Una antropología de la santidad: un reto para la Familia Vicenciana

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Autor: José Antonio González Montoto · Año publicación original: 2006 · Fuente: XXXII Semana de Estudios Vicencianos (Salamanca).
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Introducción

Necesidad de la santidad de vida

arbol_vicenciano_color1Agradezco de nuevo a los PP. Paúles de esta casa la invita­ción que me habéis hecho para compartir un tiempo de reflexión y meditación en alta voz sobre lo más necesario en nuestro tiem­po. Os hablo desde el corazón, desde la experiencia de una vida entregada en el ministerio sacerdotal, desde la pasión por el Evangelio y por la Iglesia santa. Gracias de nuevo por esta opor­tunidad que me brindáis para deciros con libertad y sencillez lo que considero esencial para cada uno de nosotros, para nuestras comunidades, para nuestros proyectos evangelizadores. Sin esta dimensión podemos hacer cosas importantes, hasta nos pueden dar premios de renombre, pero sin santidad de vida, sin el amor que procede de Dios, podemos estar fuera de nuestro compro­miso fundamental:

Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como campana que suena o címbalo que retiñe. Y aunque tuviera el don de hablar en nombre de Dios y conociera todos los misterios y toda la ciencia, y aunque mi fe fuese tan gran­de como para trasladar montañas, si no tengo amor, nada soy. y aun­que repartiera todos mis bienes a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, de nada me sirve1.

Nuestro lenguaje se ha secularizado

No está de moda hoy hablar de la «santidad de vida». Hemos secularizado nuestro lenguaje. Preferimos decir: quiero realizar­me como persona; aspiro a ser yo mismo; quiero ser auténtico; estoy a gusto conmigo mismo y no deseo cambiar; tenéis que aceptarme como soy, y cosas parecidas. Podría decirse que no es «culturalmente correcto» hablar de esta otra manera: quiero ser santo; aspiro con todas mis fuerzas a cambiar para tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús; os agradezco que me digáis mis defectos y que me ayudéis a corregirlos; no estoy satisfecho del todo con lo conseguido hasta este momento, pero deseo convertirme. Este segundo modo de hablar es más propio de nuestra condición de fieles que por el bautismo ya no nos per­tenecemos y por la profesión de los consejos evangélicos hemos escogido libremente un estilo de vida que nos sitúa en otra manera de ser y de vivir.

Hay signos de esperanza

Hay signos de esperanza que esto puede cambiar y me felici­to por ello. Vosotros mismos habéis escogido este título: Antro­pología de la santidad como tema central de esta comunicación que me habéis pedido. ¿Estamos en condiciones de una apertura incondicional para vivir aquello que nos falta y poder ser trans­parencia del Resucitado? ¿Quiero de verdad convertirme, ser abrasado por el Amor que transfigura y crea personas nuevas? ¿Está la Familia Vicenciana ardiendo del fervor de los santos, deseosa de recorrer un itinerario de conversión que manifiesta la belleza de los hijos de Dios, impulsados por el Espíritu Santo? ¿Sabremos responder hoy al reto más necesario y urgente, ser testigos del amor agápico, que es paciente y responsable, crea­tivo y solidario, gratuito y esperanzado, porque siempre cree y espera al estilo de cómo Dios ama a los hombres y mujeres de este mundo?

I. La llamada de Dios a ser santos

En el Antiguo Testamento: Formamos parte de un pueblo santo

La llamada de Dios a su pueblo, su actuación salvífica en una historia de amor, librándole del poder del faraón, está motivada por este proyecto:

Ahora, pues, si de veras me obedecéis y guardáis mi alianza, seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra; seréis para mí un reino de sacerdote, y una nación santa2.

No se puede ya vivir de cualquier manera. Pertenecer a la alianza con Yahvé tiene sus consecuencias:

Yahvé le dijo a Moisés: Di a toda la comunidad de los israelitas: Sed santos, porque yo, Yahvé, vuestro Dios, soy santo3.

Vivir esta pertenencia al Señor, como pueblo suyo, configura a las personas que se han visto llamadas por esta vocación de plenitud:

Respetad a Yahvé, santos suyos,
que a quienes le temen nada les falta4.

En un oráculo mesiánico, hablando del «germen», se hace men­ción de cómo habrá un «resto» fiel del cual nacerá el Mesías:

A los restantes de Sión y a los que quedaren de Jerusalén, se les lla­mará santos; serán todos los apuntados como vivos en Jerusalén5.

En el Nuevo Testamento: Jesús es el Santo de Dios

Ya en el misterio de la Anunciación, al ser concebido por el poder del Espíritu Santo, el Mesías reflejará su origen divino:

El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que va a nacer será santo y se llamará Hijo de Dios6.

Los mismos demonios reconocen en Jesús al santo de Dios:

¿Qué tenemos nosotros que ver contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruimos? Yo sé quién eres: el Santo de Dios7.

Los mismos apóstoles confiesan a Jesús con este título en un momento difícil para el grupo. Jesús acaba de proponer la doc­trina sobre la Eucaristía y muchos de sus discípulos le abando­nan. Cuando Él les pregunta a los doce si también ellos quieren marcharse, Simón Pedro le responde:

Señor, ¿a quién iríamos? Tus palabras dan vida eterna. Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios8.

En la predicación de Pedro, después de la curación del para­lítico de nacimiento, explica a sus paisanos que Dios ha manifes­tado la gloria de su siervo Jesús:

Al que vosotros entregasteis y rechazasteis ante Piloto, que pensaba ponerlo en libertad. Vosotros rechazasteis al Santo y al Justo; pedis­teis que se indultara a un asesino y matasteis al autor de la vida9.

La misma comunidad reunida, después de la liberación de Pedro y Juan, hace oración al Dios de la creación y de la histo­ria con estas palabras:

Señor nuestro, tú has creado el cielo, la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos ¿por qué se alborotan las naciones y los pueblos maqui­nan vanos proyectos. En esta ciudad, en efecto, se han aliado Hero-des y Poncio Piloto, junto con extranjeros y gentes de Israel, contra tu santo siervo Jesús, al que ungiste para hacer lo que tu poder y tu voluntad habían decidido de antemano que sucediera10.

Llamados a ser santos e inmaculados por el amor

Los cristianos, incorporados a Cristo por la fe y el bautismo participan de esta misma santidad:

Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él, porque el templo de Dios es Santo, y ese templo sois vosotros11.

La incorporación a Cristo tiene unas exigencias concretas. Ya no podemos vivir como antes de conocerle:

Así, pues, manteneos vigilantes; sed sobrios y poned toda vuestra esperanza en la gracia que os traerá la manifestación de Jesucristo. Como hijos obedientes, no os amoldéis a las pasiones de antaño, cuando vivíais en la ignorancia. Por el contrario, sed santos en todo vuestro proceder como es santo el que os ha llamado, pues está escrito: Sed santos, porque yo soy santo12.

En el himno trinitario del comienzo de la carta a los efesios se nos indica también el proyecto de Dios sobre cada uno de nosotros:

Por cuanto nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor13.

II. El testimonio de los fundadores

Los fundadores, referentes de santidad

San Vicente de Paúl y santa Luisa de Marillac han ofreci­do a la Iglesia y al mundo el testimonio de una vida santa, es decir, de entrega incondicional a la voluntad del Padre en el servicio de los pobres. Ellos son para nosotros referencia, estí­mulo, ocasión de volver una y otra vez al carisma que el Espí­ritu Santo regaló a la Iglesia a través suyo para la construcción del Reino de Dios: ¡Cuántas maravillas realizó el Señor por la mediación de estos dos santos! Sin ellos vosotros no llegaríais a ser lo que ahora sois: cristianos felices de formar parte de la familia vicenciana, con una llamada concreta a ser santos y comprometidos con el servicio a los pobres con el estilo de Vicente y de Luisa.

San Vicente sabía muy bien que la vocación de la Congrega­ción de la Misión y de las Hijas de la Caridad es una llamada al amor fiel, entregado, sobreabundante. Así se dirige a las Hijas de la caridad:

Pero quizás, hijas mías, no sepáis cómo se puede amar a Dios sobe­ranamente. Os lo voy a decir. Se trata de amarlo más que a cualquier cosa, más que al padre, a la madre, los parientes, a los amigos, o a una criatura cualquiera; amarlo más que a sí mismo, porque, si se presentare alguna cosa contra su gloria y su voluntad, o si fuere posible morir por él, valdría más morir que hacer algo contra su glo­ria y su puro amor14.

La finalidad: la santificación personal

San Vicente señala con claridad la finalidad de la Congre­gación de la Misión: la santificación personal, la instrucción de los pobres, la formación del clero. El santo argumenta desde el Evangelio. Así como ha actuado Jesucristo, así debemos actuar nosotros:

La sagrada Escritura nos enseña que nuestro Señor Jesucristo, habiendo sido enviado al mundo para salvar al género humano, empezó primero a obrar y luego a enseñar. Llevó a cabo lo primero practicando perfectamente toda clase de virtudes, y lo segundo evangelizando a los pobres y dando a sus apóstoles y discípulos la ciencia necesaria para dirigir a los pueblos, y puesto que la humil­de congregación de la Misión desea imitar, mediante la divina gracia, al mismo Jesucristo, nuestro Señor, según sus posibilidades, tanto en lo que se refiere a sus virtudes como a sus ocupaciones por la salvación de las almas, es conveniente que se sirva de medios semejantes para cumplir dignamente este piadoso intento. Por eso, su finalidad consiste: 1° en trabajar en su propia perfección, hacien­do todo lo posible por practicar las virtudes que este soberano Maestro se ha dignado enseñarnos de palabra y de obra; 2° en pre­dicar el Evangelio a los pobres, especialmente a los del campo; 3° en ayudar a los eclesiásticos a adquirir la ciencia y las virtudes necesarias a su estado15.

«Trabajar en la propia perfección» en el lenguaje de la época; «trabajar en nuestra santificación» en el lenguaje del Magisterio de nuestro tiempo.

La tarea está bien señalada. Ahora cada uno de nosotros tiene que sacar las consecuencias: ¿Cómo estoy yo en concreto traba­jando en mi perfección para ser transparencia del Resucitado? ¿Se nota en algo que soy una persona que aspira a la santidad de vida, es decir, que no quiero confundirme con la ideología dominante:

consume, diviértete, no te fíes, tú eres el único absoluto y lo único importante, no te dejes manipular por el «sistema» (Iglesia, Congre­gación, Comunidad, Proyecto comunitario).

III. El Concilio Vaticano II

Todos estamos llamados a la santidad

La Iglesia de cada época tiene dentro de sí la fuerza del Espíritu para recordamos este compromiso: Seréis santos, por­que yo, vuestro Dios soy santo.

La fuerte experiencia de renovación que supuso el Concilio de los papas, Juan XXIII y Pablo VI, incluyó en el V Capitulo de la Constitución Lumen Gentium una llamada concreta a toda la Iglesia sobre nuestra vocación a la santidad:

La fe confiesa que la Iglesia, cuyo misterio expone este sagrado Sínodo, no puede dejar de ser santa. En efecto, Cristo, el Hijo de Dios, a quien con el Padre y con el Espíritu se proclama el «solo Santo», amó a su Iglesia como a su esposa. Él se entregó por ella para santificarla16, la unió a sí mismo como su propio cuerpo y la llenó del don del Espíritu Santo para gloria de Dios. Por eso todos en la Iglesia, pertenezcan a la jerarquía o sean regidos por ella, están llamados a la santidad; según las palabras del apóstol: Lo que Dios quiere de vosotros es que seáis santos17.

El mismo Concilio reconoce también la importancia de los cristianos que se sienten llamados a la profesión de los consejos evangélicos:

Esta práctica de los consejos evangélicos que, por impulso del Espíritu Santo, han hecho suya muchos cristianos, en privado o en una forma de vida o estado reconocido en la Iglesia, da en el mundo, y conviene que lo dé, un testimonio y ejemplo espléndidos de su santidad18.

Los consagrados pertenecen de lleno a la vida y a la santidad de la Iglesia

Cuando el Concilio Vaticano II describe, en su cap. VI de la Lumen Gentium el papel de los consagrados nos indica su oblación de amor al Señor y a la Iglesia:

Con la profesión de los consejos evangélicos en la Iglesia intenta librarse de los obstáculos que pudieran apartarle del amor apasiona­do y de la perfección del culto divino y se consagra más íntimamen­te al servicio de Dios… Los consejos evangélicos unen a los que los siguen de manera especial a la Iglesia y a su misterio por medio del amor, que es su objetivo… La profesión de los consejos evangélicos aparece, por tanto, como un signo que puede y debe atraer eficaz­mente a todos los miembros de la Iglesia a realizar con decisión las tareas de su vocación cristiana… Por tanto el estado de vida que consiste en la profesión de los consejos evangélicos, aunque no pertenezca a la estructura jerárquica de la Iglesia, pertenece, sin embargo, sin discusión a su vida y a su santidad19.

Una gracia y una responsabilidad

Esta pertenencia a la vida y a la santidad de la Iglesia es para cada uno de nosotros una gracia y una responsabilidad. Es gracia, puesto que es Dios quien nos llama y alimenta cada día nuestra fidelidad con la fuerza de su Espíritu, con la oración de todos los santos, con las necesidades de nuestros hermanos más necesitados, con el fervor de los hermanos y hermanas de comunidad. Pero es también responsabilidad de cada uno el desarrollar los talentos que el Señor nos ha concedido: la libertad y el amor; la sensibilidad por la justicia y por la verdad; la creati­vidad y la alegría; la confianza y la paciencia ante las dificultades; la cruz de nuestras fragilidades, que nos hace exclamar como a Pablo:

En cuanto a mí, sólo presumiré de mis flaquezas.. He rogado tres veces al Señor para que apartase esto de mí, y otras tantas veces me ha dicho: «Te basta mi gracia, ya que la fuerza se pone de manifiesto en la debilidad». Gustosamente, pues, seguiré presumiendo de mis debilidades, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Y me complaz­co en soportar por Cristo flaquezas, oprobios, necesidades, persecu­ciones y angustias, porque cuando soy débil, entonces soy fuerte20.

La pertenencia a la vida consagrada tiene una repercusión eclesial y social especialísima. Nuestra santidad personal trans­mite luz, sentido y esperanza a quien nos contempla:

Todo el que ha sido llamado a la profesión de los consejos ha de procurar con empeño perseverar y progresar en la vocación a la que Dios le ha llamado, para que la Iglesia sea más santa y para la mayor gloria de la única e indivisible Trinidad; que en Cristo y por Cristo es la fuente y el origen de toda santidad21.

IV «Vita Consecrata» de Juan Pablo II

En el corazón mismo de la Iglesia

El Papa, Juan Pablo II, reconocía en la Exhortación apostó­lica Vita consecrata que no sois una realidad aislada o marginal, sino algo muy importante:

En realidad, la vida consagrada está en el corazón mismo de la Iglesia como elemento decisivo para su misión, ya que indica la naturaleza íntima de la vocación cristiana y la aspiración de toda la Iglesia Esposa hacia la unión con el único Esposo22.

El Papa reconoce todas las dificultades que habéis tenido, ha sido un período delicado y duro, de tensiones y pruebas, en el que experiencias, incluso siendo generosas, no siempre se han visto coronadas por resultados positivos23. Por encima de todas las dificultades el Papa hace una llamada a la esperanza, a la necesaria renovación, porque sois necesarios para la Iglesia y para el mundo:

Es preciso más bien comprometerse con nuevo ímpetu, porque la Iglesia necesita la aportación espiritual y apostólica de una vida consagrada renovada y fortalecida24.

Dar plenitud a toda la realidad

La vida consagrada tiene una especial vinculación con la persona de Jesús, el Hijo amado, quien nos ha invitado a poner la propia existencia al servicio de la causa del Reino de Dios. Por Él lo habéis dejado todo, le habéis seguido de modo que vivís una existencia «cristiforme», sólo posible como un regalo recibi­do del Espíritu. En la experiencia de la transfiguración habéis podido decir: ¡Qué bien se está aquí! (Mt 17, 4). ¡Es hermoso quedar contigo para siempre y desde ti, sentimos enviados a los pobres! Es la belleza del Hijo amado la que nos ha seducido y conquistado para el Señor: «El es el más bello de los hijos de los hombres» (Sal 45, 3).

Es propio de la vida consagrada señalar a Cristo como pleni­tud a lo que todo tiende, como «la meta» de toda la realidad:

A la vida consagrada se confía la misión de señalar al Hijo de Dios hecho hombre como la meta escatológica a la que todo tiende, el resplandor ante el cual cualquier otra luz languidece, la infinita belleza que, sola, puede satisfacer totalmente el corazón humano. Por tanto, en la vida consagrada no se trata sólo de seguir a Cristo con todo el corazón, amándolo más que al padre o a la madre, más que al hijo o a la hija (cfr. Mt 10, 37), como se pide a todo discípu­lo, sino de vivirlo y expresarlo con la adhesión «conformadora« con Cristo de toda la existencia, en una tensión global que anticipa, en la medida posible en el tiempo y según los diversos carismas, la perfección escatológica25.

Testigo y profeta de la «confessio Trinitatis»

Esta configuración con Cristo hace al consagrado testigo y profeta de la «confessio Trinitatis,»que caracteriza la vida cris­tiana. El consagrado se confía al Padre, se entrega incondicional­mente en sus manos, respondiendo a la iniciativa que Él ha teni­do previamente al llamarnos a la vida, a la fe y a la profesión de los consejos evangélicos. Porque su amor es anterior y más fuer­te; porque Él nos ha amado primero es por eso, sólo por eso, por lo que podemos poner nuestra persona, nuestra libertad, nuestro futuro, nuestra vida, todo nuestro ser en sus manos.

El consagrado aspira a identificarse con Cristo, a tener sus mismos sentimientos y su forma de vida. Quiere ser pobre, virgen y obediente porque sólo Jesús es su Vida, su Plenitud, su Esperanza.

El consagrado vive del don del Espíritu que le hace exclamar: me has seducido, Señor, y me dejé seducir» (Jr 20, 7). El Espíri­tu es quien nos hace madurar en lo que podemos llamar una «antropología de la santidad», es decir, la existencia de hombres y mujeres que han madurado hasta la edad adulta de Cristo Jesús. El Espíritu despierta en nosotros el deseo de la entrega incondi­cional, Él es quien nos guía y conduce para poder realizarlo y Él nos lleva a la madurez de una respuesta total, sosteniendo nues­tra fidelidad y acrecentándola. De este modo la vida consagrada se convierte en expresión profunda de la Iglesia Esposa, que res­plandece sin mancha ni arruga ni nada semejante, apareciendo santa e inmaculada (cfr. Ef 5, 27).

La belleza de los santos

Hoy Dios no necesita defensores, que demuestren su exis­tencia. Dios quiere testigos del amor incondicional, de la belleza de la gratuidad al servicio de los más pobres, de la alegría de per­tenecer por entero al Señor y a la Iglesia, «expropiados» al servi­cio de los más pequeños y empobrecidos. Sólo desde la belleza se puede salvar el mundo. Para nosotros, hoy, la belleza más sig­nificativa es la de los santos y santas, que reflejan en su rostro, en su actuar, en toda su persona que son habitadas por el Amor, que son enviadas para amar, que son un anticipo del cielo aquí en la tierra:

Primer objetivo de la vida consagrada es el de hacer visibles las maravillas que Dios realiza en la frágil humanidad de las personas llamadas.

Más que con palabras, testimonian estas maravillas con el lenguaje elocuente de una existencia transfigurada, capaz de sorprender al mundo. Al asombro de los hombres responden con el anuncio de los prodigios de la gracia que el Señor realiza en los que ama. En la medida en que la persona consagrada se deja conducir por el Espíritu hasta la cumbre de la perfección, puede exclamar: «Veo la belleza de tu gracia, contemplo su fulgor y reflejo su luz; me arre­bata su esplendor indescriptible, soy empujado fuera de mí mientras pienso en mí mismo; veo cómo era y cómo soy ahora. ¡Oh prodigio! Estoy atento, lleno de respeto hacia mí mismo, de reverencia y de temor, como si fuera ante ti; no sé qué hacer porque la timidez me domina; no sé dónde sentarme, a dónde acercarme, dónde recli­nar estos miembros que son tuyos; en qué obras ocupar estas sor­prendentes maravillas divinas»26.

Hay en este testimonio de vida transformada una manifestación elocuente de las huellas que la Trinidad santa deja en la historia de los hombres. Los que están abiertos a la verdad y a la bondad, pue­den descubrir el atractivo y la nostalgia de la belleza divina27.

V. El proyecto de Juan Pablo para el enuevo milenio

Algunas prioridades pastorales

Después de la gozosa experiencia del Gran Jubileo del ario 2000, el siervo de Dios, Juan Pablo II, escribió una carta apostólica Novo Millennio lneunte para dar gracias, recoger los frutos y proyectar líneas de acción concretas. El Papa señala, lleno de esperanza, que nos esperan tiempos de renovación. Es el momento de proyectar, el futuro:

Nos espera, pues, una apasionante tarea de renacimiento pastoral. Una obra que implica a todos. Sin embargo, deseo señalar, como punto de referencia y orientación común, algunas prioridades pastorales que la experiencia misma del Gran Jubileo ha puesto especialmente de relieve ante mis ojos28.

¿Qué era para Juan Pablo II 10 más urgente? ¿En dónde poner el acento? Hay que transformar la sociedad y ofrecer razones para vivir; la Iglesia necesita ser voz que defienda a los pobres ante la explotación de los poderosos; hay que crear un clima de distensión y de diálogo entre los estados y buscar caminos nue­vos hacia la paz. La Iglesia ha de ponerse en primera línea en la defensa de nuestro planeta, frente ante tantos atentados al equili­brio ecológico. Los católicos debemos estar comprometidos en la defensa de la vida, de la familia, de la justicia y de la educa­ción liberadora e integral.

Los miembros de la jerarquía, los consagrados y los fieles laicos han de tener una formación proporcionada a su responsa­bilidad eclesial para saber dar razón de la esperanza. Pues bien, siendo necesarias todas estas cosas, el Papa señala por dónde debe caminar la Iglesia.

El camino de la santidad

No tiene duda alguna. Lo más importante para nosotros hoy, aquí y ahora, es el camino de la santidad:

En primer lugar, no dudo en decir que la perspectiva en la que debe situarse el camino pastoral es la de la santidad. ¿Acaso no era este el sentido último de la indulgencia jubilar, como gracia especial ofrecida por Cristo para que la vida de cada bautizado pudiera puri­ficarse y renovarse profundamente?… Terminado el Jubileo, empie­za de nuevo el camino ordinario, pero hacer hincapié en la santidad es más que nunca una urgencia pastoral29.

Juan Pablo II hace mención del capítulo V de la Lumen Gen­tium, dedicado a la «vocación universal a la santidad». Del des­cubrimiento de la Iglesia como misterio, se deduce su santidad, es decir, la Iglesia pertenece a Aquel que es «tres veces Santo» (cfr. Is 6, 3). La Iglesia es esposa por la que Cristo se entregó, precisamente para santificarla (cfr. Ef 5, 25-26). La Escritura además es tajante:

Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación30.

Poner la actividad pastoral y su programación en la perspec­tiva de la santidad es una opción llena de consecuencias para la vida de cada uno de nosotros:

Significa expresar la convicción de que, si el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minima­lista y una religiosidad superficial. Preguntar a un catecúmeno: «¿quieres recibir el Bautismo?», significa al mismo tiempo pre­guntarle:» ¿quieres ser santo? Significa ponerle en el camino del Sermón de la Montaña: «Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5, 48)31.

Necesitamos una «pedagogía de la santidad»

No se trata de una vida tan elevada que valga sólo para algunos «genios» de la santidad. Cada persona tiene su propio camino, según su propia vocación. Estamos en un tiempo opor­tuno para apostar personal y comunitariamente por este camino. Al ser un camino personal, que respeta sus ritmos de crecimien­to, hay que descubrir entonces lo que Juan Pablo II llama peda­gogía de la santidad, es decir, la que sabe adaptarse a cada uno, a su historia, temperamento, a su sensibilidad y carácter, dentro del propio carisma, sin tener que buscar fuera lo que debe encon­trar en su propia congregación: afecto, estímulo, orientación, medios humanos, espirituales y pastorales, vida fraterna, testi­monio de fervor y de amor a la Iglesia, corrección y acogida, acompañamiento y perdón.

El reto está señalado: Tengo que ser santo. Esa es mi voca­ción y mi proyecto personal de vida. No para ser más que nadie, ni para ensoberbecerme con lo que he conseguido, a base de esfuerzo y voluntad. Todo lo contrario: Para responder mejor al amor de Dios, para poder amarle con todas mis fuerzas, para comunicar a los hermanos y al mundo lo que supera toda filo­sofía: «el amor cristiano».

VI. Algunas exigencias de antropología de la santidad

1. Sin experiencia del Dios Trinidad nada soy

Dios parece no contar para nada

¿Tratas a Dios? ¿Tienes experiencia del Dios de Jesucristo? ¿Has madurado en el amor cristiano?¿Cómo es tu vida de ora­ción? En la inserción en el mundo en que vivimos estas pregun­tas surgen de inmediato. Las personas parecen no necesitar a Dios para nada. La sospecha de que Dios es enemigo de la feli­cidad del hombre ha calado en muchas conciencias, hasta el punto de que Dios no es necesario. Más aún, es una dicha librar­se de Él, percibido como fuente de angustias y temores, al no poder vivir según sus mandatos, tal como los enseña la Iglesia:

La Iglesia, con sus preceptos y prohibiciones, ¿no convierte acaso en amargo lo más hermoso de la vida? ¿No pone quizás carteles de prohibición precisamente allí donde la alegría, predispuesta en nos­otros por el Creador, nos ofrece una felicidad que nos hace pregus­tar algo de lo divino?32.

El reto es fuerte para la Iglesia. ¿Esclaviza Dios al hombre, convirtiéndole en un infantiloide o, más bien, los santos son la mejor realización de la condición humana? Cada uno de nosotros está retado a responder con su vida en la sociedad y en la Iglesia a estas cuestiones radicales. ¿Soy más humano, al ser todo para Dios y para los hermanos, de modo especial para los más pobres?

Transformados por un encuentro

La necesidad de una antropología de la trascendencia, según el modelo crístico, nos plantea cuestiones fundamentales. Si Cristo es la máxima apertura de un ser humano al Dios Trini­dad, al vivir la unión hipostática por la que el Verbo eterno del Padre asume la condición humana, siendo a la vez Dios verdade­ro y hombre verdadero, estar inmerso en el amor del Padre por el Hijo en el Espíritu Santo es una manera excelente, la más ple­nificante, de realizar mi ansia de infinito, de apertura ilimitada al Tú que nos invita continuamente a vivir en comunión con Él:

Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y han tocado nuestras manos acerca de la palabra de la vida. Lo que hemos visto y oído os lo anunciamos para que también vosotros estéis en comu­nión con nosotros. Nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo, Jesucristo. Os escribimos estas cosas para que vuestro gozo sea completo33.

Los verbos son muy claros: «hemos oído», «hemos visto», «hemos contemplado», «hemos tocado con nuestra manos». Se trata de una verdadera experiencia de vida. No es una doctrina, ni una moral: es un encuentro, que ha transformado la propia experiencia, llenándola de sentido, de alegría, de amor. Sin esta experiencia no somos nada, no convencemos a nadie. Comuni­camos ideas, ideología, palabras ininteligibles.

2. Una formación permanente como itinerario de conversión

Una nueva comprensión de la formación permanente

Ya no se trata sólo de ponemos al día. Ni siquiera de cono­cer las últimas técnicas de comunicación grupal. No es suficien­te con el análisis objetivo, según las ciencias sociales, de los pro­blemas estructurales de la sociedad en sus aspectos culturales, económicos y políticos. Todo eso es importante, más aún, es necesario para poder conocer las causas y poner el acento en los problemas de fondo.

Ahora bien, la formación permanente es un proceso, que dura tanto como nuestra vida, para alcanzar los sentimientos de una vida en Cristo Jesús. Hay que alcanzar su mirada, su corazón, sus motivaciones, su opción de fondo, su pertenencia incondicional al Padre y al Reino. Entendida de este modo la formación perma­nente se identifica con la conversión permanente, con el itinera­rio de nuestra santificación, con el proceso de cristificación que, por medio del Bautismo y por la profesión de los consejos evan­gélicos, crea en nosotros la persona libre, cercana, entregada, alegre, creativa, paciente, esperanzada, que deja crecer a los que viven en su entorno, abre caminos, siembra ilusión, vive en per­manente contacto con el Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, acepta con humildad sus defectos y pecados, se deja corregir y lo agradece. Vive un amor lúcido a la Iglesia, está comprometido con la causa de los pobres, propone la verdad con sabiduría y ganas de llegar a la inteligencia de quien no piensa como él y siempre confía, porque sabe que Dios no ha abandonado a su pueblo. El actúa y a veces está más dentro de quien parece haber­le cerrado todas las puertas, porque no quiere acosar ni aturdir, sólo amar para liberar y dar plenitud.

¿Cómo estoy entendiendo yo la FP? ¿Estoy en la disponibi­lidad de quien quiere aprender, llegar, dejarse configurar por el Señor Jesús, Verdad, Camino y Vida abundante?

3. El reto de la comunidad: sólo para consagrados adultos

Una comunidad: casa y escuela de comunión

El reto del siervo de Dios, Juan Pablo II, a toda la Iglesia tiene este perfil:

Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión: este es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo34.

No se trata de una estrategia, ni de una táctica más. Estamos en el corazón del misterio de la Iglesia. La Iglesia es un reflejo, una manifestación histórica de aquella comunión intratrinitaria que viven el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Sin comunión efectiva y afectiva la Iglesia se convierte en otra cosa, en una institución sin espíritu, sin vida fraterna, sin comunicación interpersonal.

Para entrar en esta dinámica hay que descubrir en la prácti­ca en qué consiste una espiritualidad de la comunión. Si la Tri­nidad santa habita en nosotros veremos con otros ojos, los de la fe, a nuestros hermanos. Mi hermano es alguien que «me per­tenece», es algo mío y yo soy parte de él. Sus triunfos son tam­bién los míos; sus fracasos me afectan también a mí, sus nece­sidades forman parte de mis preocupaciones; sus éxitos repercuten gozosamente en mi propia vida. Ya no estoy en la dinámica de: «no hay quien te soporte», «no puedo aceptarte, porque me desconciertas»; «no sé cómo no te cambian de inme­diato, porque no haces más que fastidiar nuestra convivencia». El Papa Juan Pablo II nos lanza estos retos, por si nos anima­mos a hacerle caso:

Espiritualidad de comunión es saber dar espacio» al hermano, lle­vando mutuamente la carga de los otros (cfr. Gal 6, 2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos asechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias35.

Este camino espiritual requiere personas maduras, capaces de adaptarse a nuevas situaciones sin quejarse continuamente, ser­vidores de la acogida y el respeto, dispuestos siempre a com­prender, a disculpar, a no hacer juicios de valor. Sin esta madu­rez la comunidad se convierte en una situación que consume muchas energías y nos debilita para la misión. Comenzamos cada mañana de mal humor al pensar en lo que la jornada nos tiene preparado en nuestra propia casa.

4. La opción por los pobres

La presencia del Señor en los pobres

La Iglesia, sacramento universal de salvación, reconoce en los pobres una presencia especial del Señor Jesús:

La Iglesia abraza con amor a todos los que sufren bajo la debilidad humana; más aún, descubre en los pobres y en los que sufren la imagen de su Fundador pobre y sufriente, se preocupa de aliviar su miseria y busca servir a Cristo en ellos36.

Juan Pablo II abunda en la misma idea al presentarnos el jui­cio sobre el amor que el Señor nos hará, preguntándonos cómo lo hemos reconocido en los pobres. No es una simple invitación a ser caritativos. Es mucho más, es una página de cristología, en donde la Iglesia se examina cómo está en su fidelidad al Esposo. Las palabras del Papa Juan Pablo II lo expresan así:

En la persona de los pobres hay una presencia especial suya, que impone a la Iglesia una opción preferencial por ellos. Mediante esta opción, se testimonia el estilo del amor de Dios, su providencia, su misericordia y, de alguna manera, se siembran todavía en la historia aquellas semillas del Reino de Dios que Jesús mismo dejó en su vida terrena atendiendo a cuantos recurrían a él para toda clase de nece­sidades espirituales y materiales37.

El reto para nosotros, Familia Vicenciana, es éste: ¿Cuáles son las llamadas concretas de las «nuevas pobrezas»? ¿Qué sig­nifica que es la hora de una «nueva imaginación de la caridad?38 ¿Qué hacer para que los pobres se sientan entre nosotros como en su propia casa?

Los santos, modelos insignes de caridad social

Cuando trabajamos en la Iglesia al servicio de los pobres, al lado de la competencia profesional, para prestar la ayuda más adecuada y del modo más conveniente, hay que aportar además lo que es propio de nuestra identidad: La competencia técnica no es suficiente. Se requiere algo más. La dedicación brota del cora­zón, de la experiencia de la fe. Hay que formar a los agentes de nuestras instituciones de caridad:

Dichos agentes, además de la preparación profesional, necesitan también y sobre todo una ‘formación del corazón’: se les ha de guiar hacia ese encuentro con Dios en Cristo, que suscite en ellos el amor y abra su espíritu al otro, de modo que, para ellos, el amor al prójimo ya no sea un mandamiento por así decir impuesto desde fuera, sino una consecuencia que se desprende de su fe, la cual actúa por la caridad (cfr. Gal 5, 6)39.

El Papa, Benedicto XVI, hace un recorrido por la historia de la Iglesia y cita a estos santos: Francisco de Asís, Ignacio de Loyola, Juan de Dios, Camilo de Lelis, Vicente de Paúl, Luisa de Marillac, José B. Cottolengo, Juan Bosco, Luis Orione, Teresa de Calcuta —entre otros muchos— como modelos insignes de caridad social para todos los hombres de buena voluntad. Los santos son los verdaderos portadores de luz en la historia, porque son hombres y mujeres de fe, esperanza y amor. Entre todos ellos sobresale María, la Madre del Señor y espejo de toda santidad:

La devoción de los fieles (a María) muestra al mismo tiempo la intuición infalible de cómo es posible este amor: se alcanza merced a la unión más íntima con Dios, en virtud de la cual se está embargado totalmente de Él, una condición que permite a quien ha bebido en el manantial del amor de Dios convertirse a sí mismo en un manantial del que manarán torrentes de agua viva» (Jn 7, 38). María, la Virgen, la Madre, nos enseña qué es el amor y dónde tiene su origen, su fuerza siempre nueva. A ella confiamos la Iglesia, su misión al servicio del amor40.

La aventura de la santidad

La aventura de la santidad no es algo facultativo, que puedo tomarlo o dejarlo, según mi estado de ánimo. Mi vocación como respuesta al amor incondicional del Señor me está urgien­do a optar decididamente por el camino de mi santificación, por el trabajo esforzado y paciente, por la santificación de mis hermanos y hermanas de congregación. Si yo vivo en esta diná­mica, resultará más fácil caminar en esa dirección como opción de todos los hermanos, que viven el carisma de san Vicente de Paúl y de santa Luisa de Marillac.

Sólo personas que han experimentado el amor del Señor y se han dejado transformar por dentro pueden pronunciar palabras verdaderas, pueden testimoniar las maravillas del amor de nues­tro Señor Jesús. Esos son los santos, nuestros hermanos. Viven entre nosotros. No se consideran santos, sino aspirantes a este modo nuevo de vida. Se saben pecadores, llenos de imperfec­ciones e inconsecuencias, pero a la vez, se sienten perdonados, sanados, curados en lo más íntimo de su ser por la Palabra amo­rosa del Padre, lleno de ternura y de misericordia para con sus hijos.

Este 21 de agosto celebramos a un Papa santo, san Pío X. Sus biógrafos decían que cuantos se acercaban a él descubrían hasta qué punto vivía en Dios y de Dios. Las virtudes de la sencillez, la pobreza y la fortaleza le adornaron de por vida. Murió un 20 de agosto de 1914. Fue beatificado el 3 de junio de 1951. El 29 de mayo de 1954 fue canonizado. Cumplió su vocación a ser «santo e inmaculado en la presencia de Dios por el amor».

Los santos son quienes mejor reflejan la belleza de Dios, siendo luz que ilumina, con la luz recibida de Cristo, las tinieblas de nuestro mundo.

Cada uno de nosotros está llamado a vivir este camino ¿Nos animamos de verdad a recorrerlo?

  1. 1 Cor 13, 1-3.
  2. Ex 19, 5-6.
  3. Lev 19, 2.
  4. Sal 34,10.
  5. Is 4,3.
  6. Lc 1, 35.
  7. Lc 4, 34.
  8. Jn 6, 68-69.
  9. Hch 3, 13-15.
  10. Hch 4, 24-28.
  11. 1 Cor 3, 17.
  12. 1 Pe 1, 13-16.
  13. Ef 1, 4.
  14. SVP, IX, 37.
  15. SVP, XI, 381-382.
  16. Ef 5, 25-26.
  17. LG, 39.
  18. Ibídem.
  19. LG, 44.
  20. 2 Cor 12, 5.8-10.
  21. LG, 47.
  22. VC, 3.
  23. Ibídem, 13.
  24. VC, 13.
  25. VC, 16.
  26. SIMEÓN, EL NUEVO TEÓLOGO, Himnos, 11, vv. 19-27: SCH 156, 178-179.
  27. VC, 20.
  28. NMI, 29.
  29. Ibídem, 30.
  30. 1 Tes, 4, 3.
  31. NMI, 31.
  32. BENEDICTO XVI, Deus caritas est, 3.
  33. 1 Jn 1,1-4.
  34. NMI, 43.
  35. Ibídem, 44.
  36. LG, 8.
  37. NMI, 49.
  38. Ibídem, 50.
  39. Deus caritas est, 31b.
  40. Ibídem, 42.

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