Vicente de Paúl, Conferencia 024: Amor a la vocación y asistencia a los pobres

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: .
Tiempo de lectura estimado:

(13.02.46)

El padre Vicente, habiéndose tomado la molestia de venir a darnos esta conferencia, preguntó cuál era el tema, y tras haberlo oído, preguntó a una hermana sobre él. Después, quiso informarse por extenso del peligro del que se había visto libre por una gran gracia de Dios, una de las hermanas hacía tres o cuatro días.

Hija mía, le dijo, ¿qué es lo que pasó? I le oído hablar de una casa derrumbada. ¿En qué barrio ha sido?, ¿estabais dentro o fuera?, ¿qué día fue?

La hermana respondió que, el último sábado de carnaval, al ir a llevar el puchero a uno de los pobres, cuando subía, un pobre aguador que iba delante de ella, exclamó: «Estamos perdidos». Estaba ella entre el primero y segundo piso; y apenas dijo aquel pobre hombre estas palabras, la casa empezó a derrumbarse; y nuestra pobre hermana, muy asustada, se acurrucó en el rincón de un rellano. Los vecinos, llenos de miedo, corrieron, inmediatamente a buscar el santo sacramento y la extremaunción, para administrarla a los que fueran capaces de ella. Pero más de treinta y cinco o cuarenta personas se vieron desgraciadamente aplastadas por las ruinas de la casa, y solamente hubo un niño de diez u once años que pudo salvarse.

Los espectadores, al ver a nuestra pobre hermana en un peligro que parecía inevitable, la invitaron a que se echase entre sus brazos. Se pusieron diez o doce para socorrerla. Ella les tendió el puchero, que colgaron de un gancho en el extremo de una vara; luego se arrojó sobre los mantos que habían extendido fiándose de la providencia de Dios. Sin poder decir cómo había sucedido se encontró, por una especial providencia de Dios, fuera de peligro, y llena de temblor se fue a servir a los enfermos que le quedaban.

El padre Vicente, después de haber escuchado atentamente todo lo sucedido, lamentó el estado de los que habían perecido entre los escombros de la casa y observó que el miedo de nuestra hermana había sido legítimo al verse amenazada de tal manera, y exclamó con las manos elevadas al cielo:

¡Dios mío! Si la caída de una casa es tan terrible, ¿qué será, hijas mías, el día del juicio, cuando veamos a una cantidad innumerable de almas precipitarse miserablemente al infierno por toda la eternidad? ¡Dios mío! ¿qué será aquello? ¡Bendito sea Dios, hijas mías!

Luego preguntó los sentimientos de varias hermanas sobre el tema de la conferencia, y, habiéndolas escuchado a todas con una paciencia admirable, reanudó su plática poco más o menos en estos términos

– Doy gracias a Dios, hijas mías, por los pensamientos que os ha dado.. Los que yo he tenido ya han sido dichos, y estoy infinitamente consolado por lo que Dios os ha inspirado; ¿qué más queda por decir fuera de lo que ya se ha dicho? Sí, hijas mías, ya habéis dicho vosotras todo lo que yo podía deciros. ¡Bendito sea Dios!

Pero lo que me impresiona sensiblemente y lo que tiene que conmoveros poderosamente para que apreciéis el servicio de los pobres, es lo que ha dicho una de vosotras: que Dios, desde toda la eternidad, os había escogido y elegido para esto. ¡Dios mío! ¡cómo nos tiene que impresionar esto! Sí, es verdad, Dios desde toda la eternidad tenía sus pensamientos y sus designios sobre vosotras y en vosotras, y desde toda la eternidad estabais en la idea de Dios para el estado en que estáis actualmente; porque, hijas mías, no solamente todo lo que ha sucedido y sucede ahora, sino todo lo que suceda en el futuro, está presente ante Dios, y millones de años son delante de él todavía menos que un día. ¡Qué verdad es que desde toda la eternidad tenía Dios el designio de utilizaros en servicio de los pobres! qué felicidad, hijas mías, y cómo la consideración de esta misión eterna de Dios sobre vosotras tiene que ayudaros a que sepáis agradecerle la elección que de vosotras ha hecho! ¡Pensad mucho en ello!

Os he dicho muchas veces, hijas mías, que tenéis que estar muy seguras de que es Dios el que os ha fundado, porque os puedo decir delante de él que yo nunca había pensado en ello, y que tampoco creo que lo pensase la señorita Le Gras. Ya os he dicho cómo sucedió esto. Pero, como muchas de las que están aquí presentes no estaban entonces, os lo volveré a decir una vez más, para señalaros la actuación de Dios en vuestra fundación.

Sabed, pues, que estando cerca de Lyon en una pequeña ciudad en donde la Providencia me había llevado para ser párroco, un domingo, como me estuviese preparando para celebrar la santa misa, vinieron a decirme que en una casa separada de las demás, a un cuarto de hora de allí, estaba todo el mundo enfermo, sin que quedase ni una sola persona para asistir a las otras, y todas en una necesidad que es imposible expresar. Esto me tocó sensiblemente el corazón; no dejé de decirlo en el sermón con gran sentimiento, y Dios, tocando el corazón de los que me escuchaban, hizo que se sintieran todos movidos de compasión por aquellos pobres afligidos.

Después de comer se celebró una reunión en casa de una buena señorita de la ciudad, para ver qué socorros se les podría dar, y cada uno se mostró dispuesto a ir a verlos, consolarlos con sus palabras y ayudarles en lo que pudieran. Después de vísperas, tomé a un hombre honrado, vecino de aquella ciudad, y fuimos juntos hasta allá. Nos encontramos por el camino con algunas mujeres que iban por delante de nosotros, y un poco más adelante, con otras que volvían. Y como era en verano y durante los grandes calores, aquellas buenas mujeres se sentaban al lado del camino para descansar y refrescarse. Finalmente, hijas mías, había tantas, que se podría haber dicho que se trataba de una procesión.

Apenas llegué, visité a los enfermos y fui a buscar el Santísimo Sacramento para los que estaban más graves, no a la parroquia del lugar, porque no había ninguna, sino que dependía de un cabildo del que yo era prior. Así pues, después de haberlos confesado y dado la comunión, hubo que pensar en la manera de atender a sus necesidades. Les propuse a todas aquellas buenas personas, a las que la caridad había animado a acudir allá, que se pusiesen de acuerdo, cada una un día determinado, para hacerles la comida, no solamente a aquellos, sino a todos los que viniesen luego; fue aquel el primer lugar en donde se estableció la Caridad.

Pues bien, ya veis, hijas mías, cómo no es obra de los hombres y como es evidentemente obra de Dios; porque ¿fueron los hombres los que hicieron enfermar a aquellas personas?, ¿fueron los hombres los que pusieron fuego en el corazón de tantas personas que se dirigieron allá en gran número para ir a socorrerlos? ¿fueron los hombres los que pusieron en los corazones el deseo de prestarles una continua asistencia, no solamente a aquellos sino a los que viniesen después? No, hijas mías, no fue obra de los hombres, está claro que Dios actuaba allí con su poder, porque los hombres no podían hacerlo. No, los hombres no podían hacer nada de esto.

Yo fui llamado para acudir allá; y después de algún tiempo, al ir a una misión en Villepreux, que es una aldea a cinco o seis leguas de París, tuvimos la ocasión de establecer allí la Caridad; era la segunda. Luego pudimos establecerla en París, y San Salvador fue la primera parroquia que la tuvo; siguieron luego todas las principales parroquias. Pero, como hay gran número de enfermos en París, estaban mal servidos, porque las damas no podían sujetarse a ellos: la esposa por causa de su marido y de su casa, la hija por causa de su padre y de su madre. En fin, que aquello no iba bien, porque Dios quería que hubiese una Compañía de hermanas que se dedicase expresamente a servir a los enfermos bajo aquellas damas.

La primera de esas hermanas fue una pobre aldeana; es preciso que os lo diga, hijas mías, para mostraros la Providencia de Dios, que quiso que vuestra Compañía se compusiese de hermanas pobres, o por nacimiento, o por la elección que harían de la pobreza; sí, hijas mías, hablo de hermanas pobres, porque es preciso que lo seáis efectivamente.

Aquella pobre hermana se había entregado a Dios para instruir en su conocimiento a los niños de su aldea, y a pesar de guardar vacas, aprendió a leer ella casi sola, porque ninguno se lo había enseñado. Detenía a los que pasaban por su lado y les preguntaba: «Señor, dígame por favor, lo que son estas letras; qué es lo que quiere decir esta palabra»; y de esta forma iba aprendiendo para enseñar luego a los demás.

Cuando ella supo algunas cosas, enseñó a sus compañeras. Fuimos a celebrar una misión en aquel lugar, y Dios demostró en seguida que aquello no le desagradaba. Aquella buena mujer, al oír que atendían a los enfermos en París, tuvo deseos de ir a servirles. Hicimos que viniese, y la pusimos bajo la dirección de la señorita Le Gras y al servicio de los pobres enfermos de Saint-Nicolas-du-Chardonnet; después de algún tiempo fue atacada por la peste y murió en San Luis, En su lugar se puso a la que servía a los enfermos de San Salvador.

He aquí, hijas mías, cuál fue el comienzo de vuestra Compañía; como entonces no era lo que es actualmente, hemos de creer que tampoco es ahora lo que será luego, cuando Dios la haya situado en el puesto en que la quiera; porque, hijas mías, no es preciso que creáis que las comunidades se hacen de un solo golpe. San Benito, san Agustín, santo Domingo y todos los grandes siervos de Dios, cuyas órdenes son tan florecientes, no pensaban ni mucho menos en hacer lo que hicieron. Pero Dios actuó por medio de ellos.

Las obras de las que no se pueden indicar los obreros, salen, según se dice, de las manos de Dios. Vuestra institución no es obra de los hombres; por tanto, podéis decir con seguridad que es de Dios; y ciertamente, una Compañía ordenada para una misión tan agradable a Dios, tan excelente en sí misma y tan útil para el prójimo, no puede tener por autor más que al propio Dios. ¿Quién ha oído hablar alguna vez de semejante obra antes de hoy? Había ciertamente varias órdenes religiosas. Se habían fundado hospitales para la asistencia de los enfermos; algunos religiosos se habían consagrado a su servicio; pero hasta ahora no se había visto nunca que se cuidase a los enfermos en sus casas. Si en una pobre familia caía algún enfermo, era preciso separar al marido de su mujer, a la mujer de sus hijos, al padre de su familia. Hasta el presente, Dios mío, no habías establecido ninguna orden para socorrerlos; y parecía como si tu Providencia adorable, que a nadie falta, no se hubiese cuidado de ellos.

¿Y por qué creéis, hijas mías, que Dios estuvo aguardando tanto tiempo para suscitar esta ayuda? ¡Es que os lo estaba reservando a vosotras! Sí, vosotras estabais reservadas por Dios desde toda la eternidad, como muy bien ha señalado una hermana, para ser las primeras. ¡Qué ventaja!; porque las que entran en una Orden en los sesenta a cien primeros años, esto es, en el primer siglo, que es el siglo de oro, esas se llaman las primeras; y por tanto, vosotras sois las primeras. Os ruego, hijas mías, que atendáis mucho a lo que esto os obliga.

Si no fuese Dios, hijas mías, el que realiza lo que se ve en vuestra vocación, ¿podría suceder que una mujer abandonase su país, sus padres, y los placeres del matrimonio, si podemos decir que los tiene, sus pequeñas comodidades, las diversiones que se tienen con las amigas, para venir a un lugar que nunca había visto, con otras mujeres de países lejanos, para entregarse en medio de una pobreza voluntaria al servicio de los condenados, de los niños abandonados por sus parientes, de los pobres enfermos que se pudren en la suciedad y de todos aquellos que viven incluso en los calabozos? No, hijas mías; sólo Dios puede hacer esto. El ha querido que una fuese de Lorena, la otra de Sedan, la otra de Angers, y las otras de otros lugares; por eso se ha dicho: «Os llamaré de todas las naciones de la tierra» 3. Por consiguiente, él es el que ha querido esta Compañía de hermanas de diferentes países para que todas ellas no fuesen más que un solo corazón. ¡Sea para siempre bendito su santo y adorado nombre!

Otra razón es la protección especialísima que Dios tiene de vosotras. ¿No es admirable, hijas mías? Tenéis un ejemplo muy reciente en la persona de vuestra buena hermana. ¿No os hace todo esto ver que Dios acepta con muy especial agrado el servicio que le rendís en la persona de los pobres? Se derrumba una casa nueva; cuarenta personas se ven aplastadas bajo sus ruinas. Esta pobre hermana, que tiene en la mano su puchero, está en un rellano de la escalera que la Providencia conserva expresamente para sostenerla, y sale de este peligro sana y salva. Allí están los ángeles, hemos de creerlo; porque ¿creéis acaso que fueron los hombres? Ellos le tendieron la mano, pero eran los ángeles los que la sostenían. ¿Creéis, hijas mías, que Dios permitió sin un designio especial que cayese esa casa nueva? ¿Creéis que fue una casualidad que se derrumbase precisamente en el momento en que nuestra hermana estaba allí; y creéis también que fue una casualidad que ella escapase sin mal alguno? ¡Ni mucho menos, hijas mías! Todo esto es milagroso. Dios había ordenado todo esto para hacer conocer a vuestra Compañía el cuidado que de ella tiene.

No es solamente a nuestra hermana a la que se concede una gracia tan señalada, sino a todas vosotras; ha sido para confirmaros a todas vosotras en la confianza que habéis de tener de que vuestros servicios agradan a Dios; ha sido para haceros ver a todas que le sois tan queridas como la niña de sus ojos; ha sido para obligaros a tener una confianza segura en su Providencia, que no os abandonará jamás; no, hijas mías, estad seguras, este ejemplo es una señal indudable. Dios os conservará en cualquier sitio adonde vayáis. Veréis muchas veces como la cólera de Dios castiga con una muerte repentina y violenta a una muchedumbre de pecadores, sin que tengan ocasión de convertirse a él; veréis incluso que perecen muchos inocentes. Y vosotras os salvaréis. Sí, Dios cuida de vosotras y se interesa por vuestra conservación.

¿No creéis que fue también una buena prueba este piso que se cayó hace cerca de un año? 5. Es una prueba muy segura. Es maravilloso que se haya roto una viga en un lugar como este, y que no haya caído nadie debajo de ella. La señorita Le Gras estaba allí; una hermana la oyó crujir y le dijo que no estaba allí muy segura. No hizo caso. Se lo repitió otra hermana mayor. Tuvo consideración de su edad y se retiró. Apenas se había retirado a la habitación de al lado (fijaos, hermanas mías, no hay más que tres pasos), cuando la viga se rompió y cayó el piso.

Ved si acaso se hizo esto sin una intervención especial de Dios. Aquella misma tarde yo tenía que estar aquí; teníamos que reunirnos para algunos asuntos importantes. En medio del ruido que hay en una reunión, nadie se hubiera dado cuenta de que esta viga crujía. No habría estado allí aquella hermana, porque las hermanas no están en esas reuniones, y todos nos hubiésemos visto aplastados en aquel sitio; y Dios hizo que surgiese otro asunto que me detuvo y que impidió acudir allá a todas las damas.

Todo esto no se hace por casualidad, hijas mías; hay que guardarse de creerlo así. Un hombre, para huir de la predicción que se le había hecho de que caería una casa sobre su cabeza, se fue al campo. Una tortuga que llevaba un águila le cayó sobre la cabeza y le mató. Ved, hijas mías, cómo en ninguna parte se puede estar seguros. ¡Y en unas casas que se derrumban, vosotras os salváis! Tenéis que dar todas juntas muchas gracias a Dios por esta prueba especial de su Providencia que nos ha dado una vez más en la persona de vuestra hermana. Sí, hijas mías, tenéis que hacerlo, y os ruego que os preocupéis de hacerlo. Que vuestra próxima comunión sea, por tanto, por esta intención. Cuando lo supe, celebré la misa para dar gracias a Dios; y actualmente, que lo sé con más detalle todavía, volveré a celebrarla, si Dios quiere. ¡Sea por siempre bendito su santo nombre!

He aquí pues, mis queridas hijas, unas cuantas razones muy poderosas para incitaros a estimar vuestra vocación y a aceptarla con agrado, puesto que así lo quiere Dios y así son socorridos los prójimos; y todo ello sin miedo alguno, puesto que Dios mismo cuida de vosotras.

Un medio para hacerlo como Dios quiere, es hacerlo con caridad, hijas mías. ¡La caridad hará excelente vuestro servicio! Pero, ¿sabéis lo que es hacerlo con caridad? Es hacerlo en Dios, porque Dios es caridad, es hacerlo puramente por Dios; es hacerlo en gracia de Dios, porque el pecado nos separa de la caridad de Dios. Yo os he dicho otras veces que no seréis verdaderas Hijas de la Caridad mientras no hayáis purificado todos vuestros motivos, mientras no hayáis arrancado todas las raíces de vuestras costumbres viciosas, mientras no os hayáis separado de vuestros apegos particulares. Lo digo una vez más, hijas mías, y esto es tan necesario que, si no lo hacéis, no estáis en estado de comulgar; ni mucho menos, hijas mías, no lo estáis porque a nadie se le permite acercarse a la sagrada comunión con algún afecto al pecado, aunque sea simplemente venial. ¿Qué sucedería pues, hijas mías, a una hija de la Caridad que se acercase a comulgar, no digo ya con algún afecto al pecado mortal (¡Dios nos guarde! ¡qué gran sacrilegio sería esto!), sino con algún afecto al pecado venial? Pues bien, esto es no querer corregirse. Por ejemplo, una hermana tiene algún apego a otra hermana; busca su compañía, le habla al oído, le comunica sus descontentos, le cuenta las mortificaciones que ha tenido que sufrir. Este apego es vicioso y, por lo menos, pecado venial. Una hermana que se sintiese con este apego y que comulgase sin proponerse romper con él, comulgaría con afecto al pecado, y en buena conciencia no debe hacerlo hasta que no se haya resuelto a romper con él. Ya os he dicho que, apenas os sintáis apegadas a alguien, tenéis que avisar de ello a vuestro superior director.

Otra hermana servirá a los enfermos de una parroquia; sentirá apego a una dama, a una oficial, a un confesor; pues bien, tiene que dar aviso enseguida y aplastar la cabeza de esta serpiente, mientras está todavía naciendo; porque, si no lo hace, servirá a la parroquia, pero no a los pobres; lo hará por la satisfacción que siente, y no por el motivo por el que tiene que hacerlo. ¡Guardémonos mucho de estas infidelidades, hijas mías, en nombre de Dios! Esto nos aparta de los altares. Cuando una hermana vea que siente apego a un lugar o a una dama o confesor, que lo diga cuanto antes. Dios mío, ¡si es tan fácil! Si tiene deseos de progresar, lo hará. Hacedlo, pues, hijas mías, cuando esto os pase, para que se os pueda enviar a otra parte, donde sirváis a Dios por él mismo, sin ningún compromiso ni apego para con nadie.

Otra hermana tendrá quizás antipatía contra alguna compañera. Le disgustará todo lo que hace; si se le habla de ella, tragará con dificultad la estima que de ella se tiene; si esa hermana le dice algo, no lo verá bien; y, al no corregirse, comulgará con afecto al pecado en contra de lo que tiene que hacer. ¡Y es tan fácil poner remedio! Yo tengo antipatía contra una hermana, pero no quiero fomentarla; le hablaré con mansedumbre; si me dice algo la escucharé con docilidad; cuando me hablen de ella, procuraré no decir nada que rebaje o disminuya la estima que de ella tienen.

Si hacéis esto, progresaréis, hijas mías, porque os aprovecharéis de vuestras comuniones y de vuestras conferencias. ¡Dios mío, cuánto deseo que comprendáis bien el espíritu de Dios en las conferencias que se os hacen, y que os acostumbréis a decir vuestros pensamientos, como acabáis de hacer! Veo con entusiasmo esta disposición en vosotras; porque ya veis cuánta materia me proporcionan vuestros pensamientos. No digo nada de mi cosecha, no digo más que lo que vosotras mismas me habéis dicho. ¡Bendito sea Dios! Lo deseo tanto que os puedo decir de verdad que no creo desear nada más. Porque ya veis, hijas mías, todos los apegos, todas las aversiones y esos obstáculos que impiden el fruto de las comuniones y de las instrucciones son obra del diablo, que revienta al ver lo que hacéis v que hace todo lo que puede para impediros que os aprovechéis de ellas. Sugerirá a las hermanas que están aquí: «¿Qué es lo que hago aquí? He venido para servir a los enfermos y no me lo mandan». A las que están en las parroquias: «Si estuviese con los niños, lo haría mucho mejor». Y todo esto para que, al comulgar con estos apegos o con estas aversiones, no os aproveche. Hijas mías, cuando sintáis esto en vosotras, decidlo cuanto antes.

Otro motivo, como ha dicho una hermana (ved, hijas mías, cómo no hablo más que por medio de vosotras) es que, al servir a los pobres, se sirve a Jesucristo. Hijas mías, ¡cuánta verdad es esto! Servís a Jesucristo en la persona de los pobres. Y esto es tan verdad como que estamos aquí. Una hermana irá diez veces cada día a ver a los enfermos, y diez veces cada día encontrará en ellos a Dios. Como dice san Agustín, lo que vemos no es tan seguro, porque nuestros sentidos pueden engañarse; pero las verdades de Dios no engañan jamás. Id a ver a los pobres condenados a cadena perpetua, y en ellos encontraréis a Dios; servid a esos niños, y en ellos encontraréis a Dios. ¡Hijas mías, cuán admirable es esto! Vais a unas casas muy pobres, pero allí encontráis a Dios. Hijas mías, una vez más, ¡cuán admirable es esto! Sí, Dios acoge con agrado el servicio que hacéis a esos enfermos y lo considera, como habéis dicho, hecho a él mismo.

Otro motivo, que también ha dado una de las hermanas, es que Dios ha prometido recompensas eternas a los que le ofrezcan a un pobre un vaso de agua; no hay nada tan cierto, y no podemos dudar de ello; y esto es para vosotras, hijas mías, un gran motivo de confianza, porque si Dios da una eternidad bienaventurada a los que no han ofrecido más que un vaso de agua, ¿qué dará a una Hija de la Caridad, que lo deja todo y se entrega a sí misma para servirle durante toda su vida? ¿Qué le dará? ¡No nos lo podemos imaginar! Tiene motivos para esperar ser de aquellos a los que se dirá: «Venid, benditas de mi Padre, poseed el reino que os está preparado».

Otro nuevo motivo es que los pobres asistidos por ella serán sus intercesores delante de Dios; acudirán en montón a su encuentro; dirán al buen Dios: «Dios mío, ésta es la que nos asistió por tu amor; Dios mío, esta es la que nos enseñó a conocerte». Porque, ved hijas mías, habéis dicho lo más importante cuando dijisteis que había que asistirles espiritualmente. Ellos dirán: «Dios mío, ésta es la que me enseñó a creer que había un Dios en tres personas; yo no lo sabía. Dios mío, ésta es la que me enseñó a esperar en Ti; ésta es la que me enseñó tus bondades por medio de las suyas». En resumen, hijas mías, todo esto os valdrá el servicio de los pobres.

Por tanto, aficionaos mucho a los pobres, por favor, y tened mucho cuidado de enseñarles las verdades necesarias para la salvación. Ya habéis visto cuánto importa esto. Y es cierto; y tengo muchas ganas de buscar algún medio; ya os avisaremos, con la ayuda de Dios. Entre tanto, haced todo lo que esté en vuestro poder.

Una hermana ha hecho una observación muy justa: «Es preciso, ha dicho, hacer que administren los sacramentos a los enfermos antes de nada». Sí, hijas mías, conviene mucho, al atender sus necesidades, procurar averiguar con afabilidad y mansedumbre, con cordialidad y compasión, si se han confesado y, si no lo han hecho, disponerlos para ello.

Una hermana ha objetado anteriormente que a veces los sacerdotes no lo tenían en cuenta.

Hija mía, respondió el padre Vicente, no os imaginéis nunca que ellos descuidan esta obligación; pero, cuando les hayáis avisado, vuestra conciencia quedará tranquila delante de Dios. Una de vosotras ha observado muy bien que convenía enseñarles a hacer un acto de contrición y fomentar en ellos el deseo de confesarse. Hacedlo así hijas mías; y si empeora su estado, podréis advertirlo por segunda vez al señor párroco; pero, no lo hagáis nunca en plan de queja, sino mansamente. Podréis decirle: «Señor, este pobre enfermo está peor; tengo miedo de que le pase cualquier cosa. Me he creído obligada a advertírselo». Y esto con mansedumbre.

Bien, se está haciendo tarde; ya es hora de acabar. Para terminar, pido a Dios que os dé su espíritu, la perfección de vuestra vocación, y que derrame sobre toda la Compañía sus bendiciones, para hacer que cumpla su santa voluntad en este mundo con tal fidelidad que pueda merecer algún día gozar de su gloria en el otro.

Benedictio Dei Patris…

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *