en la observancia de las reglas.

¡Oh, qué cuentas tiene que dar a Dios un superior que no ha tenido coraje suficiente para hacer que se observe la regla, siendo así causa de que la compañía se relaje en la práctica de la virtud! ¡Qué cuentas tiene que dar a Dios un superior cobarde! Pues no solamente tendrá que dar cuentas del mal que se ha hecho a Dios (y del que ha sido motivo por su cobardía) en la compañía, durante el tiempo en que ha sido superior, que es quizás de dos o tres años más o menos, sino también del mal que se cometa durante el tiempo del que lo suceda, y del segundo y del tercero.

¡Qué cuentas tendrá que dar también a Dios un sacerdote o un hermano que haya sido causa, por su mal ejemplo, de una parte del mal que se haga en la compañía, que haya sido descuidado en sus ocupaciones, o las haya abandonado para poder tener menos trabajo y más libertad!

Al comienzo de la orden de san Benito, su ocupación y ejercicio consistía en atender a muchas parroquias, enseñar y formar a los niños y jóvenes, de forma que la nobleza les entregaba sus hijos para que los instruyeran y educaran; muchas personas piadosas les dieron muchos bienes, casas, tierras, herencias, construyeron iglesias para dárselas a esos padres y les erigieron abadías y prioratos. Los flojos vieron que era demasiado; por eso se dijeron: «¿Para qué esforzarnos tanto? Dejemos, dejemos todas esas parroquias, todas esas instrucciones, contentémonos sólo con el coro, conservemos sólo dos tercios de los diezmos de las parroquias, y el otro tercio démoslo a un vicario perpetuo». Fijaos y atended a lo que dicen: «Conservemos los diezmos»; esto es, quedémonos con la grasa. Aquella fue, padres, su manera de pensar; pusieron vicarios perpetuos, abandonaron la instrucción de la juventud, ¿y qué hizo Dios? ¿Queréis saberlo? Permitió que la mayor parte de sus abadías y prioratos cayera en manos de laicos, abades comendatarios y priores simples, sin carga alguna, ya que muchos de esos prioratos tienen muy poca carga, solamente decir algunas misas. En ese estado caeremos también nosotros, si Dios no pone su mano.

¡Pues qué! dirá un misionero flojo ¿para qué tantas misiones? ¡Ir a las Indias, a las Hébridas! ¡Es demasiado! ¡A las cárceles, a los niños expósitos, al Nombre de Jesús! Todo esto es emprender demasiadas cosas; hay que dejarlo; la verdad es que cuando muera el padre Vicente, habrá que cambiar las cosas; habrá que dejar todas esas ocupaciones, por no poder atenderlas. ¡Las Indias, las Hébridas, las cárceles, los niños expósitos!, etc. De forma, padres, que habrá que decir: «Adiós, misiones; adiós, Indias; adiós, Hébridas; adiós, cárceles, Nombre de Jesús, niños expósitos, Berbería! ¡Adiós todo esto!». ¿Y cuál es la causa de todo este mal? Una persona floja, unos misioneros flojos y llenos de amor a su propia comodidad y descanso.

¡Ay padres! ¡Ay hermanos míos! Cuando veáis esto, podréis decir: ¡Adiós todas estas ocupaciones! San Juan decía: «Cuando veáis a esas personas entre vosotros, tenedlas por anticristos». Hermanos míos, yo os digo lo mismo: cuando veáis a un misionero flojo que tenga semejantes discursos, o queriendo que se dejen todos esos bienes que acabo de deciros, decid con valentía: «Ese es un anticristo». Sí, hermanos míos, es un anticristo. Decid: ¡Ha nacido el anticristo: ahí está!». Pues qué: si estando todavía la compañía en su cuna (pues la compañía acaba de nacer ahora; está en la cuna), si a pesar de eso, por la gracia de Dios, ha podido abrazar tantos bienes tan agradables a su divina Majestad y a los que ha dado su bendición, ¡con cuánta mayor razón tendrá que aceptarlos cuando se encuentre más avanzada en edad y haya adquirido más fuerzas! Vemos que, si un niño tiene bastante fuerza y coraje, a pesar de ser joven y delicado, para lograr realizar alguna cosa, con mucha mayor razón la hará cuando sea mayor y tenga veinticinco o treinta años. Así tiene que pasar también en la compañía de la Misión. Está bien, ¡alabado sea Dios! ¡Bendito y glorificado sea por siempre jamás! ¡Quiera su divina Majestad darnos la gracia de que nunca caiga sobre la compañía ese mal que acabo de decir!.

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