Vicente de Paúl, Carta 0384: A Roberto De Sergis

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Vicente de Paúl · Año publicación original: 1972 · Fuente: Obras completas de san Vicente de Paúl.
Tiempo de lectura estimado:

Padre:

La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotros.

Con ésta le envío la respuesta 3 tres cartas suyas, una del 4, otra del 9 y la última del 17, que recibí hace dos o tres días. La primera no me daba a entender que deseaba que le respondiera con tanta urgencia, ni tampoco la segunda, pero sí la tercera.

Empezaré, pues, diciéndole. en relación con sus buenos padres que he enviado a visitarlos y que están ambos bien y se encomiendan a usted y a sus oraciones Esté, pues, tranquilo por esa parte, por favor.

El prelado del que le hablé no me dijo nada más que las tres cosas que le escribí, y de las que olvidé la tercera, a saber, sobre el alzacuello, sobre los botones de su manteo y, si no me engaño, lo 3.° es sobre su manera de obrar poco conforme con la sencillez y la humildad de un misionero. Le envío un alzacuello; podrá ajustar los suyos al mismo. Aunque sólo quisiéramos seguir en alguna pequeña cosa al mundo en cuanto a la manera de vestir, eso indicaría que hay en nuestro corazón algún apego y que, si no nos fijamos, nos iremos dejando llevar por el espíritu del mundo. Decir que nos tomarán por otros, es orgullo y vanidad de espíritu el cambiar de aspecto para ello. ¡Ay, padre, el que conozca bien a J. C. crucificado podrá fácilmente pasar, como él, por el menor de los hombres, e incluso por el peor de todos, no sólo en sus acciones personales, sino hasta en las de nuestra condición! ¿Pues qué nos aprovecharía haber tenido alguna humildad en cuanto a la persona, si tenemos vanidad en cuanto a nuestra condición? ¡Quién nos diera padre, la gracia de ponernos en el último lugar de los hombres y permanecer allí según el estado de nuestra persona y según el de nuestra vocación! Si queremos preferirnos a los demás y tener cosas que nos distingan de ellos, tenga por cierto, padre, que Nuestro Señor nos hará caer en tal confusión que seremos despreciados por ellos y por todo el mundo. Creo en esa verdad con la misma firmeza con que creo que he de morir.

Le digo esto para responder a una cosa que me escribió poco después de su regreso a Toulouse, con la perfecta confianza de que su corazón lo recibirá bien y de que se mantendrá firme en las pequeñas prácticas y en las máximas que aquí observó. No me he preocupado de preguntar a nadie sobre su manera de ser y de obrar. Deseo que todo el mundo sepa que sigo teniendo la misma buena opinión que tuve de usted cuando le destinamos para el cargo que la Providencia le ha dado. Más aún, sigo creyendo, como le he dicho, que, aún cuando tuviera que decir alguna cosa diferente de nosotros, aquel mismo ángel que hizo a san Francisco Javier tan exacto en la observancia de cuanto había visto en la Compañía y tan cuidadoso de aprender todo lo que se introducía de nuevo en ella, para hacer lo mismo en aquellas apartadas tierras, que ese mismo ángel, repito, le hará hacer lo mismo a usted. Sí, no tengo ninguna duda de ello.

Es cierto, padre, lo que me dice del buen padre Durot; pero, como tiene un alma buena y un espíritu bien hecho, espero que será algún día muy buen misionero. Tiene un espíritu manso. Le ruego padre, que le trate de la misma manera. Yo he hecho un viaje con tres carmelitas descalzos sin haber podido discernir cuál era el superior, hasta que se lo pregunté a los tres días de estar con ellos lo cierto es que el superior vivía con los otros con bondad, mansedumbre, condescendencia y humildad, y que los demás trataban con él con confianza y sencillez. ¡Quién nos diera este espíritu, padre!

En cuanto a la confesión en el arrabal creo que, aunque no nos esté permitido confesar allí, podríamos hacerlo a un cuarto de legua, si hubiese una capilla, aunque los penitentes fuesen de la parroquia del arrabal.

Puede creer, padre, en cuanto al gasto, que jamás me ha entrado en el espíritu que hubiese algo que criticar en usted. ¡Jesús! ¡Jamás se me ha ocurrido este pensamiento, y mucho menos ha entrado en mí. Lo que le he dicho, ha sido para guardar un orden y para que la Compañía siga con esta práctica en los siglos venideros. La manera será, como le podrá decir el padre Durot, lo que hacía el padre Codoing. Y si le parece demasiado complicada, hágala con menos detalles. Además, yo creo que un superior obra bien haciendo que su compañero le ayude en lo temporal.

Del viaje a Toulouse, me han comprometido a hacerlo para cuando vaya el señor d’Alet; pero todavía no está preparado para ir, pues ni él ni los quince o dieciséis obispos nombrados tienen todavía las bulas. Apenas las tenga, piensa partir.

Estoy trabajando en la misión de Joigny con el señor Perrochel; estaremos aún tres meses. También estaba aquí el señor Renar, que ha vuelto indispuesto con el padre Mouton.

Alabo a Dios porque el final de la misión de Vernon haya sido más de su agrado que el comienzo, y le ruego que le conceda la gracia de mantenerse en el espíritu de mansedumbre y humildad que Nuestro Señor le ha dado. La amargura no sirve nunca más que para amargar más las cosas. San Vicente Ferrer dice que no es posible obtener provecho de la predicación si no se predica con entrañas de compasión. ¡Ay! ¡Dios bueno! ¡y qué buen medio es ése para vencer a los espíritus que nos pinta! Si combatimos al diablo con espíritu de orgullo y de suficiencia, no lo venceremos jamás, porque tiene más orgullo y suficiencia que nosotros; pero si actuamos contra él con humildad, lo venceremos, porque él carece de esas armas y no podrá defenderse. Eso es lo que les decía santo Domingo a algunos doctores de España que habían venido en su ayuda contra los albigenses, a los que trataban con espíritu de suficiencia. Ruego a Dios que le conceda la gracia de actuar con este espíritu en Muret adonde va ahora. En cuanto a la Caridad que piensa fundar allí, he aquí el reglamento que se acostumbra practicar en las parroquias de París, y que podrá darles a las ciudades; y para las aldeas, aténgase, si le parece bien, al que hasta ahora se ha utilizado. Prescindo del que me ha enviado, cuyo autor se ha retirado y es ahora párroco de Etiolles.

El padre Codoing está en misión; no puede hacerle copiar sus predicaciones. Hay que esperar al verano, cuando se retire; entonces podrá hacer las copias y quizás imprimir, aunque sólo para la Compañía.

El señor penitenciario cree que no pueden permitirse ninguno de los dos casos de conciencia que planteó, y lo mismo opina también el padre Rebardeau sobre la confesión de los penitentes de las diócesis vecinas a la misión. No me acuerdo del segundo caso y sólo se lo propuse al señor penitenciario, que es de la opinión que le he dicho, esto es, negativa.

He aquí la respuesta a la última. Puede dar un escudo o dos a la Caridad-de Muret, si la funda. Sobre la manera de platicar con los sacerdotes de Muret según la intención del señor arzobispo, le dirá el padre Durot el orden que seguía el padre Codoing para las reuniones en el Delfinado; y para las materias de la conferencia, no podrá proponer ninguna más útil que la de los ordenandos, que ya tiene: por ejemplo, para las censuras: 1.° decir lo importante que es el que los eclesiásticos conozcan la doctrina de las censuras; 2.°, cuál es la doctrina de las censuras; 3.°, los medios que hay que guardar para liberar a los pueblos que han incurrido en dichas censuras. Pues bien, podría dividir el segundo punto en varias conferencias, como, por ejemplo, sobre las censuras en general, y luego sobre cada una de ellas en particular. Pero, para hacer esto con utilidad, será menester que el que las presida, o usted, dijese la doctrina y que los demás repitiesen cada uno lo que ha dicho o, por lo menos, algunos de ellos alternativamente. Es verdad que, para hacerlo bien, sería conveniente que cada uno, en la reunión, tuviese sus escritos o, por lo menos, cada dos; si no se hace así, hay que dejarles estudiar los temas que se dan y repetir luego lo que recuerden de la manera que puedan, a no ser que tenga algún método mejor.

Y ya está bien. He escrito la presente en tres o cuatro veces distintas.

Nuestras noticias son las siguientes: 1.°, que el padre Dufestel y su familia de Troyes trabajan con mucha bendición, pero que ha caído enfermo desde hace algún tiempo; que los señores Pavillon, Renar, Perrochel y seis de la Compañía [trabajan] en Joigny desde adviento y andan ahora por las aldeas, donde seguirán aún cosa de un mes; que otros tres o cuatro se van a marchar a las parroquias dependientes cíe Malta, en el gran priorato de Francia, para las que el señor comendador de Sillery ha dejado en fundación tres mil libras de renta y mil para Troyes; que los padres du Coudray y Boucher tienen cuarenta pobres, parte enfermos y parte sanos, a quienes sirven en su casa, aunque pequeña, por no tener hospital, y ciento cincuenta fuera de la ciudad, a los que alimentan y asisten con una caridad que arranca lágrimas de los ojos de cuantos lo ven; pero tengo miedo de que caigan enfermos. El primero de ellos me dice, a propósito de lo que le dije que cuidase su cuerpo y del poco dinero que le enviamos, que o le asista, o le mande venir, o le deje morir con -aquella gente. Si puedo, le enviaré la carta que me ha escrito el padre Boucher con toda su sencillez.

Nuestra juventud pide hacer lo que usted y yo hemos hecho. Creo que el seminario está compuesto de más de veinte, aunque hayamos sacado este año diez o doce para estudiar teología en Bons-Enfants, o para trabajar en las misiones. Nuestro buen hermano Alméras, que es un sujeto notable, ha hecho como nosotros y se va a Bons-Enfants a estudiar.

Estas son de momento nuestras noticias. Deseo tener cuanto antes las suyas [y] más tiempo para escribirle. Lo haré lo más frecuentemente que pueda, y abrazo en espíritu al buen padre Durot, al que ruego me perdone en el caso de que no pueda contestarle, y soy, en el amor de Nuestro Señor, su muy humilde y obediente servidor,

VICENTE DEPAUL

París, 3 de febrero de 1639.

Dios ha dispuesto de la madre del padre Durot. Aproveche la ocasión oportuna para decírselo, por favor. Acabo de mandar que se digan misas por su intención. Pido a Nuestro Señor que alivie el dolor de su corazón. He creído que sería mejor que se lo dijese usted, y no le hablo nada de ello en mi carta.

Dirección: Al padre de Sergis, sacerdote de la Misión, en Toulouse.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *