Vicente de Paúl, Conferencia 001: Explicación del reglamento

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: .
Tiempo de lectura estimado:

El último día de julio de 1634, el padre Vicente, en su tercera y última conferencia, dio a la pequeña Congregación de las Hijas de la Caridad las reglas y las instrucciones para practicarlas. A continuación va lo que se ha recogido.

Se puso de rodillas, así como toda la Compañía, y después del Veni Sancte, empezó de esta forma:

Mis buenas hijas, os decía, el último día que os hablé, que hace algún tiempo que estáis reunidas para vivir con un ideal común, y que sin embargo, todavía no habéis tenido ningún reglamento que ordene vuestra manera de vivir. La divina Providencia os ha conducido en esto como condujo a su pueblo, que, desde la Creación, estuvo más de mil años sin ley.

Nuestro Señor hizo lo mismo con la primitiva Iglesia; pues, mientras él estuvo en la tierra, tampoco hubo ninguna nueva ley escrita, y fueron sus apóstoles los que, después de él, recogieron sus enseñanzas y sus disposiciones.

La Providencia os ha reunido aquí a vosotras doce, y, al parecer, con el designio de que honréis su vida humana en la tierra. ¡Oh! ¡qué ventaja estar en una comunidad puesto que cada miembro participa del bien que hace todo el cuerpo! Por este medio podréis tener una gracia más abundante. Nuestro Señor nos lo ha prometido cuando dijo: «Cuando estéis dos reunidos en mi nombre, yo estaré en medio de vosotros». Con mayor razón, cuando estéis varios con el mismo designio de servir a Dios, mi Padre y yo vendremos a poner nuestra morada en ellos, si ellos nos aman. Por las personas que tienen un mismo espíritu y que, en ese mismo espíritu, se unen unas con otras para honrar a Dios, es por quienes el Hijo oró en la última oración que tuvo antes de su pasión, diciendo: «Padre mío, te ruego para que los que me has dado sean uno, como tú y yo somos uno». Veamos pues, mis queridas hijas, de qué manera tenéis que pasar las veinticuatro horas que forman la jornada, lo mismo que las jornadas forman un mes, y los meses los años, los cuales os conducirán hasta la eternidad.

Es preciso, mientras os sea posible, que os ajustéis a las horas; pues tendréis un gran consuelo cuando penséis al levantaros: «Todas mis otras hermanas, en cualquier lugar que estén, se levantan ahora para el servicio de Dios».

Así pues, os levantaréis a las cinco, mientras que los quehaceres de la Caridad puedan permitir que os acostéis a las diez, ya que es menester que os conservéis bien para el servicio de los pobres y para dar a vuestros cuerpos sus justas necesidades.

Vuestro primer pensamiento tiene que ser para Dios; dadle gracias por haberos preservado por la noche, mirad brevemente si le habéis ofendido, dadle gracias o pedidle perdón, ofrecedle todos vuestros pensamientos, los movimientos de vuestro corazón, vuestras palabras y obras; prometed no hacer nada que le disguste; y todo lo que hagáis durante el día sacará su fuerza de esta primera ofrenda hecha a Dios; porque, fijaos, hijas mías, si no se lo ofrecéis todo a Dios, perderéis la recompensa de vuestras acciones. San Pablo dice cuánto perdéis cuando vuestro espíritu, en su primer pensamiento, se llena de otra cosa que no sea Dios. El diablo hace todo lo posible, al despertaros, para meteros otros pensamientos. Por eso, ejercitaros bien en este ejercicio, como buenas cristianas y verdaderas Hijas de la Caridad. La primera cosa que tenéis que hacer después de levantaros y estando un poco vestidas, es poneros de rodillas para adorar a Dios. ¿Qué creéis que es adorar a Dios? Es rendirle un honor que sólo le pertenece a El, y reconocerlo como vuestro creador y soberano Señor. Le pediréis luego su santa bendición, inclinándoos para recibirla con devoción y con la intención de que haga todos vuestros pensamientos, palabras y acciones, agradables a su divina Majestad y os dé el querer hacer todas las cosas por la gloria de su santísimo amor.

Después de vestiros y haber hecho la cama, os pondréis en oración. Hijas mías, este es el centro de la devoción, y tenéis que desear mucho habituaros perfectamente a ella. No, no creáis que unas pobres mujeres de aldea, ignorantes como vosotras podéis ser, no tienen que pretender realizar este santo ejercicio. Si Dios es tan bueno y lo ha sido ya con vosotras al llamaros al ejercicio de la caridad, ¿por qué vais a creer que os negará la gracia que necesitáis para hacer bien la oración? Que no se os ocurra nunca esto. Yo me he sentido hoy muy edificado, al hablar con una buena joven aldeana, que es ahora una de las almas más grandes que conozco

Empezad siempre todas vuestras oraciones por la presencia de Dios; porque a veces, sin esto, una acción dejará de resultarle agradable. Fijáos bien, hijas mías, aunque no vemos a Dios, la fe nos enseña su santa presencia en todas las cosas, y este es uno de los medios que hemos de proponernos: está presente en todo lugar, penetrando íntimamente en todas las cosas e incluso en nuestros corazones; y esto es todavía más cierto que el que estamos todas presentes aquí, porque nuestros ojos nos pueden engañar, pero la verdad de Dios en todo lugar no fallará jamás.

Otro medio para ponernos en la presencia de Dios, es imaginarnos que estamos delante del Santísimo Sacramento del altar. Allí es, queridas hijas, donde recibimos los más hermosos testimonios de su amor. Amémosle mucho y acordémonos que dijo, mientras estaba en la tierra: «Si uno me ama, vendremos a él», refiriéndose a su Padre y al Espíritu Santo; y las almas serán conducidas por su santa Providencia lo mismo que un barco por su piloto.

Tened mucho cuidado de dar cuenta de vuestra oración lo antes que podáis hacerlo. No podéis imaginaros cuán útil os será esto. Decíos mutuamente con toda sencillez los pensamientos que Dios os ha dado, y sobre todo mantened con cuidado las resoluciones que hayáis tomado en ella. La bienaventurada hermana María de la Encarnación se sirvió de este medio para adelantar mucho en la perfección. Ella daba cuidadosamente cuenta de todo a su criada. ¡Oh! sí, hijas mías, no podéis imaginaros cuánto os aprovechará esto, y el gusto que daréis a Dios obrando de esta manera. Fijaos, la buena Santa Magdalena ocultaba en su corazón los buenos pensamientos que recogía de las palabras de Nuestro Señor; y lo mismo se dice de la Santísima Virgen. Los buenos pensamientos que Dios nos da en la oración son verdaderas reliquias; recogedlas cuidadosamente, para ponerlas en práctica, y alegraréis el corazón de Dios; de esta forma seréis el gozo de Dios, y todos los santos se alegrarán por ello.

Id todos los días a la santa Misa, pero id con una gran devoción, y estad en la iglesia con gran modestia, siendo ejemplo de virtud para todos los que os vean. Voy a poner como ejemplo a una buena señora, llamada señora Pavillon, que desde hace muchos años sigue admirando a toda su parroquia. Parece como si su caminar y su postura fueran visiblemente en la presencia de Dios; parece casi insensible a todas las cosas, excepto al pecado. Dejará que la pisoteen antes que ser de otra manera.

De esta forma, hijas mías, hay que estar reverentemente en la iglesia, principalmente durante la santa Misa.

¿Qué pensáis hacer durante ella? No es solamente el sacerdote el que ofrece el Santo Sacrificio, sino todos los que asisten a él; estoy seguro de que, cuando estéis bien instruidas en este punto, tendréis gran devoción; porque es el centro de la devoción.

Hijas mías, sabed que, cuando dejéis la oración y la santa Misa por el servicio a los pobres, no perderéis nada, ya que servir a los pobres es ir a Dios; y tenéis que ver a Dios en sus personas. Tened, pues, mucho cuidado de todo lo que necesitan y vigilad particularmente en ayudarles en todo lo que podáis hacer por su salvación: que no mueran sin los sacramentos. No estáis solamente para su cuerpo, sino para ayudarles a salvarse. Sobre todo, exhortadles a hacer confesión general y soportad sus malos humores, animadles a sufrir por el amor de Dios, no os irritéis jamás contra ellos y no les digáis palabras duras; bastante tienen con sufrir su mal. Pensad que sois su ángel de la guarda visible, su padre y su madre, y no les contradigáis más que en lo que les es perjudicial, porque entonces sería una crueldad concederles lo que piden. Llorad con ellos; Dios os ha constituido para que seáis su consuelo.

Ved, hijas mías, la fidelidad que debéis a Dios. El ejercicio de vuestra vocación pide el recuerdo frecuente de la presencia de Dios; y para hacerlo más fácil, utilizad las señales que os dé el sonido del reloj, y haced entonces algún acto de adoración. Hacer este acto es decir en vuestro corazón: «Dios mío, yo te adoro», o bien: «Tú eres mi Dios», «Dios mío, yo te amo con todo mi corazón», «Me gustaría, Dios mío, que todo el mundo te conociese y honrase para honrar los desprecios que sufristeis en la tierra». Al comienzo de vuestros actos, podéis cerrar los ojos para recogeros.

Haced el examen antes de comer durante el espacio de uno o dos Misereres, y esto sobre las resoluciones que hayáis tomado en la oración. Que estas resoluciones sean, en cuanto sea posible, sobre la práctica de una virtud particular, y que, de ordinario tiendan a combatir la imperfección a la que estáis más inclinadas; pues, fijaos, hijas mías, el más justo cae siete veces al día; unas se ven sujetas a la vanidad, otras a la inmodestia. En eso es en lo que tenéis que trabajar: en vencer vuestras malas costumbres. Hay que ser muy modestas y recatadas y dominar mucho la vista. Una mirada perdió a David, que era un hombre de bien. Es casi imposible que una persona inmodesta por fuera sea modesta por dentro. Y si me preguntáis cuánto tenéis que permanecer en la misma resolución, os contestaré: mientras os sintáis inclinadas al vicio que queráis combatir. Guardaos mucho de las palabras ligeras y demasiado bromistas. El mejor medio de ser recatadas es pensar muchas veces que Dios os ve.

El tiempo que os quede después del servicio a los enfermos tenéis que emplearlo bien; no estéis nunca sin hacer nada; ejercitaos en aprender a leer, no para vuestra utilidad particular, sino para poder ser enviadas a los lugares en donde podáis enseñar. ¿Sabéis lo que la divina Providencia quiere hacer de vosotras? Manteneos siempre en disposición de ir a donde la santa obediencia os envíe.

Guardaréis el silencio después del examen de la noche hasta el día siguiente por la mañana después de la oración, para que este recogimiento, que ha de ser visible por fuera, favorezca el trato de vuestros corazones con Dios; guardadlo sobre todo después de la oración que hagáis a Dios antes de acostaros, y después de haber recibido su santa bendición.

Acostaos con modestia y dormíos con un buen pensamiento Esto será para vosotras un medio fácil para acordaros de Dios al despertar; y por la mañana tendréis el espíritu mejor dispuesto para hacer vuestra oración.

Comulgaréis los domingos y los días de fiesta y algún que otro día de devoción, pero siempre con el permiso de vuestros confesores.

Como la obediencia perfecciona todas nuestras obras, es necesario que, entre vosotras, haya siempre una que tenga el lugar de la superiora. Unas veces será una, y otras otra. Así lo hacemos también nosotros en las misiones; ¿no lo creéis necesario? ¡Que Dios reciba con agrado la sumisión que le habéis hecho para honrar la sumisión de su Hijo a san José y a la santísima Virgen! Tened cuidado, hijas mías, en mirar siempre a la que ocupe el lugar de superiora, como a la santísima Virgen; ved incluso a Dios en ella, y os aprovecharéis más en un mes que lo que os aprovecharíais en un año entero sin eso. Al obedecer, aprenderéis la santa humildad; y al mandar por obediencia, enseñaréis a las otras con utilidad. Os quiero decir, para excitaros a la práctica de la santa obediencia que, cuando Dios me puso al lado de la esposa del señor General, me propuse obedecerla como a la santísima Virgen; ¡y sabe Dios cuánto bien me ha hecho esto!

Honrad a las damas de la Caridad tened siempre con ellas mucho respeto, honrad también a los enfermos, y miradlos como a vuestros dueños.

Así pues, sor María, la de San Salvador, usted será durante todo el mes superiora de su hermana; Micaela, de Bárbara, en San Nicolás; Margarita, de sus hermanas en San Pablo; y para usted hermana la de San Benito, su buen ángel será su guía; y en el hospital, la señorita Le Gras. Sed muy cordiales unas con otras, y que las de otras parroquias vengan aquí de vez en cuando para que las ayudéis en la práctica de vuestro reglamento.

Me queda por decir los frutos que obtendréis de esta manera de vivir. El primero es que tenéis que creer que, si hay alguna criatura que puede esperar el cielo, son las que sean fieles a esto. ¿Por qué? Dios lo ha prometido. Estad seguras de que, al observarlo, cumpliréis la santísima voluntad de Dios. San Clemente tenía este sentimiento; decía que el que vive en una comunidad, observando su regla no tiene nada que temer.

En segundo lugar, es el comienzo de un grandísimo bien, que quizás dure perpetuamente. Sí, hijas mías, si entráis en la práctica de vuestro reglamento con el plan de cumplir la santísima voluntad de Dios, hay grandes esperanzas de que vuestra pequeña comunidad dure y aumente. Pero también tenéis que temer que, si lo descuidáis y no lo cumplís, no tendrá más remedio que desaparecer. ¡Oh! ¡Tened cuidado!; Qué desorden! Se trataría nada menos que de dejar un bien que Dios ha decidido quizás desde toda la eternidad, y para el que os ha escogido. ¡Qué felicidad si lo cumplís según su deseo! Vuestra comunidad no durará solamente algún tiempo, sino que después de vuestra vida os servirá de motivo para aumentar vuestra gloria en el cielo.

En tercer lugar, de vuestra fidelidad depende quizás la vida de diez mil personas. ¡Cuántos maridos devueltos a sus mujeres, de padres y madres a sus hijos! Quizás seréis vosotras la causa de que se salven muchos, que no se salvarían de otra manera.

Pero ¿cómo es que os ha escogido Dios para tan grande bien? Esa es la voluntad de Dios, escoge personas de poco valor. Escogió a los apóstoles para derribar la idolatría y convertir a todo el mundo. Sabed, hijas mías, que Dios empezó la Iglesia por unos pobres y decid: «Yo tampoco soy nada; por eso Dios me ha escogido para hacerle un gran servicio. Dios lo ha querido. Jamás me olvidaré de mi bajeza y adoraré siempre su gran misericordia sobre mí».

En cuarto lugar, ved qué desgracia sería si, habiéndoos escogido Dios para esta santa obra, llegaseis a fallar por vuestra culpa. A la hora de la muerte, Dios os lo reprocharía y os diría: «Vete, desgraciada; por no haber seguido tu reglamento y por no haber socorrido a los pobres enfermos, eres la causa de que gran cantidad de personas hayan muerto antes de tiempo y de que vuestra pequeña comunidad no perdure».

Pues bien, puesto que se trata de un bien y es razonable que continúe, he aquí algunos medios.

El primero es pedirle a Dios la gracia de vivir en la observancia del pequeño reglamento que se os ha propuesto.

El segundo es que hay que esforzarse y proponerse cumplirlo ahora, y decir en vuestros corazones: «Sí, Dios mío, yo me propongo entrar en la práctica del bien que Tú nos has enseñado; ya sé que soy débil, pero, con tu gracia, lo puedo todo, y tengo confianza en que me ayudarás; por el amor que te inclina a enseñarnos tu santa voluntad, yo te suplico que nos des la fuerza y el coraje de cumplirla».

El tercer medio para observar vuestro reglamento es vivir en una gran cordialidad y caridad las unas con las otras. Las personas que han sido escogidas para un mismo ejercicio tienen que estar también unidas en todas las cosas. Estas hermanas han sido escogidas para el cumplimiento de un fin; pero la obra no durará si vosotras no os amáis mutuamente, y este vínculo impedirá que se deshaga. Nuestro Señor dijo a sus apóstoles: «Vosotros, mis apóstoles, si queréis permanecer en el plan que yo he tenido desde toda la eternidad, tened gran caridad entre vosotros». Hijas mías, vosotras sois débiles, es cierto; pero soportad mutuamente vuestras imperfecciones las unas de las otras. Si no lo hacéis, la obra se derribará, y otras pasarán a ocupar vuestro sitio. Y como es fácil que surjan antipatías, será bueno que cambiéis, con el permiso de los superiores y el beneplácito de las damas superioras. San Pedro y san Pablo y san Bernabé tuvieron también muchas diferencias. Por eso no hay que extrañarse de que las tengan algunas pobres hijas débiles. Hay que estar dispuestas a ir a donde quiera que se os ordene, e incluso a pedirlo y decir: «Yo no soy ni de aquí ni de allí, sino de todas partes a donde Dios quiere que vaya». No hagáis como los hijos de Zebedeo que, bajo mano, pidieron a Dios unos sitios que, por su bien, no les concedió. Vosotras habéis sido escogidas para estar de esta forma bajo la disposición de su Divina Providencia; y si no queréis someteros a ella por entero, perderéis mucho.

Otro medio es un despego total del padre, de la madre, de los parientes y de los amigos, de forma que solamente seáis para Dios. Y para obtener ese gran bien, hay que despojarse de todo y no tener nada propio. Los apóstoles tenían este despego. Por un escudo alcanzaréis ciento; tantas como son las damas, serán también vuestras madres; de forma que, hijas mías, la Providencia jamás os faltará. ¿No tendréis ánimos para entregaros a Dios, que piensa tanto en vosotras? No pretendáis reservaros nada para vuestra subsistencia; fiaos siempre de la Providencia. Los ricos pueden caer en necesidad por ciertas circunstancias que con frecuencia suceden, pero no caerán nunca jamás en necesidad los que quieren depender enteramente de Dios. ¿No es bueno vivir de esta forma, hijas mías? ¿Que hay que temer? Dios ha prometido que las personas que tengan cuidado de los pobres no carecerán nunca de nada. Hijas mías, ¿no preferís las promesas de Dios a los engaños del mundo? Dios se ha obligado a proveer a vuestras necesidades.

El sexto medio es que todos los años hagáis los ejercicios para renovar vuestros santos propósitos, y esto cada una en el tiempo y lugar que se juzgue oportunos y donde la obediencia os envíe. Quizás sea conveniente que sea en este lugar.

Otro medio para mantener a la Compañía en una exacta observancia del reglamento, es que cada una de vosotras deis cuenta todos los meses a la encargada de todas vosotras, y que en este lugar se tenga un pequeño retiro sobre el bien que hacéis para animaros. Esto, con la gracia de Dios, lo haré yo mientras pueda, o alguno de los nuestros.

Hijas mías, como tema de vuestra oración, ejercitaos toda esta semana en considerar las gracias que habéis recibido de Dios, incluso desde vuestra infancia, los peligros de los que habéis oído decir a vuestros padres que os ha librado la Providencia de Dios; y para eso, repartid vuestra vida en varios períodos, desde el bautismo y los demás sacramentos y especialmente desde la vocación, y decid: «Cuando yo ni siquiera existía, Dios pensaba en llevarme a una comunidad que sería para mí un medio de salvación». ¡Y cuántas gracias os quiere conceder en el ejercicio de vuestra misión! Conozco a una persona que se ha visto muy tocada por el amor de Dios al conocer una gracia que recibió en su nacimiento, sin la que quizás no hubiera podido nunca ser bautizada. No podéis imaginaros cuánto le ha servido esto. Decid, hijas mías: «Desde toda la eternidad Dios ha pensado en hacerme este bien, e incluso cuando yo ni siquiera tenía sentimientos de gratitud y de acción de gracias». Y pensad en vuestros corazones cuál es la resolución que tenéis que tomar, y proponeos observar toda la vida vuestro reglamento de servir a los enfermos. Continuad durante ocho días este ejercicio, y después tomaréis para el resto del mes las meditaciones de la Introducción; y no lo dejéis, por favor.

Pero, hijas mías, todas nuestras resoluciones nada sirven sin la gracia. Por eso es necesario que le pidamos a Dios que nos fortifique, y que trabajemos animosamente. Para eso entregaos a Dios, a la santísima Virgen, e invocad a san Luis y a los demás santos, que han sido tan felices por servir a Dios en vuestros quehaceres.

Animo, hijas mías; ved qué misericordia ha tenido Dios con vosotras al escogeros las primeras para esta fundación. Cuando Salomón quiso construir el templo de Dios, puso como fundamento algunas piedras preciosas para testimoniar que lo que quería hacer era muy excelente. ¡Quiera la bondad de Dios concederos la gracia de que vosotras, que sois el fundamento de esta compañía, seáis eminentes en la virtud! Pues, si sois poco virtuosas, haríais daño a todas las que os sigan, si quiere Dios bendecir este comienzo. Lo mismo que los árboles no producen frutos sino según su especie, ¿creéis que las que vengan después de vosotras querrán tender a mayores virtudes que las que vosotras habéis practicado?

Entonces, todas las hijas declararon que querían someterse a los consejos que acababan de oír y practicar el reglamento que se les había dado.

Todo el mundo se puso de rodillas, y el padre Vicente añadió: Que la bondad de Dios quiera imprimir de tal forma en vuestros corazones lo que yo, miserable pecador, acabo de deciros de parte suya, que podáis siempre acordaros de ello para practicarlo y ser de esta forma verdaderamente Hijas de la Caridad. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *