Vicente de Paúl, Carta 1015: Juan Barreau, Cónsul En Argel, A San Vicente

Mitxel OlabuénagaEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Vicente de Paúl .
Tiempo de lectura estimado:

Argel, 27 julio 1647.

Padre:

Por la última que le escribió el buen padre Nouelly, por la vía de Génova y Livorno, pudo usted saber cómo el 26 de junio pasado el bachá recién llegado me mandó encarcelar a causa del aval que me había visto obligado a presentar por los reverendos padres de la Merced. Esta es para decirle que salí de la cárcel el 20 del presente, gracias a Nuestro Señor, con tanto sentimiento como si hubiese estado haciendo los ejercicios, a ello contribuyó no poco un librito que me dio entonces el padre Nouelly, que era el tratado de la conformidad con la voluntad de Dios, que seguramente me dejó por una inspiración especialísima de Dios, para prepararme a la tempestad que luego se me echó encima y de la que todavía no me he librado del todo.

Pues bien, el medio del que se [sirvió] Nuestro Señor para hacerme salir es que, al aumentar la enfermedad contagiosa, creció también el deseo de dicho padre de atender a los pobres cristianos enfermos, tanto por la administración de los sacramentos como con otros remedios corporales; pero el miércoles 19 del presente, a eso de las nueve o las diez de la mañana, al volver a casa, se sintió también él enfermo, con un gran cansancio y todo empapado de sudor, me trajeron esta noticia a la cárcel, en donde estada todavía. Al enterarme, me decidí a salir, costara lo que costara, para acudir en su ayuda. Finalmente, mediante 45 piastras que tuve que entregar a ciertas personas valederas a11te el rey y a algunos de sus oficiales, mandaron que saliera; así se ejecutó en seguida. De este modo pude volver a casa el sábado 20, a las tres de la ta1de, le vi que no estaba deli1ando tanto como había estado por la noche y por la mañana; esto me consoló mucho, pues todos me decían que, si no recurría a algún remedio para salir, no lo encontraría con vida, pues había mandado que le dieran por la mañana el santo viático y la extremaunción.

Mi presencia le dio algunos ánimos; me abrazó primero con mucho cariño, sin decirme una palabra y casi sin conocerme. Pero, un poco más tarde, volviendo en sí, me dijo que creía que había llegado su hora y que Nuestro Señor iba a disponer de él, que no tenía miedo de morir, pero que le preocupaba que los pobres cristianos se verían abandonados y sin socorro. Después que le animé lo mejor que pude, pregunté cuál era su mal y qué remedios le habían aplicado la noche y el día anterior.

No tuve que preguntar la causa, pues los llantos y los gemidos de los cristianos demostraban palpablemente que el esmero que ponía en socorrerlos, especialmente a los más abandonados como eran los apestados, era la primera causa después de Dios. Y ciertamente sería injuriar su memoria si no confesase que tal era la verdad. También contribuyó a ello el poco cuidado que tenía de su persona, pues ni siquiera se preocupaba por las mañanas, antes de llevar el santísimo sacramento a los enfermos, de tomarse un trago de vino o alguna otra cosa, por el anhelo que tenía de ir cuanto antes a socorrer a sus hijos. Poco antes de su enfermedad vino a comer conn1igo en la cárcel, como acostumbraba, y le pregunté qué precauciones adoptaba para prevenir el mal, que era tan violento que los enfermos no duraban más de dos días, y me respondió que su único remedio era la confianza en Dios. Y cuando le dije que se trataba evidentemente de un remedio muy bueno, pero que Dios no nos prohibía tornar además un pequeño trago de vino antes de salir, me replicó que, cuando veía cómo salían todos de la capilla, una vez terminada la misa, le parecía que era una falta de respeto dejarle solo; a eso podemos añadir el miedo que tenía de que este mal matase en seguida a los enfermos, sin que él pudiera llegar a tiempo a socorrerlos. Y aunque le indiqué que él era muy necesario en este lugar y que, si no quería cuidarse por él mismo, procurara cuidarse por los demás y por mí, que lo necesitaba mucho en el estado en que me encuentro, y llegué incluso a decirle que era una temeridad tentar a Dios de esa manera y actuar de ese modo, todo fue inútil, pues el respeto que tenía al santo sacramento y el cariño que sentía por los pobres era incomparableme1lte mayor que el amor que se tenía a sí mismo. Todo lo que sus amigos le aconsejaban no fue capaz de disminuir lo uno ni de alterar lo otro.

Esto se demostró una vez más antes de morir. El señor Hortensio Gaulteri, que ocupa aquí el cargo de vicario general del obispo de Cartago, le dijo que, si Dios le concedía la gracia de sanar, le prohibiría, hasta con pena de excomunión, tener tanto trato con los enfermos y le mandaría que no hiciera otra cosa más que informarse de ellos y asistirles por un tercero; pero él le respondió con un gran suspiro que eso no podría ser, pues era muy grande el celo que tenía por la salvación de las almas como lo demostró en este caso.

Unos ocho días antes de caer enfermo vino a comer con el padre Sebastián, religioso de Nuestra Señora de la Merced, por el que estaba yo encarcelado; cuando nos estábamos lavando las manos, llegó un pobre provenzal a pedir socorro para un tal Pedro Boquit, que llevaba 25 años de esclavo y que ayudaba a sepultar a los muertos, que deseaba confesarse. En seguida se quitó la servilleta y le siguió, prefiriendo el bien del alma de aquel pobre cristiano a su propia necesidad.

Y no es éste el único ejemplo que podría referirle, pues esto era en él lo ordinario y cotidiano. ¡Cuántas veces lo hemos visto, lleno de sudor por haber estado correteando toda la mañana así llamaba él a su ejercicio en busca de alguna presa, cuando iba a tomarse una media hora de descanso, y entraba en su casa algún cristiano pidiendo ayuda para otro, volar en seguida a su lado sin vacilar un momento! Puedo decirle que no en vano le daba él a este ejercicio el nombre de carrera, ya que acudía con tanto ardor, y más todavía, que el que ponen los corsarios de Argel para atrapar a un barco mercante. Y lo mismo que éstos no hacen excepción alguna, sino que pillan indiferentemente todo lo que encuentran, así lo hacía también nuestro buen corsario, pues no había español, italiano o de cualquier otra nación al que no procurase ganar para Jesucristo y ponerle en el camino de la salvación.

Su enfermedad empezó con un gran dolor de estómago y de riñones, con un gran cansancio en todas las extremidades y con una fiebre tan violenta que todos creían que no pasaría de aquel día. Tuvo luego algunos vómitos que en seguida manifestaron cuál era su enfermedad. Esta fiebre le duró hasta el domingo por la tarde, en medio de agitaciones y delirios y un sudor extraordinario, que tuvo durante todo el domingo y que hicieron que bajara la fiebre. Al atardecer recuperó el sentido, de forma que ya lo creíamos fuera de peligro. Pasé la noche velándole y, como estuve solo con él, tuve la dicha de gozar durante dos o tres horas de su conversación, durante la cual me dio algunos consejos para gobernarme en este país, mientras estuviera solo. Entonces pude ver el consuelo que recibe un alma que muere en las funciones de su vocación. Me demostró una gran entereza en recibir la muerte, para la que se estuvo preparando desde que embarcamos en Marsella para venir a esta ciudad, y así me lo dijo varias veces, creyendo que lo quemarían o lo empalarían, con una total resignación en la voluntad de Dios y con una ternura tan grande que me hubiera gustado estar en su lugar.

Finalmente, el lunes por la mañana volvió a subir la fiebre; aquel día fue especialmente duro, con ocasión de una llovizna que duró un cuarto de hora, después de un año de sequía; se dice que murieron aquel año 8.250 personas. Así pues, al comenzar el nubarrón, a eso de las dos de la tarde, volvió a entrar en agonía con grandes esfuerzos y violencias. Estaba sentado en el lecho, con el crucifijo en la mano, y se imaginaba que estaba predicando en el púlpito. En ese estado pronunció algunas palabras que no pudimos entender. De vez en cuando le hacía besar el crucifijo y rezar el Sancta Maria, etcétera, o el Maria mater, etcétera, pero no puedo expresarle con cuánto ardor y afecto lo rezaba en la medida de sus posibilidades. Después de haber estado en esta agitación durante casi una hora, le fallaron las fuerzas, poco después se fue enfriando y después de medio cuarto de hora de tranquilidad expiró o, mejor dicho, se durmió, ya que todo ocurrió dulcemente. Ese fue el proceso de su enfermedad.

Apenas murió, se extendió por toda la ciudad el rumor de su muerte y empezó a llenarse toda la casa de cristianos franceses, italianos, españoles y de otras naciones, que testimoniaban con sus lágrimas lo mucho que sentían su pérdida; después de algunas oracio11es les mandamos que se retirasen, por el mal ambiente que había, pero fue imposible. Finalmente lo enterramos en un lugar que se llama Bab-Azoun, a la orilla del mar, al lado del difunto padre Luciano. Asistieron setecientos u ochocientos cristianos de diversas naciones, con lágrimas en los ojos, y muchos turcos que lo apreciaban porque atendía a sus esclavos en sus enfermedades; esto me daba mucho consuelo, dada la situación en que estaba. Y ciertamente habrían sido unos ingratos si no lo hubieran hecho, pues había adquirido crédito entre ellos por las gracias especiales que Dios le había dado para tocar los corazones de aquellos bárbaros para que se compadeciesen de sus esclavos.

Entraba tan libremente en sus casas como en la nuestra y la bendición que Dios daba a sus trabajos con la convalecencia de algunos lo hacía pasar por médico; con esta excusa iba, libremente a visitar, a asistir, y a consolar a los pobres cristianos, por ocultos que estuvieran, y les administraba los sacramentos en presencia de sus amos, a quienes daba a entender que se trataba de medicinas, en lo cual no les engañaba ciertamente, ya que esos remedios obran con mayor eficacia que los corporales.

Después de las exequias, pensamos en conservar lo demás, poniendo todo el cuidado y diligencia que fuera posible. El reverendo padre Sebastián Brugière, religioso de Nuestra Señora de la Merced, me aconsejó que echara perfumes y que quemase mucha madera olorosa en la casa, y sobre todo en la habitación en que había muerto.

Al día siguiente de su muerte, me vi con un gran desfallecimiento de corazón, con sudores extraordinarios, sin poder descansar; y la imaginación, que estaba aún más enferma, me decía que yo también iba a morir y, con esta idea, empecé a disponerlo todo como si hubiera de morir aquel mismo día. Una vez hecho esto, empecé a desprenderme de todas las cosas de la tierra y a ponerme en manos de nuestro buen Dios. Entonces me acordé de todo lo que había leído en la cárcel del tratado de la conformidad con la voluntad de Dios. Y a veces, pensando en la inspiración que había tenido el difunto padre Nouelly de dejarme aquel tratado, me figuraba que era todo obra de su divina y singular prudencia, por la que deseaba disponerme a recibir la muerte con paciencia, aunque privado de especial ayuda, lejos de mis parientes y de mis amigos más íntimos, sin consuelo alguno, en un país donde me han perseguido tan violentamente. Sin embargo, sentía en mi interior que todas estas consideraciones me daban más ánimos, ya que me veía así más conforme con su voluntad, que lo ordenaba de ese modo. Pero, después de un día, se vio que Dios me quería guardar para otra ocasión.

Al día siguiente de su muerte, se cantó un oficio solemne en los baños del rey, con toda la concurrencia que el lugar y el tiempo podían permitir. El padre Pedro, religioso carmelita, pronunció la oración fúnebre, que trató ampliamente de la causa de su enfermedad; luego apeló al salmo Beatus qui intelligit super egenum et pauperem y expuso todos los socorros que había proporcionado tanto a los eclesiásticos como a los seglares y dijo que era un santo. Dos días después se cantó otro oficio en el baño de Cheleby, donde también pronunció una oración fúnebre el padre Angel, religioso de san Francisco, que escogió como tema el llanto que hizo san Jerónimo por la muerte de santa Paula y lo que se dice que in morte ejus omnes defecisse virtutes; se extendió largamente sobre su caridad con los pobres cristianos, su mansedumbre y su afabilidad, ya que nunca se apartó de él ningún cristiano sin verse satisfecho, su modestia con la que conquistaba el corazón de todos, y así de los demás.

Entre las personas que lo socorrieron caritativamente no puedo ocultarle el celo del padre Sebastián y el del padre Corse, su director, que lo asistieron hasta el ultimo suspiro, sin abandonarlo jamás a pesar del peligro que corrían. También sería ingrato olvidar a Gabriel Mirsane, cirujano de La Fleche, en Anjou, para cuyo rescate la señora duquesa de Aiguillon me ha dado poderes hasta 500 libras, que demostró todo su interés y su diligencia cuidándolo asiduamente, durmiendo incluso en casa para estar siempre dispuesto a socorrerle.

En esta ocasión he podido apreciar también la fidelidad de Renato Duchesne, pobre hidalgo del Poitou, que está en galeras desde hace doce años y que hace un año que vive en casa sirviéndonos de secretario, y de Juan Benoît, que nos sirve de cocinero desde hace igual tiempo. Sería difícil poder decir cuál demostró mayor solicitud. También le atendieron otros tres cristianos llamados Juan Petit, de Boulogne, Lépine, de Picardía y Guillermo Mobavec, del obispado de Coutances, que nos socorrieron y nos siguen prestando sus servicios.

Esto es casi todo lo que ha pasado en Argel a propósito de la muerte del padre Nouelly; y digo casi todo, porque sería demasiada tarea especificar los servicios que les ha hecho a los pobres necesitados y enfermos. Eran demasiado considerables para que Dios pudiera retrasar su recompensa.

Por mi parte, le doy gracias a Dios de que me haya concedido aún tiempo para hacer penitencia. Sea todo para la mayor gloria de Dios, tal como deseo de verdad, ya que tengo el honor de declararme, padre, su muy humilde hijo y obediente servidor,

BARREAU

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *